lunes, enero 13, 2020

La izquierda, ¿o no? Santiago Alba

La izquierda, ¿o no? | Opinión | EL PAÍS



Soy optimista: el modelo revolucionario clásico es ya inviable. Soy pesimista: el modelo revolucionario clásico es inviable



La izquierda, ¿o no?
RAQUEL MARÍN
Como bien explicaba el historiador Josep Fontana, fue la existencia de la URSS, dictadura imperial no socialista y no democrática, la que permitió que, a partir de 1945 y durante tres décadas, la pequeña Europa capitalista viviese algo parecido al socialismo y bastante próximo a la democracia. No es una casualidad, por tanto, que la derrota soviética en la Guerra Fría coincidiese con la del espíritu del 45, con la explosión neoliberal (mal llamada globalización) y, tras sucesivos vaivenes, con la contracción al mismo tiempo de los derechos sociales y de los tabiques (y deseos) democráticos. Casi treinta años después, y ahora en todo el mundo, la confusión entre capitalismo y mafia, la traumática reconversión del Este, el fracaso del “ciclo progresista latinoamericano”, la reversión trágica de las revoluciones árabes y el retorno del multimperialismo decimonónico han activado una galopante desdemocratización general o Weimar global, traducida en una radicalización —religiosa y laica, electoral y antropológica— muy desalentadora. Aunque sigue habiendo muchas, hoy hay menos guerras que en 1989, pero hay muchos más candidatos a la dictadura.
Establecer un paralelismo con el período de entreguerras del siglo pasado ha devenido casi un mantra. Hay dos semejanzas indudables. La primera es que los votantes del fascismo no votaban al “fascismo”, que solo existió como tal una vez vencido; era gente normal que no advertía el peligro que estaba convocando. La segunda es que, como entonces, la desdemocratización surgió de manera natural como una reacción defensiva frente al tsunami del Mercado sin bridas. En cuanto a las diferencias, las más profundas tienen que ver con la ecología y la tecnología, pero la más decisiva en términos políticos nos sitúa ya en otro mundo: porque mientras el indignado de 1930 podía dirigir su malestar tanto hacia la izquierda como hacia la derecha, hoy solo puede hacerlo hacia la derecha. Se piense lo que se piense de las izquierdas de 1930, ofrecían un proyecto, un refugio y una cultura. Ya no existe. La mitad marxista de la izquierda quedó fuera de juego tras la experiencia soviética; la mitad socialdemócrata tras su cooptación por las políticas neoliberales de los años ochenta y noventa, responsables ahora del retorno de Weimar. Si añadimos otro cuarto de kilo a esta unidad grande y confusa, lo ha dilapidado el llamado socialismo del siglo XXI, tan parecido en sus estertores a su renegado ancestro.
La izquierda ha elegido el campo de batalla en el que es más vulnerable, el del puro reconocimiento comunitario
¿Cómo valorar esta crisis sin precedentes de las izquierdas? Desde hace 15 años vengo resumiendo en una fórmula resultona la triple vertiente que, a mi juicio, debe asumir una política de cambio: revolucionaria en lo económico, porque el capitalismo no conoce límites, reformista en lo institucional, porque el derecho es un invento irrenunciable y mejorable, y conservadora en lo antropológico, porque el ser humano se rompe mucho antes que una rama seca. Pues bien, en la pugna realmente existente entre neoliberalismo y destropopulismo, el neoliberalismo se ha quedado con la revolución; el destropopulismo con el conservadurismo (Trump o Bolsonaro, por cierto, se han quedado con las dos cosas), y en cuanto al reformismo, valga decir la democracia, empieza a ser un significante demasiado lleno que nadie quiere ya disputar. La izquierda ha abandonado los tres frentes y, a cambio, ha elegido el campo de batalla en el que es más vulnerable: el del puro reconocimiento comunitario.


Soy optimista: el modelo revolucionario clásico es ya inviable. Soy pesimista: el modelo revolucionario clásico es inviable. El capitalismo no es un modo de producción —o no solo— sino una civilización, y las civilizaciones no se derrocan mediante revoluciones, sino que ceden a su propia decadencia interna o al impulso saludable de los bárbaros. La decadencia del capitalismo no augura ninguna “fase superior” del género humano, sino retrocesos, interdependencias feudales, violencias sin contratos, ecocidios apocalípticos. En cuanto a los bárbaros, tendrían que venir del exterior y el capitalismo ya no tiene exterior, salvo que confiemos, como cierta secta trotskista, en el desembarco liberador de extraterrestres.
La decadencia del capitalismo hace prever retrocesos, violencias sin contratos, ecocidios apocalípticos
Marx estaba convencido de que el capitalismo producía a su propio sepulturero, pero produce más bien sus propios adictos suicidas. Hoy no es apoyado por alienados a los que habría que revelar la verdad; todos la conocemos ya y, en plenitud de facultades y con toda lucidez, nos entregamos a sus delicias autodestructivas. ¿Cómo acabar con un sistema que ha sobrevivido a su propia transparencia? La vieja izquierda del largo siglo XIX y del corto siglo XX ha sido descarrilada por sus propios errores políticos, sí, pero también, o sobre todo, por la consistencia misma de un capitalismo que ha borrado todas las fronteras: entre cosas de comer, usar y mirar, entre gestión y política, entre trabajo y consumo, entre derecho y deseo. La única fuerza revolucionaria que hay hoy en el mundo es el neoliberalismo, con su producción de “hombres nuevos” y su destrucción de vínculos viejos. Así que la izquierda no debería estar pensando en una revolución imposible, de un plumazo y desde cero, sino en un cuidadoso desmantelamiento democrático, que es —por cierto— lo más transformador y revolucionario que se puede proponer en estos momentos: desmontar en vez de demoler, según sugiere el famoso aforismo de Lichtenberg. El programa social de la Democracia Cristiana europea de —pongamos— 1973 bastaría hoy para poner en pie de guerra al Ibex 35, al FMI y a los marines. Para volver atrás 40 años, ahora a escala global, hace falta mucha —mucha— compañía.
Frente a la revolución neoliberal y su contrapunto ultraderechista, la necesidad de un freno radical, previo a un posterior “desmontaje”, pasa por encontrar un punto —una meseta— de apoyo civilizatorio. En España, país desmemoriado donde nadie era ya ni de izquierdas ni de derechas, lo ofreció el 15-M, y Podemos —el partido que más rápidamente vio la luz y más rápidamente se cegó— supo explorar su indeterminación cuántica. ¿Qué hay de políticamente verdadero en el malestar de 2019? Una combinación de rebeldía, reformismo y conservadurismo; una —sí— rebeldía reformista conservadora a la que cabrean los clichés retóricos, que sospecha de las instituciones y que quiere recuperar las cortas distancias. Eso, si se recuerda bien, es lo que unió a millones de españoles en 2011 en la Puerta del Sol.
¿Por qué hoy suena a muchos españoles, votantes de Vox o aledaños, más rebelde el machismo, el racismo y el nacionalismo que su contrario? ¿Por qué se ganan votos pidiendo derogar leyes progresistas o reclamando reformas penales populistas y antidemocráticas? ¿Por qué el verbo “conservar” se relaciona con la identidad nacional-imperial más casposa y no con la vivienda, el puesto de trabajo, el planeta Tierra y sus límites y, en general, los vínculos “nupciales” de todo tipo? Frente a la revolución neoliberal y la rebeldía “franquista”, la izquierda ha entregado los tres campos de batalla. “La paciencia”, decía Galdós, “es el heroísmo disuelto en el tiempo”. Necesitaremos mucha paciencia para desmontar la civilización capitalista, pero ahora tenemos poco tiempo para frenar el batacazo civilizatorio. Urge —haré una propuesta descabellada— una alianza entre el capitalismo más pragmático, el marxismo más ilustrado, el feminismo más humanista, el ecologismo más realista y el papa Francisco. ¿Es eso de izquierdas? Tanto como un desfibrilador o un extintor de incendios.
Santiago Alba Rico es ensayista. Su último libro es Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral).

