martes, diciembre 16, 2008

Le Clézio al recibir el Nobel

Letralia 201 | Especial | En el bosque de las paradojas | Discurso de recepción del Nobel por Jean-Marie Gustave Le Clézio
En el bosque de las paradojas

Discurso de Jean-Marie Gustave Le Clézio previo a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura 2008

Pronunciado en Estocolmo, Suecia, el 6 de diciembre de 2008



Jean-Marie Gustave Le Clézio


¿Por
qué escribimos? Creo que cada uno tiene su propia respuesta para esa
simple pregunta. Uno tiene predisposiciones, un entorno,
circunstancias. Defectos, también. Si estamos escribiendo, significa
que no estamos actuando. Que nos encontramos en dificultades cuando
enfrentamos a la realidad y hemos elegido otra manera de reaccionar,
otro camino para comunicar, una cierta distancia, un tiempo para
reflexionar.


Si examino las circunstancias que me llevaron a
escribir —y esto no es mera autoindulgencia sino un deseo de precisión—
veo con claridad que el punto de inicio para mí fue la guerra. No la
guerra en el sentido del tiempo específico de un magno trastorno, donde
se experimentan eventos históricos, como la campaña francesa en la
batalla de Valmy, como la retrata Goethe del lado germánico o mi
ancestro François por el bando de la armée révolutionnaire. Este debió ser un momento de exaltación y patetismo.


No,
para mí guerra es lo que los civiles experimentan, niños pequeños
primero y todos los demás. Ni una sola vez la guerra ha sido para mí un
momento histórico. Estábamos hambrientos, estábamos temerosos, teníamos
frío, y eso es todo. Recuerdo haber visto a las tropas del Mariscal
Rommel pasando por mi ventana en camino a los Alpes, buscando un pasaje
hacia el norte de Italia y Austria. No tengo un recuerdo
particularmente vívido de tal evento.


Recuerdo, sin embargo,
que durante los años siguientes a la guerra carecíamos de todo,
particularmente libros y materiales para escribir. A falta de papel y
tinta, realicé mis primeros textos y dibujos en la contraportada de los
libros usando un lápiz bicolor, rojo y azul. Esto me dejó una cierta
preferencia por el papel rugoso y los lápices ordinarios. A falta de
libros para niños, leía los diccionarios de mi abuela.


Eran
como un maravilloso portón, a través del cual me embarqué en el
descubrimiento del mundo, me extravié y soñé despierto mientras miraba
las láminas ilustradas y los mapas y las listas de palabras poco
familiares. El primer libro que escribí, a la edad de 6 o 7 años, se
tituló, más o menos, Le Globe à mariner. Inmediatamente
después escribí la biografía de un imaginario monarca llamado Daniel
III —¿podría haber sido sueco?— y un relato contado por una gaviota.
Era un tiempo de reclusión.


A los chicos apenas se les
permitía salir de casa a jugar, porque en los jardines y descampados
alrededor de la casa de la abuela aún había minas enterradas. Recuerdo
que un día, mientras caminaba a la orilla del mar, llegué a un terreno
cercado por alambre de púas: en la entrada había un aviso en alemán y
francés que amenazaba a los intrusos y estaba rematado con un cráneo
para dejar el mensaje perfectamente claro.


Es fácil entender,
en ese contexto, el deseo de escapar —y de ahí, el deseo de soñar y de
poner esos sueños en la escritura. Mi abuela materna, sin embargo, era
una gran contadora de historias, y se sentaba durante las largas tardes
a contar sus historias. Éstas eran siempre muy imaginativas y su
escenario eran los bosques —quizás en África o en Mauritius, la isla de
los Macabeos— donde el personaje principal era un mono que tenía mucho
talento para las travesuras y cuyas inquietudes siempre lo llevaban a
las más peligrosas aventuras. Después, viajaría a África y pasaría
tiempo allí, para descubrir el verdadero bosque, uno donde casi no
había animales.


Pero un oficial de distrito en la villa de
Obudu, cerca de la frontera con Camerún, me enseñó cómo escuchar el
tamborileo de los gorilas en una pradera cercana, provocado al golpear
sus pechos. Y de esa jornada, y el tiempo que pasé allí (en Nigeria,
donde mi padre era doctor extramuros) no sería la sustancia que
rescataría para futuras novelas, pero sí el nacimiento de una segunda
personalidad, un ensoñador que estaba fascinado con la realidad al
mismo tiempo, y esta personalidad ha estado conmigo durante toda mi
vida desde entonces —y ha constituido una dimensión contradictoria, una
extranjería dentro de mí mismo que ha sido a veces fuente de
sufrimiento. Dada la lentitud de la vida, me ha tomado la mejor parte
de mi existencia el entender la importancia de esta contradicción.


