sábado, noviembre 04, 2017

Bauman: "En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda"

Bauman: "En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda" | Papel | EL MUNDO



Bauman: "En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda"



Cuando escucha la primera pregunta, Zygmunt Bauman se endereza levemente sobre el estampado floral de su butaca. Luego arquea sus cejas, con pelos largos como meñiques. Y, tras una interminable calada a su pipa, masculla una respuesta: «Por favor, come un poco... Necesito tiempo para pensar».
El sociólogo señala el bufé que ha preparado en la mesita de su salón: fresas con nata, bizcocho casero, frutos secos y zumo de pera. No es el único detalle inusual: frente a tantos intelectuales de renombre, Bauman renuncia al piloto automático en las entrevistas. A cambio, lo que llega a continuación de su pausa no es una simple respuesta, sino un discurso de más de 15 minutos repleto de meandros argumentales y citas rebuscadas, más parecido a una de sus lecciones en la Universidad de Leeds que a un simple encuentro con un periodista extranjero.
La excusa de la visita a su hogar esta mañana de otoño es Extraños llamando a la puerta (Paidós). En su nuevo ensayo, el polaco, de 91 años, engarza la crisis de refugiados con la idea capital de su obra: la modernidad líquida. Es decir, cómo los pilares sólidos que apuntalaban la identidad del individuo -un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido...- se han ido licuando hasta escupir una ciudadanía acongojada por la zozobra permanente y el miedo a quedarse atrás.
«Los europeos -truena la voz del precariado con su inglés de fuerte acento polaco- nos encontramos con la llegada repentina de millones de personas que, hasta hace unos años, tenían vidas muy parecidas a las nuestras: trabajos de calidad, casas propias, ambiciones profesionales... Y, de golpe, son refugiados que lo han perdido todo por culpa de la guerra. Su aparición en masa nos hace conscientes de cuán frágil, inestable y temporal es la presunta seguridad de nuestras vidas. La inmigración nos provoca tanta ansiedad porque ese miedo a perderlo todo ya estaba ahí, latente, por la creciente precariedad de la vida occidental. Y cuando ves a miles de refugiados que acampan en una estación de tren europea, te das cuenta de que ya no son simples pesadillas, sino realidades que puedes ver y tocar».
Desde su primera respuesta, Bauman deja claro que a él no se le entrevista: se le escucha. Sus intervenciones son tan frondosas como su bibliografía. Unas veces responde las preguntas que se le formulan; otras, las ignora con descaro. Y es difícil adivinar si no las ha escuchado -es duro de oído- o si, simplemente, disimula cuando la charla toca temas que no le interesan. Así ocurre, por ejemplo, con el Brexit y la deriva xenófoba del Reino Unido, que tan generosamente le acogió a principios de los 70 tras la purga antisemita de su Polonia natal. Tres preguntas, cero respuestas.
Tras su arenga inicial, Bauman está exhausto. Sufre reúma, tose sin parar y tiene el corazón delicado. Así que pide parar un rato: «Por favor, come un poco más hasta que vuelva». Y, con paso inestable, se escapa al baño.
En su ausencia, aprovechamos para husmear en su salón. El sociólogo y ensayista lleva casi medio siglo atrincherado en esta casa de las afueras de Leeds. Pese a las ofertas de las mejores universidades del mundo -Yale, Oxford, LSE-nunca quiso abandonar este anónimo chalé, con su jardín descuidado y su puerta herrumbrosa junto a una carretera repleta de vehículos. Sí: el archienemigo del consumerismo contemporáneo predica con el ejemplo.
En el piso de abajo hay un despacho, una cocina, un baño y un salón repleto de butacas. Bauman siempre se sienta en la misma poltrona, de sobrio estampado y ubicada junto a la ventana. Allí guarda su pila de libros, que corona la versión inglesa de El tango de la guardia vieja, la novela de Arturo Pérez-Reverte.
Al cabo de unos diez minutos, Bauman regresa al ruedo. Pese a la fatiga, mantiene su melena de genio loco, su mirada curiosa y su sequísimo sentido del humor. «Es usted insultantemente joven, así que no recordará cuando no existían chismes como esos», dirá luego, señalando una tableta con cierto gesto de desdén.
Eso sí, pese a su aparente fragilidad, el polaco mantiene una producción estajanovista. Dos días después de la entrevista, realizará una visita a un festival literario en Florencia. Mientras tanto, sigue cebando su obra, a razón de dos títulos al año. Ya prepara su próximo libro, bajo el título en inglés de Retrotopia, sobre el poder decreciente de los estados-nación. Aunque hoy prefiere hablar de la tesis central de Extraños llamando a la puerta.