domingo, enero 12, 2020

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo – El Cuaderno





DE RERUM NATURA

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo

/por Pedro Luis Menéndez/
De manera más o menos periódica aparecen en los medios de comunicación críticas muy directas al hecho de que las grandes corporaciones textiles confeccionan sus productos en países asiáticos (no sólo) con trabajadores que se encuentran en régimen de semiesclavitud, cuando no de esclavitud completa. Como no se suele cuestionar más de una marca o corporación de cada vez, he llegado a darle vueltas a la idea de que se trata de campañas que organizan unas firmas contra otras, por eso de morder un trozo más de mercado, porque la verdad es que se trata de un tipo de noticia que no produce el más mínimo efecto en nadie. Y menos que en nadie, en el consumidor.
Este sigue comprando exactamente los mismos productos textiles (estamos en rebajas, oiga) a los que es fiel o se puede permitir, estén fabricados donde estén fabricados, sin excusa alguna, porque no será que las etiquetas no informan claramente del lugar de elaboración, que sí lo hacen, y con detalle. Con el añadido paradójico de que la misma persona que puede poner el grito en el cielo (es decir, un clic en una red) a propósito de una marca determinada, calza o viste en ese momento exacto zapatos, pantalones o camiseta de otra marca que hace exactamente lo mismo que la anterior. Hasta se lo he llegado a preguntar a amigos a quienes les ha parecido mal (o fatal) que lo hiciera: ¿por qué pones a parir a la marca o al fabricante equis si vas vestido de y, que sigue la misma política de fabricación? Por supuesto, nunca he tenido respuesta, al menos aceptable.
La siguiente pregunta que suelo hacer, y que tampoco suele producir una respuesta apacible, se basa en que esto no sólo ocurre en el mundo textil, sino en casi todos los productos de consumo, muy en especial en los electrónicos. Hasta los más radicales (que son unos cuantos) de mis conocidos llevan con agrado (y en ocasiones con orgullo) un móvil de la marca zeta o hache ensamblado por unas delicadas manos de niña china o vietnamita, con minerales arrebatados a muy bajo coste a nuestros vecinos del sur, es decir, los africanos. Amigos que compran en local hasta la última manzana no hacen lo mismo con sus ordenadores, sus televisores, sus relojes, sus tabletas o sus robots de cocina.
Y si bien la hipocresía de Occidente no es un tema nuevo, los niveles a que estamos llegando en nuestra sociedad de consumo es posible que superen la idea más clásica de la propia esclavitud; sobre todo porque ahora se supone que rechazamos la esclavitud legal y moralmente. Cuando crecíamos en tribus, cuando éramos griegos o romanos, no nos caían los anillos por convertir en esclavos a nuestros enemigos apresados en combate, o a otros pueblos de los que obteníamos así una mano de obra barata, cómoda y reemplazable con cierta facilidad.
Después llegaron América y África y (aunque con voces críticas a las que hacíamos poco caso, o ninguno) seguimos enriqueciéndonos a partir de las toneladas y toneladas de seres humanos que comprábamos y vendíamos, incluso trasladándoles de continente. Con ello hicimos grandes fortunas, algunas de las cuales siguen hoy en la base de las riquezas acumuladas por familias europeas que proclaman en la actualidad, a través de sus últimos vástagos, que son personas hechas a sí mismas (en términos modernos, que siempre han sido unos felices emprendedores).
Todo esto funcionó sin demasiados sobresaltos hasta que en el siglo XIX nos volvimos muy dignos y decidimos acabar con la esclavitud (legal hasta el momento), y no digamos en el XX cuando firmamos todas las declaraciones de derechos humanos que nos pusieron delante. Todas, todos y lo que haga falta somos iguales y nadie podrá ser discriminado (menos aún explotado) por razón de sus diferencias. Como el papel lo aguanta todo, no ha habido ni un solo régimen totalitario en el siglo pasado que no dispusiera de mano de obra esclava, sean estos camboyanos, chinos, soviéticos, polacos, alemanes o republicanos españoles encantados de participar en la magna construcción de nuestro hermoso Valle de los Caídos (como todo el mundo sabe).
Eso son cosas del pasado, me dice (o grita) uno. «¿Por quién me toma usted?», pregunta otro. «¿Acaso no se da cuenta de que soy una persona progresista, comprometida con cien causas, por supuesto también con el medio ambiente?», casi me escupe un tercero. Al cuarto ya no le dejo hablar, solo le hago un gesto y soy yo quien pregunto: «¿le preocupan a usted las manos (y el cuerpo, y la vida entera) de las personas que han fabricado el aparato electrónico en el que está leyendo precisamente estas líneas?».
PD- No se sienta usted ofendido, pues claro que estoy incluido en la lista. Pero si no hablamos claro, no nos entendemos. Y ni así.

