jueves, enero 29, 2009

The Influencers, partes de la resistencia

5 - 6 - 7 de febrero
Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona
Carrer de Montalegre 5, Barcelona

Llega el capítulo número 5 del proyecto The Influencers, un festival que se dedica a explorar armas no convencionales de comunicación. A lo largo de estos años, ha sido definido como galería de proyectos inclasificables, investigación sobre la guerrilla de la comunicación, muestra de ciencia ficción en el presente, y hasta talk show que no se ve en la tele; pero, en el fondo, The Influencers es simplemente un laboratorio de ideas: un think-tank que durante tres intensos días se dispone a entrelazar historias de tergiversación, manipulación y transformación de elementos vivos de las culturas contemporáneas.

Basado en hecho reales


Los protagonistas del festival son 8 proyectos invitados: ejemplos de intervenciones reales en el corazón de la selva global, allí donde se encuentran las tropas de la cultura del consumo, de la información de bajo coste, de las últimas tendencias, del fetichismo tecnológico. Un territorio donde, a pesar de todo, las fronteras son fluidas, atravesadas de modo casi continuo y difícilmente controlable por ráfagas de ideas alternativas. La voracidad de las culturas comerciales y la capacidad de infiltración de las culturas alternativas provocan que se produzcan mutaciones en las dos direcciones, a veces tan rápidas y deslumbrantes como relámpagos, otras veces capaces de erosionar lentamente las expectativas más habituales. Los proyectos invitados son ejemplos de este tipo de mutaciones de alto potencial, realizados con espíritu visionario, además de inteligencia y normalmente de presupuestos limitados.

Buscadores de historias

En estos cinco años The Influencers ha ido entrelazando prácticas muy diversas y esta vez no haremos excepciones: graffiti, tecnologías semi-digitales o analógicas, escritura, acción en el espacio público, anti-propaganda, memética y mitopoiética. No rompemos fronteras entre disciplinas por el simple gusto de hacerlo, sino porque en el mundo actual es simplemente inevitable. Nos atrae esa mezcla descontrolada entre culturas alternativas y cultura de masas y buscamos ideas prácticas, historias, relatos que hablen desde un punto de vista nuevo. Por supuesto, lo último que nos interesa es que todas las historias hablen el mismo idioma. Lo que sí tienen en común, su signo distintivo, es el gusto por el riesgo, el impulso de estos autores hacia la construcción de máquinas peligrosas, las posiciones políticamente incorrectas, las tecnologías aparentemente anacrónicas o, simplemente, el desafío puesto al sentido común.

El quinto episodio de la serie: tecnológico y post-digital


En este episodio dejaremos (aparentemente) de lado algunos elementos clave de las primeras ediciones como la tergiversación explícita de los mensajes de la cultura de masas y la manipulación de las últimas tecnologías digitales. Este año veremos proyectos cuya tecnología cuenta con un importante componente analógico: desde las temerarias creaciones de SRL hasta las balsas de las Swimming Cities de Swoon, además de las grandes pantallas analógicas murales de Blu, las intrusiones televisivas de Ztohoven y hasta las narraciones colectivas y radicales de Wu Ming. Proyectos que en muchos casos nacen en una época y con una sensibilidad digital y que buscan estrategias analógicas para trasladar el enorme potencial de lo digital hacia el exterior de la pantalla.

Lenguajes, canales, público

La re-utilización y la tergiversación de los poderosos recursos de la cultura de masas han sido siempre elementos clave en todo tipo de culturas independientes. Muchos de los proyectos invitados en The Influencers 2009 utilizan los espacios e incluso algunas fórmulas de las culturas de masas para provocar sorpresas, reactivar la atención adormecida, entretener. Sin embargo, no lo hacen tergiversando mensajes comerciales, sino que de forma más sutil, buscan en el interior de esa cultura, o en sus territorios fronterizos, nuevos canales, nuevos lenguajes y nuevas maneras de agregar un público o una comunidad.

El enorme éxito simbólico de las acciones relámpago de Improv Everywhere, el reconocimiento de SRL como clásico de la cultura industrial (a pesar de que en otra época se hubiera definido como underground), las cientos de miles de copias vendidas de las novelas de Wu Ming o incluso los más de 5 millones de consultas de uno de los vídeos de Blu, demuestran que existen formas distintas de las comerciales para captar la atención e involucrar a los demás. En estos experimentos de entretenimiento radical, probablemente, estamos viendo los gérmenes de una nueva posible cultura popular.

miércoles, enero 28, 2009

de ROBERT PETERS

Un poema de ROBERT PETERS, poeta americana nacido en los años veinte.

grulla

Una grúlla gris sobre una roca resplandeciente.
Podría ser de peluche,
salvo que guiña un ojo.
Se frota el pico
en su ala, levanta una pierna.
Agarro una piedra.
Un hueso cruje.
Un ojo rojo nada.
Vuelan plumas en el viento.


CRANE

A gray crane on a rock glares.
He might be stuffed,
except that an eye blinks.
He scrapes his beak
on his wing, raises a leg.
I grab a stone.
A bone cracks.
A red eye swims.
Feathers fly in the wind.

domingo, enero 25, 2009

e.e. cummings


gracias Señor por tan este increíble día
y por el verde espíritu saltarín de los árboles,
por este azul soñado como cielo; gracias por todo
lo natural, por todo lo infinito, por lo que dice sí

(estuve muerto y hoy estoy de nuevo vivo;
hoy es el cumpleaños del sol, el cumpleaños
de la vida, del amor y las alas, de la alegre
grande, cambiante, ilimitada tierra)

¿como podría viendo, escuchando, tocando
y respirando algún –levantado del no
de la nada absoluta- ser simplemente humano
dudar, oh inimaginable Vos?

(ahora los oídos de mis oídos oyen,
ahora los ojos de mis ojos ven)

sábado, enero 24, 2009

Off The Wall Illustration



Off The Wall Illustration

Por Jim Rowe


letras-musicas y cintasdevideo: ANDREA MANTEGNA /INGER CHRISTENSEN : La habitación pintada

letras-musicas y cintasdevideo: ANDREA MANTEGNA /INGER CHRISTENSEN : La habitación pintada

¡Qué bello llevar el cielo atado de un cordel
y desplegarlo ante la gente que mira embobada!

¿Qué sería mi pavo real sin su cola?
Amo a estos pájaros grandes y tontos,
que arrastran tras de sí la bóveda celeste,
que descubren lo que quisieran ocultar:
que el cielo es una cueva subterránea
en el fondo de una tierra aún mayor.
¡Qué bello llevar el cielo atado de un cordel!

[...]
¡Qué bello llevar el cielo atado de un cordel
y escuchar las palabras roncas de un pavo real!

poema de TOMAS SEGOVIA




- -
EL AMANECIDO

De pronto por oriente
Se nos ha empurpurado sin pudor este cielo
¿De qué imposible sangre leve y fresca
Es este ingenuo cuajo
Que se difunde por el agua limpia
De la pueril mañana
Sin enturbiar mínimamente
Su ágil virginidad?

La hora se pone en pie sin bajar la mirada
Y otra vez está todo por vivirse

¿Es que está ahora amaneciendo allá
En aquel tiempo mío
Y estoy yo descolgado de mi edad
Mirando cómo nace allá mi día
O es que ha venido el día aún viviente
A ver qué cara tiene hoy mi vida?

Lo que sé es que otra vez
Somos el cielo y yo adolescentes
Y entramos cada vez en cada nuevo día
Sin saber distinguir la intrepidez del miedo
Con dichosa ignorando asegurando
Que aunque al final hayamos renegado de mucho
De nada nunca habrá de renegar
Quien amanece.

México, 9 ene 09

lunes, enero 19, 2009

the Raven


the raven

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
"'Tis some visitor," I muttered, "tapping at my chamber door,
Only this, and nothing more."

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow; vainly I had sought to borrow,
From my books surcease of sorrow, sorrow for the lost Lenore,
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore,
Nameless here for evermore.

And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me - filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating,
"'Tis some visitor entreating entrance at my chamber door,
Some late visitor entreating entrance at my chamber door;
This it is, and nothing more."

Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
"Sir," said I, "or Madam, truly your forgiveness I implore;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you", here I opened wide the door;
Darkness there, and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortals ever dared to dream before;
But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
And the only word there spoken was the whispered word, "Lenore!"
This I whispered, and an echo murmured back the word, "Lenore!"
Merely this, and nothing more.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
"Surely," said I, "surely that is something at my window lattice:
Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore,
Let my heart be still a moment and this mystery explore;
'Tis the wind and nothing more."

