miércoles, septiembre 26, 2012

Oskar Panizza - La fábrica de hombres.

Sinfónica Caótica: Oskar Panizza - La fábrica de hombres.

Oskar Panizza - La fábrica de hombres.



La fábrica de hombres

A menudo me siento totalmente confundido. Los
hombres que me rodean palidecen hasta convertirse
en sombras, que como muñecas baratas se
tambalean de un lado para otro, y un nuevo género
humano de colores, convocado por mi imaginación,
asciende desde el suelo mirándome con ojos
aterrorizados.
TIECK
Quien ha viajado mucho a pie adquiere poco a poco tanta experiencia en apreciar el curso del sol, así como las distancias en el mapa, que sabe exactamente cuándo tiene que salir de un sitio para llegar a salvo, antes del anochecer, al pueblo o a la ciudad que ha escogido para pasar la noche. No le ocurrió así al autor de este relato unos años atrás, cuando hacía poco tiempo que había empuñado el bastón de caminante y una tarde se vio sorprendido por la caída de la noche, y, sin poder consultar un mapa o la brújula, llevaba dos horas andando mecánicamente por la carretera, desamparado, cansado, hambriento, solitario y sin rumbo. Estaba en la parte oriental de Alemania central y ya no sabía ciertamente en qué provincia, o cerca de qué gran ciudad me encontraba, lo cual no tiene la más mínima importancia para apreciar la siguiente comedia.
Después de haber llegado a la conclusión de que pararse no conducía a ninguna parte y de que la humedad del suelo impedía dormir al aire libre, decidí seguir caminando sin parar, aunque fuera toda la noche, conservando mis fuerzas en lo posible. Dada la densidad de población en Alemania, tenía que encontrarme tarde o temprano con algún lugar habitado. Mi perseverancia fue coronada por el éxito, es decir, encontré lo que buscaba: un sitio para dormir. Si semejante albergue podía llamarse un éxito, o si habría sido preferible que el autor pasara la noche en el charco más sucio de la carretera, que lo juzgue el amable lector al término de este relato, ya que sólo los acontecimientos fatales de esa única noche serán el objeto de las páginas siguientes.
Era más o menos un poco antes de las doce de la noche cuando, caminando con la cabeza inclinada hacia el suelo, de repente vi aparecer ante mí un enorme edificio negro, a pocos pasos de la carretera. Éste parecía, en la medida en que la oscuridad permitía observar, muy sólido y compuesto de inmensas piedras labradas, tenía varios pisos y disponía de diversas construcciones anejas, cobertizos para herramientas y material, salas con máquinas, chimeneas; total, una instalación evidentemente industrial, de grandes dimensiones. No vi ninguna luz; a pesar de ello, estaba firmemente decidido a anunciarme; un camino de gravilla fina conducía de la carretera a la entrada. Bellos jardines, a izquierda y derecha, revelaban cierta posición económica del dueño así como su sentido artístico y amor a la naturaleza. Llamé. Un sonido chirriante y agudo recorrió toda la casa, cuyos pasillos y corredores debían de ser enormes según se podía deducir por el eco. «¡Esto va a armar un buen alboroto!», pensé. Pero para mi gran sorpresa, enseguida oí unos pasos muy cerca de mí; se abrió una puerta, sonó un llavero, y un momento después se abrió el pesado portón de la entrada pintado de marrón y apareció ante mis ojos un hombrecito pequeño, oscuro, con cara amable y bien afeitada, y me preguntó con un gesto mudo qué deseaba.
—Perdone que le moleste tan tarde, a estas horas de la noche dije ¿pero qué clase de casa es ésta?
—Una fábrica de hombres.
Ahora pido al lector, antes de seguir adelante, que nada, ninguna pregunta, respuesta u observación, aunque fuera la más descabellada, le detenga en su lectura hasta el final de esta historia. Oímos, vemos o leemos a menudo en la vida muchas cosas extrañas, como parece dar a entender la respuesta de más arriba, sin salir por ello corriendo o cerrar el libro de un golpe. Lo más importante es no perder la cabeza, dejar reposar los hechos y luego intentar comprenderlos. Me gustaría observar respecto a esta cuestión que, cuando en un sustantivo compuesto una palabra sirve para determinar o explicar la otra, esta última funciona como un sujeto, mientras que la primera se expresa de la mejor manera por una oración relativa. Ya que no tenía motivos para suponer que en esta extraña casa reinasen reglas gramaticales distintas de las del resto de Alemania, entendí por «Fábrica de hombres» una fábrica en la que se fabrican hombres. Y esto era correcto. Y ahora no quiero seguir interrumpiendo el curso del relato. Me quedé sin habla y como fulminado ante el pequeño hombrecito, casi incapaz de concebir un pensamiento, y mucho menos de pronunciar unas palabras apropiadas, hasta que el amable viejo, que no estaba en absoluto furioso por mi vacilación, me invitó con un gesto de la mano a entrar. Entonces penetré en el pasillo. Reuniendo todas mis fuerzas, conseguí mirarle a los ojos y observar muy cortésmente:
—¿Habla usted metafóricamente? ¡Usted no quiere decir con ello que fabrica hombres!
—Sí, hacemos hombres.
—¿Usted fabrica hombres? ¿Qué significa esto? —exclamé entonces extremadamente excitado.
Pero en secreto me vino la idea de que había algo anormal en el hombre o en la casa. El viejo no parecía darse cuenta o fijarse en mi asombro, sino que dijo, señalando una puerta de cristal a donde habíamos llegado entretanto siguiendo nuestro camino:
—Por favor, ¿quiere entrar usted ahí?
—¡Hombres! —exclamé—. No se puede tomar al pie de la letra, es una metáfora, una figura retórica, es imposible que usted quiera hacer hombres como se hace pan.
—Efectivamente —exclamó el viejecito casi con alegría y sin la menor muestra de irritación, con un tono parecido al de un vigilante de "museo cuando dice: «Sí, el cuadro famoso por el que pregunta lo tenemos aquí»—; de hecho, acepto su comparación: hacemos hombres como se hace pan.
Habíamos llegado a un corredor con anchas baldosas; en los miradores que daban al patio, había dispuestas grandes escupideras de madera, llenas de serrín blando, como copos de nieve. Se podía deducir que de día pasaba mucha gente por aquí: en todo estaba impreso el carácter de la sabiduría y la explotación racional; las paredes estaban recién blanqueadas con una pintura sencilla, pero hecha con esmero.
Miré otra vez al hombre: parecía tan racional, diligente y benévolo; su edad y su mesura parecían excluir toda tendencia a lo fantástico o a las bromas estúpidas. Me rasqué la oreja para ver si había un filtro que deformase las palabras y su significado. «Hombres», me dije a mí mismo.
—¿Usted hace hombres? —dije luego en voz alta—; pero, ¿para qué? ¿Con qué fin? De acuerdo, usted los hace, pero ¿para qué hacer hombres si nacen diariamente cientos de hombres sin ningún coste? ¿De qué tipo son sus hombres? ¿Cómo ha llegado usted a una idea tan monstruosa? ¿Quién es usted? ¿Es usted hombre extravagante que se ha quedado en la Edad Media y cavila sobre los teoremas mágicos de un Doctor Fausto que la Edad Moderna ha olvidado hace tiempo? ¿Adónde he venido a parar? ¿He andado demasiado hacia el Este y he llegado a un laboratorio mágico oriental? ¿O estoy en un manicomio occidental? ¡Hable! ¡Repita su respuesta! ¿Qué clase de casa es ésta?
Mi acompañante no parecía desconcertado lo más mínimo por el aluvión de mis preguntas agitadas; miraba con tranquilidad hacia el suelo, como si inspeccionara la exactitud del trabajo del solador; una actitud indiferente que me ponía más nervioso y receloso. Luego me dijo con cierto comedimiento:
—Usted hace muchas preguntas seguidas. Voy a intentar responder a ellas empezando por la última, pero desde ahora le advierto que viendo y observando usted podrá durante la visita comprender y conocer mucho más de lo que yo pueda explicarle y usted preguntar. Le repito: ¡esta casa es una fábrica!
—¿Y usted fabrica...? —añadí casi jadeando.
—Hombres.
Hombres, hombres, dice el viejo con tranquilidad imperturbable. Me sumí en una profunda melancolía, y mi compañero era lo bastante complaciente como para no molestarme. Las miles de preguntas que encadena una expresión como «fábrica de hombres» cuando se le echa a uno encima en medio del camino, cruzaban atropelladamente por mi cabeza, porque la lengua no podía dominarlas con suficiente rapidez. Hombres, me decía a mí mismo, ¡vale! La idea no es mala, pero ¿para qué fabricarlos, y con qué medios? Mi acompañante me cogió suavemente por el brazo para entrar en la primera sala.
—Espere, otra pregunta —exclamé antes de seguir—, ¿piensan sus hombres?
—No —exclamó sin vacilar, con un tono de absoluta seguridad y no sin una expresión de agitado júbilo, como si hubiera esperado la pregunta o estuviera contento de responder negativamente—. ¡No! —exclamó—, afortunadamente eso lo hemos conseguido abolir.
—Con eso su innovación gana extraordinariamente en interés para mí —observé, y enseguida continué—: Conocía a un hombre que debía pensar, estaba obligado a pensar contre coeur, sin sentirse inclinado hacia ello, y ejercer una profesión que lo exigía, es decir, obligado a pensar cosas que no quería él sino su cabeza, o sea, no por necesidad externa sino por un impulso interior con el que tenía que identificarse igual que con sus pensamientos; debía aceptar sus pensamientos contre coeur, le aseguro: una complicación...
—Ya sé —interrumpió el hombrecito que se había animado de repente—, ya sé, lo conozco, estamos completamente orientados en torno a las exigencias del siglo, sabemos de lo que carece nuestra raza, tenemos lo último...
Este último giro de comerciante me devolvió a la sensatez, me puso de mal humor y me produjo desconfianza. Entramos en una de las grandes salas de la planta baja, de donde emanaban vapores calientes. Todo estaba bien iluminado. En los rincones había varios hornos de forma capsular con ventanillas, manchados de barro. Antes de que hubiéramos llegado al centro de la sala, salió de la habitación de al lado un obrero con un traje polvoriento y una linterna en la mano, y sin asombrarse lo más mínimo por mi presencia, dijo:
—Señor director, acabamos de sacar el chino.
—¡Ah! —respondió mi acompañante con ternura casi paternal—. ¿Han salido bien los ojos achinados?
—Un poco vidriosos —opinó el obrero.
—¿Vidriosos? —respondió el viejecito sorprendido, pero sin aspereza—. Lo siento. De momento deje que se recupere, luego veremos lo que se puede hacer con los ojos.
El obrero se alejó moviendo afirmativamente la cabeza.
—Parece que usted trabaja toda la noche —dije con un tono de horror por lo que acababa de oír.
—¡El procedimiento no permite interrupciones! —replicó el hombrecito.
—Y parece que usted no se conforma con imitar a la gente de su propia nación o de los pueblos occidentales. ¡Usted pone la mano hasta en Oriente!
—Últimamente tienen mucho éxito.
—Éxito, dice usted, ¿qué insinúa? ¡Éxito! No querrá decir con ello que su infame producto es bien aceptado entre los hombres antiguos.
Y después de una pausa, interrumpí con renovada vehemencia:
—¡Por el amor de Dios! Dígame qué quiere decir todo esto. ¿No teme usted al omnipotente creador del universo? ¿Quiere hacer la competencia a Dios? ¿No se presentará este producto insolente como una parodia? ¿Con qué caras deben encontrarse en la calle los descendientes de dos razas de índole tan diferente? ¿No debe ser el contraste más grande y, sobre todo, más horroroso que entre un blanco y un polinesio, ambos criaturas de Dios? ¡Con qué desconfianza debe acercarse un hombre de la vieja tierra a semejante ser nuevo y creado artificialmente, olerle y palparle para descubrir sus fuerzas secretas! Y si la nueva raza está hecha según un plan determinado y concienzudamente pensado, tal vez posea mayores capacidades que nosotros y se revele superior a los viejos habitantes de la tierra en la lucha por la vida. ¡Tiene que producirse un horrible enfrentamiento! Si la nueva raza no piensa, como usted mencionó antes, si sólo actúa según su constitución específica que le ha sido inculcada como a una máquina, ¡cómo se le puede responsabilizar de sus errores! Deja de existir la moral como fundamento de nuestros pensamientos y acciones. ¡Deben promulgarse nuevas leyes! ¡Será inevitable el exterminio mutuo de ambas clases! ¿Qué ha hecho usted? ¿Qué ha emprendido usted? ¿Cuál es su fin? ¡La subversión del actual orden social!
Después de esta nueva avalancha de preguntas me miró con ternura, tranquilizándome, y observó al cabo de un rato:
—La nueva raza, puede estar seguro de ello, no se expandirá por el mundo y no competirá con sus hermanos y hermanas de ascendencia más noble. Se quedará sentada en los salones de ustedes, con modestia y sin exigencias. Y ustedes, los viejos hombres, al mirar divertidos a estos seres brillantes recién hechos, se sentirán entusiasmados y elevados. Por eso, lo único que le puedo aconsejar es que adquiera un número no pequeño de estas criaturas tan delicadas.
—¡Adquirir! —repliqué—. ¿Cómo se puede hacer eso?
—Los vendemos. ¿Para qué serviría la fábrica si no? ¿Cómo se mantendría en pie, puesto que la raza que fabricamos no trabaja, no gana nada, y su producción sale sin embargo relativamente cara?
Me tranquilicé bastante con esta explicación, y casi me avergoncé por las preguntas explosivas que acababa de hacer. Nos dirigimos hacia uno de los hornos más grandes del rincón.