Los
libros entraron en mi vida en un periodo posterior. Cuando la herencia
de mi padre fue dividida, luego de que fuera expulsado de la casa
familiar en Moka, Mauritius, él arregló que se instalaran varias
bibliotecas con los libros que le quedaron. Fue entonces cuando
comprendí una verdad que de inmediato no es aparente para los niños:
que los libros son un tesoro más preciado que cualquier propiedad o
cuenta de banco. Fue en esos volúmenes —muchos de ellos antiguos tomos
encuadernados— que descubrí las grandes obras de la literatura
universal: Don Quijote, ilustrado por Tony Johannot; La vida de Lazarillo de Tormes; las Leyendas Ingoldsby; Gulliver’s Travels; las grandiosas e inspiradas novelas Quatre-Vingt-Treize, Les Travailleurs de la Mer y L’Homme qui Rit. Así también Les Contes Drôlatiques,
de Balzac. Pero los libros que tuvieron mayor impacto en mí fueron las
antologías de cuentos de viajeros, la mayoría de ellos dedicados a
India, África y las islas Mascarene, o las grandes historias de
exploración de Dumon d’Urville o Abbé Rochon, así como Bougainville,
Cook, y desde luego los viajes de Marco Polo.


En la mediocre
vida de una pequeña provincia dormitando por el sol, después de todos
esos años de libertad en África, esos libros me otorgaron el sabor de
la aventura, la sensación de vastedad del mundo real, significados para
explorar por medio del instinto y sentidos más allá del conocimiento.
En cierto modo, también, esos libros me dieron, a muy temprana edad, la
advertencia de la contradictoria naturaleza de la existencia de un
niño: un niño puede aferrarse a un santuario, un lugar para olvidar la
violencia y competitividad, y a la vez encontrar placer al contemplar
tras la ventanilla el mundo exterior en su devenir.


Hace poco
recibí —para mí, algo sorprendente— la noticia de que la Academia Sueca
me premiaba con esta distinción. Estaba releyendo un pequeño libro de
Stig Dagerman al que le tengo particular aprecio: una colección de
ensayos políticos titulado Essäer Och Texter. No era pura
casualidad que yo estuviera releyendo este agridulce, abrasivo libro.
Me preparaba para un viaje a Suecia para recibir el premio que la
Asociación de Amigos de Stig Dagerman me otorgaría el verano previo,
para visitar los lugares en los que había estado el escritor cuando
niño. Siempre he sido particularmente receptivo a la escritura de
Dagerman, a la manera en que él combina una ternura casi infantil con
cierta ingenuidad y sarcasmo. Y por su idealismo.


Por la
clara contemplación con la que juzga su problemática era de post guerra
—la de sus años de madurez, la de mis primeros años. Una frase en
particular captó mi atención, como si hubiese estado dirigida a mí
desde siempre, por la que publiqué una novela titulada Ritournelle de la Faim.
Esa frase, o el pasaje, es como sigue: “Cómo es posible por una parte,
por ejemplo, comportarse como si nada en la Tierra fuera más importante
que la literatura, y por otra parte darse cuenta de que la gente sólo
quiere vencer al hambre y que necesariamente consideraran que la cosa
más importante es lo que puedan conseguir al final del mes. Debido a
esto es que él (el escritor) se confronta con una paradoja: mientras lo
que él quiere es escribir para aquellos que pasan hambre, luego
descubre que sólo aquellos que tienen los recursos para comer son los
que notarán su existencia” (The Writer and Consciousness).


Este
“bosque de paradojas”, como lo llamó Stig Dagerman, es precisamente el
numen de la escritura, el lugar desde el que el artista no debe
intentar escapar: al contrario, él o ella debe desplegarlo en orden de
examinar cada detalle, explorar cada rincón, nombrar cada árbol. No es
siempre una estancia agradable. Él piensa que ha encontrado un refugio,
ella confiesa en sus páginas como si fuera una cerca, indulgente amiga;
pero ahora estos escritores se confrontan con la realidad, no
precisamente como observadores, sino como actores. Ellos deben elegir
bandos, establecer su distancia.


Cicerón, Rabelais,
Condorcet, Rousseau, Madame de Staël, o, más recientemente,
Solzhenitsyn o Hwang Sok-yong, Abedalitif Laâbi o Milan Kundera: todos
fueron obligados a seguir la senda del exilio. Para algunos como yo que
siempre han —excepto durante breve tiempo de guerra— disfrutado
libertad de movimiento, la idea de que uno se ve impedido de vivir
donde uno ha elegido, es tan inadmisible como perder la libertad.