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately raven of the saintly days of yore;
Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door,
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door,
Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore.
"Though thy crest be shorn and shaven, thou," I said, "art sure no craven,
Ghastly grim and ancient raven wandering from the Nightly shore,
Tell me what thy lordly name is on the Night's Plutonian shore!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning, little relevancy bore;
For we cannot help agreeing that no living human being,
Ever yet was blest with seeing bird above his chamber door,
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
With such name as "Nevermore."

But the raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing further then he uttered; not a feather then he fluttered,
Till I scarcely more than muttered, "other friends have flown before,
On the morrow he will leave me, as my hopes have flown before."
Then the bird said, "Nevermore."

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
"Doubtless," said I, "what it utters is its only stock and store,
Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster,
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore,
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore,
Of "Never - nevermore."

But the Raven still beguiling all my fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
Then upon the velvet sinking, I betook myself to linking,
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore,
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous bird of yore,
Meant in croaking "Nevermore."

This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom's core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining,
On the cushion's velvet lining that the lamplight gloated o'er,
But whose velvet violet lining with the lamplight gloating o'er,
She shall press, ah, nevermore!

Then methought the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by Seraphim whose footfalls tinkled on the tufted floor.
"Wretch," I cried, "thy God hath lent thee- by these angels he hath sent thee,
Respite - respite and nepenthe, from thy memories of Lenore!
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

"Prophet!" said I, "thing of evil!- prophet still, if bird or devil!
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted,
On this home by horror haunted- tell me truly, I implore,
Is there - is there balm in Gilead? - tell me - tell me, I implore!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

"Prophet!" said I, "thing of evil - prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us - by that God we both adore,
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore,
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore."
Quoth the Raven, "Nevermore."

"Be that word our sign in parting, bird or fiend," I shrieked, upstarting
"Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! - quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!"
Quoth the Raven, "Nevermore."

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,
And the lamplight o'er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor,
Shall be lifted - nevermore!

NEVER MORE (esta luz que llena de sombras el alma)

En un noche espantada, sumido en brumosas reflexiones
inclinado sobre un ajado mamotreto
subitamente sali de mi soñoliento estado,
al escuchar como llamaban a mi puerta;

alguien, suavemente y sin fe,

con mano temblorosa y timida, golpeaba.

"¡Es una visita,-me dije- una visita que esta llamando a mi puerta,

eso es todo y nada mas.


el cuervo


I
En una noche pavorosa, inquieto
releía un vetusto mamotreto
cuando creí escuchar
un extraño ruido, de repente
como si alguien tocase suavemente
a mi puerta: «Visita impertinente
es, dije y nada más » .

II
¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno
e impaciente medía el tiempo eterno
cansado de buscar
en los libros la calma bienhechora
al dolor de mi muerta Leonora
que habita con los ángeles ahora
¡para siempre jamás!

III
Sentí el sedeño y crujidor y elástico
rozar de las cortinas, un fantástico
terror, como jamás
sentido había y quise aquel ruido
explicando, mi espíritu oprimido
calmar por fin: «Un viajero perdido
es, dije y nada más ».

IV
Ya sintiendo más calma: «Caballero
exclamé, o dama, suplicaros quiero
os sirváis excusar
mas mi atención no estaba bien despierta
y fue vuestra llamada tan incierta…»
Abrí entonces de par en par la puerta:
tinieblas nada más.

V
Miro al espacio, exploro la tiniebla
y siento entonces que mi mente puebla
turba de ideas cual
ningún otro mortal las tuvo antes
y escucho con oídos anhelantes
«Leonora » unas voces susurrantes
murmurar nada más.

VI
Vuelvo a mi estancia con pavor secreto
y a escuchar torno pálido e inquieto
más fuerte golpear;
«algo, me digo, toca en mi ventana,
comprender quiero la señal arcana
y calmar esta angustia sobrehumana »:
¡el viento y nada más!

VII
Y la ventana abrí: revolcando
vi entonces un cuervo venerando
como ave de otra edad;
sin mayor ceremonia entró en mis salas
con gesto señorial y negras alas
y sobre un busto, en el dintel, de Palas
posóse y nada más.

VIII
Miro al pájaro negro, sonriente
ante su grave y serio continente
y le comienzo a hablar,
no sin un dejo de intención irónica:
«Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica,
¿cuál es tu nombre en la región plutónica? »
Dijo el cuervo: «Jamás ».

IX
En este caso al par grotesco y raro
maravilléme al escuchar tan claro
tal nombre pronunciar
y debo confesar que sentí susto
pues ante nadie, creo, tuvo el gusto
de un cuervo ver, posado sobre un busto
con tal nombre: «Jamás ».

X
Cual si hubiese vertido en ese acento
el alma, calló el ave y ni un momento
las plumas movió ya,
«otros de mí han huido y se me alcanza
que él partirá mañana sin tardanza
como me ha abandonado la esperanza »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XI
Una respuesta al escuchar tan neta
me dije, no sin inquietud secreta,
«Es esto nada más.
Cuanto aprendió de un amo infortunado,
a quien tenaz ha perseguido el hado
y por solo estribillo ha conservado
¡ese jamás, jamás! »

XII
Rodé mi asiento hasta quedar enfrente
de la puerta, del busto y del vidente
cuervo y entonces ya
reclinado en la blanda sedería
en ensueños fantásticos me hundía,
pensando siempre que decir querría
aquel jamás, jamás.

XIII
Largo tiempo quedéme así en reposo
aquel extraño pájaro ominoso
mirando sin cesar,
ocupaba el diván de terciopelo
do juntos nos sentamos y en mi duelo
pensaba que Ella, nunca en este suelo
lo ocuparía más.

XIV
Entonces parecióme el aire denso
con el aroma de quemado incienso
de un invisible altar;
y escucho voces repetir fervientes:
«Olvida a Leonor, bebe el nepenthes
bebe el olvido en sus letales fuentes »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XV
«Profeta, dije, augur de otras edades
que arrojaron las negras tempestades
aquí para mi mal,
huésped de esta morada de tristura,
dí, fosco engendro de la noche oscura,
si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »:
dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XVI
«Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo
por Dios, por mí, por mi dolor acerbo,
por tu poder fatal
dime si alguna vez a Leonora
volveré a ver en la eternal aurora
donde feliz con los querubes mora »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XVII
«Sea tal palabra la postrera
retorna a la plutónica rivera,»
grité: «¡No vuelvas más,
no dejes ni una huella, ni una pluma
y mi espíritu envuelto en densa bruma
libra por fin el peso que le abruma! »
dijo el cuervo: «¡Jamás! »

XVIII
Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto
sigue siempre de Palas sobre el busto
y bajo mi fanal,
proyecta mancha lúgubre en la alfombra
y su mirada de demonio asombra…
¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra
se librará? ¡Jamás!

Versión de Carlos Arturo Torres



domingo, enero 11, 2009

GAZA, como no,y el llanto(!!!!!!!basta ya Israel, en tu cosecha de muerte




SHARON, BARAK, GAZA por Juan Gelman, poeta argentino, ganador del premio cervantes y judio.
Es cada día más evidente que la invasión israelí a Gaza no es una mera represalia: las tropas de Tel Aviv bombardean sin piedad blancos civiles y los "daños colaterales" de niños palestinos se estimaban, hasta el domingo pasado, en un 20 por ciento de los muertos y un 10 por ciento de los heridos (edition.cnn.com, 4-1-09). Por lo demás, Hamas no es el único movimiento que arroja misiles al territorio del vecino: lo hacen también las brigadas de Los Mártires de Al Aqsa, grupo armado afín a la Autoridad Palestina (AP) asentada en Cisjordania y bendecida hoy por EE.UU. e Israel (Michel Warschawski, Programmer le désastre, ediciones La Fabrique, París 2008, págs. 11-12). Es un hecho confirmado por Amnesty International (www.amnesty.org, 31-12-08). Al Fatah, base política de la AP, sufrió una derrota aplastante ante Hamas en las elecciones del 2006 en Gaza y es su ríspido adversario declarado.

