jueves, marzo 26, 2015

Ars dedicandi: Ricardo Carballo Calero

Ars dedicandi: Ricardo Carballo Calero | Criticalia



Ars dedicandi: Ricardo Carballo Calero

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Hai exactamente un cuarto de século que nos deixou don Ricardo. Así, dicindo tan só o nome co tratamento de cortesía, sabemos todos a quen nos referimos.
Porque a don Ricardo é moito o que se lle debe. E aproveito hoxe para volver dicir, con todas as letras, algo que teño comentado mil e unha veces: só polo seu labor como estudoso e historiador da nosa literatura merecería unha grande homenaxe nacional.
A súa Historia da literatura galega contemporánea (1963) foi un fito, senlleiro, no devir das nosas letras. Tras del foron moitos os que se aplicaron á análise diacrónica da escrita de aquí, pero fixérono con métodos e enfoques diferentes, sen dúbida ben celmosos para diversas cuestións, pero deficitarios nunha básica: a historiografía literaria dos nosos días ten de avanzar na interpretación intratextual e a iluminación contextual, xaora, pero séguenos faltando unha nova historia da literatura que, tentando incorporar eses valores, non renuncie á codificación positivista de todo o producido, sobre todo nas últimas décadas. Son consciente de que, así formulado, apunto a un proxecto case enciclopédico, pero aí está o reto.
Mais don Ricardo foi tamén narrador, poeta e dramaturgo, con fortuna desigual, seguramente, pero con idéntica paixón e dedicación á causa. Cómpre recoñecerllo.
A dedicatoria que reproduzo evidencia a súa capacidade para a detección dos novos talentos literarios ata o último alento. Tamén a amizade que o uniu a Claudio Rodríguez Fer, quen tanto se ten ocupado da súa obra, que chegou a editar.
Neste día no que o recordamos, sexa este pequeno lembradoiro unha homenaxe máis no mar delas que todos debemos promover.
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lunes, marzo 23, 2015

Nicanor Parra - Advertencia al Lector (en la voz del poeta)





Cuelga del centro del salón principal de la biblioteca Nicanor Parra en la Universidad Diego Portales un crucifijo gigante. Esto en una universidad abiertamente laica puede resultar un contrasentido hasta que se mira con más atención al centro de la cruz. Ahí se puede leer un cartel que reza en letra manuscrita: "Voy y vuelvo". Un mensaje intachable desde el punto de vista de la teología, aunque use para explicarla el típico cartel que los almaceneros cuelgan a las puertas de su negocio cuando se ausentan.



La cruz es también una declaración de principios para un poeta que cumple cien años en pleno uso de todas sus facultades, incluida la de molestar a cualquier poder establecido o por establecerse. Porque detrás de la cruz cuelgan de distintas sogas todos los presidentes de Chile. Esta obra, El pago de Chile, situada hoy en la universidad, le costó en su día el puesto a la encargada del Museo de la Moneda, donde se montó por primera vez a mediados de 2006.





'El pago de Chile', obra de Nicanor parra expuesta en la muestra de la Universidad Diego Portales.

Después de buscar en la matemática, la poesía, el humor y el tao te king alguna respuesta al problema de la muerte, Nicanor Parra (San Fabián de Alico, 1914) parece haber decidido a los 99 años que la muerte no existe. Es difícil no darle la razón, al ver colgando por la Alameda cuatro gigantescas fotos de su rostro en distintas etapas de su vida. Parra se ve más joven que hace sesenta años, cuando bajó los dioses de la poesía chilena del Olimpo, publicando Poemas y antipoemas.



Parra envejece al revés. Es quizás la razón por la que todos en estos días en Chile compiten por homenajearlo. Revistas, diarios, el Gobierno y el Centro Cultural Gabriela Mistral. También la ya mencionada Universidad Diego Portales, que además pública Temporal, un libro inédito que hasta el propio Parra había olvidado. Se trata de una crónica del desborde del río Mapocho en el invierno de 1987, y a la vez de una denuncia de la dictadura. Es ante todo un intento de volver a pensar la poesía política lejos de la propaganda o de la denuncia, logrando que en ella confluyan las voces de víctimas, transeúntes, periodistas, autoridades. Una compleja polifonía que el humor nos hace sentir como natural y simple, tan fluido y tan peligroso como el río que protagoniza el poema.



Se ve más joven que hace sesenta años, cuando bajó los dioses de la poesía chilena del Olimpo con 'Poemas y antipoemas'

A los 99, Nicanor Parra Sandoval maneja aún su propio Volkswagen escarabajo. Detesta como la más literal de las pestes la nostalgia o la melancolía. Pendiente del último chisme, invento, visitarlo es un ejercicio intelectual de alto riesgo que puede dejar agotado al más joven. Obsesionado por meses con las cuecas con piano, la columna de opinión como forma de poesía, o el lenguaje de los estacionadores de auto, el profesor de física Parra convierte a su interlocutor en otro experimento de ese laboratorio espartano en que convirtió su casa de Las Cruces, justo entre la tumba de Vicente Huidobro en Cartagena y la casa de Pablo Neruda en la Isla Negra.



Nicanor Parra se niega a ser lo que fatalmente es también: una institución. La historia de Chile, la que nos gustaría poder contarnos a nosotros mismos: el hermano mayor que obligó a Violeta Parra, su hermana, a cargar una grabadora gigante para recopilar las canciones del campo. El profesor que recortó diarios para exponerlos en la calle junto con Alejandro Jodorowsky y Enrique Lihn. El antipoeta que protagonizó su propia guerra fría, o su propia paz armada, con Pablo Neruda. El ciudadano que pasó por Cuba y Rusia presintiendo el derrumbe del socialismo real, tomó té con la esposa de Nixon, tuvo sus dudas para la Unidad Popular, arrancó de la policía política de la dictadura que quemó la carpa donde leían sus poemas en el maletero de un auto. El profeta que resucitó al Cristo de Elqui para decirle a la dictadura lo que pocos se atrevían a susurrar, tradujo al chileno de a pie El rey Lear, de Shakespeare, mientras su hermano Roberto renovaba el teatro chileno con sus décimas de la Negra Ester.



No es un azar que al volver a Chile otro Roberto, Roberto Bolaño, haya buscado a Nicanor Parra, como si ese nombre fuese sinónimo de Chile. Una versión de Chile a la que podía pertenecer. Un país que ha empezado, después de todas las revoluciones y contrarrevoluciones que sufrió, a convertirse en un lugar que podemos encontrarnos en la contradicción que Parra lleva años intentando no resolver sino aceptar.