—¡Naturalmente —dijo mi acompañante—, el proceso es un secreto! Cogemos barro, como el creador de la primera pareja humana en el paraíso, lo mezclamos, lo manipulamos, lo exponemos a distintas temperaturas... todo esto se lo puedo mostrar, pero el verdadero punto crucial, la vivicación y especialmente el despertar de nuestros hombres es un secreto de la fábrica.
—No quiero conocer su técnica infernal —repliqué—, y me gustaría que usted tampoco la conociera —añadí—. Dar luz cada año a miles de criaturas que no son nada más que vagos...
—Por favor, fíjese en estas formas —me interrumpió el pequeño director, sin considerar mi última observación.
Miré a través de la ventanilla. En un cuarto de baño que, al parecer, estaba caliente, húmedo y herméticamente cerrado yacía una chica maravillosa que parecía dormir, medio vestida y apoyada sobre un césped artificial, pero completamente blanco, como si estuviera recién hecho de barro húmedo y, por lo visto, inacabado; formas, postura, telas, piececitos, zapatos, medias y volante de encaje, todo encantadoramente armónico y de una perfección artística.
—Si tiene algo más que criticar —dijo el director desde otra ventanilla delante de la cual se había colocado—, aún está a tiempo. Todo está blando y se puede modelar todavía; una vez terminados los ojos, aparece en sus mejillas el rubor, que proviene del latido del corazón; cuando se despierta es demasiado tarde. Entonces llegará a ser lo que es: una chica alegre, caprichosa, coqueta, cabezona, gorda, delgada, negra, morena, con todos los defectos de fabricación.
Me llamó la atención que sus vestidos estuvieran firmemente unidos al cuerpo.
Comuniqué mi objeción al director, observándole que sería difícil para la pobre niña encontrar vestidos apropiados, a causa de la rigidez de sus formas.
—No hacen falta vestidos —respondió.
—¡Cómo! Usted debería permitir que se cambie de ropa interior.
—Producimos la ropa interior y los vestidos en el mismo acto creador de una vez y para siempre.
—¡Es la cosa más descabellada que he oído en mi vida! ¿Entonces crea usted hombres vestidos?
—Exacto.
—¿Y los hombres creados de este modo se quedan vestidos para toda la vida?
—¡Naturalmente! ¡Así es más fácil! ¡Los vestidos forman parte de la constitución general!
—Piense usted en la transpiración, por no referirnos a las demás cuestiones.
—La hemos reducido a un mínimo. Por lo demás, no puedo dar más detalles sobre este punto, ya que toca el aspecto central, por decirlo de alguna manera, el principio vital de nuestros hombres.
Nos alejamos con pasos lentos del horno; yo pensativo y casi perturbado, como siempre.
—Pensándolo bien —observé finalmente—, los principios de su producción de hombres no son malos del todo. Usted confiere a cada uno de sus hombres en el acto creador un determinado número de cualidades corporales y mentales, y se los deja inmutables.
—¡Naturalmente! —me interrumpió el viejecito casi apasionadamente y como satisfecho de que yo hubiera comprendido por fin su idea central—. ¡Naturalmente! Teniendo en cuenta la situación de inseguridad de nuestra época, la informalidad de la mayoría de los hombres, la manía de dudar, la dificultad de la elección de la profesión, la indecisión y vacilación en todos los campos, tuvo que hacerse sentir finalmente la necesidad de tener hombres de quienes se sabe lo que son, qué constitución poseen, hacia qué temperamento se inclinan, y ambos, constitución y temperamento, permanecen invariables. Conferimos a nuestros hombres, en el nacimiento, una serie de cualidades mentales y físicas, concebidas de acuerdo a los mejores modelos, y esta serie perdura bajo toda circunstancia. Le aseguro, aquí entre nosotros, que me gustan más nuestros hombres producidos artificialmente que la vieja y archiconocida raza humana.
—Pero el libre albedrío... —repliqué.
—Mi raza tampoco siente esa pérdida.
—Los filósofos, los filósofos... —observé desaprobando con la cabeza—; si usted abole el pensamiento, los filósofos no podrán ser partidarios del trabajo de su fábrica.
—¿No ha dicho usted mismo, distinguido amigo, hace un cuarto de hora, que el pensamiento es una de las operaciones más pesadas de la vieja raza?
—¡Sí, sí, a menudo es amargo, pero, a pesar de todo, bello!
—Usted es un soñador, un idealista sin sólidos principios comerciales —observó el viejo secamente, y avanzó unos pasos por delante de mí, insinuándome con ello que deseaba dejar el tema.
Atravesamos algunas salas, que olían mucho a alcanfor, a hierbas y esencias, y donde algunos instrumentos esparcidos, de aspecto muy extraño, indicaban que aquí se trabajaba continua y diligentemente. Me sorprendió particularmente una caja de cristal cuidadosamente cerrada, en la que se podían ver miembros y órganos prefabricados: corazones, orejas, dedos, como formados de la sustancia elemental, semejante a la argamasa. Pero, junto a ellos, se encontraban, curiosamente, atributos, símbolos, como flechas, coronas, armas, rayos y cosas por el estilo.
Pero entonces surgió un cuadro totalmente diferente: en el quinto o sexto departamento, pasada la sala de los hornos, nos saludó un grupo de niños preciosos y alegres. Serían ocho o diez, todos con ojos radiantes de alegría desbordante y frescas mejillas rojas. Estuve a punto de pensar que eran los hijos del director, pero reparé en que sus caras eran algo rígidas; también me llamó la atención que algunos se mantuvieran en pie por sí mismos o estuvieran sentados en pequeñas sillas finas, mientras que otros reposaban sobre un pedestal y se podían ver salpicaduras de argamasa alrededor.
—Le presento ahora a mis niños —se dirigió a mi acompañante.
—¿Qué? —exclamé horrorizado— ¿Es que son sus propios hijos?
—Pues sí —respondió, con cierta sequedad.
—Sus propios hijos... quiero decir que usted mismo los ha engendrado —añadí vivamente.
—No según el viejo método; es mi producto; pero eso da lo mismo. ¡Éstos son incluso más hermosos!
—Por el amor de Dios —repliqué—. ¿Cómo se le ha ocurrido hacer también niños artificiales?
—La gran miseria de nuestros matrimonios actuales me dio la idea.
—¡Qué! ¿No querrá poner en tela de juicio nuestro actual género humano y su modo de reproducción?
—Sólo queríamos introducir algunas mejoras.
—¡Introducir algunas mejoras en el género humano! ¿Entonces no siente usted el horror y la monstruosidad de la frase que pronuncia sin pestañear?
(El otro se encoge de hombros.)
—¿Se encoge usted de hombros? ¿Acaso quiere romper el vínculo entre padres e hijos?
—¡Estos se venden muy bien! —respondió el viejo, imperturbable, señalando hacia su producto.
—¡A dónde quiere llevar al género humano! —continué con pasión—. ¿Qué diría Hegel al respecto? ¿No sabe usted que Hegel ha concebido toda la humanidad, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, como la expresión sucesiva de la «Idea Absoluta» y, con sabia precisión, continuó sus cálculos hasta finales del diecinueve, prescribiendo así a los hombres un camino seguro de perfección moral y espiritual? ¿Qué diría de su criminal intento de suplantar al género humano por otro artificial, privado del libre albedrío?
—En ningún caso podemos tener en cuenta a nuestros .competidores.
¡Hegel no era de la competencia! ¡No era ningún fabricante! Se conformaba con describir el mundo, la naturaleza y los hombres en sus manifestaciones más significativas, y exponerlo en un sistema ideado, en el cual todo parece haberse formado de una manera necesaria.
Continué hablando durante mucho tiempo en este estilo pomposo, pero enseguida noté que mi acompañante hurgaba, totalmente indiferente a mi exposición, en el delantal de un niño que había salido un poco descolorido.
—Usted ve aquí, mi distinguido amigo —empezó después de algún tiempo, como si lo anterior no hubiera sido dicho—, otro proceso de fabricación de nuestros productos. Aunque, evidentemente, todavía no se puede hablar de una vida, ya aparece todo sin embargo más vivo, más radiante, casi palpitante. En cuanto a la forma, aquí todo es ya perfecto y definitivo. Las cualidades que estas preciosas criaturitas llevan consigo no pueden ser añadidas en el caso de que el jefe del taller se hubiera olvidado de algo; pero las que están permanecen invariables, se quedan también en ese estadio; esta encantadora manera de ser de los niños se les queda toda la vida. He aprendido bastantes cosas de Fröbel en este campo. Fíjese en esta pupila azul. Nuestros ojos de niño tienen mucho prestigio.
Me callé ante estas explicaciones blasfemas y abandonamos la sala, que ya no daba a más habitaciones en esa dirección. Siguiendo el corredor, llegamos primero a varias salas subterráneas con puertas dobles de hierro, muy bien cerradas, de donde subía un tremendo bramido y una especie de burbujeo. A menudo se cruzaban obreros en nuestro camino, que marchaban de dos en dos, muy deprisa, con la frente enrojecida, y una carga bastante pesada en una sábana plegada de la que salían lloriqueos.
—Aquí le ruego —observó el viejo, mirándome de hito en hito— que no se demore y no vuelva la vista atrás. Ésta es la parte de la fábrica donde se trabaja sin interrupción, y donde una puerta, dejada abierta por imprudencia, podría hacerle perder la razón fácilmente. ¡Prefiero que echemos una mirada al almacén de mis hombres acabados!
Durante un largo rato caminamos juntos en silencio. El almacén se encontraba en uno de los edificios anejos de la parte posterior. Todos los departamentos de la fábrica estaban comunicados entre sí por pasillos cubiertos, evidentemente para ponerlos a salvo, en la medida de lo posible, de influencias atmosféricas. En todas partes se respiraba un aire vegetal caliente saturado de humedad.
No conseguía quitarme a los niños de la cabeza. En fin, uno podría resignarse a que siempre fueran niños. Era una idea descabellada de este mejorador de hombres: igual que dar aguardiente a los perritos y a los jokeys para que se queden pequeños. Pero la falta de cualquier disposición moral, su risa y gracia infantil mecánicas, la carencia de cualquier tendencia educable, en una palabra, la no existencia de un fundamento moral que les permita preguntar «¿por qué?, ¿por qué razón?», y distinguir el mal y el bien era para mí, un protestante, algo insoportable. Pensando que no era posible ofender el alma mezquina del director, le solté sin rodeos:
—¿Entonces puede usted, señor director —comencé—, permitir de buena fe que estos niños, que vimos en la última sala, se degeneren totalmente?
—¡Ellos no degeneran —dijo muy tranquilo— mientras no caigan en las manos de una torpe criada!
—No me refería a esto —repliqué irritado—, quiero decir, si no se le ha ocurrido introducir una pizca de moral en los corazones de estas pobres criaturitas. Y ya que usted construye todo rígida y mecánicamente: ¿dónde les ha colocado el fundamento moral a los pequeños? ¿En la cabeza? ¿En el pecho?
—¡Ay, distinguido señor, esto es difícil; ese fundamento no se notaría! Aparte de que nos conformamos con lograr la fabricación de una raza cuyo aspecto exterior aparente hombres agradables 3 nobles.
—¡Hombres agradables y nobles! —repetí— ¡Como si esta fuera la meta que nos hemos propuesto! Hombres honrados y sinceros, ¿no sería esto mucho mejor? Pues mire usted, señor director, si hubiera actuado en esta dirección —hablaba muy agitado y gesticulaba continuamente con la mano derecha—, si hubiera creado hombres con impulsos más bien morales; una... ¿cómo expresarlo?, raza moral, que en base a un instinto implantado, artificial pero con solidado con los años, sólo supiera actuar moral mente; sí, en ese caso le respetaría; una raza que su pieza exhibir su pureza y su moral en todas partes cuyos hermanos y hermanas de carne débil los tu vieran siempre como ejemplo luminoso ante sus: ojos...
—¡Eso no se vendería lo más mínimo!
—No importa; el gobierno debería comprarlos cargo del Estado, como se compran y se exponen públicamente cuadros excelentes para que sean imita dos. ¡Imagínese usted qué progreso para la formación ética de nuestro género humano, cuya mora actualmente ya deja de desear!
—¡Es usted un idealista! —observó el viejo secamente—. No consigo seguir su razonamiento. Veo el mundo tal como es; nos hemos conformado con imitar a los hombres tal como andan por el mundo actual. Le puedo asegurar que la tarea no ha sido fácil, nos hemos esmerado mucho y hemos invertido mucho dinero.
Este enfoque mercantil me hizo callar de nuevo. Me di cuenta del enorme abismo que nos separaba. Lo que quería este especulador con sus hombres era sobre todo sacar dinero. Todo lo demás era secundario. Y de nuevo caminamos en silencio durante un rato.
—Sólo hay una cosa que no entiendo —volví a tomar la palabra al cabo de un tiempo—; si quiere hacer hombres, debe tener conocimientos muy exactos de anatomía y psicología. Prometeo hizo hombres a partir de una especie de lodo elemental, pero fue Palas Atenea quien les insufló después el aliento vital. ¿Qué puede hacerle prescindir de la ayuda divina?
—Gracias a la química y a la física podemos pasar hoy en día de muchas cosas.
—De acuerdo, hemos llegado a un nivel sorprendente en el conocimiento de las leyes de la naturaleza, pero ¿cómo aplicarlas al cuerpo humano, regido por leyes muy distintas de las de la naturaleza caótica? Considere, por ejemplo, la profusión de sentimientos complicados que se agitan en un pecho humano, ¿cómo...?