La operación Plomo Fundido, que Israel inició el 27 de diciembre, no es una improvisación: "Fuentes militares revelaron que el ministro de Defensa, Ehud Barak, ordenó hace más de seis meses a las fuerzas de Defensa de Israel que prepararan esa operación, aun cuando Israel había comenzado a negociar un cese del fuego con Hamas". Esto no lo denuncia un diario árabe, sino el periódico israelí Ha'aretz (27-12-08) y subraya el doble discurso de Olmert y Cía. En realidad, el plomo de la operación se viene fundiendo hace años y su objetivo es echar a los palestinos de su tierra. Los cuatro millones de desalojados desde 1948 ya no le bastan a Tel Aviv.

Ariel Sharon, a poco de asumir el cargo de primer ministro de Israel, en febrero del 2001, ordenó un operativo en el que los cazas F-16 de fabricación estadounidense se utilizaron por primera vez para bombardear ciudades palestinas: "Un plan de contingencia –su nombre codificado es Operación Venganza Justificada– fue diseñado en junio pasado (del 2001) para reocupar toda Cisjordania y tal vez la Faja de Gaza" (The Washington Times, 19-3-2002). El propósito del plan era lanzar un ataque en gran escala para aplastar a la autoridad palestina, "sacar del juego" a su líder Yasser Arafat "y matar o detener a los efectivos de su ejército" (The New York Times, 12-7-01). El presidente egipcio completó el cerco israelí de Gaza, de consuno con Tel Aviv: ordenó el cierre de los pasos fronterizos que permitirían huir de la matanza a miles de civiles palestinos. Al parecer, la voluntad de exterminio no sólo está dedicada a Hamas.

Esa operación se conoció también como el Plan Dagan, por el general (R) Meir Dagan, entonces asesor de Sharon y actual jefe del Mossad. El ataque se desencadenaría "después de un atentado suicida palestino que causara muchos muertos y heridos civiles en Israel, esgrimiendo la justificación del derramamiento de sangre" (www.MiddleEast.org, diciembre 2001). El Plan Dagan incluía una suerte de cantonización de los territorios palestinos, aislando completamente a Gaza de Cisjordania y negociando por separado con cada "gobierno" de ambos territorios y con los respectivos responsables de la seguridad y de los servicios de inteligencia (Le Monde, 17-12-01). Hay más.

El asesinato de Yasser Arafat estaba sobre la mesa de las autoridades israelíes desde 1996 y era otro componente del Plan Dagan. En un documento preparado por los servicios de seguridad en octubre del 2000 a pedido del entonces primer ministro Ehud Barak –del que publicó detalles el diario israelí Ma'ariv (6-7-01)– se indicaba que "Arafat, la persona, es una grave amenaza a la seguridad del estado (de Israel) y los perjuicios que causaría su desaparición son inferiores a los que su existencia origina". El gabinete israelí decretó su "remoción" a mediados de septiembre del 2003 por considerarlo "un obstáculo para la paz". El sentido de la palabra "remoción" quedó claro: el entonces ministro de Defensa Shaul Mofaz declaró: "Elegiremos el medio correcto y el tiempo correcto para matar a Arafat" (www.mehrnews.com, 9-11-05). Un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de la ONU condenando la decisión israelí fue vetado por EE.UU. (news.bbc.co.uk, 16-9-03). Cuándo no.

El mundo asiste hoy a la aplicación del Plan Dagan tal como se diseñó en el 2001: establece "una invasión del territorio palestino por unos 30.000 soldados israelíes con la misión claramente definida de destruir la infraestructura del liderazgo palestino... y de expulsar o matar a su comando militar" (www.globalresearch.ca, diciembre 2001). La idea tiene un rancio abolengo ya señalado en esta columna (ver Página/12, 4-1-09). Como dijera el legislador árabe-israelí Jamal Zahalka: "El dilema del sionismo en 1948 era, en realidad, elegir un sistema de apartheid o la guerra y la expulsión de los palestinos". Y una cosa antes de la otra o las dos juntas, ¿por qué no?



Maldito cielo estampado
de pajaros muertos
reventados animales contra los ojos
labios reventados contra el silencio
silencio cosido a la boca de las ratas
añicos y jirones entre las uñas de dios

de tu puto dios cinematrografico
de tu fabuloso dios intercambiable
Maldito cielo raido por la furia
que deja insomne a la madre de las fieras
a los cachorros de la sangre
a las generosas piedras que cantan
en el lecho de un rio
que tu odio seca hasta acuñar miseria
Insoportable este peso de horror
que es tu amurallada oracion del sabado
cuando inviertes oro
en niñas decapitadas como cuentos
numismatico terror el que acumulas
en esa titanica pantalla de sangre
donde los asesinos chatean con sus victimas
abiertas como los bosques
a la canal ambrienta de piedad
de un insaciable corazon de leche, negra, negra
asi tus certeros tajos en el negocio de la muerte
donde la maxima rentabilidad es la miseria
Maldito sea este cielo de astillas
que con parsimoniosa astucia
incrustais entre los parpados del alba.
Bajo los pies de los arboles espantados
nuestros cadaveres cocinan manjares
para el dia de tu imposible regreso
para el dia en que las palabras tengan la paciencia
de una bala
sin balas como es el pan de las mujeres
y las manos de los enamorados
inventando peces en las charcas de los besos
y todo armado hasta los dientes
como un cuento sin tus terribles oraciones

jueves, enero 08, 2009

lagrimas de sangre


ISRAEL: CRIMINAL MENTIRA. No hay ningun argumento que justifique esta masacre perpetua. Todo este asunto de ORIENTE MEDIO, con Palestina como ensangrentado grito que ensodece las manibroa en intereses reales de todo este montaje genocida: intereses bastardos de Gran Bretaña y el Estado Norteamericano, en definitiva, EL IMPERIO (Tan gozosamente misturadocon estados titeres, fallidas democracias, Pueblos secuestrados, Estados superpuestos, Estados amigos, Estados bisagra)
Rabia e impotencia es un escelente semillero de lo que denominan TERORISMO.
Pero ¿QUIEN ADMINISTRA Y RENTABILIZA EL TERRORISMO?

viernes, diciembre 19, 2008

poema recital

vitrinear, ruar, nimbear, blablanear, corazonear la tarde, sumar esquinas, fundir la parte agria, conjugar piedras,flaquear a manos llenas, cultivar derrotas hasta alcanzar la levedad de tu carta nautica, bueno, un decir, naufragar sin joder la orilla, salir de peces y volver con viento, nada de bastardas y opiparas besucadas, sencillamente, tramar atracos teniendo en cuenta las fases de la luna, solamente.

saude e un no de risa

k





al volver a casa entre cadaveres

exxxquisitos



ahora son las tres y te escribiria un poema



acabo de llegar a casa CON UNA RAMA EN LA BOCA



como un ser normal



la luz me sale hasta por las suelas



saber que te hablo



rige mi tristeza



la alegria es desbordante



como quien bracea musica



me cae tan lejos el MAPA MUNDI



que resuelvo la risa como si de escamas la mer



ay por que me tiembla la latitud



si el mapa quieto es un dulce



mi abuelo amaba la risa seca en los bolsillos



jamas encontre aceitunas en el balcon



entre las briznas su cumpleaños



vaya maravilla el puto cariño



cuando el silencio arma todo lo que el corazon describe



asi el mundo florecio para siempre



con frescas fronteras como frutas frescas



saber que alli, en algun lado



hablan otra lengua



y miman otra llama



y florecen mis pasos



y la puta vida



es una juerga llena de pasos



casi la

vuelta de hoja que una grua tiñe



antes de partir el aire



Por favor dejar que los rios las montañas los valles el silvido



de esa planta desconocida



el puto brote de ese pajaro que jamas habia pintado



nos separen para siempre



es un lindo lavado de dientes



para continuar con las pompas en homenaje a tres



Se me cuelga le state de la cintura



solo era hierba lo que le daba



y ella lunas y mas lunas y sus labios funambulistas



y yo ya un alambre desdoblandose



sobre todos las cerezas y su futuro de profundis



El opio de los desiertos, bendito tu vientre



nos elegia con las tiendas negras



justo al fondo



donde todos los bueyes desaparecian



y los ladridos de los perros



nos desnudaban como ladrones, mas tarde mucho mas tarde



honrados



en cada instante



como tus pasos que maravillosamente jamas seran los mios



y asi me beso hasta morirme

martes, diciembre 16, 2008

boceto sobre LEON FELIPE


publicado en RAZON SOCIALISTA (nº25, segundo semestre)


LEON FELIPE: UNA LUZ MUY CLARA

Escoger el exilio para decir la verdad

Poeta en horas de tribulaciones, capaz de hablar al hombre como amigo supremo de la libertad. "Por hoy, y para mi, la poesía no es mas que un sistema luminoso de señales"

León Felipe, si algo es indudable en su manera fundar la vida, es su relación sin cortapisas con la palabra, con la poesía, así como el compromiso con el hombre humano, con el hombre y la mujer insaciables en su búsqueda de soluciones de vida y para la vida. Y el poeta como artífice de ese hacer imposible vivir sin amar.