miércoles, diciembre 04, 2019

Rebentos de Galeusca, restras de españolidade

Rebentos de Galeusca, restras de españolidade | Ollaparo





Rebentos de Galeusca, restras de españolidade

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Será por acaso ou porque unha vez en anos non fai estragos. Porque, en principio, semella difícil disciplinar a tantos xurados distintos nun mesmo afán. Mas o certo e verdade é que neste ano 2019 de conflito entre o poder central e os seus axentes periféricos, nacións sen Estado que reivindican dereitos históricos constituíntes, os Premios Nacionais teñan ido a personalidades de territorios en disputa. O galego Xosé Manoel Núñez Seixas; o vasco José Irazu Garmendia (Bernardo Atxaga despois tomar os hábitos, Nacional de Narrativa no temperán 1989); e o catalán Joan Margarit i Consarnau, acadaran o louro nas modalidades de Ensaio, Letras e Miguel de Cervantes (tamén este é reincidente: o Nacional de Poesía obtívoo en 2008). Mesmo, e en parecida sincronía con esa lendaria fraternidade entre Galiza, Euskadi e Catalunya (Galeusca por acrónimo), nese podio tamén pode entrar Cristina Morales. O último Nacional de Literatura, que aínda que “charnega” de orixe granadina comulga coa luzada autodeterminacionista  (ao xeito  dunha activista QDS: “Que lle Dean ao Sistema”).
Como se pode ver, o curioso non é que desde a Villa y Corte volveuse a agasallar a autores galegos, vascos ou cataláns de recoñecido prestixio, talla intelectual e probada singularidade. Algúns son veteranos niso dos dons outorgados pola “Marca España”. O que realmente choca é que precisamente neste decisivo ano de colisión de identidades, o centralismo puxese de acordo aos seus académicos e asimilados en persoal para lembrar que nesas latitudes tamén existe talento, ética social e valores artísticos. E sobre todo que á hora do seu recoñecemento fíxoo por partida cuádrupla, para maior fartura. Sen que as posicións políticas ou ideolóxicas prosperasen até os seus últimos obxectivos censores. Talvez todo o contrario, o que nos levaría tamén a pensar mal, e ao peor atinar. Sería lamentabel que ao exercer o seu “dereito a decidir” os xurados respectivos tiveran acreditado que o vieiro mais curto para a disuasión identitaria é o afago con confeti e trompetería.
E se alguén o pretendeu, errou de cheo. Sen ir máis lonxe a Margarit faltoulle tempo para manifestar na primeira entrevista concedida após rebecer o premio que “España dame medo desde os Reis católicos”.Aínda que con presbicia historiográfica. A nación-Estado así denominada polo galardoado non apareceu con Isabel e Fernando, mas baixo o sinal liberal do cerimonial das Cortes de Cádiz, superando outros espazos políticos onde antes só cabían reinos e vasalaxe. E a vitriólica Morales, saltando á mesmiña corcova dos sobranceiros concesionarios espetou: “É unha alegría que haxa lume no canto de cafetarías abertas en Barcelona” Dito pola aguerrida escritora en plena sarracina dos indignados soberanistas.
En calquera caso estes desafíos quedan a anos luz do corte de mangas que propinou o artista plástico Santiago Sierra en 2010 ao saber que as autoridades do ramo se habían permitido elixirlle como trofeo estatal. Aquel desplante aínda figura na galería dos horrores do ministerio de Cultura, a súa outorgante oficial: «Un Estado que participa en guerras dementes aliñado cun imperio criminal. Un estado que doa alegremente o diñeiro común á banca. Un estado empeñado no desmonte do estado de benestar en beneficio dunha minoría internacional e local. O Estado son vostedes e os seus amigos. Por tanto, non me conten entre eles, pois eu son un artista serio Saúde e liberdade!» (sic). Aquilo superou todas as previsións e non se volveu a repetir. Non había nada que celebrar. O ano de marras, Moncloa, Zarzuela e os pretorianos do Réxime do 78 perpetraran un inmoral austericidio en orde descendente, da oligarquía responsable da crise á maioría social damnificada, e os fastos coroados levaban impresa o seu lutuosa efixie.
Ouvidas e asimiladas as experiencias anteriores, parece claro que, nestas lareiras, o devandito “de ben nado é ser agradecido” non é máis que un sofisma para a servidume voluntaria. Á marxe, certamente, e como preámbulo necesario, da cortesía que debe presidir todas as relacións humanas que de verdade o sexan. Dar e recibir, como gobernar e ser gobernado, é un elemento inapelable de calquera episodio que se fundamente sobre a equidade. A discriminación positiva que pode aniñar nese paxe de premios cara a xentes tradicionalmente situadas á marxe da notoriedade establecida non deixa de ser outra mostra máis da discriminación negativa hexemónica. A retórica dos 40 principais, mentres o pensamento teña dono, é e será sempre o escudo de blindaxe da pérfida realidade rampante. Por iso é polo que os Atxaga, Margarit, Seixas e Morales, mal que ben, supoñan un atallo cara á claridade fundante por razóns equivocadas.
Tampouco Núñez Seixas é confrade deste convento. No seu libro “Suspiros de España”, obra en que se xustificaba a concesión do Premio, destaca a incongruencia do nacionalismo español, ao querer erixirse no único Deus verdadeiro do santoral, mentres discute o pan e o sal a outros competidores. Simplemente porque ten un Estado detrás, e por iso o uso lexítimo da forza, o centralismo identifícase co patriotismo en exclusiva. Formulación que lle serviu ao autor, catedrático de Historia Contemporánea de Europa na Universidade Ludwig-Maximilian de Múnic, para pór de manifesto tamén a incoherencia de certa esquerda que critica aos nacionalismos periféricos, que di que España é unha nación, e que non é nacionalista”. Dacabalo regalado?
Bernardo Atxaga non é novo neste gremio, mas a súa modesta insolencia destaca entre a paspallada reinante. De feito, e nada máis coñecerse o premio, aproveitou os micrófonos de Radio Euskadi para referirse “ao caso Altsasu como un escándalo”, engadindo que “se escribise algo sería unha alegoría da inxustiza do que sucedeu aquí”.
Un fólego de ar fresco despois das toneladas de purpurina gastadas en promocionar a novela Patria de Fernando Aramburu, gabado como “fenómeno literario” por quen predican que ao fin da violencia en Euskadi deben seguir lustros de contrición e golpes de peito. Aínda que ninguén supera o botafumeiro de Javier Cercas, o último Planeta, o Grupo editorial que fichou ao ex comisario Villarejo para conspirar contra un empresario rival. Satélite da “monarquía republicana, o novo Gironella do “a por ellos!” desengata como narrador bregado en vernizar fascistas da vella escola e lambetar golpes trono da vixente.
O último ditirambo de Cercas a Fernando VI foi durante a concesión do premio de xornalismo Francisco Cerecedo o pasado 29 de novembro. Expresa acción de grazas, en presenza do Rei e a Raíña, “porque o día 3 de outubro de 2017, mentres un grupo de políticos felóns tentaban impornos á maioría de nós, polas bravas, un proxecto minoritario, inequivocamente antidemocrático e profundamente reaccionario [?] vostede díxonos, Señor, que non estabamos sós”. O discurso “Contra felones” foi publicado en lugar preferente polo diario El País, institución que encarna como ningunha outra o espírito de “pactum subiectionis” con que se argallou a Transición. Xornal de referencia hoxe presidido por Javier Monzón, ex magnate da industria armamentista imputado na trama Púnica. E así, de focho a fochanca imos como os patexos, e pasamos da España dos balcóns e as bandeiras aos beléns patrióticos, como o “nacemento” que exhibe en Madrid o alcalde popular Almeida coa rojigualda en bandoleira.
Rebentos Galeusca ou xustiza poética?

