sábado, junio 22, 2013

COMENTARIOS A LA SOCIEDAD DE CONTROL

COMENTARIOS A LA SOCIEDAD DE CONTROL
Existe un texto tardío de Deleuze que resulta particularmente útil para diagnosticar la estructura del poder político en el parque humano occidental, más abajo de las distintas modalidades que las tradiciones nacionales, la ideología y la economía determinan en cada década. Se trata del “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1990), donde su autor rinde además homenaje a los análisis de su amigo Foucault. Éste dividió las formaciones históricas del poder en sociedades de soberanía (gravan la producción, más que organizarla; deciden la muerte, más que administrar la vida), sociedades disciplinarias y sociedades de control*.

I
“Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del siglo XX. Operan mediante la organización de grandes centros de encierro. El individuo pasa sucesivamente de un círculo cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (“ya no estás en tu casa”), después el cuartel (“ya no estás en la escuela”), a continuación la fábrica, cada cierto tiempo el hospital y a veces la cárcel, el centro de encierro por excelencia”. La prisión, dice Deleuze, sirve como modelo analógico, pues todos los espacios de encierro tienen la condena carcelaria como límite y horizonte.

Concentrar a las poblaciones, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo. Es obvio que la configuración disciplinaria del poder se corresponde aún con el viejo estilo patriarcal, autoritario y represivo. Aunque Deleuze sitúa su fin hacia la Segunda Guerra -en cierto modo, un choque de distintas disciplinas-, el régimen disciplinario subsiste todavía en el extrarradio de nuestro Primer Mundo o en entidades especializadas de su interior: instituciones represivas y militares, sectas, logias políticas y empresariales, organizaciones mafiosas o terroristas. El disciplinario era un orden sangriento, cruel, vociferante, pero tenía la ventaja de que, si no conseguía anular al individuo, facilitaba -por reacción o repugnancia- su diferencia, la individuación de cada cual. La disciplina tiene toda la ventaja de las paredes y las prohibiciones; traza un límite visible que, al menos, permite una inteligencia para resistir, una voluntad de rebelión o fuga.

¿Cómo fugarse sin embargo de algo que no tiene paredes y adopta la forma cálida de tu propio estilo de vida? Lo más provocativo del análisis de Deleuze es describir cómo nos envuelve hoy, incluso bajo una recesión económica y los recortes estatales consiguientes, un poder muy distinto al disciplinario, un orden sonriente que vela por la salud y adquiere un estilo deslizante, participativo, femenino.

El Post-scriptum, cuyo título rinde también homenaje a Kierkegaard, nos explica con detalle el advenimiento de algo sonriente y maternal, pero no menos temible que la disciplina de antaño: el control, cuyo concepto Foucault y Deleuze remontan a Burroughs. Si el modelo de fondo de la disciplina era el rompeolas, pues reprimía las ondas de la espontaneidad, por el contrario el ideal del control es la tabla de surf, que te invita constantemente a que cabalgues tu ola y hagas espuma. Sé libre en una atmósfera ondulatoria. Despréndete de las viejas ataduras, haz tu vida, goza, deslízate.

Así también podrás compartir y participar mejor en el espectáculo social, en sus apasionantes debates: ¿qué anuncio, aunque sea inteligente, no tiene este telón de fondo? Del realismo socialista al hiperrealismo capitalista. El control representa la alianza de infinitud y clausura. La era del acceso ilimitado es la de un cierre multiforme, con clave variable. De ahí la proliferación de los dígitos, en lugar de las paredes.

La ley era estable, casi sagrada. La normativa de la sociedad de control es mutante, en permanente revisión transgénica, por eso ante ella siempre estemos en falta. Cuando hoy tanta buena gente de derechas o de izquierda, guiada por la cabeza buscadora de la información, se solivianta contra el autoritarismo disciplinario del poder paterno, tanto en nuestro pasado inmediato como en tal o cual personaje execrable o en cualquier nación exterior, no se puede menos de sonreír ante la ingenuidad de tal indignación. Que además, dirigida por la agenda informativa, tiene la función de hacer invisible la violencia autista que nos muestra Deleuze. Al señalar continuamente un exterior horrendo, nuestro humanismo justifica el refugio en la seguridad móvil, en el parque temático de la multiplicidad.

La crisis y la crítica son nuestra forma de gobierno. Nada debe estar seguro, sino sometido a una perpetua transformación. De ahí esta flexibilidad cadavérica de lo que todavía vive; de ahí esta constante resurrección de los muertos. Sea cual sea el sector, en el control nunca se termina nada, pues abre un proceso que permite cambios de curso, revisiones de itinerario, reuniones interminables y una dirección colegiada. No hay en realidad hoja de ruta; la ruta es la hoja. Incluso Hacienda o el Ministerio de Interior negocian con los ciudadanos encausados. Igual que la Unión Europea lo hace con las naciones bajo sospecha.

II
Para Deleuze, quien toma esta idea de los aviones de combate -según la misión, sus alas pueden adoptar un distinto ángulo-, frente a la geometría rígida de la disciplina el control se adapta a una geometría variable. Un moldeado autodeformable: así la demanda, así el servicio, lo más personalizado posible. Es la mejor manera de plegarse a la deformación particular de cada individuo, al estilo de cada cultura y cada localidad. Además, en la sociedad del conocimiento, mundo informatizado de interiores infinitos -según algunos, “el afuera ha pasado adentro”-, el control ha de ejercerse al aire libre. Hospitalización domiciliaria con visita médica. Hospitales de día, más que centros sanitarios con ingreso fijo.

En cuanto sea posible, recuerda nuestro pensador, el régimen abierto o la “pulsera electrónica” substituirá a la condena clásica en un encierro de paredes visibles. Del mismo modo, el viejo zoológico será sustituido por un parque animal de régimen abierto donde los animales deambulan en libertad, con un microchip incorporado que les localiza en una amplia zona delimitada por obstáculos naturales.

No se trata ya de interrumpir la vida para administrar la producción, sino de lograr que la vida misma sea capitalista, de poner a trabajar las venas, las emociones, el sexo y la vitalidad. Biopolítica y espectáculo se complementan, al igual que ética y publicidad. De ahí otros tantos logros de la época: la solidaridad con las víctimas, la sexualidad omnipresente, la incorporación de la mujer y la homosexualidad a los cuerpos armados, el cuidado de la salud, la inteligencia emocional, el couching, la conexión perpetua, las redes sociales para la indignación alternativa, la integración total, la cultura del entretenimiento y las series de culto, etc.

En alguna ocasión, García Calvo se ha preguntado sobre el sentido de que tantos antiguos cuarteles estén actualmente ocupados por Centros Culturales o Universidades. Dejemos en el aire la cuestión acerca del papel de lo que llamamos Cultura tiene en este poder interactivo, social, participativo. La lección de base es, con todo, bien sencilla: si tú mismo te autocontrolas, el poder social desaparece, se encarna en ti y deja de tener su función. De ahí el empresario de sí mismo, este narcisismo con efecto de masas, un nuevo culto a la personalidad en esta época de neutralización personalizada.

El “capitalismo de concentración” desencantó la vida. El capitalismo de dispersión la vuelve a reencantar. Lejos de la alta cultura de antaño, el control reinventa una historia portátil, una religión perfectamente laica, sin escatología trascendente. Se trata de la astucia de una razón histórica que adopta la máscara de un devenir, un personalizado pequeño relato, con su cohorte de sentimentalidad, cotilleos y cultura popular. El fragmento, la deconstrucción de toda intensidad, elemental o literaria, es un arma cultural del capitalismo tardío. La decisión, excesivamente viril, decae a favor de la conexión.

“El hombre del control es más bien ondulatorio, permanece en órbita, suspendido sobre una onda continua”. Líquido amniótico, poder algodonoso donde competir es compartir. ¿Kafka y Orwell se quedaron cortos? Más es más. Compartida, la infamia es menos. La socialización acelerada debe disimular nuestro estado larvario, este lento languidecimiento de una depresión a plazos. Si todo el mundo está igual de mediado, nadie lo parecerá.

Entre nosotros el  modelo es el “inválido equipado” (Virilio). Todos somos por fin iguales ante un poder que reconoce cualquier identidad con tal de que se adhiera a una subcultura definida, por minoritaria que sea. Sólo se discrimina la existencia, la violencia oscura de vivir. Pronto la integración se habrá realizado plenamente y sólo habrá excluidos. Tal vez por eso el extranjero –por no decir el extraterrestre- se insinúa cada vez más como el reverso de la ciudadanía que viene.

De ahí un odio larvado que se extiende, un racismo de la fluidez que no está ausente del mismo Marx. La izquierda que arroja flores en la metrópolis desprecia sin disimulo a las naciones “atrasadas” del exterior, símbolo de la vitalidad elemental que causa vergüenza entre nosotros. ¿Los Simpson no apoyarán el bombardeo de Irán, nación machista y homófoba? La extrema derecha, ha comentado con razón Baudrillard, sólo repite a voces lo que el conjunto de la clase media democrática murmura con la boca pequeña.