Hablar de León Felipe, de todos ellos, exiliados, trasterrados, refugiados, nómadas en las patrias del dolor, es deletrear las derrotas de una vida vivida como un camino de ultramares orillas, singladuras irredentas que le llevaran desde las tierras de Zamora hasta Guinea y a las Americas, norte y sur, trenzado todo por la itinerante y perturbada visión de España, y sus regresos

comprometidos con lo que nacía y ya moría. Regresos que se suceden en 1931, 1934 y 1936, en que estando en Panamá se despide con un airado good bye Panamá. A este ultimo regreso pertenece su obra mas entrañable: El gran responsable, El hacha, Español del éxodo y del llanto, Ganarás la luz.

Como nombrar a León Felipe y no sentir el gran descalabro del que supuso la guerra de Militares y Obispos contra lo que tanto esfuerzo y lucida pasión estaba costando levantar. Todo, todo, quedo hecho añicos hasta en el mismísimo corazón de los que fuimos naciendo en adelante.

Hablar de ellos, recordarlos, supone sin reservas, vernos a nosotros como asolados huérfanos. Estoy viendo como en las décadas de los sesenta y setenta, crecíamos desorientados, a trancas y barrancas, confusos, y de pronto llegaban a nuestras manos como restos de un naufragio, tesoros intactos, los libros de poemas de Lorca, de Miguel Hernández, de Machado, de León Felipe, libros como brasas que sopladas por clandestinos corazones, ardían en nuestras manos, espantando los sucios fríos que arrastrábamos desde la infancia. El hombre es un ser incombustible?, no lo se, pero solo muere de pura muerte cuando lo mata el hombre.

Si hay algo a heredar de ellos tal vez sea el carácter de nómadas, el nómada que levanta hogar al partir y al llegar, levanta el hogar como una canción.

"¿Cómo vas a recoger el trigo y alimentar el fuego si yo me llevo la canción?"

Los políticos hacen los programas, los obispos las pastorales y los poetas los poemas. Pero el poeta habla el primero y grita antes que ninguno la congoja del hombre.

Dice Tomas Segovia: El excluido esta a la intemperie. No esta en lo abierto, sino en lo expuesto. Lo abierto es una interioridad que se abre...Lo expuesto se abre sobre la nada.

Y así León Felipe, como todos ellos, como cada uno de nosotros, somos poetas en la medida en que somos capaces de hacer nuestra casa en todas parte. Ser familiares del Mundo. Y aquí puede residir la solución al enorme dolor que supuso y supone la Guerra Incivil y sus cuarenta años de sórdida y baldía travesía del desierto, que sin remedio nos ha impregnado de una grasienta mediocridad.

"Yo no tengo diplomas. Mis diplomas y mi equipaje se lo han llevado la guerra y no me queda mas que estas palabras que ahora llegan a vosotros."

Estas palabras de León Felipe nos obligan a escuchar siempre, siempre el nombre del dolor y la esperanza que ellos tallaron en la piedra y en el árbol, como rayo que no cesa.

"Cuando no hay poetas en un pueblo, los jueces y los magistrados se reunen en las tabernas, y firman sus sentencias en los lechos de las prostitutas.

Cuando no hay poetas en un pueblo (es decir, Ley Viva), los obispos (es decir, la Ley muerta) celebran los concilios en los sótanos de los palacios para bendecir la trilita de los aviones."

Nota a pie de pagina:

Todo el texto esta hecho a partir de los versos del poeta. Y es imprescindible nombrar al menos un par de libros que hablaran sin duda alguna de León Felipe, haciendo que mis palabras sean un mero sombrajo de tanta vida y apasionada generosidad. También se hace urgente denunciar el estado de su legado, legado que fue custodiado hasta el final por Alejandro Finisterre, y que aun hoy muerto el albacea, permanece en una situación de abandono intolerable y esos a pesar de la multitud de voces alzadas contra la actitud insultante de autoridades y responsables. Zamora es la justa destinataria, y lugares sobran para dar a tal patrimonio su justa ubicación. Desde aquí unimos nuestra voz a tales demandas.

Nueva antología rota. Editorial Visor

La insignia y otros poemas. Editorial visor

Llamadme publicano. Edit. Visor

El payaso de las bofetadas...Edit. Visor

El gran responsable, El hacha, Español del éxodo y del llanto, Ganarás la luz.

Y en estos enlaces de internet todos podéis encontrar un sin fin de referencias a su vida y a su obra:

http://leonfelipe2.blogspot.com

http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/89141730983492706365679/index.htm

http://www.defensahumanidad.cu/artic.php?item=1007
http://www.horizonte.unam.mx/cuadernos/paz/paz33.htm
http://www.trazegnies.arrakis.es/leonfelipe2.html
http://www.poesi.as/Leon_Felipe.htm
http://www.tinet.org/~elebro/poe/leon/leon.html
http://www.poemas-del-alma.com/leon-felipe.htm

Le Clézio al recibir el Nobel

Letralia 201 | Especial | En el bosque de las paradojas | Discurso de recepción del Nobel por Jean-Marie Gustave Le Clézio
En el bosque de las paradojas

Discurso de Jean-Marie Gustave Le Clézio previo a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura 2008

Pronunciado en Estocolmo, Suecia, el 6 de diciembre de 2008



Jean-Marie Gustave Le Clézio


¿Por
qué escribimos? Creo que cada uno tiene su propia respuesta para esa
simple pregunta. Uno tiene predisposiciones, un entorno,
circunstancias. Defectos, también. Si estamos escribiendo, significa
que no estamos actuando. Que nos encontramos en dificultades cuando
enfrentamos a la realidad y hemos elegido otra manera de reaccionar,
otro camino para comunicar, una cierta distancia, un tiempo para
reflexionar.


Si examino las circunstancias que me llevaron a
escribir —y esto no es mera autoindulgencia sino un deseo de precisión—
veo con claridad que el punto de inicio para mí fue la guerra. No la
guerra en el sentido del tiempo específico de un magno trastorno, donde
se experimentan eventos históricos, como la campaña francesa en la
batalla de Valmy, como la retrata Goethe del lado germánico o mi
ancestro François por el bando de la armée révolutionnaire. Este debió ser un momento de exaltación y patetismo.


No,
para mí guerra es lo que los civiles experimentan, niños pequeños
primero y todos los demás. Ni una sola vez la guerra ha sido para mí un
momento histórico. Estábamos hambrientos, estábamos temerosos, teníamos
frío, y eso es todo. Recuerdo haber visto a las tropas del Mariscal
Rommel pasando por mi ventana en camino a los Alpes, buscando un pasaje
hacia el norte de Italia y Austria. No tengo un recuerdo
particularmente vívido de tal evento.


Recuerdo, sin embargo,
que durante los años siguientes a la guerra carecíamos de todo,
particularmente libros y materiales para escribir. A falta de papel y
tinta, realicé mis primeros textos y dibujos en la contraportada de los
libros usando un lápiz bicolor, rojo y azul. Esto me dejó una cierta
preferencia por el papel rugoso y los lápices ordinarios. A falta de
libros para niños, leía los diccionarios de mi abuela.


Eran
como un maravilloso portón, a través del cual me embarqué en el
descubrimiento del mundo, me extravié y soñé despierto mientras miraba
las láminas ilustradas y los mapas y las listas de palabras poco
familiares. El primer libro que escribí, a la edad de 6 o 7 años, se
tituló, más o menos, Le Globe à mariner. Inmediatamente
después escribí la biografía de un imaginario monarca llamado Daniel
III —¿podría haber sido sueco?— y un relato contado por una gaviota.
Era un tiempo de reclusión.


A los chicos apenas se les
permitía salir de casa a jugar, porque en los jardines y descampados
alrededor de la casa de la abuela aún había minas enterradas. Recuerdo
que un día, mientras caminaba a la orilla del mar, llegué a un terreno
cercado por alambre de púas: en la entrada había un aviso en alemán y
francés que amenazaba a los intrusos y estaba rematado con un cráneo
para dejar el mensaje perfectamente claro.


