viernes, diciembre 02, 2016

De los ecuató al Primark. Qué va a saber una negra

De los ecuató al Primark. Qué va a saber una negra | FronteraD



Trifonia Melibea Obono. Fuente: birdlikecultura.files.wordpress.com

De los ecuató al Primark. Qué va a saber una negra

Trifonia Melibea Obono - 02-12-2016
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Maletas llenas, muchas. Es Iberia, Ceiba, posiblemente. Las colas larguísimas. Ni la hora de facturación recuerdan los ecuató. Las maletas, ¡son tantas por persona!, lo que llevarán... Antes cargaban con mesa mot o Gabónel bolso de los ecuató, de extensión desmedida y vergüenza fácil. Parecían las chanclas de un dedo de fabricación ¿nigeriana? ¿Camerunesa? De esquina en rincón se desgajaban inexplicablemente. Sin más, las lámparas de bosque, los cigarrillos, las bragas y los calzoncillos, nilón de pescar, azúcar, etcétera, bailaban en las manos con desmoralización y al contado. Un comentario antipatriótico suena sin voz. De la hora de facturación no, los ecuató,ninguna, llegan tarde a todas partes, de esta gente solo queda rezar, memorias de algún diplomático español. Es Madrid, el Aeropuerto de Barajas Adolfo Suarez recibe al año millones de visitas. Tú y yo, la patria profunda, representamos una excepción.

Apátridas y a la vez estudiantes sin beca, y de habla castellana, me importunan en las escaleras mecánicas y ascensores rueda de plástico en mano. Así pagamos los estudios, insisten. El servicio de embalaje o juego de envolver maletas con plástico fuerte tipo condón de látex, es nuestra identidad en el Aeropuerto de Barajas Adolfo Suarez. Las personas viajando, miran asombradas. Otras se preguntan el país de destino. Nadie objeta. El robo aguarda. Las miradas hablan, se ríen y lloran. El fang y el pidjinenglish se escuchan entre risas y charlas casi de la aldea. Nadie escucha más que al siguiente de la cola. Una mujer pide ayuda. Le sobra una maleta. Un hombre pide ayuda. Le sobra una maleta. Tienen que encasquetársela a alguien por solidaridad cristiana que por aquí, desconozco si queda, en Guinea, tampoco. Otra compatriota llora el destino de su pasaporte olvidado en la agencia de envíos y recibos de dinero. Un joven le llora a su madre muerta de brujería.

Una familia acompaña a una muchacha veinteañera, estudiante de derecho que tras cinco años vuelve a sus orígenes con indicaciones concisas: aprende a callarte en Malabo, esto no es Madrid. Tú no eres el problema, las ideas revolucionarias que tienes en la cabeza y la lengua tuya, casi siempre suelta, sí. Y camina como una chica normal. Cambia estas pintas de Pablo Iglesias, el líder de Podemos, este fumeta que no mide las consecuencias de sus actos. De regreso a Madrid cambias de carrera. Estudiarás matemáticas. Para callarte del todo en alguna oficina. La muchacha ni escucha. Esta fascinada por el WhatsApp.

Las luces están encendidas, los policías desnudan con el escáner a todo viviente. Me toca la mala suerte. Llevo algo prohibido. Tres veces me examinan. Anda conmigo algo raro. No tiene nombre. Minutos después la Guardia Civil me lleva a una oficina que  recuerda la herencia Española a Guinea. Todo en su sitio. Todo fuera de sitio. Yo en ningún sitio. Una policía, a la que mandan llamar, toca todas mis partes, las manos cubiertas de yo que sé. Soy para ella una máquina, ni si quiera me mira a los ojos, habría recibido una paliza, mezcla de herencia bantú y Lazarillo de Tormes a través de mi mirada. Se va.

Toman mis datos en constante distracción. Se creen que soy estúpida. Qué va a saber una negra. Me registran en un ordenador antiquísimo. Cuál es mi profesión, mi religión, con quiénes ando. Al menos aquí puedo hablar, pronto se me arranca el derecho a la libertad de expresión. No me extraña, la patria profunda. La última vez que salí de marcha. Me cago en vuestros muertos, esa agresión a mis derechos la voy a documentar, les amenazo. Todo ha salido bien, dicen al final, estás limpia. ¿De qué? Sustancias… Me he puesto alguna crema antes de viajar con composición de… hablan entre ellos. Pregunto por el listado de cremas de uso prohibido en caso de viaje, no contestan. Me miran, la memoria viaja a mi patria profunda, a los guardianes del orden que presumen de saberlo todo. Yo me lo creo todo. No me queda otra opción. 

Soy ecuató, estoy aquí de compras, PRIMARK, centro comercial de ropa procedente del Tercer Mundo me conoce ya. Eso sí. No traigo el bolso de los ecuató sino maletas chinas de arranque inmediato. De mí solo queda rezar. Lo he comprado todo para la familia. Me recibirán al llegar como a un líder oriundo de la zona geopolítica B con víveres. Saludos. Hola Adolfo Suarez. Me voy, allí te quedas con tu organización de rentabilidad. Me imagino lo bien que el dinero público se recupera con el negocio… instalaciones de dinero. Podríamos copiar para nuestra inversión pública ¿no? Hasta el camino a tomar el avión pasa por perfumerías, cafeterías, librerías, farmacias. El dinero público se invierte, no se gasta. Una mujer trae a un niño de cuatro años. Quiere que alguien le lleve como un recado de panes de mantequilla hasta Guinea. La gente mira. Un hombre mayor se ofrece. Asientos, es hora de volar. El avión no ha llegado al aeropuerto de Barajas Adolfo Suarez procedente de Guinea. Las compañías de otros países vienen, se van. La población guineoecuatoriana mira, se calla y murmura. Toca esperar. Los personajes de la patria profunda aquí son personas pero no llevan bolsos de los ecuató. Yo entre manos, maletas chinas embaladas, miembro de la patria profunda, imagen de una guineoecuatoriana en el Aeropuerto de Barajas Adolfo Suarez.




Trifonia Melibea Obono (Afaetom, Evineyong, Guinea Ecuatorial, 1982) es periodista y politóloga, docente e investigadora sobre temas de mujer y género en África. Licenciada en Ciencias Políticas y Periodismo por la Universidad de Murcia y Máster en Cooperación Internacional y Desarrollo en la misma universidad.
Es docente en la Facultad de Letras y Ciencias Sociales de la UNGE (Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial) de Malabo desde 2013. También forma parte del equipo del Centro de Estudios Afro-Hispánicos (CEAH) de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Ha sido incluida en la antología Voces femeninas de Guinea Ecuatorial. Una antología editada por Remei Sipi, y es autora de las novelas Herencia de bindendee La bastarda.

lunes, noviembre 28, 2016

Mohsen Emadi - La magia y el milagro

No.093_Coparticipantes de la luz - Mohsen Emadi - La magia y el milagro





La magia y el milagro 

Mohsen Emadi
1. Una antigua leyenda persa narra la historia de una mujer sola que escapa de sus enemigos. La mujer llega a una montaña y la siguen de cerca, a punto de atraparla. La montaña la devora, le da refugio, y una parte de su velo queda fuera de montaña. Al mismo tiempo nace una fuente en el lugar de su desaparición. La mujer ya pertenece a la montaña. Los Zaratustrianos y los Chiitas nos cuentan la misma historia. En una versión la mujer escapa de los conquistadores árabes y en la otra de los fundadores del Califato Omeya. La montaña para los Zaratustrianos reside en los desiertos centrales de Irán y en el folclore Chiita por los montes de Alborz, en el norte de país. Se dice que si cortan un pedazo del velo, crece otra vez. Además, creen que este lugar puede devolver la fertilidad a las mujeres estériles. El folclore del norte de Irán, describe así el momento de su desaparición: Ella sabía de un conjuro que la podría ayudar en el peligro. Debería decir: “¡Ya Hu!” que significa ¡Ay, él! Él ―en este contexto− refiere a lo divino. Pero la mujer en la angustia de su condición tuvo un lapsus. Dijo: “¡Ya Ku!” y Ku ―abreviatura para Kuh− significa montaña. Este lapsus fue la causa de que la montaña la abrazara y la devorara. Quizá esta creencia folclórica parezca ridícula pero, más allá de la antigua relación entre la montaña y lo divino en la historia del pensamiento, revela otra cosa: El poder de la palabra donde ésta ―el logos−, se cumple a sí misma. La mujer en la leyenda utiliza la palabra con el mismo poder que el dios de Abraham al decir “Haya... y Hubo”. La mujer puede tener un lapsus, pero la palabra nunca cometerá errores. Me pregunto: ¿Cómo se cumple la palabra?


2. Desde la lejanía de Japón hasta las fronteras de Troya, hubo un histórico movimiento de los pensadores a quienes llamamos “los sabios locos”. En Japón, Ryokan (1758–1831) es un gran miembro de este movimiento. Ryokan, se describe así en un poema: Ryokan, el gran maestro Zen, un tonto, un estúpido. Son conocidas las historias de él jugando con los niños. En un cuento Ryokan juega al escondite. Fue su ronda para esconderse y el poeta se esconde dentro de un montón de paja, los niños no lo pueden encontrar y cansados se marchan a sus casas. Por la mañana siguiente, cuando el campesino quiere recoger su paja, encuentra al poeta. Sorprendido le pregunta: ¿Qué haces aquí? Y el poeta responde: “¡Shh, cállate! los niños me encontrarán.”