III
El control impone por doquier un conductismo masivo, pero repleto de alternativas minoritarias. Este macro-determinismo social puede así ser micro y presentarse con un estilo ecologista, radical, hipster, autónomo, indie, marxista, feminista. Es natural que Deleuze no lo diga así, al fin y al cabo es un hombre de izquierdas, pero el concepto de control bosqueja un álgebra del poder que usa cómodamente un semblante de izquierda, como si ésta -la misma que desprecia a las culturas populistas exteriores- hubiera triunfado culturalmente.

¿Por qué, aunque la tema, nuestra ola social mima tanto a la juventud? Incluso bajo la actual incertidumbre económica, el poder no se ejerce ahora desde el autoritarismo de los valores eternos, sino desde la rabiosa juventud del imperativo de cambio, un principio de variación que no deja en paz al Estado ni a los huesos de los muertos. El impresionismo informativo, y la consiguiente “alarma social”, es el epítome del nuevo poder político, sin referente real ni memoria personal. No es extraña entonces esta nueva casta de radiantes sacerdotes de la comunicación, sean políticos, periodistas, científicos o filósofos.

Sobrevivimos a un poder estival, incluso en pleno diciembre. ¿Por qué el surf “desplaza en todo lugar a los antiguos deportes”?, se pregunta Deleuze. Debido a que las unidades de elite, civiles y militares, tienden a una formulación cada vez más flexible, horizontal, metamórfica. Fijémonos en las tácticas de la selección española de fútbol, inferior físicamente a otras selecciones: un juego cada vez más aéreo, veloz, deformable, con continuas variaciones que lo hacen casi imprevisible. ¿Cómo funcionaría el comando militar que acabó con la vida de Bin Laden? Por lo pronto, el ejército israelí utiliza en los territorios ocupados tácticas militares rizomáticas, extraídas en parte de Mil mesetas. Los “lobos solitarios” del Islam integrista no necesitan leer a Deleuze, pues tal geometría multiforme ya está en la caligrafía de su cultura.

En el régimen escolar, recuerda el pensador, se tenderá más a la evaluación continua que al examen tradicional. Ya que ahora el poder social debe abrazar tan estrechamente la vida como sea posible, la formación permanente sustituirá en el régimen empresarial a la formación clásica, que valía para largos periodos de tiempo en el mundo estable de la disciplina. La empresa substituye a la fábrica. Si ésta funcionaba con unos pocos planos simples de mando y por medio de tecnologías energéticas, la empresa es otra historia. Pequeña, flexible, de corta duración, la empresa funciona con una rotación rápida, cambiando continuamente de destino a sus empleados y actualizando sin parar el sistema tecnológico.

A diferencia de la antigua fábrica, la empresa tiende a invadir el ocio de sus empleados, gestiona con cada uno de ellos un contrato personalizado y fomenta una rivalidad interminable. Esta competencia entre antiguos compañeros, su sonrisa escénica, hará más indetectables las humillaciones que vienen, de ahí la depresión como problema crónico. Más esto que los eventuales estallidos de violencia.

“¿No es extraño que tantos jóvenes reclamen una ‘motivación’, que exijan cursillos y formación permanente?”, se pregunta Deleuze. La formación continua -y la información, como formación permanente del conjunto de la población- es también el suelo de una rivalidad sin fin. Has de actualizarte sin parar, no puedes quedarte atrás: el racismo tecnológico del retraso y la imagen ha tomado el relevo. Cuando, en un momento inolvidable, Deleuze recuerda que los concursos televisivos más estúpidos -y él no había visto nada todavía- triunfan porque reflejan la lógica obscena de la empresa, una evaluación continua con nominados y premiados donde todo –también el sexo- entra en juego, está otra vez dando en el clavo. Con la soltura que le caracteriza, el amigo de Foucault describe con humor un poder fundido con la vulgaridad cotidiana, con los temores e ilusiones que tiende a vibrar en nosotros las veinticuatro horas.

IV
Nuestro populismo es horizontal e inmanente, igual que nuestra mitología política. Busca controlar el tiempo, no el espacio. El tiempo, que es invisible y penetra en las mentes. El control espacial es aún limitado, local, sujeto a una franja temporal precisa. El control del tiempo es global y psíquico, abarcando la vida completa de un público cautivo, cautivado por la dialéctica fluida entre aislamiento y conexión. Secreto y socialización,apartheid personalizado y alianzas corporativas.

Índice de audiencia, cotización bursátil en real time, cobertura tecnológica, deslocalización. Multitudes solitarias, aullido de masas y encuentros en directo. La soltería onanista es el campamento base del espectáculo, la raíz ontológica de la actual multiplicación de contactos. De ahí la inestabilidad de tantas relaciones, la crisis de la comunidad y de la presencia real. Todas las comunidades del afecto (Gemeinschaf) están sujetas a cerco, estresadas por la velocidad social de la fragmentación.

“La familia, la escuela, el ejército, la fabrica ya no son medios analógicos que convergen en un mismo propietario, ya sea el Estado o la iniciativa privada, sino que se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores. Incluso el arte ha abandonado los circuitos cerrados para introducirse en los circuitos abiertos de la banca”.

El estrés, la inestabilidad, la velocidad social es la prisión ideal, de paredes tan abiertas como la experiencia. Parémonos un momento, como signo del poder publicitario y sensorial, en los dispositivos perceptivos: una emisión continua aburre, cansa, produce una atención discontinua; una emisión discontinua captura, produciendo una atención hipnótica. Por tal razón la televisión, y todos los medios tras ella, intenta una modulación ondulatoria, donde la variación sea el tema. Se puede decir que el alma del último capitalismo, imposible de lograr sin la colaboración cultural de la izquierda, es la más adolescente expansión, el simulacro de la vida en un feroz dispositivo de deslizamiento.

¿Cómo luchar contra las delicias del marketing, contra un simple espejo? Acaso con la ausencia o el silencio: ahora bien, ¿estamos preparados para el misterio arcaico de una zona ártica? Fijémonos en el delirio que está sociedad mantiene con lo solitario, lo opaco, lo sumergido, lo apartado. Racismo de la transparencia, la expresión, la interactividad, el espectáculo. El “maltrato doméstico” es posterior al maltrato mundial de lo doméstico, de cualquier soledad o rareza, de cualquier secreto local. Las naciones milenarias no lo sufren menos que los chicos tímidos y lentos en la escuela.

“El control se ejerce a corto lazo y mediante una rotación rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina tenía una larga duración”. No es seguro que Deleuze, en cierto modo tan ilustrado, tenga razón en colocar a la familia entre los primeros espacios analógicos de encierro. Al fin y al cabo, si no nos apoyamos en nuestro comunismo natal, en los atavismos del arraigo, ¿qué otro suelo tenemos para resistir el arma masiva de la fragmentación?

Atendamos a dos fenómenos actuales vinculados al papel del tiempo en el régimen del control, aunque Deleuze sólo desarrolla uno de ellos. El hombre actual, dice, no está encerrado, sino endeudado. Por lejos que vaya, también de vacaciones, depende de contratos que ha firmado y le atan las manos, hipotecando su misma vida. Acaso el problema de la vivienda es sólo un síntoma de este endeudamiento, orgánico y psíquico, que es propio de la “sociedad del conocimiento”.

¿Cuándo ha habido menos “tiempo muerto”, cuándo la humanidad ha conocido una ocupación horaria semejante a ésta, donde el ocio está regulado al máximo? Reparemos en que el control, este régimen de urgencia que tiende al autocontrol, nos tiene a todos muy ocupados. ¿Por quién, por qué estamos siempre tan ocupados, también en los fines de semana? Se puede contestar que es debido a la complejidad de la vida contemporánea. O por la empresa de la identidad, la empresa del sí mismo que nos permite sobrevivir a esa complejidad. Y nada de esto es falso. Pero en el fondo, se trata de estar ocupados por una conexión personalizada, por una velocidad de escape que debe huir en cada franja horaria de la vida secreta, de la vieja independencia y su valor para el silencio.

En este punto, las nuevas tecnologías numéricas, que Deleuze asocia con razón a la superioridad política del control frente a la disciplina, tienen un papel relevante. Para que nadie pueda pararse, para que la interdependencia sean perpetua y nadie esté a solas con una “vacuola de no comunicación” desde la que podría vivir algo distinto, es necesario que todo el mundo asista al encadenamiento social. Lo alternativo se presenta así como un aliado indispensable de lo estatal. El fetichismo de la mercancía se extiende al imaginario social entero, por lo que puede funcionar con cualquier emblema minoritario.

V
Aunque Deleuze no lo hace expresamente, es fácil relacionar la potencia de este “poder-juego” (Foucault) con la fascinación que ejerce la imagen. Es en sí misma un genial simulacro de fusión, integrando lo que fue previamente fragmentado. Multiplicando las paredes, la corriente de imágenes nos protege de lo real, lo inimaginable que resiste, aquella zona desde la cual podríamos ejercer una fuerza. Para desactivar esa posibilidad, una imagen lleva a otra, hace guiños a otras mil. Es el movimiento coagulado en sucesivos instantes decisivos de una publicidad que, en el fondo, sólo publicita la velocidad de escape que es nuestra historia. Fluencia continuamente subtitulada, la imagen soporta el entretenimiento abierto del control. Se trata de un sueño de separación laminar –teñido de cercanía- que ahorra todas las paredes y derriba cualquier muro. Sería divertido analizar cómo en su momento esta lava proteica derritió los muros del Este.

