Mostrando entradas con la etiqueta esglobal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta esglobal. Mostrar todas las entradas

miércoles, junio 01, 2022

» Estereotipos rusos: 75 años sin entendernos

» Estereotipos rusos: 75 años sin entendernos - Esglobal - Política, economía e ideas sobre el mundo en español

Estereotipos rusos: 75 años sin entendernos

Nuestra visión occidental sobre los rusos ha ido construyéndose desde hacemás de 70 años en base a tres elementos: nuestra ignorancia sobre los pueblos eslavos, la creación sistemática de un estereotipo y la sonrisa rusa.

Los rusos llevan tiempo siendo los malos oficiales del mundo.

No ahora, con la abominable guerra en Ucrania, sino desde hace más de medio siglo. Antes eran los alemanes, que se lo ganaron a pulso con el nazismo, pero que a base de insistir en un comportamiento ejemplar les fueron pasando el relevo a los rusos disimuladamente.

¿Por qué los rusos? ¿Será porque han hecho cosas malas en su historia? Claro que las han hecho, pero a ver quién tira la primera piedra, porque hasta los suecos, que yo tenía como modelo de tantas cosas, han machacado a sus pueblos indígenas, por no hablar de ingleses, españoles, estadounidenses, o el que se te ocurra. Todos los pueblos han hecho cosas horribles en algún momento, así que para ser nombrado malo oficial del mundo hace falta algo más.

Concretamente tres ingredientes: nuestra ignorancia, un estereotipo y la sonrisa rusa.

 

La ignorancia sobre los pueblos eslavos

Mapa de las tribus eslavas entre los siglos VII y IX

Mapa de las tribus eslavas entre los siglos VII y IX. © Revilo1803 (wikimedia)

Hace tiempo descubrí que cuando nos explicaban Filosofía Universal en el colegio, eso tenía de “universal” lo que el patio de mi casa, porque por ahí jamás aparecían el chino Lǎozǐ, el árabe Ibn Khaldun, el indio Jiddu Krishnamurti o el nigeriano Wole Soyinka –y aún menos un pensador indígena. Todos los que salían en ese libro venían de la misma esquinita del mundo: Europa. Así que, o se equivocaron en el título o se creyeron que fuera de Europa no se pensaba. Me temo lo peor.

Pero tardé aún unos años más en notar algo más sorprendente. Y es que esos libros que estudiábamos ni siquiera hablaban de toda Europa. ¿Cómo no lo vi antes? Coge por ejemplo el de Historia Universal. Seguro que te suenan los romanos y los griegos, celtas, vikingos, fenicios, germanos… un montón de pueblos con mayor o menor trascendencia en la historia de Europa. Pero falta uno.

Y no es uno cualquiera, porque ocupa más de la mitad de su mapa y supone casi la mitad de toda la población europea. Son los pueblos eslavos. Rusos, ucranianos, polacos, checos, serbios, bielorrusos, búlgaros, croatas, eslovacos, cosacos, bosnios, eslovenos… No estudiamos nada sobre ellos, hasta que aparecen mágicamente en el siglo XX. Claramente, ese libro debió llamarse Historia de la mitad de Europa. No entraré ahora en la trascendencia de los pueblos eslavos para entender la historia europea, pero seamos al menos conscientes de que en Europa Occidental, sabemos más de los egipcios o de los persas que de nuestros vecinos más próximos, los eslavos.

 

La creación sistemática de un estereotipo negativo

Tener estereotipos más o menos establecidos sobre otros países es normal: los alemanes son cuadriculados, los brasileños fiesteros, los españoles vagos, etcétera. Lo que es mucho menos habitual es la creación sistemática de un estereotipo negativo.

Crear un estereotipo negativo no es tan fácil como uno pueda pensar. Si no, haz la prueba. Supongamos que quieres extender un estereotipo negativo sobre los franceses y vas por ahí intentando convencer a todo el mundo de que “son unos idiotas”. En seguida te va a replicar alguien “pero qué dices, mi novia es francesa” o “yo estudié en Lyon y tengo amigos bien majos”. Harás el ridículo y como máximo te seguirán un par de paletos con ganas de odiar, porque para crear un estereotipo es condición esencial la ignorancia sobre ese pueblo. Así que olvídate de tener éxito con países que conocemos o donde nuestros estudiantes van de Erasmus. Pero nuestra ignorancia sobre los eslavos abre un mundo de posibilidades: podrías ir allí de viaje y volver contando a tus amigos que comen murciélagos o que todos pintan sus casas de rosa y nadie te llevaría la contraria.

Por supuesto, el método más eficaz para crear un estereotipo no es ir amigo por amigo, sino hacerlo a través de películas de cine. No solo llegan a mucha más gente, sino que imprimen en nuestras mentes una imagen completa, con caras, voces y comportamientos. En este sentido, los rusos que vemos en las películas son siempre estereotipos negativos. Antes eran espías, militares o revolucionarios comunistas, que decían “camarada” y llevaban gorros ushanka, de esos con orejeras. Ahora son mafiosos, oligarcas, hackers o villanos de cómic, con un grueso acento tipo Borat y un problema importante con la bebida. No hay excepciones. Si son mujeres, se trata de bellezas fatales, malas y superficiales. ¿Has visto alguna película en la que aparezca un ruso leyendo un libro, yendo al teatro o haciendo algo civilizado? Pues eso.

Para quien no ha hablado con un ruso en su vida, esos tipos horribles de las películas son rusos de verdad. El truco está en la persistencia, porque si todaslas películas te muestran lo malvados que son, poco a poco vas sintiendo que los rusos son así: los has visto con tus propios ojos. Y sentir es más profundo que pensar. Aunque puestos a pensar, te dices: si todas las películas coinciden, será por algo, no va a ponerse medio mundo a conspirar para mostrar justo la misma imagen en cada película…

¿O sí?

Los estudios de cine estadounidense decidieron la creación sistemática de un estereotipo negativo sobre los rusos. Y de las diferentes opciones que hay a la hora de estereotipar a un pueblo eligieron la más grave de todas: la deshumanización. No me detendré ahora sobre sus consecuencias, pero baste saber que la deshumanización ha constituido el paso previo clave en las atrocidades más terribles en la historia humana, incluidas nuestras peores guerras, todos los genocidios y las esclavitudes. Y los rusos del cine parecen sacados de un manual de deshumanización: sin sentimientos, fríos y robóticos. A veces, se llega al extremo de no subtitularles: solo ves a unos militares rusos ladrar algo con furia, mientras que los buenoshablan doblados en tu idioma o subtitulados. Los protagonistas estadounidenses aparecen con una personalidad rica, echando de menos a su familia o con dilemas que muestran su complejidad individual, mientras que los rusos nunca dudan, se expresan en monosílabos y jamás sonríen, no vayamos a cogerles cariño.Con el tiempo, la delicada sensibilidad rusa encarnada por artistas como Tchaikovsky, Pavlova o Kandinsky, fue olvidada; los enamoramientos arrebatados y las pasiones latinas que nos describían Dostoyevsky o Pushkin fueron borradas de nuestro recuerdo… y todo fue sustituido por esos seres fríos que no sienten.

Hubiera bastado escuchar la voz de Anna Netrebko para darnos cuenta del engaño, pero la deshumanización fue implacable, no limitándose a los rusos sino englobando hasta el mismo país, y así, las películas nos mostraron que allí no existe el sol, el verano o los colores. Nos aseguraron que en Rusia siempre es invierno, frío, gris y cutre. Y nosotros, les creímos.