Si los refugiados son tan parecidos a nosotros, ¿por qué reaccionamos con pánico en vez de empatía?
Sí, supongo que podríamos. Pero también hay motivos para sentirnos temerosos, inseguros, llenos de ansiedad. Por algo los llamo extraños. Tú sabes, más o menos, lo que tus amigos van a hacer. También sabes, más o menos, lo que tus enemigos van a hacer. Pero los extraños no son amigos ni enemigos: simplemente son otros. Y no traen una etiqueta que diga «ámame», ni «ódiame», ni «devuélveme a casa» o «méteme en un campo de concentración». Sólo generan incertidumbre total. Y a nadie le gusta la incertidumbre.
Angela Merkel trató de reaccionar con empatía...
...Y le duró una semana o dos. Los políticos tienen un claro interés en exacerbar la ansiedad popular hacia los refugiados. Hace un tiempo, los poderes políticos justificaban su razón de ser por su capacidad para protegernos colectivamente frente a las catástrofes individuales: caer enfermo, perder tu casa... Ahora, sin embargo, el poder político de los estados-nación se ve impotente ante las decisiones de los poderes económicos globales. Si el ministro más poderoso no puede garantizarte seguridad frente a los caprichos del destino, ¿cómo justifica su existencia?
Dígame.
Fácil: generando ansiedad, miedo al terrorismo, miedo al extraño, miedo a la gente que viene aquí a comerse nuestro pan y a quitarnos nuestros trabajos. ¡Es un sucedáneo maravilloso! Eso es lo que hacen Marine Le Pen y otros movimientos similares: sacar capital político de exacerbar el miedo al extraño.
Quizá no sea sólo culpa de los políticos. Merkel lo intentó y se hundió en las encuestas. ¿No tienen responsabilidad los ciudadanos?
Tú dices «unos u otros». Yo respondo «unos y otros». Es una posibilidad que surge y los políticos se abalanzan sobre ella.
Usted suele mencionar al Papa como excepción. Pero, claro, él no tiene que responder ante un electorado hostil....
De todas formas, es un hombre valiente... Yo suelo usar el concepto de interregno, del filósofo italiano Antonio Gramsci. La antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero aún no hemos encontrado la nueva forma de funcionar. Así que hay un vacío entre las reglas que ya no sirven y las que aún tenemos que imaginar. Lo que tú haces es señalar las contradicciones de unos líderes frente a otros, preguntar quién es mejor... Eso está bien, pero el verdadero debate es cómo llenar este vacío.
Según usted, los políticos han tratado de camuflar este vacío convirtiendo un asunto moral, como acoger a los refugiados, en un problema de seguridad ciudadana...
Cuando el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, dice que «todos los terroristas son inmigrantes», lo que insinúa es que «todos los inmigrantes son terroristas». Es una mentira, claro. Tan ridícula como decir que «todos los polacos son sociólogos». Y olvida algo muy importante: los terroristas de París o Londres eran personas que crecieron en el país contra el que atentaron.
Pero también es un discurso cómodo para los ciudadanos: si sus líderes tachan de terroristas a los refugiados, ya no sienten la responsabilidad moral de preocuparse por ellos.
Sí, pero, de forma imperceptible, esa incertidumbre que nos atemorizaba y que provenía de la constatación de que la red social es cada vez más endeble queda subsumida bajo la obsesión por la seguridad de las fronteras. Los políticos atizan el miedo al extranjero para ocultar su ineficacia ante los poderes globales. Esto es muy cómodo, porque la lucha contra el terrorismo es algo visible, algo tangible, que pueden vender en televisión. Vimos tanques en las calles de París, policías asaltando pisos de presuntos yihadistas... Eso da la sensación de que los gobiernos nacionales mantienen su poder: «¡No estamos sentados! ¡Estamos actuando!».
Junto a los atentados del Estado Islámico, este año se recordará por el Brexit, el auge de Donald Trump... ¿Es 2016 el año más 'líquido' que recuerda?
Hace décadas que acuñé el concepto de modernidad líquida para definir la sociedad actual. Y es un concepto cada vez más real. Como trabajas en un periódico, te drarás cuenta de que los titulares deben cambiar día tras día. Para retener a tus lectores, debes administrarle nuevas sensaciones y nuevos temores de forma regular...
