jueves, octubre 08, 2015

De Oaxaca a DF. Impresiones de un pasajero inmóvil

De Oaxaca a DF. Impresiones de un pasajero inmóvil | FronteraD





Ella sacudió la cabeza como si se despertara de un sueño. Por el techo abierto vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, unas cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día
Juan Rulfo, Pedro Páramo


El aire silvestre de algunas comidas parece aliado al cromatismo mortal de las paredes. Ocres, azul noche, oro viejo, aguamarina. Las incendiadas fachadas mexicanas son un monumento a la magia de la estancia, de habitar en las sedes. Los colores hacen una morada con la pobreza terrenal de cada sitio. Invitan a quedarse, a demorar los sentidos, como aquel camión rosa que encandilaba a un visitante anglo en Porto. Ya sólo por esto, como tal vez ocurre en ese medio mundo que los pendejos del norte llaman atrasado, los colores indican que estamos en un universo cuya cultura de los sentidos es ajena a lo que nosotros llamamos desarrollo. La velocidad exige otros tonos, tan anémicos como nuestra sangre, esos espacios y colores suaves propios de la pecera de lujo que es el barrio de Santa Fe.


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Y después está la percepción flotante del viajero. Fuera de los hábitos que te encauzan en el lugar natal, lejos de casa y del trabajo oyes, miras, atiendes de otro modo, con todo el cuerpo. De ahí la hiperacusia que se siente en algunos lugares de estrépito, la fatiga que producen algunos masificados centros turísticos. Si te liberas del estereotipo que condena el entorno mexicano a la pobreza, no es fácil huir después de una mirada que será calificada de romántica. No es fácil, si vives exiliado en el desierto occidental, dejar de amar toda esta mezcla abigarrada de colores, voces musicales y cuerpos lentos, un poco como los personajes insomnes de Rulfo. No precisamente en los espantosos colores de una televisión completamente ajena a la realidad bizarra del país, sino en los mercados, en las fachadas y calles, en las cantinas y comidas, en el recargado barroco criollo de mil preciosas iglesias. También en la silueta tímida de dos jóvenes de Villa Hidalgo Yalálag, Yaniza y Camilo. Hijos de un dios menor: mera porcelana oscura.


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Lo que el occidental, de Australia a Francia, llamaría rápidamente desigualdad y violencia es un magma complejo que viene de muy atrás. Existe, naturalmente, la pobreza; a veces, estimulada o inyectada por el propio Estado. Pero también mil formas de supervivencia y dignidad que los europeos y gringos, casi siempre protegidos por el filtro de sus cámaras, no entienden en absoluto. Con frecuencia se vive en México una dulzura, también masculina, que no es frecuente en medio de lo que llamamos desarrollo. En El laberinto de la soledad se menciona que una mujer casi siempre impone un respeto en México, modula el trato y frena algunos peligros. Es posible que este aspecto del machismo mexicano le haya pasado por alto a algunas feministas del puritano norte wasp. Bajo los rituales del respeto, de una educación esmerada que a veces puede rozar lo oriental, se esconden también formas insólitas de evasión, incluso de desprecio hacia nuestra soberbia. Ellos están llenos de vida, por eso la irregularidad preside todas las relaciones y todavía puede ocurrir algo. Nosotros estamos neutralizados, de ahí la multiplicación de pantallas y prótesis tecnológicas. Hemos conquistado el orden (incluso nuestras protestas, y las relaciones afectivas, son espantosamente cívicas), pero hemos perdido la vida, cualquier gota de sangre en las venas. Hasta el flamenco español se resiente de una clonación que deja para el turismo y el espectáculo la vitalidad que no cabe en el automatismo de la macroeconomía.


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Para empezar, nos confunde el mito occidental de la elección. Bajo él siempre elegimos, y consideramos bueno o malo, dentro del círculo vicioso de lo que hemos mamado y heredado. Ninguna cultura es capaz de ver los prejuicios que le permitenver, estar en el mundo. Así pues, cuando un niño con la boca herida, las manos juntas en una súplica muda, se acerca llorando a nuestro coche parado ante el semáforo en rojo, son posibles muchos efectos distintos entre la indiferencia, el gesto de fastidio o la piedad casi llorosa. ¿Morirá ese chico pronto? Por el contrario, ¿posee su propia y soberana forma de vida, desde la que no nos envidia y en la que jamás entraremos? Quién sabe, pues eso es exactamente indecidible cuando el coche arranca otra vez con el semáforo en verde. Donde quiera que vayamos debemos llevar con nosotros un interrogante abierto. Si no, además, ¿para qué viajar? Solamente el racismo mundial de la información, con su división esquemática de papeles, tiene claro el significado del mundo, su división de riqueza y pobreza, de víctimas y verdugos.