—¡Los imitamos todos! —interrumpió rápidamente el hombrecito, que se había animado de nuevo.
—Pero ¿cómo? —repliqué—. ¿Cómo consigue usted por ejemplo las sensaciones estéticas, según las describen Herbart o Lotze?
—¿Son hamburgueses? ¿O una empresa berlinesa?
—Ni son hamburgueses ni berlineses —dije furioso—: son filósofos alemanes, que han constatado para siempre las leyes fundamentales de la psicología, ¡fuera de las cuales cualquier sentimiento humano es inconcebible!
—Distinguido amigo, usted imagina la fabricación de hombres como algo demasiado difícil —respondió el viejo un poco avergonzado. .
—¡Demasiado difícil! —exclamé fuera de quicio por estas palabras triviales, y me detuve en medio del pasillo para obligar de este modo a mi acompañante a enfrentarse conmigo—.
¡Claro...! ¡Si usted quita al hombre sus bienes más preciosos: el pensamiento y las sensaciones!
—¿Acaso llevaban cabezas de yeso los niños que ha visto? —preguntó el viejo en un tono igualmente irritado.
—No, debo reconocer que me quedé impresionado por su autenticidad y vitalidad, pero...
—¿Cómo que «pero»? ¡No debe olvidar que una producción innovadora exige también la transformación de las condiciones de producción! Lo que sus señores Lebert y Kotze, o como se llamen, que tomaba al principio por una empresa de la competencia, han escrito en sus libros es posible que valga para el viejo género humano, ¡pero no para la raza de mi fábrica!
Esta objeción era, exceptuando la difamación de mis filósofos preferidos, aceptable. Me puse a reflexionar. Continuamos nuestro camino despacio y pensativos. A nuestra derecha rugían y ronroneaban todo tipo de máquinas y fuelles.
—Pero —comencé a hablar poco después—, y no es mi intención penetrar en el secreto de su fábrica, usted debe tener un determinado método, para que sus hombres puedan expresar los movimientos del alma.
—Los fijamos.
—¿Fija?
—Sí, fijar.
—¿Qué quiere decir con fijar?
—Nos hemos esmerado para que una determinada sensación, dominante en mi hombre, se manifieste siempre en la misma dirección, tonalidad y matiz, para evitar la incómoda vacilación, la oscilación de deseos y aspiraciones, la indecisión...
—Pero usted, extraño fabricante... en eso reside el encanto de la vida humana, en que el impulso de nuestra voluntad sea el resultado de los más diversos motivos e inclinaciones; hoy así, mañana de la otra forma, y la observación del yo en esta lucha es justo lo que llamamos la vida.
—¡Pero eso causa cantidad de contrariedades! A la disminución de entusiasmo sigue el asco, al cese de placer la indiferencia, luego el asco...
—Bien, pero justo este cambio...
—Este cambio es la causa de nuestro actual desamparo; debemos llegar a la estabilidad.
—¡Pero así engendra usted una estirpe esclavizada, indigna de llamarse humana!
—¡Pero tiene mucho éxito! —dijo el viejo con sequedad, y se metió una toma de rape.
—¿Éxito? ¿Con quién?
—¡Con nuestros clientes!
¿Pero tiene usted compradores oficiales para su engendro?
—¿«Engendro»? ¡Señor, le ruego un poco de formalidad!
—Bueno, entonces para su especie.
—Exacto, si no ¿quién financiaría los costes de fabricación? Recientemente hemos enviado a la condesa Tschitschikoff una caja con...
—¿Caja? ¿Es que usted empaqueta a sus hombres como mercancías?
—¡Ah! Nuestra raza es inofensiva y acomodaticia. Sólo exigen cierto espacio. Este tiene que ser del mismo tamaño siempre para que puedan ejecutar su determinado gesto respectivo; todo lo demás les resulta indiferente. Claro, debe ponerse «frágil» en el tren; también hacemos los envíos sólo «bajo previo pago y a riesgo» del cliente.
—¡Oh! —respondí indignado—. ¿Por qué no deja libres a las criaturas de Dios?
—Por favor, señor mío —me interrumpió mi acompañante algo desdeñoso—, ¡son mis criaturas!
Empecé a marearme. Este contraste entre dos razas humanas, este proceder diabólico y egoísta de un especulador taimado: la lucha previsible cuando suelte a sus hombres-máquinas como perros contra el viejo y noble género hecho a la imagen de Dios —pero tal vez no tan hábil—; y este hombre, que asistía a todo esto tomando rape. Esta constelación que esbozaba interiormente me hacía perder la razón; me oprimí la frente con las manos y empecé a tambalearme.
—¿Adónde he venido a parar? —exclamé en un acceso casi de desesperación—. ¡Lejos de esta horrible casa, de este antro de asesinos, de esta aniquilación de todo lo bello y noble!
—Y eché a correr a ciegas sin saber hacia dónde.
—¡Alto, querido amigo! —gritó el pequeño director, jadeando detrás de mí—. ¡Tenga cuidado! ¡Ahí está mi chino!
—Me volví. En la pared se encontraba una criatura temblorosa y brillante, vestida de una forma exageradamente pomposa, con ojitos achinados que hacían guiños, y no dejaba de sacar y meter la lengua roja y puntiaguda.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? pregunté, algo más repuesto.
—Acaba de salir.
—¿De China?
—¡Del horno!
—¿No es auténtico?
—Sí, cómo no; es decir, es mi producto. Nos ha salido precioso.
Me había tranquilizado un poco. Se me había pasado ya el acceso, pero decidí no dejarme enredar en más discusiones.
—Nos encontramos en la entrada de la exposición de nuestros hombres terminados —dijo el viejecito, y abrió la puerta con batientes que daba a una gran sala. Entramos. Aquí había reunida una espléndida compañía. Caballeros y damas procedentes de todos los estamentos y capas sociales. Algunos sentados, otros en pie o descansando en cojines confortables; las caras un poco esmaltadas. Algunos levantaban la mirada somnolientos; todos estaban encerrados en enormes cajas de cristal; muchos estaban sentados y parecían conversar, otros se reían, algunos bromeaban y saltaban; pero el gesto parecía como paralizado en un determinado momento, y el movimiento como congelado; una tristeza, una indecible tristeza se leía en todas las caras, a pesar de la vívida mímica; una estirpe cansada de vivir, que no tenía derecho a moverse como quería, sino a esperar la llave que le pusiera en marcha. Todos los movimientos, la cortesía, emociones, constelaciones espontáneas en los encuentros, posiciones, etc., habían sido imitados a la perfección. Estaban representados todos los trajes, todas las modas, todo tipo de adornos, todos los símbolos.
—La mayoría de ellos está en un estado próximo al sueño —observó mi guía—. Cuando recibimos un encargo, damos antes los últimos retoques y realizamos un control de calidad.
No respondí, decidido a no dejarme enredar más. En silencio, pasé a través de estas filas frías y paralizadas. Incluso yo estaba casi entristecido por la existencia melancólica que llevaba un género humano forzado a vivir una vida aparente, hasta que me detuve en el fondo de una sala ante una hermosa joven. Al principio la tomé por una criada que quitaba el polvo en esta sala reluciente. En la mano llevaba una pequeña cesta con un pañuelo azul, un llavero, labores de ganchillo, que sobresalían en su interior. Su comportamiento, su forma de vestir, revelaban decencia y delicadeza; un traje corto estampado con flores y un pliegue ligeramente desprendido, como por casualidad, que dejaba ver el borde blanco de la combinación; medias de un blanco deslumbrante y negros zapatos de hebillas; un pequeño delantal de encaje, una pequeña cofia con cintas rosas. Dos espléndidos ojos azules, que hasta entonces habían mirado a lo lejos, se clavaron súbitamente en mí, cuando me detuve ante ella.
—A ti, maravillosa niña —susurré para mí en voz baja—, podría amarte; por ti sacrificaría todo. Junto a ti podría olvidar la conducta del auténtico género humano y de su imitación, que me son igualmente odiosos. Y tú. —continué—, ¿serías capaz de responder a mi amor...?
En ese momento bajó los párpados de grandes pestañas y ambas mejillas se enrojecieron visible y ardientemente. Me asusté y retrocedí; detrás de mí estaba el director, que se había acercado sigilosamente con cara burlona.
—¡Usted, repugnante fabricante! —grité—. ¡Ha robado hasta el rubor, la más delicada y pura de las sensaciones humanas para parodiar la raza humana de Dios!
Y eché a correr lleno de asco. Sentí que mi acceso de antes iba a repetirse.
—¡Es sólo cochinilla! —exclamó el frío hombrecito, jadeando detrás de mí. ¡Es sólo cochinilla!
En la salida estuve a punto de tirar a un segundo chino, semejante al que estaba en la entrada. Recorrí a toda prisa los corredores sin detenerme, pasando junto a todas las salas rugientes y humeantes. El director me seguía con mucha dificultad; todo permanecía iluminado, pero se veía que empezaba a romper el día. Enseguida me vi obligado a ir más despacio.
Entonces, ¿no quiere comprar nada? —oí a lo lejos la voz del viejo—. ¿No se quiere llevar algunos de mis hombres?
—¡No! —respondí furioso—. ¡Quiero salir de esta casa! ¡No quiero tener nada que ver con su criminal producto!
Nos encontramos en la salida de la casa, bajo el gran arco del portón.
—Un marco —cotorreaba para sí el pequeño directorzuelo, como un autómata en marcha
—. Un marco, un marco cuesta la visita a la fábrica. Saqué el monedero y pagué.
—Otra pregunta antes de separarnos —dije—: ¿pertenece usted, señor director, al género humano engendrado de forma natural o a esa raza artificial, blanca como la tiza, rígida y pintada?
—Es cierto —empezó a decir, y parecía prepararse para un largo excurso—; me he sentido bastante identificado con la raza de mi fábrica; sin embargo, a su pregunta...
—¡No! —grité—. ¡No quiero oír nada más! —Y me precipité a través del portón.
Un viento matinal, frío y cortante, me golpeó la cara. Estaba agotado por haber pasado la noche en vela, y mucho más por lo que había vivido. El sol no había salido todavía, pero parecía que iba a ser un magnífico día. Me apresuré a alejarme de este lúgubre paraje. Además estaba hambriento. No tenía ni idea de a qué distancia se encontraba el pueblo más cercano. Después de dejar el camino de gravilla y llegar de nuevo a la carretera, volví una vez más la vista atrás para contemplar la extraña casa. Casi me caí de espaldas del susto: en las ventanas de la parte baja y de todo el primer piso estaban asomados, apretujándose, cientos de aquellos hombres blancos y preciosos, con sus ojos vidriosos y extáticos, que me miraban y parecían burlarse de mí. Volví la vista y me alejé corriendo de esa maldita casa.
Pero, como suele ocurrir, las impresiones vivas y aterradoras se condensan en nosotros hasta cobrar vida, convirtiéndose en palabras, acciones y sonidos. Y así tuve la impresión de oír, como si me persiguiera, mientras seguía caminando a buena marcha, la siguiente conversación de la compañía vidriosa del primer piso:
—Mirad, ahí va. Mirad, es uno de esa extraña raza que tiene sangre en el cuerpo y piensa. Mirad cómo anda, cómo se mueve, cómo puede adoptar diversas posturas. Mirad cómo se transforma su cara. Ahora ríe, ahora se vuelve a poner serio. Estas extrañas criaturas son como de goma, pueden ponerse en cualquier posición y sentir también cada sentimiento en su corazón; luego su cara se transforma, se estremece y chasca la lengua, enrojece como la púrpura y palidece como la cal. Mirad cómo anda; los tubos —piernas de lana—, que sólo son envolturas para ocultar los fatales movimientos, se bambolean de un lado para otro. ¡Una raza magnífica! Hay que ver cómo a menudo van caminando por la calle, guiñan el ojo y luego se paran de repente y miran a través de una gran luna transparente y leen títulos de libros; cómo más tarde se quedan rígidos de pronto, se les salen los ojos de las órbitas y todo su exterior traiciona que un horrible cambio se está produciendo en su interior; entonces tienen que pensar lo que su cabeza ordena y sentir lo que prescribe una roja bola de goma, situada en el pecho, y se mueven al arbitrio de ambos. Hay que ver cómo saltan, chascan la lengua y retuercen el cuello; se tiran a un lado y a otro, sacan el pecho, jadean y vuelven a hacer una reverencia... ¡es demasiado grotesco!
Corrí todo lo rápido que pude; me resultaba inquietante. A pesar del frío viento matinal, me caían gotas de sudor, como perlas, de la frente. El sol debía haber salido ya. A lo lejos apareció un castillo reluciente, bañado por los rayos del sol, y enseguida, en una curva del camino, vi ante mí una pequeña ciudad hospitalaria, con iglesias y jardines. Tenía la impresión de volver de una excursión horrorosa por el reino de las sombras al mundo, que habría abrazado con entusiasmo a pesar de todas sus miserias. Apenas había avanzado cien pasos, cuando vi a un campesino atareado con un rastrillo a la espalda, que venía a mi encuentro. Enseguida me di cuenta de que se trataba de un hombre como yo, creado por fecundación natural. No pertenecía a ninguna raza artificial, ya que cogía de vez en cuando la pipa que llevaba en la boca, se ajustaba el sombrero, miraba hacia el cielo, y comprobaba de dónde soplaba el viento; en resumen, realizaba movimientos naturales.
—Querido amigo —dije cuando estuvimos cerca—, ¿puede decirme qué clase de casa es esa de ahí detrás, a apenas cien pasos de la carretera?
—¡Ay, señor! —exclamó el hombre, en quien reconocí enseguida a un representante de la tribu más amable de Alemania, a un sajón—. Querido señor mío, eso se lo puedo decir muy bien, es la célebre real fábrica sajona de porcelana de Meissen.