En Irán, “Baba Taher Oryan” (938–1021) [El padre limpio y desnudo], es otro ejemplo de los sabios locos. Se dice que un día él, que fue un analfabeta, visita una escuela. Allá pregunta a un académico: “¿Qué ha hecho usted para tener tanta sabiduría?” El académico para burlarse de este hombre simple y analfabeta, responde: “Una noche de invierno, en el frío absoluto, rompí el hielo del estanque congelado y pasé una noche allí, por la mañana se me abrieron las puertas de la sabiduría”. Baba Taher no sabe que el académico se está burlando de él y una noche de invierno, en la feria de Hamadan, la misma ciudad que fue el mirador de Hamadani (siglo XII), rompe el hielo del estanque congelado y resiste hasta la mañana en él. Por la mañana, se levanta como Baba Taher Oryan. La burla del académico se hizo verdad. Baba Taher es una de pocas figuras en la historia oficial de la literatura persa cuya poesía tiene acento. A pesar del conservadurismo que sostuvo el persa oficial frente a los acentos y los dialectos, no fue capaz de borrar el acento de la poesía de Baba Taher. Aceptó su poesía como tal. Su poesía es simple y desnuda. La combinación de locura y sabiduría daba un poder enorme a los poetas como él. Su locura parecía de tipo infantil, y por eso los poderosos, como si estuvieran frente a un niño, se desarmaban y, así, tenían que escuchar las más duras críticas bajo el nombre de locura. Se dice que un día, Toğrul (990−1063), el conquistador, vino a Hamadan, y todos los grandes de la ciudad fueron a recibirlo con un regalo exquisito. Baba Taher encuentra un pedazo de hierro oxidado en el camino, lo dobla y transforma en un anillo, lo pone en la mano del conquistador y dice: “En este mismo anillo que dejé en tu mano, está la reina de todo el universo”. Esta expresión, además de afirmar que solo este poeta loco tiene el poder de regalar la reina del universo, habla de otra cosa: La reina de todo el universo es como un hierro oxidado que desaparecerá. En un poema de amor, Baba Taher escribe: “Por las noches abrazo tu fantasma en mis sueños, por la mañana mi cama huele a flores”. Me pregunto: ¿Abrazar a una fantasma, una imagen, cómo cambia la realidad física? ¿De la relación entre la imagen de la amada con el amado, qué cosa cambia en la realidad de su cama? ¿De dónde surge este perfume de flores? ¿A qué categoría de la realidad pertenece esta otra realidad?

3. La historia de las religiones está llena de interferencias de la imaginación en la realidad. Por ejemplo, con respecto a la histórica lucha de Platón contra los poetas se encuentra una sutra, un capitulo del Corán, en concordancia con Platón, que se llama “Los poetas”. El hecho de que uno de los 114 capítulos del Corán hable especialmente de los poetas, muestra la preocupación y la ansiedad del Corán en este asunto. El capítulo está muy bien estructurado. El Corán, empieza con la famosa historia del Faraón, los magos y el milagro de Moisés. La historia se encuentra en el Éxodo con poca diferencia. Se dice que los magos tiran sus bastones y todos se convierten en serpientes. Pero el bastón de Moisés se convierte en un dragón que devora las serpientes. El dragón, siempre juega un papel muy importante en la mitología de varias culturas. La serpiente refriere a la realidad física y el dragón a la realidad mitológica. En esta leyenda, la realidad mitológica devora a la realidad física. Los intérpretes del Corán utilizan la famosa dualidad del milagro y la magia para hablar de estos dos entornos de la realidad. En su opinión, el milagro cambia la realidad física en su esencia y la magia representa la realidad en otra forma. Es decir, la magia actúa al nivel de la apariencia, no en la esencia. La lucha entre Moisés y los magos en esta escena es la lucha entre la esencia y la apariencia. Es decir, el dragón de Moisés se encuentra en los círculos de la verdad y las serpientes de los magos en los círculos de la mentira. Esta misma dualidad, a finales de este capítulo, es la causa de que el Corán llame mentirosos a los poetas. Los poetas, en la opinión de Mahoma, son como los magos del Faraón, y el Corán mismo es el bastón de Moisés. Tampoco en Las mil y una noches, los talismanes y los conjuros cambian la esencia de los objetos y, por eso, cuando un hombre es convertido en mono por un demonio, los magos son capaces de distinguir su esencia de su apariencia. En cambio, todos los milagros de los profetas reclaman cambiar la realidad física en su esencia. Por ejemplo, Jesús en la realidad física devuelve la vida a los muertos, o Mahoma corta la luna en dos, en su realidad física. Sin embargo, la religión rechaza todos los discursos ajenos sobre el milagro. Por ejemplo, se dice que Al-Muqanna (muerto en 783) fue un profeta persa que llevaba al cielo otra luna desde el pozo de Najshab, y en el cielo aparecieron dos lunas al mismo tiempo. Mucha gente confió en Al-Muqanna y el Califa mandó sus militares para matarlo. Cuando se acerca el ejército del Califa a la ciudad, no lo encuentran. Dicen que se suicidó en un barril de ácido. La luna de Al-Muqanna en el barril de ácido, se desvanece de la realidad física, y en la poesía persa se convierte en una metáfora de la amada. La palabra milagro, en latín remite a la admiración por el asombro. En persa y árabe se refiere a lo imposible. El milagro es hacer posible lo imposible. En cambio, la palabra magia en persa y árabe refiere a engaño, cambiar la dirección de la mirada, y es una cortina. En español, esta palabra viene de la griega mageia (μαγεία) y tiene sus raíces en persa y sánscrito. En antiguo persa, la palabra refiere al poder y en sánscrito a la ilusión. Así que la palabra milagro está vinculada con el círculo de conceptos como el asombro y lo imposible, y la palabra magia tiene vínculos con conceptos como ilusión, cortina engañosa y poder. Me pregunto ahora: ¿Quién hace posible lo imposible?

4. A lo largo de la historia no fueron solo los profetas abrahámicos los que eran capaces de realizar el antiguo sueño de hacer posible lo imposible. La gente inventó tal capacidad hasta para figuras como Budha, que nunca se proclamó profeta. Attar (1145–1221) en un libro, hace una recopilación de las leyendas y los milagros de los místicos. En este libro, los místicos caminan sobre el agua, con un simple gesto domestican a los animales salvajes, y dan noticias del futuro. La rebeldía de la imaginación contra la rigidez del mundo físico grita en cada línea de este libro. El místico se rebela contra el tiempo y el lugar. En una escena, un místico transita durante años por los desiertos para la peregrinación de la Kaaba. Cuando llega a la Meca no encuentra la Kaaba en su lugar. Unas líneas después, Attar utiliza la voz de lo divino para señalar al místico, que la Kaaba no está en su lugar porque se fue para recibir a una mujer mística, Rabia al Adawiyya (714/717/718-801). Attar, aunque preserva la figura trágica del Mansur al-Hallaj (858-922), nos deja en una condición de asombro. Hallaj es capaz de liberar 300 presos con un gesto, pero él mismo no quiere escapar y encuentra su sueño en la horca. En la narración de Attar, la primera noche que encarcelan a Hallaj, los guardianes no lo encuentran en su celda, está desaparecido. En la segunda noche, su celda desaparece. En tercera noche, él regresa a la celda por voluntad propia. En las historias de la muerte de Hallaj, Attar muestra que cada órgano de su cuerpo, hasta su ceniza, y cada gota de su sangre, gritan la palabra ‘verdad’ de este poeta y pensador. En los textos de Attar, se dice que en el juicio final será necesario traerlo encadenado, porque su locura puede hacer temblar a los cielos. No es solo Attar quien cuenta tales historias. En la historia del misticismo se pueden encontrar muchas imágenes similares. La imagen de un hombre escuchando una interpretación del amor, que palabra a palabra se funde por la pasión, cuando acaba la interpretación, se ha convertido en agua y desaparece en la tierra. La importancia del libro de Attar y de otros libros similares no reside solo en el hecho de recopilar estas historias, sino en la teoría de la unidad de existencia que destruye el monopolio de lo divino. Otros pensadores como Ahmad Ghazali (1061-1123 o 1126) y Ayn al-Quzat Hamadani (1098-1131) hasta presentan al diablo, el Iblis, dentro de entornos de lo divino. En realidad, los profetas, nunca fueron capaces de monopolizar lo divino. Attar y otros pensadores admiten en entorno de la literatura oficial lo que existía desde hacía siglos en el folclore y las creencias populares. Muchas de las imágenes asignadas a esta o aquella figura religiosa, son imágenes poéticas. La gota de sudor de la amada cae de su cara sobre la tierra y hace crecer una rosa. Pero una estrategia textual, como la personificación que se aplica sobre la Kaaba, aún cuando es una rebeldía contra el lugar, mueve los sistemas ontológicos de la religión.
5. Shams Tabrizi (1185–1248) narrando la historia de un derviche, crea una interpretación diferente de la eternidad del hombre. Dice: “Dijo el Sheij (el maestro) que el Califa prohibió la Sama (el baile). Apareció un nudo de traumas en el interior del derviche y se enfermó. Le traen un médico experto. El médico examina su pulso y no encuentra ninguna de las causas que había estudiado. Muere el derviche y el médico abre su tumba y su pecho, y saca el nudo. Parecía un rubí. En tiempos de necesidad lo vende y, de mano en mano, el rubí llega hasta las manos del Califa. El Califa hace una sortija de sello con el rubí y la mantiene en su dedo. Un día, cuando bailaba, ve su ropa manchada de sangre. No encuentra ninguna herida. Mira el anillo y ve el rubí fundido. Investiga a los mercaderes y llega hasta el médico, y éste le cuenta la historia.” Este cuento, aún cuando revela la hipocresía del Califa y otros gobernantes religiosos, habla de la eternidad del corazón. El corazón cambia de forma, pero no muere. La metáfora del corazón en este cuento refiere al lugar de la epifanía de lo divino. El vestido de Hallaj o sus cenizas son capaces de tranquilizar el enojo de Tigris después de su muerte. Si el corazón del derviche se convierte en piedra por la tristeza, pero en el baile retoma su forma original, me pregunto: ¿Incluso la palabra puede regresar a su forma original? En las creencias folclóricas de Irán, la poesía de algunos poetas puede contarnos el futuro. Por ejemplo, en muchas fiestas persas, la persona desea algo en su corazón y pide consejo de Hafiz (1325/26-1389/90), abriendo una pagina de su poesía al azar. Hay poemas que tienen la capacidad de curarnos. Por ejemplo, dicen que si se leen unos poemas de Abuljair (967-1049), respirando sobre la cara de un enfermo, o si se disuelve el poema en agua y el enfermo lo bebe, se curará. La capacidad de profecía o de curación de la poesía nos llegó desde los primeros poetas: Los Chamanes. Pero, si consideramos los hechos, este poeta, Abuljair, a quien se atribuyen más de 1,200 poemas, nunca escribió más que dos poemas en su vida. Similar a esta figura es Omar Jayyam, conocemos más de mil poemas suyos, pero él mismo no escribió más que veinte. Así que la creencia de curación de esos poemas no refiere a la persona histórica de Abuljair, él es un símbolo colectivo. En realidad, lo divino no tiene nombre. Nombrar lo divino ocurre como un proceso histórico.
En los próximos ensayos hablaré de las transformaciones de la “figura del poeta” desde la cultura oral hasta la cultura escrita y la cultura digital. Acá solo menciono que la historia, como conjunto de instituciones, se construye en la transformación de la cultura oral a la escrita. Varias figuras como Shams Tabrizi estuvieron contra la escritura. Este mismo pensador existe solo tres años en la historia, porque en estos tres años vivió cerca de la escritura de Rumi (1207-1273). En el pensamiento de Shams, la escritura mata la palabra y la palabra pierde su vida y fluencia, y se congela. Él incluso piensa que nadie puede citar sus palabras. Es decir, un texto que no contiene el cuerpo de Shams no está hecho de sus palabras.

