viernes, marzo 17, 2017

Yo y el otro, él y el otro, la identidad y el otro. La fantasía de un pasado al que es posible volver | FronteraD

Yo y el otro, él y el otro, la identidad y el otro. La fantasía de un pasado al que es posible volver | FronteraD









Cuenta Manuel Vicent en una columna publicada hace años, tantos que se antojan siglos, la historia de un mielero que entraba en el Tribunal Supremo de vez en cuando. En las alforjas cargaba productos puros de la tierra, que no sonaban al pasar bajo el arco detector de metales, y saludaba con tal confianza a los guardias que éstos daban por supuesto que se trataba de uno más de la casa. Describe Vicent el edificio como un lugar “donde se impone el silencio que deriva de gruesas alfombras, cortinajes densos, maderas oscuras, recorrido por infinitos pasillos por los que de vez en cuando cruzaba una secretaria con un sumario amarillo”. El mielero entraba en el despacho de un juez o del fiscal jefe, se quitaba la boina y vendía embutidos, queso y miel de la Alcarria. Y al abandonar el edificio, si alguien le preguntaba dónde había estado, el mielero habría levantado la boina para rascarse el cogote, sin dejar de alzar los hombros y las cejas. Se trataba, en suma, de un hombre de pocas palabras.

A la par que releo la columna de Manuel Vicent, topo en las redes sociales con un comentario de Alejandro Gándara que tal vez ponga peso en el otro lado de la balanza. Gándara acaba de leer Tribu. Sobre vuelta a casa y pertenencia, el ensayo de Sebastian Junger (Belmont, Estados Unidos, 1962) que acaba de publicar Capitán Swing. Junger defiende de forma eficaz el abandono de las promesas de la civilización. Para ello se sirve de hechos como el numeroso grupo de colonos que una vez conocida la forma de vida de las tribus indias, prefirieron ésta a la invención de Caín. O al menos optaron por imitarla en sus ropajes, sus armas y herramientas, como Áyax heredó la armadura de Aquiles. Junger, según interpreta Gándara, piensa que su elección se debe a que consideraron la sociedad india como más satisfactoria y mucho más libre. Lo que obvia Junger, de forma claramente intencionada, es la suma que sí se añadió conjuntamente a la reivindicación de vuelta a la naturaleza gracias a la sociedad occidental de los últimos tiempos, como la igualdad entre sexos, por ejemplo, y tal vez los derechos del niño y el respeto a los animales domésticos, márgenes de mejora que hacen de la sociedad india una sociedad también incompleta. Pero si Gándara apunta a un defecto en el ensayo de Junger, este es “el factor regresivo: el miedo a la incertidumbre, a lo desconocido, encarnado en un futuro que apuesta siempre al riesgo (de los cuales, efectivamente, la exclusión es uno de ellos)”. Dicho de otra manera, apuesta al y apesta a riesgo. Gándara da por supuesto que la vuelta a casa supone la conciencia de ir a un lugar seguro y palpable, algo que no es universal. Y aprovecha para denunciar la fantasía de unos tiempos pasados y mejores a los que es posible volver, una idea ciertamente reaccionaria y, a su juicio, anticrítica, porque el regreso es miedo y horda, mientras que el destino no está dibujado.

Sin embargo, el libro de Junger versa sobre lo que nos une. Lo que provoca miedo y horda lo deja al margen, y dado que se trata de un corresponsal de guerra, bien sabe a qué se atiene. Junger parte de un hecho real, actual, y que seguro estará presente en el futuro, como es el trastorno de estrés postraumático, es decir, las neurosis propias de la civilización y que provocan el aumento exponencial del consumo de pastillas para dormir. En el destino, lo que nos espera, dada la trayectoria, es también un oscuro miedo a no descansar, y horda, con la paradoja de ser horda compartiendo la soledad entre cuerpos. Junger se sirve del término tribu para referirse a un modo de sociedad en la que la presencia del otro sirva para sanar. Lo que sucede es que los ejemplos los encuentra en el pasado. A la hipótesis de Junger convendría añadir la belleza de libros como Una temporada en Tinker Creek, de Anne Dillard (Errata Naturae), en el que la protagonista se cura de los males que afectan a la respiración gracias a convivir con un entorno que se asemeja a la lectura de Hojas de hierba. En la tribu, según Junger, Dillard y el mielero de Vicent, se coopera. En la sociedad, cuyo destino Gándara sospecha no podemos definir, se compite. Y eso augura más fraude y más cobardía. Mientras que lo que nos reconciliará con la vida será o el diván vienés, o la comunidad donde el cooperativismo surja de forma natural, algo mucho más práctico y que, ya lo comenta Junger, se ha dado en la historia en tiempos en que la vida no permitía el lujo de acogerse a enfermedades burguesas, que son las que se curan gracias al psicoanálisis.

La tesis de Junger ya aparece recogida en el clásico Ensayo sobre el exotismo, de Víctor Segalen (La línea del horizonte). Junger menciona cooperación, Segalen estética de lo diverso, para a continuación sacar la naturaleza humana al exterior. De alguna manera, el libro trata sobre la naturaleza exohumana que es, necesariamente, la que nos pone en contacto con los demás. Tanto Junger como Segalen consiguen, por diferentes vías, dotar al otro, a él, de una tercera dimensión. En una época en la que cualquier forma de viaje se ha transformado en una versión más o menos sofisticada del turismo, el otro se ha aplanado: lo conocemos a través de dos dimensiones, las de las pantallas o las de los cristales, aunque estos sean los de las ventanas del hotel o del autobús, y las pantallas las de los portátiles y los smartphones. Segalen baja lo divino a lo humano, aboga por conocer al otro, al diferente, en una relación horizontal. También se enfrasca en la búsqueda y no en las certezas, pero sí que sabe que, sin el respeto, no conoceremos la identidad del otro. Por si esto no fuera suficiente, el miedo a que el otro no conozca nuestras identidades debería bastar para tomar en consideración las hipótesis de Junger y Segalen.

Entre las últimas publicaciones descubrimos un libro que se enfrasca de lleno en esto, casi sin querer. Porque cabe dudar que Mathias Enard estuviera pensando en la tercera dimensión del otro mientras escribía Brújula (Literatura Random House). Y este es, sin embargo, el mayor logro del libro, su principal virtud literaria. El texto se demora tanto como los recuerdos de un anciano que en la última noche revisa su mayor amor, su amor imposible, el que no le ha permitido volver a enamorarse. Con esta mujer compartió viaje por Oriente Próximo y aquí saltan todas las alarmas. Estamos frente a una revisión, eso sí, del orientalismo. Y de eso es tan consciente Enard que, en el momento en que el nombre de Edward Said sale a la palestra, los personajes deciden echar la marcha atrás: “Said había planteado un tema incómodo pero pertinente, el de la relación en Oriente entre el saber y el poder”, comenta el narrador. La novela presenta la relación de un viaje en el que los protagonistas visitan los lugares afectados por hologramas sensibles que ellos generan al recrear el pasado. La memoria es algo más bien triste y el consuelo es la música. La obra contiene muchos valores, que ya se han declarado en cientos de críticas, pero es tan tranquila y hermosa como peripatética. Que es, al fin y al cabo, lo que pretende. De hecho, Enard ejecuta un ejercicio de estilo de larguísimo aliento, al escribir como piensa el narrador, siguiendo el dictado de Montaigne de que uno piensa como orina. Pero orine como orine, Enrad y su narrador piensan en los demás como seres de tres dimensiones: el recuerdo en condicional de los mejores días de su vida, en contacto con personas que sanaban todo con la mirada, expresa al mismo tiempo bienestar y locura.

Enard, como Segalen, como Junger, como Dillard, a la hora de la verdad, casi como cualquiera con la cabeza en su sitio, si tiene que elegir entre el mielero de Vicent y el hombre sin atributos que Gándara supone en el futuro, opta por el mielero. Una profesión que, por cierto, ya ha desaparecido. Pero queda inventar un sustituto directo en el destino, un nuevo mielero, sin estrés postraumático, ni miedo ni horda, a no ser que caigamos en la máxima expresión del existencialismo, y refugiándonos en el tópico de que el destino no nos lo hacemos, nos atengamos al fraude y a la cobardía.

