lunes, noviembre 04, 2019

Día Internacional de la lengua gitana

Día Internacional de la lengua gitana | Periodistas en Español

los amigos son Beatrices que nos conducen a traves de los desconocidos dias y sus respectivos universos



Día Internacional de la lengua gitana

Juan de Dios Ramírez-Heredia[1]

Reunidos en Zagreb (Croacia) los días 3 a 5 de noviembre de 2009, gitanos y gitanas de quince países tomaron la decisión, con el amparo de la Union Romaní Internacional, de declarar el 5 de noviembre como Día Internacional de la Lengua Romaní.
Con este motivo, permítanme ofrecerles algunos datos para ilustrar el conocimiento de este vehículo de comunicación fundamental para la identificación cultural de cualquier pueblo o comunidad.

Población gitana mundial y estado de su lengua universal

Vivimos en el mundo, aproximadamente, catorce millones de personas gitanas que se distribuyen de la siguiente forma: Dos millones en América del Sur y dos millones entre Estados Unidos y Canadá. Los diez millones restantes viven en Europa, de los cuales, ocho millones están presentes en los 27 Estados que forman la Unión Europea y los dos millones restantes en los países situados más al Este del territorio comunitario. No dispongo de datos suficientemente fiables de la población gitana residente en Turquía que podría aumentar en un millón la cifra total de esta comunidad residente en todo el mundo.
El rromanó es el nombre oficial y universal con que se conoce este idioma que es de origen sánscrito y que se inscribe en el conjunto de lenguas distintas ―el prácrito― que se hablaban en la India varios siglos antes de que naciera Jesucristo y que se mantuvieron hasta el siglo XI después de Cristo, época en que se produce el éxodo gitano desde la India hasta el último rincón de la Europa continental.
groso modo yo me atrevería a decir que el nivel de conocimiento e implantación del rromanó en el mundo sería el siguiente: Diez millones de personas gitanas tienen el rromanó como su lengua madre. Es el idioma que usan todos los miembros de la familia en su vida diaria y con el que se comunican con el resto de los integrantes del grupo que viven en su entorno más inmediato. Evidentemente todos son bilingües porque conocen y usan el idioma del país en que residen para relacionarse con el resto de la ciudadanía.
De los cuatro millones restantes, la mitad conocen y usan el rromanó de forma natural en su vida diaria, aunque esta lengua haya dejado de ser para ellos la lengua madre. Hablan rromanó con naturalidad porque lo han aprendido de sus padres o de sus abuelos, pero usan indistintamente el idioma oficial del país, también en el seno familiar.
Finalmente quedan dos millones de personas para las cuales el rromanó ha dejado de ser la lengua vehicular a través de la cual se comunican con el resto de los miembros del grupo y del que tienen un conocimiento muy limitado y fuertemente mediatizado por el idioma oficial del país en que viven. Por desgracia para nosotros, los gitanos y gitanas españoles, estamos incluidos en este tercer grupo.

El rromanó, una lengua a la que hay que proteger

Diccionario Español RomanóEl Consejo de Europa redactó la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales y la ratificó en Estrasburgo el 5 de noviembre de 1992. Su objeto es la defensa y promoción de todas las lenguas de Europa que no son oficiales o que siéndolo en un Estado miembro no es reconocida en alguno otro de los Estados firmantes.
En estos momentos el rromanó ha sido reconocido como lengua que merece una especial protección por Alemania, Austria, Eslovaquia, Eslovenia, Finlandia, Montenegro, Países Bajos, Rumanía, Serbia y Suecia. Son muchos todavía los países en los que los gitanos están presentes y cuya lengua no ha merecido la protección de sus respectivos gobiernos.
Una de las causas a las que achacar esta desidia por parte de España tal vez sea la consideración que el idioma gitano tiene, de acuerdo con la propia terminología de la Carta, de “Lengua sin territorio”, es decir, cuando el habla está circunscrita a porcentajes minoritarios de personas que viven en todo el territorio del Estado. Esa diferencia es evidente cuando contemplamos, por ejemplo, el catalán, el euskera o el gallego que sí tienen un territorio concreto y delimitado donde se habla.
En el punto 4 de la Declaración de Zagreb, los firmantes manifiestan que “Los Estados deben financiar la promoción de la lengua rromaní, así como todas aquellas acciones que ello conlleva. Y en el punto 5 reclaman que “Las instituciones de Europa deben hacer un exhaustivo seguimiento y control sobre las acciones que realicen los Estados implicados tanto en la lengua como en la cultura rromaní.”

El rromanó en España, un milagro de supervivencia

En España los gitanos hablamos en kaló que es una rama muy limitada y casi puramente testimonial del rromanó universal. Siento la tentación de explayarme ahora en una explicación rigurosa y académica del habla de los gitanos españoles, pero desisto de ello por razones obvias: ni tengo espacio para ello ni cumpliría con el carácter periodístico y divulgativo que pretenden tener mis artículos. Invito, eso sí, a quien quiera saber más sobre la lengua gitana que se ponga en contacto conmigo en la siguiente dirección electrónica: u-romani@pangea.org
El uso del kaló en España depende en gran medida del territorio. Obviamente donde más se usa es en Andalucía en cuya habla se evidencia las muchas aportaciones del kaló popular. Luego me atrevería a decir que es en Cataluña donde los gitanos tienen un mayor conocimiento del rromanó universal porque incorporan a su habla muchas expresiones de uso corriente entre todos los gitanos del mundo y que para mí eran desconocidas hasta que viví en Cataluña.
Desde que nací, y de forma absolutamente natural, en el habla de mi familia se usaban palabras clave en la conversación como: “naquerar, dikar, villar, chalar, jamar, jallipen, kalladó, lachó, chorró, jundunar, pestañí, báto, mui, pesti, chukel, chavó, romí, kher, etc. etc.”. Y así hasta un centenar escaso de palabras que debidamente entreveradas con el castellano hacían imposible que cualquier ciudadano pudiera entender con precisión cualquier conversación de mis abuelos con mis tíos y mis tías. Es más, todavía hoy me produce una sensación de maravillosa admiración, comprobar que mi pobre madre, gitana analfabeta como lo eran todos los miembros de mi familia, sabía declinar algunos de los casos de los pronombres personales tal como se hacía hace mil años, cuando los primeros gitanos iniciaron su éxodo desde la India hacía lo desconocido y tal como lo hacen ahora los diez millones de gitanos y gitanas que tienen el rromanó como su lengua madre.
La cultura gitana en su conjunto, así como nuestras costumbres y tradiciones milenarias, han sufrido y siguen experimentando cambios sumamente importantes que jamás habrían sospechado nuestros padres y mucho menos nuestros abuelos. Y la lengua gitana no ha quedado al margen de esa realidad.
Recuerdo que hace unos cincuenta años ―¡Señor, como ha pasado el tiempo!― dirigía yo unas palabras a un numeroso grupo de familias gitanas en uno de los pueblos más importantes de la provincia de Valladolid. Trataba de animarlos para que no decayeran en su legítimo orgullo de ser gitanos y en la necesidad de que revalorizaran todo aquello que constituía para nosotros las mayores muestras de nuestra identidad cultural. Y ¡cómo no!, dediqué una buena parrafada insistiendo en que debían recuperar el kaló que aprendieron de sus antepasados y enseñarlo a sus hijos. Les dije que cuantos más hablaran el kaló, mejor sería para todos. Pero, he aquí que, al terminar, se me acercó un gitano de avanzada edad para decirme lo siguiente:
―Sobrino, me ha gustado mucho todo lo que has dicho y puedes contar con nosotros para lo que haga falta, pero quiero advertirte de una cosa: No se te ocurra facilitar que los “payos” aprendan nuestra lengua. Te lo advierto porque si lo haces tendrás graves problemas con nosotros mismos.
Salí del apuro como buenamente pude porque yo sabía que para aquel viejo gitano, como para la mayoría de nuestra gente de aquella época, el kaló era un arma de defensa frente a la marginación y la persecución que veníamos sufriendo desde siempre, tanto de la sociedad mayoritaria como de los poderes públicos.