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Se puede en aquel momento dar una limosna para quitarnos la molestia y la culpa de encima, pasando otra vez al verde de la fluidez. Deja atrás el dolor, reinicia el día, pasa a la pista de baile. Pero también podemos atrevernos a detener la tarde, dejando que el rojo que para la circulación se convierta en un signo y permita una bifurcación memorable. Al menos por un momento, que volverá, podemos sentirnos hermanos de ese ser lacerado, tomándolo como icono de nuestra dudosa condición. El niño que implora en el semáforo se convierte entonces, incluso si su imagen es sacrificial, en algo más radiante que esas paredes incendiadas bajo los cielos crepusculares de México. De hecho, no fueron solamente Artaud, Malcolm Lowry o Ivan Illich en Cuernavaca. A despecho de su fama de tierra peligrosa, toda la nación está salpicada por miles de visitantes (no sólo estadounidenses) que han decidido quedarse,hechizados por la hospitalidad, la riqueza antropológica, las posibilidades de negocio o la vitalidad abigarrada del país. Es posible que todo México nos recuerde sencillamente que es peligroso y difícil vivir, algo que en el implacable primer mundo,allí donde la religión numérica hace su agosto, hay que aprender por caminos mucho más torcidos.


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La violencia de los colores. Se podría volver ahora, sin más, a la manida cuestión de las drogas. No hemos tenido la suerte de otros, conociendo a una chamana que nos guíe por las sendas escarpadas de otra percepción. A decir verdad, tampoco hace falta, por eso no recordamos con detalle las revelaciones de Don Juan a Castaneda. Es posible que la Revolución, que era una subversión de lo inmediato, nos librase entonces de la urgencia de paraísos artificiales. Pero la forma en que entendimos la revolución se prolonga ahora en estas percepciones mexicanas. No necesitamos ninguna droga distinta al espesor de estos colores alucinógenos en las paredes ardientes, de esos cielos que parecen palpitar con un anuncio bíblico, como si las colinas y las propias nubes fuesen un personaje animado. A pesar de muchas precauciones con el agua, durante quince días revivimos el mito de una ebriedad que apenas necesita otra cosa que un vaso de agua. La irrupción triunfal de la planta en nosotros se consigue también dejándose llevar por la marea de lo visible, por ese eco de sombras que arrastra el entorno. Como en la pequeña iglesia de San Agustín Etla, donde mi compañera y yo enmudecimos de emoción ante aquella anarquía coronada. El perro adormilado en la escalinata del pórtico, el viejecito doblado y sordo que barría, los santos policromados en gestos dolientes. Tan cerca de Dios entonces, diría otro Juárez, tan lejos de Estados Unidos.


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Si alguien pudiera rezar todavía, sin haber olvidado a qué dios, en qué altar, diría: Señor de todos los hombres, hazte tierra, desciende a la alquimia lenta de estos colores. Incluso la casa azul de nuestra anfitriona, esos amplios espacios con fotos de ayer, su silencioso verde vítreo transitado por empleados discretos, está lejos de una distancia norteña que hace necesarios los estupefacientes para sentirnos vivos. Nuestras categorías críticas jamás pueden abandonar la oposición y la dialéctica: el mundo y la tierra, la ciudad y la selva, el individuo y la comunidad, el concepto y los sentidos. Pero todas las distinciones (y a veces son muy tiernas, como el Studium y el Punctumde Barthes) quedan atrás de esta energía del hormiguero mexicano, donde la distancia crítica es el hábito cultural para exiliarse en un mundo laminado. Todavía hoy el impresionante barroco de origen español sigue mostrando algo inalcanzable para Kant, esperemos que no para Lacan.