Eligieron a los rusos como podían haber elegido a cualquier otro pueblo eslavo. Total, la mayoría no distinguiríamos a un ruso de un ucraniano, un serbio, o un croata a no ser que se presentaran envueltos en una bandera: nos parecen todos ellos rubios de ojos azules tipo… eso, tipo eslavo. ¿Por qué denigrar precisamente a los rusos?

La Guerra Fría dividió al mundo en dos bandos, EE UU y la URSS, que se convirtieron en rivales no solo en el plano militar, sino también en el político y el cultural. Pero decir la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas resultaba demasiado largo y aceptar que englobaba más de cien grupos étnicos diferentes nos pareció demasiado complicado, así que todos acabamos diciendo los rusos. Como estadounidenses y rusos no se enfrentaban solos, sino que trataban desesperadamente de convencer al resto de países para que se sumasen a su bando, la propaganda se convirtió en un arma clave para ambos. En ese marco, tanto EE UU como la URSS se esmeraron en mostrar su maravilloso modo de vida y lo horrible del de su adversario. La propaganda rusa hizo –y hace– todo lo posible por mostrar la decadencia de valores en la que vivimos los occidentales, pero fue la fabulosa maquinaria del cine estadounidense la que logró conquistar la imaginación del mundo.

cine_rusos

Arnold Schwarzenegger en la película Calor rojo interpretando a un ruso en con un gorro ushanka. Getty Images

El esfuerzo sistemático del cine occidental en construir un estereotipo ruso negativo ofrece innumerables ejemplos. Debimos empezar a sospechar cuando vimos que Rocky (Rocky IV) pasaba de enfrentarse a un boxeador negro –rival, pero humano– a un tipo de rivalidad mucho más extrema con Drago, un boxeador ruso desalmado (por mucho que el actor fuera sueco), o cuando Rambo dejó de matar vietnamitas para dedicarse a los rusos (Rambo III). James Bond, la gran franquicia de los 60 puso las bases (Desde Rusia con amor) y a ésta le siguieron cientos de películas hasta nuestros días.

Lo bueno es que una vez que el estereotipo está creado, ya no necesitas ni siquiera que los actores sean rusos: basta con que actúen a la rusa. Si te muestras insensible, inescrutable y bebes vodka a cubos, ya se ve que eres ruso, porque lo que te hace ruso deja de ser el hecho de nacer en Rusia, sino esas características. Este método lo han probado con éxito desde el austriaco Arnold Schwarzenegger (Danko, Calor Rojo), a la australiana Cate Blanchett (Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal) haciendo de espía soviética ucraniana, o sea, rusa, a los que lo único que les falta es pintarse la cara con betún blanco y decir “soy ruso”.

La implantación del estereotipo ha tenido tanto éxito que, si ahora hicieses una película mostrando la realidad de Rusia, se daría la paradoja de que el público la rechazaría por irreal. El gran director de cine Ernst Lubitsch lo explicaba en una entrevista: “solo podemos mostrar Rusia en un ‘estilo ruso’ porque si no, parecería poco convincente y atípico. Si mostramos San Petersburgo tal y como es, el público no ruso no nos creería y diría: ‘eso no es Rusia, sino Francia’…”. Luego contaba cómo los cineastas rusos exiliados tenían que adaptarse a esa lógica perversa, porque enseñar el país real les condenaría a no ser creídos. El círculo del estereotipo quedaba cerrado.

Denigrar al enemigo mientras estamos en guerra puede considerarse normal, pero seguir insultándole tras firmar la paz resulta mucho más sorprendente. Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desmembración de la URSS en 1991, acababa por fin la Guerra Fría. Se suponía que empezaba el fin de la historia, que la democracia liberal había vencido en todo el mundo, y que podíamos volver a ser todos amigos para enfrentarnos juntos a retos más interesantes como el cambio climático, el bienestar de nuestros ciudadanos o las nuevas tecnologías. Pero no. El estereotipo ruso quedó congelado en el tiempo, ajeno a los cambios en Rusia y en el mundo. Y van ya más de 30 años sin que nadie se de cuenta.

Es cierto que la aparición de Vladímir Putin, un antiguo funcionario de la KGB que parece salido de una de esas películas, no ha ayudado, y su agresividad, menos. Pero también ahí actúa el estereotipo que llevamos escondido todos dentro, porque hacer la equivalencia Ruso=Putin sería como hacerse una imagen del ciudadano medio brasileño mirando a Jair Bolsonaro, o del cubano típico pensandoen Fidel Castro: no se le ocurre a nadie. Y todos sabemos que Rusia es un régimen autoritario con muchas libertades restringidas, pero imaginarse que los rusos son unos descerebrados que siguen a su líder como minions, es en sí un prejuicio profundamente ofensivo. ¿Hace falta decirlo?

Por otro lado, se supone que últimamente nos habíamos vuelto un poco más sofisticados con la representación étnica. Antes podías usar como malos oficiales a chinos, árabes o negros sin que nadie se inmutara, pero ahora, o andas con cuidado o alguien te va a acusar de estereotipos racistas o, aún peor, te van a boicotear la película. En este contexto, resulta extraordinario que ni el activista más progresista y sensible proteste por la representación sistemática de los rusos como villanos deshumanizados.

Claramente, seguimos sintiéndolos como nuestros enemigos.

Y así, cuando en el mundo estalla cualquier conflicto con rusos de por medio, asumimos su culpa antes de entenderlo. Los periodistas, en vez de explicárnoslo, se limitan a repetir clichés como “es que los rusos son expansionistas”, que es como decir, “es porque son malos y ya”, y nosotros lo aceptamos sin rechistar, porque lo que oímos corrobora lo que ya sentíamos.

Indudablemente, los prejuicios rusos sobre los occidentales son también profundos, pero eso solo debería aliviar a quien vive en el marco infantil del y tú más. En realidad, el prejuicio en ambas direcciones solo agrava las cosas. La lista de estereotipos rusos sobre los occidentales es larga, incluyendo desde aspectos superficiales a otros más profundos. Por ejemplo, para los rusos, entrar en una casa con los zapatos de la calle es la guarrada del siglo, y nadie lo hace, a no ser que sea el enfermero de una ambulancia o un escuadrón de la policía que viene a arrestarte; así que cuando ven a occidentales meterse en habitaciones de hoteles calzados, piensan “qué sucios, por dios”, lo cual además se asocia a “incivilizados” (solo se salvan los escandinavos, que comparten su costumbre). Aún más preocupante es la visión rusa de ser un pueblo único con un destino civilizador –pecado de soberbia que comparten con occidentales y chinos– o el famoso mito del “alma rusa” (russkaya dusha) –ni europea ni asiática, especial e incomprendida–, un concepto espiritual merecedor de un libro. Los rusos consideran además que tienen la mejor educación del mundo y dan gran valor a lo que consideran su superioridad espiritual frente a un mundo occidental sin alma y materialista. En este marco, ven a los occidentales poco más que como unos ignorantes con pasta y arrogantes: “se piensan que pueden enseñarnos cómo vivir solo porque tienen más cosas”. Además, la visión tradicional rusa de la familia, una masculinidad encarnada por el hombre de verdad (nastoyashchiy muzhchina) –que mantiene a su familia, repara las cosas de la casa y se pelea si hace falta– y una visión de género fuertemente binaria, es aprovechada por la propaganda rusa para mostrar un Occidente decadente en el que todos somos homosexuales o cualquier cosa rara. Todo queda envuelto en el convencimiento de que somos unos hipócritas por sonreír todo el rato sin realmente sentirlo (ver abajo), que consideran confirmado por la facilidad con la que aceptamos agresiones estadounidenses por medio mundo, mientras que nos escandalizamos por las suyas.