Parra, que detesta las conclusiones, se adhiere quizás sólo a esta, que la contradicción no es una debilidad sino una fuerza. Los escolares que miran la cruz gigante con el "voy y vuelvo" al centro, o los presidentes colgados de sus sogas, o el insecto de Edison (una ampolla sin su cubierta de vidrio), o la propia voz de Parra recitando La mujer imaginaria, aprenden que ser excéntrico cuando se nace lejos de cualquier centro es una forma de realismo, o que la verdadera seriedad es cómica, o que la derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas, o que la poesía está en cualquier parte menos en los versos de los poetas.



Jubilado de todas las universidades donde dio clases alguna vez, el profesor Parra sigue enseñando a través de su negativa a tomar la muerte en serio, que no hay mejor método para ser inmortal que evitar cualquier cosa que huele a inmortalidad.

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/08/27/babelia/1409150196_684065.html

domingo, marzo 22, 2015

Entrevista con Manuel Arroyo autor de "Pisando ceniza": “Todo lo que he vivido es una ficción”

Entrevista con Manuel Arroyo autor de "Pisando ceniza": “Todo lo que he vivido es una ficción” | Cultura | EL PAÍS



Manuel Arroyo, fundador de la editorial Turner y autor de 'Pisando ceniza', 

a principios de marzo de 2015, en Madrid. /CARLOS ROSILLO



Al teléfono recuerda el primer artículo que le dedicaron: fue una "pseudo entrevista" con motivo de suLibelo contra los franceses, publicado como anónimo en los años setenta. Entonces se trataba de demostrar que el autor no era francés, y en la foto que acompañó el texto de Carmen Rico Godoy, el rostro de Manolo Arroyo aparecía cubierto con un antifaz.

Pregunta. ¿Cómo empezó este libro?
Mantener un cierto misterio y citar de lejos, son dos cosas que gustan particularmente al autor de Pisando ceniza (Turner, 2015). También el sentido del humor que en su libro define como "una mezcla de sabiduría y carácter, de entender y vivir la vida con resignación y entereza, de no tomarse en serio a sí mismo, ni mucho menos a los demás". Así que encaja perfectamente dentro su particular estilo que el librero y fundador de la editorial Turner esta vez marque como premisa innegociable, no exenta de coquetería, que la nueva entrevista no debe tratar nada personal. Señala como alternativa hablar sobre sus sugerencias "para mejorar la marca España" (que el expresidente Aznar reciba el título de Marqués de Peregil, que Ronaldo juegue en tanga en el Bernabéu o que el zoológico madrileño sea donado al monarca que abdicó hace menos de un año, para evitar futuras cacerías en África). Finalmente en el cara a cara, Arroyo accede a que le tomen un retrato, previo paso por la peluquería, para recortar su mata de pelo blanco, por la que su buen amigo, el editor y también escritor José Bergamín le apodaba Ludovico, por Beethoven.
Respuesta. En agosto de 1984, encerrado en Madrid , un verano. He pasado 30 años escribiendo. Nunca he tomado notas ni he hecho "investigación", he hecho de todos menos eso. 'Región luciente' es el primero de estos textos que escribí. Carmen Martín Gaite lo leyó, hizo observaciones muy inteligentes y me animó a seguir.
P. Ese texto, 'Región luciente', trata sobre Bergamín pero omite su nombre.
R. No lo pongo porque no es él, hay cosas que hizo y que no hizo. La memoria es una continua invención, reinventas cuando recuerdas. La escritura tiene ciertas normas que te llevan por sus caminos, frasecita a frasecita. Es la escritura la que manda. Así que es lo mismo, solo que no es lo mismo. Ojalá fuera yo una persona sencilla como las demás.
P. ¿Ni realidad, ni ficción?
R. Cada uno se inventa a partir de ciertas cosas, si no eres un fabulista como Borges, que también era poeta y a mí personalmente me gusta más en esta faceta. Pisando ceniza es un homenaje a unos cuantos amigos que he querido. He tratado de celebrar a gente que me parecía admirable, y les he usado para contar una historia. También quería expresar el asco que me da España, la rabia y la tristeza que me produce desde que nací. Soy más español que la tortilla de patatas, también medio inglés, y con eso me sobra. Cuando me han llamado anglófilo, siempre he respondido ¡anglófilo lo será tu madre!




José Bergamín, a la izquierda, junto a Manuel Arroyo tras un burladero en Ronda. / RAFAEL ATIENZA
P. También tiene sangre irlandesa.
R. Si un cuarto, pero lo noto muchísimo. En Dublín me encuentro con primos en todas las esquinas.
P. ¿Hasta qué punto complica la escritura el ser editor?
R. La hace imposible casi. Me he pasado la vida leyendo, editando, vendiendo, hasta comiendo sopas de letras. Compré mi primer libro a los nueve años en la calle Río Rosas. Y para ser buen lector es malo ser buen editor, porque esto implica un tipo de lectura profesional y perversa. Ser editor impide ser escritor por el mismo motivo pero en mayor medida. Siempre he pensado que lo mejor de ser editor era no conocer al autor.
P. La muerte es el hilo de los seis relatos reunidos.
R. Solo escribo de la muerte, es lo único que me importa. Muchos años después de escribir la frase pisando ceniza, comprendí que ese debía ser el título, es lo que da unidad y coherencia.
El verano pasado Arroyo pensó que había perdido sus textos debido a un problema informático. Aquello le impulsó a publicar, y encontró en la editora Pilar Álvarez, la lectora que buscaba. El autor se revuelve contra la etiqueta de libro de memorias, algo que le resulta ajeno: "Todo lo que he vivido es una ficción. ¿Qué es uno sino memoria?" Sobre su tapiz de recuerdos decidió escribir, creó personajes inventados y alteró las historias.