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Por hacer un chiste fácil, ni siquiera lo nouménico está a la altura de esta intensidad en duermevela de los fenómenos mexicanos, aunque no sean de origen náhuatl, mixe o zapoteco. Lo nouménico kantiano, tal vez lo real lacaniano, respira en Oaxaca en la inmediata viveza del símbolo, del lenguaje y las costumbres, de mil caras de lugares mágicos apenas entrevistos. Toda nuestra mitología moderna, incluso la de corte radical, se queda a las puertas de este templo telúrico y humano que pocos como Rulfo han sabido revivir y en el que Paz es poco más que un turista inteligente y atento. Hasta Heidegger, con o sin Malick, parece más apto para compensar la planicie protestante de Texas que para el abrupto relieve antropológico del pueblo Díaz Ordaz, de los barrios de Condesa o Coyoacán. Aquí las plantas, las casas y la pintura, son ya otro personaje, cargado de murmullos y voces. La mera figura de Pedro Páramo está prensada con mil estratos, no sólo el recuerdo suspendido de Susana y sus ojos aguamarina. Aunque es cierto que muchos mexicanos no necesitan leer Pedro Páramo. Sería incluso una redundancia. Están demasiado cerca de ese abrazo de la vida en la muerte y es comprensible que quieran librarse de él. Los otros, los intelectuales que flotan en un parque temático cultural o universitario, viven demasiado lejos de un México profundo que tal vez ni puedan despreciar.


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Cuando por fin llega, lo que llamamos nivel de vida define, selecciona, dibuja un campo más o menos concentrado de enseres y seres. Expulsa al exterior de la tierra, a esa masa parda de humanos ajenos, o al interior de las almas, al misterioso prójimo del ascensor, todo lo que sea atraso, peligro o miseria. Frente a esto, el magma mexicano sigue enseñando la importancia estética, vital y ética de mantenerse en la indecisión, en la duda, en la inseguridad. De mantenerse en un pragmatismo abigarrado y complejo que utiliza constantemente una tecnología punta, acoplada al cuerpo y los sentidos, para regresar sin descanso a un territorio inestable. Lo nuestro, en Europa y sus satélites, es la pobreza de la riqueza, ese silencio oscurantista de los ambientes climatizados. Lo propio del México real es esta lujuria de la pobreza, una expresión multicolor y ambigua, a veces muy silenciosa, que brota del borde del mundo. La depresión, en el universo desarrollado, es el efecto de rebote de una lucha por la supervivencia que nosotros creemos haber dejado atrás. Como si esa tristeza que se siente en nuestros escenarios diseñados (confort, consumo, tecnología, geometría urbana) fuera un castigo divino por haber pretendido esquivar lo obligación moral de la escasez, de sentir los límites de la tierra.


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Extra grande para tapar el silencio de las raíces, la ausencia de sustancia. El tamaño es el sucedáneo pueril de una cualidad real para la cual los occidentales ya no tenemos ninguna tecnología intuitiva. Esas habitaciones king size de los hoteles de Santa Fe, por ejemplo, donde la cama es tan grande que puede producir pesadillas. Mamíferos de costumbres, nos resulta un poco difícil dormir en esos espacios abstractos, ya que en ellos apenas encontramos un hueco. Solamente un primario sentido del humor, a veces del amor, o un sextante para la provocación, para la sorpresa o la tristeza, logran eventualmente un poco de relieve en esos escenarios aplanados por el lujo. Todos los que en México o en España huyen del relieve, de una misteriosa cualidad real que asocian con el atraso y la pobreza, entienden la vida como una planificación detallada, una oferta constante que debe amurallarnos y protegernos de la mugre. Hasta en los restaurantes caros de Oaxaca se nota (en el diseño de los platos, en las prisas del servicio) una pérdida de vitalidad, de la paciencia y la sorpresa, a manos del automatismo. Igual que pronto ocurrirá en Madrid, en los locales caros mexicanos la medida calculada del whisky ofende no sólo por lo exiguo, sino sobre todo porque sea exactamente calculada. Así es nuestro paraíso, lo contrario del maravillosopierdealmas que es el mezcal: un orbe rápido, regulado por el reemplazo y el halo de seguridad que genera. El estrés nos libra de la gravedad. Pensando en nuestra metafísica del control, que siempre deja a la humanidad y a la tierra fuera, alguien ha dicho que la esencia de la economía nunca es económica. Se trata de un álgebra de oposiciones que siempre deja la comunidad del encuentro, y el riesgo de la alteridad, para mañana. Pero sin riesgo no hay vida, ni común ni singular, sólo la eutanasia compartida de esta desaparición solipsista.


