miércoles, septiembre 12, 2018

Johnny Cash, el hombre que caminaba por la línea

Johnny Cash, el hombre que caminaba por la línea | Periodistas en Español



El 12 de septiembre de 2003 Johnny Cash fallecía en Nashville, capital mundial de la música country

Johnny Cash por Xulio Formoso
Johnny Cash por Xulio Formoso
Puedes encargar un póster de este dibujo de Xulio Formoso a publicidad@enlacemultimedia.es
Tanto por su talento como por sus locuras y sinsabores se ganó, con una obra prolífica y muy rica, el reconocimiento de “leyenda en la música country” y el del universo del rock. Johnny Cash fue un modernizador de la tradición musical de los indios cherokis, uno de los creadores del rockabilly y una figura de Nashville, además de inspirador de la corriente renovadora del country en los años de 1970.
De familia extremadamente pobre de Arkansas –nació en una cabaña en Kingsland el 26 de febrero de 1932, en plena depresión, en un hogar con otros cinco hijos que trabajaba en los campos de algodón- fue su madre, pentecostista, cantante de folk y guitarrista amateur, quien le inició en la música. Después de trabajar en los campos, en diversas fábricas, los ferrocarriles y de vender de puerta en puerta, se enroló en la US Air Force en 1950 y allí empezó a escribir poemas y componer canciones, al tiempo que tocaba en diversas orquestas militares y se hacía llamar J.R. Cash. La R de su nombre es un misterio irresoluble. Cuando le desmovilizaron, en 1954, Johnny se instaló en Memphis, formó un trío con el guitarrista Luther Perkins y el bajo Marshall Grant, grabando un primer disco para la marca Sun Records con el nombre de Johnny Cash and the Tennesse Two, y consiguiendo los primeros éxitos en las emisoras con las canciones « Cry,cry, cry » y « Hey, Porter », en 1955.
Su voz grave y profunda de bajo barítono, que sería la piedra angular de la música country estadounidense durante cuatro décadas, así como la calidad de sus letras, que son una mirada agridulce sobre la sociedad sudista de su época (“So Doggone Lonesome”, “I Walk The Line”, “Ballad of the Teenage Wueen”, “Folsom Prison Blues”, considerada hoy como precursora del gangsta rap, subgénero del hip-hop aparecido en la Costa Oeste en los años 1980 …), y la elección de una forma de aparecer en el escenario acorde con su ideología izquierdista, ese look de vaquero tan reconocible, construyeron la imagen que seguimos teniendo de quien fue acreditado familiarmente como  el “hombre de negro”, y también como “el poeta de los trabajadores pobres”. Sus canciones sobrias describían la vida de los mineros del carbón, los aparceros, los condenados y los cowboys, los ferroviarios y los obreros,  consiguiendo forjar una música folklórica dura “que parece borra las fronteras entre el canto, la narración y la experiencia de la vida extenuante”.
Considerado al mismo tiempo uno de los pioneros del rock –con Elvis PresleyJerryLee Lewis y Carl Perkins– ha pasado finalmente a la historia de la música como el compositor e intérprete de los dos géneros que cultivó. En 1992, doce años después de su ingreso en el Panteón de la Música Country, fue elegido para pertenecer al templo del rock, Rock and Roll Hall of Fame siendo, hasta el día de hoy, el único intérprete entronizado en ambos santuarios. Los rockeros le consideran uno de los suyos a partir del momento en que grabó con Bob Dylan el dúo de « Girl from de North Country » (en el ábum “Nasville Skyline” de Dylan).
Incapaz de leer música, Johnny Cash componía las canciones en su cabeza y las tocaba cientos de veces con la guitarra hasta que se sentía satisfecho. En cuanto a los poemas, escribía mientras viajaba de un lugar a otro. A lo largo de su carrera escribió y grabó más de 1500 canciones (blues, himnos, cantos de vaqueros, baladas indias, canciones de ferroviarios, para niños, patrióticas, canciones de amor, de soledad y de muerte, y recitados), consiguió once Grammys, entre ellos un “premio a la excelencia” (Grammy Legend Award) en 1990, y ejerció una influencia incalculable sobre la música: “…reforzó las relaciones entre la música folk y la country, poniendo de manifiesto sus similitudes y diferencias”, como reconocía el músico e historiador Rich Kienzle en la revista Country Music. Antes de que se inventara el término de “álbum concepto”, Johnny Cash compuso álbumes temáticos como “Ride this Train” (el octavo de su discografía,1960), “Blood, Sweat and Tears” (el número quince, 1963, colección de canciones sobre los trabajadores estadounidenses), “Bitter Tears” (1964, con el subtítulo de Ballads of the American Indian) y “Johnny Cash sings Ballads of the True West” (1965).
Los mensajes de las canciones de Johnny Cash trascienden los límites geográficos, de clase y de generación. Paul Hemphill, historiador de la música country, ha escrito de él: “Cash todo de negro, Cash con el sufrimiento humano en sus ojos  y en su rostro torturado. Cash insolente y loco, Cash con un abrigo negro, pantalón de gala y zapatos elegantes, Cash balanceando su guitarra, mostrándola como si fuera una metralleta…cosas todas que cautivaban al mundo entero”. Recurrente en sus depresiones y sus problemas con las drogas, en especial las anfetaminas y los barbitúricos,  hizo varias curas de rehabilitación infructuosas hasta que se casó, en 1968, con su segunda esposa, June Carter, hija de la célebre Maybelle Carter, compositora, cantante e integrante del trío The Carter Family, grupo de referencia de la música popular rural de los años 1920, antecedente de la country music.

Dos títulos emblemáticos

En su trayectoria profesional, con los altibajos que suelen conocer todos los artistas, Johnny Cash se apoyó  en dos canciones que le acompañaron siempre: “I Walk the Line” y “Folsom Prison Blues”. La primera, editada en mayo de 1956,  dirigida a su novia de entonces y  primera mujer, Vivien Liberto, el entonces soldado en Alemania le hace una declaración de intenciones, le cuenta de su amor y le confiesa la severa fidelidad sexual a que le obliga su educación religiosa: “Tienes la llave para mantenerme a tu lado/me das motivos para el amor que no puedo esconder./ Por ti incluso he luchado he intentado luchar contra la marea./ Porque eres mía, camino por la línea”.
En la violenta “Folsom Prison Blues”, grabada el mismo año, aparece el Cash rebelde, que transmutado en proscrito reformado canta: “Maté a un hombre en Reno solo para verle morir”. Hay que decir que nunca mató a nadie ni estuvo en las cárceles más que para hacer recitales: “No he visto el sol/ desde no sé cuando./ Estoy atrapado en la prisión de Folsom./ De la fuerza aérea a la estrella”.

miércoles, julio 18, 2018

Para la mujer blanca que quiere saber cómo ser mi amiga: una guía feminista negra para la solidaridad interracial

Para la mujer blanca que quiere saber cómo ser mi amiga: una guía feminista negra para la solidaridad interracial – Afroféminas



Para la mujer blanca que quiere saber cómo ser mi amiga: una guía feminista negra para la solidaridad interracial

Para la mujer blanca que quiere saber cómo ser mi amiga: una guía feminista negra para la solidaridad interracial
Traducción para Afroféminas de un texto de Sister Outrider
Cada vez que hablo del racismo en el movimiento feminista, invariablemente se formula esta pregunta como resultado: las mujeres blancas se preguntan “¿qué puedo hacer específicamente con el tema del racismo? ¿Cómo puedo crear solidaridad con las mujeres racializadas? “Es una pregunta complicada, que he estado considerando de cerca durante más de un año, y no hay una respuesta simple. En cambio, hay muchas respuestas, de las cuales ninguna es defintiva y todas ellas pueden cambiar en relación con el contexto. La realidad de la situación es que no hay una solución rápida para los cientos de años de racismo – racismo sobre el que se construyó nuestra sociedad, sus jerarquías de riqueza y poder establecidas – que dan forma a la dinámica entre mujeres de color y mujeres blancas. Ese desequilibrio de poder y privilegio colorea las interacciones personales.
Alterar esa dinámica en la que la raza existe solo como una jerarquía, construir formas sostenibles de solidaridad entre las mujeres, va a requerir una autoreflexión persistente, esfuerzo y una voluntad por parte de las mujeres blancas para cambiar su enfoque. Aquí está mi perspectiva sobre los pasos prácticos que las mujeres blancas pueden tomar para desafiar su propio racismo, mantenido consciente e inconscientemente, con la esperanza de que creará el potencial para que puedan ofrecer hermandad real a las mujeres de color.
Pat Parker
Pat Parker
“Lo primero que debes hacer es olvidar que soy negra. 
En segundo lugar, nunca debes olvidar que soy negra.” 
– Pat Parker, Para la persona blanca que quiere saber Cómo ser mi amiga