6. Se dice que Rostam, el héroe de la épica nacional persa, mata a su hijo Sohrab. Las leyendas cuentan que Rostam le pide al Rey la cura. Pero la cura nunca llega a tiempo y Sohrab muere. El Shahnameh cuenta la muerte de Sohrab hasta este punto. Pero la gente no acepta el asesinato de Sohrab en manos de su propio padre, ni puede dejar que Rostam quede libre de este asesinato. La relación entre padre e hijo en la épica nacional persa no es como la leyenda de Edipo en la mitología griega. El folclore añade un capítulo nuevo a la historia. Dice que la voz de lo divino, Sorush, habló con Rostam y le dijo que, si levantaba el cadáver de Sohrab en sus brazos y lo mantenía así por cuarenta días, el muerto regresaría a la vida. Rostam lo intenta. En el día 39, una viejita lava la ropa junto al río en cuya orilla Rostam mantiene sobre sus manos, levantado, el cuerpo de su hijo. La viejita lava la ropa, una tela negra, por horas y horas. Rostam le pregunta: “¿Qué haces viejita?” Responde la mujer: “Quiero hacer blanco el negro de esta tela, como tú, que quieres devolver a la vida un muerto”. Si tú lo puedes hacer, yo también. Rostam pone sobre la tierra el cuerpo de Sohrab. Acá es donde, según el folclore, Sohrab muere para siempre. La voz de la imposibilidad, en este capitulo del folclore, es la voz de la “razón”. La religión, aunque fue la institución de la fe en su desarrollo histórico y tuvo una lucha incesante con la razón, ha actuado al lado de filosofía, compartiendo dos elementos: el poder y la voluntad. María Zambrano, con su gran lucidez, considera a la poesía indiferente a estos dos elementos. El poder y la voluntad son los mismos elementos que en la religión, intentan construir una poética del milagro y lo divino, a fin de mantener el monopolio de la religión sobre lo divino. Estos mismos elementos en la filosofía tratan de falsificar el monopolio del pensamiento. El misticismo resistió hasta cierto punto contra el monopolio de lo divino y expandió la poética de las religiones, pero, exactamente en el proceso de inventar la poética, se alejó de la poesía. Dice Vladimir Holan (1905 – 1980), el poeta checo, que “jenom poetické ničí poézii”, es decir, solo lo poético destruye la poesía.

7. Hace más de dos mil años, Zhuang Zhou (369 a.C-286 a.C) imagina un diálogo entre Confucio (551 a. C.-479 a. C.) y Lao Tze (muerto en 531 a.C). En este diálogo, Confucio está de acuerdo con la ley y la justicia, en cambio, Lao Tze piensa que no hay una idea más injusta que la justicia. Lao Tze no cree en la caridad y la justicia y propone el concepto de virtud en lugar de ellas. Más de dos mil años después, Ahmad Shamlu (1925–2000), el poeta persa, imagina un diálogo entre la idea de la Tierra y la idea del hombre, en el momento de la destrucción final. Este poema, tiene referencias a un capítulo del Corán que se llama “hierro”. En el Corán, Dios dice al hombre que le regaló  el hierro para construir espadas con las cuales puede ejecutar la justicia. Dice Shamlu: “Si hubiera amor, no habría necesidad de una injusticia llamada justicia”. Lo que Zhuang Zhou y Lao Tze llamaban Tao y Virtud, Shamlu lo llama amor. Yo considero la idea histórica del amor como una construcción hecha por la poesía. Prefiero utilizar la poesía incluso en lugar del amor y la virtud. Un mundo que tiene arquitectos como Platón y Confucio se construye sobre la dualidad del poder y el anti-poder. La misma dualidad que, en nuestra condición humana, fue responsable de la creación de la imposibilidad. Ko Un (nacido en 1933), el poeta coreano, escribe en una poema: “Algunos dicen que recuerdan mil años/ algunos dicen que han visitado los próximos./ En un día de vientos / Yo estoy esperando el autobús.” La poesía en esta interpretación del momento, sin poner atención a la historia ni a la profecía, sin buscar el poder ni la voluntad, se inventa a sí misma. Me pregunto: ¿De dónde viene este autobús y a dónde va? Una pregunta que en estos momentos de la espera me empuja a escribir otro capítulo: El nacimiento de la palabra.


Fotografías:
Montañas iranís de Amos Chapple, publicada en:
www.theguardian.com

Fotografía de mano de derviche tomada de:
www.sufiway.eu

domingo, octubre 23, 2016

"Foucault, uma leitura" | Encontro com Antonio Negri [áudio com tradução...





Assista aqui: filósofo italiano Antônio Negri reflete sobre o pensamento de Foucault

Com transmissão ao vivo no player abaixo, dia 22 (sábado, às 15h) o Centro de Pesquisa e Formação do Sesc recebe o filósofo italiano Antônio Negri, para a palestra "Foucault, uma leitura". A mediação fica por conta de Mário Marino, bacharel e mestrando em filosofia pela USP.

Michel Foucault gostava de comparar sua produção a uma caixa de ferramentas. "Que se use uma frase, ideia ou análise de meus livros para desmontar, desqualificar e romper com os sistemas de poder", dizia o filósofo.
É preciso que a teoria sirva e funcione, mas não por si só: ela não tem valor se não há ninguém para se servir dela.
Trinta anos após a morte de Foucault, coloca-se a pergunta: suas ideias ainda são capazes de ferir a atualidade?
Conceitos como biopolítica e biopoder, trabalhados por Foucault há mais de três décadas, ainda são válidos? Quais são, atualmente, os usos novos, possíveis e imprevistos do pensamento de Foucault?
Para o filósofo Antonio Negri não há dúvidas: o pensamento de Foucault é atual; para ele, é impossível compreender o caráter dos movimentos sociais sem estudar as mudanças do mundo à luz do pensamento foucaultiano.

lunes, octubre 17, 2016

EyN: El poeta Bob Dylan en la carretera

EyN: El poeta Bob Dylan en la carretera



Roberto Careaga C.
Artes y Letras
El Mercurio

Leyenda viva de la música popular, desde el jueves el músico estadounidense también es oficialmente un literato. Así lo acreditó la Academia Sueca al cambiar las reglas y otorgarle el Nobel de Literatura. Pero la poesía ya estaba: desde los 60 hasta hoy, Dylan ha escrito buscando respuestas que no están.
 