domingo, septiembre 23, 2012

¿Cuáles son los insultos más usados en otros idiomas?

Diferentes palabras para significados similares. Los «tacos» son un recurso muy utilizado ya que, aunque malsonantes, definen bastante bien la indignación o el estado de ánimo de aquel que hace uso de ellos. Teniendo en cuenta que cada vez son más los jóvenes que tienen que salir del país en busca de mejores oportunidades nos preguntamos… ¿Cuáles son los insultos más usados en otros idiomas?

Argentina

Por aproximación al español, se tiende a pensar que en Argentina se deberían utilizar los mismos «tacos» que en España, pero nada más lejos. De hecho, no es raro que se puedan dar malentendidos lingüísticos entre ambos dialectos. Por ejemplo, si como español se te ocurre pedir a un argentino que «coja el teléfono», lo más lógico es que te mire con cara de sorpresa, ya que, en sus oídos, lo que le habrás pedido es que realice algún que otro acto obsceno con el susodicho aparato.
De hecho, los argentinos cuentan además con una larga lista de insultos bastante originales. Y es que, por ejemplo, el adjetivo «puto» no significa exactamente lo mismo que en español, sino que es utilizado para acusar a alguien de no ser todo lo heterosexual que crees que debería ser. Por otro lado, dos de las palabrotas más utilizadas en el país, «pelotudo» y «boludo», se consideran como una forma de llamar a alguien imbécil o estúpido. Además, los lugareños conocen a los españoles como «gallegos», palabra que, en muchísimos casos, suele ser utilizada despectivamente.

Francia

Nuestros vecinos franceses, a pesar de lo delicado que suena su idioma, tampoco se quedan atrás a la hora de hacer uso de los «tacos». Así, suelen mostrar desprecio hacia su interlocutor con la palabra «connard» (idiota, imbécil). Pero en este país, que presume de elegancia, también suelen escucharse muchos términos como «fils de pute», con el que harán pitar los oídos a más de una madre ajena. A su vez, entre sus expresiones más usadas también figura «va te faire baise», el equivalente al «anda y que te den» de España.

Alemania

Más al norte, el alemán, con la brusca sonoridad que le caracteriza, deja muchas perlas en cuanto a palabrotas. Con respecto a los «tacos», de hecho, su idioma es casi tan prolífico como el español. Sólo como un ejemplo, existen cuatro formas de llamar a una mujer fulana: «nutte», «prostituierte», «dirne» o «schlampe». Por otro lado, también es bastante usual calificar a alguien como hijo de la susodicha «nutte» mediante la expresión «tochter einer prostitutiere».
Las locuciones despectivas también están a la orden del día. De hecho, es bastante cotidiano que los jóvenes usen entre ellos expresiones como «fick dich ins Knie», similar al «que te den» en nuestro idioma. También es muy utilizado el adjetivo «dummkopf» para insultar a alguien definiéndole como «cabeza hueca». Finalmente, es muy probable que la palabra más manejadas por los alemanes en el pasado mundial de fútbol, cuando España eliminó a su selección en semifinales, fuera «esel» (burros).

Portugal

A su vez, y ahora que es fácil ver a portugueses en la televisión, quizás también sería bueno conocer que dudan de la heterosexualidad de otra persona cuando la llaman «Paneleiro». Además, no es raro que usen la frase «Vai a puta que te pariu» (la cual sin duda no hace falta traducir) para dejar por los suelos a la madre de su interlocutor, cosa que también pueden realizar con el término «Filho da puta». Sin duda, todo un repertorio de lindezas de nuestros vecinos.

Italia

Por otro lado, los italianos cuentan con una forma muy delicada de insultar, aunque no por ello menos ofensiva. Así, la palabrota más utilizada por cualquiera de sus habitantes es «stronzo», que puede traducirse como bastaro. «Figlio di puttana», insulto que no parece necesario traducir y que no se queda atrás con respecto del anterior, es también uno de los más populares.
«Zoccola» y «bagascia» son dos palabras destacadas y que en español hacen referencia respectivamente a prostituta y fulana. Por último, en este país tampoco es raro escuchar por la calle la expresión «vaffanculo», la cual se relaciona directamente, y como se puede suponer, con el trasero de su interlocutor. Y es que, a lo largo y ancho del planeta los ciudadanos de todos los países han encontrado formas de liberar «su rabia» a través de lo más bajo del lenguaje.
Las singularidades y la riqueza del castellano provoca que en cada país de habla hispana exista una variedad palabras y palabros no equiparable con otros idiomas. En cada lugar encontramos dichos propios que varía su significado dependiendo del acervo de cada región.

México

En México, por ejemplo, tienen una gran capacidad de inventar palabrotas (que no «tacos», que es una comida típica) para «describir» su estado de ánimo. Quién no ha visto las películas de Gonzalez Iñárritu o Alfonso Cuarón y se ha quedado extrañado con algunos de los términos que utilizan esos personajes. Tanto en «Y tu mamá también» como en «Amores perros» se puede ver a uno de los grandes actores mejicanos, Gael García Bernal, «atorando» (acostándose) con las españolas Goya Toledo o con Maribel Verdú. A la hora de elegir acompañantes se ve que no es ningún «babas» (tonto), sino más bien un «baquetón» (sinvergüenza) que le gusta laarrechara (lujuria). Y aunque en más de una ocasión le toman por un «hijo de la gran chingada» (no necesita traducción) no quiere que le tomen por un pollo (término despectivo a los que pasan por Méjico para ir hasta la frontera con EE.UU.).

Cuba

Cuba es otro país donde el lenguaje, como todo allí, tiende a «aplatanarse» (adaptarse) a la situación que vive la isla bajo el gobierno de los hermanos Castro. En el malecón, como en todos los lugares, no les gusta que les «toquen los berocos», porque aunque los cubanos no son unos «bofes» (antipáticos), tampoco son unos «guacarnacos» (tontos) ni pencos (cobardes). Llama la atención que tanto en México como en Cuba utilizan «Federico» para llamar a alguien feo.
Como en todo régimen de este tipo también se dan las vueltas a la palabra para atacar a los «enemigos» de la patria. Así por ejemplo encontramos que «gusano» es un opositor político.

Inglaterra

Asociamos a Inglaterra la educación y la distinción de los clásicos lord ingleses, pero incluso ellos tienen una lista de insultos de lo más extensa. Desde el clásico y archiconocido «Fuck» (joder), que es tan polisémico como en España, y que utilizan para casi todo, desde Fuck yeahhasta Fuck you. A la hora de meterse con alguien de forma ofensiva utilizan el clásico bastard, que puede ser sustituido perfectamente por dumbass o por jerk, más de moda en los últimos años. Todos significan algo así como tonto, con mayor o menor carga ofensiva. Más graves encontramos los habituales en todos los idiomas; son los clásicos «son of a bitch» o «moterfucker». Las sufridas madres siempre han sido utilizadas para «provocar» al contrario.

Japón

Los otakus (fanáticos) por el manga, el anime, el cosplay u otras aficiones procedentes de lacultura japonesa conocen de sobra y suelen emplear muchos de los palabros que de la lengua nipona. El fanatismo a la hora de seguir los productos culturales que llegan desde este país así lo exige. Palabras como baka, dobe o aho, empleadas para llamar a alguien tonto o estúpdo,Busu, para denominar a una chica extremadamente fea, o barazoku, para insultar a un homosexual desde un prisma homofóbico son algunos de ellos.

Contra la historia gótica católica.-Epistolario Américo Castro y Marcel Bataillon.

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Contra la historia gótica católica.-Epistolario Américo Castro y Marcel Bataillon.

