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domingo, enero 19, 2014

LA GRAN BELLEZA: dos miradas

En una sala atestada de público ruidoso, el espesor del silencio se podía cortar con un cuchillo a los pocos minutos. A primera vista, La gran belleza es una ambiciosa y exuberante entrega, sobre todo visual y sonora, con unas imágenes y una música que –tanto por el lado coral refinado, como por el lado hortera, la repetición techno o la atmósfera chillout- pueden llevar al trance o al agotamiento de los sentidos. En realidad, la película de Sorrentino, repleta de frases memorables, es también una amarga reflexión sobre el sentido que todavía tiene respirar, llegar a amar u odiar en nuestros escenarios ultra-iluminados. Entre otros cien, recordamos este momento: “Me gustan estos ‘trenes’ de nuestras fiestas, con la serpiente de gente bailando, me gustan porque no van a ninguna parte”.
Ninguna parte. ¿Cómo la vida misma, como este espectáculo diurno y nocturno que es el esplendor de Roma, de toda capital que se precie y quiera atraer la vorágine mundial de turistas y de capitales?
El director, Paolo Sorrentino, también el personaje principal, Jep Gambardella (Toni Servillo), podrían estar de acuerdo en una idea: somos necesariamente histriónicos porque –a diferencia de la tierra que nos rodea- tememos al vacío, al sinsentido, al silencio de vivir. Hubo un tiempo en que se inventó un Dios para que Él supiera de ese significado inescrutable, mientras los mortales se afanaban en sus tareas anónimas. Ahora, sin Él, el sinsentido del ocio y del trabajo cae sobre nuestras espaldas mojadas bajo la luz permanente de los focos. De ahí el frenesí de la vida social, no sólo en Roma y no sólo nocturno. Hace poco tiempo, encontrábamos en Shame una indagación similar en versión neoyorquina. Si cabe, y cabe, la versión romana de Sorrentino –que, sin imitarlas, no olvida nunca el drama barroco de Roma y La dolce vita- va más lejos a la hora de “acompañar toda esa densidad” que mezcla lilas con cadáveres parlantes.
¿Una metafísica del desecho? Sí, no todos los días vemos una performance que consiste en estrellarse de cabeza contra un supuesto muro antiguo; o una liturgia masiva –con ritual casi religioso- donde un gurú de la estética hace pequeños implantes a precios de oro; o una fiesta frenética donde la cantante oriental se contorsiona, escayolada, en una camilla de hospital. Esta Europa lleva siempre el horror más lejos, pues aquí mezclamos la brutalidad con la cultura, la violencia con el discurso ético. No sólo Fellini, otros nombres venerables –Pasolini, Antonioni, Visconti- fueron maestros en esa hipótesis italiana acerca de las complicidades íntimas del mal y el bien.
Y sin embargo, el sabor agridulce de La gran belleza proviene de una cámara que se pasea por todo ese pasillo radiante de los horrores con una mezcla indecidible de dulzura y espanto. Jep no es un moralista, no se pierde nada, casi nunca dice que no a una oportunidad, pero le salva asistir con una cierta distancia a ese desfile divino y repugnante. Lo que no soporta es que además le suelten discursos que maquillen la triste realidad. Por eso le canta las cuarenta a su amiga Stefanía, que en medio de la putrefacción intenta mantener un discurso crítico y progresista. Estamos completamente degradados, dice Jep, y sólo nos queda acompañarnos mutuamente, procurando cierta benevolencia mientras cotilleamos sobre banalidades.
No obstante, su único misterio es simple: Gambardella no sabe cómo vivir. Sus amigos le aprecian no tanto por ser ingenioso y divertido, o exactamente irresistible, sino porque a veces sabe pararse. Pararse y hablar, con unas palabras que brotan, en medio de toda la degeneración imaginable, de un inmenso amor por la vida, un amor infantil y erótico a la vez. El pensamiento y las palabras de Jep son como las de un animal que sabe que no podrá jamás salir de la espesura. De un modo u otro, siempre piensa con la soga al cuello, pero con una sonrisa. El cinismo le defiende de la degeneración total, también del desencanto que empuja al suicidio a algunos, tal vez los más honestos.
Volver a casa de madrugada, lento, agotado, un poco borracho, mientras el resto de la ciudad se despereza. Hay un momento –mañana o tarde, es difícil distinguir- en el que un hombre desde una barcaza mira a Jep –que no es exactamente homosexual- como una aparición erótica en medio de la nada decorada que son nuestras ciudades. Lo que destaca en el protagonista de La gran belleza es que él nunca excluye nada, ni la misma nada. No excluye ningún gesto de ternura dentro de su fortaleza, ni siquiera su propia desaparición. Entre otros rasgos, esta elementalidad “popular” de Jep se manifiesta en la manera llana en la que él, rico y famoso, trata a su criada hispana: “granuja”, se dicen mutuamente, con la complicidad de dos seres que no pertenecen a ninguna parte.