En sus muchas vidas -apasionado bibliófilo, editor de 1500 títulos ("mil propios y 500 por cuenta ajena"), y apoderado del matadorRafael de Paula, entre otras muchas ocupaciones, tiene material más que de sobra para armar ficciones. "Wittgenstein decía que la tarea del filósofo es juntar recuerdos con un fin determinado, y eso que él se creía poeta", matiza con media sonrisa. "La del escritor sería recopilar, mezclar, hay docenas de verbos". ¿Con qué fin determinado escribe él? "Hacer llorar a quien lo lea".Los seis textos reunidos transcurren en la semiclandestina trastienda de un librero de viejo, en una oscura taberna, en el cementerio de un pueblo burgalés, en el San Sebastián lluvioso de los ochenta. Arroyo abre el foco para retratar un paisaje de España: "Hacía casi un año que Carrero Blanco había volado por los aires en una calle del centro de Madrid, pocos meses después habían ejecutado a Puig Antich con garrote vil en la cárcel modelo de Barcelona (…) En aquellos tiempos sombríos de pronto un hombre solo frente a un toro había provocado una borrachera de alegría en ocho o diez mil espectadores en una pequeña plaza de toros a las afueras de Madrid", escribe en 'Melancolía de un torero', la historia detrás del libro La música callada del toreo de Bergamín, que Arroyo editó.
 Al filósofo alemán Arroyo le dedicó 'Una tauromaquia a lo Wittgenstein' un texto que compiló en Imagen de la muerte y otros textos, libro que él mismo encuadernó a mano. Acostumbraba a usar el papel sobrante de las guardas de sus libros para publicar sus propias historias y fragmentos, en tiradas cortas de apenas 15 o 20 ejemplares y como anónimos. Al fin y al cabo, pasó muchos años buscando y reeditando tesoros bibliográficos olvidados y perdidos, y en ese rastro de guardas sobrantes parece que continuó, a su manera, la tradición. "Odio que nadie dé nada por supuesto o espere nada de mí".

domingo, marzo 15, 2015

APOLOGÍA DEL BOXEO | Rafael Narbona

APOLOGÍA DEL BOXEO | Rafael Narbona

ALI 3





Muhammad Ali
En The wire, la excelente serie David Simon y Ed Burns, un ex convicto que había trabajado como matón de una poderosa banda de traficantes de drogas, decide cambiar de vida al salir de la cárcel. Interpretado por Chad L. Coleman, Dennis “Cutty” Wise abre un modesto gimnasio de boxeo para atraer a los jóvenes que bordean la delincuencia y experimentan la tentación de integrarse en una banda para ganar dinero rápido y fácil. Al principio, los chavales no le toman en serio y creen que subir a un ring consiste en atizar hostias hasta machacar al adversario. Pronto descubren que el boxeo exige técnica, disciplina, autocontrol, coraje, resistencia y respeto hacia el contrincante. Los chicos incapaces de asimilar esa lección vuelven a las calles, a veces convirtiéndose en yonquis o en soldados de los narcotraficantes. Los que se quedan, mejoran su autoestima y se mantienen dentro de la ley, incorporando a sus vidas la lección básica del boxeo: no hay que odiar al rival y la victoria es tan importante como saber encajar los golpes. El pintor Eduardo Arroyo afirma que “el boxeador acepta el castigo, sabe cómo hacerlo. Y nadie acepta un castigo desde que dejamos la infancia. El boxeador que pierde, abraza al rival. Nunca he visto un mundo tan desprovisto de violencia como el boxeo”. Para Eduardo Arroyo el boxeo es “épica, poesía”, un “deporte antiguo”, “un cuadro iluminado donde ocurre todo”.

Julio Cortázar, apasionado del boxeo desde su juventud, acudía al Luna Park, el famoso estadio cubierto de Buenos Aires, con un libro bajo el brazo, pues entendía que la pelea entre los púgiles era “un fenómeno estético”. Nunca advirtió crueldad y violencia, sino “honestidad y nobleza”. “Son dos destinos que juegan el uno contra el otro”. Arroyo y Cortázar coinciden en su admiración por Sugar Ray Robinson: elegante, ágil, rápido, versátil, hábil con las dos manos y capaz de propinar cualquier clase de golpe con una técnica impecable. Muhammad Ali, que se autodenominaba “The Greatest” (El más grande), afirmaba que Robinson era el mejor boxeador de todos los tiempos y reconocía que sus combates le habían enseñado a moverse en el ring. Ali trascendió el mundo del boxeo. Al margen de su brillante carrera deportiva, su negativa a luchar en la guerra de Vietnam (“ningún Viet Cong me ha llamado nigger”) y su reivindicación del orgullo afroamericano le transformaron en un símbolo de la lucha contra la segregación racial. Al convertirse al Islam y adentrarse en el sufismo, cambió de nombre y declaró: “Ya no soy más Cassius Clay, aquel negro de Kentucky. Pertenezco al mundo, al mundo de la raza negra. Siempre tendré un hogar en Pakistán, Argelia o Etiopía. Eso tiene más valor que el dinero”.

TeofiloStevenson


Teófilo Stevenson
El boxeador cubano Teófilo Stevenson, triple campeón olímpico, despierta las mismas simpatías que Ali. De hecho, su parecido físico es asombroso. Ambos eran altos, bailaban sobre la lona y poseían una pegada demoledora. Los dos eran carismáticos y no tenían miedo a manifestar sus ideas. Por diferentes motivos, nunca llegaron a combatir. La Revolución cubana no prohibió el boxeo, pero sí la profesionalización de los deportes, lo cual mantuvo a Stevenson en la condición de amateur. Aunque le ofrecieron grandes cantidades de dinero para abandonar la isla y convertirse en profesional, Stevenson rehusó: “Prefiero el cariño de ocho millones de cubanos. Y no cambiaría mi pedazo de Cuba por todo el dinero que me puedan ofrecer”. El compromiso de Teófilo Stevenson con la Revolución cubana suscitó que la revista norteamericana Sports Illustrated le dedicará su portada y escogiera como título: “Antes Rojo Que Rico”, pronosticando que más tarde o más temprano abandonaría la isla. Sin embargo, no lo hizo, tal vez porque la ética del boxeo le enseñó a no tirar la toalla y a luchar hasta el final. “En realidad yo nunca perdí –afirmó Teófilo, comentando los combates que se resolvieron a favor de su contrincante-, porque de las derrotas se sacan experiencias, y cuando se sacan experiencias, se gana”.