En cualquier caso, la lectura de los libros apuntados nos reconforta, pero Gándara hace bien en avisarnos de que no debemos bajar la guardia, y mucho menos en lo exohumano. Sobre todo, teniendo en cuenta que la lectura, una forma más de posibilidad de concebir la tercera dimensión del hombre, baste el ejemplo el paréntesis en la vida de Dillard semejante a la lectura de Hojas de hierba, empieza a caer en encasillamientos inexplicables. Digo esto después de leer una reseña de una novela en la que se supone que se indaga en la naturaleza del hombre moderno, pero para la que se utilizan expresiones como: “ideada a base de estructuras codificadas, nebulosas y tensas conexiones rizomáticas”, “un artefacto construido por transcodificación” o “subvertir taxonomías”. Por mi parte, yo alzo la boina, como el mielero, me rasco el cogote, pongo gesto de interrogación y me marcho a ver si encuentro una tribu en la que curarme de la deriva social y literaria, antes de que se me venga encima la horda y el miedo, o de averiguar qué me trae el destino.




Ricardo Martínez Llorca es autor de los libros Tan alto el silencio (Debate), El paisaje vacío (Debate, premio Jaén), El carillón de los vientos (Alcalá), Después de la nieve (Desnivel), Cinturón de cobre (Pre-textos), Al otro lado de la luz (La línea del horizonte), Hijos de Caín (Xplora) y El precio de ser pájaro (Desnivel). Ha colaborado en distintas revistas de viajes y literatura y en la Escuela Contemporánea de Humanidades. En la actualidad es crítico literario en Quimera, Revista de letras y La línea del horizonte. Dirige la sección ‘Viajes y libros’ en Culturamas. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Al final de la frontera. Una literaturaEntre años salvajes, guerreros alpinos y un leñador. ¿Existe la literatura de montaña?, “Más allá de vuestras leyes hay una pradera”. Acerca del arte y la filosofía de caminar y Janet Malcolm. Un caso de conciencia, o Chéjov, Freud, el periodismo y el asesino.  

miércoles, enero 25, 2017

John Fante La vida narrada con talento, POR ALESSANDRO BARICCO

EL UNIVERSAL online / Confabulario





John Fante
La vida narrada con talento



 El escritor estadounidense John Fante (1909-1983) es uno de los grandes olvidados de su generación. Fue después de su muerte, gracias a que Charles Bukowski confesara una abierta admiración por este hombre “que no le temía a los sentimientos”, que sus novelas comenzaron a editarse a gran escala. Hasta ahora se publica en Italia Pregúntale al polvo, su libro más celebrado, con un comentario de Alessandro Baricco, que reproducimos a continuación, en el que la sensibilidad de un muchacho católico de ascendencia italiana se da de frente contra un mundo incomprensible del que lo salva la escritura.







POR ALESSANDRO BARICCO

La novela Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) está montada sobre tres historias. Primera: un muchacho de veinte años sueña con ser escritor y, en efecto, lo logra. Segunda: un muchacho de veinte años, católico, intenta vivir pese al hecho de ser católico. Tercera: un muchacho de veinte años ítaloamericano se enamora de una joven hispanoamericana y quiere casarse con ella.

Todo esto situado en California.
Imagínense que amalgaman las tres historias, que hacen que confluyan los tres muchachos de veinte años (el escritor, el católico, el ítaloamericano enamorado) en uno solo, y lo que obtienen se llama Arturo Bandini. Agítenlo y obtendrán Pregúntale al polvo. Admitiendo, claro está, que ustedes posean un talento bestial.

No sé si John Fante lo habrá hecho conscientemente, pero de hecho, él eligió para esas tres historias una andadura sorprendentemente geométrica: la historia del escritor termina bien, la historia del católico no concluye, se queda bloqueada en sí misma, y la historia del enamorado termina mal, por lo que el libro crece siguiendo el armónico estrabismo de un personaje que gana y pierde en equilibrio simultáneo. Si, a pesar de esto, al lector le queda la percepción de un libro profundamente doloroso y adolorido, es por la manera en que Fante, más o menos conscientemente, distribuyó las tres historias en el tejido del libro. Pregúntale al polvo comienza narrando las primeras dos (donde Bandini gana y pierde a partes iguales), y aquí el libro crece en la luz agradable de una humanidad frágil pero alegremente indestructible.
Luego, aparece Camila, y al libro lo va absorbiendo una vertiginosa derrota. En los últimos capítulos, los éxitos del Bandini escritor y las ciénegas inmóviles de su catolicismo, acompañan el hundimiento de Camila, como escenarios cada vez más lejanos y baladíes. Con metamorfosis de insecto, el libro sale del capullo de un alegre diario juvenil para remontar el vuelo de una adulta e insalvable derrota. ¡Vean lo que puede hacer una mesera mexicana...!

La historia del muchacho de veinte años que sueña con ser escritor es muy lineal, sencilla y decorada con un final feliz. A quienes se hayan embarcado en semejantes ambiciones, la narración les regala, no obstante, algunas lecciones útiles. La primera tiene que ver con la relación entre escribir y el dinero. Bandini escribe para ganar dinero: no para expresarse, no para crear algo hermoso, quizá ni siquiera para demostrarle algo a alguien. Escribe porque tiene hambre y quiere comer; porque está solo y quiere mujeres ricas y perfumadas; porque a su alrededor ve a la ciudad de Los Ángeles y quiere poseerla. Muy pragmático y muy norteamericano. No es que las cosas, en general, sean exactamente así, pero la conexión entre el gesto de escribir y el gesto del artesano que trabaja para vivir es un buen punto de partida. Todo lo demás, si acaso, viene después. En esto, creo que él tenía razón.

Otra buena lección: escribir es una obsesión. También aquí, no es que las cosas siempre sean así; pero, ciertamente, a menudo, en la base de la ambición literaria se encuentra una absurda propensión a reducir la vida a un concepto eventualmente bueno para una narración. “Estoy aquí por una razón muy precisa: estos momentos —el lado horrible de la vida— se transformarán en igual número de páginas”. Gente así, en general, expía una homicida incapacidad para vivir la vida, ya que además está ocupada en copiarla mentalmente y en dividirla en capítulos. En cierto punto, Bandini termina casi ahogado en las olas, frente a la playa de Santa Mónica, y en verdad se las ve negras. Está a punto de morir, y probablemente también está a punto de morir Camila, su amor, desaparecida entre las grandes olas. Lo único que le queda por hacer es encontrar la manera de salvar su pellejo. “Y sin embargo, incluso en ese momento, era como si estuviese escribiendo, como si estuviese registrando todo en el papel. Frente a los ojos tenía la hoja escrita a máquina, mientras flotaba, derribado por las olas, sin lograr alcanzar la costa, seguro de que no saldría vivo del mar”. Quienes no entienden una locura de este tipo tienen pocas probabilidades de sobrevivir como escritores. Fante la conocía, creo, muy bien, y es más, hace de ella la música con la que baila toda su vida.

Ultima lección: el prólogo que aquí encontrarán como apéndice, Fante quería ponerlo encabezando el libro (como prólogo, precisamente) pero el editor lo convenció de dejarlo donde estaba (y era difícil que no tuviera razón, dado que le narra al lector cómo termina el libro...). Fante nos volvió a derramar, en forma más bien libre, todo el material autobiográfico con el que nace Pregúntale al polvo.

La segunda historia, la del muchacho católico de veinte años que intenta vivir no obstante el hecho de ser católico, es quizá la historia que pudo transformar a Pregúntale al polvo en algo más que una lograda comedia trágica. Desgraciadamente, la llegada de Camila y la fuerza de su consecuente historia de amor llevan lejos al libro, y la reflexión sobre las taras de una joven mente católica se queda en enunciado sin grandes desarrollos. Hubiera estado muy bien verla irse hasta el fondo. Pero ya en sí, el enunciado, de todas maneras, vale la pena. Lo que Bandini tiene de inexorable católico es el instinto para interpretar la vida como una secuencia de culpa y castigo, destinada a repetirse hasta el infinito. Lo que Bandini tiene de inexorable católico, es el odio por esa manera de ver las cosas y una incapacidad absoluta de sustraerse a ese odio. No sé lo que el público norteamericano pueda entender de todo esto, porque si uno no ha crecido en un país católico, no puede saber cómo esa geometría de juicio final se ensarta en los pliegues más recónditos de la fantasía, y pueda sobrevivir a cualquier ateísmo sincero. Pero Fante sabía algo de esto. Y su reconstrucción del curioso fenómeno es implacable e irónicamente feroz. Se puede decir que en los primeros cuatro capítulos, Bandini no hace más que tratar de ser un niño malo, pensamiento fijo en cualquier buen muchacho: se va de putas, roba, maltrata a golpes de racismo a una muchacha que no le ha hecho nada. Una especie de camino de formación al revés. Punteado, inexorablemente, por fracasos: el complejo de culpa llega instantáneo, a veces incluso antes de cometer el pecado, provocando la incapacidad de cometerlo. En el décimo segundo capítulo, Bandini termina en la cama con una mujer equivocada, una mujer frágil a la que no puede hacerle más que mal. En resumen, la usa. En la mañana se levanta de la cama, sale, y la tierra se pone a temblar: terremoto en Los Ángeles. “Había sido yo. Era mi culpa”. No creo que a un budista se le hubiera ocurrido decir esto. Ni siquiera a un protestante. A un católico sí. “Has sido tú, Arturo, y esta es la cólera de Dios”.