Pero
el privilegio de la libertad de movimiento resulta una paradoja.
Observemos, por un momento, al árbol con sus filosas espinas que está
en el corazón del bosque donde vive el escritor: este hombre, esta
mujer, ocupados escribiendo, inventando sus sueños —¿no pertenecen
ellos a una afortunada, exclusiva y feliz minoría? Tomemos una pausa e
imaginémoslos en una extrema, terrible situación —como aquella en que
se encuentra una vasta mayoría de gente en nuestro planeta.


Una
situación en la que, tiempo atrás, en el tiempo de Aristóteles o
Tolstoi, era compartida por aquellos que no tenían status —siervos,
sirvientes, villanos en la Europa de la Edad Media, o aquellos que
durante el Iluminismo fueron llevados a la costa de África, vendidos en
Gorée o El Mina o Zanzíbar. E incluso hoy, mientras les hablo, existen
quienes no tienen libertad de expresión, que están en el otro lado del
lenguaje. Me he contagiado de las reflexiones pesimistas de Dagerman,
más que de la militancia gramsciana, o de la desilusionada apuesta
sartreana. La idea de que la literatura es un lujo de la clase
dominante, alimentando ideas e imágenes que continúan siendo extrañas
para una vasta mayoría: esa es la fuente del malestar que cada uno de
nosotros siente —porque me dirijo a aquellos que leen, a los que
escriben.


Desde luego, uno quisiera difundir la palabra a
todos aquellos que han sido excluidos, invitarlos de manera magnánima
al gran banquete de la cultura. ¿Por qué es esto tan difícil?
Comunidades sin escritura, como los antropólogos gustan llamarles, han
triunfado al inventar otras formas de comunicación, a través de la
canción y el mito. ¿Por qué esto se ha vuelto imposible para nuestras
sociedades industrializadas, en esta hora presente? ¿Debemos reinventar
la cultura? ¿Debemos regresar a una inmediata, directa forma de
comunicación? Es tentador creer que la cinematografía satisface esa
necesidad en nuestro tiempo, o la música popular con sus ritmos y
rimas, sus ecos de danza. O el jazz y, en otros climas, el calipso, el
maloya, el segá.


La paradoja no es nueva. François Rabelais,
el más grande escritor en lengua francesa, hace tiempo combatió sin
tregua contra la pedantería de los escolares de la Sorbona, burlándose
de ellos en su cara con palabras extraídas de la lengua común. ¿Estaba
él hablando por todos los hambrientos? Exceso, intoxicación, banquete.
Él puso en palabras el extraordinario apetito de aquellos que devoran
la demacración de campesinos y obreros, sólo lo suficiente para una
mascarada, para poner el mundo al revés. La paradoja de la revolución,
como la épica cabalgata del caballero enfadado, vive en la consciencia
del escritor.


Si hay una virtud que la pluma del escritor
debe tener siempre, esta es que nunca debe ser usada para alabar al
poderoso, ni siquiera con el más imperceptible garabato. Y sólo porque
el artista observa esta conducta virtuosa no quiere decir que esté
fuera de sospecha. Su rebelión, rechazo e imprecaciones sólo
corresponden a un lado de la barrera, el lado del lenguaje del poder.
Unas cuantas palabras, unas cuantas frases podrían haber escapado.
¿Pero el resto? Un largo palimpsesto, un elegante y distante tiempo
para postergar. Y hay algo de humor, algunas veces, que no es la forma
educada de los resignados, sino la resignación de aquellos que conocen
muy bien sus imperfecciones. Humor es la costa donde el tumultuoso
afluente de la injusticia los ha abandonado.


¿Por qué
escribir entonces? De un tiempo para acá, los escritores han dejado de
lado la presunción de creer que pueden cambiar el mundo, cosa que harán
a través de sus historias y novelas, germinando un buen ejemplo de cómo
debería ser la vida. Sencillamente, quieren respaldar su testimonio.
Ese es otro árbol en el bosque de las paradojas. El escritor quiere
respaldar su testimonio cuando, de hecho, no es nada más que un simple voyeur.


Y luego hay artistas que se convierten en testigos: Dante en La Divina Commedia, Shakespeare en The Tempest —y Aimé Césaire en su magnífica adaptación de dicha obra, titulada Une Tempête,
en la que Calibán, sentado sobre un barril de pólvora, trata de volarse
a sí mismo y llevarse a su despreciado amo consigo. También están esos
testigos que son imponderables, como Euclides da Cunha en Os Sertões, o Primo Levi.


Vemos lo absurdo del mundo en Der Prozess (o en las películas de Charlie Chaplin); su imperfección en La Niassance du Jour, de Colette; su fantasmagoría en la balada irlandesa que Joyce creó en Finnegan’s Wake. Esa belleza resplandece, brillante e irresistible en The Snow Leopard de Peter Matthiessen o en A Sand Country Almanac, de Aldo Leopold. Su inmundicia en Sanctuary de William Faulkner o en First Snow de Lao She. Su fragilidad infantil en Ormen (The Snake), de Dagerman.