Reconoce las diferencias provocadas por la raza. No definas a las mujeres racializadas según nuestras etnias respectivas. Igualmente, no pretendas que nuestras vidas son las mismas que las tuyas. No ver la raza significa no ver el racismo. No ver el racismo significa permitir que crezca, sin control. Comienza reconociendo nuestra humanidad, viendo a las mujeres negras como personas autorrealizadas con discernimiento, poderes de pensamiento crítico y, lo que con mayor frecuencia se descuida en esta conversación, los sentimientos. Comienza examinando cómo piensas sobre las mujeres negras y construye desde allí.
Propiedad y Autoridad
Muchos problemas se perpetúan cuando las mujeres blancas se posicionan a sí mismas como portadoras del discurso feminista, autoridades excepcionalmente calificadas para determinar lo que es y no es el Feminismo correcto. No es coincidencia que las contribuciones de las mujeresracializadas, en particular los comentarios que abordan el racismo o el privilegio blanco, con frecuencia se descarten como una distracción de la principal preocupación feminista, es decir, cuestiones que tienen un impacto directamente negativo sobre las mujeres blancas.
La suposición tácita de que la perspectiva de una mujer blanca es más legítima que la nuestra, más informada, que si las mujeres racializadas simplemente aprendieran más sobre un tema en particular, entonces nuestra perspectiva también se matizaría, es persistente. Detrás de esa suposición está la creencia de que las mujeres blancas son las expertas guías del movimiento feminista, y que las mujeres racializadas están en una posición de subordinación. La misma situación se desarrolla en el contexto de la política de clases, con mujeres de la clase trabajadora clasificadas como desinformadas cuando sus perspectivas feministas no se alinean con las de las mujeres de clase media. Reforzar estas jerarquías es el mayor obstáculo para la solidaridad entre las mujeres.
Las mujeres blancas tienen la costumbre de arbitrar lo que es y no es feminista de una manera que centra la feminidad blanca, la posiciona como el estándar normativo contra el que se mide la experiencia femenina. Si la feminidad blanca es estándar, la feminidad negra y racializada se convierten en formas desviadas por definición, un paradigma que contribuye a que las mujeres racializadas se formen en esa creencia.
El feminismo es un movimiento político dedicado a la liberación de la mujer de la opresión. Parte de esa opresión tiene género. Algunos de ellos están racializados. Parte de esto está basado en clases. Algo de eso se relaciona con la sexualidad. Algo de eso se refiere a la discapacidad. Y dentro de estas categorías, siempre existe la posibilidad de superposición. La falta de reconocimiento de la intersección de las identidades asegura que las mujeres más marginadas continuarán siendo oprimidas, no un objetivo feminista por ningún conjunto de estándares. Responder con “este no es el momento, chicas” cuando las mujeres negras abordan el racismo es una contradicción directa de los principios feministas. Esperar que las mujeres de negras permanezcan en silencio por el bien común, es decir, en beneficio de las mujeres blancas, no es un acto feminista. La idea de que hay un momento y un lugar para reconocer una forma de opresión experimentada por las mujeres socava los principios sobre los que se basa el movimiento feminista. Las mujeres blancas deben dejar de descalificar las críticas al racismo y, en cambio, escuchar lo que las mujeres racializadas tienen para decir sobre el tema.
Hay un patrón desafortunado de mujeres blancas que se enmarcan como las salvadoras iluminadas, los hombres  negros y racializados como opresores salvajes y las mujeres racializadas como víctimas pasivas de una opresión derivada exclusivamente de los hombres que caen dentro de nuestro propio grupo étnico. Este modelo reconoce que las mujeres negras y racializadas experimentan violencia de género al mismo tiempo que borran la opresión racializada a la que estamos sujetas. Además, niega la realidad de las mujeres blancas que pertenecen a una clase opresora, una hábil y poco sincera maniobra que absuelve a las mujeres blancas de su papel en el mantenimiento del racismo sistemático. Si el problema del racismo no existe, no es necesario discutirlo. Si no se discute el racismo, las mujeres blancas pueden continuar beneficiándose de él sin impedimentos.
Para que la solidaridad interracial exista dentro del movimiento feminista, debe abordarse la cuestión de la propiedad. Una y otra vez, las mujeres blancas se comportan como si el movimiento feminista fuera su propiedad exclusiva, algo con lo que las mujeres negras y racializadas puedan unirse, pero nunca liderar el establecimiento del discurso o la acción. Este enfoque no solo borra el papel crucial que las mujeres negras y racializadas han desempeñado históricamente en el movimiento feminista, sino que niega la posibilidad de que los futuros esfuerzos de colaboración tengan lugar en pie de igualdad.
Las mujeres blancas que desean confianza y solidaridad con las mujeres negras primero deben considerar cómo posicionan a estas mujeres en sus mentes, cómo nos conceptualizan: ¿nos ven como hermanas, o como alguien a quien fetichizan o sin haber escuchado adecuadamente? ¿Somos una parte central de la lucha feminista, o un ejercicio de taquilla? La honesta reflexión interna es esencial. Analiza cómo piensas de nosotras, explora críticamente por qué podría ser eso y trabaja desde allí.
Organizacion Feminista
¿Estás planeando un grupo para mujeres? ¿Creando un evento o espacio feminista? ¿Construyendo una red feminista? Cada reunión de mujeres crea nuevas posibilidades para el movimiento feminista, una de las cuales es una oportunidad para mejorar la dinámica de la raza en un contexto feminista. Con la organización colectiva, hay una pregunta que las mujeres blancas deben hacerse: ¿hay mujeres negras o racializadas en este grupo? Si no, hay una razón. Está muy bien hablar de cómo las mujeres se juntan como amigas o un grupo de activistas que comparten un objetivo en particular, pero la forma en que se formó ese grupo no tuvo lugar dentro de un vacío social. Sucedió en una sociedad en la que las mujeres negras son racializadas y alimentadas hasta el punto de que nuestra feminidad es percibida como fundamentalmente inferior.
Por ejemplo, cuanto más fuerte sea mi compromiso con la política negra, más mis credenciales feministas estarán controladas por mujeres blancas atrapadas en dos falacias: primero, que es imposible preocuparse por múltiples cuestiones al mismo tiempo; en segundo lugar, que la política de liberación puede definirse claramente dividida porque nunca se debe tener en cuenta ninguna superposición de identidades. La percepción de que mi apoyo a la liberación negra debe ser a expensas de mi apoyo a la liberación femenina, diluyendo mi política feminista, malinterpreta la esencia de cómo se establecieron ambos tipos de política y el hecho de que están intrínsecamente conectados a través de las vidas de las mujeres negras.
Si no hay mujeres de color involucradas en su conjunto feminista, considera cómo surgió eso y, posteriormente, cómo se puede abordar. ¿Quizás su forma de organizar, su contenido, su praxis feminista, podría ser alienante? La autorreflexión crítica no es un proceso cómodo, pero es necesario para que la solidaridad sea posible. Un elemento clave de este tema es la forma en que las mujeres blancas se comportan hacia las mujeres negras.
Tratar a las mujeres negras como un ejercicio en la diversidad frente a los miembros auténticos del equipo revela una forma de racismo en la forma en que se nos conceptualiza. Nuestras habilidades, conocimiento y compromiso con las mujeres no se consideran el estado natural de las cosas en un entorno feminista, de la misma manera que las contribuciones de las mujeres blancas al grupo. La suposición de que solo podemos estar presentes como un medio para llenar las cuotas transmite un olvido de nuestra humanidad. Deja de lado esa línea de pensamiento. Busca nuestro valor como individuos de la misma manera que te inclinas automáticamente a buscarlo en una mujer blanca, y te acostumbrarás a verlo. Deshazte de tu racismo con el mismo vigor para deshacerte de la misoginia internalizada.
Es importante que haya mujeres racializadas involucradas a nivel organizacional, como parte del equipo que diseña sus eventos y campañas. Suelta el paternalismo que te asegura que, como mujeres blancas, estás en posición de hablar por todas las mujeres.
Comportamiento
El punto más obvio: no seas racista, ni en palabra ni en hecho. De una forma u otra, saldrá a la luz. Si dices algo sobre las mujeres negras o racializadas en un contexto privado que no hablas en un contexto público, considera por qué es que diferencias entre los dos contextos: la respuesta generalmente se refiere a las mujeres blancas que no desean parecer racistas. Aparentemente racista se ha vuelto, paradójicamente, más tabú que racismo en sí mismo.
Y si se aborda su racismo, no lo tomes como un ataque personal. No seas la mujer blanca que lo hace por su propio dolor, la mujer blanca que llora por no rendir cuentas por sus acciones. Reflexiona en cambio sobre la magnitud del daño infligido a las mujeres negras sujetas a ese racismo. Te aseguro que es tan doloroso que tu propia incomodidad es pequeña en comparación. Dele a las mujeres negras que experimentan el racismo la empatía que le otorgaría a una mujer blanca que experimenta misoginia.
“Al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”. – Dr. Martin Luther King Jr.
No permanezcas en silencio cuando tus amigos son racistas. No mires para otro lado. No pretendas que nada ha sucedido. Tu silencio te hace cómplice de ese racismo. Tu silencio normaliza que el racismo es parte de lo que legitima ese racismo en un contexto general. No es fácil enfrentar a alguien del que estás cerca, o alguien con mayor poder o influencia que el tuyo. Pero lo correcto no siempre es fácil de hacer.
Por último, no te vuelvas complaciente. En una entrevista reciente con Feminist CurrentSheila Jeffreys lamentó el surgimiento de la política de la identidad, que combinó con la praxis interseccional, afirmando que ya que a los hombres nunca se les exigió que hicieran todo, las mujeres tampoco deberían hacerlo. Esta actitud no es atípica entre las mujeres feministas blancas. Sin embargo, la perspectiva de Jeffreys plantea la pregunta: ¿desde cuándo se construye el feminismo radical  según el comportamiento de los hombres? El feminismo no es una carrera de fondo, es un movimiento político radical. Y eso implica un pensamiento crítico intensivo: un desafío constante de opresión estructural que no es selectivo, sino exhaustivo.
No será cómodo. No será fácil. Pero abre nuevas avenidas de apoyo y hermandad entre las mujeres. Solidaridad que sostendrá y nutrirá a todas las mujeres mientras trabajamos hacia la liberación.