Escrito por: loisdmuras el 23 Sep 2012 - URL Permanente
22 SEP 2012 La publicación del Epistolario (1923-1972) de Américo Castro y Marcel Bataillon, con una excelente introducción de Francisco José Martín, nos depara la inapreciable oportunidad de conocer los acuerdos y desacuerdos, sintonías y divergencias existentes entre dos grandes figuras cuyas obras, La realidad histórica de España y Erasmo y España, ejercieron una influencia decisiva en mi formación cultural y literaria a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Sus cartas trazan dos vidas paralelas, en las que la amistad forjada por la estima recíproca no excluye enfrentamientos metodológicos y conceptuales sobre el ser y el vivir de la historia.
Marcel Bataillon, elevado tras sus magistrales estudios a la cima del hispanismo francés, gozó del consenso de lo que su corresponsal denomina, no sin ironía, ritualidad nacional: “Un universitario francés es como un miembro de las antiguas órdenes religiosas. Hacía falta un especial modo de ser para echarlo todo a rodar. Yo me salí del convento hace años. No creo que usted lo haga”.
La publicación de España en su historia en 1948, más allá de la sonada polémica con Sánchez Albornoz, concitó contra Castro la casi unanimidad hostil de sus colegas del ramo, desde los representantes más conspicuos del rebaño nacional-católico y de los defensores de la milenaria identidad hispánica sin moros ni judíos de Menéndez Pidal y sus discípulos, a las de los hispanistas franceses de enfoques tan diversos como los de Braudel, Révah y Pierre Vilar, con la notable excepción de Baruzi y Sarrailh. Conforme Castro documentaba y añadía nuevos argumentos a su concepción de una España de “occidentalidad matizada” por el mudejarismo de los primeros siglos de las literaturas castellana y catalana y por el papel fundamental de las castas en el vivir y desvivirse de nuestros compatriotas a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII (Aspectos del vivir hispánico, Origen, ser y existir de los españoles, De la edad conflictiva), la brecha abierta entre él y quienes, “eruditos a secas”, veían amenazadas las bases de su saber (el de una España ibérica, romana y visigoda), se convirtió en un abismo insalvable.
Don Américo —así lo llamábamos quienes tuvimos la suerte de tratarlo— vivía en una “situación de fortaleza asediada”, “aplastado por los de acá, los de allá y los de acullá” (desde Eugenio Asensio y Leo Spitzer a Otis Green) y, a momentos, sus cartas son casi una llamada de socorro a un amigo cuya honradez y amplitud de miras le convierten en su salvavidas en medio del oleaje encrespado de los profesionales del gremio. Exiliado total, enfrentado a los divulgadores del credo católico o del dogmatismo marxista, recuerda a su amigo que “lo que para usted es fuente de conocimiento, para mí es vida total, mi vida”. Ha tenido la mala suerte, le escribe, de descubrir una verdad que contradice la fundada tan sólo en leyendas o esquemas abstractos, de reflexionar “sobre cosas que esperan ser escritas desde hace mucho”, pero que nadie ha tenido el valor de plasmar en una nueva visión de lo que fuimos y de algún modo somos aún. Aferrado a la validez de sus pensamientos —“los hechos y documentos valen como meros síntomas o indicios de una realidad vital más profunda, la forma de la vida de la historia, de cada historia particular”—, don Américo había asumido con heroísmo —aunque a menudo con enfado o cólera— su condición de oveja negra: “Cuanto más solo me dejen, más densidad y madurez adquirirán las realidades de mi historiografía”. Semejantes a un movimiento sísmico del que es el epicentro o a una piedra arrojada en la lumbre quieta del agua, sus ideas se han ido abriendo paso en el mundo hispánico y en el hispanismo europeo y americano pese a la tenaz resistencia y ninguneo de nuestros programadores culturales, para quienes no corre el tiempo. Como resume con precisión Francisco José Martín en su prólogo, “la publicación de España en su historia fue como las 95 tesis clavadas por Lutero a la puerta de la catedral de Wittenberg. No había vuelta atrás. Los grandes sacerdotes de la historia oficial del nacionalismo español y los principales oficiantes del canon del hispanismo cerraron filas y condenaron sin apelación posible”
http://books.google.com/books?id=zy9MAAAAMAAJ&printsec=frontcover&img=1&zoom=1&imgtk=AFLRE720_-89BC3uLn4ZyMdVljycncIsQq18b8pIWoK9iHYHR3_Ig3o7NDcYbBNPxbGeCFd5KUzJqZy3CvLhJPD4OVlanIMej2KhNWfVgEnzTjkOT5e-dGU

Las respuestas de Bataillon a Castro —pasado el periodo lejano de su relación de discípulo a maestro, del joven hispanista de los años veinte al autor de El pensamiento de Cervantes— muestran la grandeza y honestidad de un intelectual que, más allá de las diferencias entre sus planteamientos historiográficos, advierte la fuerza innovadora de las ideas de su amigo, “de un autor, como usted, cuyo pensamiento está en constante elaboración” y cuyo ejemplo “es una incitación a sacudir los mortales hábitos de repetición que trae consigo la segunda enseñanza especializada”.
En el momento en que arrecian las descalificaciones y ataques a don Américo, ya por parte de historiadores más o menos relacionados con Bataillon, ya por meros plumíferos del servicio del franquismo como Gonzalo Fernández de la Mora, el autor de Erasmo y España y de tantos aguijadores ensayos sobre El Lazarillo y El viaje de Turquía, o Las Casas, le aconseja ahorrar energías en vez de replicar a quienes no lo merecen pues, como dijo Manuel Azaña, “a partir de cierta edad se aprende a dejar en paz a los necios”.
Ello origina un intercambio de cartas que es para mí el momento culminante del Epistolario. Al argumento pro domo de Castro:
“En cuanto mi necesidad de enfrentarme con tanta mala gente, es probable que nuestro diferente modo de ver provenga de no partir del mismo punto de vista. Ud., perteneciente a un país con una historia hecha, quizá no comprenda lo que es formar parte de una comunidad humana sin noción de quién es. Se trata de ver si es posible que un pueblo se despierte, se trata de poner historia en un lugar de mentira y mitología”.
http://cvc.cervantes.es/img/lapesa/dedicatoria_bataillon02_225.jpg
Bataillon responde con una comprensión admirable, a la altura de su persona y saber:
“A fin de cuentas sufro con ud. cuando le reprochan que demuestra mal, con textos que no son tan españoles como ud. piensa, o con hechos no tan específicamente españoles como ud. cree, sus grandes teorías de la España de las tres castas. Estas ideas para mí no son tan sólo las de un viejo amigo que las defiende heroicamente sino que son verdaderas de una verdad profunda que todavía es necesario aclarar, pero que no se podía difundir sin un talento y un genio como el suyo”.
Para el creciente número de seguidores de don Américo o sensibles a sus ideas fecundas —de Ferrater Mora a Gaos, de un arrepentido Laín Entralgo a Paulino Garagorri, pasando por el núcleo de historiadores o amantes de nuestra literatura, sin las anteojeras de la grey agrupada en torno al canon, como Márquez Villanueva, Sicroff, Gilman, Jiménez Lozano, Rodríguez Puértolas y otros que no cabe citar aquí—, la resistencia a aquellas de los medios universitarios de la Península son el mejor ejemplo de “los mortales hábitos de repetición” antes citados y del hecho de que en nuestras aulas las ideas se heredan sin ponerlas en tela de juicio. El “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir” planea todavía sobre el alma mater.

http://img2.mlstatic.com/americo-castro-teresa-la-santa-y-otros-ensayos-edit-aliaanza_MLA-O-58118959_6778.jpg










No obstante, el goteo incesante de actas y documentos que muestran la justeza del planteamiento castriano, cuando sus denostadas “intuiciones” acerca del origen converso de Vives y Teresa de Ávila se ven corroboradas por pruebas documentales fehacientes, el negacionismo no cede o se reduce, Le Pen dixit, a mero “detalle”. Pero quienes pensamos por nuestra cuenta y no ocultamos lo que contradice la norma inmutable del gremio, gracias a don Américo podemos leer hoy La Celestina “fuera de la dehesa de las moralizaciones sin belleza” y el Quijote, como la obra desestabilizadora de todas las creencias y géneros de un cristiano nuevo cuyo héroe come “duelos y quebrantos” los sábados y cuyo supuesto cronista es un morisco. Han dejado de ser la papilla insulsa que nos hicieron ingerir y se han convertido en obras vivas que nos esclarecen en medio del “caos y mucha canallería (que) rigen este mundillo de hoy”: el de la supuesta Creación divina tildada por Celestina, la Vieja, de Feria y Mercado —¡el dios Mercado que nos gobierna!— y a la que el asno del que nos habla Mateo Alemán rocía desdeñosamente “con lo suyo”. ¿No fueron ellos acaso los precursores de nuestros actuales indignados? Quien sepa leer con provecho nuestras mejores obras responderá que sí.
Epistolario (1923-1972). Américo Castro y Marcel Bataillon
Epistolario. Américo Castro y Marcel Bataillon (1923-1972). Edición de Simona Munari. Introducción de Francisco José Martín. Biblioteca Nueva. Madrid, 2012. 448 páginas. 22 euros.

lunes, septiembre 17, 2012

www.bloom0101.org

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TIQQUN  -  ¿C ó m o   h a c e r?*

Don't know what I want,
but I know how to get it.

Sex Pistols, Anarchy in the UK


I

Veinte años. Veinte años de contra-revolución. De contra-revolución preventiva.
En Italia.
Y fuera de Italia.
Veinte años de un sueño de alambre de espino, poblado de vigías. De un sueño de los cuerpos,
impuesto por el toque de queda.
Veinte años. El pasado no pasa. Porque la guerra continúa. Se ramifica. Se prolonga.
En una articulación mundial de dispositivos locales. En un calibrado inédito de las
subjetividades. En una nueva paz de superficie.
Una paz armada
bien hecha para cubrir el desarrollo de una imperceptible
guerra civil.

Hace veinte años, era
el punk, el movimiento del 77, el área de la Autonomía,
los Indios metropolitanos y la guerrilla difusa.
De un golpe surgía,
como salido de alguna región subterránea de la civilización,
todo un contra-mundo de subjetividades
que ya no querían consumir, que ya no querían producir,
que ya no querían ni siquiera ser subjetividades.
La revolución era molecular, la contra-revolución no lo fue menos.
SE dispuso ofensivamente,
después duraderamente,
toda una compleja máquina para neutralizar lo que era portador de intensidad. Una máquina para desactivar todo lo que podría explotar.
Todos los (in)dividuos de riesgo,
los cuerpos indóciles,
las agregaciones humanas autónomas.
Luego fueron veinte años de estupidez, de vulgaridad, de aislamiento y de desolación.
¿Cómo hacer?

Alzarse. Alzar la cabeza. Por elección o por necesidad. Poco importa, en verdad, desde ahora.
Mirarse a los ojos y decir que volvemos a comenzar. Que todo el mundo lo sepa, lo más rápido posible.
Volvemos a comenzar.
Se acabó la resistencia pasiva, el exilio interior, el conflicto por sustracción, la supervivencia. Volvemos a comenzar. En veinte años, hemos tenido tiempo para ver. Hemos comprendido. La demokracia para
todos, la lucha "anti-terrorista", las masacres de Estado, la reestructuración capitalista y su
Gran Obra de depuración social,
por selección,
por precarización,
por normalización,
por "modernización".
Hemos visto, hemos comprendido. Los métodos y los objetivos. El destino que SE nos reserva. El que SE nos niega. El estado de excepción. Las leyes que ponen a la policía, a la administración, a la magistratura por encima de las leyes. La judicialización, la psiquiatrización, la medicalización de todo lo que se sale del cuadro. De todo lo que huye.
Hemos visto. Hemos comprendido. Los métodos y los objetivos.

Cuando el poder establece en tiempo real su propia legitimidad,
cuando su violencia se vuelve preventiva
y su derecho es un "derecho de injerencia",
entonces ya no sirve de nada tener razón. Tener razón contra él.
Hay que ser más fuerte, o más astuto. Es por esto
también
por lo que volvemos a comenzar.

Volver a comenzar no es nunca volver a comenzar algo. Ni retomar un asunto justo donde lo habíamos dejado. Lo que vuelve a comenzar siempre es otra cosa. Siempre es inaudito. Porque no es el pasado lo que nos empuja, sino precisamente lo que en él
no ha
advenido.
Y porque somos también nosotros mismos, entonces, quienes volvemos a comenzar.
Volver a comenzar quiere decir: salir de la suspensión. Restablecer el contacto entre nuestros devenires.
Partir,
de nuevo,
desde donde estamos,
ahora.

Por ejemplo, hay golpes
que ya no SE nos darán.
El golpe de la "sociedad". Por transformar. Por destruir. Por volver mejor.
El golpe del pacto social. Que algunos quebrarían mientras que otros pueden fingir
"restaurarlo".
Estos golpes, no SE nos darán más.
Hay que ser un elemento militante de la pequeño-burguesía planetaria,
un ciudadano verdaderamente
para no ver que ya no existe,
la sociedad.
Que ha implosionado. Que ya no es más que un argumento para el terror de los que dicen
re/presentarla.
A ella que se ha ausentado.