miércoles, noviembre 27, 2019

Los cuadernos pálidos (5) /por Tomás Sánchez Santiago

Los cuadernos pálidos (5)

/por Tomás Sánchez Santiago; fotografías de Encarna Mozas/
Con toda su tormenta de evocaciones, se me viene encima un antiguo olor que reconozco bien. Me sorprende en una calle recóndita de la ciudad y me derriba el alma. Veo de nuevo a mi madre en aquella cocina chamuscando el pollo para la comida del domingo. Lo hacía tal como nos desvestía a nosotros para refregarnos cada sábado el cuerpo, con una dedicación minuciosa hasta dejar al animal sin barbas, totalmente pelado en una bárbara desnudez. Toda la casa olía entonces a eso mismo que he olido hoy. A sustancias chamuscadas. Me venía a mí al estómago una extraña aleación entre la repelencia —aquella visión de una palidez corporal exánime— y la ilusión gástrica de la comida que se avecinaba. Una alegría caníbal.
Se va abriendo el pecho del cielo sobre calles recién amanecidas. Y tú te dejas llevar por el oleaje de esa ciudad a la que has llegado y que desconoces mucho. Hiedra desmayada sobre fachadas de piedra; motivos esgrafiados en palacios absortos; plazas quietas donde aún hay cedros que apuntan a la exageración. Todo va despertándose en la ciudad que aún recorro a solas. Solo los gatos, entrometidos en los jardines, comienzan su rebusca. Enseguida, el filo del primer sol acuchilla aún sin ganas el corazón de Segovia.

Por segunda vez he visto entre la multitud a mi amigo, el que se me murió en noviembre de 2011. La otra vez, hace un par de años, lo vi de frente en una estrecha rúa muy concurrida. Casi nos dimos de cara y yo solté un aullido destartalado, lo mismo que me pasó ayer cuando volví a verlo. Iba con una mujer. Era él. Podía ser él. Su misma cara: las gafas de pasta, la barba algodonosa y entrecana, sus orejas alabeadas como dos pequeñas almejas a medio abrir. Instintivamente, me hice a un lado y volví la cabeza unos segundos en cuanto me sobrepasó. ¿De dónde regresaba? ¿Qué me quería pedir? Adiós, José Diego. Hasta que quieras volver a aparecerte en otra calle a asustarme, a recordarme cómo fueron tu rostro y tus andares.

Un olor poderoso a tierra ha invadido la cocina. Lo sueltan las acelgas mientras se contraen furiosas en el agua hirviendo. No conozco otro olor que nos empuje mejor hacia nuestro destino de criaturas convocadas irremediablemente a la oscura garganta del origen.
«MUCHO MÁS QUE UN CHAMPÚ», reza la propaganda del que elijo para mi descarada colección de estruendos capilares. Se titula «PREMIUM Nº 1» y presume de estar hecho a base de cebolla roja y sales del mar Muerto, proclamando que ya se usaba así en el Antiguo Egipto y en la medicina medieval. Pero es un champú a base de cebollas y recuerdo de inmediato a don Quijote advirtiendo a Sancho sobre que no las probara para no dar a conocer su villanería. Lo devuelvo entonces al anaquel. Un champú de cebolla roja… ¿Quién sabe cómo llorará el cabello en su contacto? Fuera, fuera. Hala, hala…

Hay que bajar al parque en estos días. Una mañana soleada, sin asomos de lluvia: cada año ha de ser así. Hay que recoger cinco, seis hojas de los arces; las que se hayan caído y estén dormidas sobre la yerba. Ni grandes ni muy chicas; algunas amarillas, del color de los plátanos pasados, y otras tomadas de colores sangrientos. Y hay que hacer un ramo, empuñarlo con decisión (hay quien se sorprenderá de verme así por la calle y yo pensaré en «La hoja» de Ludwig Hohl). Llegar a casa y quitar las hojas del año pasado, que crujen y se descascarillan entre los dedos como alas de mariposa. Poner entonces estas en su mismo lugar, junto al poema enmarcado de Aníbal Núñez. Ahí quedarán. Ahí atravesarán todas las estaciones hasta el año que viene, escoltando esas palabras «como una luz vivísima que mueve/ la destrucción de todos los horizontes  frágiles/ para vibrar imperceptible sobre/  el sol, el agua, los atardeceres». Ritual de cada otoño. Mitología íntima.
Está él tan seguro de cuanto dice que eso mismo ya lo pone todo bajo sospecha.