Un grito a la esperanza

Cincuenta años no han pasado en balde. Hoy tenemos una juventud gitana que valora su lengua como uno de los símbolos más palpable de su pertenencia a una comunidad muy grande, esparcida por todo el mundo, y que ha sabido guardar su idioma como el más preciado tesoro.
Por eso queremos que cuanta más gente lo sepa, mejor. Esa sería la mejor garantía de su supervivencia. Tanto es así que los poderes públicos deberían comprometerse en la elaboración de programas que hicieran posible que en las escuelas donde haya un número significativo de niños y niñas gitanos se impartieran clases de rromanó a las que deberían asistir tanto los niños gitanos como los que no lo son y tengan interés en aprenderlo.
Esta es una petición que hacemos al Gobierno de la nación y a los de las comunidades Autónomas. Salvo al Gobierno andaluz a quien reclamamos su implicación directa en este asunto. Que no en vano la población gitana supera en aquella tierra el cinco por ciento, lo que supone una población gitano-andaluza de más de 350 000 personas.
  1. Juan de Dios Ramírez-Heredia es abogado y periodista. Presidente de Unión Romaní

sábado, octubre 19, 2019

Club de lectura, por Juana Mari San Millán/

Club de lectura – El Cuaderno





CUENTINOS TRISTES

Club de lectura

/por Juana Mari San Millán/
El club de lectura celebraba su sesión mensual. Discutían acaloradamente sobre la novela titulada El guardián entre el centeno. Un bando afirmaba que el protagonista de la obra Holden Caulfield reflejaba las insulsas y burguesitas preocupaciones de un jovenzuelo pijo norteamericano. La otra facción defendía el carácter rompedor del estilo y del contenido de la narración de J. D. Salinger en la mojigata y meapilas sociedad de los Estados Unidos de la década cincuentenaria del siglo XX. María de los Ángeles García Cernuda, que nunca intervenía en la tertulia, cual pasmarota, soltó de sopetón y de corrido:
—Si la buena literatura ha de transmitir una espesa excitación, no reconoceré la valía de ningún literato hasta comprobar su destreza en la composición de un texto pornográfico. La pornografía es la tosca materia que más se acerca a la vida animal, real o inventada, y de más difícil elaboración literaria. Que nadie me venga con cuentos de Lolitas y Lulús, ni menos con las blandas orgías perpetuas de Vargas Llosa o las gelatinosas sombras de Grey y Anastasia. Escuchad este escabroso, crudo pornorrelato y entenderéis la dificultad creativa de la que hablo. Y leyó a todo meter:
La zorrita estaba a cuatro patas y al sentir como le entraba toda la verga se volvía loquita: «qué rico me culeas, corazón; dale duro, dale más duro, cari». El cabrón metió toda la vergota. La zorra no podía contenerse y jadeaba como la dulce perrita que era. Eso ponía cachondo al tipo macarra que, al tenerla allí a cuatro patas, a su plena disposición, se sentía poderoso rufián, le sujetaba las caderas y le metía la pilila en el chocho con tanta fuerza que la mujer gritaba. Como la inserción de una estaca en el corazón del mismo Drácula, así le clavaba la verga el macho cabrío. Era una gorda infiel. Su putero mamón la follaba como a una maldita cerda mentirosa. Ella se ponía a hablar por teléfono, pero a él le daba igual. La volvía a colocar a cuatro en la cama y le metía la polla por detrás. La muy cerda seguía hablando como si nada mientras el muy cabrón se la metía. Pero es que una guarra como ella estaba acostumbrada a joder mientras hacía otras cosas. Hay ejemplares impresentables de macho alfa que no saben follar con buen ritmo y se dedican a clavar su rabo con pollazos fuertes repetidamente en el coño o en el culo de la hembra. No parecía que a esta guarra le disgustara que la penetrasen de esta forma por los gemidos de placer que emitía entre llamada y llamada. Lo que no le acababa de gustar tanto era que cuando el machirulo se corría sacara la picha de dentro del chumino o del ojo del culo y le soltase todo el semen por encima de la piel y hasta le salpicara el móvil.
La reunión trocó en estampida. A María de los Ángeles García Cernuda la expulsaron del club con cajas destempladas de forma fulgurante. María de los Ángeles García Cernuda se hacía cruces ante tan grande hipocresía, ante tan evidente escándalo de débiles, como Jesucristo calificaba las espantadas aparatosas de los fariseos. El texto que leyó, decía en su defensa a quien oírla quisiera, no dejaba de ser copia literal, con leves retoques, de una página digital de porno casero gratis de acceso libre, Google mediante.

jueves, octubre 03, 2019

afribuku Pepetela: “No se celebra la muerte de nadie” : afribuku

afribuku Pepetela: “No se celebra la muerte de nadie” : afribuku





Autora: Rita Silva Freire







Artur Carlos Maurício Pestana dos Santos, más conocido como Pepetela, repasa su carrera así como su implicación en la lucha armada contra el colonialismo portugués y en el primer gobierno independiente de Angola. Una oportunidad única de conocer de cerca al escritor más representativo de la literatura angoleña y uno de los mejores autores en lengua portuguesa.