Lo que había entendido Fante es que una incapacidad de pecado de este género no puede más que exiliar de la vida. Y lo escribe admirablemente en el personaje de Bandini hasta la mitad del libro: haciendo de él un tipo humano con una obsesiva pregunta grabada en la cabeza: ¿qué hago yo aquí? Por donde vaya, Bandini quisiera irse a otro lugar. “Ahora que estoy aquí, me doy cuenta que hubiera sido mejor no haber venido”. Se puede decir que la escritura es el único lugar en el que se siente legitimado para vivir. El resto del mundo es un lugar errado. Muchos años después, en la otra costa norteamericana, Holden Caufield echará fuera, con ironía análoga, el mismo sordo dolor (ni siquiera con la panacea de la escritura). Sin embargo, él será lo que Bandini no logró ser: un personaje universal. Porque su exilio era el exilio de lo humano, que no reconoce la casa que se ha construido: por así decirlo, en Bandini, las raíces del extrañamiento eran más regionales: la matriz católica interpretaba la parte del león, y llevaba todo a una matriz particular, casi local: no era exactamente la historia que la mayoría reconocía. La de Holden la llevaban todos en el bolsillo.

Luego llega Camila, y de alguna manera, Bandini resume y simplifica toda su incapacidad de vivir en su incapacidad de amarla. En un cierto sentido, deja de luchar. Camila es el lugar equivocado en el que decide quedarse, sin plantearse más preguntas, exiliado crónico, va como debe ir, como un autómata, hasta el fondo. Pero no es una historia vivida. Camila es su exilio definitivo, la rendición de toda rebelión. Sobreviven, como relámpagos de un temporal que se va alejando, esos abrazos fallidos, esa incapacidad de tener sexo con ella, esa impotencia prevista, esperada, sufrida y odiada. Me gusta que en esos momentos Fante quite el pie del acelerador, deje el bisturí con el que estaba operando y elija eufemismos frívolos con tal de no llamar a las cosas por su nombre. “Deseo sin pasión”, le llama. Se necesita tener sangre católica en las venas para lograr un goteo de este tipo.

En cuanto a la historia de amor, bueno, aquí hay poco qué decir. Realmente le había quedado muy bien. Toda torcida, sin héroes, sin resoluciones, un poco ambigua, dolorosa. Me gusta que ella sea del tipo del que se puede decir: “Aparte del contorno del rostro y del candor de sus dientes, no era hermosa”. Me gusta que él, cuando termina en la cama con ella, tome unos furgones mentales que lo llevan a kilómetros de allí. Aunque luego la ame como un loco, pero que realmente no logra quedarse allí. “Parecía que me había vuelto de madera, sin sentimientos, tan solo el pánico y la sensación de que ella era demasiado hermosa para mí; es más, más hermosa y firme que yo. Me sentí extraño ante mí mismo”. Quizá las cosas son exactamente así: las personas a las que realmente vale la pena amar son las que te convierten en un extraño ante ti mismo. Aquellos que logran arrancarte de tu hábitat y de tu viaje, y te trasplantan a otro ecosistema; que logran mantenerte vivo en esa jungla que no conoces y donde ciertamente morirías, si no fuese porque ellos están allí y te enseñan los pasos, los gestos y las palabras: y tú, contra toda previsión, eres capaz de repetirlos.

Pero luego quién sabe...
Dos notas sobre el estilo de Fante, sólo para entender al artesano y su gesto. En Pregúntale al polvo, Fante usa una lengua literaria que conoce sustancialmente dos registros, y los alterna con sabiduría. El primero es una lengua base, por así decirlo la Fante-base: una prosa bien hilada, ligera, sin particulares asperezas léxicas o sintácticas, limpia, veloz, a menudo lubricada con un humor dispensado con mano ligera, muy hábil. Valga como ejemplo, el incipit:
Cierta noche me encontraba sentado en la cama del cuarto de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que decidir algo sobre la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota; la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir. (Pregúntale al polvo, Anagrama, 2001, p. 13)


Si uno lee un comienzo de este tipo, de inmediato queda claro que no está leyendo a Faulkner. Ni siquiera a Chandler (carecía de esa sobriedad), ni aSaroyan (no tenía ese humor), a Steinbeck (seguramente más ambicioso), o a Hemingway (difícil, incluso para él, poner en las primeras líneas todo ese humor). Soltura, facilidad y humor parecen ser sus rasgos distintivos, y en este sentido, él parece más bien un anticipador de esa áurea ligereza que labró la fortuna de Salinger. En su mejor momento logra producir páginas como esa en la que Bandini llega a la recepción del hotel Alta Loma: lleva consigo su primer cuento publicado (“El perrito que reía”) y detrás del mostrador encuentra a la señora Hargraves:
—¿Tiene trabajo? —preguntó.
—Soy escritor —respondí—. Espere, puedo demostrárselo.
Abrí la maleta y saqué un ejemplar.
—Yo lo escribí —le dije. En aquella época yo era muy impaciente, muy soberbio—. Se lo voy a regalar. Se lo dedico.
Tomé la pluma del escritorio, pero estaba seca y tuve que mojarla en el tintero; moví la lengua mientras pensaba en algo simpático que ponerle.
—¿Cómo se llama usted?— le pregunté.
—Soy la señora Hargraves —me dijo sin el menor entusiasmo—. ¿Por qué? Como le estaba haciendo un favor, no tenía tiempo de responder a ninguna pregunta, así que escribí en la parte superior de la página donde comenzaba el relato: “Para una dama de encanto inefable, de maravillosos ojos azules y sonrisa generosa, del autor, Arturo Bandini”.
La verdad es que tenía una sonrisa que le destrozaba la cara, ya que le acentuaba el mapa de arrugas que le agrietaba la piel reseca de la boca y las mejillas.
—No soporto las historias sobre perros —dijo, escondiendo la revista. Me miró por encima de las gafas desde una atalaya más elevada aún.
—¿Es usted mexicano? —preguntó.
Me señaló con el dedo y rompí a reír.
—¿Mexicano yo? —negué con la cabeza—. Soy americano, señora Hargraves. Además, tampoco es un cuento sobre perros. Es sobre un hombre y está muy bien. No sale ni un solo perro en toda la historia.
—En esta pensión no admitimos mexicanos —dijo.
—No soy mexicano. Y el título del cuento lo saqué de la fábula. Ya sabe: “Y el perrito rió al ver una cosa tan rara”.
—Tampoco judíos. (p. 63-34)
Página ejemplar. Un strike perfecto, si la literatura fuese un juego de beisbol.
El otro registro es un tono, por así decirlo, de balada: más libre, menos disciplinado, casi “cantado”. Generalmente el humor desaparece e irrumpen tonos de sabor poético. Las frases se alargan y se van a buscar un paso y una rotundidad musical. Baladas, en todo y para todo. Nunca duran más de una página, página y media. A menudo son un asunto de diez líneas. Ejemplo:
¿Qué hacer entonces? Elevar la boca al cielo para parlotear y balbucir con una lengua asustada? ¿Descubrirme el pecho y golpeármelo como un tambor resonante para llamar la atención de mi Salvador? ¿No es más lógico y conveniente justificarme y seguir andando? Pero habría desorientaciones, habría anhelos; habría soledad, no tendría más que lágrimas, pajarillos húmedos del consuelo, aunque también belleza, una belleza semejante al amor de una muchacha difunta. (p. 123)
Es común encontrarse con este tipo de baladas sin preparar, sembradas en páginas de escritura completamente diferente, incluso en Hemingway, en Saroyan, en Steinbeck. En cierto sentido también los “Ojos fotográficos” de Dos Passos eran algo similar. No sé, debe ser una perversión de los norteamericanos. Tiene algo de ingenuo y de vagamente no logrado. Sin embargo, si uno la cortara y la quitara, sencillamente, quién sabe qué sería de los equilibrios internos, y del color en su conjunto, y del perfil de los personajes. Esas escrituras son como orquestas.


