lunes, noviembre 17, 2014

Emily Dickinson siempre está, de Adolfo García Ortega

Web oficial de Adolfo García Ortega

Emily Dickinson



25 de octubre
En 1862, Thomas Higginson, crítico literario del ‘Atlantic Monthly’, un periódico local, recibe una carta con cuatro poemas de una tal Emily Dickinson, iniciando una correspondencia que abarcaría toda la vida. Aquellos poemas fueron para el crítico, como más tarde lo serían para la historia literaria, imposibles de clasificar en ninguna categoría. La fascinación que hoy en día siguen produciendo los breves poemas de Emily Dickinson no se corresponde con su vida anodina, casi monacal, que apenas si registra cuatro o cinco hechos medianamente descollantes.
Emily nació el 10 de diciembre de 1830 en Amherst, Nueva Inglaterra, en el seno de una familia cuyo padre era un abogado y político de prestigio con talante liberal, y en medio de una sociedad eminentemente puritana, representante del egocentrismo propio de lo americano de la primera mitad del XIX. Su padre habría de ser una de las personas que más influyera en la personalidad de Emily, a pesar de que ella lo respetara temerosamente. Su madre, en cambio, permanece gris, y al quedar paralítica, su hija la cuidó hasta su muerte. Emily, salvo en un par de viajes cortos, jamás salió de su pequeña ciudad natal, y llevó una vida retirada, solitaria y excéntrica. El centro de la sociedad calvinista de Amherst era la religión, y en esa férrea severidad teológica circundante transcurrieron la infancia y la adolescencia de Emily. No obstante, ella mantuvo siempre un rechazo hacia el ambiente de rigidez religiosa de su época, aspirando a un panteísmo exultante y primitivo de carácter privado.
En 1854 se enamoró de un pastor presbiteriano, Charles Wadsworth, casado y bastante mayor que ella. Sin embargo, la relación entre ambos, duradera hasta el final, no pasó de un fuerte platonismo, característica esencial de toda la obra y toda la vida de Dickinson. Lo mitificó, y la figura de este hombre al que sólo vio cuatro veces en su vida influiría decisivamente en sus poemas. Los años siguientes serían de una productividad febril. Al irse Wadsworth a California –distancia insalvable para entonces–, ella se ‘enluta’ tomando su famosa decisión de vestir para siempre de blanco. Fue un duro golpe que aumentó la soledad, la reclusión y el aislamiento.
Benjamin Franklin, amigo del padre de Emily Dickinson, ejerció un cierto papel de preceptor de la poeta, induciéndola a lo que sería un hecho definitivo en su vida: la lectura de Ralph Waldo Emerson, un hito de la poesía y el pensamiento americanos. Su doctrina de redención por la naturaleza, del uso benéfico de la incomprensión y del poder de la propia conciencia dejó una huella profunda en Emily. El lánguido vitalismo y la tranquilidad propios del discurrir del tiempo provinciano invade la vida de Dickinson, siendo, por el contrario, su poesía torturosamente llena de excitantes emociones. Esta rara mezcla parece proceder de una cita de Emerson que la guió siempre: “Las palabras son acciones, y las acciones son una especie de palabras”. Platonismo en vena.
Emily Dickinson sólo publicó en vida siete poemas, los cuatro que envió a Higginson en la primera carta y tres más en la segunda. Moriría el 15 de mayo de 1886, tras de una larga enfermedad. Cuatro años después de su muerte se publicó una antología de 1.775 poemas que llegó a escribir, y en 1894 apareció una selección de sus cartas. La obra de esta mujer sin relieve, intensa, extraña, con aire adolescente, no muy agraciada en el físico, se tituló tan sólo ‘Poemas’, y es una obra densa, desconcertante y copiosa. Tal solo es comprensible en alguien que viviera únicamente para ‘ser poema’ más que persona, como era el caso de Emily Dickinson. Pero es aquí donde la historia se divide, donde aparece su esquizofrenia interior. A su renuncia a existir se contrapone su descomunal imaginación de poeta, como si en realidad sólo viviera ‘en y por los versos’. El resto de la vida no era más que tiempo gastado entre un poema y otro poema.
En la poesía de Dickinson no existe una tensión dialéctica entre ella misma y el mundo, no constituye un sistema que parta de ella y dialogue o actúe con el mundo. Estos poemas son intransitivos, y a Emily D. sólo le interesa ser Emily D., un ser extraño en ebullición. Inventa un universo de lo pequeño, y lo hace transcendente a base de microemociones, por llamar de algún modo sus poemas. Desde lo que ve y vive, Dickinson construye una gran aglomeración inacabada en miles de versos. Su poesía es un fluido abierto y caóticamente hermoso, fundada en ese transcendentalismo de lo efímero cercano. Por otra parte, no son muchos los temas que aborda: escribe de las estaciones y de la naturaleza, del amor en todas sus fases (lo cual contribuyó a achacarle amantes inexistentes) y de lo religioso y su relación estrecha con la muerte y la inmortalidad. A este asunto, el central de su poesía, dedicó 500 poemas con el tono más variado. Trabajaba mucho sus poemas, para alguna de cuyas palabras tenía una lista de dieciséis combinaciones posibles, alejándose así de la imagen de una poeta meramente intuitiva. Al leer su poesía, se tiene la impresión de estar ante algo permanentemente novedoso, cuya belleza recuerda a ciertos vegetales, a ciertas músicas y a ciertos rostros. Lo asombroso es que hoy sigue siendo actual, incisiva, presente, y percute en la intimidad como un disparo.