El
mejor escritor como testigo es aquel que se convierte en testigo a
pesar de sí mismo, a regañadientes. La paradoja consiste en que no
podrá apoyar el testimonio de lo que ha visto, incluso de lo que ha
inventado. Amargura, incluso desesperanza puede surgir debido a que él
no puede estar presente cuando se formule la acusación.


Tolstoi
puede mostrarnos el sufrimiento que el ejército de Napoleón infligió al
pueblo ruso, pero al final nada cambia del curso de la historia. Claire
de Duras escribió Ourika, y Harriet Beecher Stow escribió Uncle Tom’s Cabin.
Pero fueron los propios esclavos quienes cambiaron el curso de su
destino, quienes se rebelaron y pelearon contra la injusticia creando
una resistencia granate en Brasil, Guyana Francesa y en las Indias
Occidentales, así como la primera república negra en Haití.


Actuar:
eso es lo que el escritor quisiera ser capaz de hacer, sobre todas las
cosas. Actuar, en lugar de ofrecer testimonio. Escribir, imaginar y
soñar de tal manera que sus palabras e invenciones y sueños tuvieran un
impacto sobre la realidad, cambiaran las ideas y corazones de las
personas, los prepararan para un mundo mejor. Y entonces, en el momento
preciso, una voz le susurra que eso no será posible, que las palabras
son palabras y el viento de la sociedad se las lleva, y que los sueños
son meras ilusiones.


¿Qué derecho tiene para desear ser
mejor? ¿Realmente corresponde al escritor brindar soluciones? No está
él en el rol del guardabosques que, en la obra Knock ou Le Triomphe de la Médecine, quiere prevenir los terremotos? ¿Cómo puede el escritor actuar, cuando todo lo que sabe es cómo recordar?


La
soledad será su terreno en la vida. Así ha sido siempre. De niño era un
chico frágil, ansioso, excesivamente receptivo, o la chica descrita por
Collete, que no puede hacer más que presenciar cómo sus padres se dañan
a sí mismos, con sus grandes ojos negros alargados en una suerte de
dolorosa atención. La soledad es cariñosa con los escritores, y es en
compañía de la soledad donde ellos pueden encontrar la esencia de la
felicidad. Es una felicidad contradictoria, una mezcla de dolor y
deleite, un triunfo ilusorio, un tormento mudo y omnipresente, nada
parecido a un inquietante tono breve. El escritor, mejor que nadie,
sabe cómo cultivar la vital y venenosa planta, la única que crece sólo
en la tierra de su propia impotencia.


El escritor quiere
hablar por todos y para cada era: allí está él, ahí está ella, cada uno
solo en su habitación mirando el espejo blanquecino de la página vacía,
bajo la pantalla de la lámpara destilando su luz secreta. O sentado
frente a la muy brillante pantalla de la computadora, escuchando el
sonido de unos dedos jugando con las llaves. Este, entonces, es el
bosque del escritor. Y cada escritor conoce muy bien cada pasillo de
ese bosque. Si, una y otra vez, algo escapa, como un ave lanzada por un
perro al amanecer, entonces el escritor mira, sorprendido —esto pasa
meramente por azar, en perjuicio de uno mismo.


No es mi
deseo, de este modo, regodearme en la negatividad. La literatura —y
este es el punto al que quiero llegar— no es ninguna reliquia arcaica
que debe, lógicamente, ser reemplazada por las artes audiovisuales, el
cine, en particular. La literatura es un complejo, difícil patíbulo,
pero sostengo que ahora es más vital que en la época de Victor Hugo o
Byron.


Hay dos razones por las que la literatura es necesaria:


Primero,
porque la literatura está hecha del lenguaje. El sentido primario de la
palabra: letras, que son escritas. En francés, la palabra “roman” se
refiere a esos textos en prosa que por primera vez después de la Edad
Media usaron el nuevo lenguaje hablado por la gente, una lengua
romance. Y la palabra para “relato corto”, nouvelle, también deriva de su noción de novedad. Aproximadamente al mismo tiempo, en Francia, la palabra rimeur (de rima o ritmo) decayó en uso para designar a la poesía y a los poetas —las nuevas palabras vinieron del verbo griego poiein,
crear. El escritor, el poeta, el novelista, son creadores. Esto no
significa que ellos inventan el lenguaje, significa que usan al
lenguaje para crear belleza, ideas, imágenes. Es por ello que no
podríamos hacerlo sin él.