Todo lo que es social se nos ha vuelto extranjero.
Nosotros nos consideramos absolutamente desligados de toda obligación, de toda prerrogativa, de toda pertenencia
social.
"La sociedad",
es el nombre que ha recibido a menudo lo Irreparable,
entre aquéllos que querían que también fuera
lo Inasumible.
Quien rechaza este cebo deberá dar
un paso de distancia.
Operar
un ligero desplazamiento
respecto de la lógica común del Imperio y de su contestación,
la de la movilización,
respecto de su común temporalidad,
la de la urgencia.

Volver a comenzar quiere decir: habitar esta distancia. Asumir la esquizofrenia capitalista en el sentido de una facultad creciente de desubjetivación.
Desertar pero guardando las armas.
Huir, imperceptiblemente.
Volver a comenzar quiere decir: sumarse a la secesión social, a la opacidad, entrar
en desmovilización,
sustrayendo hoy a tal o tal red imperial de producción-consumo los
medios de vivir y de luchar para, en el momento elegido,
barrenarla.

Nosotros hablamos de una nueva guerra,
de una nueva guerra de partisanos. Sin frente ni uniforme, sin ejército ni batalla
decisiva.
Una guerra cuyos focos se despliegan a distancia de los flujos mercantiles aunque conectados a ellos.
Hablamos de una guerra totalmente en latencia. Que tiene el tiempo.
De una guerra de posición.
Que se libra ahí donde estamos.
En el nombre de nadie.
En el nombre de la existencia misma,
que no tiene nombre.

Operar ese ligero desplazamiento.
Ya no temer a su tiempo.
"No temer a su tiempo es una cuestión de espacio".
En la okupa. En la orgía. En la revuelta. En el tren o el pueblo ocupado. En la búsqueda, en medio de desconocidos, de una free party inencontrable. Hago la experiencia de ese ligero desplazamiento. La experiencia
de mi desubjetivación. Yo devengo, me vuelvo
una singularidad cualquiera. Un juego se insinúa entre mi presencia y todo el aparato de cualidades que me están ordinariamente vinculadas.
En los ojos de un ser que, presente, quiere estimarme por lo que yo soy, saboreo la decepción, su decepción al ver que he devenido tan común, tan perfectamente accesible. En los gestos de otro, una inesperada complicidad.
Todo lo que me aísla como sujeto, como cuerpo dotado de una configuración pública de atributos, siento que se derrite. Los cuerpos se deshilachan en su límite. En su límite, se indistinguen. Barrio tras barrio, lo cualquiera arruina la equivalencia. Y yo alcanzo
una desnudez nueva,
una desnudez impropia, como vestida de amor.
¿Se evade uno alguna vez solo de la prisión del Yo?

En la okupa. En la orgía. En la revuelta. En el tren o el pueblo ocupado. Nos volvemos a encontrar.
Nos volvemos a encontrar
como singularidades cualquiera. Esto es,
no sobre la base de una común pertenencia,
sino de una común presencia.
Esta es
nuestra necesidad de comunismo. La necesidad de espacios de noche, donde podamos reencontrarnos
más allá
de nuestros predicados.
Más allá de la tiranía del reconocimiento. Que impone el re/conocimiento como distancia final entre los cuerpos. Como ineluctable separación.
Todo lo que SE –el novio, la familia, el entorno, la empresa, el Estado, la opinión– me reconoce, es por ahí por donde uno cree que SE me tiene.
Por el recuerdo constante de lo que soy, de mis cualidades, SE querría abstraerme de cada situación. SE me querría exigir en toda circunstancia una fidelidad a mí mismo que es una fidelidad a mis predicados.
SE espera de mí que me comporte como hombre, empleado, parado, madre, militante o filósofo.
SE quiere contener entre los bordes de una identidad el curso imprevisible de mis devenires.
SE me quiere convertir a la religión de una coherencia que SE ha escogido para mí.

Cuanto más soy reconocida, más mis gestos se encuentran trabados, interiormente trabados. Heme aquí capturada por la malla ultra-ajustada del nuevo poder. En las redes impalpables de la nueva policía:
LA POLICÍA IMPERIAL DE LAS CUALIDADES.
Hay toda una red de dispositivos en los que me hundo para "integrarme", y que me incorporan esas cualidades.
Todo un pequeño sistema de fichaje, de identificación y de ‘policiaje’ mutuos.
Toda una prescripción difusa de la ausencia.
Todo un aparato de control comporta/mental, que apunta al panoptismo, a la privatización transparencial, a la atomización.
Y en el cual yo forcejeo.

Necesito devenir anónima. Para estar presente.
Cuanto más anónima soy, más estoy presente.
Necesito zonas de indistinción
para acceder a lo Común.
Para no reconocerme ya en mi nombre. Para no escuchar en mi nombre sino la voz que lo llama.
Para hacer consistir el cómo de los seres, no lo que son, sino cómo son lo que son. Su forma-de-vida.
Necesito zonas de opacidad en donde los atributos,
incluso criminales, incluso geniales,
ya no se separen de los cuerpos.

Devenir cualquiera. Devenir una singularidad cualquiera, no está dado.
Siempre posible, pero nunca dado.
Hay una política de la singularidad cualquiera.
Que consiste en arrancar al Imperio
las condiciones y los medios,
incluso intersticiales,
de experimentarse como tal.
Es una política, porque supone una capacidad de enfrentamiento,
y porque una nueva agregación humana
le corresponde.
Política de la singularidad cualquiera: liberar esos espacios en los que ningún acto es ya asignable a ningún cuerpo dado.
Donde los cuerpos reencuentran la aptitud al gesto que la sabia disposición de los dispositivos metropolitanos –ordenadores, automóviles, escuelas, cámaras, portátiles, gimnasios, hospitales, televisiones, cines, etc.– les había disimulado.
Reconociéndolos.
Inmovilizándolos.
Haciendo que giren en el vacío.
Haciendo existir la cabeza separadamente del cuerpo.

Política de la singularidad cualquiera.
Un devenir-cualquiera es más revolucionario que todo ser-cualquiera.
Liberar los espacios nos libera cien veces más que todo "espacio liberado".
Más que de poner en acto un poder, gozo de la puesta en circulación de mi potencia.
La política de la singularidad cualquiera reside en la ofensiva. En las circunstancias, los momentos y los lugares en los que serán arrancados
las circunstancias, los momentos y los lugares
de un anonimato tal,
de una parada momentánea en un estado de simplicidad,
de un anonimato tal,
la ocasión de extraer de todas nuestras formas la pura adecuación a la presencia,
la ocasión de estar y ser, al fin,
ahí.



II

¿CÓMO HACER? No ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? La cuestión de los medios. No la de los fines, la de los objetivos,
de lo que hay qué hacer, estratégicamente, en abstracto.
La cuestión de lo que podemos hacer, tácticamente, en situación,
y de la adquisición de esta potencia.
¿Cómo hacer? ¿Cómo desertar? ¿Cómo funciona? ¿Cómo conjugar mis heridas y el comunismo? ¿Cómo permanecer en guerra sin perder la ternura?
La cuestión es técnica. No un problema. Los problemas son rentables.
Alimentan a los expertos.
Una cuestión.
Técnica. Que se redobla en cuestión de las técnicas de transmisión de esas técnicas.
¿Cómo hacer? El resultado contradice siempre al fin. Porque plantear un fin
es todavía un medio,
otro medio.

¿Qué hacer? Babeuf, Tchernychevski, Lenin. La virilidad clásica reclama un analgésico, un espejismo, cualquier cosa. Un medio para ignorarse un poco. En tanto que presencia.
En tanto que forma-de-vida. En tanto que ser en situación, dotado de inclinaciones.
De inclinaciones determinadas.
¿Qué hacer? El voluntarismo como último nihilismo. Como nihilismo propio
a la virilidad clásica.
¿Qué hacer? La respuesta es simple: someterse una vez más a la lógica de la movilización, a la temporalidad de la urgencia. Bajo pretexto de rebelión. Plantear fines, palabras. Tender hacia su cumplimiento. Hacia el cumplimiento de las palabras. Mientras tanto, dejar la existencia para más tarde. Ponerse entre paréntesis. Alojarse en la excepción de sí. A distancia del tiempo. Que pase. Que no pase. Que se pare. Hasta... Hasta el próximo. Fin.

¿Qué hacer? Dicho de otra manera: vivir es inútil. Todo lo que no habéis vivido, la Historia os lo devolverá.
¿Qué hacer? Es el olvido de sí que se proyecta sobre el mundo.
Como olvido del mundo.

¿Cómo hacer? La cuestión del cómo. No de eso que un ser, un gesto o una cosa es, sino de cómo es eso que es. De cómo sus predicados se relacionan con él.
Y él con ellos.
Dejar ser. Dejar ser la abertura entre el sujeto y sus predicados. El abismo de la presencia. Un hombre no es "un hombre". "Caballo blanco" no es "caballo".
La cuestión del cómo. La atención al cómo. La atención a la manera en que una
mujer es, y no es,
una mujer –hacen falta dispositivos para hacer de un ser de sexo femenino "una mujer",
o de un hombre con la piel negra "un negro".
La atención a la diferencia ética. Al elemento ético. A las irreductibilidades que lo atraviesan. Lo que pasa entre los cuerpos en una ocupación es más interesante que la ocupación misma.
¿Cómo hacer? quiere decir que el enfrentamiento militar con el Imperio debe ser subordinado a la intensificación de las relaciones en el interior de nuestro partido. Que lo político no es más que cierto grado de intensidad en el seno del elemento ético. Que la guerra revolucionaria no debe ser ya confundida con su representación: el movimiento bruto del combate.

La cuestión del cómo. Volverse atento al tener-lugar de las cosas, de los seres. A su acontecimiento. A la obstinada y silenciosa prominencia de su temporalidad propia
bajo el aplastamiento planetario de todas las temporalidades
por la de la urgencia.
El ¿Qué hacer? como ignorancia programática de esto. Como fórmula inaugural
del desamor atareado.

El ¿Qué hacer? vuelve. Desde hace varios años. Desde mitad de los años 90, más que
desde Seattle. Un revival de la crítica hace como si se enfrentara al Imperio con slogans, con las recetas de los años 60. Salvo que esta vez se simula. Se simula la inocencia, la indignación, la buena conciencia y la necesidad de sociedad. Se vuelve a poner en circulación toda la vieja gama de los afectos social-demócratas. De los afectos cristianos.
Y de nuevo, las manifestaciones. Las manifestaciones mata-deseos. Donde no pasa nada.
Y que ya no manifiestan
sino la ausencia colectiva.
Hasta el fin.

Para los que tienen nostalgia de Woodstock, de la ganja, de mayo del 68 y del militantismo, están las contracumbres. SE ha reconstruido el decorado, falta lo posible.
He aquí lo que ordena el ¿Qué hacer? hoy: ir a la otra parte del mundo a contestar
la mercancía global
para volver, tras un baño de unanimidad y de separación mediatizada,
a someterse a la mercancía local.
A la vuelta, está la foto en el periódico... ¡Todos solos juntos!... Érase una vez...
¡Qué juventud!...
Lástima para esos cuantos cuerpos vivos perdidos allí, buscando en vano un espacio
para su deseo.
Vuelven un poco más fastidiados. Un poco más vaciados. Reducidos.
De contracumbre en contracumbre, acabarán por fin comprendiendo. O no.

No se contesta al Imperio por su gestión. No criticamos al Imperio.
Nos oponemos a sus fuerzas.
Ahí donde estamos.
Decir lo que a uno le parece tal o tal alternativa, ir allí donde SE nos llama, todo esto ya no tiene sentido. No hay proyecto global alternativo al proyecto global del Imperio. Pues no hay proyecto global del Imperio. Hay una gestión imperial. Toda gestión es mala. Los que reclaman otra sociedad harían mejor comenzando por ver que ya no hay. Y tal vez cesarían entonces
de ser aprendices de gestores. Ciudadanos. Ciudadanos indignados.

El orden global no puede ser tomado por enemigo. Directamente.
Pues el orden global no tiene lugar. Al contrario. Es más bien del orden de los no-lugares.
Su perfección no es la de ser global, sino la de ser globalmente local. El orden global es la conjuración de todo acontecimiento porque es la ocupación acabada, autoritaria, de lo local.
Uno no se opone al orden global sino localmente. Por la extensión de las zonas de sombra sobre los mapas del Imperio. Por su puesta en contacto progresiva.
Subterránea.