domingo, noviembre 16, 2014

¿Qué es ser de izquierdas? Rosa Luxemburg: atreverse a criticar a Marx

¿Qué es ser de izquierdas? Rosa Luxemburg: atreverse a criticar a Marx | FronteraD





Qué es ser de izquierdas? Rosa Luxemburg: atreverse a criticar a Marx

Maite Larrauri - 06-11-2014
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En el texto que Hannah Arendt dedica a Rosa Luxemburg (‘Rosa Luxemburg 1871-1919’, en Hombres en tiempos de oscuridad), afirma que su historia es la historia del fracaso de la revolución en el siglo XX.

Arendt tenía un fuerte vínculo con el espartaquismo: su madre simpatizaba con esta corriente de la socialdemocracia alemana (SPD) y su segundo marido, Heinrich Blücher, tenía 19 años cuando participó en la revolución alemana de noviembre de 1918, en la que Rosa Luxemburg, redactora jefe del periódico Bandera Roja, órgano de propaganda de los espartaquistas, tuvo un papel fundamental. Hannah Arendt sólo tenía, por tanto, 12 años cuando tuvieron lugar esos  acontecimientos. El final trágico de la revuelta –Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, líder indiscutido de las masas berlinesas, murieron asesinados “bajo los ojos del SPD”, como dice  Arendt– será el inicio de un protagonismo de la pequeña burguesía nacionalista alemana que culminará con las elecciones de 1933, en las que Hitler obtuvo la mayoría.

He tenido la sensación de que ese hilo rojo que une a Hannah Arendt con Rosa Luxemburg está sugerido en las películas que Margaret Von Trotta les ha dedicado respectivamente, ya que en ambas la actriz protagonista es la misma, Barbara Sukowa. Y en todo caso sí que está presente en la simpatía y entusiasmo que Arendt demuestra por los períodos revolucionarios y por la formación de consejos revolucionarios. Arendt considera que esos momentos de la historia son luminosos, opuestos a los tiempos de oscuridad. Son situaciones en las que los protagonistas son felices, no de una felicidad vinculada a la vida privada y a factores de carácter individual, sino de una “felicidad pública”, así la denomina: dejar de lado las preocupaciones personales, salir de casa y compartir con los compañeros el entusiasmo por cambiar el mundo.

No me interesa determinar si las ideas políticas de Rosa Luxemburg están más o menos cercanas al marxismo. Luxemburg piensa con Marx más allá del marxismo. Lo que significa, en algunas ocasiones, contradecirlo. Su biógrafo, J. P. Nettl, encuentra que en los análisis que la tradición marxista hace de sus escritos hay un fuerte olor a machismo: ¿cómo se atreve una mujer a criticar no sólo a Lenin sino también a Marx?

Afortunadamente se atrevió, lo que nos permite hoy arrojar cierta luz a nuestros propios tiempos de oscuridad.

El tiempo oscuro de los que hemos sido marxistas o comunistas –contra Franco y después de Franco– empezó, como bien analiza Jordi Borja (‘Los comunistas y la democracia’, El viejo Topo, febrero 2011) en el momento en que se hizo dominante la idea de que “democracia” era lo mismo que “parlamentarismo”. Todos habíamos luchado sinceramente por la caída de la dictadura y por la democracia, queríamos la libertad de la que gozaban otros pueblos “más felices” de nuestro entorno. Estábamos muy lejos del bolchevismo, muy entusiasmados por la recién estrenada democracia. Los partidos comunistas que encajaron las críticas al estalinismo no supieron dar una idea que fuera al mismo tiempo nueva y revolucionaria. Y muchos nos deslizamos hacia la democracia representativa como única alternativa.

Este de ahora es un momento excelente para la clarificación, dada la crisis profunda en la que se encuentran los partidos que se llaman de izquierdas, con la consiguiente desorientación en la vida política para todos aquellos descontentos con el actual sistema. En la actualidad, las controversias ya no giran en torno a quiénes son verdaderamente marxistas o comunistas, pero es urgente tener un criterio para saber reconocer, de entre los nuevos líderes y las nuevas formaciones políticas que están surgiendo en nuestro país, quiénes o qué políticas son de izquierdas.