Dicho esto, y bajo el convencimiento de que el mundo mejora más revisando nuestros propios comportamientos que criticando los de los demás, prosigo con el enfoque autocrítico.

Con los dos primeros ingredientes –ignorancia y estereotipo– bastaría para crear una imagen negativa de cualquier pueblo del mundo, pero en el caso ruso se añade un tercer factor, quizá más importante que ningún otro.

 

La sonrisa rusa

O mejor dicho, el valor cultural distinto que los occidentales y los rusos damos a la sonrisa.

En un curso de postgrado llamado “Habilidades de mediación y negociación en situaciones sensibles e interculturales” mis estudiantes debaten qué expresiones humanas son universales y cuáles no. ¿Lo son llorar, levantar la voz, sacar la lengua? Hablamos de gestos cuya interpretación les resulta chocante en Filipinas, China o la Amazonía, pero el que más les sorprende, con mucha diferencia, es el uso cultural de la sonrisa.

Cómo… ¿¡Que la sonrisa no significa lo mismo en todas partes!?

No solamente no significa lo mismo, sino que puede llegar a significar lo contrario.

Ocurre con muchos gestos culturales. Por ejemplo, los cristianos se descubren al entrar en un templo en señal de respeto, mientras que los judíos se cubren. Dos gestos opuestos para expresar exactamente lo mismo. Si un cristiano observase a un judío –o un judío a un cristiano– pensarían del otro: “esta gente es muy irrespetuosa”. Malinterpretan lo que ven, porque no tiene sentido usar tu propio código cultural para interpretar otra cultura; cada una funciona con códigos diferentes.

Con la sonrisa rusa pasa exactamente lo mismo.

Los occidentales tenemos dos modos muy distintos de usar la sonrisa. Por un lado, la sonrisa espontánea que mostramos como reacción natural a algo gracioso o para mostrar afecto; por otro lado, la sonrisa social, que utilizamos como una especie de carta de presentación que significa “vengo con buenas intenciones”, aunque nada gracioso esté pasando. Los rusos también tienen la sonrisa espontánea, pero no la social. Así que mientras usemos la sonrisa espontánea, no hay malentendidos, pero cuando un occidental usa la sonrisa social –o un ruso no la usa cuando un occidental la espera– se malinterpretan mutuamente y acaban despreciándose o rechazándose. Malinterpretan lo que ven, porque no tiene sentido usar tu propio código cultural para interpretar otra cultura; cada una funciona con códigos diferentes.


El malentendido es gravísimo, porque esa sonrisa social –falsa para ellos, imprescindible para nosotros– es lo primero que un ruso y un occidental ven en el otro… y a menudo también lo último, tras una primera impresión nefasta. Los turistas occidentales vuelven a su país, quedan con sus amigos para tomar una cerveza, y cuando les preguntan “¿Qué tal tu viaje a Rusia?” cuentan que los rusos son antipáticos, secos y bordes. Y de ahí a decir que no tienen sentimientos, solo hay un paso.

Las implicaciones del uso distinto de la sonrisa son profundas en muchos niveles.

Los rusos usan la sonrisa exclusivamente para reaccionar a algo divertido o expresar un afecto sincero, así que cuando se les acerca un desconocido con una sonrisa de oreja a oreja, no lo pueden entender ¿Me he perdido algo gracioso? ¿Nos conocemos? –piensan sorprendidos. Tras comprobar que ni una cosa ni la otra, te ven como una persona falsa, porque la sonrisa o es por algo o no puede ser verdadera. De hecho, los rusos tienen un nombre específico para esa sonrisa permanente que uno pone para intentar desesperadamente causar una buena impresión en los demás. La llaman sonrisa de guardia (dezhurnayaulybka) usando la misma expresión que para farmacia de guardia, con la implicación negativa de que está disponible todo el rato por obligación, o sea, despreciable por insincera. Toda esta visión queda resumida en un dicho que sabe cualquier niño ruso: “risa sin razón, signo de idiota” (smeh bez prichiny, priznak durachiny). Con este código interpretativo en la cabeza, los rusos piensan que los occidentales somosfalsos y superficiales.

Los occidentales, en cambio, usamos a menudo la sonrisa para mostrar una buena disposición social hacia los demás; y esperamos que los demás nos ofrezcan la suya para hacernos sentir bienvenidos. Esa sonrisa es tan indispensable para un occidental, que hasta sonreímos sin querer cuando hablamos por teléfono, aunque el otro no nos vea; y nos costaría manejar WhatsApp si nos quitasen el icono de la sonrisita. Y con esa clave interpretativa en la cabeza, cuando vemos que los rusos no nos sonríen nos parecen antipáticos y fríos.

Este malentendido se agrava por varias razonesque se apilan sucesivamente: para empezar, los rusos consideran que la expresión facial que uno lleva por la calle cuando nada especial ha pasado, debe ser relajada y tranquila –no sonriente– porque valoran la sinceridad y, lógicamente, la cara debe corresponder a lo que uno siente. Así que situación neutra = cara neutra, ¿no? Un ruso no puede entender cómo algo tan simple no es obvio para todo el mundo.

Además, los rusos consideran de mal gusto ser excesivamente expresivos en el espacio público, dejando sus sonrisas, risas y expresiones más exuberantes para donde consideran que corresponde: en su espacio privado, con la gente que conocen. Esto agrava el malentendido, porque un turista raramente llega a establecer relaciones personales, así que va por Rusia contando la gente que no le sonríe. Y con el primero piensa “vale, será mala suerte”, pero tras unos cuantos, vuelve a su país convencido de que los rusos no sonríen nunca.

El hecho de que los rusos sean blancos agrava el malentendido con los occidentales, porque cuando alguien de un grupo étnico físicamente muy distinto hace algo extraño, puedes llegar a sospechar que te perdiste algo, pero el parecido superficial con los rusos invisibiliza aún más la diferencia cultural, llevándonos a la certeza de que son unos bordes, porque si son como nosotros y se comportan así, no se nos ocurre que pueda haber otra explicación.

Para culminar el desastre comunicativo, los rusos aprenden desde pequeños que es de buena educación no sonreír cuando está desempeñándose una labor profesional. Así que el hecho de que un turista habitualmente limite su contacto con rusos a vendedores en tiendas, recepcionistas en hoteles, o camareros en restaurantes –todos ellos actuando en el ámbito profesional– hace que no vea sonreír a un ruso ni por asomo, confirmando su impresión de que son unos bordes. Los rusos se sorprenderían muchísimo si nos oyeran, ya que lo que valoran en el servicio es un trato eficiente, sin sonrisas innecesarias que se metan por el medio. A los occidentales, en cambio, no nos entra en la cabeza que una cultura distinta a la nuestra pueda expresar la amabilidad de un modo que no sea sonreír, y como no nos cuadra tanta gente seria, hay quien hasta se inventa teorías fantásticas como que “han tenido una historia muy dura y por eso no sonríen”.