Ali tampoco se rindió cuando el Parkinson comenzó a ensañarse con él: “Lo importante de mi vida es lograr la paz. Dios me dio esta enfermedad para demostrarme que soy un hombre frágil como cualquiera”. Roberto Bolaño escribió: “Hay momentos para recitar poesías y momentos para boxear”. Los que se han subido a un cuadrilátero y han bailado entre sus dieciséis cuerdas, saben que el boxeo está a medio camino entre lo lírico y lo épico. Es un deporte maldito, que discurre por los márgenes de la sociedad, pero algunos aún apreciamos en él esa voluntad de grandeza y superación que inspiró a los héroes clásicos, acostumbrados a medirse con el dolor, el miedo y la fatalidad.
RAFAEL NARBONA

sábado, febrero 21, 2015

Oliver Sacks: De mi propia vida

Oliver Sacks: De mi propia vida | Opinión | EL PAÍS

De mi propia vida

En el tiempo que me queda, tendré que arreglar mis cuentas con el mundo

OLIVER SACKS 21 FEB 2015


Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.
Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.
“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.
He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.
Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.
En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.
Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.
Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.
Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.
No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.
Oliver Sacks, catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, es autor de numerosos libros, entre ellosDespertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.
© Oliver Sacks, 2015.
Este artículo se publicó originalmente en The New York Times.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

lunes, febrero 16, 2015

Entrevista Julio Llamazares: Julio Llamazares: “La memoria histórica de un país es su literatura” | Babelia | EL PAÍS

Entrevista Julio Llamazares: Julio Llamazares: “La memoria histórica de un país es su literatura” | Babelia | EL PAÍS

Julio Llamazares: “La memoria histórica de un país es su literatura”

El autor relata en 'Distintas maneras de mirar el agua' el destierro olvidado de los vecinos de pueblos sumergidos en pantanos. “Son los judíos españoles del siglo XX”




Julio Llamazares, en su casa de Madrid después de la entrevista. / ALEJANDRO RUESGA



"Todavía existe”. La vida de Julio Llamazares está tan unida a lugares desaparecidos que cuando habla del pueblo en el que pasó casi toda su infancia —Olleros de Sabero— aclara sin darse cuenta de que todavía existe. Los que no existen, o no del todo, son Vegamián —el lugar en el que nació en 1955, hoy anegado por un pantano— y Ainielle, la aldea deshabitada del Pirineo aragonés en la que situó la acción de La lluviaamarilla,su segunda novela, que lo consagró en 1988.
Tras décadas siendo algo así como “el escritor del pueblo sumergido”, Llamazares publica Distintas formas de mirar el agua, el relato coral de una familia que vuelve al embalse del Porma —el que anegó Vegamián— para dispersar en sus aguas las cenizas del patriarca. En su casa de Madrid, el escritor cuenta que siempre ha escrito el mismo libro, que todo lo que ha hecho son variaciones sobre el primer verso del primer poema de su primer libro. Lo dice metafóricamente, pero, por si acaso, el libro es La lentitud de los bueyes. De 1979. El verso es este: “Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora”. Son las cinco, llueve. No es literatura.
PREGUNTA. Por fin su novela sobre los pueblos sumergidos. Casi a los 60 años. ¿Le ha costado?
RESPUESTA. La verdad es que he tenido la sensación de escribirla como al dictado. Tardo mucho entre novela y novela. Esta es la sexta en esos 60 años. Hubo dos detonantes: haciendo un reportaje sobre el pantano de Riaño fui a un pueblo de colonización de Palencia y me impresionó que la gente me dijera que cuando pasaron de la montaña a la llanura tuvieron que aprender a mirar porque se perdían sin puntos de referencia. Además, los habían alojado en una laguna desecada y cuando llovía volvía a aflorar el agua, así que tenían que dormir con la mano colgando de la cama por si acaso. Esas imágenes removieron en mí todo lo acumulado.

P. ¿Y el otro detonante?
R. Una conferencia que me invitaron a dar en un congreso sobre el agua. Me pidieron que hablara sobre mi relación con Juan Benet como ingeniero del pantano que cubrió Vegamián. Las dos cosas hicieron que brotara de golpe esta novela. Es como cuando llevas mucho tiempo escribiendo y un día le das a la impresora y sale todo seguido.
P. El libro lleva una cita de Benet, que le dijo que usted era escritor gracias a él.
R. Lo hacía por provocar, en su estilo, y yo lo tomé como un insulto.No tuve mucha relación con Benet, pero creo que era un gran tímido que combatía su timidez atacando. Hizo por conocerme. Para mí era un escritor muy importante y nuestra relación fue extraña: por un lado, mantenía su pose de ingeniero escritor arrogante; por otra, siempre me preguntaba por la gente de allí.
P. ¿Y tenía razón?
R. Polemizamos sobre el cierre de Riaño, en 1987, y usó esa frase. Con el tiempo he pensado que tenía razón. Esta novela trata de responder a la pregunta que siempre me hacen sobre cómo me ha influido nacer en un pueblo sumergido. Supongo que como a otro nacer en Madrid o en África, pero imagino que ese sentimiento de pérdida, destrucción y desarraigo que recorre mis libros viene de ahí. Vegamián es un símbolo, no un lugar. Es esa sombra que se adivina bajo el agua cuando pasas por allí en verano. Esa es mi patria, una sombra bajo el agua.
P. ¿Se acuerda de Vegamián?
R. Muy poco. Nací allí por azar. Mi padre era el maestro de la escuela y me fui con dos años. Cuando empezaron las obras nos mudamos a un pueblo minero cercano.
P. ¿Olleros?
R. Olleros de Sabero, que todavía existe, aunque muy decaído por el cierre de la minería. Me dicen: “Escribes de cosas muy tristes”, pero miro para atrás y todos los lugares por los que he pasado o están bajo el agua o son arqueología industrial o no queda nadie. No es que sea mejor ni peor, es lo que yo he vivido. De ahí me viene la sensación de ser un extranjero que vive en España.
P. ¿Cuándo tomó conciencia de que su pueblo estaba bajo el agua?
R. En 1983. Vivía ya en Madrid y un director de cine, José María Martín Sarmiento, quiso hacer una película —El filandón— con cuentos de autores leoneses. Yo escribí un guion para rodarlo en un pueblo cercano al pantano y al llegar para rodar lo primero que veo son las ruinas de Vegamián emergidas del agua. Estaban vaciando el embalse para revisar la presa. Fui a la casa en la que nací: estaba llena de truchas muertas atrapadas en el lodo. Escribí tres poemas pero fui incapaz de seguir. Me di cuenta de que la palabra es muy limitada, y yo, más.