"Practico una fe abandonada hace tiempo/ No hay altares en esta larga y solitaria carretera", cantaba Bob Dylan (1941) hace 10 años, en la sombría Ain't talkin'. Tenía 65 años y volvía a dar vueltas por el mundo, esta vez por uno "agotado por la congoja". Era un peregrino solitario desgastado por el llanto, que avanzaba por ciudades asoladas por la plaga, cargando "la armadura de un hombre muerto". Había salido del "jardín místico". "Sin hablar, solo caminando/ El corazón ardiendo, todavía anhelante", cantaba una y otra vez, citando dos líneas de un gospel de los 50. "¿Quién dice que no puedo recibir ayuda divina?", se preguntaba, pero terminaba sin respuestas en el último lugar del mundo, desde donde el jardinero había desaparecido.
La canción cerraba "Modern times" (2006), quizás su último gran disco. Su típica voz rota se oía aun más oxidada. Era el tiempo que, a esas alturas, Dylan ya sabía manejar a su favor: las elegantes 10 canciones del álbum están hechas sobre una serie de citas a viejas tonadas del blues, el country e incluso del jazz. Llegaron a caerle acusaciones de plagio, pero él solo echaba mano del patrimonio de los ancestros. Eran los ritmos de siempre y acaso también era el Dylan de siempre: alguien que ha estado en todos lados ("No puedo volver al paraíso; maté a un hombre ahí"), y aunque sabe exactamente lo que pasa en el mundo, sigue buscando una respuesta que no llega nunca.
Cuando lanzó aquel disco, Dylan se sentó con el escritor Jonathan Lethem y le respondió varias preguntas para la revista The Rolling Stone. Se explayó con detalles en los asuntos propiamente musicales, pero cuando llegó el momento de hablar de las letras pisó el freno: "No escribí estas canciones en un estado de meditación, sino en una especie de trance, en un estado hipnótico. ¿Es así como me siento? ¿Por qué me siento así? ¿Y quién es ese yo que se siente así? No puedo decirlo. Pero sé que esas canciones están en mis genes y no pude detener que salieran", dijo. Y luego agregó: "Simplemente dejo que las letras aparezcan, y cuando las estoy cantando, parecen tener presencia ancestral".
Le pasó siempre. A inicios de 1962, recién instalado en Nueva York, con 21 años, Dylan sufría de "ráfagas de creatividad": podía ir en el metro, estar hablando con alguien, en cualquier parte, cuando de pronto se le ocurría una canción. Le pasó la tarde del 12 de abril de ese año, en una cafetería de Greenwich Village. Después de juguetear por casi una hora con las palabras y la guitarra, tenía lista "Blowin' in the wind". Su primer himno. Décadas después, un periodista le preguntó de dónde había venido la canción: "Simplemente vino".
Escurridizo y distante, Dylan lleva medio siglo reiventando una y otra vez el sonido tradicional estadounidense y, a la vez, construyendo un estilo personal. También, renunciando a todos los papeles que se le piden: a ser el portavoz de la contracultura de los 60, a ser una estrella de rock, e incluso, a ser un poeta. Pero sobre lo último ya está el veredicto: el jueves pasado, la Academia Sueca le entregó el Premio Nobel de Literatura, argumentando que "había creado una expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana". La secretaria del organismo, Sara Danius, fue más lejos y lo comparó con Homero y Safo, quienes escribieron textos poéticos para ser dramatizados o interpretados musicalmente: "Y aún hoy los leemos y los disfrutamos. Es lo mismo con Bob Dylan: puede ser leído y debe ser leído", dijo.
La explosión
Convocado por el Presidente Bill Clinton, en 1997, Bruce Springsteen subió al escenario del Kennedy Center para homenajear a Dylan. "Esta canción -dijo- fue escrita en un momento de la historia de mi país cuando la ansiedad del pueblo por una sociedad más justa y abierta explotó. Bob Dylan tuvo el valor de levantarse durante ese fuego y atrapó el sonido de esa explosión. Esta canción permanece como un bello llamado a las armas". Luego empezó a cantar "The times they are a-changin'".
La canción, que abre y titula el tercer disco de Dylan, de 1964, sintetiza el momento que atravesaba. Tenía 23 años, una canción que se oía en todos los rincones de Estados Unidos -"Blowin' in the wind"- y estaba dispuesto levantarse durante el fuego: "Vamos, senadores y congresistas, por favor presten atención a la llamada. No se queden en la puerta, no bloqueen la entrada. Hay una batalla ahí fuera, y es atroz. Pronto sacudirá vuestras ventanas, y hará vibrar vuestras paredes, porque los tiempos están cambiando", decía dramático y frontalmente político. Según anotaron Philippe Margotin y Jean-Michel Guesdon, en el libro "Bob Dylan. Todas sus canciones", por esos días el músico escribía poemas "bajo el influjo épico de los textos bíblicos, la estética de los simbolistas franceses y la contracultura de la generación beat" que luego transformaba en canciones de protesta.
Dylan había llegado desde Duluth, Minnessota, hasta Nueva York, en 1961, siguiendo los pasos de su ídolo, Woody Guthrie, un legendario trovador político y social folk que por esos días estaba internado en un siquiátrico. Estaba tan obsesionado con él que le llevó una canción para que la aprobara: "Song for Woody", una de las dos composiciones originales de su primer disco -"Bob Dylan", 1962-, el resto eran versiones de temas tradicionales. Por entonces, privilegia una escritura sencilla y directa, como luego será "Blowin' in the wind", que aparentemente cita el Libro XII de Ezequiel de la Biblia. El alma de profeta lo siguió hasta "The times they are a-changin'", acaso la canción que lo saturó del papel.
El caos
Al día siguiente del asesinato de J. F. Kennedy, Dylan estuvo en un recital en Nueva York que tenía obvias resonancias a la tragedia. Abrió su show con "The times they are a-changin'", y aunque fue un éxito instantáneo, para él no todo calzó: "No entendía por qué me aplaudían, ni siquiera por qué había compuesto aquella canción. Ya no entendía nada", dijo años después. Dylan escapó de ese rol político empuñando una guitarra eléctrica y escoltado por un nuevo amigo, Allen Ginsberg, y compuso su trilogía más brillante: los álbumes "Bringing all back home" (1965), "Highway 61 Revisited" (1965) y "Blonde on Blonde" (1966). Ese nuevo Dylan, con 25 años, no anda buscando respuestas: se hundía en el caos.
El influjo de los beat aparece en "Subterranen Homesick Blues" o "Maggie's Farm", canciones de protesta urbanas y explosivas, que no solo protestan contra el sistema político: "Tengo la cabeza llena de ideas/ Que me están volviendo loco", cantaba en la segunda, y algo de eso estalló en "Tombstone Blues". La canción por la que lo admira Nicanor Parra es el relato del turbulento movimiento de la historia narrado al estilo surrealista: aparece Beethoven, el cineasta Cecil B. DeMille, Jack el Destripador y una serie de revolucionarios y forajidos estadounidenses. El tono sigue en las líricas del disco "Blonde on Blonde": "Dentro de los museos, el infinito se va a juicio./ Las voces repiten que debería llegar la salvación./ Pero Mona Lisa debe haber tenido nostalgia de la carretera./ Se ve por el modo en que sonríe", dice en la fantástica "Vision of Johanna".
No es fácil atrapar a Dylan: mientras hace esos discos salvajes, graba decenas de temas que van a ser descartados, no todos en el mismo tono. Entre ellos, "Farewell, Angelina", nada más que con guitarra y armónica. Es el relato de una despedida: "Adiós, Angelina, los cascabeles de la corona fueron robados por los bandidos, debo seguir el sonido de los triángulos y la lenta melodía. Adiós, Angelina, el cielo está en llamas y debo irme", canta en el inicio, anunciando el inicio de otra cosa. Y va a pasar: Dylan va a ser otro.
Contando historias
El 29 de julio de 1966, Dylan avanza por una carretera sobre su motocicleta Triumph 500 cuando algo sale mal. Rodeado de rumores que el artista jamás ha aclarado, el accidente marcó un quiebre en su vida. En la cima de su carrera, Dylan pasó los 15 meses de su recuperación en su casa en Woodstock, alejado de la vida pública. Pero no de la música. Llegó a grabar 138 canciones con The Band, un grupo de amigos con quienes iban de subterráneo en subterráneo, armando temas nuevos, cubriendo clásicos del folk y el country. Una de esas canciones es "This wheel's on fire", quizás el relato del accidente, pero que Dylan transforma en algo mayor: "Nos íbamos a reunir de nuevo y esperar/ así que me desharé de todas mis cosas/ me sentaré antes de que sea demasiado tarde./ Ningún hombre vivo vendrá con nosotros", dice como si hablara con la muerte.
El tumultuoso letrista que fue Dylan va a evaporarse. Se va a convertir en un relator de historias, a veces las suyas: el aclamado álbum "Blood on the tracks" (1975) está hecho de las historias de un hombre herido que cuenta su derrota, como si contara cuentos en la barra de un bar. Tenía 33 años. Según él, su modelo fue Chéjov. "Creyeron que era autobiográfico", dijo, y quizás lo era. "La única cosa que supe hacer/ fue huir hacia delante, como un ave que vuela/ envuelto en la tristeza", canta abatido en "Tangle up in blue". Su esposa, Sara, lo ha dejado.
En adelante la ruta lírica de Dylan va a tener varias vetas, pero seguirá contando historias hasta el final. El disco "Desire", 1976, está lleno de relatos de vidas reales, como la canción "Hurricane", sobre el boxeador Rubin Carter, acusado injustamente de un triple homicidio. O "Joey", sobre Joey Gallo, un mafioso que escribía poesía y a Dylan, más que un delincuente, le parecía un héroe callejero. El tópico lo volvió a tomar en "Tempest", su último disco: "Early roman king" es una idealización de una pandilla que hizo estragos en el estado de Nueva York en los 60: "Aún no he muerto, mi campana todavía suena", canta Dylan entonando un blues clásico. "He tenido mi diversión, he tenido mis aventuras amorosas./Voy a sacudirlo todo como los primeros reyes romanos", sigue.
Dylan sigue ahí, dispuesto a sacudirlo todo, pero la oscuridad lo acecha. Con el poema "Oda a un ruiseñor", de John Keats, como eco de fondo, en 1997 escribió la canción "Not dark yet". Tenía 56 años y ya veía el horizonte. No sabía cómo había llegado adonde estaba: "Nací aquí y voy a morir en contra de mi voluntad./ Ya sé que parece que me marcho/ pero estoy quieto./ Cada nervio de mi cuerpo está ausente e insensible./ Ni siquiera recuerdo/ de qué vengo huyendo./ Ni siquiera oigo el murmullo de una oración./ Aún no ha oscurecido/ pero no va a tardar".

Sergio del Molino: “Un país sin relato no es un país”

Sergio del Molino: “Un país sin relato no es un país”



Sergio del Molino: “Un país sin relato no es un país”