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Querido Karl, ¿dónde estabas mientras se producía esta jibarización de la economía política, esta distribución masiva y voluntaria de la alienación, esta democratización mundial de la auto-explotación? Se da una curiosa paradoja. Nos conocemos, a los demás y a nosotros mismos, en la medida en que estamos encerrados, presionados y apretados, más o menos como en El ángel exterminador. Al decir de un viejo refrán, a los amigos se les conoce en las dificultades. Afortunadamente, en el fondo siempre estamos rodeados (prejuicios, lengua, cultura natal), aunque nuestro entorno climatizado y global simule justamente lo contrario. Basta una broma un poco provocativa para que se precipite la presión de una escena, un encierro que muestra quién es quién. Así pues, la provocación, convocando un mundo elemental, es necesaria para desenmascarar la aburridísima hipocresía urbana. En tal aspecto, en el bufón de la corte (¿también en Cantinflas?) siempre se esconde un dramaturgo, una ironía sin la cual no hay ningún parto. Es necesario, una y otra vez, resucitar el indígena que llevamos dentro para romper los protocolos policiales del día y que el fin programado del mundo (sea en forma de turismo, de cultura o de entretenimiento) no se convierta en un menú total, sin escapatoria.


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Diáfano campus universitario en el DF. Vigilancia integrada, sin necesidad de vigilantes. Árboles alineados y desinsectados, con una franja blanca que los inmuniza de la tierra. Y en la juventud estudiante lo mismo, con un tránsito incesante que conduce en cien direcciones posibles y protege de la incertidumbre. Aunque Mauricio insiste en que la UNAM es otra historia, parece que el pacto de las especialidades, el estrés y la competencia nos libran del espectro de lo real. El caso es que es muy fácil simular esta simulación, disfrazarse en esta actividad múltiple. Siempre se podrá decir:En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis (Jn 1, 26). De ahí algunos de nuestros terrores durmientes, a veces en mitad de la mañana. Incluso en los más climatizados escenarios, para bien o para mal, late siempre un inescrutable factor humano. La humanidad de algunos guardias, taxistas y vigilantes. El humor discreto de algunos empleados y jardineros. Incluso algunos estudiantes que sonríen, algunos profesores que hacen afirmaciones irónicas y hasta preguntas reales. Más tarde una chica deficiente, en mitad de un pasillo de la Ibero, emite sin pudor sonidos guturales, aunque nadie parece hacer mucho caso. Poor little thing. ¿Quién la acariciará antes del anochecer? ¿También allí habrá dioses? Esperemos que sí, aunque a veces parece que el Lager estadounidense alienta cerca de estos decorados y sus murales postmodernos. Si repasamos el comienzo de Elephant (Gus van Sant, 2003), con aquella violencia afelpada y minimalista, recordaremos también que todo lo rechazado como mortal volverá como letal. ¿Hay ya una versión mexicana de esta intrincada ley del péndulo?


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Sí, la hay. Si al estadounidense medio, digamos, corresponde un exterior espectacular que casi carece de interior, con frecuencia el mexicano podría padecer un interior que no logra ningún exterior. Salvo tal vez en las bromas íntimas del trabajo, en la canción, en la comida y la conversación, en el amor y las lágrimas que derrama el mezcal. La timidez del público mexicano, su encantadora educación con el extranjero, tiene tal vez el contrapunto de esa pillería que ocasionalmente puede atrapar al turista. O bien unos inesperados brotes de violencia que resultan fulminantes. Como una de las peores herencias hispanas, el virus del auto-odio y del auto-desprecio campa por la mitad de México, haciendo a su habitantes potencialmente esclavos de mitologías extranjeras. El problema, en España o en México, no es que se hable mal inglés, sino que se habla mal español, yaqui o gallego. Aunque un taxista llamado Mario, desde su privilegiado puesto de observación, nos dice: “Mire, no es que no estemos orgullosos de ser mexicanos, es más bien que eso se lleva por dentro”. Pero quizás aquí radica un problema: sólo por dentro, como dice a veces Paz. Acaso si tomáramos en serio a Luis Villoro, a las fotografías de Rulfo, la modernidad mexicana partiría de asumir cierto esplendor de la pobreza. De convertirla en bandera, en riqueza antropológica, literaria, cultural y económica.