Georg Luckács dice que Rosa Luxemburg siempre tuvo presente que el capitalismo no es un sistema económico eterno. Es una premisa para ser de izquierdas saber que, en efecto, el capitalismo es un modo de producción histórico y, por lo tanto, puede desaparecer. Lo que no significa que sólo haya un modo de acabar con él, como defendieron los bolcheviques. Tampoco se trata de esperar que las leyes de la Historia hagan nuestro propio trabajo: hay que desear que el capitalismo no sea eterno, hay que inventar medidas que puedan lograr superarlo.

La propuesta de Rosa Luxemburg es una tercera vía entre el bolchevismo y la socialdemocracia. Por un lado, Luxemburg critica el carácter de putsch, de asalto al poder, que protagonizaron los bolcheviques, con el consiguiente período de ausencia de libertades, persecuciones e inicio del terror (y eso ya lo vio en 1918). Por otra parte, la política del partido socialdemócrata alemán (SPD), al que ella pertenecía, defendía el crecimiento, cada vez mayor, de la organización: llegaría un momento, según sus dirigentes –August Bebel, Karl Kaustky– en el que la burguesía temería mucho más las medidas legales que los socialistas adoptaran con su mayoría parlamentaria que las medidas ilegales de desobediencia y rebelión en los barrios y en los lugares de trabajo. “Sólo parlamentarismo” parecía ser la consigna de los socialdemócratas. La traición del SPD a sus propios principios internacionalistas, al votar la aprobación de los créditos de guerra en las vísperas de la Primera Guerra Mundial, fue una consecuencia de la identificación del partido con los objetivos nacionalistas del Parlamento alemán. Como dijo Rosa Luxemburg, el socialdemócrata Kautsky, en coherencia con lo que defendía, podría haber propuesto cambiar la consigna del Manifiesto comunista de Marx por esta otra: “¡Proletarios de todos los países uníos en tiempos de paz y degollaos en tiempos de guerra!”.

El primer aspecto de esta tercera vía consiste en la escasa importancia que los espartaquistas atribuían al hecho de organizar un partido. Por supuesto que formaban parte del SPD, como corriente interna, pero eso es una prueba de lo que acabo de afirmar: a pesar de las divergencias con la dirección del partido, sobre todo a partir del inicio de la Primera Guerra Mundial, no quisieron romper con éste y formar uno propio. Tenían dos motivos para permanecer dentro de sus estructuras: se trataba de un partido de masas (más de cuatro millones de afiliados) y los espartaquistas querían estar allí donde estaban las masas; pero además, nunca creyeron que la organización fuera una condición para la revolución política, nunca pensaron que un partido fuera indispensable.

Rosa Luxemburg despreciaba a los profesionales de carrera, había entendido que una burocracia de partido se desarrolla como un grupo social con intereses propios. No es una clase social, pero sí una especie de casta. Y en la medida en que esa burocracia ocupa la cúpula organizativa acaba creyendo que sus intereses propios son exigencias generales de la lucha. Uno de los motivos por los que Luxemburg me es profundamente simpática es porque siempre pensó y puso en práctica que es preferible un error del movimiento que uno del comité central. Su fórmula “mejor una revolución fracasada que una revolución traicionada” condensa todo un modo de proceder que fue el suyo: por ejemplo, no dejó de apoyar las revueltas en la calle en enero de 1919, cuando sin embargo ella pensaba que era el momento de replegarse y de participar en la votación de la asamblea constituyente, y su exposición le valió que la asesinaran.

Arendt dice de Luxemburg que no era una creyente porque no utilizó la política como sustituto de la religión. Pocas personas son tan libres que pueden vivir sin compartir una pertenencia a un grupo ideológico. Los espartaquistas eran pocos y se relacionaban entre ellos como amigos, como iguales, sin que ninguno ejerciera una papel dirigente frente a los demás. Compartían un cierto estilo de vida, un cierto “gusto moral”, dice Arendt. Pero en modo alguno estaban interesados en tener fieles. Luxemburg afirma, contra Lenin, que es la lucha la que forja las conciencias y no la dirección ideológica de un partido, y menos aún la propaganda amparada por la censura a la libertad de prensa. Un partido, dice Luxemburg, puede ponerse a la cabeza de un movimiento, pero tiene que ganarse su autoridad, no ejercer el poder. Por todo esto, Rosa Luxemburg ha sido tildada de espontaneísta y anarquista.

Otro aspecto a destacar de esta tercera vía es el primado de la acción. Luxemburg separa claramente la actitud del que postula la revolución y lanza discursos encendidos, de la actitud del que es un revolucionario. Porque es en la acción donde se constituye el sujeto político de verdad. Eso, claro está, si pensamos que el sujeto político no es tan sólo el votante, si dejamos de identificar el parlamentarismo con la democracia, si comenzamos a comprender que democracia no es sólo democracia representativa. Cuando Jordi Borja (en el artículo citado más arriba) se refiere a la necesidad de la constitución, en nuestro país, de una sociedad cívico-política está apelando a los diversos actores sociales que hoy mismo luchan contra las desigualdades, por la propiedad pública de los servicios o contra las prácticas especulativas. Si este nuevo sujeto político se consolida, no será sólo la base de los votantes de nuestra democracia representativa sino que podría representar la esperanza de una más avanzada democracia política y social.