Lo que hace humano a Jep no es su lengua acerada, su relativa apostura, sus múltiples contactos mundanos. Sus amigos le quieren, más bien, por una extraña sinceridad, por un tranquilo sentido común en medio del delirio, por el hecho de que siempre vuelve en él una escena primaria. Y cierta indefensión de fondo, que le impide abandonar el coraje de cierto descaro en los momentos límite. Hace falta valor para acercarse a un cardenal, el antiguo exorcista que hoy está obsesionado con el escaparate culinario, y confesarle sus dudas espirituales en medio de un encuentro esperpéntico.
Hace falta moral para abandonar a una insinuante millonaria en su lujosa mansión, mientras ella va a buscar las fotografías que continuamente se hace a sí  misma. Hace falta entereza para no intentar hacer el amor con Ramona (Sabrina Ferilli), para acompañarla y finalmente escuchar su confesión: “Gasto mi dinero en intentar curarme”. Hace falta valor, el de cierta inocencia, para llorar de vez en cuando, en público y contra todo pronóstico. Y sobre todo, esa escena borrosa que vuelve, con el primer amor, el primer y último pudor –dice Óscar Brox- en el borde nocturno del agua.
Sin que nadie lo sepa, Ramona se muere, pero no puede dejar de actuar hasta el final, incluso trabajando con un dudoso número erótico en el club de su padre. Y todo para pagarse una curación que sólo prolongará su sonrisa irónica, su inteligencia de despedida, más bien triste. Es Ramona quien asiste a uno de los mil momentos culminantes de la película, cuando Jep intenta recordar el sentido de aquella escena primitiva, el instante donde una joven semidiosa llamada Elisa se vuelve hacia él, bajo el brillo de un mar nocturno, y dice... “Y dice… Y entonces ella dice”… Pero Jep –ante el estupor de Ramona, que no tiene mucho tiempo- no puede seguir, prendado de esa escena sublime e insignificante que explicaría su vida. Elisa, tardaremos tiempo en olvidar el breve lapso de su aparición, nos recuerda que nada hay más afrodisíaco que la ambivalencia.
Sorrentino, al menos en esta película, trabaja la alianza soterrada del cielo y el infierno. En cada minuto, una música celestial y una música grotesca; una humanidad adorable y enseguida abominable. Y a veces es la misma persona, con un pequeño cambio de gesto. En cada minuto, escenas sublimes y perfiles dantescos. El  mismo personaje que puede ser execrable ahora, es un poco después un monumento de sabiduría, como la enana que dirige la revista de la que Gambardella vive.
También la infancia –personificada en una furiosa niña artista, pero no sólo en ella- puede ser aberrante. Entre la furia de algunos niños, otros que observan el silencio de los jardines, y la decrepitud de la sabiduría anciana –esa Santa que apenas puede expresarse-, los adultos crepitan día tras día en la parrilla de un limbo. Finalmente, Jep sólo saldrá de esa parálisis cuando acepte los límites terrenales, ese sentido absurdo de vivir que un ilusionista le enseña. Como la magia, también la literatura es un truco para crear una ilusión de desaparición dentro de una trampa gigantesca, rodeado de niños que no pueden crecer.
Parece evidente que la película de Sorrentino no es exactamente alegre, pero la áspera sobriedad que alienta tras su escenografía extravagante constituye un reto para los meses que vienen. Lo que permite que Jep vuelva a escribir, sin abandonar nada de ese radiante decorado infernal, es aceptar que no hay salida y sólo queda aprender a tener un pie fuera, en el estribo desde el que toda esa estupidez es casi bella.
Antes, Jep nos brindó indicios de una liberación que sólo consiste en amar un mapa de la trampa. En la noche que recorre los tesoros escondidos de los palacios romanos, acompañados de un hombre de confianza que guarda todas las llaves. Antes, en la ensoñación repetida del mar verde azulado de su juventud, palpitando en el techo de su habitación. Sobre todo, en ese primer amor indeciso que una y otra vez vuelve, aunque Gambardella no recuerde con precisión los detalles de su escena cenital, ni si fue él quien dejó a Elisa, o ella a él. Ya no hay forma de saberlo. No importa, basta con poder narrar su claroscuro, la leve influencia de aquel aroma del cuello, del pelo al caer.
Aunque no tuviéramos preocupaciones teológicas –quizás hay que tenerlas, al menos para defenderse de la comunicación-, es probable que el último trabajo de Sorrentino pueda ser entendido como una demostración laica de la existencia de un dios, en medio precisamente de la inmundicia. O de su inexistencia, en medio precisamente del esplendor. O ni una cosa ni otra, sino una reflexión agnóstica sobre la hipótesis de que Dios ni siquiera pueda serinconsciente. Impotente para entender las penúltimas mutaciones de sus criaturas, ha huido.
Sodoma y Gomorra aún podían tener un modelo de comprensión, en el frenesí del vicio por el vicio. Nosotros, chapoteando en un libertinaje que al mismo tiempo se atormenta con un discurso ético bajo los focos, profundamente infelices en medio de nuestra falta de límites, somos incomprensibles para cualquier creador exnihilo. No sabemos qué opinaría Walter Benjamin, pero La gran belleza es suficientemente compleja para que casi toda conjetura final sea plausible, a la vez que dudosa. Quedan los ojos rasgados; los oídos, un poco ensordecidos. Y este rumor de duermevela en nuestras cabezas. Gracias por el insomnio.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 19 de enero de 2014