Pero entonces, si no sonríen… ¿Cómo muestran los rusos su actitud positiva social? ¿o es que no la muestran? Claro que lo hacen, pero simplemente no reutilizan el gesto de la sonrisa para expresar eso. Ellos lo hacen con palabras –que o sabes ruso, o no te enteras– y a través de expresiones gestuales mucho más matizadas en su mirada o rostro que los occidentales no estamos preparados para captar. Para la cultura occidental el tema es más binario –sonríes o no sonríes– y a menudo nos perdemos las frecuencias intermedias entre esos dos polos. Así que cuando vamos en el metro y vemos a los rusos silenciosos, relajados y sin sonreír, interpretamos equivocadamente que están tristes, enfadados o infelices.

Los rusos no sospechan nada de esto. Del mismo modo que si preguntases a un pez “¿qué se siente al estar mojado?” no sabría de qué le hablas, porque jamás ha estado seco, en Rusia, nadie sabe que se comportan a la rusa, porque eso allí es simplemente comportarse normal. Así que cuando oyen a un occidental decir que son antipáticos, no entienden nada y cuando se enteran de que pensamos que no sonríen, su confusión aumenta: “¡pero si sonreímos un montón!… no falsamente como vosotros, claro…”. Se sienten injustamente tratados, no entienden por qué les tenemos manía y se enfadan con nosotros.

¿Cómo aprendes estas cosas? Ocurre cuando ves que ese ruso que no te sonrió, y del que ibas pensando “menudo imbécil”, de repente te ayuda amablemente sin que se lo pidas o te sonríe otro día, y entonces piensas “me he perdido algo”. Y luego te ocurre con otro, y con otro, y con otro. Se llama aprender sobre otra cultura. Lamentablemente, cuando vamos como turistas no pasamos tanto tiempo como para vivir eso y, además, tras un par de malentendidos vamos indignadísimos por la calle pensando “míralos, qué amargados” y esa actitud no crea amigos ni en Rusia ni en ninguna otra parte del mundo.

¿Consecuencias de todos estos estereotipos e ignorancias mutuas? Tiene muchas. La primera, todo lo que nos perdemos de otras culturas que podríamos disfrutar y enriquecería nuestras vidas. Pero quizá el efecto más grave del estereotipo es que elimina nuestra necesidad de comprender el mundo, sustituyéndola por la complacencia de posicionarnos sin haber entendido nada. Una vez instalada una visión negativa del otro, personas que somos habitualmente críticas, aceptamos una narrativa infantil de buenos contra malos, olvidando que, en los asuntos entre humanos, los buenos y los malos se reparten siempre: ninguna parte se los queda en exclusiva. Y así, incluso personas que dicen estar a favor de la paz, se limitan a posicionarse, sin darse cuenta de que ninguna guerra se evita posicionándonos, sino haciendo el esfuerzo de escuchar a las dos partes para entender el problema entero –no solo la mitad– y poder así contribuir a encontrarle una solución

miércoles, diciembre 16, 2020

» Los 25 libros de esglobal 2020 -

» Los 25 libros de esglobal 2020 - Esglobal - Política, economía e ideas sobre el mundo en español

Los 25 libros de esglobal 2020

libros

Gettyimages

Este año, en primer lugar en la lista incluimos la pandemia por COVID19, como protagonista indiscutible de 2020, pero también entran temáticas como la raza, las migraciones y el feminismo, con una novedad en esta última, añadimos otras voces  feministas. También tienen un hueco dentro de la clasificación libros de descontento social y democracia, así como por regiones, donde se ubican aquellos que tratan las diferentes temáticas del continente americano, de Asia o de África. 25 lecturas para entender las principales dinámicas globales de 2020 y que seguirán marcado en gran medida 2021.

 

CambioClimaticoLibros

Diseño de Sara Ramudo

Y la pandemia llegó…

Las ciudades evanescentes

Ramon Lobo

Península

La pandemia, escribe Ramón Lobo, nos ha enfrentado con espacios urbanos que no están pensados, en su mayoría, para los viandantes ni para la vida no laboral. También nos ha obligado a repensar nuestra relación con nuestro entorno más inmediato: nuestra casa, nuestra calle, nuestro barrio. Lobo reflexiona sobre la ciudad en un sentido amplio. Sobre la relación que tenemos con los negocios de proximidad, sobre el urbanismo y su impacto en nuestra vida cotidiana o sobre la mercantilización de las viviendas puestas a disposición de los turistas. Recuerda las ciudades en las vivió y aquellas con las que ha tenido una relación ocasional a lo largo de los años, pero que se convirtieron, para él, en puertos seguros en los que sentirse cómodo siendo extranjero. En este ensayo –escrito en la estela de un Italo Calvino memorioso-, Lobo reflexiona también sobre la soledad y la vejez. La pandemia está suponiendo una enmienda a la totalidad contra el modo en el que tratamos a nuestros mayores. La lucidez, sobre todo a cierta edad, puede ser melancólica. Pero la melancolía sobre lo que perdimos irremediablemente y sobre lo que nos arrebataron culposamente, puede ser un buen punto de partida para la acción. “Sólo queda un esfuerzo más: no olvidar jamás quiénes fueron los imprescindibles y quiénes son los impostores”.

 

¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo

Iván Krastev

Debate

Además de presentar retos inéditos para las sociedades europeas, la pandemia también está obligando a revaluar muchas de nuestras certezas. El politólogo Ivan Krastev ha escrito un breve ensayo comentando las primeras impresiones sobre la pandemia: sobre sus efectos más inmediatos (durante la primavera), pero también sobre los posibles cambios que puede comportar en la gobernabilidad de la globalización. Lo hace desde un punto de vista europeo y describiendo el estado de las cosas que se encontró la pandemia: el auge del nacionalismo y el populismo; la confianza menguante en las instituciones de muchos países occidentales; o los retos tecnológicos que abren un debate entre la eficiencia y el control social. Más que ofrecer respuestas, Krastev trata de presentar un mapa de las decisiones estratégicas que los gobernantes deberán tomar en un mundo (post) pandémico. Por lo que respecta a la UE, cree que una posible hoja de ruta será mantenerse como defensor de la globalización mientras que, en paralelo, aprovecha las presiones de los que piden menos apertura: el objetivo sería lograr una mayor integración europea.

 

En tiempos de contagio

Paolo Giordano

Salamandra

Durante el pasado febrero, el escritor italiano Paolo Giordano se sentó a escribir sus primeras impresiones sobre la pandemia. En aquel momento, Italia era el país más afectado tras China y se comenzaban a tomar las primeras medidas drásticas para evitar la propagación. Giordano escribe breves apuntes sobre los cambios que se están produciendo y los comenta narrando su infancia o los viajes que ha realizado (como uno a la República Democrática del Congo para conocer un proyecto de cooperación frente al virus VIH). Son apuntes generales al hilo de los eventos concretos que se van sucediendo conforme avanza la pandemia: primero el cierre de Milán, luego la clausura de las escuelas, la expansión de las noticias falsas, etc. Giordano combina la reflexión, la memoria y las explicaciones científicas (es doctorado en física teórica). Muchos de los aspectos que subraya siguen siendo asuntos importantes varios meses después: la incertidumbre sobre la evolución de la pandemia (y ahora de las vacunas), la disparidad en las opiniones de los expertos, o las reticencias a cumplir con las limitaciones a la movilidad. Como escribe Giordano, nuestra normalidad se ha suspendido y nadie puede predecir cuáles serán las consecuencias. Es el momento de la anomalía. Y estamos aún aprendiendo a convivir con ella.