Baricco (Turín, 1958) es autor de Seda y Sin sangre.

Traducción de María Teresa Meneses.

sábado, enero 07, 2017

O Assassinato Científico de um Revolucionário Sexu...

SARAU PARA TODOS: O Assassinato Científico de um Revolucionário Sexu...: https://www.vice.com/pt_br/article/o-assassinato-cientifico-de-um-revolucionario-sexual-como-os-eua-interromperam-a-utopia-orgasmica-de-wil...





Em julho de 1947, o Dr. Wilhelm Reich — um psicanalista brilhante, porém, problemático que já tinha sido o estudante mais promissor de Freud; que já havia enraivecido os nazistas e os stalinistas bem como as comunidades psicanalítica, médica e científica; que sobreviveu a duas guerras mundiais e fugiu para Nova York — estava morrendo em sua cela numa prisão em Lewisberg, Pensilvânia, acusado pelo governo de ser uma fraude médica engajada num “golpe sexual”.
Esse “golpe” um dia seria chamado de “revolução sexual”. Mas ainda era 1947 nos Estados Unidos — um país que não estava nem pronto para a psicanálise, uma ciência ainda nascente que a Harper's e o The New Republic categorizaram, juntamente com as teorias de Reich, como sendo não melhores do que a astrologia (a Harper's tinha decidido que Reich era o líder de um “novo culto de sexo e anarquia”).
Se o público norte-americano não estava pronto para o Dr. Freud, imagine para o Dr. Reich — um homem que pesquisava a força energética do orgasmo em si em seu instituto Orgonon, próximo de Rangely, Maine.
Reich tinha levado as teorias de Freud mais longe. Longe demais, de acordo com o FDA (a Administração de Alimentos e Drogas dos Estados Unidos). Começando com a conexão de Freud entre repressão sexual e neurose, Reich teorizou que era a inabilidade física de se render ao orgasmo o que gerava a neurose e, por fim, levava as pessoas ao fascismo e ao autoritarismo. Reich migrou da cura de Freud pela fala para algo chamado análise do caráter, uma terapia criada para ajudar seus pacientes a superarem bloqueios físicos e respiratórios que os impediam de experienciar o prazer. Finalmente, ele afirmou que o orgasmo era uma expressão do orgônio, uma força cheia de alegria da própria vida. Com aparelhos do tamanho de cabines telefônicas chamados acumuladores de orgônio, ele aproveitaria essa força para curar a neurose, doenças e até para afetar o clima e ajudar a agricultura.
Por causa dessas linhas de pesquisa, o FDA exigiu que Reich comparecesse ao tribunal para defender a si mesmo em 1954. Ele se recusou, afirmando que alegações da verdade científica deveriam ser resolvidas pela experiência, não num tribunal. O tribunal respondeu emitindo uma liminar contra a venda e transporte de seus aparelhos através das fronteiras dos estados e passou a queimar sistematicamente seus livros e periódicos. Não apenas o trabalho escrito de Reich, mas qualquer material escrito que contivessea palavra “orgônio” deveria ser destruído (paranoico e encurralado, Reich recusou a ajuda oferecida pela ACLU, a União Americana pelas Liberdades Civis, acreditando que a organização estava cheia de comunistas subversivos). Agentes da FDA também destruíram seus aparelhos e laboratório com machados — mas isso não foi tudo. A FDA levaria a perseguição da psicanálise austríaca muito mais longe.
O que havia nesse homem e em suas teorias que evocou o ódio de quase toda facção política e científica de sua época? O que havia em sua “revolução sexual” que valeu um arquivo do FBI de 789 páginas sobre Wilhelm Reich? O que provocou uma campanha sistemática de ataques que dificilmente faria pensar na América sã e racional que tinha acabado de vencer uma guerra contra os nazistas queimadores de livros — ataques que fariam lembrar a Inquisição, a morte de Giordano Bruno na fogueira ou o final de Frankenstein, com aldeões enraivecidos segurando tochas e forcados queimando o castelo do cientista louco?



O Combate Sexual da Juventude
Reich nasceu em 24 de março de 1897, numa fazenda na Galícia, Áustria-Hungria, no que hoje é a Ucrânia. Ele abraçou sua sexualidade bem cedo, tentando, sem sucesso, fazer sexo com a babá de seu irmão quando tinha quatro anos e meio, e finalmente conseguindo com a cozinheira da família aos 11. Aos 12, Reich descobriu sua mãe fazendo sexo com um de seus tutores. Quando ele contou ao pai, o homem espancou repetidamente a mãe de Reich até que ela cometesse suicídio. Reich se culpou pelo caso.
Dos 15 aos 17, ele fez diversas visitas a bordéis e registraria fantasias sexualizadas com sua mãe em seu diário aos 22 anos (naquele mesmo ano, ele conheceu Sigmund Freud, cujas teorias do complexo de Édipo podem ter influenciado essa confissão). Lore Reich Rubin, a segunda filha de Reich, diria mais tarde ao jornalista Christopher Turner que acreditava que Reich tinha sido vítima de abuso sexual na infância.
Enviado para o Exército durante a Primeira Guerra Mundial, Reich viu “a desumanidade do homem para com o homem” em primeira mão na frente italiana. Depois disso, ele estudou medicina na Universidade de Viena, onde ficou insatisfeito com o que considerava uma abordagem “mecanicista” da vida na dissecação fria de cadáveres por seus colegas estudantes. Assim, ele começou uma busca pela energia criativa que sentia como sendo subjacente à vida. Em1919, ele conheceu Sigmund Freud. Bem recebido no movimento psicanalítico em expansão, Reich recebeu a permissão para começar a atender pacientes aos 22 anos — ele logo ficaria marcado como o pupilo estrela de Freud, alguém talvez destinado à liderança.
Freud tinha identificado a raiz da neurose na sexualidade reprimida e a força motora da vida como sendo a libido — afirmando que “nenhuma neurose é possível com um vita sexualisnormal”. Seus dois grandes estudantes, Jung e Reich, deveriam levar sua teoria mais longe. Entretanto, enquanto Jung abordaria o caminho da mitologia, simbolismo e do oculto, Reich se aventuraria numa direção completamente diferente: o corpo.
Para além do reino da repressão psíquica, Reich postulou que o trauma também era reprimido fisicamente. Uma criança que sofreu abuso, por exemplo, e que não possuía o desenvolvimento emocional para processar tal evento, iria “armazenar” o trauma como tensão muscular, o que poderia causar dores crônicas mais tarde na vida e formar o físico e o caráter geral do indivíduo, sua abordagem para a existência. Reich acreditava que o caráter fascista era criado por um trauma inicial e que uma atitude repressiva ou abusiva para com a sexualidade se manifestava como uma “rigidez” física e emocional na vida adulta — Reich se preocupava com nada menos do que a erradicação do fascismo e do autoritarismo.