Esta es la conclusión de mi serie de ensayos sobre la raza y el movimiento feminista. Se puede acceder a las partes 1 , 2 y 3 aquí. El siguiente conocimiento fue adquirido a un gran costo personal. Úsalo como quieras. Dedicado a cada mujer, negra, marrón y blanca, que me ha sostenido a través de la hermandad.


Claire HeuchanClaire Heuchan es una afrofeminista escocesa y editora del blog Sister Outrider leído en todo el mundo y traducido a varios idiomas. Claire tiene el título en Estudios de Género en la Universidad de Stirling. LLeva 25 años desarrollando su trabajo en torno al cuerpo negro femenino y ha escrito varios ensayos.

domingo, junio 10, 2018

Columna de Óscar Contardo: Anatomía del subdesarrollo

Columna de Óscar Contardo: Anatomía del subdesarrollo





El subdesarrollo aparece como una hilacha que se arrastra cuando quienes detentan el poder económico de un país tienen como modelo ideal a un pícaro que se hace llamar “El lobo de Wall Street”.

Las antiguas enciclopedias escolares, esas que quedaron en desuso por internet, ordenaban el mundo de diversas maneras. Clasificaban a las naciones en diversas categorías. Una de ellas era naturalmente la geográfica, otra la lingüística, pero existía una forma de hacerlo, con nociones menos perceptibles a simple vista, que disponían a las naciones según sus logros: había países desarrollados, en vías de desarrollo y subdesarrollados. La explicación para pertenecer a alguna de esas clasificaciones era sintéticamente explicada en ciertas cifras o índices -Producto Interno Bruto, Renta per Cápita, Tasa de Mortalidad Infantil-, acompañadas de gráficos, ilustraciones y fotografías. Chile aparecía alternadamente clasificado como país subdesarrollado y en ocasiones en el más misterioso estatus de “en vías de desarrollo”; una fórmula que sugería un viaje hacia algún lugar mejor que otras naciones -aun más pobres- ni siquiera habían emprendido. Había una foto que habitualmente se repetía en el caso de nuestro país: un gran camión cargando tierra en medio de una mina “a tajo abierto”, desde donde sacaba el cobre, su principal riqueza. Era “la mina más grande del mundo en su tipo”, anotaba con frecuencia la lectura de la imagen, como para sentir orgullo de haber logrado escarbar tanta tierra, de forma tan insistente, durante tanto tiempo.
En esas enciclopedias también se recordaba que en algún momento Chile fue el gran productor de salitre mundial. En ese caso, si la información era más amplia, se la acompañaba de la imagen de algún afiche de la campaña de promoción del uso del salitre diseñada para los mercados internacionales. Aquel ciclo de abundancia relativa, explicaba la nota, se acabó cuando en Europa fue creado un fertilizante a bajo costo que hacía innecesario importar uno natural desde tan lejos.
No era difícil concluir leyendo esos textos sencillos y directos redactados para escolares curiosos que de alguna manera permanecer en la categoría de “en vías de desarrollo” se relacionaba con encontrar o no el mineral que en el momento adecuado pudiera ofrecerse a compradores dispuestos a pagar un buen precio por él. Cuando ambas condiciones confluían, entonces surgía una prosperidad que se evidenciaba en algunos palacetes de la Alameda (el ciclo de la plata), la visita de Sara Bernhardt a Iquique (gracias al salitre) o un parque afrancesado en Lota (financiado por el carbón). Luego, si los precios caían o la inteligencia humana reemplazaba el mineral por algún ingenio a bajo costo, venía una crisis local que la historia registraba como una tragedia pública -laboral, sanitaria, de vivienda y educación- que hacía retroceder al país a los casilleros que ocupaban ciertos estados subsaharianos y naciones exóticas del Sudeste Asiático.
La lectura fácil era entonces que salir del subdesarrollo consistía en saber aprovechar una oportunidad. La difícil podía ser más compleja o, al menos, involucrar más elementos.
¿Qué hace que un país sea desarrollado? Tengo la sospecha de que no solo se trata del dinero o la riqueza que gana vendiendo algo a buen precio, sino también cómo se ordenan sus instituciones y dirigentes en torno a esa riqueza; la manera en que su élite ajusta sus privilegios al bien común; el modo en que sus políticos enfrentan los inevitables brotes de corrupción; la forma en que la justicia demuestra el imperio de la ley, y el modo en que los más poderosos llegan a asumir ciertas responsabilidades sin necesidad de notarios ni testigos que los vigilen como se hace con los sospechosos de un crimen.
El subdesarrollo aparece como una hilacha que se arrastra cuando quienes detentan el poder económico de un país tienen como modelo ideal a un pícaro que se hace llamar “El lobo de Wall Street”; también cuando todos los talentos y la inteligencia están volcados en encontrar el espacio en la ley que permita sacar provecho privado sin importar las consecuencias públicas. El subdesarrollo campea cuando los políticos se rinden a que quienes les financian ilegalmente la campaña también les redacte las leyes que deben votar.
Subdesarrollo es considerar la ley como un estorbo y la ética como un curso electivo al que se asiste con desgano; subdesarrollo es llenarse la boca con palabras de moda como “innovación” y “emprendimiento” y conducirse como barón de una casta intocable medieval; subdesarrollo es ostentar el poder como quien ve la democracia como un juguete armable y desarmable a voluntad. Subdesarrollada es una república que cumple dos siglos dependiendo de cuánto le pagan por lo que brota de la tierra o el agua. También es signo de subdesarrollo el hecho de que una sola persona sea capaz de mantener en silencio a decenas de políticos con tan solo levantar una ceja y dibujar una sonrisa burlona.
Durante la última década la idea de que el futuro económico de Chile yace en la explotación del litio ha ido creciendo al ritmo de la industrialización de los autos eléctricos. Esta semana ha quedado claro que es posible que se trate de una nueva prosperidad, que tal como otras de nuestra historia, quede registrada como un ciclo que nos mantenga en el sitio del que nunca hemos salido: el de un tránsito eterno rumbo al desarrollo esquivo.

jueves, junio 07, 2018

Putin: "Una Tercera Guerra Mundial acabaría con la civilización; eso debería frenar los conflictos"

Putin: "Una Tercera Guerra Mundial acabaría con la civilización; eso debería frenar los conflictos" - RT





El presidente ruso recurrió a una cita atribuida a Albert Einstein para responder a la pregunta sobre la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial que le formularon durante la emisión de 'Línea directa'.
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El líder ruso aseveró que "si se desata una tercera guerra mundial, la cuarta se librará con palos y piedras", haciendo alusión a la conocida frase atribuida al científico Albert Einstein.
"La comprensión de que una tercera guerra mundial será el fin de la civilización debe contenernos de realizar acciones extremas o peligrosas en las relaciones internacionales", afirmó Vladímir Putin.