Por último, y esto quizá es lo más importante, la tercera vía quiere unir revolución y democracia, revolución y libertad. Rosa Luxemburg siempre manifiesta su condena hacia la violencia y la guerra. No piensa como Lenin que la guerra puede ser la partera de la revolución. Denuncia a quienes identifican “revolución” y “sangre”: eso es lo que hacen los gobiernos autoritarios y la policía, los revolucionarios no deben hacerlo. “Revolución” significa cambio en las relaciones sociales, humanas. Las barricadas fueron propias de un cierto tipo de revolución. Otras revoluciones –pensemos en la abolición de la esclavitud o en la lucha por la plena ciudadanía de las mujeres– se han valido de otros medios, lo que no quiere decir que los cambios no puedan tener, desgraciadamente, consecuencias violentas. La revolución no está reñida con las libertades democráticas, todo lo contrario. Así lo entiende Luxemburg: la libertad es siempre la libertad de quien piensa de otro modo.

¿Significa esto que puede haber retrocesos en un proceso revolucionario? Pues sí, a corto plazo, porque si se reconoce legitimidad a quienes se oponen, eso puede significar sin duda que lo ya ganado se pierda. Pero, a largo plazo, esos retrocesos son impensables: ni el esclavismo, ni la minoría de edad de las mujeres pueden volver.

Esta tercera vía fue iniciada por Luxemburg y fracasó. Pero no desapareció como idea, ha tenido otros defensores en el campo del pensamiento. Camus lo dice de manera diáfana: si hubiera que elegir entre justicia y libertad, la libertad es preferible porque permite oponerse a las injusticias; en cambio, una justicia sin libertad de expresión fomenta el consentimiento, lo que es origen de muchas injusticias. Simone Weil se opone con valentía a las ideologías, lucha por la dignidad de los oprimidos, defiende la libertad de pensamiento, no soporta el uso de la fuerza. Arendt saluda con entusiasmo la publicación del libro de Camus L'homme révolté, libro que le valió los más feroces ataques de la intelectualidad comunista francesa de los años 50 del pasado siglo.

La misma Luxemburg sabe que, a pesar del fracaso, “la revolución fue, es y será”. Y estoy empezando a pensar que, después de todo lo que está pasando en nuestro país, aún tendré la suerte de ver brillar la felicidad pública de nuevo.

Inspirándonos en Rosa Luxemburg, la pionera de esta tercera vía, podríamos resumir así la respuesta a la pregunta acerca de qué es ser de izquierdas: no desear la eternidad del capitalismo, no dar prioridad a la pertenencia a un partido, fomentar la acción en la sociedad por los objetivos de una democracia avanzada, rehuir la violencia, aceptar la posibilidad del retroceso, defender siempre las libertades.

Los espartaquistas procedían en su mayoría de familias hebreas. Nettl cree que a eso se debe que no se sintieran polacos, rusos o alemanes sino internacionalistas. Cuando Rosa Luxemburg estaba en las cárceles (y eso fue por lo menos en cuatro ocasiones) desarrollaba su pasión botánica realizando herbarios y plantando pequeños jardines, y su pasión por los animales dando regularmente comida a los pájaros. En una ocasión vio cómo un soldado que conducía una carreta dentro del recinto de la cárcel azotaba, hasta hacerlos sangrar, a los búfalos uncidos. Después el soldado se metió las manos en los bolsillos y se puso a silbar una tonadilla popular. Rosa Luxemburg lloró como si los búfalos lloraran a través de ella y, contándoselo a su amiga Sonia Liebknecht, afirma que había entendido lo que era “la guerra en su estado puro”. Había entendido que en las guerras los humanos muestran lo peor de sí mismos: la necesidad de dominio y de humillación del otro.

Ser de izquierdas es también sentir como Rosa Luxemburg que nuestra casa no es nuestra iglesia, ni nuestro partido, ni nuestra tierra, sino el ancho mundo y un pequeño trocito de jardín.