Es fácil entender,
en ese contexto, el deseo de escapar —y de ahí, el deseo de soñar y de
poner esos sueños en la escritura. Mi abuela materna, sin embargo, era
una gran contadora de historias, y se sentaba durante las largas tardes
a contar sus historias. Éstas eran siempre muy imaginativas y su
escenario eran los bosques —quizás en África o en Mauritius, la isla de
los Macabeos— donde el personaje principal era un mono que tenía mucho
talento para las travesuras y cuyas inquietudes siempre lo llevaban a
las más peligrosas aventuras. Después, viajaría a África y pasaría
tiempo allí, para descubrir el verdadero bosque, uno donde casi no
había animales.


Pero un oficial de distrito en la villa de
Obudu, cerca de la frontera con Camerún, me enseñó cómo escuchar el
tamborileo de los gorilas en una pradera cercana, provocado al golpear
sus pechos. Y de esa jornada, y el tiempo que pasé allí (en Nigeria,
donde mi padre era doctor extramuros) no sería la sustancia que
rescataría para futuras novelas, pero sí el nacimiento de una segunda
personalidad, un ensoñador que estaba fascinado con la realidad al
mismo tiempo, y esta personalidad ha estado conmigo durante toda mi
vida desde entonces —y ha constituido una dimensión contradictoria, una
extranjería dentro de mí mismo que ha sido a veces fuente de
sufrimiento. Dada la lentitud de la vida, me ha tomado la mejor parte
de mi existencia el entender la importancia de esta contradicción.


Los
libros entraron en mi vida en un periodo posterior. Cuando la herencia
de mi padre fue dividida, luego de que fuera expulsado de la casa
familiar en Moka, Mauritius, él arregló que se instalaran varias
bibliotecas con los libros que le quedaron. Fue entonces cuando
comprendí una verdad que de inmediato no es aparente para los niños:
que los libros son un tesoro más preciado que cualquier propiedad o
cuenta de banco. Fue en esos volúmenes —muchos de ellos antiguos tomos
encuadernados— que descubrí las grandes obras de la literatura
universal: Don Quijote, ilustrado por Tony Johannot; La vida de Lazarillo de Tormes; las Leyendas Ingoldsby; Gulliver’s Travels; las grandiosas e inspiradas novelas Quatre-Vingt-Treize, Les Travailleurs de la Mer y L’Homme qui Rit. Así también Les Contes Drôlatiques,
de Balzac. Pero los libros que tuvieron mayor impacto en mí fueron las
antologías de cuentos de viajeros, la mayoría de ellos dedicados a
India, África y las islas Mascarene, o las grandes historias de
exploración de Dumon d’Urville o Abbé Rochon, así como Bougainville,
Cook, y desde luego los viajes de Marco Polo.


En la mediocre
vida de una pequeña provincia dormitando por el sol, después de todos
esos años de libertad en África, esos libros me otorgaron el sabor de
la aventura, la sensación de vastedad del mundo real, significados para
explorar por medio del instinto y sentidos más allá del conocimiento.
En cierto modo, también, esos libros me dieron, a muy temprana edad, la
advertencia de la contradictoria naturaleza de la existencia de un
niño: un niño puede aferrarse a un santuario, un lugar para olvidar la
violencia y competitividad, y a la vez encontrar placer al contemplar
tras la ventanilla el mundo exterior en su devenir.


Hace poco
recibí —para mí, algo sorprendente— la noticia de que la Academia Sueca
me premiaba con esta distinción. Estaba releyendo un pequeño libro de
Stig Dagerman al que le tengo particular aprecio: una colección de
ensayos políticos titulado Essäer Och Texter. No era pura
casualidad que yo estuviera releyendo este agridulce, abrasivo libro.
Me preparaba para un viaje a Suecia para recibir el premio que la
Asociación de Amigos de Stig Dagerman me otorgaría el verano previo,
para visitar los lugares en los que había estado el escritor cuando
niño. Siempre he sido particularmente receptivo a la escritura de
Dagerman, a la manera en que él combina una ternura casi infantil con
cierta ingenuidad y sarcasmo. Y por su idealismo.


Por la
clara contemplación con la que juzga su problemática era de post guerra
—la de sus años de madurez, la de mis primeros años. Una frase en
particular captó mi atención, como si hubiese estado dirigida a mí
desde siempre, por la que publiqué una novela titulada Ritournelle de la Faim.
Esa frase, o el pasaje, es como sigue: “Cómo es posible por una parte,
por ejemplo, comportarse como si nada en la Tierra fuera más importante
que la literatura, y por otra parte darse cuenta de que la gente sólo
quiere vencer al hambre y que necesariamente consideraran que la cosa
más importante es lo que puedan conseguir al final del mes. Debido a
esto es que él (el escritor) se confronta con una paradoja: mientras lo
que él quiere es escribir para aquellos que pasan hambre, luego
descubre que sólo aquellos que tienen los recursos para comer son los
que notarán su existencia” (The Writer and Consciousness).


Este
“bosque de paradojas”, como lo llamó Stig Dagerman, es precisamente el
numen de la escritura, el lugar desde el que el artista no debe
intentar escapar: al contrario, él o ella debe desplegarlo en orden de
examinar cada detalle, explorar cada rincón, nombrar cada árbol. No es
siempre una estancia agradable. Él piensa que ha encontrado un refugio,
ella confiesa en sus páginas como si fuera una cerca, indulgente amiga;
pero ahora estos escritores se confrontan con la realidad, no
precisamente como observadores, sino como actores. Ellos deben elegir
bandos, establecer su distancia.


Cicerón, Rabelais,
Condorcet, Rousseau, Madame de Staël, o, más recientemente,
Solzhenitsyn o Hwang Sok-yong, Abedalitif Laâbi o Milan Kundera: todos
fueron obligados a seguir la senda del exilio. Para algunos como yo que
siempre han —excepto durante breve tiempo de guerra— disfrutado
libertad de movimiento, la idea de que uno se ve impedido de vivir
donde uno ha elegido, es tan inadmisible como perder la libertad.


Pero
el privilegio de la libertad de movimiento resulta una paradoja.
Observemos, por un momento, al árbol con sus filosas espinas que está
en el corazón del bosque donde vive el escritor: este hombre, esta
mujer, ocupados escribiendo, inventando sus sueños —¿no pertenecen
ellos a una afortunada, exclusiva y feliz minoría? Tomemos una pausa e
imaginémoslos en una extrema, terrible situación —como aquella en que
se encuentra una vasta mayoría de gente en nuestro planeta.


Una
situación en la que, tiempo atrás, en el tiempo de Aristóteles o
Tolstoi, era compartida por aquellos que no tenían status —siervos,
sirvientes, villanos en la Europa de la Edad Media, o aquellos que
durante el Iluminismo fueron llevados a la costa de África, vendidos en
Gorée o El Mina o Zanzíbar. E incluso hoy, mientras les hablo, existen
quienes no tienen libertad de expresión, que están en el otro lado del
lenguaje. Me he contagiado de las reflexiones pesimistas de Dagerman,
más que de la militancia gramsciana, o de la desilusionada apuesta
sartreana. La idea de que la literatura es un lujo de la clase
dominante, alimentando ideas e imágenes que continúan siendo extrañas
para una vasta mayoría: esa es la fuente del malestar que cada uno de
nosotros siente —porque me dirijo a aquellos que leen, a los que
escriben.


Desde luego, uno quisiera difundir la palabra a
todos aquellos que han sido excluidos, invitarlos de manera magnánima
al gran banquete de la cultura. ¿Por qué es esto tan difícil?
Comunidades sin escritura, como los antropólogos gustan llamarles, han
triunfado al inventar otras formas de comunicación, a través de la
canción y el mito. ¿Por qué esto se ha vuelto imposible para nuestras
sociedades industrializadas, en esta hora presente? ¿Debemos reinventar
la cultura? ¿Debemos regresar a una inmediata, directa forma de
comunicación? Es tentador creer que la cinematografía satisface esa
necesidad en nuestro tiempo, o la música popular con sus ritmos y
rimas, sus ecos de danza. O el jazz y, en otros climas, el calipso, el
maloya, el segá.


La paradoja no es nueva. François Rabelais,
el más grande escritor en lengua francesa, hace tiempo combatió sin
tregua contra la pedantería de los escolares de la Sorbona, burlándose
de ellos en su cara con palabras extraídas de la lengua común. ¿Estaba
él hablando por todos los hambrientos? Exceso, intoxicación, banquete.
Él puso en palabras el extraordinario apetito de aquellos que devoran
la demacración de campesinos y obreros, sólo lo suficiente para una
mascarada, para poner el mundo al revés. La paradoja de la revolución,
como la épica cabalgata del caballero enfadado, vive en la consciencia
del escritor.