Hace años publicó ‘A Sul. O Sombreiro’, en el cual se debruza, una vez más, sobre la religión. ¿Es religioso?  
No. No creo en las fuerzas sobrenaturales. Creo más en el hombre. 
¿Y continúa creyendo en él? ¿O ha tenido muchas desilusiones? 
Aún creo en él. He tenido grandes desilusiones, y yendo ya para viejo, soy más escéptico. Era extremadamente optimista en relación a la humanidad, hoy lo soy menos. Caemos siempre en los mismos errores. Parece que la humanidad no aprende. Cuando me preguntan cómo va a ser el futuro respondo: el futuro va a ser como fue hoy o como fue ayer.
¿Pero aún no ha perdido el optimismo?
No del todo. Hay siempre esperanza de que se descubra una fórmula que provoque que haga que todo el mundo viva de forma más pacífica. Pero para ello es necesario que todos vivamos mejor.
¿Cree que se va a llegar a ese punto?
Hasta ahora aún no se ha encontrado la fórmula. Es necesario encontrarla para aspirar a una sociedad más igualitaria, con menos diferencias y tensiones sociales. Hubo intentos pero fracasaron.
¿Cuándo se dio cuenta de las injusticias de la sociedad angoleña?
Llegué a Portugal con 17 años. Ya creía que la sociedad angoleña era muy injusta, con problemas de racismo. Había tenido conversaciones sobre la necesidad de cambiar pero no sabía cómo.
¿Fue testigo directo de ese racismo?
Viví en Benguela, la mejor ciudad en ese aspecto. Pero cuando me fui a estudiar a Lubango sentí la diferencia. Sobre todo en cuanto a la segregación racial. Veía cómo se trataba a mis compañeros negros. Cuando me fui a Portugal había gente muy politizada. Entendí que Angola y Portugal eran entidades diferentes y que era necesario lograr la independencia. Cuando empezó la lucha armada, me di cuenta de que ese era el camino.
Nació en Benguela en 1941, es de origen portugués desde hace muchas generaciones en Angola. ¿Por qué dice que la ciudad era muy diferente en cuanto al racismo?
Era una ciudad muy participar. La mitad de la población era mestiza, se establecían relaciones. En la escuela tenía compañeros de todos los colores. Había racismo, claro, pero había una mayor integración de la población. Las otras ciudades eran peores. La mayoría de la población de Lubango era blanca. Pasaba las vacaciones en Huambo e íbamos en grupo a la piscina. No nos dejaban entrar. Decían: “Tú y tú podéis, los otros no”. Eran mestizos y negros.
Se sentía angoleño pero era blanco. ¿Esta situación le causaba algún tipo de confusión identitaria?
Yo no tenía dudas: aquella era mi tierra. Vivía en la última casa de la ciudad blanca, delante estaba la senzala. En el medio se encontraba un campo donde todos jugábamos al fútbol juntos. Siempre conviví con gente de la senzala y de la ciudad blanca. Unos jugaban al fútbol descalzos, los otros con zapatillas. Los que jugaban calzados tenían cuidado para no hacerle daño a los demás.
¿A qué se dedicaban sus padres? 
Mi padre era contable. Después encontró a un socio y abrieron una pescadería que se arruinó. Y volvió a ser contable hasta que dejó de trabajar. Mi madre quería ser profesora pero nunca salió de casa. Se casó pronto.
Cuando explotó la guerra estaba en Portugal.  De ahí se fue a París y después, ya como militante del MPLA, a Argelia, donde estuvo muchos años.  
Entre 1963 y 1969. Fue con una beca de estudios. Allí había un centro de estudios angoleño y una delegación del MPLA. Cuando acabé de estudiar empecé a trabajar para el gobierno y nunca salía de allí. Era una cuestión de color. El MPLA tenía miedo de enviar a blancos a la guerrilla porque no sabía cuál iría a ser la reacción de la población: era blanco, era hijo de colonos. Era necesario trabajar con la población para que nos aceptaran. Eso se hizo y en 1969 me llamaron. 
¿Cómo se trabajó con la población?
Se explicó que nuestra lucha no era contra los colonos ni contra las personas más claras sino contra un sistema que tenía que llegar a su fin, contra el colonialismo. Fue necesario probar que servíamos para algo: cometer el mínimo posible de errores y arriesgar más de lo necesario. 
Entonces fue partícipe de la lucha armada y estuvo en la guerrilla durante cinco años. ¿Cómo se coge un arma por primera vez? 
Cuando cogí el arma para participar en el combate todavía no había recibido formación militar, sólo había visto la guerra en el cine. Es un poco complicado. Pensé que el arma pesaba demasiado, que era incómoda. No me dio tiempo ensayar mucho, ya en acción empecé a darle al gatillo. No sé si llegué a darle a algún árbol. Se veía poco, mucho campo, mucha confusión. Pero me dio miedo. La adrenalina sube y después no se siente nada más.
Pepetela fue guerrillero durante la guerra por Independencia. Después dejó las armas y se dedicó a ser escritor
¿Tenía familiares del otro lado?
Mi hermano mayor ya había salido del ejército y difícilmente lo llamarían de nuevo. Pero tenía primos dentro. Pensaba que algún día íbamos a cruzarnos. Pero eran cosas que sucedían tan rápido que no daba tiempo ni para darse cuenta. Eran raras las situaciones en que se veían las caras. Cuando acabó hicimos un balance entre los primos. Habíamos estado por las mismas zonas en momentos diferentes. Nunca había habido un peligro real de que nos hubiéramos cruzado. Pero podría haber ocurrido. Me decía: ten paciencia, es el enemigo. Si yo no disparo, él te disparará.
¿No hubo resentimientos familiares? 
No. Continuamos siendo grandes amigos.
Además de guerrillero, fue el responsable de educación…
Intenté huir pero siempre me impusieron la cartera de educación. Decían que era el más capacitado. Iba de escuela en escuela viendo las dificultades que tenían, apoyando a los profesores para hacer informes para el MPLA. 
¿Cuáles fueron las mayores dificultades que encontró en las escuelas? 
La falta de material, la falta de comida. Los alumnos venían de las aldeas casi desnudos, nítidamente con hambre.
Es casi imposible aprender así.
Pero aprendían. Estudiaban durante cinco años en la escuela y los mejores conseguían becas para irse al exterior. Y se formaban. Y eso fue porque algo aprendían. También me ocupaba de la organización de las poblaciones en comités, de la formación política de los guerrilleros… Y luego estaban los combates. Provocados por nosotros mismos o bien por la otra parte.