 

EconomiaLibros

Diseño de Sara Ramudo

Los descontentos de la economía

Trade wars are class wars

Matthew C. Klein  y Michael Pettis

Yale University Press

Las represalias económicas cruzadas entre Estados Unidos, China y la Unión Europea han reconfigurado en estos últimos años las relaciones comerciales globales. Más allá de la retórica sensacionalista de la Administración Trump para justificar su guerra comercial contra China y Europa, Klein y Pettis se proponen explicar qué subyace en el fondo de esas disputas. Los autores parten de la teoría sobre la expansión del capitalismo imperialista del economista John A. Hobson, con la que trató de explicar los flujos financieros internacionales durante la segunda mitad del siglo XIX. Para Klein y Pettis, las guerras comerciales presentes, que suelen ser presentadas como guerras entre países, son, en el fondo, conflictos entre banqueros y dueños de activos financieros, por una parte, y los hogares de las clases medias y bajas, por otra. Usan el ejemplo de China y Alemania para explicar que las salidas de capital de esos países con excedentes comerciales se terminan canalizando en buena medida hacia aquellos con déficits, generando un desequilibrio permanente de deuda y productos financieros no sostenibles que, cíclicamente, termina generando graves crisis. En el caso de Alemania, ese desequilibrio afecta a toda la UE. Además, esas salidas de capitales impiden remunerar adecuadamente a los trabajadores de los Estados de origen de esos flujos y realizar las inversiones necesarias en infraestructuras físicas y de servicios.

 

La tiranía del mérito, ¿qué ha sido del bien común?

Michel J. Sandel

Debate

Hay dos claves para que una sociedad funcione y se mantenga cohesionada: que el ascensor social funcione para todos y que los que no han podido subir puedan aspirar a una vida (laboral) digna, que no sólo les permita sobrevivir en el presente, sino que además les facilite confiar en que el futuro será mejor para ellos y para sus hijos. Sin embargo, los engranajes del ascensor social parecen haberse gripado en la mayoría de las sociedades desarrolladas. En su último libro, Sandel se centra en desmontar el discurso sobre la meritocracia –las élites lo son porque se lo merecen: lo han logrado gracias a su esfuerzo y empeño, etc.-. Argumenta que, por una parte, entre el discurso y la realidad hay un abismo: el mercado, lejos de reequilibrar la sociedad con su selección natural, está generando graves desequilibrios, con el riesgo que eso comporta para la propia democracia. Por otra parte, como ya sugirió el sociólogo Michael Young, en los 50, una meritocracia extrema sin un proyecto colectivo no es un ideal a perseguir. Más bien, al contrario. El libro de Sandel, centrado especialmente en la realidad estadounidense, se puede complementar con el de César Rendueles, publicado también este año: Contra la igualdad de oportunidades.

 

Angrynomics

Mark Blyth y Eric Lonergan

Agenda Publishing

¿Tienen los ciudadanos occidentales derecho a estar enfadados con sus gobernantes por su gestión económica? Para los economistas Mark Blyth y Eric Lonergan sobran las razones objetivas para afirmar que sí. Como punto de partida, distinguen entre la rabia tribal -sentimental y agresiva, a menudo xenófoba- y el enfado moral, basado en el deseo de cambiar las cosas para superar una injusticia. A partir de esa distinción, en este breve libro estructurado en forma de diálogo ameno entre ambos, tratan de comprender el enfado de muchos votantes –tanto en Estados Unidos como en Europa- por la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, las crisis financieras, la hiperglobalización, la desregulación laboral y, sobre todo, por la desigualdad creciente en las, llamadas, sociedades occidentales. Las reformas que proponen (como la constitución de fondos soberanos o una profunda reforma fiscal) son posibles, afirman, en un contexto de bajos tipos de interés –incluso negativos- para la deuda pública y un posible cambio de mentalidad económica, debido a la pandemia, que facilite un mayor (y mejor) intervencionismo.

 

RazaLibros

Diseño de Sara Ramudo

A vueltas con la raza

Caste: The Origins of Our Discontents

Isabel Wilkerson

Allen Lane

Mientras preparaba su anterior libro sobre la gran migración de población negra desde el sur de Estados Unidos hacia los centros económicos del norte, Isabel Wilkerson se dio cuenta de que el racismo en su país podía compararse a un sistema de castas. Un racismo estructural incardinado, también, en lo más profundo de las mentes de muchos blancos: el racismo como estado mental, afirma. En su última obra, recorre los cuatrocientos años de racismo en territorio estadounidense. Se sirve para ello de continuas comparaciones con el sistema de castas indio y la sociedad nazi. Ejemplifica sus razonamientos con hechos de su propia biografía y con decenas de historias reales. Muestra los distintos aspectos de un racismo que Estados Unidos está siendo incapaz de abordar. Sus conclusiones se sintetizan en lo que llama los “ocho pilares de la casta”: que van desde la apelación a una ley divina que justifica la superioridad racial, hasta el control de la natalidad y la deshumanización de grupos poblaciones por la simple diferencia de su tonalidad de piel.

 

How to Argue With a Racist: History, Science, Race and Reality

Adam Rutherford

W&N

Adam Rutherford pretende con esta obra ofrecer los argumentos científicos para desterrar algunas de las falsas creencias relacionadas con la raza. Explica, por ejemplo, cómo nuestros genes están tan mezclados y al mismo tiempo son tan parecidos que el concepto de raza no deja de ser un constructo basado en rasgos superficiales –color de la piel, el más obvio- que no responden a diferencias genéticas sustanciales ni en la capacidad potencial de la inteligencia ni en las habilidades artísticas o sociales. Las diferencias entre los diversos grupos tienen que ver con su adaptación al medio ambiente, con el clima y, sobre todo, con la cultura y la historia. La evidencia científica permite afirmar, por ejemplo, que todo nazi de los 30 tenía ancestros judíos. El desmontaje de los mitos relacionados con la raza se realiza en un tono divulgativo, pero basado en estudios científicos recientes. Y, además de ofrecernos herramientas efectivas para “discutir con un racista”, nos ofrece también una guía para detectar los estudios pseudocientíficos que tratan de oponer a las razas y que Rutherford llega a comparar con la parasicología.

 

The Dragons, the Giant, the Women

Wayétu Moore

Gray Wolf

La familia de la escritora Wayétu Moore (1985) abandonó Liberia cuando ella tenía 5 años a causa de la guerra civil. En estas memorias, Moore recuerda aquellos días de infancia cuando su padre se inventó un mundo imaginario poblado de dragones amenazantes y un gigante protector –él mismo- para tranquilizar a sus hijos y hacerles creer que la guerra no era real. La huida de la familia a través del país rumbo a la frontera con Sierra Leona –a finales de 1990, principios de 1991- está contada a través de la mirada de una niña que, a pesar de las buenas intenciones de su padre, comienza a entender que el mundo puede llegar a ser un lugar dramático y cruel. Moore también narra sus años en Texas y más tarde en Nueva York, como inmigrante y mujer negra en un país de adopción con innumerables barreras raciales. Ambos hilos narrativos se van entrelazando componiendo una trama de recuerdos, desarraigos y reencuentros que, como escribe Moore, es común a muchos hijos de inmigrantes africanos en EE UU: viviendo con el estrés de nunca haber llegado del todo y sufriendo una desconexión impaciente que les complica la forja de una identidad a la que aferrarse.