Si hay una virtud que la pluma del escritor
debe tener siempre, esta es que nunca debe ser usada para alabar al
poderoso, ni siquiera con el más imperceptible garabato. Y sólo porque
el artista observa esta conducta virtuosa no quiere decir que esté
fuera de sospecha. Su rebelión, rechazo e imprecaciones sólo
corresponden a un lado de la barrera, el lado del lenguaje del poder.
Unas cuantas palabras, unas cuantas frases podrían haber escapado.
¿Pero el resto? Un largo palimpsesto, un elegante y distante tiempo
para postergar. Y hay algo de humor, algunas veces, que no es la forma
educada de los resignados, sino la resignación de aquellos que conocen
muy bien sus imperfecciones. Humor es la costa donde el tumultuoso
afluente de la injusticia los ha abandonado.


¿Por qué
escribir entonces? De un tiempo para acá, los escritores han dejado de
lado la presunción de creer que pueden cambiar el mundo, cosa que harán
a través de sus historias y novelas, germinando un buen ejemplo de cómo
debería ser la vida. Sencillamente, quieren respaldar su testimonio.
Ese es otro árbol en el bosque de las paradojas. El escritor quiere
respaldar su testimonio cuando, de hecho, no es nada más que un simple voyeur.


Y luego hay artistas que se convierten en testigos: Dante en La Divina Commedia, Shakespeare en The Tempest —y Aimé Césaire en su magnífica adaptación de dicha obra, titulada Une Tempête,
en la que Calibán, sentado sobre un barril de pólvora, trata de volarse
a sí mismo y llevarse a su despreciado amo consigo. También están esos
testigos que son imponderables, como Euclides da Cunha en Os Sertões, o Primo Levi.


Vemos lo absurdo del mundo en Der Prozess (o en las películas de Charlie Chaplin); su imperfección en La Niassance du Jour, de Colette; su fantasmagoría en la balada irlandesa que Joyce creó en Finnegan’s Wake. Esa belleza resplandece, brillante e irresistible en The Snow Leopard de Peter Matthiessen o en A Sand Country Almanac, de Aldo Leopold. Su inmundicia en Sanctuary de William Faulkner o en First Snow de Lao She. Su fragilidad infantil en Ormen (The Snake), de Dagerman.


El
mejor escritor como testigo es aquel que se convierte en testigo a
pesar de sí mismo, a regañadientes. La paradoja consiste en que no
podrá apoyar el testimonio de lo que ha visto, incluso de lo que ha
inventado. Amargura, incluso desesperanza puede surgir debido a que él
no puede estar presente cuando se formule la acusación.


Tolstoi
puede mostrarnos el sufrimiento que el ejército de Napoleón infligió al
pueblo ruso, pero al final nada cambia del curso de la historia. Claire
de Duras escribió Ourika, y Harriet Beecher Stow escribió Uncle Tom’s Cabin.
Pero fueron los propios esclavos quienes cambiaron el curso de su
destino, quienes se rebelaron y pelearon contra la injusticia creando
una resistencia granate en Brasil, Guyana Francesa y en las Indias
Occidentales, así como la primera república negra en Haití.


Actuar:
eso es lo que el escritor quisiera ser capaz de hacer, sobre todas las
cosas. Actuar, en lugar de ofrecer testimonio. Escribir, imaginar y
soñar de tal manera que sus palabras e invenciones y sueños tuvieran un
impacto sobre la realidad, cambiaran las ideas y corazones de las
personas, los prepararan para un mundo mejor. Y entonces, en el momento
preciso, una voz le susurra que eso no será posible, que las palabras
son palabras y el viento de la sociedad se las lleva, y que los sueños
son meras ilusiones.


¿Qué derecho tiene para desear ser
mejor? ¿Realmente corresponde al escritor brindar soluciones? No está
él en el rol del guardabosques que, en la obra Knock ou Le Triomphe de la Médecine, quiere prevenir los terremotos? ¿Cómo puede el escritor actuar, cuando todo lo que sabe es cómo recordar?


La
soledad será su terreno en la vida. Así ha sido siempre. De niño era un
chico frágil, ansioso, excesivamente receptivo, o la chica descrita por
Collete, que no puede hacer más que presenciar cómo sus padres se dañan
a sí mismos, con sus grandes ojos negros alargados en una suerte de
dolorosa atención. La soledad es cariñosa con los escritores, y es en
compañía de la soledad donde ellos pueden encontrar la esencia de la
felicidad. Es una felicidad contradictoria, una mezcla de dolor y
deleite, un triunfo ilusorio, un tormento mudo y omnipresente, nada
parecido a un inquietante tono breve. El escritor, mejor que nadie,
sabe cómo cultivar la vital y venenosa planta, la única que crece sólo
en la tierra de su propia impotencia.


El escritor quiere
hablar por todos y para cada era: allí está él, ahí está ella, cada uno
solo en su habitación mirando el espejo blanquecino de la página vacía,
bajo la pantalla de la lámpara destilando su luz secreta. O sentado
frente a la muy brillante pantalla de la computadora, escuchando el
sonido de unos dedos jugando con las llaves. Este, entonces, es el
bosque del escritor. Y cada escritor conoce muy bien cada pasillo de
ese bosque. Si, una y otra vez, algo escapa, como un ave lanzada por un
perro al amanecer, entonces el escritor mira, sorprendido —esto pasa
meramente por azar, en perjuicio de uno mismo.


No es mi
deseo, de este modo, regodearme en la negatividad. La literatura —y
este es el punto al que quiero llegar— no es ninguna reliquia arcaica
que debe, lógicamente, ser reemplazada por las artes audiovisuales, el
cine, en particular. La literatura es un complejo, difícil patíbulo,
pero sostengo que ahora es más vital que en la época de Victor Hugo o
Byron.


Hay dos razones por las que la literatura es necesaria:


Primero,
porque la literatura está hecha del lenguaje. El sentido primario de la
palabra: letras, que son escritas. En francés, la palabra “roman” se
refiere a esos textos en prosa que por primera vez después de la Edad
Media usaron el nuevo lenguaje hablado por la gente, una lengua
romance. Y la palabra para “relato corto”, nouvelle, también deriva de su noción de novedad. Aproximadamente al mismo tiempo, en Francia, la palabra rimeur (de rima o ritmo) decayó en uso para designar a la poesía y a los poetas —las nuevas palabras vinieron del verbo griego poiein,
crear. El escritor, el poeta, el novelista, son creadores. Esto no
significa que ellos inventan el lenguaje, significa que usan al
lenguaje para crear belleza, ideas, imágenes. Es por ello que no
podríamos hacerlo sin él.


El lenguaje es la más
extraordinaria invención en la historia de la humanidad, el que vino
antes que todo y que hace posible compartir todo. Sin lenguaje no
habría ciencia, tecnología, leyes, arte, amor. Pero sin otra persona
con quien interactuar, la invención se convierte en virtual. Se
atrofia, disminuye, desaparece. Los escritores, en cierto grado, son
defensores del lenguaje. Cuando escriben sus novelas, su poesía, sus
obras, mantienen vivo al lenguaje. Ellos no sólo están usando palabras
—al contrario, están al servicio del lenguaje. Lo celebran, lo afilan,
lo transforman, porque el lenguaje vive a través de ellos y por causa
de ellos, y él acompaña todas las transformaciones sociales y
económicas de su era.


Cuando, en el último siglo, fueron
expresadas las teorías racistas, se hablaba de diferencias
fundamentales entre culturas. En una suerte de absurda jerarquía, se
dibujó una correlación entre el éxito económico de los poderes
coloniales con su pretensión de superioridad cultural.


Dichas
teorías, como un febril, insano impulso, tendieron a resurgir aquí y
allá, una y otra vez, para justificar el neocolonialismo y el
imperialismo. Allí había, se nos dijo, algunas naciones que se quedaron
rezagadas, que no habían conquistado sus derechos y privilegios allí
donde el lenguaje está implicado, porque estaban atrasados
económicamente o tecnológicamente rebasados. ¿Pero se han dado cuenta
aquellos que ponderan su superioridad cultural, de que todas las
personas, el mundo entero, sin importar su grado de desarrollo, usan el
lenguaje? ¿Y de que cada uno de esos lenguajes tiene, de manera
idéntica, un ordenamiento lógico, complejo, estructurado, con rasgos
analíticos que les permiten expresar el mundo, que les permiten hablar
de ciencia o inventar mitos?