Entonces cuando la guerra se acabó, se fue a Luanda con la primera delegación del MPLA y asumió la cartera de Educación.
Casi que me tocó.
¿Y por qué no la quería?
Quería hacer otras cosas, no eso.  
¿El qué? 
Si hubiese podido elegir, habría sido militar. Me gustaba mucho la estrategia. Pero en el fondo lo que yo quería era ser escritor..
¿En aquel momento ya escribía? 
Sí, ya había escrito varios libros. Algunos de ellos se perdieron. Menos mal, no valían para nada. 
Durante la guerrilla escribió sus primeros libros, entre los cuales se encontraba Mayombe.¿Cómo articulaba la lucha y la escritura?
Escribía por la noche, cuando los compañeros dormían o estaban conversando. Si estábamos en una choza, me ponía un candelario. Si no pues escribía a la luz de la hoguera.
¿Cómo le llegaron las ganas de escribir?
Mayombe comenzó con un comunicado de guerra que hice para la radio. Me pareció tan interesante que lo continué, ahora con personajes. Quité la primera página, que la envié al servicio de informaciones, y después continué. En la frontera tenía más disponibilidad, podía escribir de día. Le decía a mis compañeros: estoy escribiendo para poder entender lo que estoy haciendo, estoy buscando la realidad. 
¿Escribía para entender el mundo?
Eso es. Sigue siendo importante.
Uno de los principales escritores de lengua portuguesa, Pepetela, convive con lectores y también con otros escritores implicados políticamente como Manuel Alegre
Después pasó a formar parte del primer gobierno de Agostinho Neto. En ese momento vivió el episodio más polémico de su vida. 
Me paso la vida hablando de eso…
Fue acusado de estar implicado en el 27 de mayo, en la “Comisión de las lágrimas”.
Eso nunca existió.
Y también de ser uno de los inquisidores que torturaron a las personas implicadas en el supuesto golpe. 
Sobre eso ya respondí. Mi participación fue apenas informativa. Hay quienes me creen, otros que no me creen. Es problema suyo. Yo no hablo mucho sobre esto, no quiero hablar, no me gusta hablar. Porque quien conoce la verdad, quien sabe todo lo que ocurrió es el MPLA. [El MPLA] es quien tiene que poner todo eso por escrito. Todo lo demás, todo lo que se escribe o no se dice, es pura especulación. Ver una parte o ver solo la otra. Quien puede recoger el material suficiente y explicar [lo sucedido] es el MPLA. 
Guardó silencio durante mucho tiempo pero hace años afirmó que nunca había participado en la represión. Y que el MPLA debe proteger los nombres de quienes estuvieron a su servicio.
Pienso que el MPLA es quien tiene que esclarecerlo. Yo solo puedo contar algunos episodios. Le toca al árbol, no al bosque.
¿Pero por qué no habla? ¿Piensa que ese no es su papel?
No, no lo es. Hay muchas cosas que desconozco. Hace poco supe que había varias comisiones, por ejemplo. La gente del otro bando, que sufrieron la represión que hubo, mezclan todo en una misma comisión.
Trabajó en el área de la comunicación. ¿Dice que formaba parte de su trabajo ver las declaraciones para que fueran vinculadas a los órganos de comunicación? 
Sí, para que fueran publicadas.
¿No sabía lo que estaba ocurriendo en otras salas? 
No, porque nada ocurrió en aquel espacio. No se sabía… Había algún runrún, había muchos presos, era lo que se sabía. Pensaba que iba a haber un juicio, como había ocurrido en el caso de otros mercenarios. Al final no hubo ningún juicio.
¿Lamenta ese período? ¿Piensa que debería haber sabido más?
Sí. Todo el mundo debería haber sabido más. Y haber parado inmediatamente los abusos que hubo. 
¿Fue esa la razón por la cual abandonó el Gobierno, para dedicarse a la escritura y a la enseñanza? 
No. Ese fue uno de los puntos que más me entristeció. Pero quería dedicarme fundamentalmente a escribir. 
¿Cuándo presentó su dimisión?
En 1978 o en 1979. Cuando [Agostinho] Neto todavía estaba vivo, hablé con él, le dije que quería ser escritor, que tenía que abandonar las funciones oficiales para dedicarme a otra cosa, para vivir otra cosa o para escribir. Me dijo que me esperara, que todavía era pronto, que no estaba nada consolidado. Después murió. Y yo luego no iba a ir al nuevo presidente a decirle que quería irme. Aguanté un año. Después le escribí. Y después tardé cerca de un año que en que me dejaran ir. 
Abandonó el gobierno en 1982 para dedicarse a la escritura. ¿Se dedicó solo a escribir o empezó enseguida a enseñar?
Me pasé un año solo escribiendo Yaka. Tenía una hernia discal. Tuve que escribir de pie. Solo podía estar de pie o tumbado: y sentado como que no… Me quedaba escribiendo una hora, una hora y media. Después me echaba media hora pensando en lo que había escrito y en lo que iba a escribir. Escribía unas cinco o seis horas al día. 
¿Cuándo empezó a dar clases de Sociología?
Un año después, en la carrera de Arquitectura y Urbanismo. Estuvo bien. Me permitía estar en contacto constante con la juventud. Ahora hay cosas que ya no comprendo porque dejé de dar clases.
¿El qué en concreto?
Todavía no he conseguido entrar en aquello a lo que llamo la Generación del Kuduro. Estaba la Generación de la Utopía, la Generación del Desencanto, ahora existe la Generación del Kuduro. Todavía no he entendido la necesidad de [usar] un lenguaje tan extremamente agresivo y, entre comillas, mal educado. Comprendo las razones, pero no entiendo los medios. Se estuviese en la universidad tendría más conocimientos para comprenderlo. 
¿Cuándo dejó de dar clases?
Hace 9 años.
¿Por qué?
Estaba cansado. Perdía más tiempo en el tráfico que en las clases. Y empecé a sentir que el nivel de comprensión por parte de los estudiantes iba disminuyendo, la enseñanza era cada vez peor en los primeros cursos. Hubo una degradación desde 1980, que alcanzó límites insoportables cuando empezaron a llegar estudiantes del tercer año de universidad que nunca habían leído un libro. Es demasiado. 
Estaba dando clases y escribiendo cuando explotó la Guerra Civil. ¿Siempre la vivió a distancia?
Sí. Lo más cerca que estuve fueron los tres días de combates en Luanda, en 1992. 
¿Ya estaba completamente alejado de la política y de la guerrilla?
Completamente. No me interesaba hacer política. Nunca me interesó, me sentía forzado a hacerlo. Pero claro que me sigue interesando la política de Angola y del mundo entero.
¿Cómo exguerrillero vio la guerra pasarle por la puerta de casa?