R. Por lo que yo he oído contar, fue así. Salvo el dueño de la venta de Remellán, en la que Benet escribía por las noches, nadie me ha hablado bien de él. Pero este libro no es un ajuste de cuentas: yo tuve una relación cordial con Benet y como escritor lo admiro mucho. Era la época.P. Los personajes de su novela se quejan de que el ingeniero los menospreció. ¿Fue así?
P. ¿La época?
R. Entonces los ingenieros eran dioses, pero también los médicos y hasta los maestros de escuela. Los ingenieros eran dioses que podían cambiar la naturaleza y tu vida. Estabas en tu casa y te caía encima el aparato del Estado. Vegamián fue en la época de Franco, pero Riaño en la de Felipe González y no sé si recuerdas imágenes de la Guardia Civil entrando en el pueblo como los israelíes en Gaza. Y era el PSOE, que antes había criticado los pantanos. Pero esto es una novela. Mi postura ante los pantanos no es de cerrazón. Las cosas hay que hacerlas porque hace falta el agua pero sin tratar a la gente como animales.
P. Pese al drama, sus personajes reconocen que la vida les fue mejor.
R. Los dos temas de la novela son el punto de vista —para unos el paisaje es precioso; para otros, tenebroso— y el desarraigo. Los damnificados por los pantanos son los judíos españoles del siglo XX, el suyo es un destierro desconocido para la mayoría de la gente. Muchos saben que hay pantanos, pero no que hay pueblos debajo del agua.
P. ¿Mereció la pena? Los pantanos no siempre han servido para el regadío.
R. Es que muchos no fueron construidos para lo que le dijeron a la gente. El progreso es necesario pero hay muchas formas de enfocarlo, y en los países tercermundistas se hace a lo bruto. Es muy posible que hoy las comisiones de medio ambiente impidieran la construcción del de Riaño. Mucha gente no sabe que ese pantano fue la contraprestación que Iberdrola exigió al Gobierno de Felipe González a cambio de cerrar la central nuclear de Lemóniz cuando ETA mató al ingeniero Ryan y la cosa se puso muy grave.
P. ¿Por qué?
R. Riaño está en la cabecera del Esla, que es el río más caudaloso de la cuenca del Duero, es decir, el más caudaloso de España de los que no desembocan en el mar. No iban a regar el sur de la provincia de León, Valladolid y Palencia, que algo debe regar, el objetivo era garantizar el caudal para todas las presas que hay a lo largo del Duero, que son las que producen energía eléctrica. Se manipuló a la gente. Los más defraudados por Riaño eran los que más a favor habían estado: los presuntos regantes. Veinte años después no regaban.
P. Usted ha escrito que la actitud del PSOE entonces fue su desengaño político.
R. Es que coincidieron dos cosas en ese tiempo y, por cierto, en las dos estaba Benet, que fue uno de los que más apoyaron el  en el referéndum de la OTAN. Riaño me dio la oportunidad de decir lo que no había dicho cuando sepultaron Vegamián porque era un niño. Eso y la vida, que te va enseñando que es mentira dividir el mundo entre buenos (los míos) y malos (los otros).

Vuelta al pueblo fantasma

Julio Llamazares volvió a Vegamián en 1983. Habían vaciado el pantano y las ruinas del pueblo emergieron. Fruto de aquella visita fueron el guion cinematográfico 'Retrato de bañista', publicado por Del Oeste Ediciones, y tres poemas ahora recogidos en Versos y ortigas (Hiperión), su poesía reunida. En uno de ellos dice: “Como una ciencia antigua de vapor de plomo. Como un lobo de piedra que el río arrastra hacia el abismo. Aguas negras y acero, entre la niebla helada la muerte viene y va”.
P. ¿Pasa lo mismo entre la ciudad y el campo? Su novela habla también de la desaparición del mundo rural.
R. Para mí cualquier tiempo pasado fue peor. No hay que idealizar ni el mundo rural ni el urbano. Aparte de que ahora no hay distinción entre uno y otro. Los medios de comunicación lo han homogeneizado todo. Vas a un instituto a Plasencia y a otro a Madrid y no sabrías dónde estás si te cierran los ojos antes de llegar: visten igual y dicen las mismas cosas. Mi opinión al respecto es la suma de todas las voces de esta novela. Los escritores somos muy vanidosos y solemos poner nuestros rasgos al protagonista, pero es mentira, lo que refleja la verdadera personalidad del autor es la suma de los secundarios.
P. En la edición del 25º aniversario de La lluvia amarilla se sorprendía del éxito de la novela porque pensaba que el tema y el estilo eran anacrónicos. ¿Su estilo es anacrónico?
R. No es que lo crea, es que lo era para el gusto dominante. Luna de lobos salió en el año 1985, en plena movida, cuando hablar de la Guerra Civil era de mal gusto.
P. ¿Es verdad que mandó el original a una dirección equivocada?
R. ¡Y no tenía copia! Es que era un desastre. Tampoco es que ahora sea muy ordenado, pero… Entonces ser joven no era un plus como ahora, era un handicap. Con menos de 40 era difícil publicar novela. Seix Barral me gustaba y, aunque no conocía a nadie, actué con picardía porque entre las pocas cartas que había recibido comentando mis libros de poemas había una de Gimferrer. Miré la dirección en un ejemplar de Confieso que he vivido, las memorias de Neruda, y la mandé a la calle del Tambor del Bruc, todavía me acuerdo. La editorial estaba ya en otra calle y el cartero la llevó allí. Mi padrino literario fue el servicio de Correos.
P. Pese al gusto dominante, tuvo sus lectores. Y tres años después La lluvia amarilla fue un gran éxito.
R. Lo que he descubierto es que hay dos países. Uno es el que aparece en los medios y otro el real. Ese es el que se identificó con La lluviaamarilla, que no es que fuera anacrónica, es que estaba fuera de lugar en la España oficial de entonces. Tú leías los periódicos y las novelas tenían que hablar de ciudades y detectives. Todos éramos muy modernos, queríamos ser un bote de Colón y salir anunciados en la televisión.
P. Y venía usted con sus historias de pueblo.
R. Me cayó el sambenito de escritor rural. Incluso sobre El cielo de Madrid Rafael Conte dijo que era una novela rural aunque pasaba en Madrid. Joder, ya puedes situar una novela en Marte, que no te sacan de la casilla.
P. También dijeron que era el campeón de la literatura ecológica.
R. Yo soy lo más contrario a la visión romántica de la ecología, aunque tampoco estoy en el otro lado. Tenía razón Einstein: es más fácil desintegrar un átomo que una idea preconcebida. Los libros te emocionan o no te emocionan. Como me dijo una vez un lector, es como meter los dedos en un enchufe: hay libros que dan calambre y libros que no. Yo siempre me he sentido fuera de lugar, no lo digo con prepotencia, todo lo contrario. Lo que me ha ayudado es el eco que los libros han tenido en la vida real.
P.La lluvia amarilla fue un fenómeno. La gente bautizaba a sus hijas con el nombre del pueblo, Ainielle, viajaban a visitarlo
R. Toqué una fibra que estaba lejos de saber que tocaba. Es el monólogo de 200 páginas, o las que tenga, de un hombre que se muere. No parece lo más comercial. Algunos la tomaron por algo que no es: la Biblia de la desaparición de un mundo. A veces más que halagarme me sobrecoge saber que hay gente que va andando al lugar, que duerme allí, he recibido cartas de lectores a los que se les apareció el personaje… Si lo llego a saber la hubiera situado en un pueblo más cerca de la carretera para que no tuvieran que subir 12 kilómetros. La gente ve en los libros cosas que uno no ha puesto.
Julio Llamazares. / ALEJANDRO RUESGA
P. Lo que sí ha puesto son padres. Sus novelas están llenas. Incluso esta última: el muerto es el protagonista. ¿Lo había pensado?
R. Lo estoy pensando ahora que me lo dices. Es verdad. Padres callados, duros, bondadosos pero que no quieren parecerlo. Tal vez los libros, en lugar de los críticos, deberían analizarlos los psicoanalistas.
P. ¿Se llevaba bien con su padre?
R. Sí. Dentro de lo que uno se lleva bien con su padre. Yo es que creo que todas las relaciones son complicadas: con los padres, las madres, la pareja, los amigos…
P. ¿Leyó sus libros?
R. Murió en 1996. Sí, leyó varios. La imagen de mi padre, más que en mis libros la he visto reflejada en una de las novelas que más me han impresionado siempre, Muerte de un apicultor, de Lars Gustafsson.
P. ¿Su madre los leyó?
R. Alguna. Cuando acabó La lluvia amarilla me dijo: “Está bien, está bien, pero ¿por qué escribes cosas tan tristes?”. Como diciendo. “Si tampoco has llevado una vida tan…”.
P. ¿Y qué respondía usted?
R. Que no era mi vida sino la del personaje. Es que yo no sé por qué escribo. Para consolarme de la vida, supongo. La literatura es un consuelo. Leerla y escribirla. Lobo Antunes dice que la imaginación no es más que la memoria fermentada, y estoy muy de acuerdo. Escribo sobre mi memoria, la de mi familia y la colectiva. Por eso soy tan raro y por eso soy tan normal.
P. Para algunos de sus personajes la memoria es destructiva; para otros, fundamental. Uno de ellos, Alex, reivindica algo que se parece mucho a la memoria histórica. ¿Comparte su opinión?
R. Saber que España es después de Camboya el país con más muertos en las cunetas debería hacernos pensar. Memoria histórica es una redundancia. La memoria histórica de un país es su literatura, y su arte. Se ha reducido a la Guerra Civil, pero memoria histórica también son los pantanos, la expulsión de los judíos… Estar en contra de la memoria es como estar en contra de pensar o de soñar. Te pueden obligar a todo menos a no recordar, o a recordar. La vida se resume en una lucha entre memoria y olvido, y el trabajo de los escritores es recuperar todo lo que puedas del peso del olvido.