Ahora que he defendido la
existencia de esa ambigua y un tanto pasada de moda criatura a la que
llamamos escritor, me gustaría regresar a la segunda razón por la que
se necesita la literatura, y que tiene más que ver con la fina
profesión de publicar.


En estos días se ocupa mucho tiempo en
hablar de globalización. Se olvida que, de hecho, el fenómeno inició en
Europa durante el Renacimiento, con el inicio de la época colonial. La
globalización no es una cosa mala en sí. La comunicación ha acelerado
progreso en medicina y ciencia. Tal vez, la generalización de la
información contribuya a prevenir conflictos. Quién sabe, si la
Internet hubiera existido en el tiempo de Hitler, quizá su argumento
criminal no habría triunfado —el ridículo habría prevenido que siquiera
hubiera visto la luz del día.


Vivimos en la era de Internet y
la comunicación virtual. Esta es cosa buena, pero ¿habrían valido la
pena estos asombrosos inventos de no ser por la enseñanza del lenguaje
escrito y los libros? Proporcionar a casi todas las personas en el
planeta un dispositivo de cristal líquido es utópico. ¿No estamos, de
cierta manera, en el proceso de creación de una nueva elite, trazando
una línea que divide el mundo entre aquellos que tienen acceso a la
comunicación y el conocimiento y aquellos que se quedan fuera? Grandes
naciones, grandes civilizaciones han desaparecido por no darse cuenta
de que esto podía ocurrir.


Para estar seguros, existen
grandes culturas, consideradas minorías, que han sido capaces de
resistir hasta este día gracias la transmisión oral del conocimiento y
sus mitos. Es indispensable, y benéfico, reconocer la contribución de
estas culturas. Pero nos guste o no, aunque no hayamos alcanzado la era
de la realidad, ya no vivimos en la era de los mitos. No es posible
proveer una fundación por la igualdad y el respeto de otros a menos que
cada niño reciba los beneficios de la escritura.


Y ahora, en
esta era que sigue a la descolonización, la literatura se ha convertido
en una manera para que hombres y mujeres en nuestro tiempo expresen su
identidad, clamar su derecho a hablar y ser escuchados en toda su
diversidad. Sin esas voces, su llamado, viviríamos en un mundo de
silencio.


La cultura en una escala global nos concierne a
todos. Pero es sobre todo responsabilidad de lectores —y editores, en
otras palabras. Ciertamente, es injusto que un indio del lejano norte
de Canadá, si desea hacerse escuchar, tenga que escribir en la lengua
de sus conquistadores —en francés o inglés.


Ciertamente, es
una ilusión esperar que el lenguaje creole, de Mauritius o de las
Indias Occidentales, sea escuchado tan fácilmente como las cinco o seis
lenguas que reinan hoy día como monarcas absolutos en los medios
electrónicos. Pero si, a través de la traducción, sus voces se pueden
escuchar, entonces algo nuevo está ocurriendo, una causa para el
optimismo. La cultura, como he dicho, nos pertenece a todos, a toda la
humanidad. Pero en orden de hacer esto verdadero, cada uno debería
tener iguales accesos hacia la cultura. El libro, sin importar lo
anticuado que pueda ser, es la herramienta ideal. Es práctico, fácil de
manejar, económico.


No requiere ninguna destreza en
particular y se mantiene bien en cualquier clima. Su único defecto —y
aquí quisiera dirigirme a editores en particular— es que en un gran
número de países es aún muy difícil acceder a los libros. En Mauritius,
el precio de una novela o una colección de poesía es el equivalente a
una gran proporción del presupuesto familiar. En África, Sureste de
Asia, México o las Islas del Sur, los libros continúan siendo un lujo
inaccesible. Y existen los remedios para esta situación.


Unir
publicación con los países en desarrollo, el establecimiento de fondos
para bibliotecas y librerías ambulantes, y sobre todo, mayor atención
en publicar trabajos de esos llamados dialectos (lenguajes
minoritarios) —que son a menudo los mayoritarios— ayudaría a la
literatura para continuar su labor de maravillosa herramienta para el
autodescubrimiento, para el descubrimiento de los otros, y para
escuchar el concierto de la humanidad, en toda su rica gama de temas y
modulaciones.


Creo que me gustaría agregar algunas palabras
más respecto al bosque. No tengo duda de que por esta razón la pequeña
frase de Stig Dagerman sigue haciendo eco en mi memoria, y es por esta
razón que quiero leerlo y releerlo, para llenarme de ello. Hay una nota
de desesperanza en sus palabras y algo triunfante al mismo tiempo,
porque en ese carácter agridulce encontramos la semilla de verdad que
cada uno de nosotros busca. Cuando niño, soñaba con ese bosque. Me
asustaba y me fascinaba a la vez —suponía que Tom Thumb y Hansel se
habían sentido del mismo modo, cuando estaban en las profundidades del
bosque, rodeados por sus peligros y maravillas.


El bosque es
un mundo sin fronteras. Puedes perderte en la espesura de los árboles y
la oscuridad impenetrable. Lo mismo podría decirse del desierto, o el
océano abierto, donde cada duna, cada pradera nos encamina a una
pradera idéntica, cada ola nos lleva a otra perfectamente idéntica ola.
Recuerdo la primera vez que experimenté lo que podría hacer la
literatura —en The Call of the Wind, de Jack London, donde
uno de los personajes, perdido en la nieve, siente cómo el frío lo
posee como el círculo de lobos cercándolo. Él miró su mano, que estaba
casi entumecida, y trató de mover cada dedo, uno después del otro. Este
fue un mágico descubrimiento para mí cuando era niño. Se le llama
autoconciencia.


A ese bosque debo una de las más grandes
emociones de mi vida adulta. Esto fue hace casi 30 años, en la región
de Centroamérica conocida como El Tapón del Darién, porque allí, en
aquellos días (y creo que la situación no ha cambiado mucho al paso del
tiempo), hubo una interrupción en la Carretera Panamericana que se
suponía uniría a las dos Américas, desde Alaska hasta el borde de
Tierra de Fuego.


En esta región del istmo de Panamá el bosque
tropical es extremadamente denso, y la única manera de viajar es en una
balsa río arriba. En ese bosque vive una población indígena, dividida
en dos grupos, los embera y los wounaans, ambos pertenecientes a la
familia lingüística ge-pano-carib. Aterricé allí por casualidad, y
quedé tan fascinado por esta gente que permanecí durante varios
periodos a lo largo de 3 años. Durante todo ese tiempo no hice otra
cosa que vagar sin rumbo fijo de casa en casa —en ese tiempo la
población se negaba a vivir en villas— y aprendí a vivir de acuerdo a
un ritmo que era completamente distinto a cualquiera que hubiera
experimentado hasta ese momento. Como todos los bosques verdaderos,
este era particularmente hostil. Tuve que hacer una lista de todos los
peligros potenciales y de todos los correspondientes recursos de
sobrevivencia. Debo decir que los embera fueron muy pacientes conmigo.
Estaban muy divertidos con mi falta de elegancia, y creo que hasta
cierto punto yo estaba dispuesto a pagarles con entretenimiento lo que
ellos me compartían en sabiduría. No escribí un gran tratado.


El
bosque tropical no es realmente un escenario ideal. Los papeles se
reblandecen por la humedad, el calor seca las puntas de las plumas.
Nada que funcione por medio de electricidad dura mucho. Arribé allí con
la convicción de que la literatura era un privilegio, y que siempre me
hospedaría en ella para resolver todos mis problemas existenciales. Una
protección, de cierta manera; una suerte de ventana virtual que podía
desenrollar cuando necesitara refugio de la tormenta.


Una vez
que asimilé el sistema de comunismo primitivo practicado por los indios
americanos, así como su profundo disgusto por la autoridad y su
tendencia hacia una natural anarquía, pude ver que el arte, como forma
de expresión individual, no tiene nada qué hacer en el bosque. Por otro
lado, estas personas no tenían nada que se asemejara a lo que llamamos
arte en nuestras sociedades consumistas. En lugar de colgar pinturas en
un muro, hombres y mujeres pintaban sus cuerpos, y en general se
resistían a crear algo duradero. Luego tuve acceso a sus mitos. Cuando
hablamos de mitos, en nuestro mundo de libros escritos, parece que nos
referimos a algo que está muy lejos, en el tiempo o en el espacio. Yo
también creía en tal distancia.