A abordagem de Reich da terapia, portanto, iria além da simples cura pela fala: ele também usaria massagens profundas e frequentemente dolorosas nas áreas de tensão muscular do paciente para liberar o trauma enterrado e trabalhar com os pacientes para aprofundar sua respiração e expressar suas emoções ignoradas, até mesmo sua raiva reprimida. Foi essa abordagem, combinada à atitude pró-sexualidade de Reich, que escandalizou o público e colocou sua carreira num foguete para lugar nenhum. (Embora bastante conservador em algumas áreas — ele se opunha à pornografia e à homossexualidade, por exemplo — Reich teve casos com várias pacientes no começo de sua carreira, ao final das terapias. Isso não era incomum nos primórdios da psicanálise; mesmo Freud discutiu a inevitabilidade dos casos amorosos. Em sua busca por liberar a energia da vida, Reich mais tarde receberia pacientes parcialmente ou totalmente despidos, quebrando totalmente a neutralidade analítica).
Reich logo descobriu que trabalhar os bloqueios tanto na psique quanto na musculatura poderia criar uma imensa liberação emocional em seus pacientes, desencadeando inclusive sentimentos de exaltação física e êxtase (Reich chamou essas sensações físicas de “correntes orgonóticas”). Conforme sua prática continuou, ele veio a teorizar que, abaixo das camadas de repressão muscular, havia o que ele chamava de “potência orgásmica” e que era a repressão muscular que blindava seus pacientes da total liberação orgásmica — uma experiência completa de vida.
 Um diagrama do funcionamento reativo e econômico-sexual do livro A Função do Orgasmo.
Em 1948, ele codificaria sua teoria em sua maior obra, A Função do Orgasmo, na qual afirmava que o orgasmo existia não somente como função reprodutiva, mas como uma maneira de o corpo regular a tensão e atingir a liberação emocional. A total liberação orgásmica — na qual o indivíduo não procura reprimir a função de forma física e psicológica — era vista por Reich como uma chave para a saúde mental. Como ele escreveu no livro: “Doenças psíquicas são o resultado de distúrbios na capacidade natural de amar” (Reich se casaria e se divorciaria três vezes — com a psiquiatra e ex-paciente Annie Pink, de 1924 a 1934, com quem ele teve duas filhas; com a dançarina Elsa Lindenberg, com quem ele teve um casamento aberto de 1933 até 1939, e com Ilse Ollendorff, com quem teve um filho, Peter, de 1946 a 1951. Paradoxalmente, Reich é lembrado como sendo cruel, infiel e ciumento em seus relacionamentos).
Freud era ambivalente sobre as ideias de seu discípulo. Em 1926, ele escreveu: “Não me oponho de maneira alguma à sua tentativa de resolver o problema da neurastenia explicando isso com base na ausência de primazia sexual”. No entanto, ele retirou seu apoio às teorias mais extremas de Reich dentro da comunidade psicanalítica mais ampla, talvez pensando na preservação de suas próprias vitórias culturais duramente conquistadas no campo da sexualidade. Sem o apoio de Freud, a comunidade psicanalítica logo lavou as mãos sobre o jovem analista.
Então, as coisas deram uma guinada para pior para Reich. Lutando com as reações contrárias a ele durante 1926, ele pediu para ser analisado por Freud. Seu mentor e figura paterna recusou seu pedido de ajuda. Reich ficou profundamente magoado. Logo em seguida, seu irmão morreu de tuberculose; Reich também contraiu a doença e passou um ano num sanatório em Davos, Suíça. Chocado por essa sequência de eventos, ele se tornou um radical e logo se juntou ao Partido Comunista. Testemunhando pessoalmente quando a polícia indiscriminadamente matou 84 trabalhadores e feriu 600 na Revolta de Julho de 1927, em Viena, Reich se convenceu de que havia algo muito errado com o mundo. A polícia não havia sido somente brutal, segundo ele observou, mas robótica, como se estivesse num transe — blindados.


Trabalhando nas ruas, Reich fez a conexão entre a repressão sexual com a repressão econômica que via ao redor. Ele abriu diversas clínicas em Viena, oferecendo análise, assim como educação sexual e contraceptivos para jovens da classe trabalhadora (na época, os liberais defendiam o uso de contraceptivos somente para pessoas casadas).

Reich com sua primeira esposa, Annie, que o conheceu como paciente aos 18 anos.

ELE ARGUMENTOU FORTEMENTE CONTRA A MONOGAMIA, DEFENDENDO “RELACIONAMENTOS AMOROSOS DURADOUROS” QUE NÃO ESTAVAM CODIFICADOS PELA LEI, MAS UNIDOS PELO AMOR.

Reich se mudou para Berlim em 1930, bem em tempo de testemunhar a ascensão dos nazistas – o ápice da blindagem de caráter. No entanto, apesar de continuar a desenvolver suas teorias e a escrever os comunistas também mostravam pouco interesse por seu material. Seu contrato com os Editores Psicanalíticos Internacionais foi cancelado depois que ele começou a defender a educação sexual e os contraceptivos para adolescentes em vez da abstinência – ele chegou a sugerir que a expressão sexual desmistificada para crianças podia ser crucial para criar adultos saudáveis e que suas perguntas deveriam ser respondidas de maneira franca. Em 1932, num livro chamado O Combate Sexual da Juventude, o Dr. Reich protestou contra as mensagens mistas sob as quais os adolescentes lutavam para entender sua sexualidade.
 “Os jovens são contaminados por um lado por moralistas e defensores da abstinência e, por outro lado, pela literatura pornográfica”, escreveu. “Ambas as influências são extremamente perigosas, a última não menos do que a primeira.” Naquele momento, na Alemanha, as apostas eram altas, observou o psiquiatra aos 27 anos: “A miséria sexual dos jovens modernos é imensurável, mas muito disso está fora de vista, abaixo da superfície”. Seus oponentes tomaram essa declaração com o significado de que as crianças deveriam assistir o coito dos pais, apesar de Reich jamais ter defendido isso.
Ele persistiu, argumentando fortemente contra a monogamia e defendendo “relacionamentos amorosos duradouros” que não seriam codificados pela lei, mas unidos pelo amor; qualquer outra coisa levaria a um “embotamento sexual”. Ele atacou o status de dependência econômica das mulheres, que mantinha elas presas em casamentos forçados. E, o mais radical de tudo, ele sugeriu que as crianças deviam ser criadas por uma comunidade estendida, libertando-as, assim, das neuroses de seus país biológicos. (Essas atitudes eram até certo ponto influenciadas por experimentos sociais similares que ocorriam na União Soviética.)
Dr. Reich estava entrando num território tabu que poucos ousaram violar, um território que permaneceria tabu até muito depois dele. Mas suas experimentações – e, particularmente, a resposta que ele engendrou – o mudaram, para melhor ou pior. Quando ele se encontrou com Freud novamente em 1930, seu ex-mentor parecia agora diminuído. Dr. Freud, escreveu ele, era um “animal enjaulado”.


Em 1933, a postura sexual do Dr. Reich levou os nazistas a uma ação. Ele e sua amante escaparam para a Dinamarca – para serem expulsos pelo Partido Comunista Dinamarquês. Então, eles partiram para a Suécia, onde Reich foi colocado sob vigilância; depois de a polícia ver vários pacientes entrando e saindo de seu hotel, eles ficaram convencidos de que ele era um cafetão. As autoridades negaram sua permanência no país. Mais choques se seguiriam: não só seu contrato de publicação do livro Análise de Caráter tinha sido cancelado, como, em 1934, quando ele apareceu na conferência anual da Associação Internacional de Psicanálise em Lucerna, ele foi informado que tinha sido expulso no ano anterior. Como convidado, ele apresentou um trabalho na conferência, mas o episódio marcou o fim de seus laços com a comunidade científica predominante para sempre.
“Disseram-me que meu trabalho em psicologia de massas, que era direcionado contra a irracionalidade do fascismo, tinha me colocado numa posição demasiada exposta”, ele escreveria mais tarde. “Por isso, minha filiação [...] não era mais sustentável. Quatro anos mais tarde, Freud fugiu de Viena por Londres, onde os grupos de psicanálise foram destruídos pelos fascistas [...] Subsequentemente, evitei contato com meus antigos colegas. O comportamento deles não era nem melhor nem pior do que o normal em casos assim. Isso era baixo e desinteressante. Uma boa dose de banalidade é tudo o que é preciso para abafar um assunto.”

Discussão na conferência de Lucerna, agosto de 1934: Erwin Stengel, Grete Bibring, Rudolph Lowenstein e Wilhelm Reich.
“Consegui um Acumulador de Orgônio – E Isso Fez Eu me Sentir Incrível”
Foi na Noruega, onde ele se estabeleceu nos cinco anos seguintes, que o Dr. Reich desenvolveu uma nova teoria: ele passou a acreditar que o orgasmo carregava uma energia real, batizada de orgônio e expressa não somente pela resposta orgásmica, mas, na verdade, na energia vital em si. Essa energia, em sua visão, permeava a natureza e o cosmos, expressando-se em fenômenos atmosféricos como a aurora boreal. (Freud tinha postulado uma teoria semelhante em 1890, mas desistiu da ideia.) Mais tarde, o Dr. Reich afirmou que o orgônio poderia ser observado de forma objetiva e que era composto de partículas azuis chamadas bions que ele havia observado no microscópio. Essa talvez seja a teoria mais controversa de Reich – uma tentativa de mover a psicanálise para além do reino das “ciências humanas” e direcioná-la para o campo da física e da biologia. Para a comunidade de psicanálise, isso era pura heresia.
Depois de enfurecer os psicanalistas, os comunistas e os fascistas, Dr. Reich agora se preparava para enfrentar o ataque direto da comunidade científica como um todo. Cientistas noruegueses travaram uma guerra contra ele na imprensa liberal, rejeitando sua pesquisa (e se recusando a submetê-la a um estudo detalhado de controle) e buscando deportá-lo. O governo norueguês, que já tinha sido criticado por deportar Trotsky, permitiu a estadia de Reich – mas o proibiu de praticar a psicanálise.