 

PopulismoLibors

Diseño de Sara Ramudo

Democracia y populismos

Nostalgia del soberano

Manuel Arias Maldonado

Libros de la catarata

Manuel Arias Maldonado argumenta en este ensayo que los movimientos populistas que ponen en cuestión la democracia liberal sienten una nostalgia del soberano: el que todo lo podía, sin interferencias y sin fragmentación caótica de la soberanía. Un soberano, afirma, que, en realidad, nunca existió. Arias Maldonado revisa los conceptos de soberanía y de pueblo desde los autores fundacionales (Bodin, Hobbes o Rousseau) hasta los pensadores más recientes que se han ocupado de estos conceptos esenciales para el gobierno social (como Arendt o Carl Schmitt). Llegamos así a un presente en el que, ante la carencia de un horizonte utópico que unifique voluntades colectivas dispares, y con un juego político cada vez más antagonista, el resultado es una frustración estructural respecto a la democracia. Frente a ello, Arias Maldonado propone un concepto de “soberanía para escépticos” que asuma que la política no deja de ser el arte de lo posible. Como primer paso, afirma que, si queremos atenernos a los patrones del liberalismo constitucional, “la disputa política no puede tener a la soberanía por objeto”. El debate, en todo caso, se deberá ocupar de la reformulación en el equilibrio de poderes, a nivel territorial, por ejemplo, o funcional.

 

Twilight of Democracy

Anne Applebaum

Random House

 En su último ensayo, la periodista Anne Applebaum trata de entender por qué la democracia liberal parece haber entrado en un ocaso preocupante. Mezclando memoria personal y análisis de las ideas y de los acontecimientos políticos, estudia las dinámicas políticas iliberales en varios países occidentales, con especial atención sobre Polonia, Hungría, Reino Unido y su Estados Unidos natal. También dedica unas páginas a explicar el ascenso de Vox en España. Muchas de estas dinámicas las detecta en algunos de sus amigos y conocidos a ambas orillas del Atlántico, que han ido asumiendo progresivamente postulados incompatibles con la democracia. Su advertencia principal es que las instituciones democráticas no son irreversibles: la democracia es un ejercicio constante y cotidiano que puede desequilibrarse fácilmente en unos tiempos, como los actuales, con más incertidumbres que seguridades. En su opinión, factores objetivos como la inmigración y la crisis económica no son la única causa de toda la ira y del malestar y la división política que estamos viviendo. La nueva era de la información acelerada, argumenta, está impidiendo que pueda articularse algo parecido a un discurso político pausado, respetuoso con divergencias y rico en matices.

 

Pravda Ha Ha: True Travels to the End of Europe

Rory MacLean

Bloomsbury

En 1989, el historiador y escritor de viajes Rory MacLean completó un viaje desde Berlín hasta Moscú. Eran días vibrantes, en los que se abría un nuevo horizonte para Europa tras la caída del Muro. Treinta años después, vuelve a realizar ese viaje para comprobar la situación de algunos de los países que estuvieron al otro lado del Telón. Viaja a Rusia, Estonia, Kaliningrado, Transnistria, Ucrania, Hungría y Polonia, entre otros destinos. Y comprueba que muchas de esas sociedades y sus clases dirigentes están apostando cada vez más fuerte por versiones del nacionalismo y el autoritarismo inimaginables a comienzos de los 90. En su recorrido, hace nuevas amistades –como con un peculiar millonario ruso, que se autodenomina minioligarca– y se encuentra con personas con las que ya conversó durante su primer viaje y con las que trata de entender estas últimas tres décadas. El objetivo, como en el libro de Applebaum, es buscar las respuestas a la ya famosa pregunta: ¿Cuándo fue que se jodió el Perú? En su viaje también comenta la situación en Alemania y Reino Unido, con el auge del neofascismo y el nacionalismo brexiter como síntomas preocupantes.

 

AmericaLibros

Diseño de Sara Ramudo

En tierras americanas

Una tierra prometida

Barack Obama

Debate

En la novela Moby Dick, Ismael es advertido del desastre por un orate antes de zarpar. En el caso de Obama, su oráculo fue el político y primer presidente de la República Checa, Václav Havel, al que visita en Praga durante los primeros meses de su presidencia: “Has sido maldecido con la carta de las altas expectativas de la gente”, le dijo Havel, “Eso implica que les decepcionarás pronto. Es algo que me resulta muy conocido”. Obama cuenta esta conversación en sus memorias. En ellas repasa su vida política –comentando también algunos aspectos de su vida personal- desde que era un joven abogado en Chicago. Aunque la mayor parte de las páginas están dedicadas, como es lógico, a los principales acontecimientos con los que tuvo que enfrentarse durante sus años en el cargo. Desde la crisis económica –con amenaza de debacle financiera- que se encontró en su clímax nada más acceder al Despacho Oval, hasta la gestión de las guerras en Irak y Afganistán (el asesinato de Bin Laden incluido), las fallidas reformas sanitaria y migratoria o su intento por mantener a Estados Unidos dentro de un multilateralismo moderado a nivel internacional. “Yo era un reformista, conservador de temperamento, aunque mi visión política no lo fuera. Correspondería a otros juzgar si estaba demostrando sabiduría o debilidad”, escribe Obama al valorar su respuesta a la crisis económica. Se lamenta de no haber logrado una reforma más justa: “Esa idea me atormenta. Y, sin embargo, aunque me resultara posible retroceder en el tiempo y volver a empezar, no puedo afirmar que tomaría decisiones distintas”.

 

Un tributo a la tierra

Joe Sacco

Reservoir Books

En 2015, el periodista Joe Sacco, uno de los pioneros del periodismo en viñetas, viajó por primera vez a los territorios del noroeste canadiense. Su idea era realizar un reportaje sobre el cambio climático en la región subártica. Pronto entendió que la historia que debía contar era la del pueblo indígena Dene, los auténticos perdedores del proceso de explotación de la zona: desde el primer contacto durante la expansión colonial canadiense hasta tiempos más recientes, con el esparcimiento de empresas madereras, mineras y energéticas. El colonialismo y su secuela extractivista que llega hasta nuestros días no sólo han destruido el hábitat de los Denes. Políticas gubernamentales como la escolarización forzosa de los niños –el gobierno canadiense pidió perdón en fecha reciente por los abusos cometidos en esos centros- también buscaron erradicar por completo una cultura que había sobrevivido durante siglos. Para lograr contar esa historia, Sacco se entrevistó con decenas de habitantes de la zona: la mayoría indígenas, pero también sacerdotes, directores de escuela y antiguos altos funcionarios canadienses. Todas esas voces cuentan su versión de la historia en unas sobrias viñetas en blanco y negro.