          JEP GAMBARDELLA

7 de diciembre
El consejo que Diderot da a los actores es el siguiente: “No expliques nada si quieres que se te entienda”. Todo lo que ha de transmitir, el actor ha de llevarlo incorporado en su sola presencia, en la dicción de la voz, en la mirada, en su silencio, sus pasos, su inmovilidad, en un aura que solo puedo definir como ‘atracción’. Un actor ha de atraer, en el sentido de capturar la atención en su totalidad y hasta la sumisión. El espectador ha de estar sometido a él, poseído por él, y sin que el actor deba explicar nada: basta con estar.
Pienso en ese ‘estar inexplicado’ mientras sigo recreando en mi cabeza la impresionante actuación de un actor extraordinario: Toni Servillo. Es el protagonista absoluto de la obra maestra de Paolo Sorrentino ‘La gran belleza’, película maravillosa que solo es comparable a sí misma. Y a la maravilla contribuye en mucho el papel de Servillo, convertido ya para siempre en ese Jep Gambardella que pasará a la historia del cine. La voz nasal y precipitada de Servillo, que encadena las sílabas tan dejadamente que enfatiza la monotonía; la estatuaria delicuescencia de su rostro; la verticalidad de su caminar lento; la expresión cansada e irónica, oblicua; la mirada fría en unos ojos que delatan astucia, todo eso con lo que Toni Servillo ha sabido dotar al personaje de Jep Gambardella nos lo hace un arquetipo único y contemporáneo. Ese cronista de la vanidad, impostor de la ligereza, amante de lo mundano, bordeador de la ternura, rey de la vacuidad y señor del instante que es Gambardella, se dota con Servillo de melancolía, ambición, falta de escrúpulos, indolencia, frivolidad y elegancia heroica. Todos los matices universales pero concretos que ya en otras películas como ‘Il Divo’ o ‘Gomorra’ Servillo estuvo explorando. Es un actor magnético que transmite como nadie la imagen del hombre desgastado, testigo amoral que huye hacia delante, ya sea interpretando a Giulio Andreotti o a un mafioso de tercera napolitano.
Se ha comparado ‘La gran belleza’ con ‘La dolce vita’. Sorrentino homenajea a Fellini reconociéndolo como de la misma estirpe. Porque, siendo distintas, ambas películas son iguales: ambas guardan en su interior el as en la manga de lo portentoso. Ese portento que capta Gambardella ante una jirafa o ante la bellísima escena de los flamencos. Las dos son el mismo retrato de un mundo inane y contemporáneo, un parnaso mundano inmerso en la banalidad: la de la decadencia de los excesos, la del hechizo de la felicidad. Y para decadencias, nada mejor que Roma, la ciudad que ha sabido hacerse profesional de los imperios decadentes. Y de las sofisticaciones. ‘La gran belleza’ es Roma, y Jep Gambardella su último, inmenso emperador.
10 de diciembre
Sobre la crítica literaria. Sigo con Diderot, cuya lectura es siempre una bocanada de inteligente alegría, y caigo en un lúcido texto suyo acerca de los críticos. “Los viajeros –escribe Diderot– hablan de una especie de hombres salvajes que lanzan dardos envenenados. Lo mismo hacen nuestros críticos”. Esta imagen sigue siendo válida hoy en día. Más adelante, Diderot dice que los críticos “no pierden jamás la alta opinión que tienen de sí mismos”. Y añade: “El papel de un autor es un papel bastante vano; es el de un hombre que se cree capaz de dar lecciones al público. ¿Y el papel del crítico? El del crítico es mucho más vano aún; es el de un hombre que se cree capaz de dar lecciones al que se cree capaz de dárselas al público”. Para el crítico, si el autor ha muerto, toda su obra es un dechado de virtudes; si el autor vive aún, su obra lo es de defectos. En cualquier caso, los críticos nunca aciertan con el verdadero e íntimo defecto del escritor, ese que solo él conoce de sí mismo, manifestado libro tras libro, y que, por su cerrazón, le es vedado al crítico, cuyo criterio solo se basa en su propio gusto y en la presuntuosidad de filtrarlo todo por él.