Por orden municipal, la policía levanta el campamento de personas sin casa que llevaban casi medio año acampadas en el Paseo del Prado. Sin avisar, en medio de la noche, entraron con linternas en las tiendas, los deslumbraron y les conminaron a irse en cinco minutos. Luego despejaron todo para que la comisión de la UNESCO que viene estos días a comprobar si es posible proponer esa zona ilustre de Madrid como candidata a Patrimonio de la Humanidad lo viera todo limpio, ennoblecido y en orden. De paso, informes complementarios sanitarios y medioambientales se cargan de razones para expulsar a esta gente que reclamaba simplemente su derecho a una vivienda. Ochenta personas perturbaban la imagen impecable de Madrid, que necesita ser el espejo que debe ver el mundo. Pero en lugar de un espejo es un espejismo. Y hay que decirlo.

Propone eso el pintor Juan Rafael en su exposición de estas semanas: meternos a todos en la impenetrabilidad del bosque. Y eso nos dejan sus pinturas: la sensación de haber perdido pie dentro de un espacio que ya no dominamos. Y ya que el miedo nos impide ir al bosque y comprobar que no somos capaces de aliarnos con la gran madre que allí nos espera (para protegernos; para engullirnos), el artista mete sus bosques en el corazón de la ciudad, en una sala silenciosa y diáfana en la que quien mira se llena de luces confusas y del espesor atosigado de un mundo que hemos abandonado, que ya no nos pertenece. Por eso se hace difícil escuchar su rumor, saber todo lo que emiten estas pinturas de signos misteriosos y caligrafías sin dueño.
Fotografía de Juan Luis García de uno de los cuadros de la serie ‘Bosques’, de Juan Rafael.
En el barrio, parece que por fin se va a abrir una variante que enlace con la carretera general que sale hacia el norte. Y han de sacrificarse, como ocurre siempre, espacios vivos. Es el caso de un taller de desguaces que, por alguna razón, no han llegado a demoler. Y ahí sigue, exento como una isla achaparrada con sus tejados bajos de latón y su sigilosa actividad diaria. Un símbolo de la resistencia. Eso me parece a mí. Sin embargo, el otro día en una conversación de bar varios vecinos opinaban que deberían quitar del medio el taller, pese a quien pese, y ensanchar ya cuanto antes el nuevo trazado para los vehículos. «Si por mí fuese…», hacía saber uno de ellos. La escena me recordaba aquel aforismo de Kafka que desvelaba cómo a veces el animal arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo para suponer que ahora el amo es él.

En la mañana lluviosa del sábado los mercaderes ofrecen con menos ímpetu los productos de sus tenderetes, como si no quisieran asustar con la voz la aventura del agua. En su desnudez mojada, las hortalizas y las frutas tienen esa urgencia brillante de lo que se puede pudrir por el exceso. Solo una gitana pregona en su puesto una y otra vez la calidad de los calcetines que vende, como si ellos fuesen lo único que se aviniese esta mañana con el reino de la humedad absoluta.

Nuevos contenedores públicos. Estos de ahora presentan algo parecido a las barbas de las ballenas para sellar mejor la boca por donde se arrojan los desperdicios. Esa cortina de goma impide que los que rebuscan con sus pértigas en las basuras puedan acceder fácilmente al interior del monstruo. Ni siquiera se les deja llegar ahí, a quedarse con aquello que los demás hemos desechado. Seguramente se considera que esas inmundicias siguen siendo nuestras y nadie tiene derecho a manipularlas. Lo sobrante es todavía parte natural de la propiedad privada.

Contemplo junto a un niño el despertar rojo del cielo en el amanecer. Jugamos a nombrar colores que se van sucediendo sin pausa en el prodigio. Él mira todo con balbuceante extrañeza. «¿Has visto qué espectáculo, Álex?», le digo al retirarnos del ventanal. «Impresionante», me responde con gracia inesperada en la voz confitada de sus cuatro años. Y ya se lanza a jugar en el único oficio de la infancia.

La visitación de la niebla. Una gasa cansada que cae sobre las cosas y desorganiza la distancia. Así emplumado, el río se llena de adivinaciones fantasmales apenas vislumbradas desde el puente. La mañana parece ya de noviembre: sustancias mantecosas bailan por el aire; entre la niebla la gente surge atrincherada en las primeras vestimentas de la ocultación.
Si es verdad —según quiere la leyenda bengalí— que los muertos pueden volver a ver si se les suspende en el aire, ayer en el viaje del helicóptero él tuvo que divisar allá abajo cunetas con huesos secos y andrajos carbonizados por el tiempo. No debería quejarse nadie de su nuevo emplazamiento mortuorio. Sigue teniendo más suerte que ellos.

HAIKÚ EN OCTUBRE
Las frutas, ácidas.
El aire: manos gordas.
Bronce y alarmas.