Mario S. Arsenal

El periodista y escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) publica La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (Turner), un ensayo sobre la despoblación rural que se produjo a partir de los años 50, diáspora que ha terminado convirtiendo a España en un país imaginario del que, sin embargo, todos guardamos alguna imagen fantasmagórica. Un recorrido sociológico de trasfondo cultural que indaga en las consecuencias del continuo y alarmante vaciamiento de la Península ibérica a través de sus últimos 60 años de historia.
Parece que desde el propio subtítulo pretendes apelar directamente a los tópicos. ¿Qué le debes a este país vacío para que emocionalmente te hayas lanzado a escribir un libro como éste?
Ciertamente sí que hay una conexión sentimental, y creo además que ya estaba expresada en mi novela anterior. Una de las cosas que exploro en Lo que a nadie le importa (Literatura Random House, 2014) es cómo mi abuelo, que nunca ha vivido en esa España vacía porque procede de ese pueblo menguante que es Bubierca (donde nació pero nunca ha vivido), considera que pertenece a él y que allí ha construido una mitología. Cuando se jubiló se compró una casa y se convirtió en campesino, pero un campesino de mentira, porque él siempre ha sido de ciudad. Quien lo ve, cree que ha vivido en el pueblo toda su vida y que viene de plantar tomates, aunque las manos las tenía perfectas porque era un white-collar.
Portada de La España Vacía
Portada de 'La España vacía'
En esa reflexión está el germen de este libro como motivo literario y narrativo. Para todo lo demás no hay una cuestión de deuda, pero sí una clara relación biográfica al margen de la conexión familiar con mi abuelo, y ésta es la conciencia que tengo de vivir en Zaragoza, una ciudad rodeada de desierto y donde no hay un entramado urbano. Literariamente siempre me han interesado mucho los márgenes de la ciudad, los cinturones, esas tierras de nadie, las zonas de transición. En Zaragoza no existen apenas; de repente, sabes que el siguiente poblado está a cien kilómetros y viven cuatro abuelos. En esa conciencia del desierto, que yo he recorrido mucho como periodista, y también por gusto, hay una fascinación íntima que viene de años atrás, un runrún que me viene acompañando desde hace tiempo y que, como tema y motivo de reflexión, me parece poderoso. Es una literatura que siempre me ha gustado de una forma bastante natural, no estoy intentando saldar ninguna deuda con la España vacía porque ni siquiera procedo de ella. Pero sí que tengo una vinculación sentimental.
En las primeras páginas del libro dices que “España tiene mucho que digerir y muy poco estómago”. Es como si los tópicos aparecieran de manera inconsciente. ¿Es algo propiamente nuestro o sucede también fuera de España?
Sucede en todos los países. Y hay motivos como la heterofobia o el desprecio al paleto que son constantes. Un paleto es un paleto en todas partes, ahí tenemos el redneck norteamericano. Y los franceses, por ejemplo, han sido maestros en el arte de despreciar al bruto del campo. Son como el paradigma del desprecio. Si quisieras despreciar bien, tienes que fijarte en cómo lo hacen ellos porque lo hacen muy bien. Pero volviendo a la pregunta, la diferencia no es tanto cualitativa sino cuantitativa. La diferencia es la intensidad. El dramatismo que le damos nosotros a las cosas, como algunas expresiones universales, en España tienen un cariz muy bronco, violento y a menudo está muy acompasado con el paisaje. Esos mismos mitos se pueden explorar en otras naciones, y existen, pero no de una forma tan dramática y determinante a la hora de definir un país como España.
Sergio del Molino durante la presentación de su libro
Sergio del Molino durante la presentación de su libro
¿Existe alguna alternativa posible que nos permita recuperar ciertos lugares sin convertirlos necesariamente en reclamos turísticos?
No lo sé. No he escrito un ensayo programático, de hecho no tengo capacidad para eso. Tengo capacidad para identificar, explorar literariamente y hacer sugerencias. Es una cuestión que rebasa el sentido del libro. Si preguntas por mi opinión al respecto, te diré que lo observo con poca esperanza. Tal vez habría que rebobinar y no haber destruido la cultura y el pasado agrícola. En ese sentido, el turismo puede ser una tabla de salvación, pero el futuro que dibuja Houellebecq en El mapa y el territorio, que concibe Francia (y por extensión tal vez Europa) como un gran puticlub-museo-restaurante Michelín, ya se está viviendo en algunas zonas de la España vacía. Es muy triste porque conlleva asumir tu propia caricatura e interpretarla. La encrucijada es muy difícil porque se han probado muchas cosas y ninguna ha funcionado. La sangría sigue. Creo que nadie tiene una respuesta sobre cuál es la fórmula para que muchos pueblos sigan existiendo y su gente con ellos. Lamentablemente vamos a presenciar la desaparición de muchos más.
Sobre el caso del crimen de Fago: “No querían ser contados por otros ni encajar en ningún cliché sobre la vida rural o la España negra, pero tampoco querían contarse ellos mismos”. ¿No verbalizarnos a nosotros mismos ha contribuido a dilatar la brecha entre el campo y la ciudad?
Sí, pero en general la gente que vive en el margen no quiere ser contada. Si se han echado a un lado, igual quieren que los dejen en paz. Yo me pregunto muchas veces quién cuenta la vida de otros y quién tiene derecho a poner voz a los demás. Desconfío mucho de la gente que asume portavocías. ¿Quién les ha pedido permiso? A lo mejor tienen voz y no quieren alzarla. Hay mucho paternalismo y mucha superioridad moral en ese aspecto. Me preocupa mucho como escritor y como periodista, y por eso en parte he escrito este ensayo, porque quería explorar cómo hemos acallado y silenciado a cierta gente.
Háblame de Las Hurdes.
Lo de Las Hurdes es muy significativo para mí. En 1908 se organiza el primer congreso de hurdanófilos. Se hace fuera, en Plasencia, y allí se reúnen una serie de filántropos preocupados por el problema de Las Hurdes. Pues bien, vuelve a hacerse en los 80, y en 1988 se celebra en Las Hurdes con la particularidad de que para entonces ya es un congreso de hurdanos y hurdanófilos. En ese momento asumen la voz y aceptan sin rechazo la historia que se ha tejido en torno a ellos. Entonces son capaces de verbalizarla y de pertenecer a ella. Esa asunción de la primera persona me parece importantísima.
La orografía, los sistemas políticos, nosotros mismos... ¿Quiénes son los culpables de que abandonáramos nuestra tierra de manera precipitada y en parte sin saber por qué?
Las razones son muy diversas, pero el problema es que tampoco hay alternativa. La condición moderna implica lo urbano y la ciudad es el espacio donde socializamos. Lo que no hemos sabido resolver es cómo relacionar, articular e integrar el campo en la ciudad. Esta es la oportunidad que tal vez hemos perdido: hemos abusado muchísimo y hemos especulado en beneficio de cuatro sinvergüenzas y cuatro mangantes. Somos un pueblo de saqueadores y tenemos tradición, saqueamos América y todo lo que encontramos a nuestro paso, incluido nuestro propio territorio. Lo que se echa de menos en España, aunque nunca ha existido, es un proyecto de integración nacional donde una gran porción del territorio se sienta parte de la marcha del país y pueda participar en ella.
En los últimos diez años hemos tenido más posibilidades de tener una vida que no fuera tan endémicamente urbana y, sin embargo, seguimos prefiriendo la ciudad. Me estoy refiriendo a los planes de repoblación rural que se han venido ensayando en ciertas zonas.
Estos programas siempre han sido voluntaristas, aislados y, en ocasiones, muy desiguales. El Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA), propietario de un gran número de pueblos abandonados, vendió muchos de ellos. Hoy el régimen de propiedad de algunos es muy particular. En la mayoría no puedes construir sino sobre lo ya edificado y además nunca es propiedad tuya porque está en usufructo. Es decir, los planes de repoblación que el ICONA ha puesto en marcha han sido anecdóticos y no han tenido por lo general un alcance más allá de la experiencia piloto.
Sergio del Molino
Sergio del Molino
¿Te parece representativo de algo?
En absoluto. Tan sólo creo que no ha llegado a calar, y es lógico, porque es tanto el vacío que hay que tampoco se sabe muy bien qué hacer. En el mejor de los casos hablamos de una economía de subsistencia porque no existe mercado.
¿La cultura ha dado la espalda a la España vacía?
No. En la cultura ha habido más corrientes de sensibilidad que de desprecio, sobre todo la de paisajistas como Machado. De hecho buena parte del cánon literario español es gente muy sensible al paisaje.
En varias ocasiones hablas de una común incapacidad de comprendernos, del desequilibrio intergeneracional, que a mi modo de ver es la mayor tragedia de la España vacía. ¿Qué pasará cuando ese país vacío se vacíe del todo, cuando desaparezcan nuestros abuelos? ¿Nos veremos obligados a inventar un pasado que nunca existió?
España ya está vacía culturalmente hablando; lo que me interesa es la pervivencia de las familias y cómo se van articulando sus mitos. Ahí, dado que el relato español está muerto, sí que puede haber una acción política.
¿España como nación está muerta?
No tiene relato, está completamente desarmada. Primero fue el franquismo y luego la democracia, que no tuvo agallas suficientes para apropiarse del relato nacional que el franquismo había usurpado. La cultura y la literatura españolas sentían miedo de que fueran asociadas al sentido franquista de lo español. En consecuencia, ambas se distanciaron de lo español. El relato es inapropiable y por eso la batalla está perdida: un país sin relato no es un país.
¿Qué alternativa tenemos entonces para convivir los unos con los otros?
Ya no tenemos una conexión histórica ni mítica, nadie cree en el Cid ni en la conquista de América; nadie en la escuela se tragaría el relato de Menéndez Pidal, ha quedado obsoleto. Pero se me ocurre que podríamos aprovechar esa conciencia difusa y colectiva que tenemos, nada que tenga que ver con el relato del “ellos” y el “nosotros” o una belicosidad encubierta, sino que esté vinculado a la conexión sentimental que mantenemos con el país. Al fin y al cabo los afectos son el eje de nuestra identidad.

viernes, septiembre 30, 2016

Mañana en Cuba, de Ignacio Castro (en FronterD)

Mañana en Cuba | FronteraD







El hombre no está hecho para la derrota;
 un hombre puede ser destruido, pero no derrotado
 Ernest Hemingway


No es la decadencia lo que deja este poso agridulce de la vuelta. Ni tampoco los mil edificios destartalados de la otrora espléndida Habana, de la que se dice que tenía más cines que París. Es más bien una penuria infiltrada en los huesos de una población castigada por los poderes del mundo. Humanidad, por cierto, extrañamente feliz, aunque de un modo muy distinto al nuestro. Hasta los balones con los que juegan los chicos en las calles –el béisbol ha retrocedido ante el fútbol– están desvencijados y hechos jirones. Además de cierto agotamiento, arrastras una resaca melancólica al volver de Cuba porque es triste asomarse a un orden social del que apenas, por mucho que leamos e imaginemos, conoces las claves. Este archipiélago antillano, bañado por un sol cegador, permanece escondido para el visitante. Bajo las sonrisas y el encanto frecuente, laten ciudades y cuerpos sumergidos. Y este secreto es a la vuelta amargo porque habla español y platica a la puerta de casas iluminadas, sin la disculpa del hielo del Este o del alfabeto cirílico.


I

Como a España o a Francia, salvan a Cuba las grietas de lo político, lapsus de un universo visible que, incluso sin su reverso chillón en Miami, ya incluye el turismo masivo y la oferta agotadora de un capitalismo incipiente. Como en tantos viajes, estar lejos de la costumbre natal te permite epifanías inolvidables en patios con helechos, en rostros saturados al atardecer de los malecones, en buceos submarinos con gafas de sol y cantantes que hechizan calles enjalbegadas. El viaje a Cuba puede ser tansituacionista, entregado a una humanidad distinta, que brotan en sordina disonancias larvadas, vivencias que a veces no son fácilmente asimilables. Los viajes ponen a prueba amigos y relaciones, tensando incluso a uno mismo como pareja, pues entre “yo y mis circunstancias” aparecen virus. Y aquello fue todo un periplo, con dos personas permeables a casi cualquier contaminación, sin apenas protegerse en el racismo grupal que caracteriza al turismo guiado.

De ahí una perplejidad que todavía se prolonga. Y la inestable sensación en una pregunta existencial importante: si ellos viven, a pesar de estar castigados por medio mundo y carecer de mucho de lo que nosotros ansiamos, ¿qué tipo de bienestar ficticio gozamos nosotros? Saber relativamente poco de la historia de Cuba facilita además sentir y analizar en crudo, como si sobre esta mítica isla no se hubiesen vertido ríos de tinta. Al partir llevas de hecho más mitos en la cabeza que conceptos; y el mito no protege de lo real, más bien ahonda su compleja ambigüedad.

Cuba resucita también el relativismo cultural que distorsiona muchas nociones intocables de lo que llamamos, con cierto halo de neutralidad, economía. Esto aparte, allí la necesidad hace virtud y genera comunidad, volatilizando muchas de nuestras neurosis freudianas. Como en India o Ecuador, la población vive hasta cierto punto indiferente a la globalización. Un padre de familia, bajo un calor que para un europeo resulta asfixiante, puede circular tranquilamente en su bicicleta, con su mujer sentada detrás y la niña delante, los tres vestidos impecablemente y sin sudar camino de una fiesta. Los colores radiantes en antiguos autos americanos o rusos, a veces cuidados con un esmero que también adorna los cuerpos, indica que la dicha y la desdicha son como el agua, un fluido que siempre busca salida. Nuestras caseras en Cienfuegos, una de ellas del Partido Comunista, se adornan como si cada día fuera festivo. Tanto en Alemania como en Cuba es necesario amar esta humanidad no elegida, ni opulenta, para comprender cómo la gente soporta la infamia y la dificultad de estar en el mundo. Adorado hoy en la isla, el Papa Francisco ha aludido con frecuencia a esta misteriosa profundidad de los puentes que permiten vivir y cambiar las vidas.