Quando a Segunda Guerra Mundial estourou, Reich, então com 36 anos, fugiu para os Estados Unidos, estabelecendo residência em Forest Hills, Queens, e realizando experiências onde injetava bions em ratos com câncer. Mas Reich continuou a ser um ímã de infortúnio. No dia 12 de dezembro de 1941, cinco dias antes do ataque a Pearl Harbor e um dia depois que a Alemanha declarou guerra aos Estados Unidos, ele foi preso pelo FBI na Ilha Ellis. Mais tarde, isso se revelou um caso de identidade trocada com um dono de livraria comunista de New Jersey também chamado Wilhelm Reich – mas o FBI só iria reconhecer o erro dois anos depois, em novembro de 1943. Pelo resto daquele mês, Reich foi deixado dormindo no chão da cela juntamente com os membros presos do Bund Germano-Americano, uma organização nazista norte-americana que Reich estava convencido que queria matá-lo.
O FBI liberou Reich depois que ele ameaçou começar uma greve de fome, mas ele continuou na “lista de figuras chave” da Unidade de Controle de Inimigos Estrangeiros e ficou sob vigilância do Estado. O incidente demonstrou a Reich que ele podia ter deixado a Europa para trás, mas que não havia escapatória da psicologia de massas do fascismo.
Reich se tornou mais comprometido do que nunca com a causa de quebrar a blindagem emocional da humanidade. Em seguida, ele começaria a projetar o que se tornaria sua maior controvérsia: uma tentativa de aproveitar e concentrar orgônio com gaiolas de Faraday adaptadas, que ele chamou de acumuladores de orgônio. Isolados com materiais orgânicos como madeira e papel, o que Reich acreditava que forçava a energia do orgônio a oscilar dentro da caixa, o acumulador, segundo ele, podia curar distúrbios mentais e físicos – potencialmente até o câncer. No dia 13 de janeiro de 1941, Reich levou o dispositivo até Albert Einstein, que o testou entusiasmadamente e notou que os acumuladores criavam um aumento de temperatura. Mas quando o assistente de Einstein, o físico polonês Leopold Infeld, sugeriu que o acumulador de orgônio estava produzindo calor simplesmente por causa do gradiente térmico da sala, já que isso era elevado do chão, Einstein rejeitou as caixas e se recusou completamente a admitir novos testes com elas. Para Reich, isso foi um eco amargo da rejeição de Freud, o desprezo de outro guardião estabelecido e potencial figura paterna.
Reich adquiriu terras em Rangely, Maine, e abriu seu instituto “Orgonon”, onde ele continuaria suas pesquisas. Além do orgônio, ele identificou uma segunda força – a DOR ou “Deadly Orgone Radiation” (“Radiação Mortal de Orgônio”), um tipo de antimatéria orgásmica presente na (e responsável pela) degradação ambiental, que ele acreditava cobrir o mundo. Ele logo passou a ver seu trabalho em oposição direta ao que o governo norte-americano tinha feito em Hiroshima e Nagasaki: ele estava numa corrida armamentista pela energia da vida, não pela energia da morte.
Foi aí que Reich começou a construir enormes armas de orgônio que ele chamava de “cloudbusters” e que, segundo ele, podiam reverter a desertificação e criar chuva. Apesar de o governo usar a tecnologia de semeadura de nuvens desde os anos 1940 para tirar água de nuvens com iodeto de prata ou gelo seco, Reich usou uma abordagem menos convencional. Sua técnica de semeadura de nuvens pretendia tirar energia “ôrgonica” diretamente da atmosfera através de uma série de canos e depositá-la no solo ou num corpo de água, como um para-raios, criando nuvens na esteira do orgônio canalizado. Fazendeiros começaram a pagar para que ele produzisse chuva para suas plantações – supostamente com sucesso, pelo menos de acordo com os seus próprios relatórios.
Durante essa época, Reich afirmou que seus experimentos com as cloudbusters tinham gerado interesse de visitantes inesperados: ele acreditava que OVNIs alienígenas, ou “alfas de energia” na terminologia de Reich, estavam atacando a terra com DOR. Reich disse ter visto várias naves alienígenas sobre o Orgonon; uma vez, segundo o analista, ele e seu filho usaram uma cloudbuster para defender a Terra numa “batalha interplanetária em larga escala” no Arizona.



A resposta do FDA aos empreendimentos de Reich foi declará-lo uma “fraude de primeira magnitude” e obter uma liminar proibindo o envio interestadual de acumuladores de orgônio e qualquer literatura relacionada. Quando um dos associados de Reich desobedeceu a liminar, contra a vontade de Reich, e transportou um acumulador através das fronteiras estaduais, Reich foi preso por desacato e sentenciado a dois anos de cadeia.



Reich sendo escoltado para a Penitenciária Federal de Lewisburg, março de 1957.
Na Prisão Federal de Lewisburg, Reich ficou conhecido entre os outros prisioneiros como o “homem da caixa de sexo”. Em novembro de 1957, aos 60 anos, ele morreu de ataque cardíaco, dias antes de ser colocado em liberdade condicional. Nenhuma publicação psiquiátrica ou científica cobriu seu falecimento. Além de alguns jornais anarquistas, seu trabalho ganhou um obituário de apenas um parágrafo na Time:
“Faleceu. Wilhelm Reich, 60 anos, psicanalista outrora famoso, depois, mais conhecido por suas teorias não ortodoxas sobre sexo e energia; de ataque cardíaco; na Penitenciária Federal de Lewisburg, Pensilvânia; onde ele cumpria uma pena de dois anos por distribuir sua invenção, o 'acumulador de orgônio' (violando uma liminar do FDA), um aparelho do tamanho de uma cabine telefônica que supostamente reuniria energia da atmosfera e podia curar, quando o paciente se sentava dentro dele, gripes comuns, câncer e impotência.”
Uma década depois, no meio dos anos 1960, a Time ponderou que “Dr. Wilhelm Reich talvez tenha sido um profeta”, e “Agora, às vezes, parece que toda a América é uma grande caixa de orgônio”. Mas, em 1957, o mundo pouco se importou. Em vez de testar suas teorias ou simplesmente descartá-las, a FDA queimou Reich numa grande fogueira.


 Eu Ainda Sonho com Orgonon


Em sua busca por desenterrar as raízes das neuroses sexuais da humanidade, Reich desafiou quase todo o tabu da civilização ocidental, enfureceu quase toda força estabelecida da época e morreu na prisão por seus esforços. No entanto, sua influência pode ser ainda maior do que geralmente é creditado a ele.
Enquanto Reich definhava na prisão, a revolução sexual que ele tinha ajudado a iniciar estava começando a se manifestar. Elvis fez sua estreia na TV em 1956, mexendo seus quadris de uma maneira que, decididamente, irradiava orgônio, demonstrando o tipo de libertação de blindagem de caráter que Reich provavelmente queria de seus pacientes. No meio dos anos 1960, com o lançamento da pílula anticoncepcional, a revolução sexual estava em pleno andamento. (Aliás, “revolução sexual” é um termo cunhado por Reich.)

“QUANDO ENTREI NO ACUMULADOR E ME SENTEI, NOTEI UM SILÊNCIO ESPECIAL QUE, ÀS VEZES, SE SENTE NAS FLORESTAS PROFUNDAS [...] MINHA PELE ARREPIOU E EXPERIMENTEI UM EFEITO AFRODISÍACO SIMILAR AO DE UMA ERVA BOA E FORTE. O ORGÔNIO É DEFINITIVAMENTE UMA FORÇA COMO A ELETRICIDADE.” – WILLIAM S. BURROUGHS

Estudantes que participavam dos protestos em Paris e Berlim em 1968 jogavam cópias do Psicologia de Massas do Fascismo de Reich nos capacetes dos policiais. Jack Kerouac e Allen Ginsberg abraçaram as teorias de Reich; William S. Burroughs investigou os acumuladores de orgônio por anos e escreveu extensivamente sobre eles em seu trabalho. Ele chegou mesmo a construir sua própria caixa acumuladora, onde ele entrava para escrever (enquanto fumava haxixe).
“Quando entrei no acumulador e me sentei, notei um silêncio especial que às vezes se experimenta nas florestas profundas, às vezes numa rua da cidade, um zumbido que é mais vibração rítmica do que um som”, escreveu ele em Junky. “Minha pele arrepiou e experimentei um efeito afrodisíaco similar ao de uma erva boa e forte. Não há dúvida, o orgônio é uma força definitiva como a eletricidade. Depois de usar o acumulador por vários dias, minha energia voltou ao normal. Comecei a comer e não consegui dormir mais de oito horas. Eu estava no período pós-cura.” Assim como fez com a ayahuasca, Burroughs tentou curar a si mesmo do vício em heroína e da síndrome de abstinência com o acumulador. (Apesar de tentar quase todas as curas para vício em heroína do planeta, Burroughs nunca conseguiu permanecer limpo por muito tempo e morreu num programa de manutenção com metadona.)