Un nuevo ataque de tos interrumpe al sociólogo. Aleksandra, la asistente que le cuida desde el fallecimiento de su esposa, le ofrece una pastilla. Él se la toma y solicita otro descanso: «Apenas llevamos una hora de charla, pero ya estoy exhausto... Por favor, come más. O, si no, te puedes llevar el bizcocho en un tupper».
A la vuelta de su paseo, se apoltrona de nuevo en su butaca predilecta y pide acortar la entrevista. «Sólo dos o tres preguntas más», ruega. Pero, de inmediato, se enzarza en una airada disección de la saturación informativa en la era de internet, como si se hubiera olvidado de su propio cansancio: «Es una paradoja de nuestro tiempo. Ahora tenemos acceso a más información que nunca. Una simple edición dominical del New York Times contiene más información que la gente más educada de la Ilustración consumía en toda su vida. Al mismo tiempo, los jóvenes actuales, los llamados millenials, que se hicieron adultos con el cambio de milenio, nunca se habían sentido más ignorantes sobre qué hacer, sobre cómo manejarse en la vida... ¡Todo es tan tembloroso ahora!».
¿De dónde surge esta paradoja?
Yo recuerdo los años en los que no había ni televisión. Así que imagina el optimismo que sintió la gente cuando salió de sus pueblos y abrió los ojos ante la world wide web. Internet aportaba los cimientos para crear una humanidad en la que todas las piezas estuvieran en contacto y se entendieran mutuamente. Sin embargo, los estudios sociales indican lo contrario: esta maravilla tecnológica no sólo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos.
¿Por qué?
Para protegerte a ti mismo de las posibilidades multiformes que te ofrece la vida. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales.
Usted sostiene que hemos olvidado cómo ser felices.
Lo primero, he de admitir que hay muchas formas de ser feliz. Y hay algunas que ni siquiera probaré. Pero sí que sé que, sea cual sea tu rol en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar.
Usted ha vivido en sociedades muy distintas, del comunismo al capitalismo, durante nueve décadas. ¿Cuál es la más parecida a una sociedad feliz que ha visto?
¡Ja! Me niego a contestar esa pregunta. Mi papel como pensador no es señalar qué es una sociedad feliz y qué leyes hay que aprobar para llegar a ese lugar, sino interpretar la sociedad, averiguar qué se esconde tras las reglas que cumplen sus ciudadanos, descubrir los acuerdos tácitos y los mecanismos automáticos que convierten las palabras en acciones concretas. En definitiva, ayudar a los ciudadanos a entender lo que ocurre para que tomen sus propias decisiones. Sí, entiendo que es difícil encontrar sentido a la vida, pero es menos difícil si sabes cómo funciona la realidad que si eres un ignorante.
Es una tarea difícil en un mundo tan líquido como el actual.
Sí. El Papa Francisco dice tres cosas muy importantes sobre cómo construir una sociedad sana. La primera, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. La segunda, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y la tercera, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad.
Entonces...
Escucha... Yo añadiría una enseñanza de la sabiduría china. Si piensas en el próximo año, planta maíz. Si piensas en la próxima década, planta un árbol. Pero si piensas en el próximo siglo, educa a la gente.
Usted estudió de cerca el fenómeno del 15-M. ¿Qué opina de su posterior evolución y del auge de Podemos?
Que hemos perdido la confianza en los viejos métodos de ejercer el poder y no sabemos cómo recuperarlo. Aquí, en el Reino Unido, ocurre lo mismo: aparecen y desaparecen nuevos partidos. Lo único que tienen en común es que su esperanza de vida es muy breve. Y eso ocurre porque piensan a corto plazo. Se limitan a reaccionar al último desafío, en vez de crear un modelo completo de sociedad.
Y ese 'interregno' del que hablaba, ¿cuánto durará?
Menos tiempo del que tardaron nuestros antecesores en crear un objeto punzante con el que penetrar otras sustancias. Y, aun así, tardaron otras decenas de miles de años en inventar un agujero en el que meter un palo y construir un hacha... Creo que nosotros tardaremos menos. Pero aun así será más tiempo del que la gente querría.