El lenguaje es la más
extraordinaria invención en la historia de la humanidad, el que vino
antes que todo y que hace posible compartir todo. Sin lenguaje no
habría ciencia, tecnología, leyes, arte, amor. Pero sin otra persona
con quien interactuar, la invención se convierte en virtual. Se
atrofia, disminuye, desaparece. Los escritores, en cierto grado, son
defensores del lenguaje. Cuando escriben sus novelas, su poesía, sus
obras, mantienen vivo al lenguaje. Ellos no sólo están usando palabras
—al contrario, están al servicio del lenguaje. Lo celebran, lo afilan,
lo transforman, porque el lenguaje vive a través de ellos y por causa
de ellos, y él acompaña todas las transformaciones sociales y
económicas de su era.


Cuando, en el último siglo, fueron
expresadas las teorías racistas, se hablaba de diferencias
fundamentales entre culturas. En una suerte de absurda jerarquía, se
dibujó una correlación entre el éxito económico de los poderes
coloniales con su pretensión de superioridad cultural.


Dichas
teorías, como un febril, insano impulso, tendieron a resurgir aquí y
allá, una y otra vez, para justificar el neocolonialismo y el
imperialismo. Allí había, se nos dijo, algunas naciones que se quedaron
rezagadas, que no habían conquistado sus derechos y privilegios allí
donde el lenguaje está implicado, porque estaban atrasados
económicamente o tecnológicamente rebasados. ¿Pero se han dado cuenta
aquellos que ponderan su superioridad cultural, de que todas las
personas, el mundo entero, sin importar su grado de desarrollo, usan el
lenguaje? ¿Y de que cada uno de esos lenguajes tiene, de manera
idéntica, un ordenamiento lógico, complejo, estructurado, con rasgos
analíticos que les permiten expresar el mundo, que les permiten hablar
de ciencia o inventar mitos?


Ahora que he defendido la
existencia de esa ambigua y un tanto pasada de moda criatura a la que
llamamos escritor, me gustaría regresar a la segunda razón por la que
se necesita la literatura, y que tiene más que ver con la fina
profesión de publicar.


En estos días se ocupa mucho tiempo en
hablar de globalización. Se olvida que, de hecho, el fenómeno inició en
Europa durante el Renacimiento, con el inicio de la época colonial. La
globalización no es una cosa mala en sí. La comunicación ha acelerado
progreso en medicina y ciencia. Tal vez, la generalización de la
información contribuya a prevenir conflictos. Quién sabe, si la
Internet hubiera existido en el tiempo de Hitler, quizá su argumento
criminal no habría triunfado —el ridículo habría prevenido que siquiera
hubiera visto la luz del día.


Vivimos en la era de Internet y
la comunicación virtual. Esta es cosa buena, pero ¿habrían valido la
pena estos asombrosos inventos de no ser por la enseñanza del lenguaje
escrito y los libros? Proporcionar a casi todas las personas en el
planeta un dispositivo de cristal líquido es utópico. ¿No estamos, de
cierta manera, en el proceso de creación de una nueva elite, trazando
una línea que divide el mundo entre aquellos que tienen acceso a la
comunicación y el conocimiento y aquellos que se quedan fuera? Grandes
naciones, grandes civilizaciones han desaparecido por no darse cuenta
de que esto podía ocurrir.


Para estar seguros, existen
grandes culturas, consideradas minorías, que han sido capaces de
resistir hasta este día gracias la transmisión oral del conocimiento y
sus mitos. Es indispensable, y benéfico, reconocer la contribución de
estas culturas. Pero nos guste o no, aunque no hayamos alcanzado la era
de la realidad, ya no vivimos en la era de los mitos. No es posible
proveer una fundación por la igualdad y el respeto de otros a menos que
cada niño reciba los beneficios de la escritura.


Y ahora, en
esta era que sigue a la descolonización, la literatura se ha convertido
en una manera para que hombres y mujeres en nuestro tiempo expresen su
identidad, clamar su derecho a hablar y ser escuchados en toda su
diversidad. Sin esas voces, su llamado, viviríamos en un mundo de
silencio.


La cultura en una escala global nos concierne a
todos. Pero es sobre todo responsabilidad de lectores —y editores, en
otras palabras. Ciertamente, es injusto que un indio del lejano norte
de Canadá, si desea hacerse escuchar, tenga que escribir en la lengua
de sus conquistadores —en francés o inglés.


Ciertamente, es
una ilusión esperar que el lenguaje creole, de Mauritius o de las
Indias Occidentales, sea escuchado tan fácilmente como las cinco o seis
lenguas que reinan hoy día como monarcas absolutos en los medios
electrónicos. Pero si, a través de la traducción, sus voces se pueden
escuchar, entonces algo nuevo está ocurriendo, una causa para el
optimismo. La cultura, como he dicho, nos pertenece a todos, a toda la
humanidad. Pero en orden de hacer esto verdadero, cada uno debería
tener iguales accesos hacia la cultura. El libro, sin importar lo
anticuado que pueda ser, es la herramienta ideal. Es práctico, fácil de
manejar, económico.