Este artículo es el decimoquinto de una serie dedicada a la actualidad e inactualidad de Marx que publicamos los primeros jueves de cada mes:

Cinismo, nihilismo, capitalismo, por Jorge Álvarez Yagüez
Mirando hacia Marx sin ira, por Xenaro García Suárez
Reconsiderando a Marx, por Antonio Escohotado
El metamorfismo de Marx, por Fernando López Laso
Marx a la puerta de Utopía, por Arturo Leyte
Entre Hegel y Spinoza, Marx, por Gabriel Albiac

sábado, noviembre 15, 2014

Cuatro libros con TAM TAM PRESS y un cómic internacional | Tam-Tam Press

Cuatro libros con TAM TAM PRESS y un cómic internacional | Tam-Tam Press





En TAM TAM PRESS hemos cumplido dos años, y nos llena de alegría ver algunos frutos en forma de libros de algunos de nuestros colaboradores más queridos e incondicionales. En total son cuatro libros firmados por Juan Carlos Pajares, Avelino Fierro, Eduardo Milán y Tomás Sánchez Santiago, tres de ellos publicados en León por Eolas, el sello de Héctor Escobar, y uno publicado en Uruguay, de la mano de la editora Estuario.
A finales de 2013 vio la luz Corner of the silenced (Un año en Tam Tam Press) del profesor, poeta y actor onubense afincado en León Juan Carlos Pajares Iglesias, autor de una de las secciones emblemáticas de nuestra revista: “El Aforismo del Pájaro” .
Hace unos meses se presentó en León por todo lo alto Una habitación en Europa, de Avelino Fierro, fiscal de menores y uno de los colaboradores más entusiastas y seguidos de TAM TAM PRESS también desde los inicios de esta publicación digital, donde publica su sección “Querido diario” que ya ha sobrepasado el medio centenar de entregas.
Hace solo unos días ha llegado a nuestras manos —gracias al poeta Rafael Saravia, que nos lo ha traído calentito desde México, dedicado por el autor— el libro Chajá para todos, del grandísimo poeta uruguayo afincado en México Eduardo Milán, también colaborador de TAM TAM PRESS, donde publicó en primicia su serie “Prosapiens” (34 entregas a lo largo del año 2013), serie que aparece recogida en este nuevo título editado por Estuario en Montevideo (Uruguay).
Finalmente, acaba de salir de imprenta La vida mitigada, del poeta y narrador zamorano afincado en LeónTomás Sánchez Santiago, un precioso volumen en el que se recogen, en uno de sus apartados, los textos aparecidos bajo el rótulo “Miramientos” / “Música de astillas” en TAM TAM PRESS.
Portada de "Simpatía por el devil"
Portada de “Simpatía por el devil”
A esto hay que sumar que la serie de ácidas viñetas tituladas ‘Simpatía por el devil’ que el dibujante leonés Miguel Ángel Martín ha regalado a los lectores de TAM TAM PRESS con cien entregas recién cumplidas, publicadas semana a semana desde los inicios de esta revista digital, se ha internacionalizado. En 2013 la serie empezó a publicarse también en italiano en la conocida web de cómics Digital Verticalismi, con miles de lectores diarios, mientras que en Milán Ediciones NP, a cuyo frente se encuentra Nicola Pesce, su editor habitual en ese país, decidía apostar también por esta irreverente serie que, como explica en su presentación el propio autor, es una mezcla entre ‘Rebelión en la Granja’, de George Orwell, y las fábulas de Esopo. Hace unos meses, además, ‘Simpatía por el devil’ fue nominada como mejor cómic digital en el Gran Prix Autori ed Editori de Milán, organizado por La Fábbrica del Vapore.
Para celebrarlo, queremos compartir aquí con todos vosotros, amigos y amigas de TAM TAM PRESS, una imagen que nos regala nuestro fotógrafo amigo y colaborador Javier Casares:
© Imagen: Javier Casares.