sábado, octubre 28, 2017

Radio Fene: Mia Couto, Henrique Sanfiz e Karlotti

Radiofusiòn



A realidade encantada de Mía Couto


Juan Carlos Valle Karloty
Mía Couto, escritor de Mozambique, é un poeta moi comprometido co oficio de vivir, coa natureza e coa humanidade. “Ten textos moi fermosos do seu pobo e de África en xeral” afirma Juan Carlos Valle “Karlotti” coordenador do club de lectura de poesía de Ferrol. “Os rios discurren por dentro del e por iso son universais e ademais describen unhas realidades encantadas que se asemellan ao realismo máxico de Gabriel Garcia Márquez”.


Sociedade • 27/10/2017 • Autor: Redacción
Karlotti traballa xa na preparación da Semana da Poesía Salvaxe que en abril do 2018 se celebrará en Ferrol. “Teremos este ano unha adicación especial ás mulleres poetas galegas que representan as voces de moitas verdades e moi diversas”.

lunes, octubre 23, 2017

Indagación radical de qué significa vivir

Indagación radical de qué significa vivir

El filósofo santiagués Ignacio Castro plantea en «Ética del desorden» una guía, en la que pesa mucho el valor del azar, para que la gente recuerde cómo empezó y donde está



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Votos de riqueza (2007) era un libro muy duro, en las antípodas de Ética del desorden (Pre-Textos, 2017). Aquel era un ensayo furioso lanzado contra el orden establecido. Ha pasado un decenio. En su nuevo trabajo, el filósofo Ignacio Castro(Santiago, 1952) se toma las cosas «como a broma». Una broma que le ocupó casi ocho años de trabajo. «Es como un juguete con el que hay que jugar», dice. En realidad, es un proyecto muy serio, pero la visión es más amable, más afirmativa.
En su propuesta subyace la idea de que el mundo del hombre, su ethos, su moral son algo que se construye a golpe de azar, por la fuerza de lo no llamado. «Todo el libro -incide- es un recorrido por la importancia vital de lo no elegido: haber nacido, tener este nombre, ser de Betanzos, haber nacido mujer u hombre en China». Quiere aportar significado a los supuestos accidentes: «Bajo a buscar el pan y me topo con fulanito, que me vuelca el día, y decido cambiar mi vida». Y es tan largo (medio millar de páginas) porque intenta deconstruir todo lo construido para adivinar, hacer aflorar lo que hay por debajo. Y ver cómo lo crucial, lo que queda, casi nunca obedece al plan, sino que ha surgido en los márgenes.
No es un canto hippy al azar, al advenir, advierte, pero guarda una buena conexión con las ideologías, culturas, filosofías orientales y occidentales, con Nietzsche, Tao Te king, Borges y un prolijo etcétera, que encuentran en lo que ocurre las claves de los cambios que hay que realizar. «Siempre tenemos planes, y hay que tenerlos, pero -matiza- también estar atentos a lo que surge para dejar los planes y mudar drásticamente de orientación».
Que nadie espere un manual de autoayuda. Es solo un acicate para la reflexión. «Un gran catálogo de preguntas cruciales -ahonda Castro-. Las respuestas vienen por el empuje de la pregunta. Pero sí es una indagación radical de qué significa vivir, una actualización contemporánea de la vieja cuestión: qué tenemos en común todos los seres por el hecho de existir, qué nos hermana».


El profesor -ejerce en Madrid- organiza la pesquisa en cinco capítulos (percepción, intuición, espacio-temporalidad, vida mortal y lenguaje), y configura un gran texto coral que ha salido, dice, después de un proceso de despersonalización. «Me gustaría llamarlo manual de heteroayuda, porque el auxilio jamás viene del autor sino de lo ocurre por fuera, del extraño, el extranjero, lo anómalo, lo ajeno al yo, mi, me, conmigo en que siempre estamos encerrados». Es un libro, insiste, poco antropocéntrico, más oriental que occidental, o, si se quiere, «de un Occidente primero que sigue aquí latente tapado por la costra de ese Occidente tan elevado, orgulloso de sí mismo, encantado de haberse conocido, tan potente».
Castro busca recuperar la infancia de las palabras, las percepciones, los sentimientos, su primer surgir. Recuerda lo que apuntaba John Cage sobre que la música era sobre todo escuchar el sonido del mundo antes de que cuaje en signo y en símbolo instituido. Y el libro trata de «escuchar la música del mundo, su significado, antes de que cuaje en estructura social, lingüística, política…». 
Una catedral barroca
Contra el epígrafe de autoayuda está la complejidad de la lectura, de la estructura del libro, como en red. El autor explica que obedece más que al caos a un diseño multiforme; «como en una catedral barroca, todo el edificio del libro está en cada punto». Tiene, aclara, una estructura rizomática, que diría Deleuze, de expansión reticular. Se puede leer todo seguido, abordaje más pensado para especialistas, o bien consultarlo de vez en cuando; «y no importa el orden, como en Rayuela». Pero a la vez, asegura, hay una voluntad sistemática, que Castro no siempre ha tenido, de hacer un largo recorrido con un cierto orden.