Mientras tanto, la rivalidad interminable de la in-formación permanente implica también que uno es rival de sí mismo, pues la competencia atraviesa al propio sujeto. El hombre podría ver, si aún tuviera ojos para esto, cómo su identidad se aparta cada vez más de su existencia. De manera que este poder-surf casi invisible consigue la cuadratura del círculo: hacer del individuo, en principio indivisible, algo dividual.

La metamorfosis se ha cumplido y ya no podemos localizar el insecto que somos. De ahí la furia del ciudadano-consumidor hacia todo lo que recuerde lo que pervive en él en estado larvario, sin posible realización. De ahí el lugar ambiguo del extranjero, en un planeta donde ya todos los somos, pues hemos sido desarraigados de nuestro humus vital para poder estar permanentemente en antena. Cuando el poder se hace cargo de la misma vida, y la materia prima del sistema productivo es la humanidad, la vida se divide. El afuera pasa adentro en el interior del mismo hombre, de ahí su oscilación entre una lasitud catatónica y los estallidos de euforia o de furia.

La neurosis de la vida sana es nuestra enfermedad social preventiva. En la nueva medicina, recuerda Deleuze en el Post-scriptum, ya no hay médicos de un lado y enfermos de otro, sino que todos somos enfermos potenciales localizados en distintos grupos de riesgo. Y debemos convivir con dolencias crónicas, que la estadística adelanta eliminando cualquier relación intuitiva con el cuerpo. La relación entre infinitud numérica y clausura real también cumple aquí su designio.

Por lo demás, dado que la interacción de un control continuamente deformable no nos permite ninguna distancia con el cuerpo sin órganos de la sociedad, por ninguna parte rozamos un referente real. Todo es superestructura, de ahí que las ideologías cuenten poco. La base de esta convergencia centrista de derecha e izquierda, que tantas frustraciones genera, es la potencia móvil de una separación que abraza los cuerpos, de una alienación que se convierte en espectáculo y genera seguidores.

Deleuze no llega tan lejos, pero los sindicatos no sólo estarían obsoletos por la dispersión terciaria, por la disolución de los grandes encuadramientos de clase, sino por el colaboracionismo de los trabajadores con las ilusiones de “clase media”, esta magia blanca de la neutralización económica, la simbiosis entre aislamiento y conexión, desarraigo y circulación. 

Deleuze, el hombre que un día decidió  morir, antes defendió la necesidad de pensar con “lo más atrasado” de nosotros mismos. En este maravilloso documento de nuestra zozobra diaria se muestra muy próximo a Nietzsche e muy alejado de Marx. En el Post-scriptum ni se habla de democracia, tampoco de economía, como si la clave de la gobernanza contemporánea fuese el simple fetichismo de la movilidad, una religión circulatoria que –sin doctrina alguna- sólo necesita que abandonemos la existencia, el compromiso moral con nuestra raíz no elegida.

Oscilando del viejo valle de lágrimas a esta radiante cumbre de risas, el control no es peor ni mejor que la disciplina. Cada época tiene una plaga que vierte sobre las espaldas del hombre, una violencia que intenta encauzar a los pueblos. No hay lugar para el pesimismo o el optimismo, dice Deleuze, apenas tenemos tiempo para buscar otras armas. ¿Cuáles? Sólo se nos dan pistas. No hay en el Post-scriptum ninguna referencia a la lucha de clases, tampoco a ninguna clase elegida. Más bien al contrario, Deleuze no deja de insistir en que el capitalismo y la resistencia “de concentración” han muerto a manos de la dispersión, un poder que es “abierto” porque se cierra en cada punto donde la vida palpita.

La lucha contra la “raza descarada de nuestros dueños” estaría deprimida a manos de una mediación infinita que divide a cada uno por dentro, separando en nosotros lo que hubiera de proletario ontológico, de Daseinendeudado con la pobreza. Esta sería hoy la apoyatura metafísica del capitalismo, prolongando la labor “revolucionaria” que la burguesía llevó a cabo, esa liquidación mundial que tanto fascinaba a Marx. Cuando el primer círculo de La insurrección que viene vuelve sobre esta cuestión del apartheid sobre cada existencia, a manos de la identificación, no esta más que desarrollando este control deleuziano, que después vuelve en Agamben y Badiou.

VI
¿Cómo liberarse del control, de un poder social que te sigue como una sombra, que desea tus ondas y que seas feliz? Quiere ser fan de ti y le gustaría pegarse a tu piel. “I am what I am”: mi música, mi ropa, mis estudios, mi corte de pelo, mi perfil, mi piso, mis historias de amor… La expresión constante se adelanta a la percepción y la desactiva, liberándonos de la necesidad de pararse y pensar, de escuchar y sentir. Vivimos casados con nuestra propia imagen, acoplados a una identidad móvil que nos separa minuto a minuto de la existencia, soltando el lastre de lo que haya de difícil, inamovible y antiguo en ella.

Esta universal invitación a “movilizarnos”, que empieza en el plano perceptivo, es una constante orden de alejamiento de la cercanía, de su ambigüedad irreal. Tal es la ideología incrustada en las tecnologías, la gran oferta política que las hace arrolladoras. El entorno vibrante nos obliga a una constante respuesta, una frenética emisión de mensajes que ahorra el peso de vivir, sin cobertura ni subtítulos.

Expresarse, impactar, ser divertido, estar al día, ser popular. Nadie echa de menos a un desconocido y esto, ser desconocido, no es hoy fácilmente soportable. Nos haría falta una tecnología para el “comunismo” de la condición mortal, para encontrar lo común en lo que nos abisma. De ahí esta histerización del contacto, un simulacro de acumulación que debe librarnos del vacío, la finitud real que vivimos como un desierto. La euforia social es la cara externa del pesimismo vital.

Si hay salida, comienza por aceptar un mapa de la trampa, tan multiforme y extensa como el horizonte que nos cerca. La única salida pasa por ver, frente a la vida mortal, esta prisión de paredes móviles que llamamos sociedad. No estaríamos lejos entonces de la idea de Heidegger de practicar un sí y un no simultáneos frente al orden de la técnica. Simultáneos, porque la afirmación y la negación son pronunciados en distintos planos, aunque coexistan: el devenir y la historia, el acontecimiento y la situación, el tiempo de la vida y la cronología que se multiplica en pantallas.

Es necesario ingresar en el corazón de las situaciones para preparar algo parecido a lo que estaba en la estrategia estoica, una subversión por aceptación. Cada una de nuestras diarias escenas de sumisión está separada por una delgada lámina de su posible liberación. Todo depende de cómo asumamos nuestro decorado, cómo nos atrevamos a habitarlo, pues una pequeña variación tonal puede convertir lo que parece el infierno en un limbo respirable. Ello exige que logremos dentro de nosotros –un adentro que es lo más lejano- un enemigo superior a la amenaza política y visible del exterior. Sólo así la pesadilla que es la historia será un juguete en manos de la primera propiedad de cualquiera, el peligro de vivir.

Esto no implica refugiarse en el individualismo, sino lograr una individuación –necesariamente contingente, siempre necesitada de la presión de lo intolerable- que potencie por fuera nuevas formas de comunidad. Formas necesariamente provisionales, tan inestables como lo es el encuentro.

Tenemos dos manos, dos hemisferios cerebrales. Con un lado es inevitable pactar con las tonterías de la época, el canon de la visibilidad y el reconocimiento. Con el otro lado, si queremos sobrevivir a una multiplicación cancerígena, debemos volver a ser invisibles, aprender el silencio y la desaparición, el hecho inevitable de –en algún día crucial- no ser reconocidos. Sobre esta necesaria desaparición, precisamente en los momentos capitales, habla también el Post-scriptum.

Deleuze recuerda que el topo era una de las figuras de resistencia en los viejos espacios de encierro. Lento, paciente, ciego e intuitivo, el topo encontraba siempre una galería para minar el suelo que le aprisionaba y traspasar los muros de las sucesivas disciplinas. Pero hoy se nos empuja a “movilizarnos” por todas partes. La cuestión es entonces cómo encontrar una velocidad que conecte con la lentitud que nos falta; una rapidez que sea más alta que la de este entorno automatizado y nos permita regresar a una vida análoga de su vértigo.

Una velocidad que vuelva al ser lento que somos, a esa coreografía de los afectos, la percepción, el pensamiento y su secreto. En Mil mesetas Deleuze recuerda que los nómadas son los que se aferran a una “región central” que no tiene cabida en ningún sitio.

Frente al topo, la serpiente es ágil. Ante todo, ha de ser capaz de estar quieta, de desaparecer por su simple manera de estar ahí, camuflada con los colores de una escena. A diferencia de la tabla de surf, la serpiente puede ser ágil y brillante, pero también aquietarse y desaparecer, sumergirse bajo las superficies. Sabemos por algunas técnicas orientales que existe un cierto tipo de reposo y concentración capaz de la más alta velocidad. No en vano Nietzsche ponía en el anillo del águila y la serpiente la figura más alta del conocimiento. La jovialidad del mediodía nacía de atravesar el corazón mismo de la tragedia.