La presión sobre Rusia terminará cuando sus socios occidentales entiendan la naturaleza contraproducente de sus acciones contra Moscú, afirmó Putin.
Tendrán que tener en cuenta los intereses de Rusia
"Esta presión se terminará cuando nuestros socios se den cuenta de que sus métodos son ineficaces, contraproducentes, perjudiciales para todos. Tendrán que tener en cuenta los intereses de la Federación de Rusia", destacó el jefe de Estado.
El mandatario ruso expresó la esperanza de que la comprensión de la necesidad de diálogo con Rusia gane terreno en el mundo. 
"Para Rusia, es obvio que tenemos que defender nuestros intereses. Hacerlo consecuentemente, sin recurrir a groserías ni barbaridades, pero defender nuestros intereses tanto económicos como de seguridad nacional. Siempre lo hemos hecho y así lo haremos. Pero siempre buscamos compromisos, aspiramos a los compromisos", destacó.

"Es hora de sentarse a la mesa de negociaciones y establecer un sistema de seguridad europea que corresponda a las realidades de hoy en día", aseguró.

Paridad estratégica

Asimismo, Putin aseguró que la retirada de Washington del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM, por sus siglas en inglés) es un intento de socavar la paridad estratégica en el mundo y llamó a encontrar nuevas formas de interacción.
"La retirada de EE.UU. del Tratado ABM es un intento de romper la paridad estratégica, pero estamos respondiendo a ello. En mi mensaje [anual al Parlamento] hablé de esto: los modernos sistemas de nuestras armas que han sido diseñados (...) mantienen esta paridad", resaltó el presidente ruso.

jueves, mayo 31, 2018

Ética del desorden ("DESCONFÍO DE LA PAZ DE LAS LÍNEAS RECTAS" Conversación con Francisco Carreño sobre Ética del desorden)

Editorial Pre-Textos: Ética del desorden

Ética del desorden


"DESCONFÍO DE LA PAZ DE LAS LÍNEAS RECTAS"
Conversación con Francisco Carreño sobre Ética del desorden
Francisco Carreño es poeta (Calblanque, Gabinete de sombras, Todos los días, Una luz tan exacta). Ha escrito también obras narrativas (La segunda vida) y ensayos, principalmente de crítica literaria. Ha sido comisario de exposiciones (Madrid, puerto de mar). Es también autor de cortometrajes (Cuestión de escalaLínea perdida).
Francisco Carreño: Me gustaría empezar preguntando por el título, un título feliz que surge de una contradicción. Hay numerosas paradojas a lo largo del libro. Me atrevería a decir que es un rasgo fundamental de tu estilo. El título también lo es. El significado de ética, sea en su sentido etimológico de costumbre o en el ya más evolucionado sentido aristotélico, como conjunto de virtudes que sirven para la realización del orden de la vida del Estado, se opone semánticamente a la palabra desorden. Oposición desde el punto de vista lingüístico y oposición también cultural y filosófica frente al famoso título de Spinoza (Ética demostrada según el orden geométrico), título este que ya era todo un desafío. ¿Hay en esa escolástica postura de la coincidentia oppositorum una señal de que nos vamos a encontrar con un libro que intenta luchar contra el mal sin reprobarlo? ¿O más bien  se abre ante nuestros ojos una exposición del orden de lo que no tiene orden, del sentido de lo que no tiene sentido? ¿O quizá estamos más bien ante un tratado sobre las virtudes del mal?

Ignacio Castro: Primero, me temo que cualquier verdad es una paradoja. ¿Qué podemos pensar a partir del simple hecho de que respiremos en mitad de una vida mortal? El Tao está lleno de paradojas, así como el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las películas de Sokurov o Malick, los textos soberbios de Benjamin, Lispector, Agamben o el Comité Invisible también lo están. Me reclamo de esa tradición, aunque tenga una difícil historia. En cuanto al título, he de decir que es un modesto juego de palabras muy poco complicado. Nadie ha dicho, y menos que nadie Spinoza o Nietzsche, que la ética haya de ser un orden determinado contrapuesto al desorden con el que ocurren las vivencias. Una vez más, me temo que en este punto no estoy inventando nada. Los estoicos, de los que mi libro está ahíto, ya lo han dicho todo al respecto: como amor fati, lo ético es atender al signo de lo que ocurre, bajando de la nube de nuestros dogmas familiares.
En cuanto al intrincado problema del mal.... Como ética de lo que viene, lo que acontece sin ser llamado ni elegido, mi libro hace un esfuerzo desesperado (lo digo desde el Prólogo) por intentar entender "el mal" como un signo de lo nuevo que, al dañarnos, dice algo de nuestro ser y reclama atención. Desconfío de la paz de las líneas rectas e intento comprender el orden oculto en el aparente caos. No estoy contra toda forma de violencia, y menos contra una que encare "el mal", pero antes de masacrar lo que se ha quedado en nosotros habría que intentar escucharlo. Vencer el mal abrazándolo: esta vieja sabiduría, que tiene manifestaciones incluso en alguna medicina moderna, no es ajena al esfuerzo de esas arduas más de cuatrocientas páginas. No defiendo ningún masoquismo suicida. Pero es absurdo, y reduplica el mal, intentar erradicar el "accidente" que se ha pegado a nuestra piel o a nuestra conciencia. Algo que ha entrado en nosotros no es un accidente más, sino un signo que hay que atender. Habría que infiltrarse en ello para extraer alguna lección que nos cambie. El mal, en el sentido de lo que duele, es el más antiguo amigo del conocimiento. No soy culpable de que la caricatura que algunos profesores llaman "Kant", ignorando su arriesgada investigación nouménica, haya oscurecido la posibilidad insólita que se abre en un dolor que persiste. Lo que llamamos mal es, en principio, la escuela de nuestras posibles virtudes. De acuerdo en que esto no hace nuestra vida fácil, pero nadie (salvo periodistas, políticos y distintos expertos en formas actuales de la "salvación") nos había prometido que existir es un camino de rosas. Nada inhumano nos es ajeno: no me entristezco por ello.

Francisco Carreño: Supongo que ese abrazar el mal tiene que ver también en cierto modo con la propuesta continua en el libro de descender a lo sensorial. Se defiende a lo largo de muchas páginas una profundización en la realidad inmediata de la sensibilidad, que se opone explícitamente a la frialdad conceptual. Hay, sin embargo, sobre todo al principio del libro, páginas en las que lo real parece coincidir con lo ideal en una vivencia que pretende alcanzar la plenitud. Cabe, pues, la duda, ante semejante paradoja, de si el autor estaría dispuesto a defender que la reprobada aversión por lo inmediato pudiera ser también un odio hacia lo ideal. Quizá un mundo que siente repugnancia por la densidad de lo real es un mundo desarmado precisamente en el terreno de las ideas, un mundo en el que los hechos, el destino, sea o no amado, se ha apropiado absolutamente de nuestra conciencia, abominando previamente de todo aquello que le resulte demasiado abstracto. ¿No es la otra mueca de un mismo gesto despectivo de hombres que han olvidado lo que es la vida con toda su potencia  esa altivez telúrica con la que miramos hacia las ideas como abstracciones despreciables que nos impiden el acceso a lo real? ¿No será que las ideas, mucho mejor que los hechos –y aquí podríamos decir que el estoico podría ser en su amor fati el primer periodista, algo así como un Urjournalist- son capaces de inaugurar, de ofrecer en una complejidad sintética los mil matices de un mundo terriblemente empobrecido por una visión que se niega a ver más allá de sí misma, aferrada a la simplicidad de acontecimientos sin horizonte?