 

El libro de Rosy

Rosayra Pablo Cruz y Julie Schwietert Collazo

Harpercollins

En 2018, la migrante guatemalteca Rosayra Pablo Cruz –Rosy- cruzó la frontera entre México y Estados Unidos antes de ser detenida. Cuatro años antes, a pesar de ser también detenida por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), había logrado, en compañía de uno de sus hijos, llegar hasta Chicago y pasar allí unos meses trabajando sin papeles. Esta vez, sin embargo, el trato de los agentes de inmigración fue distinto: la separaron de sus dos hijos varones en el centro de detención de extranjeros de Arizona en el que fueron recluidos. Este libro es la crónica en primera persona de su lucha, ayudada por una ONG, para volver a reunirse con sus hijos. Como contrapunto, en la segunda parte del libro, la terapeuta Julie Schwietert narra la labor de la ONG Immigrant Families Together que ayudó a Rosy y a otras mujeres inmigrantes separadas de sus hijos por los agentes migratorios. Una práctica que ha sido fuertemente criticada por organizaciones de derechos humanos. En el libro también se explican algunos de los principales factores que fuerzan a muchos centroamericanos a probar suerte en EE UU. En los próximos meses pueden volver a registrarse altos flujos migratorios por los efectos de la pandemia y de las graves inundaciones que han tenido lugar en la región.

 

MujerLibros

Diseño de Sara Ramudo

Otras voces feministas

The First Woman

Jennifer Nansubuga Makumbi

Oneworld Publications

En su segunda nóvela, la escritora ugandesa Jennifer Nansubuga Makumbi narra la historia de Kirabo, una niña de doce años que vive en un pequeño pueblo con su abuela, sus tías y una multitud de parientes. Nadie quiere decirle dónde está su madre ausente y apenas ve a su padre, ocupado en labrarse una vida en la capital, Kampala, a donde finalmente se trasladará la pequeña. Kirabo no se conforma con las explicaciones y los silencios de su familia y vecinos, y para responder a sus preguntas llega a recurrir a la hechicera local. En los años siguientes, acompañaremos a la protagonista en su descubrimiento del mundo fuera de su poblado: la escuela cristiana de élite en la que es admitida, la relación con su padre y nueva madrastra y, sobre todo, la revelación de que por ser mujer tendrá que enfrentarse a obstáculos impuestos tanto por las tradiciones atávicas como por la nueva modernidad, heredada del colonialismo, y que trata de consolidarse en el país tras los años desquiciados de Idi Amin.

 

Moms

Yeong-shin Ma

Drawn & Quarterly

La relación de Yeong-shin Ma con su madre nunca fue fácil. Sólo comenzó a mejorar cuando se independizó y comprendió cuánto esfuerzo había realizado su progenitora, divorciada con un trabajo de limpiadora, para criarlo. Es entonces cuando le regala a su madre un cuaderno de notas para que escriba algunas historias sobre su vida. Esos recuerdos le sirven para comenzar a verla más allá de su rol materno. Basándose en ellos, Yeong-shin Ma escribe y dibuja una historia gráfica sobre tres mujeres de cincuenta años que tratan de criar a sus familias al tiempo que buscan disfrutar de la vida con relaciones románticas que no siempre discurren como ellas desearían. Muchas de las páginas de esta novela gráfica están dedicadas a esa tragicómica búsqueda de amor y placer. El autor ofrece una perspectiva inédita y realista sobre la mujer coreana como motor de muchas familias. Sus vidas son poco brillantes y no encajan en el modelo de familia coreana, pero ellas son, en muchos casos, las únicas que logran, con gran esfuerzo y muchas renuncias, que las familias coreanas de clase baja no sean completamente disfuncionales.

 

AfricaLibros

Diseño de Sara Ramudo

África: de las letras a las fotos

No hay tierra sagrada para los vencidos

Javier Martín

Blume

En su último libro, el corresponsal de la Agencia EFE, Javier Martín, ofrece un extenso reportaje sobre las migraciones que atraviesan el Sáhara rumbo a Europa. Las biografías de los migrantes y sus odiseas para intentar llegar a Europa, así como las de algunos rescatados por el barco de salvamento Aquarius en el que se embarca el periodista, se combinan con comentarios de expertos en la región y con el análisis político e histórico para tratar de comprender qué está pasando en el Norte de África y en el Sahel. La obra es fruto de un trabajo llevado a cabo durante los dos últimos años con el fotógrafo Ricardo García Vilanova y en ella encontramos breves descripciones –en muchos casos, desde el terreno- de la situación actual y el pasado reciente de Malí, Chad, Níger, Túnez, Burkina Faso, Argelia y, sobre todo, Libia. En este último país, desde el asesinato de Al Gadafi, las milicias locales se reparten un lucrativo negocio de trata de personas que se retroalimenta con el contrabando de combustible, comida y tabaco. Todo ello, en el marco de una guerra civil alimentada con el dinero y las armas de varias potencias extranjeras. Martín explica también la acción de los principales grupos terroristas de la zona. Reforzados ante el vacío de poder en la zona, han complicado aún más las posibilidades de futuro de unas poblaciones ya desesperadas por la pobreza y los efectos del cambio climático. El autor condensa toda esa complejidad en poco más de cien páginas y el resultado es un libro necesario para comprender el fenómeno migratorio que parte del Mediterráneo sur.

 

También los blancos saben bailar

Kalaf Epalanga

Temas de hoy

Hace algo más de una década, el músico y productor angoleño Kalak Epalanga fue detenido en Noruega mientras se dirigía al festival de música de Øya, en el que iba a actuar. La primera parte de esta novela de autoficción se ocupa de aquel incidente y de su posterior breve estancia en prisión. Epalanga, residente en Lisboa, ha sido uno de los pioneros en convertir el kuduro en un género internacional, a pesar de sus orígenes arrabaleros en las calles de los barrios marginales de Angola. En la segunda parte de la obra, viajamos desde las asépticas calles noruegas hasta las bulliciosas rúas de la “fascinante y al mismo tiempo intimidatoria” ciudad de Luanda. En especial, al Mercado de Roque Santeiro, en cuyos puestos el propio Epalanga compró las primeras casetes que le permitieron descubrir la gran riqueza de la musical africana, incluida la música para bailar la kizomba. La novela, cuya última parte transcurre de nuevo en Oslo, dando voz a uno de los policías que le detienen –inmigrante también-, abunda en reflexiones sobre la migración, el mestizaje musical y las barreras-fronteras mentales y físicas que nos impiden asumir esa riqueza -humana y cultural- migrante y mestiza: “Si Europa me enseñó algo fue que no existe nada tan aterrador que un africano que atraviesa sus fronteras”, escribe Epalanga.

 

InmigracionLibros

Diseño de Sara Ramudo

Migraciones: un mundo en movimiento

Welcome to the New World

Jack Halpern y Michael Sloan

Metropolitan Books

En 2017, The New York Times decidió que iba a ofrecer un nuevo formato de noticia para contar la vida de unos refugiados sirios recién llegados a Estados Unidos: mediante tiras ilustradas. El escritor Jack Halpern se entrevistaría con dos familias de refugiados como si fuera a publicar un reportaje y luego trabajaría con el ilustrador Michael Sloan para convertir toda esa información en viñetas. El resultado, que fue el primer reportaje ilustrado del periódico, se fue publicando semanalmente, y terminó ganando el premio Pulitzer. Basándose en aquellas historias, los autores han creado este libro ampliando las viñetas originales y centrándose en una sola familia, la de Ibrahim Aldabaan, su mujer y los cinco hijos de la pareja. Se resumen algunos de los momentos claves en el proceso de adaptación de la familia a su nueva vida: el comienzo de la escuela para los más pequeños (una de las chicas tocada con un hiyab), la relación con las autoridades o el golpe de suerte que supuso para la familia el veto migratorio de la Administración Trump.