Los críticos –según Diderot– dicen que aplican un rigor objetivo, pero, siendo realmente partes secundarias de la creación, solo pueden apelar a la subjetividad de su gusto, casi siempre escasamente formado, pobre y anquilosado, cuando no directamente ciego. Quizá lo primero que ha de ser un crítico –según Diderot– es buena persona, “hombre de bien”. Pero eso es mucho pedir, creo yo. Si un crítico es mal padre, pésimo marido, mal amigo, mezquino, violento, maltratador, cretino o ruin, no veo la razón por la que haya de carecer de esos rasgos cuando se enfrenta al hecho de leer. El máximo efecto de la lectura es dejarse poseer por lo ajeno, por el texto, la visión, la percepción y la expresión de otro; es decir, el crítico ha de partir de una postura generosa y receptiva, al leer. Sin embargo, el crítico –según Diderot– ya de partida carece de esa postura, porque se cree juez, ejecutor, verdugo, legislador, en definitiva, superior; y sobre todo se cree impune. Qué cierto es que un escritor, cuando escribe, delata su alma; y un crítico también.
Acaba Diderot su texto sobre los críticos con este gran e irónico final: “Comprendió que aún tenía mucho que aprender. Volvió a su casa. Se encerró allí durante quince años. Se entregó a la historia, a la filosofía, a la moral, a las ciencias y a las artes; y a los cincuenta y cinco años llegó a ser un nombre de bien, un hombre instruido, un hombre de gusto, gran autor y un crítico excelente.” Lo hago mío.
                                        ADOLFO GARCÍA ORTEGA

viernes, noviembre 27, 2009

Gordos, de Daniel Sanchez Arevalo



(Gordos, Daniel Sánchez Arévalo, 2009)
      Pizza, carne, helados, chocolate. Encontrar en la opulencia de tragar el suplemento de una pobreza de vivir que apenas podemos confesar. Nadie va a la terapia para adelgazar, sino para tener a alguien con quien hablar de las razones de su disgusto con la vida y con el cuerpo. Como nosotros, ellos se curan cuando aprenden a vivir con el mal que les constituye. ¿Puede haber otra cosa? Entre el espectáculo informativo y el determinismo social, hace tiempo que palpitamos en este reino inestable. 

         Y sin embargo, Arévalo (nos ahorraremos el Sánchez para evitar equívocos) corre el riesgo de no contentar a nadie. La buena gente de derechas verá aquí una aproximación herética a la religión, su mezcla con elementos espúreos. La buena gente de izquierdas verá ahí demasiada metafísica, demasiado "apolítica" y, desde luego, un exceso caótico de registros y temas. Con un gran pecado añadido: progresismo y reacción tampoco están deslindados. Demasiada complejidad en el mismo saco: La religión y la sexualidad, el desamor y la descendencia, el fracaso y las terapias, la fraternidad y la inmadurez. Como ahora mujeres y hombres estamos yaigualados por “saber hacer sólo una cosa”, ser cobardes, el resultado probable es que se dejará de lado esta complejidad para ir a ver Ágora o 2012