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

sábado, noviembre 23, 2019

Katz Editores: Kwame Anthony Appiah

Katz Editores: Kwame Anthony Appiah



Kwame Anthony Appiah Londres, Reino Unido, 1954
Nacido en Londres, donde su padre, originario de Ghana, estudiaba leyes, K. A. Appiah pasó su infancia en Kumasi, Ghana, y recibió su educación como interno en Bryanston School y, luego, en Clare College, en Cambridge, donde obtuvo el doctorado en filosofía. Ha enseñado filosofía y estudios africanos y afroamericanos en las universidades de Ghana, Cambridge, Duke, Cornell, Yale, Harvard y Princeton, y ha dictado conferencias en numerosas instituciones de los Estados Unidos, Alemania, Ghana y Sudáfrica, así como en la École des Hautes Études en Sciences Sociales en París. Es, desde 2002, miembro del cuerpo docente de la Universidad de Princeton, donde integra el Departamento de Filosofía y el Centro Universitario para los Valores Humanos. Anthony Appiah publicó numerosos estudios culturales y literarios sobre temas africanos y afroamericanos. En 1992, Oxford University Press editó In my father’s house, obra que se ha convertido en un clásico de los estudios culturales y por la que ha recibido el Premio Herskovitz al mejor estudio afroamericano publicado en inglés. Sus investigaciones versan sobre la historia africana y afroamericana, estudios literarios, ética, y filosofía de la mente y del lenguaje. Ha dictado regularmente cursos sobre las religiones tradicionales africanas. Sus principales intereses son, en la actualidad, de doble naturaleza: por una parte, los fundamentos filosóficos del liberalismo y, por otra, las cuestiones de método vinculadas con el conocimiento de los valores.

obras del autor en katz editores

Cosmopolitismo
La ética en un mundo de extraños
Mi cosmopolitismo
+ "Las culturas sólo importan si les importan a las personas" (entrevista de D. Gamper Sachse)

en otras casas editoriales

Thinking it through: An introduction to contemporary philosophy, Nueva York, 2003
Color conscious. The political morality of race (en colaboración con Amy Gutman), Princeton, 1998
In my father's house: Africa in the philosophy of culture, Nueva York, 1993

miércoles, noviembre 20, 2019

Ildefonso Rodríguez recupera sus “aventuras” de juventud “en los tiempos del Nacionalcatolicismo”

https://tamtampress.es/2019/11/21/ildefonso-rodriguez-recupera-sus-aventuras-de-juventud-en-los-tiempos-del-nacionalcatolicismo/

1 Ildefonso

libro de fonso


ldefonso Rodríguez recupera sus “aventuras” de juventud “en los tiempos del Nacionalcatolicismo”



De Eloísa Otero / 21 de noviembre de 2019 / CUADERNO DE VIAJES, POESÍA, RELATOS /



Ciclo Tierra de Campos (inacabado).

Aventuras de tres amigos en los tiempos del Nacionalcatolicismo

ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Ediciones Malasangre. Oviedo, 2019



El poeta y músico leonés Ildefonso Rodríguez recupera un relato biográfico de su juventud: “Ciclo Tierra de Campos (inacabado). Aventuras de tres amigos en los tiempos del Nacionalcatolicismo”, que se publica ahora, medio siglo después de haber sido escrito, rescatado por Ediciones Malasangre.



El libro se presentará el viernes 22 de noviembre de 2019, a las 19:00 horas, en la Librería Enclave (C/ Relatores, 16, 28012 Madrid). El autor conversará con el escritor Marcos Canteli, miembro del consejo editorial de “Malasangre”.



Cuando la luces se apaguen en la ciudad

a la hora de los grandes cansancios

sin la fuerza favorable de los sueños:

eres un traidor, iremos a buscarte.

Ildefonso Rodríguez



“El manuscrito estaba ahí, guardado. Lo escribí cuando hicimos aquel viaje, hacia 1970, y lo he retocado muy poco, lo justo, para publicarlo ahora”, apunta Ildefonso Rodríguez. Es, por tanto, un “libro de juventud”, sobre un viaje de alguna forma iniciático, y está dedicado a la memoria de su padre, “que alcanzó a ser anciano”.



El relato, dividido en cinco capítulos, aparece salpicado de poemas. En la contraportada figura también un poema, obra de los editores de Malasangre, que busca resumir el contenido del libro: “Fábula y rueda de los tres amigos. / Tiempos de ira y miedo, tierras de taberna y camino. / (…) / Estaban los tres arrebatados. / Abel / Sindo / Efraín / Bajo una tormenta en las eras de Grajal. / Con la momia del dictador aún viva. / El hijo de militares. / El hijo de maestros. / El hijo de labradores. / Dominados por el ansia en un espacio inerte, en las junturas del llano. / (…) / Al ritmo de Charlie Parker, Thelonious Monk, Miles Davis, Lester Young, Ornette Coleman y John Coltrane, bulle un bulto de palabras. / Cuando se hundieron en las formas puras / y bailaron sobre la tumba de la momia”.



Así explica el propio autor aquel proyecto de escritura, al comienzo del libro:



«El proyecto titulado Ciclo Tierra de Campos pretendía abarcar un amplio territorio narrativo, tramado con las lecturas de aquellos tiempos (iniciáticas, numinosas, fragmentarias) y con unos sucesos biográficos.



Los sucesos se limitaban al viaje de unos pocos días que tres amigos hicieron por los pueblos de la comarca de Sahagún de Campos, en la provincia de León. La alegría de los excursionistas, la juventud, la amistad, el vino (y el primer hachís) provocaron que todo cobrase un relieve, que cada hecho fuera un paso en la embriaguez de lo real maravilloso, lo simbólico, la conciencia de una magia cotidiana y el mito. Un estado que se suponía extranjero (ante todo) y romántico.



Las lecturas eran, ya se ha dicho, gozosamente desordenadas, ávidas siempre. La Rama Dorada y Homero, el Manifiesto Comunista, Octavio Paz, Novalis, el nouveau roman, Lorca y Rimbaud. Y la tensión siempre, la entropía (una de nuestras palabras de entonces) de una obra abierta (otra) que superase la delimitación genérica: poesía y prosa entrecruzadas para llegar al relato de lo que se hacía necesario contar, la raíz.



Los resultados de aquel proyecto saltan a la vista, su ambición, su inmadurez.



Las notas y los apuntes siguientes (quedó un mazo de fichas) son un testimonio de aquellas pasiones, naturales en el escritor joven y embalado. También, el consuelo de que siempre merece la pena intentarlo».