lunes, febrero 09, 2015

Web oficial de Adolfo García Ortega - Otra Galaxia - ‘Las leyes del castillo. Notas sobre el poder’

Web oficial de Adolfo García Ortega - Otra Galaxia - ‘Las leyes del castillo. Notas sobre el poder’

Triviales sombras del poder

Carles Casajuana


Durante mucho tiempo creí que el poder era un submundo oscuro y siniestro, trenzado de conspiraciones y de estrategias y sumido en una embriaguez posesiva que se autoalimentaba de más poder. Durante mucho tiempo creí que el poder era poderoso, malvado e inteligente. Y aunque sigo pensando que en algún sustrato profundo de las cavernas del poder (o de las cloacas) despunta esa inteligencia malévola que extiende sus tentáculos para mantener un estatus de inmovilidad conveniente en el engranaje social, la experiencia demuestra recalcitrantemente que los poderosos, entendidos estos como políticos, están en un nivel mediocre que oscila entre la fragilidad y la estupidez. Qué lejos están de la prudente recomendación de Maquiavelo, cuando aconseja que un líder “se las debe ingeniar para que toda acción suya le proporcione fama de hombre grandioso y de excelente ingenio”.
El poder es una superestructura que creemos inhumana, despersonalizada y omnímoda. Pero lejos de esa fantasía, alimentada por las dictaduras totalitarias y los servicios secretos en horas bajas, el poder es un espacio inaccesible donde se reflejan las debilidades y miserias del ser humano corriente y moliente, hasta el punto de proporcionar, en democracia, más dolor que placer a quienes lo ejercen. Y, en cualquier caso, genera una distancia creciente entre la satisfacción y la realidad, que lleva a los políticos al aislamiento y la exclusión. El mundo del poder es un mundo kafkiano, sombrío, banal, absurdo, vacío, ridículo y, en el mejor de los casos, decepcionantemente normal.
Carles Casajuana ha escrito ahora un libro titulado ‘Las leyes del castillo. Notas sobre el poder’ (Península). Es un ensayo lúcido sobre la práctica del poder político. Casajuana sabe de lo que habla, lo ha conocido desde dentro casi como un notario de la primera línea del poder. Es diplomático, ha sido embajador de España en varios países y ha tenido cometidos de responsabilidad en cuestiones de política internacional. Pero sobre todo es un magnífico escritor en lengua catalana, autor de una obra narrativa ya dilatada en varios novelas, la mayoría de las cuales posee un carácter irónico y parabólico, a veces humorístico, con una elegancia de corte británico. Quizá la culminación de su carrera literaria fue la obtención del premio Ramon Llull en 2009. El ensayo que ha escrito ahora rezuma amenidad, agudeza y un didactismo de guante blanco, sutil y desmitificador. Penetra, mediante su experiencia, en el castillo del poder y desmenuza el día a día de la vida política. No lo ha hecho como un divertimento –aunque es también un divertimento para conocer el patio de atrás del poder–, sino que ha escrito un ensayo profundo con la ligereza de un Montaigne, a quien homenajea, y el relativismo de un Pla, a quien Casajuana siempre lleva en su bolsillo literario.
Por lo general, los líderes políticos se rodean de quienes les terminan por adular o jalear sin oponerse a sus ideas, apartando de sí a cuantos asesores les censuran o advierten. El asesor, con el tiempo, se convierte en una máquina de asentimiento servil y en un maquillador de la realidad. La lección de Casajuana es la de hacernos entrar en el cuarto de máquinas de las decisiones de los poderosos y mostrarnos cómo se comportan los entornos del poder. Y allí, la clave está en quienes interpretan, ejecutan, valoran, programan o improvisan, con grandes dosis de incertidumbre, el oráculo del líder, casi siempre perdido en el abismo de la enormidad de su tarea y casi siempre necesitado del amparo de despertar de un mal sueño. Porque el poder, una vez obtenido, adquiere las connotaciones de una larga, desabrida y laberíntica pesadilla.
En ‘Las leyes del castillo’, Casajuana tiene presente a Maquiavelo. Su ensayo viene a ser algo así como el relato de lo que vive el Príncipe cuando Maquiavelo no está, o lo que sabe Maquiavelo y no cree oportuno decirle al Príncipe. En ambos casos, se trata de una exposición distendida –pues el libro de Casajuana está lejos de todo dramatismo– de la verdad con toda su crudeza y trivialidad. Casajuana desmitifica el poder, y lo hace para darle una dimensión de servicio, en el mejor de los casos, o de desgaste personal, rayano en lo incomprensible, en el peor. La política no es sublime ni sagrada; es un mero modo de ejercer, temporalmente, una fuerza que, enseguida, se torna malestar, desconcierto, improvisación y lejanía. Recuerdo ahora una cita de Proust que bien podría aplicarse al líder en el poder: “Inmóvil, escultural, inútil, como ese guerrero puramente decorativo que se ve en los cuadros más tumultuosos de Mantegna, pensativo, apoyado en su escudo, mientras junto a él otros se precipitan y se degüellan”.
Después de leer el ensayo de Casajuana, altamente recomendable, cabe preguntarse de dónde proceden los políticos, hoy en día. Y la única respuesta que se me ocurre es que proceden del poder mismo, del poder real banalizado. Se tiene la sensación de que siempre estuvieron en el poder. Incluso a veces son apellidos que se perpetúan por generaciones. Todos han creado su propio relato sobre su justificación. Hoy en día, en tiempos de gran exigencia política, dan la impresión de no responder más que a su supervivencia. Si como dice Casajuana, son gente demasiado normal, ahora están abocados a tener que demostrar una mínima capacidad moral e intelectual para gestionar lo público. ¿Y dónde queda la ideología, en todo esto? Compruebo que ya no existe: es una palabra vacía de contenido. Quizá queden brasas ideológicas detrás del poder, pero no delante de la realidad.