Ignacio Castro: Efectivamente, así es. Mi libro es muy largo porque se propuso rescatar la épica de nuestra especie, salvando para cierta grandeza infraleve una infinidad de fenómenos, situaciones y seres que hemos sepultado bajo una plancha, primero de cemento y ahora de plasma. El universo que somos, que es la vida de cada uno de nosotros, entra por los sentidos, por una percepción a la que estamos empeñados en no darle la palabra. Cuando nos dejamos vivir percibimos inmediatamente una constelación de sentido, una corriente de ideas asombrosamente nuevas. Para protegernos de ese mundo de la inmediatez flotamos entre consignas, conceptos precocinados y sensaciones diseñadas.
Estoy por tanto de acuerdo, y es una certeza que recorre por entero Ética del desorden, en que nuestra aversión a la inmediatez sensorial lo es a la profundidad de la idea encarnada en los sentidos. De hecho, un concepto no tiene en principio nada de "frío", pues es el resultado de una encuentro con el estado salvaje de las cosas. Hasta en la ciencia, cuando es atrevida, se puede notar esta "tormenta abstracta del afuera" que se precipita en lo sensorial, en las ideas que vivimos materialmente. Con frecuencia, de hecho, nuestros conceptos no son lo suficientemente abstractos para estar a la altura de esa enorme complejidad de lo percibido. Los hechos, configurados según el esquema empirista y contable que nos domina, del cual proviene el poder del periodismo, son el peor enemigo de la singularidad de una experiencia que, como decía Benjamin, se ha empobrecido considerablemente. Es en nuestra experiencia, en su reflejo en la conciencia, donde se ha producido el primer recorte, y esto no es algo de ayer. No existe hoy una "crisis del papel", sino una crisis de la piel. En algún lugar de mi libro recuerdo que si la lectura ha caído en picado es debido a que ha entrado en crisis la vivencia, la presencia real, a favor de una ficción social que nos tiene retenidos en un interior gigantesco que interactúa sin cesar. No necesitamos leer porque ya no necesitamos darle palabras a una experiencia física, sensorial y conceptual que ha retrocedido, alejándonos de la inmediatez donde se precipita el mundo. La oferta cultural de las tecnologías promete el retiro, establece una confortable distancia entre nosotros y los otros, entre cada hombre y el mundo. En el fondo, esa distancia, este racismo sensorial es lo que llamamos "cobertura".
Francisco Carreño: Si hablamos de vivencias, no podemos dejar de pensar en las mil anécdotas que parecen salpicar el discurso de Ética del desorden. No son exactamente interrupciones del discurso filosófico, aunque tengamos la tentación de acudir a esa palabra para nombrarlas. Yo diría más bien que acompañan a las palabras, a modo de ilustración, como los motivos florales o monstruosos de un códice que pretende a toda costa mantenerse ligado a la experiencia. No parecen hablar directamente de lo que se cuenta en otro plano, a modo de ejemplos, como las narraciones medievales. Son más bien palabras que arraigan y se despliegan en un ambiente que desafía siempre con un infatigable fondo de sentidos insospechados. Tienen (¿sin proponérselo?) un tono desafiante hacia la atención del lector, quizá demasiado acostumbrado a seguir una sola línea de pensamiento. Y en esto tengo la impresión de que este libro es de alguna manera una forma de retomar el impulso fundacional de Roxe de sebes (¿tu primer libro?), volviendo los oídos a lo que zumba en la memoria, ansioso de forma. ¿Estás ahí, todavía, en la montaña desde la que adiestras tus sentidos para cargar de experiencias tus palabras?
Ignacio Castro: Cuando la lógica de la "salvación", haciendo una mezcla de la Stoa y un paleo-cristianismo que no está lejos de Nietzsche, se arraiga en la más íntima perdición de las cosas, sin poder decirle que No a nada que esté vivo, el horizonte de lo importante abarca hasta el más ínfimo detalle. Por eso lo anecdótico, autobiográfico o no, es tan presente en mi libro. De ahí también que se considere que en él no hay una sola línea de pensamiento, sino varias a la vez, un ancho caudal. Desde él se entiende incluso que la línea recta es inmoral. Hay un cierto pánico en Ética del desorden a decirle no a algún camino, como si todos los caminos debieran estar en cada uno. Alguien me comentó lo sorprendente de algunas conexiones que se abrían en cosas y casos mínimos, y así debe ser. Como en la mónada de Leibniz: en cada ojo de pez, todos los mares. Me gusta por lo demás la palabra tentación: dejarse tentar y seducir por cada ser, aunque sea un poco monstruoso. La contingencia de lo inesperado es la forma en la que se manifiesta la más extrema necesidad. El inventor del cálculo infinitesimal escribe: "Cuando Dios calcula, tiene lugar el mundo". Nunca salgo, por tanto, del viejo tema judeocristiano, espinosista y nietzscheano, que le otorga una relevancia cósmica a lo pequeño. En mi caso, esto ha aliado una épica de lo "salvaje" con la anónima nimiedad cotidiana. Es necesario hacerse el muerto para que las cosas ocurran. Los grandes acontecimientos se acercan sigilosamente, casi siempre con pasos de paloma.
Es posible, ciertamente, que Roxe de sebes sea "mi primer libro"... en cuanto se abre a lo que pulsa en la memoria, ansioso de forma. La montaña fue el modelo de una distancia que había que poner en cada cosa, el inevitable rodeo necesario para abrazar la enormidad de su aura. Cada ser es inmenso, así que la montaña es el signo del relieve secreto que espera en cualquier llano. Creo que allí conquisté una relación fiel con el silencio del mundo, más oriental que occidental, que hoy me permite fluir en muy distintas escenas urbanas. Si hoy he de estar en la ciudad, y no en las montañas, es porque llevo aquel silencio pétreo dentro. Esto también tiene relación con la tarea ética de recuperar los cien mil rostros de múltiples seres, pero desde un fondo sombrío que no tiene rostro. Como dice un clásico del pasado siglo, el desierto (de ahí sus innumerables ecos) es la suma total de nuestras posibilidades. Hablas de adiestrar los sentidos: sí, es necesario cada día escalar la cima del propio corazón. Y esa cima diaria no solo se conquista intelectualmente, es preciso además sentirla, acogerla, quererla. La mujeres siempre han sido superiores en este plano de inmanencia. El amor intelectual de Spinoza debe hoy dirigirse a cada una de las pequeñas cosas que nos influyen.

Francisco Carreño: En algún lugar de este libro se dice que el autor en realidad no se pronuncia éticamente, que no propone salvaciones, que de alguna manera se sitúa de modo natural ante un mundo irremediable. Sin embargo, leo la palabra salvación, unida a lógica, justo antes de declarar que la línea recta es inmoral. ¿Es inmoral renunciar a la totalidad, al infinito? ¿Es inmoral no tomar todos los caminos a la vez, no entregarse a todo, no zambullirse en ese desbordado caudal de pensamiento? Según esa lógica ¿es inmoral la cordura de elegir, en la encrucijada, un solo destino? ¿No admites que alguien pueda encontrar a todos los hombres en un solo hombre, a todas las mujeres en una sola mujer? ¿O más allá, que se pueda buscar  la síntesis total del universo en una sola persona, en una sola cosa? Es cierto que hablas de la enormidad de cada cosa, de los mares que encierra cada ojo de pez, pero intuyo una inmensidad solitaria representada por el desierto, por el silencio, por el prestigio edénico de un estado incomunicable que deja fuera a las palabras, como si estas ya determinasen excesivamente el camino, reduciendo las posibilidades infinitas que yacen en la percepción salvaje y muda.