Recordamos y releemos las cien vicisitudes de la historia pre y post revolucionaria, pero no las hemos vivido. Así que resulta un poco inescrutable la tranquila indiferencia de la población –en algún momento Fidel Castro alude a la serenidad popular, incluso en la crisis de los misiles–, la desenvoltura de una cotidianidad de cuyo origen sólo tienes noticias sueltas, sin haber vivido su nacimiento lento y cómo se entrelazan sus raíces climáticas con muy distintas etapas históricas. Como en tantos sitios, la historia y la información apenas explican el ritmo de otra sangre que corre en las venas.

Si impresiona la pobreza en Lawton, en tanta calle destartalada de La Habana Vieja, tampoco es de igual modo que en Marruecos, Venezuela o la vieja Galicia rural. En estos lugares te encuentras con una estrechez que habla tu idioma, aunque resulte difícil medirla con el inevitable daltonismo de una mirada foránea. El problema es que en Cuba, para la pobreza y la riqueza, para la alegría y la tristeza, en cierto modo nos falta la escala. Aunque allí nadie pasa hambre –el perfil frecuente es más bien orondo–, la escasez está entreverada de tal modo con una acostumbrada dignidad, con el ingenio y la soltura de un orden social mudo para el visitante, que te desenvuelves inevitablemente con una cierta torpeza. De ahí que, siendo procedentes de Occidente, uno de nuestros taxistas se asombre de nuestra relativa naturalidad.

Es posible que las explosiones a veces histriónicas de la población cubana, que oscila entre la timidez y el descaro, sea un modo de combatir esta angostura que no habla ningún idioma conocido. Por lo que sabemos, hasta los rusos quedaron bastante impresionados con esta mezcla de calor y organización, con la audaz resolución popular e internacionalista que nació de ella.


II

Diríamos que son vanas las prisas por visitar Cuba antes de que el experimento cultural, revolucionario y vital, se esfume en la mundialización consumista. Probablemente nunca veremos tal disolución. ¿Qué puede temer una revolución que ha podido con la oligarquía y las mafias del casino mundial que era la isla; con la toxicidad ideológica, mercantil y militar de Estados Unidos; con el analfabetismo y las plagas de la infancia; con los rusos, el extremismo de Miami y cierta indolencia de cuño antillano e hispano? Para bien o para mal, la singularidad cubana parece tener garantizada una escandalosa duración. No sólo la saturación débil del color cian aguamarina en un Caribe cuya transparencia ciega; no sólo esos cielos empedrados, las baldosas de filigrana española, los rostros y los cuerpos bruñidos: También es eterna, probablemente, la revolución de las conciencias que se puso en marcha hace sesenta años. Es fácil incluso que el peor de los capitalismos quiera conservar esa estética revolucionaria como una atracción turística central, incrustada en la población después de la lucha contra bandidos en las montañas y después también de que miles de estudiantes emprendieran en los años sesenta una tarea de alfabetización que alcanzó los más recónditos lugares del campo. Más tarde, el empuje revolucionario pudo mantener la extensión masiva de la enseñanza, uno de los sueños de Martí, a base de placas solares que alimentaban las escuelas más apartadas, cada una con su modesto televisor y su pequeño ordenador.

La bandera cubana omnipresente es una respuesta orgullosa –en cierto momento, a los rusos les pareció exagerada– frente al agresivo imperialismo estadounidense y al odio casi anticristiano, mimético de la peor extrema derecha WASP [Blanco anglosajón protestante, en sus siglas en inglés], que emana de Miami. Al cabo de los años sorprende, por lo que tiene único, que hasta cierto punto la pequeña isla parezca haberle ganado la partida al gigante del norte. Aunque la nueva apertura estadounidense, con cincuenta vuelos regulares a los diez aeropuertos de la isla, pretenda ser un regalo envenenado similar a los que se le hacían a Castro, tiene gracia imaginar la frustración puritana ante un virus revolucionario que, a las puertas mismas de Florida, se ha mostrado una y otra vez resistente al oropel hortera del norte.

La de Cuba es una disciplina mutante, como el virus de la gripe. La revolución hizo el milagro de casar el orgullo y la energía latinos con un orden ilustrado que ha calado en las venas de la población. Hasta en el libro de Ignacio Ramonet Cien horas con Fidel,que leemos por consejo de un radical alternativo de Santa Clara, Castro se muestra como un político con bastantes más ideas, y más cosmopolitas, que un Jrushchov o un Kennedy; por no hablar de otros ejemplares modestos del presente.

Es dudoso incluso que haya muchas similitudes con la revolución rusa. Ésta se mantuvo durante setenta años con grandes sacrificios entre la población y la sombra constante de las purgas, la guerra, el miedo y la represión. A cambio, la revolución cubana pronto se hizo molecular, tan profundamente discutida y consensuada que se infiltró en los entresijos de la vida popular. De ahí su eterno retorno actual, en medio incluso de la oferta turística. Pero porque fue verdaderamente genial y heroica, gracias a la infamia contra la que supo oponerse; porque mantiene la llama de los mitos éticos y estéticos de los sesenta, que siguen fascinando a medio mundo; porque Cuba no pudo respirar, sometida a un cerco brutal, sin una apelación constante al orgullo nacional de su resistencia.

De ahí que las mil imágenes de una posibilidad de revolución, en cualquier lado, sea –incluso para visitantes conservadores– parte de la oferta turística del presente. Las siluetas de Celia Sánchez y el Ché, de Camilo y Fidel conviven con naturalidad en cualquier escenario, sea una oficina estatal o un lujoso local de consumo. Se podría decir que la fotogenia del Ché –hasta su cadáver acribillado es bello– o de Camilo Cienfuegos casa muy bien con la estética de los enormes Pontiac coloreados de los años cincuenta y sesenta. El uniforme militar de los jóvenes que asaltaron Moncada sigue siendo elegante en campos de golf, de la mano de niñitas vestidas de blanco en domingo, en excursiones de pesca o reuniéndose con Sartre. Éste recuerda que el rostro de E. Guevara, después de una infinidad de reuniones diarias, era matinal todavía a medianoche.

Es cierto que Cuba parece detenida en el tiempo de aquellas décadas prodigiosas. Pero la detención temporal y el retorno de los sueños no cumplidos del pasado es –no solamente para Walter Benjamin– uno de los resortes de cualquier revolución. El futuro, se ha dicho, tiene un corazón muy antiguo. Está por ver si, ahora que se abre lentamente como una fruta, la isla no conseguirá imponer un retorno definitivo de la estética de los sesenta. A contrapelo de la mitología ilustrada, sea conservadora o revolucionaria, nadie ha demostrado que el tiempo haya de correr sólo en una dirección, hacia delante. Además, en términos absolutos, ¿dónde está delante? Dónde, si la pesadilla nos ha estado esperando delante y en todas partes.


III

Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, dice en algún momento Eduardo Galeano. Una de las impertinencias de la Cuba que arranca en el Movimiento 26 de Julio es discutir el primado universal de lo económico en la vida del hombre. Cuando se dice todavía “anti-imperialista” debemos entender ante todo la voluntad firme de encontrar una senda comunitaria que se propone al mundo, una oferta libre del dictado del lucro y de la rabiosa competencia que guía al individualismo occidental. El colmo de las paradojas es que este “socialismo sostenible” (sic) se sostiene hoy por su espíritu, por una constelación de creencias populares, y no sólo por los logros materiales que en educación, alimento y medicina ha logrado la revolución. Esa materialidad está entretejida con una hermandad de creencias que asombra si uno viene del planeta europeo. Por contradictorio que resulte para la ideología oficial del “materialismo”, la diferencia cubana se sostiene todavía hoy por la resistencia ética de la dignidad, por una conciencia que no se limita a reflejar ningún contexto. De ahí quizás la relativa facilidad de este maridaje último, que promete una transición pacífica, entre revolución y religión social católica. Una espiritualidad política, basada en una cultura de los sentidos, resiste a la religión global del mercado: ¿es sobre todo este ethos comunitario lo que indigna al puritanismo capitalista, también al fundamentalismo democrático de cuño europeo y a los opositores que éste apoya?

Un sabio del pasado siglo insistía en que la religión al final siempre triunfa. Pero es posible, para un pueblo que ha sufrido un tormento elitista prolongado, que la libertad de prensa sea poca religión comparada con la conciencia de una dignidad común y la libertad de manutención, de medicina o de educación. Aún hace poco se recordaba la asombrosa agilidad del pueblo cubano para organizarse en común ante la llegada de uno de los ciclones que asolan las costas antillanas. Esto puede ser parte indisociable de una revolución que tal vez nunca ha estado lejos del cristianismo: lo común exige una hermandad de los cuerpos, una economía de las almas. Lo cual se puede observar también en la admirable organización, que otros llamarían totalitaria, de las comunidades indígenas mexicanas.

Al margen incluso de purgas y fusilamientos dudosos, sin duda esta revolución no se ha realizado sin dolor y trágicos errores. Flor, holandesa de origen, nos recuerda la vergüenza de ella y su marido cubano cuando él ni siquiera podía subirle las maletas al hotel. La pureza revolucionaria debía preservar a los cubanos de la contaminación capitalista. Esto ha cambiado, pero es posible que algo de tal proteccionismo subsista todavía en la existencia de dos monedas: un peso convertible para los extranjeros, prácticamente equiparable a una tasa revolucionaria al turismo, y un peso no convertible para la mayoría de cubanos, que disponen de otros precios y de una cartilla que permite el acceso a pequeñas raciones diarias de productos básicos como aceite y pan, leche en polvo, arroz y otros. Las dos monedas –tres, si contamos el dólar– podrían ser otro recurso genial para seguir protegiendo a la población de las distintas invasiones que amenazan con convertirlos otra vez en esclavos. Hoy pueden entrar en cualquier tienda, pero el poder adquisitivo de un cubano medio le hace prohibitivos los precios de nuestros productos. Ni siquiera es fácil tener cervezas en la nevera. Lo extraño es que se apañan y no parecen más infelices que nosotros, aunque sea difícil entender –suponiendo que nos convenga– cómo subsiste la gente.

