lunes, enero 13, 2020

La izquierda, ¿o no? Santiago Alba

La izquierda, ¿o no? | Opinión | EL PAÍS



Soy optimista: el modelo revolucionario clásico es ya inviable. Soy pesimista: el modelo revolucionario clásico es inviable



La izquierda, ¿o no?
RAQUEL MARÍN
Como bien explicaba el historiador Josep Fontana, fue la existencia de la URSS, dictadura imperial no socialista y no democrática, la que permitió que, a partir de 1945 y durante tres décadas, la pequeña Europa capitalista viviese algo parecido al socialismo y bastante próximo a la democracia. No es una casualidad, por tanto, que la derrota soviética en la Guerra Fría coincidiese con la del espíritu del 45, con la explosión neoliberal (mal llamada globalización) y, tras sucesivos vaivenes, con la contracción al mismo tiempo de los derechos sociales y de los tabiques (y deseos) democráticos. Casi treinta años después, y ahora en todo el mundo, la confusión entre capitalismo y mafia, la traumática reconversión del Este, el fracaso del “ciclo progresista latinoamericano”, la reversión trágica de las revoluciones árabes y el retorno del multimperialismo decimonónico han activado una galopante desdemocratización general o Weimar global, traducida en una radicalización —religiosa y laica, electoral y antropológica— muy desalentadora. Aunque sigue habiendo muchas, hoy hay menos guerras que en 1989, pero hay muchos más candidatos a la dictadura.
Establecer un paralelismo con el período de entreguerras del siglo pasado ha devenido casi un mantra. Hay dos semejanzas indudables. La primera es que los votantes del fascismo no votaban al “fascismo”, que solo existió como tal una vez vencido; era gente normal que no advertía el peligro que estaba convocando. La segunda es que, como entonces, la desdemocratización surgió de manera natural como una reacción defensiva frente al tsunami del Mercado sin bridas. En cuanto a las diferencias, las más profundas tienen que ver con la ecología y la tecnología, pero la más decisiva en términos políticos nos sitúa ya en otro mundo: porque mientras el indignado de 1930 podía dirigir su malestar tanto hacia la izquierda como hacia la derecha, hoy solo puede hacerlo hacia la derecha. Se piense lo que se piense de las izquierdas de 1930, ofrecían un proyecto, un refugio y una cultura. Ya no existe. La mitad marxista de la izquierda quedó fuera de juego tras la experiencia soviética; la mitad socialdemócrata tras su cooptación por las políticas neoliberales de los años ochenta y noventa, responsables ahora del retorno de Weimar. Si añadimos otro cuarto de kilo a esta unidad grande y confusa, lo ha dilapidado el llamado socialismo del siglo XXI, tan parecido en sus estertores a su renegado ancestro.
La izquierda ha elegido el campo de batalla en el que es más vulnerable, el del puro reconocimiento comunitario
¿Cómo valorar esta crisis sin precedentes de las izquierdas? Desde hace 15 años vengo resumiendo en una fórmula resultona la triple vertiente que, a mi juicio, debe asumir una política de cambio: revolucionaria en lo económico, porque el capitalismo no conoce límites, reformista en lo institucional, porque el derecho es un invento irrenunciable y mejorable, y conservadora en lo antropológico, porque el ser humano se rompe mucho antes que una rama seca. Pues bien, en la pugna realmente existente entre neoliberalismo y destropopulismo, el neoliberalismo se ha quedado con la revolución; el destropopulismo con el conservadurismo (Trump o Bolsonaro, por cierto, se han quedado con las dos cosas), y en cuanto al reformismo, valga decir la democracia, empieza a ser un significante demasiado lleno que nadie quiere ya disputar. La izquierda ha abandonado los tres frentes y, a cambio, ha elegido el campo de batalla en el que es más vulnerable: el del puro reconocimiento comunitario.