Y así se confesaba Ildefonso Rodríguez en 2015, hablando de sus proyectos (entre ellos este libro que ahora se materializa), en una entrevista con Manuel Cuenya:



En estos momentos, Ildefonso está con una nueva obra en marcha. “Pero hay varias marchas –precisa-. Hacia delante, lo que hay es lo de siempre, lo que el último libro publicado expulsó, las piezas que no entraron en él, por razones compositivas, por azares, por olvidos. Esas piezas, como seres coleantes, piden atención. Entonces, uno abre la carpeta azul, la de las gomas, y a ver qué queda aquí;  y vuelve a barajar. Pero hay también la marcha hacia atrás, como los cangrejos o los zapateros (acuáticos)”. En su caso, repasa, resoba un manuscrito del que adelanta el título (“por si aparece editor”): ‘Ciclo Tierra de Campos (inacabado). Aventuras de tres amigos en los tiempos del nacionalcatolicismo’. “¡Qué locura! Y encima, inacabado –se lamenta-. Mi única defensa es tratarlo como si fuera el clásico manuscrito encontrado en un arcón; y en cuanto al subtítulo, todo hace pensar que el nacionalcatolicismo, versión patria fundamentalista del fascismo, nunca se ha ido del todo y cada día está más presente”.







:: Sobre el autor

Ildefonso Rodríguez (León, 1952) fue miembro fundador de las revistas Cuadernos leoneses de poesía y El signo del gorrión. Ha publicado libros de poesía (entre otros, La triste estación de las vendimias, Premio Provincia de León en 1988, Mis animales obligatorios, Premio Rafael Alberti en 1995), narrativa (Son del sueño, Disolución del nocturno) y ensayo (El jazz en la boca). Su obra poética ha sido reunida en el volumen Escondido y visible (Editorial Dilema, 2008). Sus últimas publicaciones son el libro-disco Inestables, intermedios (Eolas, 2014) e Informes y teorías (Eolas, 2018). Es saxofonista, dedicado al jazz y a la improvisación libre. Actualmente escribe en Tam Tam Press la sección «Despierto y por la calle».



:: Sobre la editorial

Malasangre es un sello con sede en Oviedo que nace del esfuerzo y la vocación de seis escritores asturianos —Fernando Menéndez, Hermes González, Luis Muñiz, Chus Fernández, Alfonso Fernández y Marcos Canteli— para dar a conocer obras que, por su singularidad, carácter y excepcionalidad, deben ser editadas y conocidas por el público. Abrir márgenes en la literatura y divulgar aquello que por fronterizo no tiene otros acomodos es uno de los retos de la editorial.



El objetivo de Ediciones malasangre es editar «sin prisa, pero con esmero», valorando de forma especial los tiempos de confección y elección de cada título como garantía de independencia. Es un modo de concebir «la literatura como militancia».

lunes, noviembre 04, 2019

Día Internacional de la lengua gitana

Día Internacional de la lengua gitana | Periodistas en Español

los amigos son Beatrices que nos conducen a traves de los desconocidos dias y sus respectivos universos



Día Internacional de la lengua gitana

Juan de Dios Ramírez-Heredia[1]

Reunidos en Zagreb (Croacia) los días 3 a 5 de noviembre de 2009, gitanos y gitanas de quince países tomaron la decisión, con el amparo de la Union Romaní Internacional, de declarar el 5 de noviembre como Día Internacional de la Lengua Romaní.
Con este motivo, permítanme ofrecerles algunos datos para ilustrar el conocimiento de este vehículo de comunicación fundamental para la identificación cultural de cualquier pueblo o comunidad.

Población gitana mundial y estado de su lengua universal

Vivimos en el mundo, aproximadamente, catorce millones de personas gitanas que se distribuyen de la siguiente forma: Dos millones en América del Sur y dos millones entre Estados Unidos y Canadá. Los diez millones restantes viven en Europa, de los cuales, ocho millones están presentes en los 27 Estados que forman la Unión Europea y los dos millones restantes en los países situados más al Este del territorio comunitario. No dispongo de datos suficientemente fiables de la población gitana residente en Turquía que podría aumentar en un millón la cifra total de esta comunidad residente en todo el mundo.
El rromanó es el nombre oficial y universal con que se conoce este idioma que es de origen sánscrito y que se inscribe en el conjunto de lenguas distintas ―el prácrito― que se hablaban en la India varios siglos antes de que naciera Jesucristo y que se mantuvieron hasta el siglo XI después de Cristo, época en que se produce el éxodo gitano desde la India hasta el último rincón de la Europa continental.
groso modo yo me atrevería a decir que el nivel de conocimiento e implantación del rromanó en el mundo sería el siguiente: Diez millones de personas gitanas tienen el rromanó como su lengua madre. Es el idioma que usan todos los miembros de la familia en su vida diaria y con el que se comunican con el resto de los integrantes del grupo que viven en su entorno más inmediato. Evidentemente todos son bilingües porque conocen y usan el idioma del país en que residen para relacionarse con el resto de la ciudadanía.
De los cuatro millones restantes, la mitad conocen y usan el rromanó de forma natural en su vida diaria, aunque esta lengua haya dejado de ser para ellos la lengua madre. Hablan rromanó con naturalidad porque lo han aprendido de sus padres o de sus abuelos, pero usan indistintamente el idioma oficial del país, también en el seno familiar.
Finalmente quedan dos millones de personas para las cuales el rromanó ha dejado de ser la lengua vehicular a través de la cual se comunican con el resto de los miembros del grupo y del que tienen un conocimiento muy limitado y fuertemente mediatizado por el idioma oficial del país en que viven. Por desgracia para nosotros, los gitanos y gitanas españoles, estamos incluidos en este tercer grupo.