Kurt Cobain visitou William Burroughs em 1993. “Sentei na máquina de orgônio e havia viúvas negras lá dentro, ele [Burroughs] ainda tinha uma e eu estava com medo, porque tenho aracnofobia. Ele teve que matar todas as aranhas para mim.”
Saul Bellow, J.D. Salinger, Michael Foucault e Norman Mailer também desenterraram Reich; como Burroughs, Mailer construiu seus próprios acumuladores e saiu em busca de liberar a si mesmo por meio do que ele descreveu como um “orgasmo apocalíptico” – em seu ensaio “The White Negro”, Mailer fala do antiautoritário como aquele que “busca amor [...] amor como a busca de um orgasmo mais apocalíptico do que aquele que o precedeu”. Mesmo Sean Connery mergulhava em orgônio em seu próprio acumulador enquanto filmava alguns de seus filmes do James Bond.


New York Times, numa crítica literária de A Psicologia de Massas do Fascismo, pediu uma reavaliação séria do trabalho do analista. Reich logo ficou tão em moda entre os intelectuais que, em 1968, Roger Vadim atormentou Jane Fonda com uma máquina do prazer criadora de orgônio em Barbarella, e Woody Allen fez uma paródia do acumulador de orgônio como o “Orgasmatron” em O Dorminhoco, de 1973. Quase uma década depois, Kate Bush e Terry Gilliam contariam a história de Reich no vídeo “Cloudbusting” de Bush, onde Donald Sutherland interpreta Reich e Bush faz o papel de seu filho Peter.

Clipe de “Cloudbusting” de Kate Bush, 1986, dirigido por Julian Doyle e concebido por Bush e Terry Gilliam. A ambivalência compreensível da disciplina psicanalítica sobre Reich não tinha mudado, mas a cultura sim. As ideias de Reich encontraram um interesse mais amplo. Como Norman Mailer resumiria depois para seu analista Walter Kendrick: “O que era importante para mim era a força, a clareza, o poder dos primeiros trabalhos [de Reich] e a audácia. E também o fato de que acredito, num sentido básico, que ele estava certo”.
As ideias de Reich nunca foram reavaliadas pela comunidade científica – nem pelos psicanalistas, que ainda o consideram uma mácula em sua história. Ainda assim, suas ideias terapêuticas se infiltraram numa comunidade psicanalítica mais ampla e tomaram novas formas, sob novos nomes, contribuindo para a psicologia corporal, psicologia do ego, a terapia Gestalt de Fritz Perls (que tenta tratar o paciente como um todo, não só seus sintomas individuais) e a terapia do grito primal de Janov (que, como a terapia de Reich, utiliza o grito e a vocalização para abrir a blindagem do paciente).
Em muitos aspectos, a influência de Reich pode ser detectada de modo mais flagrante na grande variedade de terapias corporais de “bem-estar” e mesmo na grande popularidade da massagem e da ioga. A ideia de Reich de que o homem era pego na “armadilha” da blindagem de seu próprio caráter encontrou um lar nos movimentos nascentes da Nova Era e do Potencial Humano.



A casa, laboratório e escola de Wilhelm Reich é agora um museu em Rangeley, Maine. A antena astrolábio (esquerda) está montada no topo do observatório para detectar Energia de Orgônio. O lago Rangeley pode ser visto abaixo. Uma das “cloudbusters” de Reich (direita), no observatório. Fotos por Michael Kassner, CLUI.
Os livros de Reich continuam sendo publicados pela Farrar, Strauss e Giroux, e o American College of Orgonomy, em Princeton, Nova Jersey, continua sua linha de pesquisa, publicando o Journal of Orgonomy, realizando palestras públicas e oferecendo aulas de sensibilização. Terapeutas reichianos, apesar de em número cada vez menor, continuam a praticar suas ideias. O mundo dos reichianos, no entanto, continua fechado, seja por falta de interesse do público ou pela mentalidade de cerco dos defensores restantes de Reich. Alguns reichianos desonestos, como James De Meo, continuam a tentar novos experimentos, mas gerando cada vez menos publicidade. Os arquivos do Dr. Reich são mantidos pela Wilhelm Reich Infant Trust no Orgonon. Seu local de descanso final está na propriedade de 175 acres de floresta. O local é aberto a visitas.


Apenas 50 anos depois da revolução sexual que Reich previu, vivemos numa sociedade hiperssexualizada – um lugar onde somos constantemente barrados pelo oposto de repressão sexual. Tudo à nossa volta parece dificilmente acumular algum orgônio – propaganda, música pop, televisão, revistas, pornografia na internet.
Mas mesmo que a humanidade do século XXI possa parecer mais sexualmente liberada, Reich provavelmente teria visto o super estímulo da mídia como somente outra forma de “fugir” do contato amoroso com outro ser humano. Fervorosamente contra a pornografia, Reich talvez enxergasse uma civilização debruçada sobre computadores e bancadas de fábricas exploradoras, trocando a conexão com o físico pela conexão com um smarthphone, e concluiria que a “praga emocional” continua viva e bem. Talvez ele enxergasse uma população mais blindada do que nunca, imersa num ambiente cheio de variantes da DOR, fora de contato com a vida, e necessitando talvez de uma liberação sexual completamente nova – um retorno ao mundo físico.
Jason Louv dirige o blog futurista Ultraculture.org, e canaliza dados do lado negro no @jasonlouv.