La política que viene. Política de la insurrección local contra la gestión global. De la presencia recobrada sobre la ausencia de sí. Sobre la extrañeza ciudadana, imperial.
Recobrada por el robo, el fraude, el crimen, la amistad, la enemistad, la conspiración.
Por la elaboración de modos de vida que sean también
modos de lucha.

Política del tener-lugar.
El Imperio no tiene lugar. Administra la ausencia haciendo planear por todas partes la amenaza palpable de la intervención policial. Quien busca en el Imperio un adversario al que medirse encontrará el aniquilamiento preventivo.
Ser percibido, de aquí en adelante, es ser vencido.

Aprender a devenir indiscernibles. A confundirnos. Volver a degustar
el anonimato,
la promiscuidad.
Renunciar a la distinción,
Para desarticular la represión:
componer en el enfrentamiento las condiciones más favorables.
Volverse astutos. Devenir despiadados. Y para esto
devenir cualquieras.

¿Cómo hacer? es la cuestión de los niños perdidos. Aquéllos a los que no se ha dicho. Los que no son seguros en sus gestos. A los que nada ha sido dado. Cuya criaturalidad, cuya errancia, no deja de traicionarles.
La revuelta que viene es la revuelta de los niños perdidos.
El hilo de la transmisión histórica ha sido roto. Incluso la tradición revolucionaria nos deja huérfanos. El movimiento obrero sobre todo. El movimiento obrero que se ha vuelto instrumento de una integración superior al Proceso. Al nuevo Proceso, cibernético, de valorización social.
En 1978, el PCI, el "partido de manos limpias", lanzó en su nombre
la caza a la Autonomía.
En nombre de su concepción clasista del proletariado, de su mística de la sociedad,
del respeto del trabajo, de lo útil y de la decencia.
En nombre de la defensa de los "avances democráticos" y del Estado de derecho.
El movimiento obrero que se habrá sobrevivido en el operaísmo.
Única crítica existente del capitalismo desde el punto de vista de la Movilización Total.
Doctrina temible y paradójica,
que habrá salvado el objetivismo marxista no hablando más que de "subjetividad".
Que habrá llevado a un refinamiento inédito la denegación del cómo.
La reabsorción del gesto en su producto.
La urticaria del futuro anterior.
De eso que toda cosa habrá sido.

La crítica se ha vuelto vana. La crítica se ha vuelto vana porque equivale a una ausencia. En cuanto al orden dominante, todo el mundo sabe a qué atenerse. Nosotros no tenemos
ya necesidad de teoría crítica. No tenemos necesidad de profesores. La crítica gira a favor de la dominación, desde ahora. Incluso la crítica de la dominación.
Ella reproduce la ausencia. Nos habla desde donde no estamos. Nos propulsa a otra parte. Nos consume. Es cobarde. Y permanece al abrigo cuando nos envía a una carnicería.
Secretamente enamorada de su objeto, no cesa de mentirnos.
De ahí los idilios tan cortos entre proletarios e intelectuales comprometidos.
Esos matrimonios de razón donde no se tiene la misma idea ni del placer ni de la libertad.

Más que nuevas críticas, son nuevas cartografías las que necesitamos.
Cartografías no del Imperio, sino de las líneas de fuga hacia fuera de él.
¿Cómo hacer? Necesitamos mapas. No mapas de lo que está fuera del mapa.
Sino mapas de navegación. Mapas marítimos. Herramientas de orientación. Que no tratan de decir, de representar lo que hay en el interior de los diferentes archipiélagos de la deserción, sino que nos indican cómo llegar, cómo unirnos a ellos.
Portulanos.



III

Es martes 17 de Septiembre de 1996, poco antes del alba. El ROS (Reagrupamiento Operacional eSpecial) coordina en toda la península el arresto de 70 anarquistas italianos.
Se trata de poner término a 15 años de investigaciones infructuosas que tenían por objeto a anarquistas insurreccionalistas.
La técnica es conocida: fabricar un "arrepentido", hacerle denunciar la existencia de una vasta organización subversiva jerarquizada.
Después acusar sobre la base de esta creación quimérica a todos aquéllos a los que se quiere neutralizar de formar parte.
Una vez más, secar el mar para coger a los peces.
Incluso cuando no se trata más que de un estanque minúsculo.
Y de algunos gobios.

Una "nota informativa de servicio" escapó al ROS
en relación a este asunto.
Se expone su estrategia.
Fundada sobre los principios del general Dalla Chiesa, el ROS es el servicio imperial tipo de contra-insurrección.
Trabaja sobre la población.
Allí donde una intensidad se produce, allí donde algo ha pasado, él es el french doctor
de la situación. El que pone,
con el pretexto de profilaxis,
los cordones sanitarios cuyo objeto es aislar
el contagio.
Lo que teme, lo dice. En este documento, lo escribe. Lo que teme, es "el pantano
del anonimato político".

El Imperio tiene miedo.
El Imperio tiene miedo de que nos volvamos cualquieras. Un medio delimitado, una organización combatiente. No los teme. Pero una constelación expansiva de okupas, de granjas autogestionadas, de viviendas colectivas, de reuniones fine a se stesso, de radios, de técnicas y de ideas. El conjunto ligado por una intensa circulación de los cuerpos y de los afectos entre los cuerpos. Ese es otro asunto.

La conspiración de los cuerpos. No de los espíritus críticos, sino de las corporeidades críticas. He ahí lo que el Imperio teme. He ahí lo que lentamente adviene,
con el incremento de los flujos,
de la defección social.
Hay una opacidad inherente al contacto de los cuerpos. Y que no es compatible con el reino imperial de una luz que ya no ilumina las cosas
sino para desintegrarlas.
Las Zonas de Opacidad Ofensiva no están
por crear.
Están ya ahí, en todas las relaciones en las que sobreviene una verdadera
puesta en juego de los cuerpos.
Lo que hace falta es asumir que tomamos parte en esta opacidad. Y dotarse de los medios
de extenderla,
de defenderla.
Por todas partes donde se llega a desarticular los dispositivos imperiales, a arruinar todo el trabajo cotidiano del Biopoder y del Espectáculo para exceptuar de la población una fracción de ciudadanos. Para aislar nuevos untorelli. En esta indistinción reconquistada
se forma espontáneamente
un tejido ético autónomo,
un plan de consistencia
secesionista.
Los cuerpos se agregan. Recuperan el aliento. Conspiran.
Que tales zonas estén condenadas al aplastamiento militar importa poco. Lo que importa,
es cada vez
arreglar una vía de retirada bastante segura. Para volverse a agregar en otra parte.
Más tarde.
Lo que sustentaba el problema de ¿Qué hacer? era el mito de la huelga general.
Lo que responde a la pregunta ¿Cómo hacer? es la práctica de la HUELGA HUMANA.
La huelga general permitía interpretar que había una explotación limitada
en el tiempo y en el espacio,
una alienación parcelaria, debida a un enemigo reconocible, por tanto derrotable.
La huelga humana responde a una época en la que los límites entre el trabajo y la vida acaban por difuminarse.
Donde consumir y sobrevivir,
producir "textos subversivos" y precaverse de los efectos más nocivos de la civilización
industrial,
hacer deporte, el amor, ser padre o estar con el Prozac.
Todo es trabajo.
El Imperio gestiona, digiere, absorbe y reintegra
todo lo que vive.
Incluso "lo que yo soy", la subjetivación que no desmiento hic et nunc,
todo es productivo.
El Imperio ha puesto todo a trabajar.
Idealmente, mi perfil profesional coincidirá con mi propio rostro.
Incluso si no sonríe.
Las muecas del rebelde venden muy bien, después de todo.

Imperio, es decir que los medios de producción se han convertido en medios de control
al mismo tiempo que lo contrario se verificaba.
Imperio significa que de ahora en adelante el momento político domina
el momento económico.
Y contra esto, la huelga general no puede ya nada.
Lo que hay que oponer al Imperio es la huelga humana.
Que nunca ataca las relaciones de producción sin atacar al mismo tiempo
las relaciones afectivas que las sostienen.
Que socava la economía libidinal inadmisible,
restituye el elemento ético –el cómo– reprimido en cada contacto entre los cuerpos
neutralizados.
La huelga humana es la huelga que, allí donde SE esperaba
tal o cual reacción previsible,
tal o cual tono apenado o indignado,
PREFIERE NO.
Se disimula al dispositivo. Lo satura, o lo estalla.
Se recobra, prefiriendo
otra cosa.
Otra cosa que no está circunscrita en los posibles autorizados por el dispositivo.
En la ventanilla de tal o tal servicio social, en las cajas de tal o tal supermercado, en una conversación cortés, en una intervención de la poli,
según la relación de fuerzas,
la huelga humana hace consistir el espacio entre los cuerpos,
pulveriza el double bind en el que están capturados,
los conduce a la presencia.
Hay todo un luddismo por inventar, un luddismo de los engranajes humanos
que hacen girar el Capital.

En Italia, el feminismo radical ha sido una forma embrionaria de la huelga humana.
"¡Basta de madres, de mujeres y de hijas, destruyamos las familias!" era una invitación al gesto de romper los encadenamientos previstos,
de liberar los posibles comprimidos.
Era un atentado a los comercios afectivos fracasados, a la prostitución ordinaria.
Era una llamada a sobrepasar la pareja, como unidad elemental de gestión
de la alienación.
Llamada a una complicidad, pues.
Práctica insostenible sin circulación, sin contagio.
La huelga de las mujeres llamaba implícitamente a la de los hombres y los niños, llamaba a vaciar las fábricas, las escuelas, los despachos y las prisiones,
a reinventar para cada situación otra manera de ser, otro cómo.
La Italia de los años 70 era una gigantesca zona de huelga humana.
Las auto-reducciones, los atracos, los barrios okupados, las manifestaciones armadas, las radios libres, los innumerables casos de "Síndrome de Estocolmo",
incluso las famosas cartas de Moro detenido, hacia el final, eran
prácticas de huelga humana.
Los estalinistas hablaban entonces de "irracionalidad difusa", y ya es decir.

Hay autores también
en los que se está todo el tiempo
en huelga humana.
En Kafka, en Walser,
o en Michaux,
por ejemplo.

Adquirir colectivamente esa facultad de sacudir
las familiaridades.
Ese arte de frecuentar en sí-mismo
al huésped más inquietante.

En la guerra presente,
en la que el reformismo de urgencia del Capital debe tomar los hábitos del revolucionario para hacerse entender,
en la que los combates más demókratas, los de las contracumbres,
recurren a la acción directa,
un papel nos está reservado.
El papel de mártires del orden demokrático,
que golpea preventivamente todo cuerpo que podría golpear.
Yo debería dejarme inmovilizar ante un ordenador mientras las centrales
nucleares explotan, debería dejar que SE juegue con mis hormonas o a envenenarme.
Debería entonar la retórica de la víctima. Porque, está claro,
todo el mundo es víctima, también los opresores mismos.
Y saborear que una discreta circulación del masoquismo
vuelva a dar encanto a la situación.

La huelga humana, hoy, es
rechazar jugar el rol de la víctima.
Atacar ese rol.
Reapropiarse de la violencia.
Arrogarse la impunidad.
Hacer comprender a los ciudadanos pasmados
que aunque no entren en la guerra están de todos modos.
Que allí donde SE nos dice que es tal cosa o morir, es siempre
en realidad
tal cosa y morir.