Y ¿qué diría el libro sobre lo que ocurre en Cataluña? Una sociedad, replica Castro, necesita con una mano atender a lo nuevo, casi siempre incómodo, y con la otra, y aquí el mundo hispánico entra en eterno conflicto, no tener reparos con la autoridad de lo que surge o de lo que ha llegado. «Evidentemente, el tema catalán -subraya- es ajeno a mi libro. Pero yo lo contemplo como dos pugnas estatales, no como una pugna entre la vitalidad democrática por una parte y las instituciones por otra. Le encantaría este análisis a Puigdemont, pero yo francamente no me la trago. Creo que el problema de estos días es un problema político, de poder. Son dos trenes, y no un burrito encantador que teme ser arrollado por un convoy», zanja.

martes, septiembre 19, 2017

Santiago Auserón: “El rencor hacia las artes es una constante en las élites” - El Salto

Santiago Auserón: “El rencor hacia las artes es una constante en las élites” - El Salto

Santiago Auserón: “El rencor hacia las artes es una constante en las élites”

Santiago Auserón atraviesa un momento de agitación interesante, inmerso en la gira de presentación de su séptimo disco en solitario, El viaje.
santiago auseron
Santiago Auserón. VALENTÍN ÁLVAREZ


¿Qué necesidad tiene una persona pública con el bagaje vivencial y la solera de Santiago Auserón de posicionarse en el actual tablero político? En realidad, ninguna, pero el artista y compositor maño siente que, al igual que ocurría en los estertores del franquismo —cuando aquel joven estudiante de filosofía, que llegó a ser discípulo de Gilles Deleuze, se batía el cobre para poner a su banda de entonces, Radio Futura, en el mapa sonoro de nuestro imaginario popular—, es necesario tomar parte y comprometerse, en sintonía con la convulsión causada por un fenómeno de agitación social como el 15M, que, a seis años vista de su irrupción, aún sigue generando movimientos interesantes.

Pero no lo hace porque su carrera profesional se resienta, como les ocurre a algunos de sus compañeros de la considerada “edad de oro del pop español”. Auserón atraviesa un momento de agitación cultural y creativa óptimo: su tesis doctoral ‘Música en los fundamentos del lógos’ fue publicada hace un par de años, su libro El ritmo perdido —que traza la influencia de la negritud en la música popular española— es objeto de numerosas reediciones, y se encuentra inmerso en la gira de presentación de su séptimo álbum en solitario, El viaje. Un disco de canciones “depuradas”, según su autor, reducidas a su expresión más elemental —guitarra acústica y voz—, que en directo cobra una nueva dimensión gracias a la lúcida aportación de músicos de la solvencia del baterista Moisés Porro, el guitarrista Joan Vinyals, el trompetista David Pastor, el bajista Isaac Coll, o el clarinetista y saxofonista Gabriel Amargant.

En los últimos tiempos te has significado mostrando de forma abierta tu preferencia hacia Podemos. ¿Está el artista obligado a posicionarse en la gestión pública por gozar de esa atalaya? Considero que es una decisión personal que se toma cuando a uno le sale de dentro, poco importa que aporte ventajas o desventajas. El artista no está forzado a posicionarse de modo explícito en política, porque su actividad es necesariamente política en un sentido u otro. Yo he sentido la necesidad de hacerlo un par de veces a lo largo de mi vida: hacia el final de la dictadura y a partir del 15M, cuarenta años después.