Ignacio Castro: Es cierto que mi libro, la filosofía en la que vivo desde hace más de treinta años ("Lo que no cesa" es un texto anterior al periodo de la montaña) está muy lejos de una ética que pretenda localizar el mal en los otros y proponer recetas para superarlo o erradicarlo. Pienso mal de cualquier moral que no busque el mal dentro. Pero no es que Ética del desorden no "tome partido" ni se comprometa, limitándose a flotar elegantemente por encima del bien y del mal, en un nuevo limbo para elegidos. Por el contrario, esas numerosas páginas militan constantemente en lo absoluto de cada existencia, en una inmediatez común que es siempre contingente y singular: este aquí, este rumor de la hora, estos seres queridos... Tal "absoluto local" es la única universalidad posible, real e incondicionada. Y esto porque bebe en un común fondo sombrío que se precipita en cada punto. "Universalidad sin concepto": lo que Kant reserva para lo estético, otras filosofías (desde los presocráticos, desde Aristóteles y Agustín) lo afirman en la inmediatez ética. El propio Sartre, según algunos un pensador menor, decía que frente al existencial "absoluto de la decisión" el conjunto atronador de una época es algo relativo. ¿Significa esto subestimar lo colectivo y mundial, retirarse al egoísmo individual? No. Significa subordinar lo histórico a la soberanía de cada forma de vida, a la singularidad (nouménica, dice Kant) donde se cumple lo comunitario. No fue un error que antes emplease la palabra "salvación" con comillas. Me refería a una salvación que no intenta erradicar el pecado del mal, el del atraso o de la perdición. Toda nuestra lógica histórica actual, heredera de un canon de las Luces que ha mutilado a Occidente en sus raíces, vive de este maniqueísmo.
Información, desarrollo, revolución tecnológica, elevación del bienestar, del consumo y del nivel de vida... Con los dos hemisferios cerebrales, hay que sumergirse en una "revolución" que se repite en cada anuncio. Estamos inmersos en una oferta secularizada de salvación que incluye injuriar constantemente lo atrasado, lo agrietado y terrenal, también el cuerpo (ahora en manos médicas), la infancia (entregada al consumo) y las culturas extranjeras, acosadas económica y militarmente. No son los otros sino nosotros, dirigidos por un Norte sonrientemente puritano, los que impulsamos el programa nuclear de las otras naciones. Lo hacemos con lo que Simone Weil llama "superstición de la cronología", una armada carrera hacia adelante que procede de una caricatura de la teleología cristiana. Muy lejos de Marx, la macroeconomía ha sido vista por muy distintos pensadores como una rabiosa metafísica de la separación: conciencia frente a mera existencia, sociedad frente a individuo, cultura frente a naturaleza, civilización frente a barbarie... Etcétera. Por esta vía no entendemos nada, somos cada día más infelices y peligrosos, tanto para nosotros mismos como para los otros. Propongo un giro copernicano hacia la espiritualidad de la materia. Cuando un pensador que amo, con todos sus errores, pronunció la famosa frase "Solo un dios puede salvarnos todavía" se refería también a salvarnos de esta legión de salvadores que inyectan sin cesar el miedo y la solución, el demonio del atraso y el dios del despegue. Fiel a Leibniz, a la Antigüedad que él hereda de un modo infinitesimal, me siento a años luz de la furia redentora de nuestra "línea recta". Lo que propongo es elegir, siempre en la encrucijada, un destino curvado que espera en cada uno de nosotros, en una intimidad más vasta que cualquier exterior turístico. Esto significa, como muy bien dices, encontrar a todos los hombres en un solo hombre. Y significa también ser capaces de dialogar con el desierto silencioso que nos sigue, esa infancia que nos acompaña como una sombra. Nada que sea salvaje es mudo. Permanece más bien vibrando, a la espera de unas palabras que han sido prohibidas. Casi todos los monstruos que tememos se amansarían al oírlos.
El desierto no tiene nada de edénico, está poblado de huellas, demonios, tribus y palabras. Es imperioso, vital y éticamente, volver a escuchar esa multitud no elegida. No conozco otro camino para recuperar la palabra, el afecto y la comunidad humana, que reinventar, a contrapelo de nuestro dogma histórico, una relación moral con lo inhumano que nos roza. No conozco otra forma de liberarnos del aislamiento elitista en el que vegetamos, de esta despiadada seguridad que amenaza con convertirnos en zombis. ¿El consumo multiplica los entes sin necesidad? No, lo hace con la obsesión de tapar la necesidad, cegando unos cauces sensitivos y afectivos que nos indican que vivir es peligroso y que jamás superaremos la supervivencia. ¿Es esto pesimista? Una vez más, no: solo lo es con respecto a nuestra oferta de salvación técnica, social e histórica. Una oferta envenenada, pues deja a la humanidad atrasada, que todavía pervive en nuestra alma, fuera de los elegidos.

Francisco Carreño: ¿El peligro de la vida es, pues, la salvación? ¿No renunciar a lo atrasado, a lo afectivo, a lo que todavía no tiene forma? ¿Es ahí donde surge el dios posible? ¿No existe el riesgo de privilegiar una especie de vuelta a la animalidad, a una naturaleza sin hombre? Y esa regresión, ¿no podría ser un último, irónico y semiinconsciente esfuerzo por humanizar lo que supera al hombre, por despejar la incógnita que nos desafía ilimitadamente, el enigma que nos ha hecho pensar, eliminándolo por comodidad, como niños que no quieren enfrentarse a las dificultades? ¿No estamos dejándonos condicionar demasiado por los excesos de la civilización? Llegas a apostar en algún momento del libro por la eliminación del pensamiento. Creo, sinceramente, que el no ético a determinadas perversiones de lo humano puede llegar a hundirnos en un abismo poco edificante. Dudo mucho de que exista algo interesante más allá del pensamiento. No sé si compartes ese temor, esa intuición de que para llegar a Dios no se puede superar ni rebajar al hombre.

Ignacio Castro: Creo que para ser humanos, y también verdaderamente modernos, hay que conservar la "alta indefinición" de cierto atraso atávico, que todavía no tiene forma o nunca la tendrá. John Cage no sería nada sin ese dios potencial de lo posible, ni Bill Viola. Tampoco Loznitsa, Malick, Sorrentino o Sokurov sería nada sin ese registro de umbral. Por no hablar de los poetas y escritores contemporáneos, de Zambrano a Lispector, de Whitman a Vallejo y Joyce. No hay una posible vuelta a la animalidad porque nunca hemos salido de ella. El animal no es una cárcel, sino una forma de nombrar el misterio de la presencia. Es posible que nunca sepamos del todo qué significa habitar la tierra: La soledad, la lluvia, los caminos. Desde luego, lo animal no es en primer lugar este bestial darwinismo que nos rodea por doquier en las series televisivas, en la feroz rivalidad sexual y económica, en una competencia informativa que busca el "no va más" en la serie de impactos brutales. Lejos de esta ideología terrorista, siempre que hay algo de generosidad entre nosotros vuelve el eco de una dulzura natural que está en nuestro pecho. Hasta se podría decir que cierta alegría, estableciendo conexiones insospechadas, supone el regreso triunfal de la planta en nosotros. No hay por tanto, creo, naturaleza sin hombre. La physis anida en nosotros. Lo que ella tiene de inmensa y peligrosa es igual a lo que el hombre tiene de enigmático. La "indiferencia de los árboles a la historia" (Baudrillard) es también la indiferencia del rostro humano a la historia. De hecho, como demuestra la maestría de Chéjov y otros escritores rusos, cada persona es compleja como un clima, un turbulencia imprevisible. También el hombre, como la naturaleza, "ama esconderse". No sé por qué tenemos que esperar a las catástrofes, efecto de rebote de un fondo sombrío continuamente denegado, para aceptar un suelo trágico sin el que no es posible ninguna alegría.
Efectivamente, como sugieres, creo que somos víctimas de un exceso de positividad que, al huir de cualquier zona de sombra, nos hace más vulnerables. El cáncer es un efecto secundario de esa aversión al misterio del reposo, así como nuestro cansancio, la depresión larvaria y la soledad de la gente en las grandes urbes. Así pues, si te entiendo, creo que tienes razón: la trascendencia está encerrada en nosotros y trabajar por un retorno de cierta espiritualidad es esforzarse por otro modo de atender al hombre, con un cuidado que permita escuchar los espectros que le habitan. Lo trascendente solo es el eje oscuro de la inmanencia. Es necesario un humanismo no antropocéntrico que tome en serio el allende que está clavado en el pozo negro de nuestras pupilas. Lo que defiendo en mi libro es llevar tan lejos el pensamiento como para que pueda volver, renunciando a separar sus conceptos "universales" de la vida al desnudo. La filosofía es una forma de desmantelar la metafísica de oposiciones a la que tiende Occidente, regresando a cierta universalidad de lo contingente, una llaneza ordinaria por encima de la cual no hay ninguna cima. Es más o menos la sabiduría nietzscheana del Niño frente a la del León: el tiempo es solo un enigma que juega. Es preciso recuperar la "dulce necedad" sin la cual la vida mortal se torna imposible, peor aún, letal. Sería volver a escuchar la leyenda del Idiota, a la vez tarado y visionario, aislado y conectado. Fíjate en este fragmento poco atendido de Wittgenstein: "El solipsismo coincide con el puro realismo. El yo del solipsismo se reduce a un punto inextenso y queda la entera realidad coordinada con él" (Tractatus, 5.64). Es posible que este místico y hombre de ciencia, igual que lo hizo Alan Watts, nos esté intentando decir algo que todavía no hemos entendido.
No hay otro Dios que el que anida en eso que llamamos hombre, algo que nunca ha sido otra cosa que un puente hacia la exterioridad, para siempre intratable. Es posible que en este punto otras culturas, que tildamos rápidamente de atrasadas, nos lleven una enorme ventaja cognitiva. Para indicarnos, por ejemplo, que en el cristianismo originario se daba la certeza de una hermandad en el abismo que siempre fue una locura intentar superar. El nacionalsocialismo solo es un triste episodio en esta larga ofensiva militar que hemos emprendido contra el silencio remoto que nos une, a los hombres y a cualquier otra cosa. No hay "teoría de la evolución" ni ninguna superstición cronológica que nos libre del laberinto oscuro que es cualquier presencia material. Huir de eso, construyendo nuestros espectaculares conglomerados del aislamiento, explica la irónica queja de Sokurov ante nuestra obsesiva doctrina de la Seguridad: "Ustedes los occidentales están muy solos".