Había dejado parado un libro, sobre la guerra vista a través de los ojos de alguien que la sufre y no por quien la hace. Y estaba bloqueado. Fue necesaria esa guerra para más tarde, cuando empecé a asimilarla, desbloquear el libro.
¿Por qué?
Necesitaba estar en la posición de alguien que sufre la guerra sin poder controlarla, en el sentido de disponer de información, saber lo que está ocurriendo. Las balas pasaban y no sabía si eran balas amigas o enemigas. Si se puede decir que tenía algún enemigo. 
¿Cuál era su posición?
Aunque fuera crítico, era más cercano al MPLA que a la UNITA. Sabía que sería un desastre si éste último hubiera llegado a tomar el poder. 
¿Cómo vio entonces el fin de la Guerra Civil? 
Con un alivio tremendo. Todas las familias tenían un hijo que había estado en la guerra, uno que estaba y otro que quería estar en ella.  
¿Y Pepetela tenía a alguien implicado? 
Familiares directos no, pero tenía amigos, hijos de amigos.
¿Dónde estaba cuando murió Savimbi?
En Luanda. Ya había oído un rumor dos o tres horas antes del comunicado oficial, que salió a las ocho de la tarde. Iba a una cena, con un grupo de amigos. En la cena hubo una escena de cierta hipocresía por nuestra parte. No queríamos reír ni celebrar nada, pero estábamos todos tan a gusto, aliviados y satisfechos… Pero nadie habló sobre la noticia del día. No se celebra la muerte de nadie. 
¿Cómo es posible que nadie hablara del asunto?
Creo que todos tuvimos la misma sensibilidad. Hablamos de la vida, de esto y aquello, evitando abordar el tema. 
En 1997 ganó el Premio Camões, el más importante de la lengua portuguesa. Fue el primer escritor angoleño y el segundo africano en ganarlo. ¿Contribuyó este premio a proyectar la literatura angoleña? 
Fuera no. Incluso en Brasil tuvo poca importancia. En Portugal llamó la atención sobre la importancia de la literatura angoleña y de la africana. Facilitó que los angoleños empezaran a publicar en Portugal. Aunque incluso así, pocos tuvieron esa suerte. 
Estuvo implicado en 1975 en la creación de la União dos Escritores Angolanos (UEA).
Un mes después de la independencia. Fue la primera asociación creada en Angola.  
¿De quién fue la idea? 
Do Luandino Vieira. Después, los que escribimos su constitución fuimos Luandino, Costa Andrade, que ya falleció, Arnaldo Santos, Manuel Rui Monteiro y yo. Cuando empezaron a plantearlo yo todavía estaba en la guerra, en Benguela. Después de la independencia dejé las armas y nunca más las volví a coger. Hoy en día estoy incluso en contra de los cazadores. Soy muy ecológico (ríe). Luandino me preguntó si quería sumarme a ellos. Le dije enseguida que sí. Fue la primera gran editorial angoleña. Como había subvenciones, los libros costaban lo mismo que un plátano.
¿Cuándo fueron revocadas las subvenciones?
Con el cambio económico, a partir de 1990, dejó de haber subsidios y la União dos Escritores Angolanos dejó de ser una editorial, no tenía dinero. Y el precio de los libros se disparó.
¿A cuántos plátanos?
Uf… A más de racimo. Pero el racimo también salía caro, todo era caro. Las tiradas caían en picado y empezó a ser muy difícil que te publicaran. En ese momento empecé ser editado en Portugal. Pero no en Angola. Cuando volví a serlo, a finales de los 90, tenía muchos libros sin publicar. Sólo en 2010 se recuperó el tema y logré que todos mis libros fuesen publicados en mi país. 
Tal vez esa interrupción en la edición justifica que haya pocos escritores angoleños nuevos…
Hasta hoy en día algunos todavía tienen dificultades [en publicar].
Se publican pocos libros…
Los libros son muy caros y las editoriales no se arriesgan. Solo publican a aquellos que creen que van a vender por lo menos 1.000 o 1.500 ejemplares. Algunos autores consiguen algún patrocinio, de un banco o de una empresa, que paga parte de la edición y ahí la editorial publica con tranquilidad porque ya no pierde dinero.  
¿Cómo ve a la nueva generación de la literatura angoleña?
Que se hayan afirmado, habrá una media docena [de escritores]. Aquella promesa que había en los primeros años de tener una literatura con nombres potentes, aún no ha llegado de momento.  
¿Qué ha fallado? Dijo que dejó de dar clases porque la educación era mala en los primeros años. ¿Es ese el problema? 
Todo el mundo quiere escribir en portugués, pero los escritores, sobre todo los más jóvenes, tienen problemas con la lengua portuguesa. No manejan bien el instrumento. Es un portugués lisiado. Para escribir en portugués, hay que leer y estudiar mucho. Después habrá otras [barreras], como el precio del libro. Pero todos los años salen óperas primas. Y la União dos Escritores Angolanos ha tenido ese papel. 
Cuando empezó su actividad como guerrillero escogió el apelativo de Pepetela como nombre de guerra.  
Me lo eligieron.
Significa pestaña.
Exacto.
¿Por qué decidió firmar sus libros con ese nombre? 
Es mucho más sonoro y bonito que Artur Pestana. 
¿Cómo le llaman los amigos? 
Pepe. Incluso la familia, hasta mi madre. Mi padre nunca lo logró. 
Después de la Guerra de la Independencia y de la Guerra Civil, ¿cómo ve estos años de paz?
Hubo grandes avances en algunos campos, en otros avanzamos poco. El país ha crecido económicamente, está consiguiendo reponer algunas infraestructuras fundamentales y hubo crecimiento económico. Pero no ha habido suficiente desarrollo humano. Hay una gran precariedad en las condiciones de vida. La mitad de la población es pobre. Se ha crecido en términos de educación, pero todavía no hemos conseguido que todos los niños vayan a la escuela, algo que debería haberse hecho hace mucho tiempo.
Eso fue algo que conseguimos en 1980 y después hubo retroceso en ese sentido. Se avanzó en el campo de la salud, con una disminución de la mortalidad infantil en particular. Pero todavía hay una gran diferenciación social. Hay un grupo reducido que es muy rico y al que le gusta mostrar que lo es, y una gran mayoría de la población que es muy pobre. Aún hay un gran camino por recorrer. Todo debería haberse hecho más deprisa en este sentido. Hay dinero mal invertido y los débiles acaban pagando el pato. Pero no solo ocurre aquí. En todo el mundo es igual. 
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Traducción: Alejandro de Los Santos