 

La discrétion

Faïza Guène

Plon

Faïza Guène escribe la historia de tres generaciones de argelinos siguiendo la biografía de Yamina Taleb, nacida en un pueblo bereber cercano a la frontera marroquí y que termina viviendo en el suburbio parisino Aubervilliers. En su viaje vital desde su nacimiento en 1949 hasta 2020: la guerra de independencia, el matrimonio concertado con su marido y la cría de sus cuatro hijos Malika, Hannah, Imane y Omar. A sus setenta años, Yamina ha encontrado una especie de paz, disfrutando de las pequeñas cosas. Pero no así sus hijos, franceses plenos en teoría, pero que han comprendido que, en la práctica, no son –tal vez nunca serán- ciudadanos con plenos derechos y posibilidades de ascenso social. En esta novela de Guène, como en la publicada hace unos meses El arte de perder de Alice Zeniter, se muestra a través de las vidas de esas tres generaciones de franco-argelinos que las heridas abiertas tras la descolonización, lejos de estar cerradas, siguen supurando. Los valores republicanos de Francia son, para muchos franceses nacidos de padres inmigrantes, pura palabrería escuchados desde una banlieu. Como ha declarado la autora en entrevistas sobre el libro: “El colonialismo se terminó. ¿Pero podemos decir lo mismo de la colonialidad?”.

 

AsiaLibroTensiones y poder en Asia

A burning: a novel

Megha Majumdar

Alfred and Knopf

Su primera novela le ha servido a la escritora india Megha Majumdar (1987) para que la comparen con Jhumpa Lahiri e, incluso, con el primer Naipaul. Las vidas de tres personajes se entrecruzan debido a un atentado terrorista contra un tren. Jivan, una joven musulmana que vive en los barrios bajos de una gran ciudad india, es acusada de haber participado en el ataque debido a un comentario en Facebook. PT Sir, un entrenador de gimnasio, quiere ascender en su partido de extrema derecha y ve una oportunidad para ello gracias al ataque terrorista y a la acusación contra Jivan. Por último, Lovely, una actriz hijra (intersexual: un tercer género reconocido en India) que tendrá que elegir entre proseguir con su carrera o ayudar a Jivan. Conocemos la historia desde el punto de vista de los tres personajes principales, cuyas perspectivas se van alternando en una sucesión polifónica que logra mostrar las distintas estrategias –y los numerosos obstáculos- que existen en la India contemporánea para lograr un ascenso social desde las clases más bajas hasta la media, el sueño de Jivan. Como telón de fondo, el ascenso del nacionalismo hindú como una opción política que, en parte, busca capitalizar el descontento de todos aquellos indios –cientos de millones- que no son capaces de lograr esa anhelada mejor vida.

 

Taiwán. Una crisis en gestación

Xulio Ríos

Editorial Popular

Uno de los mayores desafíos de la Administración Biden será definir una estrategia respecto a China. La relación con Taiwán será una pieza clave en esa estrategia Indo-Pacífico como lo ha sido en los últimos 70 años. Xulio Ríos, uno de los principales expertos españoles en China, repasa en este breve libro la posición taiwanesa entre los deseos anexionistas de Pekín y la alianza privilegiada con Washington. También ofrece un repaso de la construcción nacional de la isla y de las actuales fracturas políticas internas entre los partidos que propugnan un acercamiento a la China continental y los que abogan por defender la independencia. Una de las democracias asiáticas más consolidadas, apenas es reconocida por un puñado de países, y resulta excluida sistemáticamente de las organizaciones internacionales debido a la presión diplomática china. El futuro democrático de Asia dependerá, en buena medida, de la suerte de Taiwán –y Hong Kong-. Y ese futuro estará condicionado, sobre todo, por el apoyo de Estados Unidos –y de la UE-. Las perspectivas para Taiwán como Estado independiente a medio y largo plazo no son halagüeñas, en un contexto además de fuerte militarización regional.

 

Pasado_FuturoLibros

Diseño de Sara Ramudo

Viajes al ayer y al mañana

Exhalación

Ted Chiang

Sexto Piso

Ted Chiang es uno de los autores de ciencia ficción más premiados en el ámbito cultural anglosajón. Con los nueve relatos reunidos en Exhalación, Chiang ha logrado ganarse a muchos lectores que, sin frecuentar mucho el género, reconocen en el autor estadounidense una gran capacidad para reflexionar narrativamente sobre algunos temas esenciales. Desde el primer relato El comerciante y la puerta del alquimista, ambientado siglos atrás en Bagdad y El Cairo, Chiang se dedica a jugar con nuestras asentadas percepciones sobre el tiempo y el espacio, y sobre la caprichosa casualidad que condiciona los eventos de nuestra vida. Una de las obsesiones de Chiang, además del espacio exterior, es nuestra relación con la tecnología. En este sentido, destacan El ciclo de vida de los elementos de software, sobre mascotas con un comportamiento basado en la inteligencia artificial, y La niñera automática patentada por Dacey, sobre la educación humana basada en artilugios tecnológicos, e inspirado por la vida y obra del psicólogo Jonh B. Watson, uno de los padres del conductivismo. Para hacerse una idea del talento y la perspectiva de Chiang respecto a sus temas: la película La llegada de Denis Villeneuve se basó en uno de sus relatos.

 

El infinito en un junco

Irene Vallejo

Siruela

“Los libros han legitimado, es cierto, acontecimientos terribles, pero también han sustentado los mejores relatos, símbolos, saberes e inventos que la humanidad construyó en el pasado”, escribe Irene Vallejo. En su obra nos habla de la relación que tuvieron con los libros los antiguos griegos –desde Alejandro-, y cómo se transmitió a Roma. Al hilo de esa historia antigua, la autora comenta hechos más recientes: nos propone un viaje que se inicia en la Biblioteca de Alejandría y pasa por la Roma Imperial y las abadías de la Edad Media hasta llegar a la industria del cine del siglo XX. Es una historia de esfuerzos colectivos e iniciativas individuales: una fabulosa aventura, escribe la autora, que ha permitido conservar y transmitir a lo largo de los milenios manuscritos de todo tipo gracias a la participación de “narradoras orales, inventores, escribas, iluminadores, bibliotecarias, traductores, libreras, vendedores ambulantes, maestras, sabios, espías, rebeldes, viajeros, monjas, esclavos, aventureras, impresores”. El Infinito en un junco es, entre otras muchas cosas, un homenaje de la autora a todos ellos.

 

En esta selección han participado: Mariano Aguirre, Andrés Ortega, Sebastián Royo, Eva Coronado, Francis Ghilès, Pedro Baños, Moisés Garduño, Susanne Gratius, Emilio Ontiveros, Cristina Casabón, Iván Giménez Chueca, Rubén Ruiz Calleja, Lino González, José María de Areilza, Manuel Alcántara, Leslie Crawford, Juan Luis Manfredi, Lourdes Romero, Ana Mangas, Cristina Manzano, Paula García, Estrella Píriz y Eder Dade. Los textos han sido elaborados por Lino Gonzalez Veiguela.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...