Y de pronto los mitos estaban
allí para que los escuchara, regularmente, casi cada noche. Cerca de
las higueras que la gente construía en sus casas en un corazón de tres
piedras, en medio de la danza de mosquitos y palomillas, la voz de los
rapsodas —hombres y mujeres por igual— ponía en movimiento historias,
leyendas, cuentos, como si estuvieran hablando de la realidad
cotidiana. Los rapsodas cantaban en una voz aguda, expandiendo su
pecho; su rostro mimetiza las expresiones y pasiones y miedos de los
personajes. Eso podría ser un episodio de una novela, no un mito. Pero
una noche, una joven mujer vino. Su nombre era Elvira. Ella era
conocida a lo largo de todo el bosque de los embera por sus habilidades
para narrar. Era una aventurera y vivía sin un hombre, sin niños —la
gente decía que era un poco borracha, un poco prostituta, pero yo no lo
creí ni por un minuto—, e iba de casa en casa para cantar, a cambio de
carne, una botella de alcohol o unas monedas.


Aunque no tuve
otro acceso a sus historias más que por traducción —el lenguaje de los
embera tiene variantes literarias que lo hacen mucho más complejo que
su forma cotidiana—, rápidamente me di cuenta de que ella era una gran
artista, en el mejor sentido del término. El timbre de su voz, el ritmo
de sus manos golpeando contra su pecho, contra su collar de monedas
plateadas, y encima de todo ese aire de posesión que iluminó su rostro
y su mirada, una suerte de trance rítmico mesurado, ejercía un poder
sobre todos aquellos que lo presenciaban. Al simple marco de sus mitos
—la invención del tabaco, los gemelos primigenios, historias sobre
dioses y humanos al amanecer del tiempo— ella añadía su propia
historia, su vida de errancia, sus amores, las traiciones y el
sufrimiento, la intensa alegría del amor carnal, el escozor de los
celos, su miedo a envejecer, a morir.


Ella era poesía en
acción, teatro antiguo, y la más contemporánea de todas las novelas al
mismo tiempo. Ella era todas esas cosas con fuego, con violencia; ella
inventó, en la oscuridad del bosque, entre el envolvente sonido de
insectos y ranas y el aleteo de los murciélagos, una sensación que no
podía ser llamada de otra manera más que belleza. Como si en su canción
ella cargara el auténtico poder de la naturaleza, y esto era
seguramente la más grande paradoja: que este lugar aislado, este
bosque, tan lejos como podía imaginarlo de la sofisticación de la
literatura, era el sitio donde el arte había encontrado su más fuerte,
su más auténtica expresión.


Después dejé la región y no volví
a ver a Elvira, ni a ningún otro rapsoda del bosque de Darién. Me quedé
con algo más que nostalgia —con la certeza de que la literatura podría
existir, incluso si estaba revestida con la convención y compromiso,
incluso si los escritores fueran incapaces de cambiar al mundo. Algo
grande y poderoso, que los sobrepasaba, que en alguna ocasión podría
animarlos y transfigurarlos, y restaurar el sentido de armonía con la
naturaleza. Algo nuevo y muy antiguo al mismo tiempo, impalpable como
el viento, etéreo como las nubes, infinito como el mar. Esto es algo
que vibra en la poesía de Jalal ad-Din Rumi, por ejemplo, o en la
arquitectura visionaria de Emanuel Swedenborg. El escalofrío que uno
siente al leer los más bellos textos de la humanidad, como el discurso
que Chief Stealth dio en la mitad del siglo XIX al presidente de los
Estados Unidos cuando les concedió su tierra: “Podemos ser hermanos
después de todo...”.


Algo simple y verdadero, que existe en
el lenguaje por sí mismo. Un encanto, algunas veces una treta, una
danza chirriante o largas campanadas de silencio. El lenguaje de farsa,
de interjecciones, de cursos, y luego, inmediatamente después, el
lenguaje del paraíso.


Es a ella, a Elvira, que dirijo este
tributo —y a ella que dedico el premio que la Academia Suiza me ofrece.
A ella y a todos los escritores con los que —o a veces contra los que—
he vivido. A los africanos Wole Soyinka, Chinua Achebe, Ahmadou
Kourouma, Mongo Betu, a Cry the Beloved Country de Alan Paton, a Chaka de Thomas Mofolo. Al gran autor mauritano Malcolm de Chazal, que escribió, entre otras cosas, Judas. Al novelista mauritano de lengua hindi Abhimayu Unnuth, por Lal Passina (Sangre sudorosa), al novelista Urdu Qurratulain Hyder por su épica novel Ag Ka Darya (Río de fuego). Al desafiante Danyél Waro de La Reunión,
por sus canciones maloya; al poeta kanak Déwé Gorodey, que desafió los
poderes coloniales de camino a la prisión; al rebelde Abdourahman
Waberi. A Juan Rulfo y Pedro Páramo y sus relatos en El Llano en llamas, y las simples y trágicas fotografías que tomó del México rural.


A John Reed por Insurgent Mexico;
a Jean Meyer que fue el portavoz de Aurelio Acevedo y los cristeros
insurgentes del centro de México. A Luis González, autor de Pueblo en vilo. A John Nichols, que escribió sobre la amarga tierra de The Milagro Beanfield War; a Henry Roth, mi vecino de la calle Nueva York en Albuquerque, New Mexico, por su Call it Sleep. A Jean Paul Sartre, por las lágrimas contenidas en su obra Morts sans Sépulture.
A Wilfredo Owen, el poeta que murió en la ribera de Marne en 1914. A J.
D. Salinger, porque triunfó al ponernos en los zapatos de un chico de
14 años llamado Holden Cauldfield. A los escritores de las primeras
naciones en América —Sherman Alexie el Sioux, Scott Momaday el navajo
por The Names. A Rita Mestokosho, una poeta innu proveniente
de Mingan, Quebec, que dirige su voz a los árboles y los animales. A
José María Arguedas, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias. A los poetas
del oasis de Oualata y Chinguetti.


Por su gran imaginación, a Alfonso Allais y Raymond Queneau. A Georges Perec por Quel Petit Vélo à Guidon Chrome au Fond de la Cour?
A los autores de las Indias Occidentales Edouard Glissant y Patrick
Chamoiseau, a René Depestre de Haití, a André Schwartz-Bart por Le Dernier des Justes.
Al poeta mexicano Homero Aridjis que nos acercó a imaginar la vida de
una tortuga vuelta al revés, y que evoca los ríos color naranja cuyo
afluente lo hacen mariposas monarca que recorren las calles de su
villa, Contepec. A Vénus Koury Ghata que habla de Líbano como un
trágico e invencible amante. A Khalil Gibran. A Rimbaud. A Emile
Nelligan. A Réjean Ducharme, por la vida.


Al niño desconocido
que encontré un día, en el delta del río Tuira, en el bosque del
Darién. Por la noche, sentado en el piso de una tienda, iluminado por
la flama de una lámpara de keroseno, está leyendo un libro y
escribiendo, encorvado hacia delante, sin prestar la más ligera
atención a lo que lo rodea. Ese niño sentado con las piernas cruzadas,
en el piso de esa tienda, en el corazón del bosque, leyendo solo a la
luz de la lámpara, no está allí por casualidad. Él se parece al hermano
de otro chico al que me referí al inicio de estas páginas, que estaba
tratando de escribir con un lápiz de carpintero en la contraportada de
unos libros, en los años oscuros al término de la guerra. El niño nos
recuerda dos grandes tareas en la historia de la humanidad, tareas que
estamos lejos de cumplir. La erradicación del hambre y la eliminación
del analfabetismo.


En todo su pesimismo, la frase de Stig
Dagerman sobre la paradoja fundamental del escritor, insatisfecho
porque no puede comunicarse con aquellos que padecen hambre —sea de
alimentos o de conocimientos— toca la gran verdad. La alfabetización y
la batalla contra el hambre se conectan de manera cercana,
interdependiente. Una no puede triunfar sin la otra. Ambas requieren,
además de impulso, que actuemos. Así que en este tercer milenio, que
apenas ha iniciado, ningún niño en este planeta compartido, más allá de
su género, su lenguaje o su religión, debe ser abandonado a la hambruna
o la ignorancia, o llevado lejos del banquete. Este chico lleva consigo
el futuro de la raza humana. En palabras del gran filósofo Heráclito,
pronunciadas mucho tiempo atrás, el reino pertenece a un niño.


J.M.G. Le Clezio, Brittany, 4 de noviembre de 2008.


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