miércoles, octubre 02, 2019

Igor Stravinsky - IN MEMORIAM DYLAN THOMAS - Igor Strawinsky



gor Stravinsky IN MEMORIAM DYLAN THOMAS, FOR TENOR, STRING QUARTET, AND FOUR TROMBONES (1954) Igor Strawinsky

La pastillita azul | GUILLEM MARTÍNEZ

La pastillita azul | ctxt.es





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18 DE SEPTIEMBRE DE 2019


El 1 de octubre, CTXT abre nuevo local para su comunidad lectora en el barrio de Chamberí. Se llamará El Taller de CTXT y será bar, librería y espacio de debates, presentaciones de libros, talleres, agitación y eventos culturales de toda índole. Puedes hacerte socia/o en este enlace y tendrás descuentos de hasta el 50% en todas las actividades.
No ha habido Gobierno de coalición o de progreso. Lo que no es una novedad. Lo novedoso son las razones. Las ignoramos. Absolutamente. Quien diga lo contrario, miente o improvisa. Que viene a ser lo mismo. Quien apunta una razón, literalmente apunta una razón, entre muchas. Y, en efecto, son muchas las razones. Y, en su conjunto construyen una decisión cara, complicada, peligrosa, arriesgada y, por encima de todo, incomprensible. Los actos incomprensibles usualmente son culturales. Obedecen a reglas de juego inconfesables, invisibles e informulables. Pero sí analizables y verbalizables. Me atrevo, a estas horas, a organizarlas en una. Esta: el vértice de la pirámide del PSOE –por otra parte, un partido absolutamente vertical, como todos los que nos ofrece el mercado– ha apostado por un cambio cultural. Descomunal. Ha decidido tomarse la pastillita azul que consumen las derechas y ultraderechas europeas y americanas.
No hay que confundir la pastillita azul con la pastilla azul de Matrix, aunque sea su prima hermana. La pastillita azul es la de viagra. Con ella, las derechas han ganado fortaleza, electricidad, épica y diversión. Las derechas son, actualmente, el único discurso revolucionario en el planeta. Pretenden un cambio revolucionario: un giro hacia la libertad más absoluta, dejando atrás toda la opresión que suponía la corrección de la pobreza, el reparto de la riqueza, el enojoso pago continuado de impuestos. Aparte de toda esa liberación, ofrecen la diversión de una vida peligrosa, repleta de enemigos de Occidente, malvados, y de sus cómplices locales, personas que no entienden la ola continua de libertad que supone pertenecer a este país milenario, comprometido con la democracia y la igualdad varios millones de años antes de que la democracia y la igualdad se formularan en el resto del mundo. La pastillita azul te permite decir eso por horas, días, años. Crear, elaborar, multiplicar ese relato. Y reducir las alusiones a la realidad, en la que hasta hace poco se integraba, en ocasiones, la política. Permite no hablar de una política real cara, incomprensible, invisible e informulable.
Apostar por la pastillita azul es una decisión trascendente. Consiste en asentar, en el grueso del arco parlamentario local, la idea de relato –esto es, el uso desmesurado de la propaganda, de la centralización informativa, de la desinformación– por encima de la idea de política. En un momento de crisis de la socialdemocracia, en el que solo emiten la socialdemocracia nórdica y la belga y holandesa, consiste en una revolución en la socialdemocracia. Apostar por los descubrimientos de las derechas. Fundir sus discursos, introduciendo en ellos cotas y cuotas simpáticas y anecdóticas sobre la igualdad de sexos, sobre la cosa género, sobre lo triste que es que los alquileres sean tan altos, o sobre el hecho de que la próxima crisis la pagarán los menos favorecidos por la diosa Fortuna, una situación que, si quieres trabajar en serio, siempre puede cambiar. Consiste en asumir que la izquierda puede ser asumida si asumes aquello en lo que se ha convertido. Identidades.
Supone un gran cambio cultural, que tendrá consecuencias. Hasta ahora, para mentir, las izquierdas tenían sus propios mecanismos. Ahora, el mayor partido no derechista de España ha optado por las herramientas que las derechas han ido inventando desde 1973, y con las que han entrado, impolutas, victoriosas, en el siglo XXI. Cabe suponer que, como en las derechas, su nuevo discurso será revolucionario y arrinconará a otras izquierdas, tristes, que defienden objetos tristes, como que el mundo no pita. Cabe suponer también que esta operación puede llevar a la inutilidad funcional a toda izquierda que participe del nuevo discurso de las derechas.
El sentido de esta carta es el de hacerles partícipes de este punto de vista, así como el de darles las gracias por dejarnos investigar ese cambio cultural en el PSOE. Decían los chinos que describir un ejército era la primera forma de combatirlo. Gracias por permitirnos describir el proceso de no-investidura, iniciado en mayo. Y gracias por permitirnos describir los nuevos fenómenos que se dibujan hasta, se supone, las próximas elecciones. 

AUTOR

  • Guillem Martínez

    Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo) y de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo).

jueves, septiembre 26, 2019

«Sabbat», el último artículo de Oliver Sacks

«Sabbat», el último artículo de Oliver Sacks



Tras licenciarse en 1960, Sacks se alejó de su patria y su familia. Sobre estas líneas, imagen de esa época

Tras licenciarse en 1960, Sacks se alejó de su patria y su familia. Sobre estas líneas, imagen de esa época



«Sabbat», el último artículo de Oliver Sacks

¿Neurólogo o escritor? Oliver Sacks, que falleció el 30 de agosto, dedicó por entero su vida a ambas pasiones. En el último artículo que publicó, «Sabbat», el autor de «Despertares» aborda los días finales de su enfermedad y descarga su conciencia





oliver sacks@ABC_Cultural
Actualizado:





Mi madre y sus diecisiete hermanos y hermanas se criaron como judíos ortodoxos; su padre aparece en todas las fotografías con una kipá, y me contaron que se despertaba si se le caía durante la noche. Mi padre también creció en un ambiente ortodoxo.
Mis padres eran muy conscientes del cuarto mandamiento judío («Recordad el día del sabbat, santificadlo») y el sabbat (Shabbos, como lo llamábamos los judíos de origen lituano) era completamente distinto del resto de la semana. No estaba permitido trabajar, ni conducir, ni usar el teléfono; estaba prohibido encender luces o estufas. Dado que eran médicos, mis padres hacían excepciones. No podían dejar el teléfono descolgado ni evitar del todo conducir; tenían que estar disponibles, en caso necesario, para ver pacientes, operar o traer bebés al mundo.