LA ÚLTIMA BORRACHERA DE EDGAR ALLAN POE | Rafael Narbona

LA ÚLTIMA BORRACHERA DE EDGAR ALLAN POE | Rafael Narbona



Para Marisa, que vuelve a ser una niña al notar la piel erizada de terror
Desde hace cuatro días, no he dejado de beber. Ya no me queda dinero, pero en las esquinas aún hay almas compasivas que se desprenden de unas monedas, cuando extiendes la mano y desvías la mirada. Hay algo incomprensible y particularmente doloroso en la caridad. Sientes vergüenza, gratitud, despecho, rencor. Yo intento no recordar los rostros. Sólo pienso en la siguiente copa. Imagino que mi prometida estará preocupada. Imagino que mis amigos piensan que he vuelto a las andadas. Sé que parezco un mendigo, uno de esos seres desventurados que huyen de sí mismos, intentando borrar su nombre y su pasado, incapaces de sostener la mirada frente a un escaparate, donde se refleja toda su miseria.
Escribir tal vez me haya servido para que mi nombre perdure, pero nadie sabrá lo que hay detrás de cada página. Nadie lo sabrá porque yo mismo lo desconozco. Nunca he sido un moralista. Nunca he pretendido aleccionar ni señalar un camino. De hecho, soy más feliz cuando ignoro hacia dónde me dirijo. Sólo obedezco a mi capricho y jamás me he molestado en hacer examen de conciencia. Nunca he deseado ser un hombre honesto y, de todas mis pasiones, sólo reconozco grandeza en la soledad.
Las ciudades te hacen invisible. Deambular entre desconocidos te produce un vértigo embriagador. Al principio, pareces insignificante. Nadie se fija en ti. No eres importante. Podrías desplomarte en un callejón y morir, sin que nadie se molestara en comprobar si respiras, pero cuando el alcohol ha borrado todas tus inseguridades, sientes que el mundo sólo existe para ti. Estás en un decorado y todos los que pasan a tu lado son figurantes. Sólo están ahí para que representes tu papel. He cumplido cuarenta años, pero aún no he agotado mi repertorio. Ser un comediante es más fácil cuando eres el hijo de una actriz, que hizo vivir a más de doscientos personajes. Yo soy otro. El otro no es un extraño. El otro es la vida que no pudimos vivir. Si la muerte me quitó a mis padres cuando era un niño, ¿por qué no puedo ser un niño hasta que la muerte se acuerde de mí? Las pérdidas duelen hasta que el corazón deja de latir. No recuerdo el rostro de mis padres, su voz o el sonido de sus pasos. Mentir sólo es una forma de recuperar esa presencia que no conocí. Detrás de cada mentira, están mis padres, gritando para salir de un infierno blanco, cuya forma apenas logro intuir.
Estar borracho es una manera de hacerse notar. Nunca me gustó el anonimato. Yo soy un caballero del Sur y conservo mi dignidad aunque me arrastre por el barro. Sé que mi aspecto es lastimoso. He vomitado mientras caminaba. Ha sido un vómito fluido, sin arcadas. Algunos apartaban la mirada, pero otros me observaban con una mezcla de repugnancia y compasión. Sé que huelo mal. Aunque el alcohol actúa como un anestésico, advierto el hedor. Tengo que esforzarme para no tenderme en un banco y empezar a dormitar. Me siento como un cirujano que se ha reservado las últimas dosis de morfina para espantar el sueño y continuar operando a hombres horriblemente desfigurados.
Soy el último brote de la aristocracia del Sur, pero me he comportado como un rufián. Puedo presumir de haber sido expulsado de una universidad y una academia militar. Nunca he rehuido las peleas. De estudiante, me enfrenté con adversarios mucho más corpulentos que yo. Las peleas no las gana el más fuerte, sino el que mejor tolera el dolor. Cada victoria me costó pasar semanas con los huesos doloridos y el cuerpo lleno de hematomas. Heredé la obstinación de mi padre adoptivo, un hombre de negocios, que vendía tabaco, licores, grano, té, caballos o esclavos. Me dio su rabia y su tenacidad. También me dio su apellido. Nunca le gustaron mis calaveradas, pero yo pensaba en él, cuando en Richmond remonté el río James, luchando durante ocho kilómetros contra la corriente. También pensaba en Helen. Fue una insensatez enamorarse de la madre de un compañero, pero era una mujer realmente hermosa. Yo tenía catorce años y ella treinta. Nunca me correspondió, pero me inspiró los primeros poemas.