¿Subsiste con una conciencia comunitaria que no ha roto los lazos que exige una vida mortal, sometida a un perpetuo peligro? Por si esto no fuera ontológicamente así, el bloqueo se ha empeñado en recordarlo políticamente a los cubanos. En las calles abigarradas de Cienfuegos, sofocadas por el calor, cada vendedor tiene su son. Toda la población cubana, para sobrevivir, intercambia incesantemente palabras, alimentos, bienes de consumo y subsistencia. Solamente este trueque nacional incesante, del cual brota también una legendaria potencia musical –tal vez sólo comparable a la de Brasil–, explica que se subsista con una economía que para nosotros estaría en bancarrota. No hay abundancia de nada, pero sí paciencia y confianza en la senda de una dignidad común. Naturalmente, vigilados y protegidos por la revolución –lo último que quiere el régimen es que a las Damas de Blanco les ocurra algo–, los opositores tienen razón en su denuncia de las coacciones del Estado a las libertades individuales. También en las críticas a un culto a la personalidad, a un Fidel presente hasta en reuniones de pedagogos y amas de casa. Pero a veces parece ignorarse la historia, como si los últimos sesenta años de una Cuba cercada fueran el producto de la batalla personal de Castro –según Yoani Sánchez– contra once administraciones estadounidenses que, en realidad, no les han dado tregua.


IV

La precaución con el agua, como en México o en Egipto, es imprescindible para que un europeo se deje contaminar por el resto: esos paisajes rurales al pasar, algunas caras indescriptibles y, sobre todo, los gestos silenciosos de una negritud esbelta. Niños jugando, arroz con frijoles, cangrejo enchilado. Rozar este pueblo misterioso y a veces muy elegante, volver cambiados por esta resistencia a la obscenidad de la mundialización, exige abandonar el conductismo masivo o elitista de la guía turística. En la escena más tópica, basta una broma para rehacer el hechizo de un país sin tiempo, indestructible en su pasión por vivir. Es la isla delicada que resuena en el Caimanera que desgrana el español titubeante de Robert Wyatt. ¿La inercia de la derecha o la izquierda establecidas, sabrá algún día algo de esa eterna ambivalencia impolítica, que restalla incluso en esas playas del este atestadas de gente y de basura? Es tal pueblo imperfecto el que salvará a Cuba del canibalismo de la homologación. Si es que alguna vez lo fue, no hay temor a que este paraíso desaparezca tragado por la niveladora del consumo. Cuando venga, éste seguirá siendo cubano. Aunque es cierto que, sobre todo después del establecimiento de vuelos regulares con Estados Unidos, el poder de los estereotipos consumistas será la principal amenaza para Cuba, y no los restos de un uniforme verde oliva que apenas se ve por las calles. El poder de los mercados no es menos monótono y nivelador que el de esa “camarilla comunista” que los exiliados de Miami odian. ¿Es consciente de este peligro consumista la actividad de la oposición democrática cubana?

La luz antillana de la orilla invita a bañarse, incluso a bucear, sin quitarse las gafas de sol. La frescura del daiquiri se mezcla con el verde-azul del caliente fondo arenoso. Después de un baño nocturno en aguas templadas, el frenesí sexual de algunas noches permite volver a encontrar una morada en cualquier lugar, a veces inicialmente incómoda. Parafraseando a un escritor del pasado siglo: la tierra vencida, los cuerpos vencidos nos entregan estrellas. En Varadero y en Oaxaca, la patria del hombre es el amor y el sueño. Vivimos de día como soñamos de noche, mientras una sola estrella rutila al oeste. Y al día siguiente vuelven –pero ningún turista mira hacia mar abierto– aquellos cielos deshaciéndose en complejidades de tormenta, antes de que el naciente se alumbre en nubes con perfil de hongo nuclear o mascota gigante. Mientras, la grácil silueta morena de la cantante del Club Náutico desmadeja la tarde sobre el crepúsculo. No dejes de cantar y moverte suavemente, musitas, como si no hubiera turistas.

Ya en el lejano 1961, el entonces celebrado Cabrera Infante polemiza de tal modo sobre la vitalidad de la noche bohemia de la capital, expuesta en el documental P. M.de su hermano Sabá, que a Cabrera le acaba costando caro. Pero porque entonces el poder cultural que ampara al periódico más prestigioso de Cuba, cuyo suplemento cultural dirige Infante, se cuestiona si descender a esas frivolidades es pertinente en pleno acoso exterior a la revolución.

Pero la fiebre popular continúa hoy, y no precisamente en los locales preparados para el turismo. Dios mío, qué malo es vivir enamorado de una mujer, susurra un joven obrero de Trinidad al paso de una preciosa chica local que sigue su marcha, sin siquiera mirarle. No sabemos si tanto como cantó Reynaldo Arenas, queriendo con ello injuriar a Castro, pero el erotismo –no una prostitución hoy poco visible– rezuma por todas partes. Para empezar, en el cariño de algunas mujeres mayores que te atienden. En los jóvenes sentados en el ocaso de los malecones, indiferentes a nada que no sean su charla, su música y sus caricias. También en aquella joven morena, gafas de sol recortadas en el crepúsculo, que bebe y bromea con sus compañeros de mesa. Es cierto que se siente un poco de pena ante la joven madre que aprovecha el aguacero en “la 23” para empaparse con el chorro de agua que cae de un edificio. Pero incluso esa escena tercermundista tiene su belleza, cierta ternura y erotismo. Éste palpita en todas partes menos en los escaparates donde se ofrece al por mayor. No desde luego en Tropicana, donde rubias extranjeras bailan con su musculosa pareja cubana y gozan de un simulacro del daiquiri que en su día saboreó Hemingway. El turismo incluye un postureo tedioso en todas partes, sea en Miramar, en Varadero, en el Hotel Nacional o ante las cien bandas de Trinidad. Solamente algunas escenas y lugares, algunos camareros, algunos momentos sonoros, con platos populares y combinados preparados con esmero, nos libran de este romanticismo calculado que es la vaselina –y el estado de excepción– de la esclavitud industrial.

Los milagros son escasos, también en San Petersburgo. Se producen en esa humanidad entrevista al pasar por carreteras en las que transita un ganado sin pastor. En aquel cuarteto de viejecitos en Trinidad, cantando una deliciosa versión de La rosa de orientede Gutiérrez. Sería impagable escuchar a Baudrillard en esta otra América, seleccionando algunas perlas entre tanto simulacro para extranjeros. Donde, por cierto, son escasas las langostas verdaderamente inolvidables. Igual que en Alemania, dicho sea de paso, la gente mayor es la que parece más libre de los tópicos de la época. Ya nos lo había advertido Frank, aquel dinámico empresario en una tarde de Cienfuegos: “Huyan de los jóvenes, acérquense a los mayores”.


V

Es preciso reconocer que, en medio de la escasez compartida, resulta muy contaminante el mejor de los turismos posibles. Vas con una buena intención a Cuba, comes en paladares que pueden ser caros incluso para un español e invitas a tus amigos cubanos, incluido un delicioso ron añejo de siete años. Y sin embargo, aunque seas extremadamente cuidadoso, no dejas de sentir un poco de vergüenza con el papel señalado y “protector” que ejerces. Y esto aunque sospeches que ellos tambiénactúan y te están dejando cumplir amablemente con tu presuntuosa escenificación. Como el rol del visitante les obliga a justificarse continuamente, y a quejarse de la escasez, esto redobla en los gestos nuestra generosidad de extranjeros acomodados. Este círculo vicioso teatral no es fácil de romper. Para más inri, el camarero que te sirve, el chico que arrastra su bicitaxi, el anfitrión que te explica detalles actuales e históricos, habla tu idioma y tiene un aspecto similar al tuyo. Así que el inextricable contraste entre ese mundo y el tuyo es doblemente sutil y más bien incómodo para ambas partes.

A mitad de camino, disentimos de algún obispo español. No vimos un miedo generalizado a hablar, no más que la eventual desconfianza de cualquier otro sitio. Aunque fuera cierto que pululan informantes por todas partes, cualquier pregunta en buen tono puede generar, a imitación de ese Fidel que hablaba cinco horas sin papeles, una respuesta interminable. Tal vez porque la mayoría de la población, como ha reconocido indirectamente el propio Obama, ha hecho suya la revolución y no vive enfrentada a la autoridad de los militares ni a un ejército popular que, hoy por hoy, es muy improbable que dispare contra la gente. La prueba de que el miedo no paraliza es que hoy cualquiera se suelta a hablar, casi a la manera argentina, con un discurso que cada uno tiene muy elaborado. Parece que ciertamente la educación ha reforzado una clásica ilustración muy propia de lo que era la joya de la corona española. ¿De ahí que un intelectual llamado Ernesto Guevara llegase a sentirse tan cómodo en la isla?

Si hay una extendida vigilancia policial, tal como sostienen algunos, con la idea de un soplón disfrazado en cada barrio, es una vigilancia genial, pues resulta aproximadamente indemostrable. ¿No es posible incluso que tal vigilancia sea un mito popular, o del propio régimen, para justificar así una prudencia ciudadana que hará los cambios muy lentos? Como dijo Fidel: Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada.

El sincretismo no es sólo religioso, con la santería y esas prácticas antillanas de la cultura yoruba que lleva a algunas mujeres a vestir de blanco un año entero antes de ser ordenadas. El sincretismo alcanza también a la belleza criolla de los rostros, a la integración de revolución y tradición, a las ciudades híbridas, a las culturas, los sones y los cuerpos entremezclados. Pocas veces, dicho sea de paso, se pueden observar una mezcla interracial como la cubana. Y esto no solamente en circuitos alternativos, a la manera de Madrid o Berlín, sino en todos los planos de la vida social. A diferencia de lo que ocurre Nueva York, donde hasta ayer la población afroamericana ocupaba solamente puestos vicarios, ¿es esta ausencia de racismo uno de los logros del sistema y una expresión de su triunfo popular? Tal vez significa hasta qué punto la revolución, tome ahora el rumbo ideológico que sea, está fundida con la piel de las costumbres. Como si la fusión política de revolución y nacionalidad, de orden socialista y estilo popular, fuera anterior a los logros de la fusión musical que la isla vende a medio mundo. En este punto Cuba, empeñada en algún momento en tender puentes entre Mao y Jrushchov, habría estado más cerca de la síntesis cultural china que de la rigidez soviética.