Soy optimista: el modelo revolucionario clásico es ya inviable. Soy pesimista: el modelo revolucionario clásico es inviable. El capitalismo no es un modo de producción —o no solo— sino una civilización, y las civilizaciones no se derrocan mediante revoluciones, sino que ceden a su propia decadencia interna o al impulso saludable de los bárbaros. La decadencia del capitalismo no augura ninguna “fase superior” del género humano, sino retrocesos, interdependencias feudales, violencias sin contratos, ecocidios apocalípticos. En cuanto a los bárbaros, tendrían que venir del exterior y el capitalismo ya no tiene exterior, salvo que confiemos, como cierta secta trotskista, en el desembarco liberador de extraterrestres.
La decadencia del capitalismo hace prever retrocesos, violencias sin contratos, ecocidios apocalípticos
Marx estaba convencido de que el capitalismo producía a su propio sepulturero, pero produce más bien sus propios adictos suicidas. Hoy no es apoyado por alienados a los que habría que revelar la verdad; todos la conocemos ya y, en plenitud de facultades y con toda lucidez, nos entregamos a sus delicias autodestructivas. ¿Cómo acabar con un sistema que ha sobrevivido a su propia transparencia? La vieja izquierda del largo siglo XIX y del corto siglo XX ha sido descarrilada por sus propios errores políticos, sí, pero también, o sobre todo, por la consistencia misma de un capitalismo que ha borrado todas las fronteras: entre cosas de comer, usar y mirar, entre gestión y política, entre trabajo y consumo, entre derecho y deseo. La única fuerza revolucionaria que hay hoy en el mundo es el neoliberalismo, con su producción de “hombres nuevos” y su destrucción de vínculos viejos. Así que la izquierda no debería estar pensando en una revolución imposible, de un plumazo y desde cero, sino en un cuidadoso desmantelamiento democrático, que es —por cierto— lo más transformador y revolucionario que se puede proponer en estos momentos: desmontar en vez de demoler, según sugiere el famoso aforismo de Lichtenberg. El programa social de la Democracia Cristiana europea de —pongamos— 1973 bastaría hoy para poner en pie de guerra al Ibex 35, al FMI y a los marines. Para volver atrás 40 años, ahora a escala global, hace falta mucha —mucha— compañía.
Frente a la revolución neoliberal y su contrapunto ultraderechista, la necesidad de un freno radical, previo a un posterior “desmontaje”, pasa por encontrar un punto —una meseta— de apoyo civilizatorio. En España, país desmemoriado donde nadie era ya ni de izquierdas ni de derechas, lo ofreció el 15-M, y Podemos —el partido que más rápidamente vio la luz y más rápidamente se cegó— supo explorar su indeterminación cuántica. ¿Qué hay de políticamente verdadero en el malestar de 2019? Una combinación de rebeldía, reformismo y conservadurismo; una —sí— rebeldía reformista conservadora a la que cabrean los clichés retóricos, que sospecha de las instituciones y que quiere recuperar las cortas distancias. Eso, si se recuerda bien, es lo que unió a millones de españoles en 2011 en la Puerta del Sol.
¿Por qué hoy suena a muchos españoles, votantes de Vox o aledaños, más rebelde el machismo, el racismo y el nacionalismo que su contrario? ¿Por qué se ganan votos pidiendo derogar leyes progresistas o reclamando reformas penales populistas y antidemocráticas? ¿Por qué el verbo “conservar” se relaciona con la identidad nacional-imperial más casposa y no con la vivienda, el puesto de trabajo, el planeta Tierra y sus límites y, en general, los vínculos “nupciales” de todo tipo? Frente a la revolución neoliberal y la rebeldía “franquista”, la izquierda ha entregado los tres campos de batalla. “La paciencia”, decía Galdós, “es el heroísmo disuelto en el tiempo”. Necesitaremos mucha paciencia para desmontar la civilización capitalista, pero ahora tenemos poco tiempo para frenar el batacazo civilizatorio. Urge —haré una propuesta descabellada— una alianza entre el capitalismo más pragmático, el marxismo más ilustrado, el feminismo más humanista, el ecologismo más realista y el papa Francisco. ¿Es eso de izquierdas? Tanto como un desfibrilador o un extintor de incendios.
Santiago Alba Rico es ensayista. Su último libro es Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral).