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Es posible que a todo eso, desde esta Europa castrada, le siguiéramos llamandopopulismo. Pero no es imprescindible imitar al Norte, esa religión de la alta definición que ignora el reino de las sombras. Como las mujeres, los latinos podemos mantener, en el extremo de nuestra tecnología punta, una alta indefinición, una buena relación con la duda. Podemos ser capaces de sentir, pensar y vivir con lo más atrasado de nosotros mismos. El dilema podría ser: ¿cómo ser contemporáneos, y desenvolverse bien en inglés, sin ser estúpidos ni caer en la barbarie cultural del norte? Es posible que entre Rulfo y Paz, entre Villoro y Krauze, esté latiendo una polémica parecida a la que había entre Ortega y Unamuno acerca de lo que significa ser modernos. En España ha ganado claramente Ortega, pero eso nos ha convertido en patéticos habitantes de una nación que ha desmantelado todas sus formas de vida autóctonas a cambio del bienestar normalizado, de la religión del consenso y el turismo. ¿Seguirá el mismo camino México? No parece probable, pues ellos tienen lo que los españoles hemos perdido, una buena relación con lo trágico, con lo no reconocible por la historia. Según Carlos Fuentes, un viejo orgullo enterrado.


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Imagina que odias el turismo, también como forma de venderse. Órale, dice Araceli. Odias por tanto la nube de vendedores fijos y ambulantes que te asalta cada tres metros en las pirámides de Teotihuacán para venderte algo, reflejos oscuros de obsidiana o gritos de jaguar enlatados. Ahora bien, ¿cómo vas a condenar ese mercado, o la picardía de los guías, si en principio eres un pendejo europeo que vas allí a coleccionar fotografías de lo que para ellos es su vida? La fotografía es potencialmente ofensiva, pues convierte en pintoresco, en estético souvenir, lo que para otros es una forma de vida. Es normal entonces que la víctima local, si acepta prostituirse, ponga un precio; igual que aquel paragüero de Santiago que cobraba por cada foto que le hacían los turistas. Como razonando: “¿Me encuentran pintoresco mientras yo lucho por vivir? Muy bien, paguen”. La modernidad mexicana no quieren ser perdedora, ni identificarse con los indios vencidos. De ahí la mala relación del Estado con el orbe indígena. Un amigo judío del DF, un poco atormentado, recuerda una freudiana “doble identificación con el padre agresor, conquistador, y con la madre indígena violada”. Claro, si fuera simplemente así, poco se podría hacer con esa mezcla. Afortunadamente, nuestro amigo también lo sabe, no es del todo así.


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Detrás de toda esta complejidad late una certeza que ya es posible confirmar en el Reino Unido, en Austria, en España y Rusia: no hay clase peor que la de los nuevos ricos, esa ferocidad ex-rural por negar las raíces, todo lo que huela a lentitud, y subirse a toda marcha a una opulencia obscena. De ahí proviene esa voluntad provinciana de ostentación, tan vulgar en Madrid como en el DF o en Miami: retirarse a una pantalla, o a una mesa abarrotada todo el día, atendida por una nube de sirvientes, ofertas, preguntas, camareros y música. Hacer ruido, compartir, beber, bromear, saltar, bajo un espectáculo a todo volumen. La pornografía de Facebook casi está hoy empotrada en la calle. Igual que en España, Colombia o Italia, pero si cabe con más énfasis todavía, pues el estruendo mexicano de la aldea global debe rellenar el pánico ex-campesino a que vuelva la grieta local. Nuestro mundo, con el ideal de una única clase media, está dirigido sin ninguna clase por una laya de expertos que quiere escapar a toda costa del campo. El pánico al vacío preside esta enorme clase media que no quiere saber nada de la pobreza. Y para ello aparenta, endeudándose con camionetas cuasi militares y pantallas gigantes. Un encantador líder campesino de Yalálag hablaba de volver a la tierra y a la sencillez. Pero la consigna de moda en las megápolis, sean París, Los Ángeles o el DF, parece ser: Antes muertos que sencillos. La complejidad consumista, su velocidad de reemplazo, es el nuevo Dios que, también en los afectos, nos salvará de lo elemental. Es como si el uno de la represión patriarcal hubiera sido sustituido por lo múltiple de una represión matriarcal, mucho más eficaz. Un joven campesino gallego decía este verano de la economía europea: Vivimos bajo una dictadura, pero todo el mundo finge estar contento.


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Si lo ético es mantener una profunda relación con la indecisión y la duda, porque eso es sencillamente el ethos común de los mortales, el estruendo del consumo, tanto en el DF como en Ámsterdam, debe sellar ese vacío. Si lo humano es mantener una buena relación moral con lo inhumano, decía el poeta Gary Snyder, nuestra tardomodernidad acelerada debe censurar esa falta. Y esto, que la angustia no sea palpable por ninguna grieta, no deja de ser el colmo de nihilismo. En algunas urbanizaciones, en algunos hoteles y campus universitarios, la angustia puede entonces consistir en que nadie la siente ni la atiende. Como tantas veces ha insistido Baudrillard, y después Tiqqun o Han, una de las cosas más características de la opulencia occidental es la tristeza inexpresable de su confort, la depresión anímica que es el reverso de su automatismo. Exactamente igual que el lujoso hotel donde vives en el DF, un encantador y terrible desierto amueblado. Una pecera ingrávida, sólo coloreada por el encanto moreno de algunos empleados. También, hay que decirlo, en aquella inolvidable terraza nocturna del último piso, con una riada de luces parpadeando hasta el horizonte.