"La tierra y las palabras", prólogo de Ignacio Góm...

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"La tierra y las palabras", prólogo de Ignacio Gómez de Liaño al libro de Carlos de Gredos "SÍLABA a SÍLABA. Diccionario poético"

En El hombre y la gente, concretamente, en el capítulo XI, que lleva el título de «El decir de la gente: La lengua. Hacia una nueva lingüística», Ortega hace algunas consideraciones que vienen muy al caso ahora que me dispongo a prologar el Diccionario poético de Carlos de Gredos (Amargord Ediciones, Madrid, 2015). «En el diccionario», dice el filósofo, «las palabras son posibles significaciones, pero no dicen nada. Son curiosos estos obesísimos libros que llamamos diccionarios, vocabularios, léxicos: en ellos están todas las palabras de una lengua y, sin embargo, el autor de ellos es el único hombre que cuando las escribe no las dice».
     La consecuencia que saca Ortega de esta reflexión es que las palabras sólo significan algo «cuando son dichas por alguien a alguien. Sólo así, funcionando como concreta acción, como acción viviente de un ser humano sobre un ser humano, tienen realidad verbal». En resumen, la «significación auténtica [de las palabras] es siempre ocasional», «su sentido preciso depende de la situación o circunstancia en que sean dichas».
     ¿Quiere esto decir que el Diccionario poético de Carlos de Gredos no dice ni puede decir nada? Si fuera un diccionario o léxico al uso, deberíamos admitir esa proposición, pero es que elDiccionario poético no es un diccionario al uso. A diferencia de esa clase de libros obesísimos, cuya naturaleza es convencional, genérica e impersonal, y por eso sólo pueden ofrecer sugerencias de significación, quedando reservado al buen sentido del lector su aplicación según los casos, el Diccionario poético, y eso es lo raro y singular del libro, es, en cierto modo, lo contrario de un diccionario: en vez de convencional es original, en vez de genérico es concreto, en vez de impersonal es personal. La significación que da a sus palabras el autor no deriva de una convención, sino del trato personalísimo que éste tiene con las palabras. Pero el Diccionario poético es también un diccionario, y lo es en razón de que el autor hace el registro de un buen elenco de vocablos y nos brinda la definición de esos vocablos, o sea, a grandes rasgos, la significación o significaciones de las palabras registradas.