Así,
de huelga humana
en huelga humana, propagar
la insurrección,
donde ya no hay sino,
donde somos todos
singularidades
cualquiera.
Traducido en la Fundación Straubinger
 
*              Texto escrito con vistas a una publicación italiana, en la primavera de 2001. (Nota de la versión francesa del texto en Tiqqun2)

viernes, septiembre 14, 2012

Muere el poeta Agustín Delgado - Cultura - Diario de León

Muere el poeta Agustín Delgado - Cultura - Diario de León
Para poder siquiera los dos acercarnos
necesitaríamos
siglos de instantes como este instante.
Para que pudieran morir las aguas más sucias,
para que pudieran brotar las aguas más claras.
Aquella sed, los gritos, el pájaro amarillo
que cantaba ayer tarde y te ponía triste.
Aquel candor feroz de tus ojos de esponja
en el momento cumbre, al desplegar los párpados.
El viento, el mar, las más bellas palabras
que pronuncia un hombre a la hora de morir.
El verte y el no verte. El deslizar los dedos
por las venas muertas de tus manos vivas.
Todo es vana poesía. Todo se ha convertido
en inútil deseo de un deseo de amor.
Para poder siquiera los dos acercarnos
necesitaríamos
siglos de ternura como esta ternura.

e. gancedo | león 12/09/2012
Fue uno de los grandes poetas contemporáneos en lengua española, y sin embargo su nombre, para la gran mayoría de leoneses, pasó casi completamente desapercibido. Ayer se conocía la muerte de Agustín Delgado, conocido como el ‘cerebro’ del grupo fundador de Claraboya —la revista que removió hasta los cimientos la poesía española en los años sesenta— junto a José Antonio Llamas, Luis Mateo Díez y Ángel Fierro. «Él fue el responsable de toda la parte teórica de Claraboya, era un intelectual nato que a los veinte años ya debatía de filosofía, que tenía dos doctorados, algunas de cuyas obras están traducidas incluso al chino... y a quien León, la provincia donde había nacido, le negó el pan y la sal», decía ayer un apenado José Antonio Llamas, siempre muy unido al autor a quien el poeta José-Miguel Ullán llamara «entrañable lobo estepario».
Por su parte, el también escritor y colaborador de este periódico Alfonso García declaraba que estamos ante una noticia «tristemente importante», pues Delgado fue «uno de los poetas más destacados de España» y «uno de los intelectuales más importantes que ha dado la provincia de León», sobre todo «por su capacidad de síntesis, por su extremo dominio del idioma, y por haber sido el creador del concepto de ‘poesía dialéctica’». No obstante, al haberse mantenido alejado, durante toda su vida, de las corrientes en boga y de los cenáculos literarios y sociales, «por esa tranquilidad, esa paciencia con la que vivió» —reflexionaba García—, «ajeno a dimes y diretes», permaneció al margen de premios, homenajes y de un amplio reconocimiento social. «Fue un gran teórico y crítico de la poesía española contemporánea que escogió un camino independiente», el de cultivar «la poesía que cuenta la vida», el de abordar «una reflexión permanente sobre la existencia» y el de emplear sabiamente «la ironía y el sarcasmo».
Un creador al margen
Nacido en Rioseco de Tapia en 1941, Agustín Delgado estudió en las universidades de Comillas, Barcelona y Complutense de Madrid. Era doctor en Filología Románica y residió en Toulouse, París y Bruselas. Durante los últimos años vivía en Madrid. Catedrático de Literatura Española, Delgado ejerció algunos cargos relevantes en el mundo de la educación y publicó poemarios que acabaron por ser muy celebrados por la crítica especializada como El silencio, Nuevas rayas de tiza, Cancionero civil, Aurora boreal, Espíritu áspero, De la diversidad, Sansirolés, Mol, Las coplas de Fidelio y Zas. Asimismo, junto con José María Merino y Luis Mateo Díez editó aquel genial Parnasillo provincial de poetas apócrifos.
A Delgado le dedicó Diario de León uno de los números de su Biblioteca Leonesa de Escritores: el volumen llevaba el expresivo título de Mazos de luz en vilo de guadaña. «Sus tres etapas creativas —objetivista, irónica y ‘sansirolés’— quedan recogidas en este poemario de lenguaje depurado, musical, sutil, esquelético a veces y siempre ingenioso», escribía entonces, en el prólogo del libro, la poetisa Carmen Busmayor. También el Colegio Maristas Champagnat le homenajeó, en el año 2006, con motivo del Día de las Letras Leonesas, uno de los escasísimos homenajes que se le dispensaron.
Además de sus misteriosos y extraños ‘sansirolés’, verdaderos hallazgos fónicos, descubiertos por Delgado en París en los años ochenta, la obra del autor de Rioseco estaba llena de sonoridades, de palabras inventadas pero rebosantes de significación, de vocablos ásperos, blandos, dulces, salados o amargos. Un ejemplo son estos versos del poema Omphalo: «Viéntreme, madre,/ Lechéceme./ Óvalo, óbolo,/ Aválame».
En diciembre del 2010, Diario de León entrevistaba a Agustín Delgado con motivo de la publicación, por parte de la editorial Trama, de todos sus versos: su título era Espíritu áspero. Poesía reunida (1965-2007). Decía entonces, con la rotundidad que siempre le acompañaba: «En los años sesenta o setenta escribir poesía era tanto como arriesgarse hasta el fondo desde una opción, estética o moral, del todo ajena a cualquier perspectiva de provecho o medro socio-profesional, para ya no decir mediático. Hoy, para muchos, escribir poesía es tanto como calibrar estrategias, tácticas, tendencias, siempre en perspectiva de obtener réditos mediáticos, y rentabilizarlos en cualquier otro orden de la industria cultural o de la deriva profesional».

domingo, julio 01, 2012

IL LIBRO DELL'OPPIO (EL LIBRO DE OPIO),

IL LIBRO DELL'OPPIO (EL LIBRO DE OPIO), POR CATERINA DAVINIO

Enviado por: Caterina Davinio | dom 01 de julio 2012 24:11
LUGAR: Bagno Sauro

* Ven a la presentaci�n del libro, si es posible, compartir, distribuir * T�tulo: IL LIBRO DELL'OPPIO (EL LIBRO DE OPIO) Autor: CATERINA DAVINIOAutor: Puntoacapo, Novi Ligure Il Libro dell'oppio (El Libro de opio .), a saber: los a�os malditos de un protagonista del arte electr�nico internacional y la poes�a del opio y los opi�ceos, la excelencia literaria vice par - con una historia y personajes en la escena literaria, de Baudelaire a De Quincey, de Coleridge a Burroughs - encontrar en . este trabajo un espacio sin el estorbo de victimismo ni prejuicios, con una perspectiva delirante, pero libre de censura y tab�es El autor escribe en la nota introductoria: "Se trata de enfermos (e infernal) artificiels paradis ... Es mejor no hablar de ciertas enfermedades del cuerpo y del alma, es mejor ocultarlas, para no perturbar la sensibilidad de aquellos que, en el mundo, por lo que seguramente se puede separar el bien y el mal, la salud y la aflicci�n, el cielo y el infierno. De hecho, este libro no se public� , y yo dir�a que en secreto, desde hace m�s de veinte a�os ". Podemos definir el Libro de opio una obra de un joven poeta: contiene, de hecho, las letras creadas por Davinio cuando ten�a entre diecisiete y treinta a�os de edad. Mauro Ferrari se�ala en el ep�logo: "Esta es la poes�a que re�ne en un solo paquete una experiencia de vida que es de todas formas plena y gozosa dolorosamente - Yo tambi�n sugieren una contradicci�n - que en Italia esta poes�a tiene muy pocos rivales, y que se refugia ni en una actitud m�s o menos malditos, ni en el moralismo. [...] La poes�a de Catalina Davinio vitalidad gotea, la corporalidad y del mundo f�sico, lo que, creo, nos hace amar la vida sin medida, porque hunde sus u�as en la abyecci�n, en peligro y la muerte -.? en un desaf�o a la muerte, incluso, sin ret�rica, ni en la construcci�n de los versos ni en la dimensi�n narrativa de este diario l�cido y alucinado [...] Historia S�, las fechas (entre 1975 y 1990) nos dicen sobre los a�os del terrorismo y la hero�na, pero los textos individuales, sin embargo, nos cuentan una historia - y no nos ofrecen instantes fragmentados, un mont�n de im�genes rotas, que no aspiran a la organicidad total-en la b�squeda del placer (moment�neos y fugaz, como siempre, el placer es, seg�n el poeta Leopardi) se fusiona con la inmersi�n en el dolor como la s�stole y la di�stole La b�squeda desesperada de las drogas est� vagando, la demora y espera ("la espera es todo");. la resurrecci�n a la vida despu�s de un la noche de las drogas, o la lucidez que brilla entre dos abismos, es entonces la terrible confirmaci�n del valor de "que la vida que le falta", la confirmaci�n de c�mo la vida debe ser cortejada, para sentirse vivo un d�a m�s, borracho en el borde de el abismo. " Caterina Davinio, escritor, poeta y artista, es conocido por su trabajo en nuevos medios de comunicaci�n, que la ha llevado, desde 1990, en contacto con las vanguardias internacionales-circuitos, en publicaciones, festivales, exposiciones y reuniones de mundial importancia, como la Bienal de Venecia, la Bienal de Sydney, de Lyon, de Liverpool, de Atenas, de M�rida, E-Festival de Poes�a (Barcelona y Buffalo, Nueva York), Manifesta y muchos otros, con m�s de 300 apariciones en la exposici�n significativa contextos.Este libro nos da una oportunidad de conocer un per�odo de oscuridad anteriores a 1990, en los a�os setenta y ochenta, que ofrece una galer�a de situaciones, personajes y la atm�sfera del mundo de la adicci�n a las drogas, con momentos de hedonismo, el nihilismo, sino tambi�n l�dico, o dram�tica , como por ejemplo en caso de sobredosis, la anorexia, Flash (Poema de la hero�na). El Libro de opio presenta ciento catorce poemas seleccionados de la colecci�n de deprecabili Fatti (lamentables hechos), casi en su totalidad in�dita, que contiene textos escritos a partir de la adolescencia temprana Davinio. Davinio comenz� a escribir poes�a a la edad de catorce a�os, la composici�n, desde 1971 hasta 1997, m�s de cuatrocientos poemas y textos de rendimiento, algunos de ellos fueron incluidos en antolog�as, lecturas y representaciones teatrales en los a�os ochenta y noventa. Los poemas incluidos en este libro, nunca impreso o presentado antes, son un primer intento de organizar y ordenar parte de los manuscritos para su publicaci�n. Los temas de las drogas y la marginalidad no son nuevos en la producci�n literaria Davinio, que ya est�n presentes en su color Color de la novela, en varios poemas, y en su libro fenomenolog�as de serie (2010). El Libro de opio, con un lenguaje dirigido, desde sus or�genes, a la experimentaci�n, con vocaci�n de romper las estructuras sint�cticas, versos, y, en alg�n momento, las palabras , con la imprevisibilidad de algunos pasajes inesperados y variaciones, ofrece, de una manera no s�lo neo-realista, una visi�n sin precedentes de la vida y la cultura juvenil de los a�os setenta y ochenta, quiz�s la generaci�n m�s afectada por lo que se ha llamado la droga la cultura. ***Naci� en Foggia, en 1957, Caterina Davinio creci� en Roma, donde, despu�s de una licenciatura en Literatura Italiana en la Universidad Sapienza, tuvo que lidiar con el arte contempor�neo y nuevos medios de comunicaci�n, como escritor, como curador y te�rico de uno. Apareci� en antolog�as y revistas internacionales, ha publicado las fenomenolog�as colecci�n de poes�a de serie, Campanotto, 2010, menci�n especial en el Premio Nabokov de 2011, con el paralelo de texto Ingl�s ep�logo, por Francesco Muzzioli y una nota de cr�tica por David W. Seaman, el color Color de la novela , 1998; los ensayos: Tecno-Poes�a y Realidad Virtual, 2002, con pr�logo de Eugenio Miccini, y Virtual Casa Mercurio. Planetarios y Eventos Interplanetaria, libro con DVD, 2012, acerca de la poes�a red. Obtuvo reconocimientos como finalista en los premios: Lorenzo Montano, Franco Fortini, 2011, 2010 Scriveredonna (Pescara), para poes�a in�dita. Entre los pioneros de la poes�a y el arte digital, en 1990, ha expuesto en m�s de trescientas exposiciones en muchos pa�ses de Europa, Asia, Am�rica, Australia. Desde 1997 ha participado y ha creado la poes�a y eventos de arte multimedia en siete ediciones de la Bienal de Venecia y los eventos colaterales.A�o: 2012 - G�nero: Poes�a - 168 p�ginas - Precio: 16 euros de compra: * Ordenes de la editorial: Acquisti [arroba] puntoacapo-editrice.com * Las copias gratuitas: periodistas, cr�ticos, centros culturales y bibliotecas que pueden hacer que el libro disponible para consulta p�blica, pueden solicitar una copia gratuita escribiendo a la Asociaci�n de Electr�nica de cultura ARTE: clprezi [arroba] tin.it (por favor, , escriba su direcci�n, el nombre de la revista / web de revisar una segunda direcci�n de la p�gina) En la portada: Caterina Davinio, la elaboraci�n digital de un autorretrato fotogr�fico creado en 1979.

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