El rromanó, una lengua a la que hay que proteger

Diccionario Español RomanóEl Consejo de Europa redactó la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales y la ratificó en Estrasburgo el 5 de noviembre de 1992. Su objeto es la defensa y promoción de todas las lenguas de Europa que no son oficiales o que siéndolo en un Estado miembro no es reconocida en alguno otro de los Estados firmantes.
En estos momentos el rromanó ha sido reconocido como lengua que merece una especial protección por Alemania, Austria, Eslovaquia, Eslovenia, Finlandia, Montenegro, Países Bajos, Rumanía, Serbia y Suecia. Son muchos todavía los países en los que los gitanos están presentes y cuya lengua no ha merecido la protección de sus respectivos gobiernos.
Una de las causas a las que achacar esta desidia por parte de España tal vez sea la consideración que el idioma gitano tiene, de acuerdo con la propia terminología de la Carta, de “Lengua sin territorio”, es decir, cuando el habla está circunscrita a porcentajes minoritarios de personas que viven en todo el territorio del Estado. Esa diferencia es evidente cuando contemplamos, por ejemplo, el catalán, el euskera o el gallego que sí tienen un territorio concreto y delimitado donde se habla.
En el punto 4 de la Declaración de Zagreb, los firmantes manifiestan que “Los Estados deben financiar la promoción de la lengua rromaní, así como todas aquellas acciones que ello conlleva. Y en el punto 5 reclaman que “Las instituciones de Europa deben hacer un exhaustivo seguimiento y control sobre las acciones que realicen los Estados implicados tanto en la lengua como en la cultura rromaní.”

El rromanó en España, un milagro de supervivencia

En España los gitanos hablamos en kaló que es una rama muy limitada y casi puramente testimonial del rromanó universal. Siento la tentación de explayarme ahora en una explicación rigurosa y académica del habla de los gitanos españoles, pero desisto de ello por razones obvias: ni tengo espacio para ello ni cumpliría con el carácter periodístico y divulgativo que pretenden tener mis artículos. Invito, eso sí, a quien quiera saber más sobre la lengua gitana que se ponga en contacto conmigo en la siguiente dirección electrónica: u-romani@pangea.org
El uso del kaló en España depende en gran medida del territorio. Obviamente donde más se usa es en Andalucía en cuya habla se evidencia las muchas aportaciones del kaló popular. Luego me atrevería a decir que es en Cataluña donde los gitanos tienen un mayor conocimiento del rromanó universal porque incorporan a su habla muchas expresiones de uso corriente entre todos los gitanos del mundo y que para mí eran desconocidas hasta que viví en Cataluña.
Desde que nací, y de forma absolutamente natural, en el habla de mi familia se usaban palabras clave en la conversación como: “naquerar, dikar, villar, chalar, jamar, jallipen, kalladó, lachó, chorró, jundunar, pestañí, báto, mui, pesti, chukel, chavó, romí, kher, etc. etc.”. Y así hasta un centenar escaso de palabras que debidamente entreveradas con el castellano hacían imposible que cualquier ciudadano pudiera entender con precisión cualquier conversación de mis abuelos con mis tíos y mis tías. Es más, todavía hoy me produce una sensación de maravillosa admiración, comprobar que mi pobre madre, gitana analfabeta como lo eran todos los miembros de mi familia, sabía declinar algunos de los casos de los pronombres personales tal como se hacía hace mil años, cuando los primeros gitanos iniciaron su éxodo desde la India hacía lo desconocido y tal como lo hacen ahora los diez millones de gitanos y gitanas que tienen el rromanó como su lengua madre.
La cultura gitana en su conjunto, así como nuestras costumbres y tradiciones milenarias, han sufrido y siguen experimentando cambios sumamente importantes que jamás habrían sospechado nuestros padres y mucho menos nuestros abuelos. Y la lengua gitana no ha quedado al margen de esa realidad.
Recuerdo que hace unos cincuenta años ―¡Señor, como ha pasado el tiempo!― dirigía yo unas palabras a un numeroso grupo de familias gitanas en uno de los pueblos más importantes de la provincia de Valladolid. Trataba de animarlos para que no decayeran en su legítimo orgullo de ser gitanos y en la necesidad de que revalorizaran todo aquello que constituía para nosotros las mayores muestras de nuestra identidad cultural. Y ¡cómo no!, dediqué una buena parrafada insistiendo en que debían recuperar el kaló que aprendieron de sus antepasados y enseñarlo a sus hijos. Les dije que cuantos más hablaran el kaló, mejor sería para todos. Pero, he aquí que, al terminar, se me acercó un gitano de avanzada edad para decirme lo siguiente:
―Sobrino, me ha gustado mucho todo lo que has dicho y puedes contar con nosotros para lo que haga falta, pero quiero advertirte de una cosa: No se te ocurra facilitar que los “payos” aprendan nuestra lengua. Te lo advierto porque si lo haces tendrás graves problemas con nosotros mismos.
Salí del apuro como buenamente pude porque yo sabía que para aquel viejo gitano, como para la mayoría de nuestra gente de aquella época, el kaló era un arma de defensa frente a la marginación y la persecución que veníamos sufriendo desde siempre, tanto de la sociedad mayoritaria como de los poderes públicos.

Un grito a la esperanza

Cincuenta años no han pasado en balde. Hoy tenemos una juventud gitana que valora su lengua como uno de los símbolos más palpable de su pertenencia a una comunidad muy grande, esparcida por todo el mundo, y que ha sabido guardar su idioma como el más preciado tesoro.
Por eso queremos que cuanta más gente lo sepa, mejor. Esa sería la mejor garantía de su supervivencia. Tanto es así que los poderes públicos deberían comprometerse en la elaboración de programas que hicieran posible que en las escuelas donde haya un número significativo de niños y niñas gitanos se impartieran clases de rromanó a las que deberían asistir tanto los niños gitanos como los que no lo son y tengan interés en aprenderlo.
Esta es una petición que hacemos al Gobierno de la nación y a los de las comunidades Autónomas. Salvo al Gobierno andaluz a quien reclamamos su implicación directa en este asunto. Que no en vano la población gitana supera en aquella tierra el cinco por ciento, lo que supone una población gitano-andaluza de más de 350 000 personas.
  1. Juan de Dios Ramírez-Heredia es abogado y periodista. Presidente de Unión Romaní

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