En medio de esta luminosa organización de la ceguera nunca ha sido más fácil ser invisible. La dificultad estriba en que hoy, más que nunca, dan miedo las sombras, las habitaciones o los campos vacíos, la soledad de los márgenes. Todo lo durmiente, lo que está solo, es potencialmente terrorista, pues no somos capaces de ver la vegetación que hay en el desierto. Somos así prisioneros de esta malla proteica, al preferir una consensuada neutralización frente a la soledad de los márgenes, al “atraso” de no tener cobertura.

Bajo este perpetuo verano de la juventud publicitaria, es necesario reinventar el poder de la desconexión, la ventura de no ser nadie. Reinventar, en esta época de transparencia total y espectáculo continuo, una nueva clandestinidad. Tal vez la mujer tiene esa sabiduría dentro, esa “humildad” para desdoblarse y actuar a tres bandas. El drama del hombre, siempre casado con su imagen narcisista, es que le falta esa tecnología, analógica del espectro real.

Sin el desdoblamiento de tal “hipocresía”, sin ser espías del otro tiempo que palpita dentro de esta imperial cronología, ¿cómo escapar de un poder social que es tan fluido como nuestras vidas? El autoritarismo de los clásicos espacios disciplinarios nos hacía la rebelión relativamente fácil y comprensible. Esta envoltura atronadora del Estado-mercado amenaza con convertirnos en un nudo de la red. Simples consumidores de movilidad y alternativas. Logo tras logo, marca tras marca, somos prisioneros de la reproducción, por radicales que sean nuestras alternativas de culto.

No hay ninguna posibilidad para la serpiente, un ser más ágil que el deslizamiento que nos ha colonizado, si al mismo tiempo no somos más lentos; capaces incluso de regresar y permanecer inmóviles, descansando en el enigma que no tiene imagen. Desaparecer, camuflarse, devenir imperceptible. Ser capaz de estar a solas con tu penumbra, con el veneno de tu diferencia y tus miedos. Ser serpiente exige incluso mudar de piel, apartarnos del afán de reconocimiento, de los clichés que pretenden protegernos.

Otra metafísica, capaz de aceptar una mortal existencia sin empleo social, es urgente para que pueda haber otra política. Tal viraje de la subjetividad occidental, hacia lo impolítico de la tierra, permite conectar con el mundo antropológico de la pobreza, esos “pueblos sin historia” que hasta ayer nuestro progresismo despreció, con muy distintas ideologías. Apostar por esa multitud bárbara e inmoral, que de vez en cuando irrumpe en nuestra sensibilidad, exige atreverse a pensar según la zona de sombra de nuestro suelo. Es la única manera de conectar con una humanidad libre del racismo de la movilidad.

Debemos aprender a camuflarnos en un poder que se ha confundido con nuestra piel. Una vieja sabiduría, que va de Juan de la Cruz a Tiqqun, nos recuerda que para ser libres hay que atarse, dejarse atravesar. Pensamos y somos libres desde nuestro atraso, desde un irremediable fondo de subdesarrollo. Necesitamos héroes que obedezcan a una heteronomía anterior a toda autonomía.

Necesitamos la agilidad de un platonismo de lo múltiple, del uno a uno. Lograr tal ascesis en cada punto de abundancia, en la misma dispersión móvil que nos transporta y nos expropia, requiere un taoísmo de la violencia, una fortaleza infraleve. Solamente una espiritualidad inmanente será capaz de ingresar en la médula de las situaciones y despertar el devenir de cualquier historia, el acontecimiento de cada situación.

Menos es más, logra captar el sentido del mundo bajo su línea de flotación, antes de que cuaje en signo y se convierta en otro medio. La serpiente reinventa una “alta mar” en cada puerto, una velocidad que puede descansar y concentrarse en el nuevo sedentarismo, en su cultura de masas. Pero esto supone resucitar algo que nos da miedo, no una espiritualidad interior y “privada”, sino política, capaz de mezclarse.

Tal vez Foucault y Deleuze sólo barruntaron este viraje de la lucha y del guerrero, este paso del león al niño. ¿Eran todavía demasiado “marxistas” para asistir a este giro, a esta orientación práctica e infranalógica del pensamiento, al oriente que espera bajo nuestra enorme urbanización? Quizás los dos amigos estuvieron todavía ilusionados con la política y un resto de la metafísica de oposiciones; en suma, con Hegel y lo que Simone Weil llama “la superstición de la cronología”. Si es cierto que Foucault, al decir de Deleuze, “odiaba los retornos”, los dos tuvieron un problema con la vida que no cambia, un límite que nosotros debemos traspasar.

Lo que nos puede volver a otorgar independencia es una buena relación con el desierto, con la protección que brinda la intemperie. Sólo un fondo de disciplina, una disciplina del sigilo que recupere la violencia de la que hemos sido expropiados, puede contrarrestar la violencia flexible de la que somos objeto. Es necesario aliar un epicureísmo de los sentidos con un estoicismo del pensamiento, una piedad afectiva con una dureza intelectual de la distancia. Reinventar un nuevo ascetismo, un rodeo salvaje sobre sí mismo a través del desierto. Ser nómadas otra vez para escapar de este sedentarismo del cambio programado.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 16 de junio de 2013



* “Post-scriptum sobre las sociedades de control”. El texto fue publicado en L’Autre Journal, nº 1, en mayo de 1990. En España cierra el precioso volumen de artículos y entrevistas llamado Conversaciones (Pre-Textos, Valencia, 1995). Estos comentarios han surgido de la lectura privada y pública de ese texto a lo largo de años, más los debates del Seminario Nietzsche-Tiqqun de esta primavera en la Facultad de Filosofía de la UAM y el encuentro Milestone Project de Girona. Gracias desde aquí a todos los organizadores y participantes.

domingo, junio 16, 2013

La revolución y la revuelta

La revolución y la revuelta | Cultura | EL PAÍS

1 En el año 1968, tras alcanzar su clímax, la energía revolucionaria se agotó para siempre. Esta afirmación de Baudrillard es desmentida por un tipo que ronda el Madrid de las protestas recientes y los bares de siempre. Su nombre es Barrunte, nació en plena revolución mexicana, es inmortal. Y si tiene la certeza de que Baudrillard se equivoca es, precisamente, porque a cambio de esa vida infinita está obligado a participar, antes y después del 68, en cuanta sublevación le imponga la deuda adquirida. Así la guerra civil española o la revolución cubana, Nicaragua o el Congo. Barrunte ha sido montonero, tupamaro, sandinista, ha pertenecido a la OLP o el IRA, y es el protagonista de Será mañana, novela de Federico Guzmán Rubio. En sus rondas diurnas y nocturnas nuestro héroe suele detenerse para tomar aliento, o unos cuantos orujos, y de paso contrastar las convulsiones españolas actuales con las de sus diversos pasados revolucionarios.
Marco es el protagonista de Democracia, de Pablo Gutiérrez, y no es inmortal. Aún más, el crash de Lehman Brothers casi le convierte en un muerto viviente, pero la venganza es suficiente estímulo para “regresar” con fuerza a la vida. Él puede ser echado a la calle sin contemplaciones, pero también responder, incluso con más vigor, lanzándose sobre los muros de la ciudad. A la manera del artista callejero Banksy, su revolución particular toma la forma del graffiti, lo que le permite dejar una huella en el mundo casi tan imperecedera como la vida de Barrunte, el revolucionario infinito de Será mañana. Un rastro cuyo mensaje alcanza la categoría de un virus creciente que se mueve en zigzag: entreKarl Popper y George Soros, España y el mundo, el dibujo y la tecnología, el arte y la política, la poesía y la escuela. Todo, en fin, como corresponde al artista visual en que se convierte su protagonista.
La revolución divertida no es una novela, sino una crónica que avala “la persistencia de los sesenta”. En consecuencia, recorre desde el Mayo francés hasta el 15-M español. Su autor, Ramón González Férriz, se concentra en la zona lúdica de una revolución cuyo destino manifiesto es quedar encapsulada como movimiento cultural, tal vez un episodio en la historia del pop, acaso una fusión entre El porvenir de la revuelta deJulia Kristeva y el espíritu de la movida madrileña.
No hace falta decir que los tres libros tienen calidades distintas, como distinta es la remoción que ejerce, sobre ellos, el presente. A Guzmán Rubio le catapulta el historicismo, a Pablo Gutiérrez el esteticismo, a González Férriz el hedonismo. A los tres, nacidos en la segunda mitad de los años setenta del siglo XX, les resulta ineludible partir de una actualidad poco soportable para los dos primeros, bastante más aceptable para el tercero.
Tampoco es que les guíe la antigua fascinación por las revoluciones de un Sartre o un Graham Greene. De hecho, parecen más próximos aMarcel Duchamp (murió, por cierto, en 1968) y al impacto de su influencia que, evidentemente, tampoco quedó sepultada en ese año cargado de mitos. Casi podría decirse que practican, desde la literatura, una transformación del ready made que ya había sido experimentada, con suerte dispar, por el arte contemporáneo del pasado reciente: una mutación propia de este tiempo en el cual ya no son los objetos —un urinario o una aspiradora— los que quedan convertidos en obra, sino los sujetos y sus causas; incluida la propia revolución.