         Cierto, en Gordos el peso es lo de menos. Soltera, casado, separado, viudo u homosexual en edad de merecer, lo que angustia, bajo las distintas identificaciones a las que nos adherimos, es la dificultad de vivir. Seas homosexual u heterosexual, varón o hembra, gordo o delgado, nadie te librará de enfrentarte a la extrañeza de un mal que no tiene género ni cura fácil. La frustración es la ley en este reino que ha perdido la naturaleza. Soy un "heterosexual reprimido", llega a decir en cierto momento el gay oficial del grupo, expresando el colmo de la desgracia en esta democracia que ha de ser socialista incluso por la derecha. Pero en este punto, uniendo en el drama de vivir a personajes tan distintos, Arévalo está de vuelta del "partidismo" de la España oficial y su obsesión por la definición ideológica y el nivel de vida. Por así decirlo, Gordos es filosóficamente posterior a esta bendita crisis que promete eliminar parte de la espuma que nos sobra, de la movida que nos sobra, del deseo que nos sobra. A pesar de su cáscara, a veces extremadamente barroca, la película es "primaria" (casi tanto como Azuloscurocasinegro) frente a la deconstrucción barata que ha hecho estragos en esta nación terciaria. 

         Lo que engorda a los protagonistas, dice Arévalo, es aquello ajeno que viven y que no saben cómo digerir. En este sentido, el director ensaya un primer plano sobre lo que entra y no puede salir, sobre lo que aumenta nuestra deformación, una corrupción difícilmente tratable. Lo sepa el director o no, esta tragicomedia merodea la falta de límites típicamente española, esta incapacidad "surrealista" para lo real, una impotencia que no acaba de reventar en ninguna crisis. El hastío que provoca este malestar neurótico de no caber en tu cuerpo surge del bienestar patético en el que nos hemos encerrado. En efecto, en Gordos apenas hay exteriores, todo transcurre en salas más o menos acondicionadas. 

         Es más, todos los personajes tienen su patología sobredimensionada por el hecho de estarvacantes, quiero decir, sin ninguna tarea externa. Me explico. No es que la gente “normal” (y todos somos normales en este punto) haya de tener necesariamente una gesta histórica. Lo que no puede hacer, bajo el riesgo de enfermar, es renunciar al heroísmo de vivir. Y en cierto modo, salvo en parte el cristiano militante, salvo quizá el terapeuta, casi todos ellos han atenuado al máximo esa relación con el exterior de nadie. De ahí que sufran el efecto de rebote de una neurosis relacional que se les viene encima. Como en nuestra querida “América”, les engorda el hecho de ser penosos animales domesticados, pues ninguna tierra desconocida les desgasta. Con o sin obesidad mórbida, todos ellos están a punto de padecer una neurosis mórbida por falta de un estrés de exterior que relativice todas esas chorradas de interior que padecen. El mérito de Arévalo es elevar a cierta tensión épica, con su dosis de drama y ternura, esta falta de épica que todos padecen. Ya en España invertebrada Ortega esbozaba este drama existencial delparticularismo, un divorcio con respecto al reto de la fuerza que aquejaba a nuestra cultura media. Al adelgazarse la relación con el afuera, se engorda la bulimia del interior. El amor y el desamor siempre serán peligrosos, pero su drama se desorbita hasta efectos cómicos en una atmósfera cerrada. Con bastante fortuna y belleza, Arévalo navega en estas aguas viciadas. 

         La enfermedad, la hipocondría, las alergias son un resultado de no atreverse a tenerenemigos; a estas altura del baile, todos sabemos algo de eso. La obesidad se convierte así en metáfora de la mancha que dificulta la relación consigo mismo, esa virtud de mantener un “término medio” en este trastorno bipolar inducido. Gordos no es particularmente moralista, ni por la derecha ni por la izquierda. Su belleza brota de enfocar la ambigüedad de vivir, de una mirada analítica que querría comprender antes que intervenir. Aparte de un implacable trabajo de ordenador, suponemos, Arévalo hace trabajar a sus actores de manera anómala para lo que es costumbre en estos pagos. Llega a espaciar diez meses la película para dar tiempo a los cambios físicos por los que han de pasar algunos de los sufridos protagonistas. 