No requiere ninguna destreza en
particular y se mantiene bien en cualquier clima. Su único defecto —y
aquí quisiera dirigirme a editores en particular— es que en un gran
número de países es aún muy difícil acceder a los libros. En Mauritius,
el precio de una novela o una colección de poesía es el equivalente a
una gran proporción del presupuesto familiar. En África, Sureste de
Asia, México o las Islas del Sur, los libros continúan siendo un lujo
inaccesible. Y existen los remedios para esta situación.


Unir
publicación con los países en desarrollo, el establecimiento de fondos
para bibliotecas y librerías ambulantes, y sobre todo, mayor atención
en publicar trabajos de esos llamados dialectos (lenguajes
minoritarios) —que son a menudo los mayoritarios— ayudaría a la
literatura para continuar su labor de maravillosa herramienta para el
autodescubrimiento, para el descubrimiento de los otros, y para
escuchar el concierto de la humanidad, en toda su rica gama de temas y
modulaciones.


Creo que me gustaría agregar algunas palabras
más respecto al bosque. No tengo duda de que por esta razón la pequeña
frase de Stig Dagerman sigue haciendo eco en mi memoria, y es por esta
razón que quiero leerlo y releerlo, para llenarme de ello. Hay una nota
de desesperanza en sus palabras y algo triunfante al mismo tiempo,
porque en ese carácter agridulce encontramos la semilla de verdad que
cada uno de nosotros busca. Cuando niño, soñaba con ese bosque. Me
asustaba y me fascinaba a la vez —suponía que Tom Thumb y Hansel se
habían sentido del mismo modo, cuando estaban en las profundidades del
bosque, rodeados por sus peligros y maravillas.


El bosque es
un mundo sin fronteras. Puedes perderte en la espesura de los árboles y
la oscuridad impenetrable. Lo mismo podría decirse del desierto, o el
océano abierto, donde cada duna, cada pradera nos encamina a una
pradera idéntica, cada ola nos lleva a otra perfectamente idéntica ola.
Recuerdo la primera vez que experimenté lo que podría hacer la
literatura —en The Call of the Wind, de Jack London, donde
uno de los personajes, perdido en la nieve, siente cómo el frío lo
posee como el círculo de lobos cercándolo. Él miró su mano, que estaba
casi entumecida, y trató de mover cada dedo, uno después del otro. Este
fue un mágico descubrimiento para mí cuando era niño. Se le llama
autoconciencia.


A ese bosque debo una de las más grandes
emociones de mi vida adulta. Esto fue hace casi 30 años, en la región
de Centroamérica conocida como El Tapón del Darién, porque allí, en
aquellos días (y creo que la situación no ha cambiado mucho al paso del
tiempo), hubo una interrupción en la Carretera Panamericana que se
suponía uniría a las dos Américas, desde Alaska hasta el borde de
Tierra de Fuego.


En esta región del istmo de Panamá el bosque
tropical es extremadamente denso, y la única manera de viajar es en una
balsa río arriba. En ese bosque vive una población indígena, dividida
en dos grupos, los embera y los wounaans, ambos pertenecientes a la
familia lingüística ge-pano-carib. Aterricé allí por casualidad, y
quedé tan fascinado por esta gente que permanecí durante varios
periodos a lo largo de 3 años. Durante todo ese tiempo no hice otra
cosa que vagar sin rumbo fijo de casa en casa —en ese tiempo la
población se negaba a vivir en villas— y aprendí a vivir de acuerdo a
un ritmo que era completamente distinto a cualquiera que hubiera
experimentado hasta ese momento. Como todos los bosques verdaderos,
este era particularmente hostil. Tuve que hacer una lista de todos los
peligros potenciales y de todos los correspondientes recursos de
sobrevivencia. Debo decir que los embera fueron muy pacientes conmigo.
Estaban muy divertidos con mi falta de elegancia, y creo que hasta
cierto punto yo estaba dispuesto a pagarles con entretenimiento lo que
ellos me compartían en sabiduría. No escribí un gran tratado.


El
bosque tropical no es realmente un escenario ideal. Los papeles se
reblandecen por la humedad, el calor seca las puntas de las plumas.
Nada que funcione por medio de electricidad dura mucho. Arribé allí con
la convicción de que la literatura era un privilegio, y que siempre me
hospedaría en ella para resolver todos mis problemas existenciales. Una
protección, de cierta manera; una suerte de ventana virtual que podía
desenrollar cuando necesitara refugio de la tormenta.