Nunca he estado integrado en un partido y ahora no voy a cambiar de onda, pero no me importa decir que sigo apoyando a las nuevas generaciones del activismo ciudadano, de las que Unidos Podemos representa una confluencia interesante, comprometedora, si bien problemática. Siento interés y afecto por esa confluencia, incluso por los líderes públicos que más se desgastan en los medios, pero especialmente por los jóvenes despiertos con los que me encuentro en algunos actos en los que esporádicamente colaboro.

Ya que me preguntas por el asunto, aprovecho para añadir que, desde mi punto de vista marginal, las diversas corrientes que hay en Podemos me parecen necesarias: tanto la apertura en busca de mayorías que permitan un cambio profundo, como el mantenimiento de la unidad de la izquierda, que representa un hecho histórico quizá irrepetible. Es un tema complejo que tal vez necesite un pensamiento político nuevo. En mi opinión, hacia eso apuntaba el 15M. Quizá la tensión entre ambos polos sea insostenible en una estructura de partido. En ese punto, el tema se me escapa. Pero algo me dice que una parte de las transformaciones que necesitamos va a depender de la ciudadanía y del imaginario colectivo más que de los políticos. Podemos debiera ser el partido que permanezca más atento en esa dirección. 
Las autoridades más influyentes ni se plantean incluir entre los artículos de la Constitución la protección de las humanidades y de las artes como bien común, al lado de la ciencia y de la tecnología
Recientemente hemos visto cómo, al igual que ha ocurrido con las bellas artes, la filosofía ha ido desapareciendo del currículo escolar. ¿Qué revela esto sobre la sociedad en que vivimos? El rencor hacia las humanidades y las artes —salvo cuando se reducen a mercancía— es una constante en las élites de poder españolas, aduladoras, en cambio, del pragmatismo anglosajón y de la tecnocracia. Es un desvío muy serio, porque solamente el conocimiento de la historia, las letras, las artes y el pensamiento crítico pueden proporcionar una comprensión de la complejidad sustancial de Iberia. Nuestra tradición cultural es esencialmente humanística, de su relación dinámica con la ciencia y con la tecnología debe salir un pensamiento español nuevo, capaz de convencer como proyecto común, dentro y fuera de la Península. Sin embargo, las autoridades más influyentes ni se plantean incluir entre los artículos de la Constitución la protección de las humanidades y de las artes como bien común, al lado de la ciencia y de la tecnología. 

Tras varios años enfrascado en la elaboración de tu tesis, finalmente veía la luz en 2015. ¿Por qué no se promueve más la investigación como fundamento del progreso de las sociedades? Está muy claro que el motor de la dinámica social en Occidente es el beneficio masivo inmediato. La ciencia apenas progresa fuera de los laboratorios de la industria militar o farmacéutica. Solo lo hace a costa de un esfuerzo personal, solitario e ímprobo. Para integrar la investigación en la dinámica social haría falta sostener a lo largo de generaciones una concepción prioritaria del bien común que no tiene por qué ser totalitaria. Podría proteger la libertad de empresa hasta el límite de la especulación financiera y del delito fiscal, los cuales, por contra, deben ser drásticamente controlados. 

Los artistas con un bagaje contáis con una baza a vuestro favor, pero también con un hándicap: el público reclama a menudo canciones del pasado. ¿Te molesta que sigan pidiéndote en directo canciones de Radio Futura y que no presten la debida atención a tus últimas composiciones? No, en absoluto. El reconocimiento de Radio Futura por parte de las nuevas generaciones sigue siendo un favor de la fortuna, no un obstáculo para avanzar. Uno debe determinar si explota ese favor o prefiere investigar en otra dirección. La atención del público hacia las nuevas canciones hay que ganársela paso a paso, lentamente, sin contar con el peso decisivo de la maquinaria industrial y mediática. Es un reto interesante para un estudiante de filosofía. 

Parte de los artistas con los que Radio Futura compartía protagonismo en los años 80 parecen embarcados en una perpetua reivindicación de aquellos años como si sus vidas hubieran quedado congeladas. ¿Esa voluntad es una imposición del público, obedece a intereses pecuniarios o se debe al hecho de que no tienen nada nuevo que aportar? 
En todo lo que dices hay algo de cierto, pero permíteme que no me erija en juez de una generación. Es obvio que el sistema tiende a reciclar los productos culturales consumidos por los jóvenes veinte años después, cuando los jóvenes se han convertido en cabezas de familia y debieran tener un sueldo fijo, con un margen mensual para la industria del ocio que se orienta hacia la nostalgia de los años locos. Es obvio que esa tendencia crea inercia. Yo no la utilizaría como reproche contra los músicos veteranos que, de un modo u otro, se tienen que buscar la vida. 