Ese “cruzar el charco” no ha estado acompañado esta vez por la costumbre de algunos intelectuales de la Península que, en otros tiempos, eligieron América Latina para colocar sus pulsiones redentoras. Sin duda, el presente español se basta a sí mismo para impedir el reciclaje, al otro lado del océano, de aquella fantasía utópica descrita alguna vez por
 Manuel Vázquez Montalbán: esa que buscaba en los territorios latinoamericanos “la revolución que nosotros no hicimos aquí”.2 De las cumbres iberoamericanas nunca ha salido una revolución. De la última queda, sin embargo, una imagen insólita de algo parecido al mundo al revés tan propio de las situaciones revolucionarias: la del rey Juan Carlos I, entre solemne y angustiado, pidiendo ayuda a los países latinoamericanos. Ya estábamos en plena crisis y era patente el efecto retorno de muchos inmigrantes de América Latina a sus países de origen. También comenzaban a abundar, como no había ocurrido desde hacía décadas, los españoles que cruzaban hacia allá el Atlántico para buscarse la vida.
En ese aquí y en ese ahora se alojan las recientes protestas y, junto a estas, una eclosión literaria marcada por la contingencia del momento. Esto, que ya había estallado en centenares de panfletos, ensayos y textos de batalla, aparece ahora desplazado hacia la ficción. Jorge Carrión percibe, en este contexto, la emergencia de una novelística del segundo desencanto, en la que incluye por igual autores españoles y latinoamericanos. Según este crítico, unos y otros dan cuenta del desplome social espoleados por un presente en crisis el cual, más que interrogado, precisa ser contestado. Al ya citado Guzmán Rubio, Carrión añade a Cristina Fallarás, Miguel Ángel Hernández Navarro, Javier López Menacho, Iván Repila o Javier Moreno.
Puede que no sea el desencanto la figura exacta para encuadrar autores tan diversos. Puede que en Fallarás prevalezca la resistencia, en Pablo Gutiérrez la venganza o en Alberto Olmos el escepticismo. Puede, incluso, que la desilusión juvenil del protagonista de Hernández Navarro en Intento de escapada deba circunscribirse al mundo del arte más que al mundo en sí, siempre que esto sea disociable. Pero los términos exactos no existen, y lo cierto es que Carrión consigue activar un plano válido para transitar por esa literatura surgida de la precariedad y cuyo origen el autor remite al Lazarillo.
El desencanto, clásico documental de Jaime Chávarri producido porElías Querejeta, nos dejaba ver, a través de la familia Panero, una desesperanza seminal que acompañaba a la transición desde su mismo inicio. Las novelas de estos autores enuncian un descalabro propio del final de esta. Todo ello, no sobra advertirlo, a partir de libros muy desiguales en los que encontramos experimentación y lenguaje directo, minimalismo o neobarroco, sublimación del instante y ambición universalista. Mucho de lo que funciona para ratificar un síntoma y casi nada de lo que sirve para definir un movimiento (al estilo del Crack latinoamericano o el Nocilla español).
Entre las muchas lecturas posibles de este fenómeno, inmerso en la superproducción editorial, una nos permite avanzar en la escisión entre los novelistas españoles y los latinoamericanos a la hora de atender la impronta del presente. De hecho, hay algunas diferencias innegables entre unos y otros —de circunstancia o tratamiento del legado literario—, más allá de sus coincidencias generacionales y editoriales. No quiere decir que se ignoren, es que parecen nadar en paralelo mientras se observan por encima de la boya que parte el agua entre los dos lados del Atlántico.
Consideremos, tan solo, el siguiente detalle: mientras el protagonista de Pablo Gutiérrez sufre distintas tribulaciones a causa de un dinero que se esfuma de su vida, el de Alan Pauls —en Historia del dinero— se aplica a la genealogía de un dinero que ha aparecido en la suya…
No es infrecuente tampoco que, al volver sobre el pasado, buena parte de los escritores latinoamericanos lo hagan al compás de cierta parsimonia. O que intenten elucidar, con más interés que animadversión, qué ocurrió antes con la izquierda y las revoluciones en las que se vieron implicados sus padres. De ahí esa novela familiar, escrita a base de marcar distancias y en la que lo volátil de la inmediatez suele balancearse con el peso de la historia. Y de ahí también que el tiempo, más que un asunto de la trama, se convierta en un sedimento de la construcción literaria. Rodrigo Rey Rosa, Martín Kohan, Patricio Pron o el propio Pauls emprenden ese viaje al pasado que cuenta, desde el mismo punto de partida, con una ventaja añadida: todos saben que van a lidiar con un fracaso. Resulta, entonces, comprometido adivinarle algún desencanto a una empresa que no emana, precisamente, de la ilusión. Y esa es otra diferencia importante con los escritores españoles de la última ola, que se encuentran más bien desconcertados ante el resultado de una transición que, hasta hace muy poco, se había ventilado como un éxito. Siguiendo el matiz de Roland Barthes en El grado cero de la escritura, desde estas escrituras del grado cero los primeros prefieren significar, mientras que los segundos parecen más interesados en señalar.
En los latinoamericanos, lo que sucede con los padres biológicos puede extrapolarse a los padres literarios. Ya ni siquiera es perentorio matarlos. ¿Quién se quiere enrolar hoy en una guerra contra el boom? Puesto que esta batalla es agua pasada, puede ser más interesante ahora ofrecerle otra vida a Roberto Arlt o establecer una mirada diferente sobre la novela del dictador; esto es, una recuperación capaz de asumir la diseminación del caudillismo justo cuando este desborda lo meramente militar para alojarse en las relaciones personales (Junot Díaz o Rita Indiana). Es posible rescatar, sin complejos, formas denostadas hasta hace muy poco por la literatura urbana, el caso de la novela telúrica (Israel Centeno). Incluso es factible una aproximación a la novela de la revolución mexicana para reactivarla, con más ironía que parodia, despojada de su retórica grandilocuente (Guzmán Rubio). Esto deja entrever un ejercicio de conciliación desde el cual todo tiene cabida en el presente porque, al mismo tiempo, todo puede ser sometido a la más intensa de las revisiones.

Bajo el imperativo moral de hacer “algo”, “cualquier cosa”, ambos saltan a la calle sacudidos por un impulso visceral muy diferente a los motivos librescos con los que habían acompañado las pasiones redentoras de su juventud. Solo que, durante aquellos años de implicación en la revolución caribeña, habían sido testigos de demasiado ego, demasiada sangre, demasiadas teorías. De manera que sus viejos sueños se habían convertido en pesadillas recurrentes, su vieja fascinación se había trastocado en rencor.
3 En El siglo de las luces, Madrid aparece como la ciudad de un corolario. En ella los protagonistas viven el fin del sueño revolucionario, su desengaño definitivo con la versión antillana del jacobinismo que habían asumido como receta para América Latina. Pero Madrid es también, para ellos, el comienzo de un destino —frágil, eso sí— que hasta entonces no habían sospechado. En esa ciudad, Sofía y Esteban son arrastrados a la revuelta contra la invasión francesa. Una sublevación que, irónicamente, iba contra todo lo que habían abrazado allá y de cuyo fracaso se habían refugiado aquí.
Así que al final, estos liberales —y algo libertinos— exrevolucionarios acaban sus días involucrados en una revuelta en la que participar ya no se les presenta como la consecuencia lógica de comprender o estar de acuerdo, sino como una manera tribal de pertenecer.
A “algo”, a “cualquier cosa”.
Si bien el propio Carpentier dijo alguna vez que las novelas no transformaban el mundo, virtud que dejaba en exclusiva a El contrato social o El capital, El siglo de las luces es uno de los libros a tener en cuenta para comprender tanto los ideales de la revolución como su fracaso; su capacidad de ilusión y su espiral de terror. Es tal la magnitud de su metáfora que, aunque el autor —reconocido intelectual orgánico del poder cubano— la publicó en 1962, tres años después del triunfo guerrillero de 1959, tuvo el cuidado de rematarla con un discreto, pero persuasivo, 1958 en la última página.
Cuesta creer que un novelista de su fama —primer director del Instituto Cubano del Libro— tuviera que esperar cuatro años para publicar una novela. En particular, esa novela, en la que despieza sin miramientos el factor humano de la revolución, con su repertorio de personajes —el crédulo, la apasionada, el cínico, el investido de poderes— y, siempre, a ritmo de chas-chas-chas, la música de fondo de la guillotina. ¿Una parábola de la revolución cubana? Ese 1958 que cierra el libro no avala tal lectura. El 1962 de su primera edición en cambio sí la permite.
Resulta curioso que, ante una América Latina que cuenta hoy con una decena de países instalados en el “socialismo del siglo XXI”, algo escaso de discurso y epopeya, las actuales novelas parezcan sentirse más cómodas escudriñando los viejos tiempos en los que la revolución tenía épica y discurso, aunque casi nunca el gobierno. Quizá, sobre estos libros recientes flota el magisterio de aquel Siglo de las luces, con su alerta sobre el maquillaje que la literatura puede llegar a aplicar sobre la violencia. Una advertencia capaz de prevenirnos, por otra parte, de que con la estética de la revolución puede pasar lo mismo que con la estética de la cirugía. Empezamos con los retoques y acabamos limpiando la sangre.

Iván de la Nuez es autor del ensayo Fantasía roja. Los intelectuales de izquierdas y la revolución cubana (Debate).