El amor te deja aturdido, confuso. La ternura también hace daño. Yo nunca logré deshacerme del miedo a perder el cariño que te empuja a salir de la cama y empezar un nuevo día, con su carga de incertidumbre y levedad. Aplicada al tiempo, la levedad es una maldición. La levedad de la vida me produce espanto, pues acaso la vida no es nada y nosotros nos engañamos, creyendo que es todo. Todo lo que somos y todo lo que podemos llegar a ser. Mi madrastra fue dulce y paciente, pero ni siquiera pude estar a su lado en su lecho de muerte. Nadie me avisó de que se hallaba gravemente enferma. Sólo puede visitar su tumba y perdí el conocimiento al leer su nombre en una lápida. Casarme con mi prima Virginia me ayudó a continuar. Sólo tenía trece años, pero me aportó serenidad. Cuando tocaba el arpa, me olvidaba de que los minutos arañan tu frente con ferocidad. El tiempo nuca juega a nuestro favor.
Desde que la tuberculosis mató a Virginia, soy una casa en ruinas, que se desmorona poco a poco. Si muriera en este instante, no podría decir que he desperdiciado la vida. Dejo algo detrás de mí. He logrado infundir el miedo en el corazón de los hombres. He alumbrado pesadillas que no se olvidarán con facilidad. He bajado a la turbia penumbra donde claudica la razón. He navegado por los negros canales de la locura. He descubierto que una mente sana jamás comprenderá la naturaleza del tiempo y el espacio. He utilizado la lógica para deshacer la trama de la maldad. No creo en la intuición, sino en el razonamiento científico. Las matemáticas me parecen menos abstractas que la realidad. La materia se deshace, pero el álgebra es un atisbo de la eternidad.
No soy optimista. No creo que la humanidad avance hacia un futuro mejor. No desaparecerán las guerras ni las abominaciones. El ser humano se mantendrá fiel a sus ignominias. Su pasión por lo complejo, le impide apreciar que el misterio es puro ilusionismo. Somos incapaces de resolver los problemas porque desconfiamos de la sencillez. Escarbamos en los cajones, pero ni siquiera inspeccionamos lo que hay sobre la mesa. He pasado la mayor parte de mi vida en una celda, con la sensación de que una guadaña iba a cortarme la cabeza. Ningún hombre debería soportar ese tormento. Es preferible arrojarse a un pozo y sentir que tu cuerpo se rompe al golpearse contra las paredes.
Esto es el final. No esperes que una mano compasiva te rescate. Estás perdido y lo sabes. En tu alma, sólo hay desdén y deseos de venganza. Baltimore es una ciudad tumultuosa, donde no hay paz ni silencio. Alzas la cabeza y el cielo parece agua estancada. Los árboles se han convertido en ancianos abandonados en un parque y los pájaros ya no buscan sus ramas. Ya no aprecias belleza en el mundo. En cierto modo, estás desnudo. La ropa que llevas no te pertenece y te han entregado una papeleta para que votes a unos políticos sin escrúpulos. Cada hombre tiene su momento y el mío ha pasado. Ya sólo me queda esperar a que la corriente me escupa en cualquier orilla. Puedo anticipar mi último gesto. Hurgaré en mis bolsillos, buscando los nueve dólares que me pagaron por El Cuervo. Nueve dólares pueden pagar muchas copas y ya sólo conservo un temor: despertar y descubrir que he recuperado la sobriedad.
RAFAEL NARBONA
Todas las ilustraciones -salvo la foto final de Edgar Allan Poe- son Harry Clarke (Dublín, 1889-Coira, 1931)