Francisco Carreño: El capítulo quinto está dedicado al lenguaje. Me interesa especialmente saber si concibes la existencia de un pensamiento más allá o más acá de las palabras. A juzgar por tu última respuesta ("un silencio remoto que nos une") la comunidad de los hombres estaría fundada por una forma de eternidad natural e instantánea, permíteme el oxímoron, que tiene más que ver con la materia muda que con la voz humana articulada. Sin embargo, la palabra, tengamos o no en cuenta su paradójica relación con el silencio, es aquello que se comparte. Quizá nuestros problemas de convivencia no se deban tanto, o no solo, a un difícil entendimiento con el enigma intratable de la materia, de la vida, como a una especie de logofobia fundada en una sistemática traición a las palabras, en un desprecio por ese audible canto de la eternidad que no deja nunca de sonar cuando hablamos; en un error de percepción que nos hace pensar que las palabras vienen después de los hechos, cuando son, a mi modo de ver, los hechos, los que siempre vienen después de las palabras, incluso aquellos hechos (el periodismo) que solo creen en los hechos y consideran las palabras como meros instrumentos para transmitir esos mismos hechos. ¿No son las palabras las que dirigen siempre el mundo? ¿Este último capítulo ("Formas de hablar") es el reconocimiento de que no solo hay que aprender a sentir, como indicas en otras partes del libro, de que también hay que aprender a hablar?

Ignacio Castro: Hay que aprender a hablar una y otra vez, sin descanso. El lenguaje, ante todo el natal, es una tarea interminable... y no hay gramática que nos libre de la necesidad de una invención constante. El español, el ruso, el inglés son idiomas desconocidos que exigen una reinvención. Creo que el lenguaje es la forma del pensamiento y sin él no hay nada, ni vivencia ni interioridad. En el principio era el verbo también quiere decir que la forma más primaria de experiencia ya es una forma verbal. La simple percepción requiere palabras y si quien mira u oye no tiene un lenguaje mínimamente configurado, tampoco podrá ver y oír claramente. Los niños ferinos tienen también un problema de relación con el exterior, de percepción, aunque imagino que para sobrevivir acaban inventando un desesperanto nuevo. En el principio era el verbo: esto quiere decir que si tenemos delante piedras, cuidado, no son solo piedras, pronto habrá más cosas. Lo cual no quita para que, a la vez, debamos admitir que la primera lengua no es la natal, sino un amasijo de ecos quebrados, silencios amortiguados y murmullos que tienen una gramática informal, apenas estructurada. Los niños hablan sin parar y solo después se les convence ("La letra con sangre entra") de que existe la autoridad de una gramática. Después de Nietzsche, si Wittgenstein tiene algo de razón y es cierto que, antes de toda estructura, va el juego del lenguaje, también tenemos que admitir que antes de toda articulación va un devenir "desarticulado" de significados, difícilmente traducible a ningún idioma.
Por tal razón, en este V Capítulo mi libro insiste en que la labor de traducción, con su dosis de traición, ya está en la lengua materna. Casi nunca atinamos a expresar bien lo que antes, o a la vez, hemos vivido en un magma sensitivo que no es fácil de entender y atender. Del mismo modo que buena parte del día sentimos, sin llegar a articular esas vivencias en pensamiento claro, también pensamos sin llegar a articular eso en frases. El diario es una forma de hacerlo, escribir es una forma de hacerlo, así como la conversación y las cartas, pero tal vez esta corriente expresiva está hoy en desuso, a manos de una expresión obscena que no tiene detrás más que otras expresiones servidas, también bastante obscenas.
Si Pasolini logra hacerle decir "Buenas noches" a un actor con sesenta (!) significados distintos es porque el lenguaje puramente verbal está envuelto por uno gestual y corporal sin el cual las palabras (como ocurre en esas ridículas traducciones de Google) apenas son nada. Tal vez no hablamos con la boca, sino con todo el cuerpo. A pesar de cierto Aristóteles leído con prisa, la articulación, en los momentos culminantes del lenguaje, apenas se separa del grito, de la "desarticulación" de una vivencia impetuosa que no siempre tiene tiempo de buscar la articulación de su intensidad. Necesitamos aguantar en el desorden de las vivencias para que haya lenguaje, expresión y ética. En este punto, las prisas histéricas de nuestra libertad de expresión, cara externa de nuestra nula capacidad de acción, recortan a la vez la experiencia y el lenguaje, que se han empobrecido preocupantemente.
Hay quizás un "más acá" y un "más allá" de las palabras, razón por la cual la frase más acabada del mundo (Speak daggers and use none, escribe Shakespeare) tiene detrás mil momentos de vivencia insignificante y, delante, otros mil equívocos de interpretación y significado. El lenguaje es un Babel en sí mismo, sin garantizarnos nada. Hablando se entiende la gente, pero también se mata la gente. Incluso acompañado de actos ("Nos definen nuestra acciones, no nuestras palabras", escuchamos en la encantadora Captain fantastic) tampoco el lenguaje significa inequívocamente. Vivimos en una ambivalencia que a veces ninguna traducción arregla.
Eternidad instantánea es una expresión que me gusta. "Parece una broma, pero somos inmortales". Si Cortázar tiene aquí algo de razón es porque el instante es el eje incalculable donde se precipita el tiempo. Y ese relámpago, que genera el acontecimiento del encuentro, es difícilmente traducible a ningún idioma. De ahí la gloria y la impotencia de la poesía o de la música. No existe, estoy de acuerdo, ninguna materia muda, pues cada fragmento de vivencia está cargado de un sinfín de palabras por descubrir. Por eso a veces nos cuesta tanto expresarnos: la eternidad del instante pesa demasiado. Pero no solo las palabras; afortunadamente, también el silencio se comparte: en la calma del atardecer, cuando "pasa un ángel"... Creo que las naciones y culturas se malentienden dramáticamente debido a que, por así decirlo, atienden demasiado a sus respectivas gramáticas y demasiado poco al fondo de silencio que está detrás de las lenguas. La gramática nos separa, la expresión nos acerca. En este aspecto, aún atendiendo a las tesis del "relativismo lingüístico", me siento más cerca de una especie de absolutismo sensitivo. Desde ahí se puede decir que, en contra de la mitología turística, todas las lenguas son en el fondo la misma. En el citado Capítulo V aporto algún dato al respecto. La expresión es algo más vasto que el idioma. Entre mi primo y yo, que hablamos la misma lengua, puede haber más abismos que los que mantengo con un británico afincado en Madrid, aunque malamente se desenvuelva en español.
Comparto la idea, sin embargo, de que asistimos a una especie de logofobia, aunque el idiota racismo actual hable tres lenguas. No solo la voz retrocede a manos de los mensajes sintéticos, sino que las lenguas se recortan por la economía acelerada de la expresión. ¿Por qué corremos tanto, también al expresarnos? Para poder no decir nada, no comprometernos con nada: en suma, no tener destino. Es sintomático de este tiempo la nulidad mental que puede ser experta en varios idiomas. Como se decía al final de la inolvidable La grande bellezza, un "bla, bla, bla" interminable es clave para no sentir la vergüenza de vivir en este mundo.
De acuerdo finalmente en que las palabras son hechos. Pero las palabras apenas cuentan, pues se las lleva el viento de las noticias, alimentando la alarma social. Creo en el poder de la palabra, pero es indudable que hoy está en entredicho. Habría que volver a hablar, y aprender a expresarnos, si quisiéramos salir de la guerra civil que es nuestra vida en sociedad. Pero no está claro que queramos eso. El enfrentamiento es muy cómodo, pues nos libra de ser infiltrados por un exterior que espera, preñado de palabras no dichas.