Presente y pasado de una ilusión

ESPAÑA
Democracia (Seix Barral). Pablo Gutiérrez
La revolución divertida (Debate). Ramón González Férriz
A la puta calle (Del Bronce). Cristina Fallarás
Intento de escapada (Anagrama). Miguel Ángel Hernández Navarro
Yo, precario (Libros del Lince). Javier López Menacho
El niño que robó el caballo de Atila (Libros del Silencio). Iván Repila
2020 (Lengua de Trapo). Javier Moreno
Ejército enemigo (Mondadori). Alberto Olmos
AMÉRICA
Será mañana (Lengua de Trapo). Federico Guzmán Rubio
Historia del dinero (Anagrama). Alan Pauls
Así es como la pierdes (Mondadori). Junot Díaz
Papi (Periférica). Rita Indiana
El material humano (Anagrama). Rodrigo Rey Rosa
Museo de la revolución (Mondadori). Martín Kohan

EL RIO QUE NOS LLEVA, Gustavo Martín Garzo

La pitxa un lio: La literatura és l'experiència de veure el món com...: Francisco Rodríguez Adrados Francis Scott Fitzgerald escribió que los dos cuentos básicos de todos los tiempos eran La Cenicienta y P...

Francis Scott Fitzgerald escribió que los dos cuentos básicos de todos los tiempos eran La Cenicienta y Pulgarcito: el encanto de las mujeres y el valor de los hombres. No quiere decir esto que las mujeres no tengan que ser valientes o que los hombres deban renunciar al encanto, sino que todos tenemos dos almas: una masculina y una femenina. La primera nos inclina a la acción, la segunda al ensueño. Una tiene que ver con la identidad; la otra, con la metamorfosis, con el deseo de acercarse a los demás y tener otras vidas. 

La literatura, ese gran río del que habla Francisco Rodríguez Adrados (El río de la literatura: de Sumeria y Homero a Shakespeare y Cervantes. Editorial Ariel. Barcelona, 2013)., tiene que ver con el valor y el encanto, tiene que ver con el deseo de conocer. Tres son sus géneros esenciales: épica, lírica y literatura sapiencial. Rodríguez Adrados sigue el curso de ese río desde su origen en las remotas fuentes indoeuropeas y del Oriente Próximo, a su confluencia en Grecia para avanzar a través del latín hasta la Edad Media y de ahí a las cumbres de Shakespeare y Cervantes y a toda la literatura posterior. Adrados concede una importancia suprema a la oralidad. Será de ella de donde surja la escritura, que antes o después conocerá su propia decadencia, como sucede al final del Imperio Romano y comienzos de la Edad Media, en que se hunde la gran literatura latina y florecen varias literaturas orales en distintas lenguas que darán lugar a las grandes literaturas occidentales. El ciclo se repite, como se repiten los géneros y los argumentos. Y ese río invisible que es la literatura sigue su misterioso curso. “Porque lo colectivo y anónimo no solo está antes de la literatura personal, está también debajo de ella en todas las edades. Y a partir de un momento, de cuando en cuando, sube a la superficie, crea la gran literatura”. 

La literatura surge de la fiesta, cuyo mundo es el mundo del erotismo y las correspondencias. “El amante esta ausente, o quizá al otro lado del Nilo ¡y en él están los cocodrilos! —escribe Adrados al hablar de los cantos de amor en Egipto—. La enamorada se baña casi desnuda para que él contemple su belleza, están presentes las flores, los animales, toda la naturaleza. El amor es la medicina de la enamorada que desfallece”. La fiesta tiene que ver con el deseo y el misterio del otro. Al hombre no le basta con vivir, sino que quiere tener una vida hermosa, una vida dotada de sentido. Durante miles de años, agobiado por el peso de sus necesidades y carencias, el hombre buscó ese sentido fuera del mundo. Pensó que había otra vida, un reino de plenitud más allá de las nubes, por el que había que sacrificar el nuestro para alcanzar la salvación. La literatura nos dice que la salvación no se encuentra en el más allá, sino en el aquí y en el ahora. El reino está en nosotros y nuestra misión es civilizar el infinito, hacerle caber en nuestras pequeñas vidas. 

Pero hablar de esas vidas es hablar de individualidad, que es una invención de la cultura griega. Adrados concede la máxima importancia a esa cultura. Una cultura centrada en la polis que creó obras de arte absolutamente únicas y cantó las virtudes de ese fruto, tal vez el más misterioso de todos, que llamamos razón. La literatura en el mundo griego es acogimiento, hospitalidad, virtud ciudadana; pero también relación con lo que está fuera de los límites de la ciudad: desde la relación con la muerte, lo Otro absoluto, hasta con todos los diferentes: el bárbaro, el esclavo, el extranjero, el joven o la mujer… 

“El hombre, escribe Adrados, crea la literatura, la transmite, con ella vive, comprende, goza y sufre. Sin ella difícilmente podría llamarse hombre”. En la literatura, en suma, está la fundación de lo humano. No está mal recordarlo en un tiempo en el que asistimos a una decadencia de la literatura, cada vez más ignorada en los planes de enseñanza, y en consecuencia a una decadencia de la palabra en cuanto portadora de verdad. PeroAdrados no es enteramente pesimista. Puede que estemos asistiendo, nos dice, a una crisis de la cultura antigua, pero ¿por qué no esperar de esa crisis una nueva oralidad y un nuevo renacimiento? François de la Rochefoucauld dijo que “la gente no se enamoraría si no hubiera oído hablar del amor”. La literatura es el río que nos lleva, sin ella nuestra propia vida nos sería desconocida. La insistencia de Adrados en vincular el origen de la literatura a la oralidad y a la fiesta habla de esa capacidad tan humana de maravillarse por la existencia del mundo. La literatura es la experiencia de ver el mundo como un milagro. Aún más, en este sabio y deslumbrante libro, Adrados nos dice que ese milagro es el lenguaje mismo, y nos da un último consejo: “Habría, quizá, que escribir menos, leer y saber más sobre todas las culturas del mundo. Hacer que dejen de sernos, a veces, tan ajenas”. La literatura es el hilo que todo lo teje.

Gustavo Martín Garzo, El río que nos lleva, Babelia. El País, 15/06/2013
 EL RIO DE LA LITERATURA: DE SUMERIA Y HOMERO A SHAKESPEARE Y CERVANTES
FRANCISCO RODRIGUEZ ADRADOS
Editorial Ariel

sábado, junio 15, 2013

“Defiendo que escribamos alegremente”

“Defiendo que escribamos alegremente” | Periódico Diagonal

IBAN ZALDUA
AUTOR DE 'ESE IDIOMA RARO Y PODEROSO'
“Defiendo que escribamos alegremente”
El narrador Iban Zaldua, autor, entre otros, de libros como 'Mentiras, mentiras, mentiras', 'Si Sabino viviría' y 'Porvenir', habla en el ensayo 'Ese idioma raro y poderoso. Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar' (Lengua de Trapo, 2012) de los caminos que transitan las voces literarias vascas.
RAMÓN CALANDRIA. Madrid
28/05/13 