         A veces la película juguetea con una inmoralidad exagerada (eso nos parece ahogar a un ex-socio en la sala de la UCI donde amenaza recuperarse) que recuerda a la “anarquía” española que hace tiempo nos aburre. Al principio uno piensa: "Aparta de mi este cáliz". Y esto en dirección muy distinta a la de Vallejo, pues ahora se trata del hastío que nos produce esta nación antitrágica, que deja para el crimen, el flamenco y los toros una violencia que está prohibida en nuestra medianía “enrollada”. Sin embargo, por debajo de brotes esperpénticos, Arévalo afronta el drama de vivir en estado crudo. “¿Me quiere o no me quiere?”. “¿Me folla o no me folla?”. El cuerpo a cuerpo de las obsesiones, la relación, el afecto maltratado, el sexo... en lugar de las guerras que no hemos tenido. El retorno, en forma de esta juvenil guerrilla cotidiana, de todo lo reprimido. Aparentemente, como en el Woody Allen del que estamos hartos. Como en Closer, de la cual nos fuimos pitando. Ya está bien de sexo, nos decimos, de neurosis. Un poco de psicosis, por favor, de oír voces. Incluso nos acordamos de La insurrección que viene (seguro que ya conocéis ese libro) y la ironía de ese Comité Invisible sobre cómo los españoles hemos cambiado, limitándonos a invertir el franquismo, la libertad apolítica por el sexo politizado. 

         Pronto la inteligencia de Arévalo hace derivar este magma hacia un registro existencial menos efímero, donde nada es lo que parece y palpitan espectros. Que además se aluda a ellos a través de fracturas en la fluidez audiovisual, a veces muy logradas, sólo es un síntoma secundario. Esta poética ruptura del hilo narrativo (de pronto, se le retira el movimiento de labios a un personaje, mientras sigue su voz) se hace sin estridencias. Subordinada a la poética del encuentro y de la escena como acontecimiento, la propia terapia de grupo podría ser una disculpa para que cada cual ponga su soledad en juego. Bajo la máscara de un personaje que se inventan para sobrevivir, todos necesitan una mutación, una cura de adelgazamiento que les devuelva el mundo. Así Arévalo teje el devenir cómico de una condición dramática, la simbiosis de drama y ternura. Gordos ensaya sobre la contradicción; como dice el terapeuta para justificar la ausencia del parto de su mujer: "Estaba enfrentándome a mis contradicciones". Y esto inhibiendo el moralismo para no enjuiciar, para dejar que pasen cosas. Dándole salida al coro que tenemos en la cabeza, Arévalo trenza el barroco de las escenas con la sobriedad del guión, una definición fotográfica que enmarque el caos metódico. 

         Personajes ordinarios en situaciones extraordinarias. Sin maniqueísmo, nadie es muy feliz en Gordos, ni hay ninguna solución fácil. La religión misma parece estar de los dos lados, de cualquier lado. Igual que el sexo, que se puede convertir en liberador o paralizante. Como parte de este arriesgado desfiladero, Arévalo se permite el lujo de hacer guiños a American beauty que pasarán desapercibidos. Y sin embargo, ahí están: en la música, en la definición poética de algunas escenas, en un registro existencial que junta vieja sabiduría y escenarios postmodernos, en esa escena del plato estrellado contra la pared. 

         Después de pensar "¿Qué hago yo aquí?", uno piensa: “Mi vida se parece a esto: nunca sé con quién estoy, si subo o si bajo”. Los días de suerte, llevamos bien la actuación profesional. Bajo esa costra, la incertidumbre sigue mordiendo. Los actores de Arévalo, asombrosamente en esta España serial y televisiva, vocalizan y actúan. Como si no conocieran de antemano al espectador, concediéndole una oportunidad a lo no familiar. Poco a poco le dan forma a esta gelatina que constituye el pan nuestro de este país terciario. Una forma compleja, en suma, demasiado compleja para ser percibida, comprendida, comentada. Entre otras cosas, hay en Arévalo una metafísica de la relación que incomoda. Claro, el resultado no es comparable aRevolutionary Road. Pero es que nuestro drama es menor, ¿recuerdan? Somos una entrañable provincia turística, por no decir una monarquía naranjera. Dándole una forma valiente a esta base edulcorada, sin llegar tampoco a los niveles sublimes de Plácido o Los olvidados, la película de Arévalo nos reconcilia con un entorno en el que todavía podrían ocurrir cosas. 



Madrid, 25 de noviembre de 2009.

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