VI

¡Estamos en Cuba!, puede decir con sorna un camarero para justificar cualquier desastre en los servicios. La sangría económica –y la seguridad estatal– que representan tantos funcionarios, a veces bastante malhumorados, no tiene con frecuencia ninguna función: no hay habitaciones que alquilar, carros que rentar, trenes o autobuses suficientes. Si los hubiera, como esos funcionarios cobran lo mismo –muy poco–, tampoco los servirían. Es posible que el concubinato con la Unión Soviética haya jugado malas pasadas a la economía. Sin atrevernos a repetir la cifra diaria de gasto ruso que oímos en la isla, parece que creó más de dos décadas prodigiosas de riqueza artificial que sin duda relajaron la inteligencia económica. A pesar de algunos formidables logros ecológicos, la agricultura y la pesca parecen seriamente descuidadas. Lo cual explica, sobre el muro del bloqueo, la escasez de productos básicos en cualquier esquina. Un ciudadano cualquiera comenta: “Me gustaría saber qué argumentarán, para justificar la escasez, cuando acabe el bloqueo”. Aparte de las remesas de los emigrantes y del potencial económico de Miami, que de algún modo complejo es parte de la isla, la principal fuente de ingresos en Cuba no es el turismo; ni la caña de azúcar, el tabaco o el café. Lo son unos servicios médicos en el exterior, y una investigación bioquímica libre de la rapiña de las multinacionales farmacéuticas, que aportan fuertes divisas al estado.

Como peaje internacional a su insolente revolución, los cubanos han pasado por todas las humillaciones concebibles. En el Periodo Especial de los años noventa se deja de tomar carne –el propio Fidel defiende en público lo saludable de un cambio de régimen– y se reparten bicicletas a la población. Pero Cuba también pasó ese periodo y hoy entra en otro estadio muy distinto. “Este es mi país: no quiero irme. Que se vayan ellos”, nos espeta a bocajarro un taxista que ha conocido la prisión por comprar combustible en el mercado negro. Ciertamente, no parece que hoy el periódico Granma, ni siquiera en su versión en inglés, genere lo que se dice devoción popular. “Nadie se cree las mentiras del Partido” –insiste el taxista anterior–, que ha caído en picado en sus afiliados. Pero casi todo el mundo convive con la retórica oficial, o sencillamente la ignora, con una mezcla de inteligencia y nacionalismo todavía estimulada por la desconfianza hacia las críticas externas. Aparte de esta unión popular ante la agresividad democrática externa, algo –con perdón– deben haber hecho bien Fidel, Camilo, Vilma, Raúl y Ernesto Guevara para dejar este resto popular de confianza estatal, con una paciente prudencia que dura hasta el año de gracia de 2016.

Pero “No hay sol sin mancha”, repite un joven cubano, dulcemente crítico con la revolución, en una tarde de mojito y terrazas. ¿Es esta especie de democracia popular sin partidos una forma sui generis de dictadura, como dicen muchos exiliados de Miami? ¿Puede haber una dictadura sin la presencia masiva de soldados en las calles? No existe lo que llamamos libertad de prensa, es cierto, ni una pluralidad libre de distintos partidos, cosas desde luego difíciles en un ambiente de extrema hostilidad externa. Es cierto además, como ha reconocido el propio Castro, que la revolución ha cometido serios errores. Entre otros, una lenificación forzada por la guerra fría y la agresividad estadounidense que no estaba en el programa inicial –el Partido Comunista se funda en el tardío 1965–, orillando a José Martí en aras de un marxismo bastante esquemático.

Preguntémonos qué significa que, lejos de París y Chicago, una humanidad exterior asocie lo que nosotros llamamos Democracia con bombardeos masivos, no siempre precisos. También la democracia dentro de Estados Unidos, en el corazón de Reino Unido, Italia, Israel o Francia, ha cometidos errores, incluso crímenes terribles. Todos los creyentes del sustantivo Democracia olvidan que se trata de un adjetivo que sólo admite una problemática y variopinta aplicación real. Por lo pronto, después de décadas de miseria masiva, nadie pasa hambre en Cuba, ni hay niños abandonados buscando basura en la calle, ni la escandalosa desigualdad de otros países. Al margen de los sustantivos, Cuba tiene poco que ver con el régimen de Franco, con el de Corea del Norte o con el sectarismo superestructural de un Maduro en Venezuela. Juraríamos incluso que los jóvenes revolucionarios del Granma consiguieron una hermandad nacional que tampoco lograron los Kirchner en Argentina. Lo absoluto no es la democracia, ni ningún otro régimen político. Lo absoluto es la existencia, cómo vive la gente, ese laberinto de singularidades que siempre tiene que encontrar un modo de sobrevivir a la pesadilla que es la historia. Es en este plano de inmanencia popular donde el hombre barbudo que se duerme agotado bajo unas cañas, poniéndose el fusil en la garganta para que no le capturen vivo después del fracaso momentáneo delGranma, ha logrado una revolución popular con pocos precedentes.


VII

Fijémonos en esa celebrada seguridad, para algunos dudosa. Todavía hoy, una mujer sola puede hacer lo que nosotros llamábamos autostop en cualquier carretera secundaria. “Nunca ocurre nada”, dice un corpulento taxista. “Y si ocurre –insiste– es porque ella quiere y lo que ella quiere”. La tranquilidad pasmosa en la isla no tiene sólo que ver con el temor a la policía o con una cierta pureza revolucionaria. Algo de esto no deja de ser así: asqueados por los abusos de la soldadesca de Batista, Castro llegó a enjuiciar y fusilar en Sierra Maestra a unos pocos guerrilleros que se atrevieron a engañar a los campesinos. Pero la seguridad, que permite a un turista pasear de noche por cualquier calle cubana mal iluminada, brota también de un patriotismo que a veces parece la réplica –aunque invertida– de la que practica el poderoso vecino del norte. Es casi tan omnipresente la bandera cubana en La Habana, Varadero y Trinidad como el paño de barras y estrellas en Boston o Los Ángeles. Y este resistente orgullo nacional, libre de un complejo de culpa muy presente en el universo hispano, viene de lejos, ya desde una Cuba que era la pieza mimada de la corona española. Se dice que la oligarquía cubana del XIX, a la vez que miraba con ilusión a los estados esclavistas del sur estadounidense, pesaba tanto en Madrid que no necesitaba la independencia.

Más que ningún otro factor, es tal vez este nacionalismo, que la revolución refuerza, el que explica el respeto masivo por el estado y el orden social que éste ha instaurado. Parece que la vocación mundial de la isla es la que le ahorra ese auto-odio que en México o en España toma muchas formas, también en la proliferación monstruosa del nepotismo interno. Hoy por hoy, es inimaginable un policía o un soldado cubano realizando una extorsión a un extranjero o a un compatriota. El repetidoantiimperialismo también significa que Cuba no puede reproducir hacia dentro lo que combate por fuera. De ahí las críticas constantes al centralismo.

Mucho antes de los discursos de Fidel en la ONU, de la escena del Ché dialogando con Sartre y Simone de Beauvoir, los guerrilleros de Sierra Maestra suscitan la atención mundial. Y saben que hoy en día, aunque a veces sea para mal, sigue quedando algo de esto. Sin ir más lejos, es evidente que el Vaticano no se ha tomado tantas molestias con cualquier otro estado. Pero la censura de medio mundo es actualmente la tónica. El mismo día que se rechaza a Rajoy en nombre de la democracia, se pronuncia en nuestro congreso el nombre de La Habana como si fuera solamente un exótico lugar y la paz de Colombia hubiera llegado a través de la Academia Sueca. Ignoramos una y otra vez la potencia política de la isla, que sigue y va a seguir por mucho tiempo. ¿Dejaremos otra vez los españoles –excepto Meliá, Iberia y alguna otra empresa– que todo el mundo nos tome la delantera a la hora de ocupar un lugar en esta época de transición, con todo lo que nosotros sabemos de cambios graduales? Somos capaces. A diferencia de Cuba, la marca España no se atreve a una independencia política, y esa falta de audacia externa es lo que presiona para desgarrarnos por dentro. El patriotismo español será un poco vacío, retórico y rancio, mientras no nos recuperemos de una timidez exterior que tiene en casi el entero universo suramericano una expresión preocupante. Se trataría de contribuir, como hace con prudencia el Vaticano –y esto no gusta a todos los opositores–, en la transición a un tipo de democracia social que no tiene por qué parecerse, ni de lejos, a la de los brutales vecinos que viven –armados hasta los dientes– entre Florida y Canadá.

En Cuba subsiste un viejo coraje que hoy apenas tiene representación en esta terciaria nación española que se ha disuelto en Europa. Viejos valores hispanos, incluida la hibridación barroca y la audacia internacional, se conservan más en esta isla antillana que entre nosotros. Por todas partes, en El Vedado, en Trinidad o Cienfuegos, preciosas baldosas castellanas o andaluzas permiten descansar a animales indolentes. Vemos fortalezas ciclópeas, moles de piedra por todas partes para defender la perla del Caribe. Con todos sus crímenes, lo que hizo España, lo que sudó y los hombres que perdió en aventuras incalculables, evoca una voluntad terrenal que todavía se observa en Cuba. Es como si los cubanos representasen, hoy un poco solos y al modo “marxista”, el empuje y la ambición universal que un día tuvo la madre patria al modo “cristiano”. Muy lejos de aquel 98 tan duro para España y para Cuba –que pasó de un amo a otro, no menos cruel–, tendríamos que restablecer puentes de confianza con nuestros hermanos antillanos.

Cuba tiene que encontrar su propio camino para un socialismo de mercado, para un capitalismo de estado, como aquí o allá intentó la socialdemocracia americana y europea en condiciones muy distintas. Y los cubanos, tampoco en esta ocasión, encontrarán en Estados Unidos demasiadas caricias para recorrer esa senda. Tiendan puentes, insiste sin embargo –hablando para la juventud cristiana de la isla– el cuidadoso mensaje del Papa Francisco. Sin duda, puentes en el laberinto de múltiples obstáculos, pues el presente cubano, heredero de una proliferación barroca de cruces, es intrincado. Ellos sabrán salir de este reto actual, como antes han salido de desfiladeros peores. A algunos nos gustaría que no lo hicieran completamente solos.




Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Entre sus libros últimos cabe destacar Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (Los libros de fronterad, 2016) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011). Sobre el freno al pensamiento en Occidente y otras cuestiones afines, el autor ya ha dicho casi todo lo que tenía que decir en su último libro Sociedad y barbarie (Melusina, 2012). En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, De Oaxaca a DF. Impresiones de un pasajero inmóvilMarx en red. (El origen de la religión verdadera)Cuarteto neoyorquino y El cuerpo de la desintegración, y mantiene el blog Crítica y barbarie.




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