¿Cuándo comienza la disputa política entre nacionalismos (vasco y español) en torno a la narrativa? ¿Crees que ha terminado?
Yo creo que comienza cuando la literatura escrita en euskera empieza a ser tomada en serio, es decir, a partir de los años ‘90 más o menos. Antes ni los escritores vascos en castellano ni, desde luego, el establishment literario la tenían en cuenta. A partir de entonces se encuentran con que la literatura vasca que “exporta” no es única ni principalmente la que se hace en castellano en el País Vasco, sino la de Atxaga y compañía, creada originalmente en euskera. Eso duele. Y no, no creo que ha terminado: continuará. El mercado literario es cruel. Sobre todo por eso: porque es mercado.
Hablas del agonismo de la narrativa en euskera. Misma pregunta, ¿en qué consiste? ¿Se está superando?
Bueno, es un poco el sentimiento trágico de la lengua, esa conciencia de estar escribiendo en una lengua que puede estar al borde de la extinción. Si los escritores ya somos quejicas por naturaleza, el escritor en una lengua en peligro lo es por añadidura. Lo malo es que eso suele llevar al acriticismo: como escribiendo en una lengua así ya estás haciendo un servicio a la humanidad, ya es un mérito per se, ¿para qué preocuparse de la calidad? Ante eso, defiendo que escribamos alegremente, como si lo hiciéramos para cuatrocientos millones de lectores, pero sin dejar de ser rigurosos con lo que producimos. Por fortuna, no toda la literatura vasca es agónica.
Reclamas que se debe separar al euskera del nacionalismo ¿Qué aportaciones te han llamado más la atención?
Bueno, no sé si lo llego a reclamar del todo. Me hacía eco de una idea de Ramon Saizar­bitoria, uno de nuestros mejores novelistas, en un ensayo que publicó ya hace unos cuantos años, en una época en que decir estas cosas en euskera no era cómodo ni mucho menos: hubo quien le trató de traidor por decir estas cosas. Pero la ecuación es clara: el euskera ha resistido a causa del nacionalismo vasco, porque el nacionalismo vasco lo ha sostenido. ¿Pero puede seguir creciendo y convertirse en una lengua con futuro apoyada sólo en esa parte de la población que es nacionalista vasca? Sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera todos los que se consideran abertzales le dan tanta importancia a la cuestión de la lengua. De manera que lo planteo más como duda razonable que como certeza. Como casi todo en este libro.
La literatura ha dado mucho sobre el conflicto vasco ¿Qué libros consideras más relevantes? ¿qué ideas crees que la literatura ha puesto en marcha para superar el trauma?
Empiezo por el final: no sé si es función de la literatura ayudar a superar ningún trauma. A mí, personalmente, la literatura sobre “La Cosa” me ha ayudado, a veces, a entenderlo mejor, pero también a odiarlo mejor o a abandonar la tentación de entenderlo... En todo caso, creo que, hasta la fecha, y desde mi muy particular sillón de lector, los libros más importantes escritos en euskera sobre el tema son Los pasos incontables y Martutene, de Ramón Saizarbitoria; Letargo, de Jokin Muñoz; El hombre solo, de Bernardo Atxaga;Denboraren izerdia, de Xabier Montoia; Maletas imposibles, de Juanjo Olasagarre; Twist, de Harkaitz Cano y algunos cuentos de Jose Luis Otamendi, Eider Rodriguez, Ur Apalategi y Luistxo Fernandez. Aunque habría más, desde luego. Y aunque el peligro de que el tema caiga en las garras del cliché es grande, creo que las mejores obras sobre el tema pueden estar por llegar.
Explicas que la CT 'Made in Madrid' no permeó en la sociedad vasca (Basta Ya al margen) pero, en un artículo reciente hablas con bastante sorna de la museificación de 'lo vasco', ¿hay una CT vasca?
Supongo que en todas partes hay una tendencia “natural” hacia una cierta “cultura del consenso”, si eso es lo que entendemos por CT. También en el País Vasco, me imagino. Pero las circunstancias históricas no han sido las mismas: como aquí, por fortuna o por desgracia, la Transición no se cerró, ha seguido siendo posible escribir “en contra de” con más facilidad que en otros sitios. Algo que a mí, personalmente, me parece muy sano. Y no “en contra” de una sola cosa, sino en contra de varias, por cierto. Por eso mismo la posibilidad de que surja una CT vasca quizá sea mayor ahora que hace unos años, ahora que parece que el problema generado por la violencia de ETA está en vías de solución...

Atapuerca, sima de los cuentos | Cultura | EL PAÍS

Atapuerca, sima de los cuentos | Cultura | EL PAÍS

John Berger, el sabio que deshizo los postizos que enmascaran el mundo del arte, visitó en una ocasión la cueva prehistórica de Chauvet (Francia), pintada hace 15.000 años, y concluyó: “Se diría que el arte nace como un potrillo, que sabe caminar directamente”. También las historias debieron surgir así, manando sin premeditación ni alevosía. En tiempos remotos, cuando bastaba desear una cosa para que se cumpliera —que dirían los hermanos Grimm—, alguien contó la primera historia. Como los cuentos no dejan evidencia científica sino huellas en el aire, nadie ha podido demostrar cuándo ni dónde ocurrió algo tan pequeño y tan grande, pero no resulta descabellado situarlo en una cueva como esa de Chauvet, Altamira o la misma Atapuerca, donde ayer seis narradores revivieron en una antigua gruta kárstica lo que pudo ser el origen de las historias.
En el momento preciso en que Manqina Madosini Latozi (Mqhekezweni, Sudáfrica, 1922) hizo resonar con pasos calculados una tobillera con capullos secos de gusanos de seda y abrió los brazos tanto como los ojos para reforzar su relato sobre la amistad imposible entre una tórtola y una tortuga, nadie entendió lo que decía en su lengua xhosa pero todos interiorizaron que en las cuevas germinaron los cuentos. Sin descartar a Juan Luis Arsuaga, codirector del yacimiento de Atapuerca, sentado entre el centenar de asistentes: “Los científicos contamos historias basadas en hechos reales y los contadores cuentan historias míticas que no nacen de los vestigios, pero las dos historias son verdad...”
Entre los participantes en la sesión de narraciones había una curiosa mezcla de seres de ciencia y seres de fantasía, arqueólogos y cuentacuentos, que parecieron entenderse a la perfección. Acaso el secreto estribe en una apreciación del bosquimano Kapilolo Mario Mahongo, que pertenece al consejo de notables ¡Xun de Sudáfrica: “Ningún pueblo de la Tierra puede sobrevivir sin sus fábulas. Contar tu historia te hace humano, porque tu humanidad surge de tu relato, de tu pasado. Ser humano es poseer una vida espiritual y física. No podemos dejar que estas dos realidades caminen en direcciones distintas”.
En su peculiar lengua, usada por apenas 5.000 personas, Kapilolo relató la historia infeliz de una amistad. Él fue uno de los cuatro narradores procedentes de Sudáfrica, donde comenzó el proyectoHistorias de cueva en cueva, que ayer llegó a Atapuerca, esa confluencia de cuencas poblada desde hace 1.200.000 años y tan frecuentada que conserva restos de cinco especies distintas (Neanderthal, Heidelbergensis, Antecessor, Sapiens y una quinta desconocida). Antes, en África, había comenzado todo. La humanidad y acaso sus manías: la música, el arte, los cuentos. Madosini descubrió fascinada que en las cuevas de arte rupestre de las montañas del Cederberg (Sudáfrica), donde se celebró la primera sesión narrativa, figuraban un flautista y músico con un arco similar a su mhube. Considera que sus instrumentos —que ella misma fabrica para producir “madojazz”— son una herencia que se hunde en un pasado inabarcable.
“Para los humanos que habitaban en abrigos las historias eran esenciales para la supervivencia”, señala Blanca Calvo, la directora del proyecto Historias de cueva en cueva, que ha recibido financiación de la Unión Europea y que hoy expandirá la magia oral entre los 200 grabados paleolíticos de la Cueva de los Casares. En la iniciativa se han implicado tres ciudades europeas que han convertido la narración oral en una seña de identidad: el Centre des Arts du récit de Grenoble (Francia), la Biblioteca Civica de Cologno Monzese (Italia) y el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, que capitanea el proyecto. Sudáfrica participa como el país elegido por Bruselas para las actividades de su programa Cultura 2007-2013. Una elección providencial. Allí están las piedras con dibujos geométricos de Blombos (75.000 años de antigüedad). “Esto permite suponer que el pensamiento simbólico surgió en esa parte del mundo, y que los primeros humanos que salieron de África ya lo llevaban consigo”, expone Blanca Calvo.
Porque los relatos viajan desde el principio de los tiempos. Estrella Ortiz, que era maestra y actriz y que hace 30 años lo dejó todo para vivir de los cuentos, desgranó una fascinante historia que, llegada a un punto, disponía de tres finales posibles, recogidos en Extremadura, Irlanda y Senegal. Una señal de que las preocupaciones son universales y las respuestas, locales. Salvo los tabúes, que hermanan pueblos: la sudafricana Marlene Winberg y la italiana Lelia Serra contaron dos magnéticas historias de amor entre humanos y animales que dejan mal sabor de boca por sus sangrientos desenlaces (el cuento ¡Xun La esposa elefante y la leyenda sarda El muflón). Y que apuntan hacia el poder adoctrinador de los cuentos. Como Karizo y la abuela, la narración de Pedro Espi-Sanchis, un alicantino afincado en Sudáfrica hace 41 años, para transmitir la filosofía ubuntu: “Eres humano gracias al ejemplo y la ayuda de otros humanos”.