Francisco Carreño: Una última pregunta. Tu pensamiento parece convivir bien con lo desconocido. Reconozco en él una filosofía que ama nombrar lo inalcanzable, lo que está más allá de la razón. Descubro en tu discurso una lógica del devenir que se corresponde con un estilo sinuoso, cíclico, de palabras que giran sobre sí mismas, arrastradas por una fuerza que parece dejarse llevar por una permanente necesidad de sorpresa. En esa corriente a veces tengo la impresión de que se producen algunos espejismos, cierta confusión en los reflejos, quizá provocados por el empujón de lo inconsciente, por una visión instintivamente apresurada. No reconozco al Hegel que afirma que "el contenido de la filosofía no es lo irreal o abstracto, sino lo real", aquel que no duda en decir que "la inteligibilidad es el devenir" y que reconoce en la naturaleza "un ser inmediatamente lógico". ¿Crees que para alcanzar un pensamiento propio es en cierto modo necesario interiorizar a los otros y oponernos a nuestros propios hermanos (prefiero no llamarlos padres) con el fin de revelarnos en una diferencia relativa? ¿No hay cierta contradicción entre ese estilo que parece más bien fruto de la espontaneidad de un sujeto de personalidad desatada y esa otredad un tanto paralizada a veces? ¿Asumes conscientemente esa galería de fantasmas que hablan a través de ti, para darte y quitarte la razón? ¿Es la filosofía un caso de posesión? ¿Debemos liberarnos de los espectros o entregarnos completamente a ellos? En caso de ser un fantasma y pasar a la posesión activa, ¿preferirías hacerlo como crónica o como oráculo?

Ignacio Castro: Tal vez convivir con la naturalidad de lo desconocido no es una característica de mi pensamiento, sino de toda filosofía. Más aún, quizás sea una obligación de cualquier vida humana, pues nos rodea por dentro una lejanía inagotable. No hace falta leer a Machado o Lorca para saber del enigma. En cuanto a la necesidad de la sorpresa, tienes razón. Estoy en contra del arresto domiciliario de la humanidad y creo en una épica necesaria para sobrevivir a la violencia cotidiana. Soy de la idea de que la verdad de las cosas y las personas se manifiesta en las dificultades, cuando se rompe la hipocresía de las normas. Pienso incluso que hay que aprender a morir, en mil accidente mundanos, para saber empuñar y hacer propia una muerte final. También los que no somos nadie somos inmortales, qué le vamos a hacer.
Sinuoso y cíclico, dices. Sí, soy admirador del barroco y desconfío del puritanismo norteño. Pienso que lo recto es engañoso, siempre esconde un laberinto. La frase más breve ("Cambiando descansa") puede dar lugar a cien interpretaciones que se bifurcan. En este aspecto, no me angustia ser víctima de algún espejismo. La sed del desierto que pisamos, este silencio que resume la cifra total de nuestras posibilidades, puede generar espejismos, a veces difíciles de distinguir de los oasis reales. Por miedo al peligro de una ilusión óptica no debemos dejar de desear y de buscar. Porque además, el pragmatismo es otro espejismo; la positividad histérica también, así como el realismo social y sus mil ofertas de cobertura.
Tu expresión "instintivamente apresurada" me gusta. Para acercarse hoy a la inmediatez, a esa lentitud que se demora fuera de campo, hace falta mucha energía y una multiplicación de tentativas y caminos. Es cierto que, después de muchos rencores, admiro a Hegel. Pero no debo fidelidad a ninguna escuela de sus supuestos seguidores, sean Adorno o Žižek, sino a la experiencia de lo absoluto impersonal que su pensamiento encarna. No tan lejano de Leibniz o Schelling, también Hegel sabía que lo real, tocado por la irrealidad de la muerte, es lo más abstracto: "La vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu solo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento". De Borges a Handke, toda la literatura que amamos vive de esta certeza, así como la ficción de segunda mano que hoy consumimos. Con frecuencia nuestros conceptos no son suficientemente abstractos para rozar siquiera la complejidad real. En este punto, no sé si hace falta insistir, me siento más cerca de Sokurov o Sorrentino que de Black Mirror.
Inmediatamente lógico es una expresión misteriosa. Si el logos real carece de mediaciones, es lo que Heráclito llamaba physis, una naturaleza que "ama ocultarse". Esto nos recuerda que la espontaneidad (la figura nietzscheana del niño) es algo muy difícil de lograr, pues se encuentra al final de un ciclo de esfuerzo que casi nunca nos atrevemos recorrer completo. Tendrá sus defectos, sin los cuales además no es nada, pero mi libro es producto de ocho años de trabajo paciente y de cien repasos minuciosos. La espontaneidad de lo percibido que ahí se intenta captar, su fuerza impersonal, es lo más alejado y difícil del mundo. Requiere un trabajo ingente y solitario. Desde luego, lejos de la caricatura que Hegel hacía de Schelling, yo no he realizado mi trabajo a la vista del público, sino en una clandestinidad a veces muy negra. Tengo que decir, sin embargo, decir que Ética del desorden no se opone a nadie, ni siquiera a los personajes con los que tomo distancias, sean Hume o Marx. Creo mantener una buena relación con casi todos los fantasmas, en los que con frecuencia reconozco una paternidad. Ellos nos permiten arrancarle al presente sus capas sumergidas. Como decía un clásico del pasado siglo: "Yo pienso en cada uno de mis muertos como si todavía estuviese vivo, y en los que viven como si la muerte ya los separase de mí".
En cuanto a las obsesiones, aquello que vale la pena crear y atender es siempre un caso de posesión, de pasión obsesiva. Como decía Pasolini: un poco de fiebre, por favor. Nada que carezca de cierto tipo de intensidad religiosa me interesa, sea en literatura, en filosofía o en cine. De ahí que, como norma, aborrezca las series televisivas. Pienso que para ser policialmente correctos ya está la información, con su ridícula pretensión de objetividad estadística. Lejos de ese nuevo sacerdocio, cualquier realismo que pretenda acercarse a lo imposible que vive en nosotros debe rozar un delirio especulativo.
No existe ninguna fórmula para aproximarnos hoy a lo real, en todas partes bloqueado por el consenso de una cultura terciaria. No creo que se trate ni de liberarnos de lo que nos asusta ni de entregarnos a ello. El espectro real exige la violencia inclusiva de la forma, una crueldad que se demora y nos permita ser amables. Es un arte de la cercanía y la distancia, la magia de un término medio que va y viene. Como decía Cage, hace falta ser muy pueril para percibir, para acercarnos hoy a la fuente del sentido. Debemos pensar con lo más atrasado de nosotros mismos. En palabras del Tao (XVIII): "El que posee la virtud, se asemeja a un recién nacido. Las cosas cuando se hacen fuertes envejecen, se apartan del dao".
Fíjate que la tarea no es tanto adivinar el futuro, sino los movimientos secretos del presente, esa tensión subterránea donde se está preparando lo que todavía no tiene nombre. En este aspecto, toda buena crónica de lo que despunta, en un acontecer emergente que aún carece de testigos, es un oráculo de lo que está llegando, casi siempre con pasos callados. Pensar debe abrir una línea de brujería, decía Deleuze. Me temo que esta posibilidad está lejos del impresionismo tecnológico que nos envuelve, que es adolescente en el peor sentido de la palabra.

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