viernes, diciembre 09, 2016

EL HUMANISMO DESENCANTADO DE PRIMO LEVI (Y II) | Rafael Narbona

EL HUMANISMO DESENCANTADO DE PRIMO LEVI (Y II) | Rafael Narbona







El Evangelio de Juan atribuye a la Palabra la creación del mundo. Dios es el Verbo, el Logos, y separó la luz de las tinieblas, impidiendo que prevaleciera la oscuridad. En Auschwitz, impera la oscuridad porque no hay palabras para expresar la ofensa que representa «la destrucción del hombre». Su lógica es puramente negativa, pues despoja a los deportados de todo, reduciéndolos a la pura animalidad de la res confinada en un matadero, sin otra perspectiva que ser sacrificada: «En un instante –escribe Primo Levi−, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro». La forma de proceder de los verdugos no obedece sólo a la crueldad, sino al propósito de liquidar la identidad de los prisioneros, su ser íntimo y personal. «Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido permanezca». Si a un hombre se lo despoja de cualquier objeto personal –«un pañuelo, una carta vieja, la foto de una persona querida»−, deja de ser un hombre, pues esos objetos no son cosas, sino una parte de su historia. Las señas de identidad incluyen una dimensión material: un domicilio, una forma de vestir, pequeños fetiches. Privado de eso, «será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo». El Lager es «un campo de aniquilación». La aniquilación física no es menos importante que la aniquilación psíquica. El sentido último del sistema de campos de concentración no es el exterminio, sino la reinvención de lo humano, destruyendo a los individuos que no se ajustan a un canon. Sólo se considera persona al que presuntamente merece formar parte de una comunidad basada en mitos y falacias, no al individuo que reclama su derecho a la diferencia.
En Auschwitz, Primo Levi se convierte en un Häftling: «“Me llamo 174.517”; nos han bautizado, llevaremos mientras vivamos esta lacra tatuada en el brazo izquierdo». En el Lager «no hay ningún porqué»: la arbitrariedad es la única regla. «En este lugar está prohibido todo, no por ninguna razón oculta sino porque el campo se ha creado para este propósito». No es posible elaborar un proyecto, fijarse una meta, pues el sentido de las alambradas es segregar a los deportados de la familia humana, extirpándoles esa raíz común que nos permite afrontar el tiempo con una perspectiva racional. La esencia del ser humano no es la mera supervivencia, sino un quehacer que imprime sentido a sus actos. Un quehacer que responde a un fin libremente elegido, no una rutina impuesta. En el Lager, «el futuro remoto se ha descolorido, ha perdido toda su agudeza, frente a los más urgentes y concretos problemas del futuro próximo: cuándo comeremos hoy, si nevará, si habrá que descargar carbón». En esas condiciones, no es posible aferrarse al pasado, evocar el hogar perdido. Es mejor no pensar, no recordar, pues la nostalgia sólo agrava el sufrimiento. El hambre ayuda a vaciar la mente, «un hambre crónica desconocida por los hombres libres, que por las noches nos hace soñar y se instala en todos los miembros del cuerpo». El ser humano desciende hasta la pura animalidad, incluso más abajo, pues nunca conoce la paz del hambre satisfecha, del instinto aplacado, del puro placer de estar tumbado al sol o dormitar tranquilamente.
Auschwitz se parece a la Torre de Babel. Circulan todos los idiomas, mezclados en una jerga que compone un idioma específico, la lengua del Lager. Entenderla, hablarla, es requisito indispensable para sobrevivir. Asearse no es menos necesario, aunque sólo se disponga de un hilo de agua sucia y helada. El reglamento del campo exige mantener cierta limpieza o, al menos, la apariencia de cumplir ciertos ritos asociados a la disciplina de un centro penitenciario. No obstante, acatar esa norma no es un gesto de sumisión, sino de dignidad. Si el deportado se abandona, si pierde el hábito de la higiene y anhela la muerte, se convertirá en un «musulmán» (apelativo asignado a los que se habían hundido, a los que ya no hacían ningún esfuerzo por preservar su vida) y será seleccionado para morir en la cámara de gas. En ese contexto, sobrevivir para narrar lo sucedido adquiere el valor de un acto de resistencia. Sin embargo, ese propósito –aplazado hasta una hipotética liberación− no aplaca el dolor de despertar cada mañana y descubrir que sólo eres un Häftling. Ese momento de conciencia es «el sufrimiento más agudo», especialmente cuando la mente sale de un sueño melancólico o tibiamente dichoso.
En Auschwitz, el espanto convive con lo grotesco. La orquesta del campo interpreta marchas y canciones populares, mientras el humo de los crematorios oscurece el cielo. No es una música banal concebida para distraer la atención o combatir el hastío (al igual que el infierno, el campo es una rueda que repite a diario la misma rutina), sino «la voz del Lager, la expresión sensible de su locura geométrica». La música actúa como un oleaje invisible sobre las almas muertas de los deportados, arrastrándolos como a hojas secas. Es un simulacro de una voluntad colectiva inexistente, que pone en movimiento a una humanidad humillada y sin otro horizonte que ser reducida a cenizas y desaparecer en las aguas del Vístula. La muerte en Auschwitz siempre es anónima e irrelevante, pues el campo no es una prisión, sino un matadero industrial ideado por una bipolítica cuyo objetivo es pulverizar la noción de individuo. Los judíos no son personas, pues no pertenecen a la comunidad exaltada por la filosofía de la Sangre y el Suelo. No se reconoce su derecho a ser distintos, a no asimilarse, y no se les ofrece la oportunidad de una supuesta redención, aunque renuncien a su identidad. Las víctimas del poder totalitario devienen antes o después en masa angustiada, sometida al martirio de Tántalo, que bestializa al ser humano, rebajándolo a las funciones básicas de ingesta y excreción. El hambre convierte al individuo en un tubo, que ingiere comida –una sopa inmunda− y la expulsa, casi siempre en forma de heces líquidas.
El despertar en Auschwitz nunca es plácido: «Son poquísimos los que esperan durmiendo el Wstawac: es un momento de dolor demasiado agudo para que el sueño no se rompa al sentirlo acercarse». Auschwitz no es simplemente un castigo, sino el patio trasero del Estado-jardín nazi. Es el lugar al que se arrojan los desperdicios, poco antes de triturarlos o incinerarlos. En la distopía nacionalsocialista, la humanidad se divide en compartimientos estancos. Los no deseados acaban en el vertedero. Las distinciones morales carecen de sentido entre las alambradas. No hay buenos y malos en la horrible coreografía de los deportados, sino hundidos y salvados. Una lógica binaria que suprime los lazos de amistad y parentesco: «cada uno está desesperadamente, ferozmente solo». La muerte no puede inspirar luto o duelo, cuando cada minuto exige permanecer alerta para no ser el próximo en caer. No es suficiente obedecer, cumplir las órdenes, ser sumiso. Hay que recurrir al ingenio, a la indignidad, a la capacidad de improvisación del animal acosado, que sólo piensa en cómo escapar. La opresión extrema mata el espíritu de resistencia y cualquier forma de solidaridad. No es posible combatir a un enemigo descomunal, con un eficaz sistema de deshumanización. Los deportados que han sobrevivido a sucesivas selecciones no piensan en el futuro, ni hacen preguntas. El otro sólo es una sombra que desfila a su lado: «Los personajes de estas páginas –escribe Primo Levi− no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás». Todos están confundidos –y, al mismo tiempo, borrados− en la misma desolación.
Primo Levi no cree en Dios, pero se pregunta si las abominaciones que acontecen en el Lager no conforman un nuevo libro del Antiguo Testamento, un nuevo Éxodo, pero sin la expectativa de la Tierra Prometida. Los nazis intentan crear un hombre nuevo, destruyendo al hombre viejo, al judío-bolchevique que se opone activa o silenciosamente a la utopía de un mundo de soldados-campesinos, o, por utilizar la famosa expresión de Jünger, de «trabajadores» que transitan sin problemas del arado al fusil, de la fábrica al campo de batalla. Cuando los alemanes huyen del avance de los rusos, los escasos supervivientes recuperan poco a poco su humanidad, compartiendo los restos de comida que aparecen en un almacén abandonado. El primer gesto de solidaridad significa el fin del Lager. Los prisioneros vuelven a ser hombres: lenta, penosamente.
El humanismo de Primo Levi supera la durísima prueba del Lager. No piensa que el régimen de terror y vejación al que eran sometidos los deportados mostrara crudamente al hombre desnudo, sin la capa de civilización que esconde supuestamente un primitivo y genuino instinto depredador: «No creo en la más obvia y fácil deducción: que el hombre es fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido tal y como se comporta cuando toda superestructura civil es eliminada, y que el Häftling no es más que el hombre sin inhibiciones». Primo Levi experimentó desencanto al comprobar que el ideal humanista se rompía en mil pedazos bajo el peso del poder totalitario, pero no identificó la condición humana con sus aberraciones ideológicas, ni con los impulsos más abyectos del nacionalsocialismo. El nazismo fue una ideología que fundió materiales diversos (darwinismo, racismo, nacionalismo, militarismo, esoterismo) para liquidar el concepto de cultura surgido en la Europa ilustrada y consolidado el liberalismo político del siglo XIX, que reconoció el derecho a disentir en el marco de una sociedad abierta y diversa, compuesta por ciudadanos con derechos inalienables. Para destruir ese modelo social, el nazismo privó al individuo de cualquier forma de autonomía, incluso en su dimensión más elemental e ineludible.
En Los orígenes del totalitarismo (1951), Hannah Arendt apunta que «los campos de concentración […] privaron a la muerte de su significado como final de una vida realizada. En un cierto sentido arrebataron al individuo su propia muerte, demostrando con ello que nada le pertenecía y que él no pertenecía a nadie. Su muerte simplemente pone un sello sobre la voluntad de anular su existencia, incluso como recuerdo. Es como si nunca hubiera existido». Se mata a un hombre como se mata a una res, aprovechando sus restos para diversos usos. Se ahoga el grito de las víctimas como se insonoriza un matadero. Se intenta, en definitiva, dejar claro que no se mata a seres humanos. Auschwitz nos obliga a repensar nuestro concepto de la cultura y el hombre. No se trata de una matanza más, sino de un experimento que se repetirá en Ruanda, Camboya y Bosnia-Herzegovina. Si esto es un hombre nos dice que la cultura es un ideal de convivencia pacífica. El respeto por el otro, particularmente cuando nos separan muchas cosas de él, es la expresión más refinada de la interacción humana. Si el hombre olvida su responsabilidad hacia los demás, comienza la caída hacia el estado de naturaleza, donde reina la guerra, la lucha sin cuartel por la supervivencia. Afortunadamente, Auschwitz fracasó y fracasa cada día, pues cuando se extingue la violencia, reaparece poco a poco el respeto y la solidaridad. El hombre no es Hitler, embriagado por la voluntad de poder y la fantasía del Lebensraum o espacio vital, sino Primo Levi escribiendo un testimonio donde el dolor no desemboca en el odio y la desesperación, sino en la serenidad y el anhelo de paz y justicia.
RAFAEL NARBONA

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