Ahora bien, al registrar las palabras, y darnos su definición o significación, lo que el autor delDiccionario poético ofrece al lector es su aportación poética personal, la significación que la inspiración le depara a la vista ─o, mejor dicho, a la audición─ de cada palabra. ¿No demuestra Carlos de Gredos estar inspirado cuando define al INFIERNO como el infinito enfermo, a la HOSPEDERÍA como el lugar donde descansan los pies del hombre, al SEPULCRO como el lugar de la pulcritud o de la invitación a la limpieza, y al DICCIONARIO como el almacén de la buena dicción?
     De los ejemplos que acabo de poner, el lector puede hacerse una idea del Diccionario poético. En primer lugar puede ver que es un diccionario tan «completo» que incluso contiene la palabra DICCIONARIO, o sea, que se contiene a sí mismo… como palabra. Y, en segundo lugar, puede ver que Carlos de Gredos logra a menudo la inspiración mediante técnicas morfo-fonéticas o anagramáticas. O, lo que viene a ser lo mismo, se fija en el campo de juego morfo-fonético de las palabras al tiempo que adopta como plano de referencia el castellano, el latín y otras lenguas, como el griego y el inglés. Por ejemplo:
     ─ el castellano se destaca en la definición de VIDA como el viaje de ida; o en la de MENTIRAS como la mente deshecha en tiras;
     ─ el latín, en ALUMBRAR entendido como proyectar sombra, o en TUMULTO, como tú muchas veces;
     ─ el griego se ve en PROTOCOLO, definido como arte de colocar al primero;
     ─ y el inglés, en SONRISA: la salida del Sol (o sea, sun y rise.)
     ¿Qué es lo que pretende Carlos de Gredos con su peculiar diccionario? Yo creo que invitarnos a pensar en las palabras y, al hilo de esos pensamientos, a pensar en la vida que las palabras inspiran. De ahí que su libro pueda ser visto como una especie de manual de meditaciones quintaesenciadas en la forma de definiciones de palabras, según el momento y la sensibilidad lingüística se las han dado a entender al autor. De ese modo, éste nos viene a decir que ante las palabras lo que debemos hacer es sorprender sus secretos, sus significaciones ocultas. Verdad es que no hay cosa más secreta, más misteriosa, más inaprehensible, que lo que hace que en esos soplos de la voz que son los vocablos vengan a condensarse la inmensidad del mundo y la complejidad infinita de la vida.
     A menudo, mientras leía el Diccionario poético me he sentido capturado por su arte de la definición y por los hallazgos que el autor hace al ensalmo de las voces. De ahí que a cada definición la seguía, en mi mente, un a modo de comentario, de meditación mínima, de… inspiración. Permítaseme por eso dar una lista de palabras y definiciones del Diccionario poético, que me han resultado especialmente inspiradoras, y que, a renglón seguido, haga mi aportación personal (va entre paréntesis), que no es sino una glosa momentánea, sobrevenida de golpe, en la forma típica de la inspiración.
PUERTA: pared abierta. (En efecto, ¿qué otra cosa sino una pared abierta puede ser una puerta?).
SERVICIO: el vicio convertido en virtud. (Diría que es el vicio convertido en virtud, porque, en realidad, el SERVICIO es un vicio imaginario).
IMAGINAR: encontrar la magia de la imagen. (La magia de la imagen que transforma al que imagina en un mago, como bien sabía Giordano Bruno).
MEMORIA: ante la muerte del yo, la mente recobra el pasado. (El pasado del Yo hecho presente, ¿no es eso la MEMORIA?).
PARIR: comenzar a vivir a la par. (Incluso cuando la vida, según cada cual ve la suya propia, no tiene par en el mundo).
CONFIANZA: sin fianza. (Y, a la inversa, con fianza quiere decir que no hay demasiada CONFIANZA).
DESTINO: sin tino, sin ti no. (Mejor lo segundo que lo primero, aunque a menudo esos dos términos se confunden).
REÍR: volver a ir. (Repetición es hermana de Risa).
MUNDO: donde me hundo. (Y me limpio…).
ARBUSTO: el busto del árbol. (Sí, un árbol es un ARBUSTO de cuerpo entero).
PASEO: el paso que te limpia. (Una práctica sin duda muy saludable).
SIMIO: si soy yo. (Si mío es).
NOVEDAD: no tiene edad. (Por eso las NOVEDADES dan lugar a las edades).
SUPREMO: puede suprimir. (Es esa una prerrogativa ─la más terrible, pero no la única─ del SUPREMO).
EBRIO: brío etílico. (O sea, un brío imaginario).
BAZAR: va de azar. (Así es la vida cuando se hace de ella mercancía).
RAÍL: lira de dos cuerdas. (Su música es el viaje).
SERVIL: ser vil. (Definición exacta).
REDENTOR: para volver al Edén. (Esa es la función de que se dicen investidos los REDENTORES, tanto los auténticos como los impostores).
RAZÓN: buena sazón. (No se nace con la razón, sino con la posibilidad de formarla y de llevarla a sazón).
VERDAD: todo lo que se ve // todo lo que se da a ver. (En efecto, cuando uno da a ver algo puede decirse que dice la verdad).
SINCERIDAD: no lleva tapones en los oídos. (Ni tiene la lengua agarrotada).
OBSCENO: sinónimo de obscuro, de cieno. (De noche).
LECTOR: un recolector. (¿Recolector de ideas, de voces…?).
RAZÓN: roza nada más que una zona. (La punta del iceberg de lo real).
DOCTRINA: los documentos elaborados por tres personas. (Incluso cuando no tratan de la Trinidad).
CORAZÓN: copartícipe de la razón. (Eso es cuando el CORAZÓN tiene verdaderamente CORAZÓN).
CARA: nuestro altar. (Ara Pacis, así se me antojan las caras que me parecen más amables, más caras).
ARCHIVO: para chivarse. (Ese es el peligro de los ARCHIVOS).
AMAR: la mejor arma. (Un arma que mata para dar vida, o que da vida matando).
COSMOS: lo que somos. (El Yo no se entiende ni se puede entender sin el COSMOS).
EXTRAVIARSE: el que no sale de la vía no conoce la vida // un don del aventurero. (Algo así pensaba cuando a mi novela más larga y ambiciosa le puse el título de EXTRAVÍOS).
JUVENTUD: juega con el viento // emprende aventuras. (Viento y aventuras, ¿no viene a ser lo mismo?).
AMADOR: de Oro se recubre el que ama. (Así espera cautivar a la persona amada).
MEDITAR: nuestra meta. (Obviamente, es una meta sin fin a la vista).
ENTIDAD: la parte más importante de la identidad. (El Ser es la parte, y también el todo).
INSTINTO: el instante decisivo. (Eso cuando la voluntad anda remisa).
AURELIO: aura masculina // aura solar. (El nombre de las Cinco Vocales, el nombre áureo, de oro).
HONORARIOS: cuando el honor y el tiempo equivalen a dinero.
ENTORNO: nuestro trono. (Un trono ciertamente muy amplio, tan amplio como el mundo).
RUEGO: el yo circular. (A veces se transforma en un boomerang).
GUANTE: para aguantar mejor. (¿Es que el contacto con las cosas hace daño?).
ANDAR: el destino de Adán. (El destino del Hombre tras la Expulsión).
PRISIÓN: lugar donde se ejerce presión. (Y por lo mismo toda presión es una forma de PRISIÓN).
CEREBRO: mi orbe. (Hecho en una especie de cera biológica, neuronal).
RESUCITAR: volver a la cita. (Al nacer somos llamados a una cita que se encuentra más allá de esta vida).
PLANTEAR: favorecer el crecimiento de la planta. (Todo pensamiento es una forma de planta).
PRESTAR: sinónimo de restar. (Se resta, en efecto, pero lo que se desea es poder sumar).
     Singular poesía la del Diccionario poético de Carlos de Gredos. Una poesía que se sirve de las palabras a fin de hallar en ellas un resorte para cambiar la vida. Una poesía que me hace pensar en las intervenciones artísticas que ha hecho el propio Carlos de Gredos en un paraje montañoso de la provincia de Ávila, en el Centro de Arte y Naturaleza Cerro Gallinero de Hoyocasero. En elDiccionario poético la tierra elegida por el autor para plantar sus poemas es el universo de las palabras.
     En ambos casos lo poético es una forma de sublimación, ya de la tierra ya de las palabras. El arte ha consistido, en esencia, en colocarse delante de las palabras para ver de otra manera las cosas que las palabras designan. Ese «de otra manera», que de forma inspirada ha captado Carlos de Gredos, ya en la tierra ya en las palabras, es, cuando bien se considera, el sustrato último de lo poético.

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