Vivíamos en una comunidad judía bastante ortodoxa de Cricklewook, en la zona noroeste de Londres; el carnicero, el panadero, el tendero, el verdulero, el pescadero, todos cerraban la tienda con tiempo para el Shabbos y no volvían a abrirla hasta el domingo por la mañana. Todos ellos, e imaginábamos que todos nuestros vecinos, celebraban el Shabbos de una forma muy parecida a la nuestra.


«La II Guerra Mundial diezmó la comunidad judía de Cricklewood»


Hacia el mediodía del viernes, mi madre se despojaba de su identidad y atuendo de cirujana y se dedicaba a preparar gefilte [albóndigas de pescado molido y aliñado] y otros manjares para el Shabbos. Justo antes del anochecer, encendía las velas rituales ahuecando las manos en torno a las llamas y murmurando una oración. Todos nos poníamos ropa limpia y nueva de Shabbos y nos reuníamos para la primera comida del sabbat, la cena. Mi padre levantaba su copa de vino de plata y entonaba las bendiciones y el Kiddush [una plegaria] y, tras la cena, nos dirigía a todos mientras dábamos gracias por la comida.




Bollos de miel

Los sábados por la mañana, mis tres hermanos y yo arrastrábamos a nuestros padres hasta la sinagoga de Cricklewood, en Walm Lane, un enorme templo construido durante la década de 1930 para acoger a parte de los judíos que se trasladaron del East End a Cricklewood en aquella época. La sinagoga siempre estaba llena durante mi infancia y todos teníamos un sitio asignado, los hombres abajo y las mujeres –mi madre, varias tías y primas– arriba; cuando era pequeño, a veces las saludaba con la mano durante la celebración. Aunque no entendía el hebreo del libro de oraciones, me encantaba su sonido y, sobre todo, escuchar las antiguas plegarias medievales cantadas, dirigidas por el maravilloso cantor de la sinagoga.
Todos nos reuníamos y nos entremezclábamos fuera de la sinagoga tras la celebración; y solíamos caminar hasta la casa de mi tía Florrie y sus tres hijos para rezar una plegaria, acompañada de vino tinto dulce y bollos de miel, lo justo para estimular el apetito antes de la comida. Tras un almuerzo frío en casa, a base de pescado gefilte, salmón cocido y gelatina de remolacha, los sábados por la tarde –si no los interrumpían las llamadas médicas de emergencia para mis padres– los dedicábamos a las visitas familiares. Mis tíos, tías y primos venían a tomar el té con nosotros, o nosotros íbamos a su casa; todos vivíamos a poca distancia unos de otros.


«Mi madre bajó las escaleras y me gritó: "Eres una abominación”»


La Segunda Guerra Mundial diezmó la comunidad judía de Cricklewood y la comunidad judía de Inglaterra, en general, perdió miles de personas durante la posguerra. Muchos judíos, entre ellos algunos primos míos, emigraron a Israel; otros se fueron a Australia, Canadá o Estados Unidos; mi hermano mayor, Marcus, se marchó a Australia en 1950. Muchos de los que nos quedamos asimilamos y adoptamos formas más diluidas y moderadas del judaísmo. Nuestra sinagoga, que se llenaba hasta los topes cuando yo era niño, se iba vaciando de año en año.
Canté mi correspondiente bar mitzvah en 1946 en una sinagoga relativamente llena, en parte con muchos de mis familiares, pero para mí este fue el final de las prácticas judías formales. No adopté los deberes rituales de un judío adulto –rezar a diario, ponerse las filacterias antes de la oración de cada mañana– y, poco a poco, me fui volviendo más indiferente a las creencias y costumbres de mis padres, aunque no hubo ningún momento específico de ruptura hasta que tuve dieciocho años. Fue entonces cuando mi padre, al preguntarme por mis sentimientos sexuales, me obligó a admitir que me gustaban los chicos.
«No he hecho nada –dije–, sólo es un sentimiento; pero no se lo cuentes a mamá, no será capaz de asimilarlo.»
Pero sí se lo contó y, a la mañana siguiente, ella bajó las escaleras con una mirada horrorizada y me gritó: «Eres una abominación. Ojalá no hubieses nacido». (Sin duda tenía en mente la frase del Levítico que dice: «Si un hombre yaciera con otro varón como si yaciera con una mujer, habrá cometido una abominación: ambos habrán de morir; su sangre se derramará sobre ellos»).

Mis raíces

Nunca se volvió a mencionar el asunto, pero sus durísimas palabras me hicieron odiar la capacidad que tiene la religión para la intolerancia y la crueldad.
Tras licenciarme como médico en 1960, me alejé abruptamente de Inglaterra, de la familia y de la comunidad que tenía allí, y me marché al Nuevo Mundo, donde no conocía a nadie. Cuando me trasladé a Los Ángeles, encontré una especie de comunidad entre los levantadores de pesas de Muscle Beach y entre los demás residentes de neurología de la UCLA, pero ansiaba una conexión más profunda –un «significado»– en mi vida, y fue la falta de esto, creo, lo que me condujo a una adicción casi suicida a las anfetaminas durante la década de 1960.
La recuperación empezó, poco a poco, cuando encontré un trabajo que valía la pena en Nueva York, en un hospital de enfermos crónicos en el Bronx (el «Monte Carmelo» sobre el que escribí en Despertares). Estaba fascinado por los pacientes que tenía allí, me entregué plenamente a ellos y sentí que contar sus historias era una especie de misión; historias sobre situaciones casi desconocidas, casi inimaginables, para la gente en general y, desde luego, para muchos de mis compañeros de profesión. Había descubierto mi vocación y me dediqué a ella con obstinación, con determinación, con pocas muestras de apoyo por parte de mis compañeros.