lunes, noviembre 10, 2014

LA ÚLTIMA BORRACHERA DE EDGAR ALLAN POE

LA ÚLTIMA BORRACHERA DE EDGAR ALLAN POE





Para Marisa, que vuelve a ser una niña al notar la piel erizada de terror
Desde hace cuatro días, no he dejado de beber. Ya no me queda dinero, pero en las esquinas aún hay almas compasivas que se desprenden de unas monedas, cuando extiendes la mano y desvías la mirada. Hay algo incomprensible y particularmente doloroso en la caridad. Sientes vergüenza, gratitud, despecho, rencor. Yo intento no recordar los rostros. Sólo pienso en la siguiente copa. Imagino que mi prometida estará preocupada. Imagino que mis amigos piensan que he vuelto a las andadas. Sé que parezco un mendigo, uno de esos seres desventurados que huyen de sí mismos, intentando borrar su nombre y su pasado, incapaces de sostener la mirada frente a un escaparate, donde se refleja toda su miseria.
Escribir tal vez me haya servido para que mi nombre perdure, pero nadie sabrá lo que hay detrás de cada página. Nadie lo sabrá porque yo mismo lo desconozco. Nunca he sido un moralista. Nunca he pretendido aleccionar ni señalar un camino. De hecho, soy más feliz cuando ignoro hacia dónde me dirijo. Sólo obedezco a mi capricho y jamás me he molestado en hacer examen de conciencia. Nunca he deseado ser un hombre honesto y, de todas mis pasiones, sólo reconozco grandeza en la soledad.
Las ciudades te hacen invisible. Deambular entre desconocidos te produce un vértigo embriagador. Al principio, pareces insignificante. Nadie se fija en ti. No eres importante. Podrías desplomarte en un callejón y morir, sin que nadie se molestara en comprobar si respiras, pero cuando el alcohol ha borrado todas tus inseguridades, sientes que el mundo sólo existe para ti. Estás en un decorado y todos los que pasan a tu lado son figurantes. Sólo están ahí para que representes tu papel. He cumplido cuarenta años, pero aún no he agotado mi repertorio. Ser un comediante es más fácil cuando eres el hijo de una actriz, que hizo vivir a más de doscientos personajes. Yo soy otro. El otro no es un extraño. El otro es la vida que no pudimos vivir. Si la muerte me quitó a mis padres cuando era un niño, ¿por qué no puedo ser un niño hasta que la muerte se acuerde de mí? Las pérdidas duelen hasta que el corazón deja de latir. No recuerdo el rostro de mis padres, su voz o el sonido de sus pasos. Mentir sólo es una forma de recuperar esa presencia que no conocí. Detrás de cada mentira, están mis padres, gritando para salir de un infierno blanco, cuya forma apenas logro intuir.
Estar borracho es una manera de hacerse notar. Nunca me gustó el anonimato. Yo soy un caballero del Sur y conservo mi dignidad aunque me arrastre por el barro. Sé que mi aspecto es lastimoso. He vomitado mientras caminaba. Ha sido un vómito fluido, sin arcadas. Algunos apartaban la mirada, pero otros me observaban con una mezcla de repugnancia y compasión. Sé que huelo mal. Aunque el alcohol actúa como un anestésico, advierto el hedor. Tengo que esforzarme para no tenderme en un banco y empezar a dormitar. Me siento como un cirujano que se ha reservado las últimas dosis de morfina para espantar el sueño y continuar operando a hombres horriblemente desfigurados.
Soy el último brote de la aristocracia del Sur, pero me he comportado como un rufián. Puedo presumir de haber sido expulsado de una universidad y una academia militar. Nunca he rehuido las peleas. De estudiante, me enfrenté con adversarios mucho más corpulentos que yo. Las peleas no las gana el más fuerte, sino el que mejor tolera el dolor. Cada victoria me costó pasar semanas con los huesos doloridos y el cuerpo lleno de hematomas. Heredé la obstinación de mi padre adoptivo, un hombre de negocios, que vendía tabaco, licores, grano, té, caballos o esclavos. Me dio su rabia y su tenacidad. También me dio su apellido. Nunca le gustaron mis calaveradas, pero yo pensaba en él, cuando en Richmond remonté el río James, luchando durante ocho kilómetros contra la corriente. También pensaba en Helen. Fue una insensatez enamorarse de la madre de un compañero, pero era una mujer realmente hermosa. Yo tenía catorce años y ella treinta. Nunca me correspondió, pero me inspiró los primeros poemas.
El amor te deja aturdido, confuso. La ternura también hace daño. Yo nunca logré deshacerme del miedo a perder el cariño que te empuja a salir de la cama y empezar un nuevo día, con su carga de incertidumbre y levedad. Aplicada al tiempo, la levedad es una maldición. La levedad de la vida me produce espanto, pues acaso la vida no es nada y nosotros nos engañamos, creyendo que es todo. Todo lo que somos y todo lo que podemos llegar a ser. Mi madrastra fue dulce y paciente, pero ni siquiera pude estar a su lado en su lecho de muerte. Nadie me avisó de que se hallaba gravemente enferma. Sólo puede visitar su tumba y perdí el conocimiento al leer su nombre en una lápida. Casarme con mi prima Virginia me ayudó a continuar. Sólo tenía trece años, pero me aportó serenidad. Cuando tocaba el arpa, me olvidaba de que los minutos arañan tu frente con ferocidad. El tiempo nuca juega a nuestro favor.
Desde que la tuberculosis mató a Virginia, soy una casa en ruinas, que se desmorona poco a poco. Si muriera en este instante, no podría decir que he desperdiciado la vida. Dejo algo detrás de mí. He logrado infundir el miedo en el corazón de los hombres. He alumbrado pesadillas que no se olvidarán con facilidad. He bajado a la turbia penumbra donde claudica la razón. He navegado por los negros canales de la locura. He descubierto que una mente sana jamás comprenderá la naturaleza del tiempo y el espacio. He utilizado la lógica para deshacer la trama de la maldad. No creo en la intuición, sino en el razonamiento científico. Las matemáticas me parecen menos abstractas que la realidad. La materia se deshace, pero el álgebra es un atisbo de la eternidad.
No soy optimista. No creo que la humanidad avance hacia un futuro mejor. No desaparecerán las guerras ni las abominaciones. El ser humano se mantendrá fiel a sus ignominias. Su pasión por lo complejo, le impide apreciar que el misterio es puro ilusionismo. Somos incapaces de resolver los problemas porque desconfiamos de la sencillez. Escarbamos en los cajones, pero ni siquiera inspeccionamos lo que hay sobre la mesa. He pasado la mayor parte de mi vida en una celda, con la sensación de que una guadaña iba a cortarme la cabeza. Ningún hombre debería soportar ese tormento. Es preferible arrojarse a un pozo y sentir que tu cuerpo se rompe al golpearse contra las paredes.
Esto es el final. No esperes que una mano compasiva te rescate. Estás perdido y lo sabes. En tu alma, sólo hay desdén y deseos de venganza. Baltimore es una ciudad tumultuosa, donde no hay paz ni silencio. Alzas la cabeza y el cielo parece agua estancada. Los árboles se han convertido en ancianos abandonados en un parque y los pájaros ya no buscan sus ramas. Ya no aprecias belleza en el mundo. En cierto modo, estás desnudo. La ropa que llevas no te pertenece y te han entregado una papeleta para que votes a unos políticos sin escrúpulos. Cada hombre tiene su momento y el mío ha pasado. Ya sólo me queda esperar a que la corriente me escupa en cualquier orilla. Puedo anticipar mi último gesto. Hurgaré en mis bolsillos, buscando los nueve dólares que me pagaron por El Cuervo. Nueve dólares pueden pagar muchas copas y ya sólo conservo un temor: despertar y descubrir que he recuperado la sobriedad.
RAFAEL NARBONA
Todas las ilustraciones -salvo la foto final de Edgar Allan Poe- son Harry Clarke (Dublín, 1889-Coira, 1931)

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