Una vez
que asimilé el sistema de comunismo primitivo practicado por los indios
americanos, así como su profundo disgusto por la autoridad y su
tendencia hacia una natural anarquía, pude ver que el arte, como forma
de expresión individual, no tiene nada qué hacer en el bosque. Por otro
lado, estas personas no tenían nada que se asemejara a lo que llamamos
arte en nuestras sociedades consumistas. En lugar de colgar pinturas en
un muro, hombres y mujeres pintaban sus cuerpos, y en general se
resistían a crear algo duradero. Luego tuve acceso a sus mitos. Cuando
hablamos de mitos, en nuestro mundo de libros escritos, parece que nos
referimos a algo que está muy lejos, en el tiempo o en el espacio. Yo
también creía en tal distancia.


Y de pronto los mitos estaban
allí para que los escuchara, regularmente, casi cada noche. Cerca de
las higueras que la gente construía en sus casas en un corazón de tres
piedras, en medio de la danza de mosquitos y palomillas, la voz de los
rapsodas —hombres y mujeres por igual— ponía en movimiento historias,
leyendas, cuentos, como si estuvieran hablando de la realidad
cotidiana. Los rapsodas cantaban en una voz aguda, expandiendo su
pecho; su rostro mimetiza las expresiones y pasiones y miedos de los
personajes. Eso podría ser un episodio de una novela, no un mito. Pero
una noche, una joven mujer vino. Su nombre era Elvira. Ella era
conocida a lo largo de todo el bosque de los embera por sus habilidades
para narrar. Era una aventurera y vivía sin un hombre, sin niños —la
gente decía que era un poco borracha, un poco prostituta, pero yo no lo
creí ni por un minuto—, e iba de casa en casa para cantar, a cambio de
carne, una botella de alcohol o unas monedas.


Aunque no tuve
otro acceso a sus historias más que por traducción —el lenguaje de los
embera tiene variantes literarias que lo hacen mucho más complejo que
su forma cotidiana—, rápidamente me di cuenta de que ella era una gran
artista, en el mejor sentido del término. El timbre de su voz, el ritmo
de sus manos golpeando contra su pecho, contra su collar de monedas
plateadas, y encima de todo ese aire de posesión que iluminó su rostro
y su mirada, una suerte de trance rítmico mesurado, ejercía un poder
sobre todos aquellos que lo presenciaban. Al simple marco de sus mitos
—la invención del tabaco, los gemelos primigenios, historias sobre
dioses y humanos al amanecer del tiempo— ella añadía su propia
historia, su vida de errancia, sus amores, las traiciones y el
sufrimiento, la intensa alegría del amor carnal, el escozor de los
celos, su miedo a envejecer, a morir.


Ella era poesía en
acción, teatro antiguo, y la más contemporánea de todas las novelas al
mismo tiempo. Ella era todas esas cosas con fuego, con violencia; ella
inventó, en la oscuridad del bosque, entre el envolvente sonido de
insectos y ranas y el aleteo de los murciélagos, una sensación que no
podía ser llamada de otra manera más que belleza. Como si en su canción
ella cargara el auténtico poder de la naturaleza, y esto era
seguramente la más grande paradoja: que este lugar aislado, este
bosque, tan lejos como podía imaginarlo de la sofisticación de la
literatura, era el sitio donde el arte había encontrado su más fuerte,
su más auténtica expresión.


Después dejé la región y no volví
a ver a Elvira, ni a ningún otro rapsoda del bosque de Darién. Me quedé
con algo más que nostalgia —con la certeza de que la literatura podría
existir, incluso si estaba revestida con la convención y compromiso,
incluso si los escritores fueran incapaces de cambiar al mundo. Algo
grande y poderoso, que los sobrepasaba, que en alguna ocasión podría
animarlos y transfigurarlos, y restaurar el sentido de armonía con la
naturaleza. Algo nuevo y muy antiguo al mismo tiempo, impalpable como
el viento, etéreo como las nubes, infinito como el mar. Esto es algo
que vibra en la poesía de Jalal ad-Din Rumi, por ejemplo, o en la
arquitectura visionaria de Emanuel Swedenborg. El escalofrío que uno
siente al leer los más bellos textos de la humanidad, como el discurso
que Chief Stealth dio en la mitad del siglo XIX al presidente de los
Estados Unidos cuando les concedió su tierra: “Podemos ser hermanos
después de todo...”.


Algo simple y verdadero, que existe en
el lenguaje por sí mismo. Un encanto, algunas veces una treta, una
danza chirriante o largas campanadas de silencio. El lenguaje de farsa,
de interjecciones, de cursos, y luego, inmediatamente después, el
lenguaje del paraíso.