«La falta de un 'significado' en mi vida me condujo a una adicción a las anfetamintas»


Casi sin darme cuenta, me convertí en un narrador en una época en la que la narrativa médica prácticamente había desaparecido. Pero eso no me disuadió, porque sentía que mis raíces estaban en las grandes historias clínicas neurológicas del siglo XIX (y en esto me sentía alentado por el gran neurofisiólogo ruso A. R. Luria). Era una existencia solitaria, casi monacal, pero profundamente satisfactoria, que llevé durante muchos años.
Durante la década de 1990 conocí a mi primo y coetáneo Robert John Aumann, un hombre de aspecto llamativo por su complexión robusta y atlética y por una larga barba blanca que, aun con sesenta años, le hacía parecer un antiguo sabio. Un hombre de gran capacidad intelectual, pero también de gran ternura y calidez humana, con un profundo compromiso religioso («compromiso» es, de hecho, una de sus palabras favoritas). Aunque, en su trabajo, defiende la racionalidad en la economía y los asuntos humanos, no considera que exista un conflicto entre la razón y la fe.
Insistió en que tuviese una mezuzah [un pergamino con versículos de la Torá] en mi puerta y me trajo una de Israel. «Sé que no eres creyente –me dijo–, pero deberías tener una pese a todo.» No discutí con él.

Cargado de cacerolas

En una extraordinaria entrevista de 2004, Robert John hablaba de su trabajo de toda una vida en el ámbito de las matemáticas y la teoría del juego, pero también de su familia; de que iba a esquiar y a hacer alpinismo con sus casi treinta hijos y nietos (un cocinero especializado en comida judía, cargado con cacerolas, los acompañaba) y de la importancia del sabbat para él.
«La observancia del sabbat es extremadamente hermosa –decía–, y es imposible si no se es religioso. Ni siquiera tiene que ver con mejorar la sociedad; se trata de mejorar la calidad de vida de uno mismo.»
En diciembre de 2005 Robert John recibió el Premio Nobel por sus cincuenta años de importantísimos trabajos sobre economía. No fue precisamente un invitado fácil para el comité del Nobel, ya que fue a Estocolmo con su familia, incluidos muchos de sus hijos y nietos, y a todos hubo que proporcionarles platos, utensilios y comida preparados según las normas judías y ropa de gala especial, que no contuviese mezcla de lana y lino, prohibida por la Biblia.


«La paz del sabbat, de un mundo que se ha detenido, era palpable»


Ese mismo mes, me dijeron que tenía cáncer en un ojo y, mientras me estaban tratando en el hospital al mes siguiente, Robert John fue a visitarme. Se presentó con un montón de historias entretenidas sobre el Premio Nobel y la ceremonia de Estocolmo, pero me explicó que, si le hubiesen obligado a viajar a Estocolmo un sábado, habría rechazado el galardón. Su compromiso con el sabbat, con su tranquilidad absoluta y su alejamiento de los problemas mundanos, se habría impuesto incluso al Nobel.
En 1955, cuando tenía veintidós años, pasé varios meses en Israel trabajando en un kibutz y, aunque disfruté de ello, decidí no volver. A pesar de que muchos de mis primos se habían trasladado allí, la política de Oriente Próximo me llenaba de inquietud, y sospechaba que me encontraría fuera de lugar en una sociedad tan religiosa. Pero en la primavera de 2014, al enterarme de que mi prima Marjorie –que había sido una protegida de mi madre y había trabajado en el campo de la medicina hasta los noventa y ocho años– estaba cerca de la muerte, la llamé a Jerusalén para despedirme. Su voz era inesperadamente fuerte y resonante, con un acento muy parecido al de mi madre. «No tengo intención de morirme ahora mismo –me dijo–. Celebraré mi centenario el 18 de junio. ¿Vendrás?»

El mundo se detiene

Respondí que sí, por supuesto. Cuando colgué, me di cuenta de que, en unos cuantos segundos, había cambiado una decisión tomada casi sesenta años atrás. Fue una visita puramente familiar. Celebré los cien años de Marjorie con ella y toda su familia. Vi a otros dos primos con los que había convivido mucho en Londres, innumerables primos segundos y lejanos y, por supuesto, a Robert John. No recordaba haberme sentido arropado por la familia de ese modo desde que era pequeño.
Me daba un poco de miedo visitar a mi familia ortodoxa con mi amante, Billy –las palabras de mi madre aún resonaban en mi mente–, pero Billy también fue acogido con cariño. Me quedó claro lo mucho que las actitudes han cambiado, incluso entre los ortodoxos, cuando Robert John nos invitó a Billy y a mí a participar junto a su familia en la primera comida del sabbat.
La paz del sabbat, de un mundo que se ha detenido, un tiempo fuera del tiempo, era palpable, lo llenaba todo, y me vi inundado de añoranza, algo parecido a la nostalgia, mientras me preguntaba qué habría pasado: ¿y si esto y aquello y lo otro hubiesen sido de otra forma? ¿Qué clase de persona podría haber sido yo? ¿Qué clase de vida podría haber llevado?


«En febrero, sentí que tenía que ser igual de sincero respecto a mi cáncer»


En diciembre de 2014 terminé mi autobiografía, On the Move [Anagrama la publicará en noviembre bajo el título En movimiento. Una vida], y le entregué el manuscrito a mi editor, sin siquiera imaginar que unos días después me enteraría de que padecía un cáncer metastásico, causado por el melanoma que tuve en el ojo nueve años antes. Me alegra haber podido terminar la autobiografía sin saberlo y haber sido capaz, por primera vez en mi vida, de hacer una declaración completa y sincera sobre mi sexualidad, enfrentándome al mundo abiertamente, sin más secretos culpables en mi interior.
En febrero, sentí que tenía que ser igual de sincero respecto a mi cáncer (y la proximidad de la muerte). Estaba, de hecho, en el hospital cuando mi ensayo sobre este tema, «My Own Life», se publicó en The New York Times. En julio escribí otro artículo para el periódico, «My Periodic Table», en el que el cosmos físico, y los elementos que tanto me gustaban, cobraban vida propia.


Y ahora, débil, sin aliento, con mis antes firmes músculos desvanecidos por culpa del cáncer, veo que mis pensamientos se dirigen no hacia lo sobrenatural o lo espiritual, sino hacia lo que significa vivir una existencia buena y que vale la pena (alcanzar una sensación de paz con uno mismo). Veo que mis pensamientos vuelan hacia el sabbat, el día de descanso, el séptimo día de la semana y quizás, también, el séptimo día de la propia vida, cuando uno siente que ha terminado su trabajo y puede descansar, sin cargo de conciencia (Traducción: Newsclips)

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