Es obvio que el sistema tiende a reciclar los productos culturales consumidos por los jóvenes veinte años después, cuando los jóvenes se han convertido en cabezas de familia y debieran tener un sueldo fijo
Peor me parece la actitud de quienes manipulan los medios para enriquecerse clonando canciones y prototipos de artista de éxito fácil, cerrando toda vía para la música nueva que, de hecho, producen los jóvenes en España. Solamente me permitiría sugerir a los veteranos que, si el éxito les favorece un poco con la vuelta a escena en el umbral de la tercera edad, lo aprovechen para intentar resumir su experiencia en una canción nueva, de vez en cuando. A lo mejor eso ayuda a regenerar el ambiente. 

Encontramos abundantes ejemplos de revisiones de Radio Futura, desde la versión dub de “La negra flor” por Fermín Muguruza hasta la reivindicación como pioneros de la música disco por la Fundación Tony Manero en “Dance usted”. ¿Cuál es la versión más inesperada que te has encontrado hasta la fecha? Las dos versiones que citas son loables por su frescura, desde aquí doy las gracias. Son divertidas y proponen ideas, cada una a su modo. Todo eso es motivo de orgullo, pero sin llegar a ponerse pavo. Me sorprendió la versión de “Un africano por la Gran Vía” que tocó Raúl Rodríguez en la presentación de su disco Razón de son. Cada cierto tiempo rehago algún tema de Radio Futura en directo explorando nuevos puntos de vista, pero no siento necesidad de grabarlo. En relación con Radio Futura, me considero implicado en el cuidado de un repertorio que sigue vivo, no en la explotación nostálgica del pasado. 

Mediados los años 90 te embarcaste en un viaje de exploración de las Antillas y más concretamente de Cuba. ¿Qué te motivó a tomar esta decisión y cómo afrontaste el planteamiento de tu primer trabajo en solitario, Raíces al viento? La orientación hacia lo latino fue una consecuencia lógica del compromiso musical con la lengua y con la rítmica del verso. Para producir el primer disco de Juan Perro, tuve la suerte de disponer de presupuesto suficiente como para llevar a La Habana a una banda de lujo, en la que se juntaban músicos rockeros, jazzeros y flamencos. Allí se mezclaron, además, con los soneros y rumberos más notables. Fue toda una experiencia. Nunca he llegado a tocar para el público cubano, salvo en descargas privadas. 

Volví a La Habana hace unos meses, veintiún años después de la grabación de Raíces al viento, pero coincidió con el duelo por Fidel. Con algunos músicos cubanos me une una complicidad inquebrantable a lo largo de los años. Ellos han entendido a la perfección el alcance de mi apuesta. Conozco y aprecio otras músicas antillanas, pero en Cuba está la madre del cordero. 

Llama la atención que defiendas en la actualidad dos repertorios con nombres distintos: Juan Perro y Santiago Auserón. ¿Por qué mantienes ambas propuestas como proyectos independientes y en qué se distingue el planteamiento de una y otra? Me dejo llevar un poco por el modo en que me llegan las diversas propuestas. Cuando requieren una perspectiva unitaria entre los repertorios de Radio Futura y de Juan Perro, en principio firmo con mi nombre de pila. Es el caso del disco que hice con la Orquesta del Taller de Músics de Barcelona, con arreglos y dirección de Enric Palomar, o de la serie de conciertos sinfónicos más reciente, que hemos titulado Vagamundo, bajo la dirección de Ricardo Casero y con arreglos de Amparo Edo Biol. 

Vamos a grabar este último proyecto con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, pero como los temas de Radio Futura que tocamos en directo ya han sido objeto de varias versiones, voy a cambiar el plan y será finalmente un disco de Juan Perro, buscando la perspectiva más novedosa y aventurera del repertorio. 