miércoles, junio 12, 2013

Bohumil Hrabal y el espíritu del siglo XX

Bohumil Hrabal y el espíritu del siglo XX | Edición impresa | EL PAÍS
Hace diez años que Bohumil Hrabal (1914-1997) sorprendió a decenas de miles de lectores en toda Europa con su insondable muerte: ¿se cayó casualmente por la ventana mientras daba de comer a los pájaros, como lo quisieron las primeras noticias sobre el asunto, o se suicidó? Hoy ya sabemos que, con toda probabilidad, Hrabal abandonó la vida por voluntad propia. Ahora, diez años más tarde, Hrabal sigue siendo un escritor de culto; ninguno de sus lectores puede resistirse a la magia de su narración en primera persona y al atractivo de sus personajes inauditos, estrafalarios, originales, esos quijotes de la cotidianidad, provenientes de las fábricas y las cervecerías.
Para Hrabal, la gran literatura universal tiene la tendencia a acercarse al "vertedero de la época": el protagonista, cuanto más baja en la escala social, más gana en carga eléctrica. Según el autor checo, en una época en la que el cielo se había derrumbado y la humanidad sólo dependía de sí misma, el arte y la literatura habían bajado al nivel de la gente corriente y de los marginados. Y por ello, la Praga golpeada por la ocupación nazi y por la Segunda Guerra Mundial, y sometida al comunismo, era el escenario ideal. 
Hrabal, que vivió el siglo XX de lleno y se apoderó de su estética y de sus grandes contradicciones, deambulaba por la Praga de los cincuenta y sesenta, y le parecía que todo lo que veía existía para iluminarle: cada peatón derrotado era para él una piedra preciosa, cada persiana rota, cada montón de chatarra y los trastos viejos que flotaban mansos sobre el Moldava eran para él el más bello assemblage. Caminaba por Praga y devoraba con la vista las decenas de torres con su pintura desconchada y los centenares de casas cubiertas de oxidados andamios de pies a cabeza... En sus estrechas callejuelas se daba cuenta de por qué la miseria urbana había inspirado a Rimbaud y a Baudelaire, de por qué Lautréamont había inventado la metáfora de lo que para él representaba la belleza: el encuentro insólito de una máquina de coser con un paraguas sobre la mesa de operaciones. Erraba por Praga y le deslumbraban todos esosassemblages y collages y montajes, que habían creado en las calles de la capital checa por error y por dejadez y que podrían considerarse un azar objetivo, capaz de evocar un poema simultáneo, e hizo suya esa estética, tan propia de la segunda mitad del siglo XX, en una apuesta muy cercana a la que, en el ámbito de la pintura, haría en España Antoni Tàpies, a quien Hrabal admiraba.
Se fijaba en los multifacéticos aspectos de aquel desorden no sin estilo para intentar darle forma, al llegar a su casa, a través de la corriente horizontal del hablar vivo, en fragmentos que expresaban el trueno de la calle y el ruido de las muchas soledades que aprendía en los monólogos escuchados cotidianamente en las cervecerías de Praga. Así nacieron los embriones de sus grandes novelas, como Yo que he servido al rey de Inglaterra, Una soledad demasiado ruidosa o Bodas en casa.
Aunque con la publicación de cada libro adelgazaba varios kilos, porque cada vez le asaltaba la mala conciencia de haber insultado o indignado a alguien, Hrabal sabía que tenía que escribir sobre la gente que no hablaba como las llamadas personas correctas, que debía emplear el argot y los vulgarismos y transgredir las convenciones y los tabúes: sabía que debía provocar y luego beber hasta la última gota el cáliz del sufrimiento. Hrabal siempre intentaba robar el fuego, violar las prohibiciones y así crearse a sí mismo y a su obra; sólo así su firmamento podía quedar apaciguado.
Bohumil Hrabal, uno de los autores europeos del siglo XX más lúcido y brillante, en sus textos procuró dejar en segundo término el brillo del intelecto para intentar captar la vivencia y, a través de ella, igualarse al polvo en el que se iba a convertir. Su obra es el testimonio de ello.

lunes, junio 03, 2013

“El capitalismo es tóxico”

“El capitalismo es tóxico” | Cultura | EL PAÍS


Hay novelas que captan la esencia de una época. La de los brókers, la del ganar dinero como sea, como “objetivo elevado y noble”; la de la burbuja inmobiliaria en la que comprar una casa y quedarse cruzado de brazos dentro de ella “era como estar en un casino con la garantía de ganar” podría ser perfectamente Capital (Anagrama), la última novela del inglés John Lanchester (Hamburgo, 1962). Es susceptible pensar que cumple la función de American Psycho, de Bret Easton Ellis, en relación a los yuppiesde los ochenta. “En esa novela estaban obsesionados por las marcas y aún hoy así es en la gente de la City londinense”, enlaza Lanchester, que dice que lo único que ha hecho en esta voluminosa obra de 600 páginas es “describir lo que ve por la ventana” de su casa en Londres. “Por las mañanas, mis vecinos van a la City a trabajar, la calle se queda desierta y entonces empiezan a llegar sin parar camiones con comida y con objetos para las tiendas”.
Pepys Road es una ficticia calle londinense donde cada día que pasa las casas suben de precio sin más. Allí el autor de la premiada El puerto de los aromas cruza a un banquero que encuentra normal cobrar una comisión de un millón de libras y a su esposa que gasta compulsivamente con unos paquistaníes (uno de los cuales ha tonteado con el terrorismo checheno) que regentan el supermercado. Hay una anciana de antiguos valores británicos que es visitada por un nieto que es un artista de discutibles performances. También una estrella del fútbol senegalés de 16 años con su padre, o un albañil polaco que no da abasto trabajando en la zona… Y, sobrevolando, una misteriosa amenaza llega desde los buzones: “Queremos lo que usted tiene”.
Parece un particular friso de la Londres multirracial y opulenta de finales del XX y principios del XXI, un collage que podría cumplimentar los que colegas como Martin Amis o Zadie Smith han hecho también de esa metrópolis. “Curiosamente, los dos se han ido a Nueva York”, ironiza Lanchester. “No, no son arquetipos, espero que el libro, con los años, dé una lectura histórica de un momento de ruptura brutal, de un cambio de mentalidad desde 2008 como nunca antes”. ¿Cuál? “Que no se puede vivir de manera tan inconsciente y que por vez primera no se va prosperar indefinidamente”. El aprendizaje se traducirá, cree, en “una clase alta cada vez más intocable y rica y una clase media que va a quedar muy diezmada; pobres habrá siempre y algunos más”.
De alguna manera, Lanchester, que ha invertido cinco años, desde 2006 a 2011, en la elaboración de la obra, se ha estado preparando para esta ambiciosa novela, con obras suyas anteriores: El señor Phillips (historia de un hombre en paro), El puerto… (“Hong Kong es el ejemplo de un capitalismo que ha arrastrado al resto del mundo; me fui de allí y Hong Kong me ha perseguido a Londres”) y de su explícito ensayo ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar (“de ahí he arrastrado conceptos y detalles que he colocado en la novela”).
En Capital no queda claro si lo que ocurre lo genera el propio sistema, como si de un ser vivo se tratara, o en el fondo están los males eternos del ser humano: avaricia, egocentrismo, pulsión sexual… “Es una combinación de ambas cosas pero es evidente que el sistema capitalista hace aflorar determinados sentimientos. Hay una toxicidad del sistema capitalista, es tóxico. La City no era así hace 25 años, basada ahora en esa absurda creencia teológica de un mercado sin regla alguna y que lo que estropee ya lo arreglará él mismo, lo cual es absolutamente falso”.
Tras sus gafas ovaladas y cara y voz bonachonas, Lanchester, hijo de banquero y criado en Calcuta, Rangún, Brunéi y Hong Kong, es duro con la situación que arrancó con Margaret Thatcher y Ronald Reagan —“si se hubiera controlado más al sector financiero el impacto de la crisis habría sido mucho menor”— y cree que “los bancos son zombies: piensan que están vivos igual que antes y siguen ofreciendo créditos y jugando con el sistema. Japón nos demuestra que poner y poner dinero tampoco es la solución”. La estrategia de llevarlo todo hoy al low cost way of live no le parece, piensa, la mejor manera de competir con países como Japón mismo o India.
Capital es un edificio tan rico que deja pinceladas sociológicas de gran interés, como los cambios experimentados en la personalidad inglesa. “La vulgaridad era tabú y los sentimientos tendían a interiorizarse; todo esto el hipercapitalismo lo ha borrado de la gente en apenas 30 años”.
También asoma la aluminosis del racismo: “Londres es distinto del resto del país; es cierto que se ven muchos matrimonios mixtos, pero dependen de quién eres tú y de dónde estás en el escalafón social: cuanto más abajo, más se acusa hoy el racismo en Inglaterra”. Una obsesión personal la refleja el nieto artista amante de las performances.“El arte contemporáneo es, en buena parte, una especie de gran comedia que se toma tan en serio que es un muy lucrativo negocio; el Este de Londres está lleno de artistas y gente del mundo de la publicidad y esas ramas; no puedo evitar hablar de ellos porque me atrae su comicidad”.
Lanchester, hábil narrador, retratista de personajes cuyos pensamientos pueden casi tocarse, ha visto vinculada esta novela a nombres como los de Charles Dickens y Anthony Trollope. “Para Capital pensaba en la novela del XIX porque me parecían que sus técnicas eran muy buenas para poder explicar los cambios en una sociedad; aquella fue una época de cambios mentales más rápidos incluso que los de hoy”, apunta el autor.
Cree que ha usado “el maletín de herramientas” del XIX para “arreglar la realidad” del XXI. “He cogido unas lentes y he ido enfocando los cambios, pero siempre desde el mismo marco. La linealidad narrativa de la historia del XIX la rompo con ese intercalado constante de capítulos de cada personaje”, dice.
El autor parece pragmático. O no: escribe los ensayos en ordenador, a razón de unas 1.000 palabras por día, mientras que la ficción la pergeña a mano, a 500 palabras por jornada, con el mismo tipo de rotulador y además en fichas. “La no ficción quiero que cueza rápido; para las novelas deseo que dure el estado de ambigüedad, que vayan fermentando y este método me lo permite”. Luego está el estilo, en el que también es dual. Por un lado, defiende que la narrativa del XIX es más libre que la actual. “Hoy hay más trabas al escritor que entonces; después de Henry James, hay más restricciones sobre lo que el narrador puede o no decir, qué puede saber o no de un personaje”; pero también elogia, y mucho, la narrativa televisiva actual: “Ha sabido casar formas narrativas tradicionales del XIX con técnicas modernas para enganchar al espectador. The wire, por ejemplo, es un caso explícito de eso, con absorción de técnicas literarias del XIX y grandes recursos actuales. Es un desafío muy interesante”.
Con un porcentaje calculado de ambas, Lanchester ha escrito Capital,libro peligroso en su calle. “No hay problema, los de la City no leen”

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