Es a ella, a Elvira, que dirijo este
tributo —y a ella que dedico el premio que la Academia Suiza me ofrece.
A ella y a todos los escritores con los que —o a veces contra los que—
he vivido. A los africanos Wole Soyinka, Chinua Achebe, Ahmadou
Kourouma, Mongo Betu, a Cry the Beloved Country de Alan Paton, a Chaka de Thomas Mofolo. Al gran autor mauritano Malcolm de Chazal, que escribió, entre otras cosas, Judas. Al novelista mauritano de lengua hindi Abhimayu Unnuth, por Lal Passina (Sangre sudorosa), al novelista Urdu Qurratulain Hyder por su épica novel Ag Ka Darya (Río de fuego). Al desafiante Danyél Waro de La Reunión,
por sus canciones maloya; al poeta kanak Déwé Gorodey, que desafió los
poderes coloniales de camino a la prisión; al rebelde Abdourahman
Waberi. A Juan Rulfo y Pedro Páramo y sus relatos en El Llano en llamas, y las simples y trágicas fotografías que tomó del México rural.


A John Reed por Insurgent Mexico;
a Jean Meyer que fue el portavoz de Aurelio Acevedo y los cristeros
insurgentes del centro de México. A Luis González, autor de Pueblo en vilo. A John Nichols, que escribió sobre la amarga tierra de The Milagro Beanfield War; a Henry Roth, mi vecino de la calle Nueva York en Albuquerque, New Mexico, por su Call it Sleep. A Jean Paul Sartre, por las lágrimas contenidas en su obra Morts sans Sépulture.
A Wilfredo Owen, el poeta que murió en la ribera de Marne en 1914. A J.
D. Salinger, porque triunfó al ponernos en los zapatos de un chico de
14 años llamado Holden Cauldfield. A los escritores de las primeras
naciones en América —Sherman Alexie el Sioux, Scott Momaday el navajo
por The Names. A Rita Mestokosho, una poeta innu proveniente
de Mingan, Quebec, que dirige su voz a los árboles y los animales. A
José María Arguedas, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias. A los poetas
del oasis de Oualata y Chinguetti.


Por su gran imaginación, a Alfonso Allais y Raymond Queneau. A Georges Perec por Quel Petit Vélo à Guidon Chrome au Fond de la Cour?
A los autores de las Indias Occidentales Edouard Glissant y Patrick
Chamoiseau, a René Depestre de Haití, a André Schwartz-Bart por Le Dernier des Justes.
Al poeta mexicano Homero Aridjis que nos acercó a imaginar la vida de
una tortuga vuelta al revés, y que evoca los ríos color naranja cuyo
afluente lo hacen mariposas monarca que recorren las calles de su
villa, Contepec. A Vénus Koury Ghata que habla de Líbano como un
trágico e invencible amante. A Khalil Gibran. A Rimbaud. A Emile
Nelligan. A Réjean Ducharme, por la vida.


Al niño desconocido
que encontré un día, en el delta del río Tuira, en el bosque del
Darién. Por la noche, sentado en el piso de una tienda, iluminado por
la flama de una lámpara de keroseno, está leyendo un libro y
escribiendo, encorvado hacia delante, sin prestar la más ligera
atención a lo que lo rodea. Ese niño sentado con las piernas cruzadas,
en el piso de esa tienda, en el corazón del bosque, leyendo solo a la
luz de la lámpara, no está allí por casualidad. Él se parece al hermano
de otro chico al que me referí al inicio de estas páginas, que estaba
tratando de escribir con un lápiz de carpintero en la contraportada de
unos libros, en los años oscuros al término de la guerra. El niño nos
recuerda dos grandes tareas en la historia de la humanidad, tareas que
estamos lejos de cumplir. La erradicación del hambre y la eliminación
del analfabetismo.


En todo su pesimismo, la frase de Stig
Dagerman sobre la paradoja fundamental del escritor, insatisfecho
porque no puede comunicarse con aquellos que padecen hambre —sea de
alimentos o de conocimientos— toca la gran verdad. La alfabetización y
la batalla contra el hambre se conectan de manera cercana,
interdependiente. Una no puede triunfar sin la otra. Ambas requieren,
además de impulso, que actuemos. Así que en este tercer milenio, que
apenas ha iniciado, ningún niño en este planeta compartido, más allá de
su género, su lenguaje o su religión, debe ser abandonado a la hambruna
o la ignorancia, o llevado lejos del banquete. Este chico lleva consigo
el futuro de la raza humana. En palabras del gran filósofo Heráclito,
pronunciadas mucho tiempo atrás, el reino pertenece a un niño.


J.M.G. Le Clezio, Brittany, 4 de noviembre de 2008.


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