En tu recién publicado El viaje has decidido prescindir de ornamentos para mostrarte desnudo con tu voz y la guitarra acústica. ¿Qué te ha hecho decantarte por este formato? ¿Cómo está siendo el proceso de adaptarlas para tocarlas en directo con toda la banda? Yo no diría que la tímbrica de grupo —de rock, de jazz o de la orquesta clásica— es ornamento. La construcción del espacio sonoro es esencial, transforma la pieza musical tanto como la relación con el oyente. Ahora bien, la canción existe en cuanto haya un germen que pueda ser cantado y despliegue una mínima estructura, incluso sin acompañamiento alguno. La búsqueda de ese germen es fascinante, desde luego, sobre todo cuando coincide con la necesidad de moverse en formatos pequeños. Si una canción aguanta diversos formatos, desde el más pequeño al más grande, se va haciendo fuerte, duradera. 

El reto de arreglar para grupo u orquestar una canción depurada como las de El viaje es interesante, tan difícil como dar con el esqueleto mismo de la canción. Hay que convertir los instrumentos del grupo o las secciones de la orquesta en articulaciones orgánicas, no puede haber nada de más ni de menos, sea cual sea el formato. Estamos rodando las nuevas canciones en formato solo, en dúo, en trío, en banda, con orquesta sinfónica… Algunas aguantan esos cambios mejor que otras. A ver qué pasa. 

A lo largo de tu carrera has homenajeado a figuras que se ubican en un territorio fronterizo entre la canción y la poesía, como Leonard Cohen, Pau Riba o Carlos Cano. ¿Dónde se encuentra la frontera entre una y otra? La frontera entre poesía y canción se sitúa allí donde hay que hacer música y generar conocimiento solamente por medio de palabras, sin acompañamiento y sin enchufe. Es cierto que originariamente la poesía era cantada y danzada. Fuera del coro tribal, el verso no era más que jaculatoria o fórmula mágica. Pero fue adquiriendo ciertas virtudes de la danza —los “pies” métricos— y del sonido musical —la disposición más o menos regular de los fonemas—, incluso en el silencio aparente del escrito. La armonía que se encuentra por medio del verso libre alude a una música poco aparente, que solo alcanza a percibir el pensamiento solitario. Pero quien la ha percibido reconoce a los suyos. Algunos son poetas de oficio y otros no, entre ellos hay también músicos. 

Aunque sabemos que te responsabilizaste de las composiciones de las piezas de la obra teatral Cacao, ¿has recibido a lo largo de tu carrera alguna propuesta para hacer una banda sonora? ¿Tienes algún compositor que te sirva de referente a la hora de crear canciones? No soy un verdadero cinéfilo, sigo el consejo de amigos que sí lo son. Con Amparo Edo, arreglista y orquestadora del proyecto sinfónico, tomamos como ejemplo a algunos músicos cultos del siglo XX que se han acercado a la escena popular, en el teatro o en el cine: Kurt Weill, Henry Mancini, Nino Rota, Ennio Morricone… 

No he recibido propuestas para hacer bandas sonoras, ni creo que pudiera atenderlas, ya tengo bastante con lo mío. Lo de Cacao fue una excepción. No he compuesto tan rápido en toda mi vida, llevaba un tema diario al ensayo de los Dagoll Dagom. Y el caso es que aquellas canciones no salieron mal. Me gustan especialmente las canciones de Mancini. Blake Edwards ha hecho un trabajo serio y comprometido con ellas, incluso en las películas de humor. 

El arte ha evolucionado a través de la incorporación de elementos del pasado para, transformándolos a través de un tamiz propio, crear algo que, por original, nos epata. ¿Qué vías de exploración le quedan a la música contemporánea para seguir proyectándose a futuro? La música se recicla incesantemente. Y no me refiero a los revival comerciales, sino a la transmisión oral, de persona a persona, que es como se lleva a cabo el verdadero aprendizaje. Un tarareo escuchado en la infancia, una canción pasada de moda, incluso, puede dar lugar a un nuevo género, si la almacena el oído adecuado. En la era de los registros electrónicos, las posibilidades de recrear el hecho musical debieran ser infinitas. 

Lo paradójico es que, por el momento, se impongan en los medios masivos las canciones menos interesantes, después de una corta edad dorada a mediados del pasado siglo. Lo determinante es que uno viva la música como parte de la educación emocional durante la infancia o en la adolescencia. No importa el género, popular o culto, porque una vez iniciada la búsqueda de emociones sonoras, el oído se mueve en todas las direcciones. El jazz, el soul o el blues preservan todavía un poder seminal porque proceden de experiencias individuales y colectivas muy intensas.

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