domingo, enero 12, 2020

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo – El Cuaderno





DE RERUM NATURA

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo

/por Pedro Luis Menéndez/
De manera más o menos periódica aparecen en los medios de comunicación críticas muy directas al hecho de que las grandes corporaciones textiles confeccionan sus productos en países asiáticos (no sólo) con trabajadores que se encuentran en régimen de semiesclavitud, cuando no de esclavitud completa. Como no se suele cuestionar más de una marca o corporación de cada vez, he llegado a darle vueltas a la idea de que se trata de campañas que organizan unas firmas contra otras, por eso de morder un trozo más de mercado, porque la verdad es que se trata de un tipo de noticia que no produce el más mínimo efecto en nadie. Y menos que en nadie, en el consumidor.
Este sigue comprando exactamente los mismos productos textiles (estamos en rebajas, oiga) a los que es fiel o se puede permitir, estén fabricados donde estén fabricados, sin excusa alguna, porque no será que las etiquetas no informan claramente del lugar de elaboración, que sí lo hacen, y con detalle. Con el añadido paradójico de que la misma persona que puede poner el grito en el cielo (es decir, un clic en una red) a propósito de una marca determinada, calza o viste en ese momento exacto zapatos, pantalones o camiseta de otra marca que hace exactamente lo mismo que la anterior. Hasta se lo he llegado a preguntar a amigos a quienes les ha parecido mal (o fatal) que lo hiciera: ¿por qué pones a parir a la marca o al fabricante equis si vas vestido de y, que sigue la misma política de fabricación? Por supuesto, nunca he tenido respuesta, al menos aceptable.
La siguiente pregunta que suelo hacer, y que tampoco suele producir una respuesta apacible, se basa en que esto no sólo ocurre en el mundo textil, sino en casi todos los productos de consumo, muy en especial en los electrónicos. Hasta los más radicales (que son unos cuantos) de mis conocidos llevan con agrado (y en ocasiones con orgullo) un móvil de la marca zeta o hache ensamblado por unas delicadas manos de niña china o vietnamita, con minerales arrebatados a muy bajo coste a nuestros vecinos del sur, es decir, los africanos. Amigos que compran en local hasta la última manzana no hacen lo mismo con sus ordenadores, sus televisores, sus relojes, sus tabletas o sus robots de cocina.
Y si bien la hipocresía de Occidente no es un tema nuevo, los niveles a que estamos llegando en nuestra sociedad de consumo es posible que superen la idea más clásica de la propia esclavitud; sobre todo porque ahora se supone que rechazamos la esclavitud legal y moralmente. Cuando crecíamos en tribus, cuando éramos griegos o romanos, no nos caían los anillos por convertir en esclavos a nuestros enemigos apresados en combate, o a otros pueblos de los que obteníamos así una mano de obra barata, cómoda y reemplazable con cierta facilidad.
Después llegaron América y África y (aunque con voces críticas a las que hacíamos poco caso, o ninguno) seguimos enriqueciéndonos a partir de las toneladas y toneladas de seres humanos que comprábamos y vendíamos, incluso trasladándoles de continente. Con ello hicimos grandes fortunas, algunas de las cuales siguen hoy en la base de las riquezas acumuladas por familias europeas que proclaman en la actualidad, a través de sus últimos vástagos, que son personas hechas a sí mismas (en términos modernos, que siempre han sido unos felices emprendedores).
Todo esto funcionó sin demasiados sobresaltos hasta que en el siglo XIX nos volvimos muy dignos y decidimos acabar con la esclavitud (legal hasta el momento), y no digamos en el XX cuando firmamos todas las declaraciones de derechos humanos que nos pusieron delante. Todas, todos y lo que haga falta somos iguales y nadie podrá ser discriminado (menos aún explotado) por razón de sus diferencias. Como el papel lo aguanta todo, no ha habido ni un solo régimen totalitario en el siglo pasado que no dispusiera de mano de obra esclava, sean estos camboyanos, chinos, soviéticos, polacos, alemanes o republicanos españoles encantados de participar en la magna construcción de nuestro hermoso Valle de los Caídos (como todo el mundo sabe).
Eso son cosas del pasado, me dice (o grita) uno. «¿Por quién me toma usted?», pregunta otro. «¿Acaso no se da cuenta de que soy una persona progresista, comprometida con cien causas, por supuesto también con el medio ambiente?», casi me escupe un tercero. Al cuarto ya no le dejo hablar, solo le hago un gesto y soy yo quien pregunto: «¿le preocupan a usted las manos (y el cuerpo, y la vida entera) de las personas que han fabricado el aparato electrónico en el que está leyendo precisamente estas líneas?».
PD- No se sienta usted ofendido, pues claro que estoy incluido en la lista. Pero si no hablamos claro, no nos entendemos. Y ni así.

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