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En muchos escenarios populares, sin embargo, no sólo en los mercados de Oaxaca, lapobreza juega por todas las esquinas con los destellos de su secreta riqueza, una felicidad que sólo puede brotar de los bordes, del roce con la mugre y lo incierto de los límites. La ausencia de tierra y traumas nos anula y neutraliza... de paso que nos convierte en monstruos, indiferentes al prójimo y gobernantes de un nuevo esclavismo legal. Se dirá que es fácil hablar así desde la moqueta del confort. Pero no, no es tan fácil. Ya sólo hablar así deconstruye parte de nuestra moqueta, pues obliga a buscar una línea material de choque, de roce con los límites. Nadie elige el nivel social y material en el que ha nacido, que además tiene múltiples facetas, pero sí es responsable de las decisiones morales destinadas a hacerlo humano. Tanto si vives en un barrio destartalado de Jalisco como en una privada de San Sebastián Tutla, la tarea ética y estética es siempre la misma: allí donde estés, perfora la costra de las situaciones, busca dialogar con la vida mortal. Aunque sea haciéndole a los desconocidos preguntas forzadas. Solamente un puente con el demonio, con el mal de lo real, puede salvarnos de ese infierno radiante de lo igual. Salvarnos de esa violencia sorda del confort que Borges asociaba a un abuso metafísico de la democracia. Pasolini diría: Os odio, hijos autistas de la opulencia. Nosotros, hijos de su cristianismo roto, estamos obligados a jugar con otras posibilidades. Una mano en Teresa de Calcuta y otra en Marilyn Manson. Es de suponer que esto, precisamente en México, se puede entender muy bien. Hubo un tiempo en que cierto noroeste lo dijo así: “Dios es bueno. Y el diablo no es malo”.


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Es cierto, de nuevo, que esto resuena fácilmente a romanticismo de clase, a un diseño de una moda que busca, desde la altura de su lujo, completarse además con un gesto de alternativo de vanguardia. ¿Indies y hipsters de alta definición? Lejos de esta tontería urbana, para compensar política, ética e incluso médicamente nuestro grado de bienestar, se debe buscar vivir, pensar y sentir con lo más atrasado de nosotros mismos. Lo otro es perpetuar la peligrosa ilusión de lo homogéneo, en los cuerpos y en las mentes, en la vida propia y en la de los otros. Es necesario entonces, para seguir vivos, romper los protocolos del día, esa distribución policial de la visibilidad. Nunca mendigues reconocimiento: ¿Quieres vivir? Arma una modulación de tu fuerza, dialoga con el miedo. Tal vez esto exige ser un poco extranjero siempre, forzando las confidencias que hace (y se le hacen) solamente el que está de paso. Cada nación merece una antropología en crudo. Es más, sólo puede salvarse de los estereotipos por ella, liberándola del impresionismo de la información. Así, entre Oaxaca y el DF, a veces platicas con tu compañera de viaje como se platica antes de dormir, como si fuera a acabarse el día o ese minuto fuera el último. ¿En un tiempo que remata en cada aliento? Sí, pero no es tanto que el tiempo se detenga, como que el tiempo mismo vive sin tiempo, fuera de toda cuenta. Tal vez la puntualidad mexicana es aproximada (aunque también sobre esto hay estereotipos), y casi nunca se llega demasiado tarde a las citas, en virtud de este tiempo maleable. El orden urbano tiene el reloj. La vida popular tiene el tiempo, grietas y espacios de vida en el tiempo.


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Millones de mexicanos se pasan el día comiendo en la calle. Así no hay forma, claro, de mantener la línea, la del progreso. En conjunto, en México se come demasiado bien para que el país abandone el pequeño retraso propio de una país en vías de desarrollo. Ahora bien, para ser una nación avanzada hace falta comer basura, de la misma manera que es necesario tener una vida triste, y eso por ahora no parece que en México vaya a ocurrir. Huachinango con hierba santa. Tortas y mole negro con guajolote. Chapulines (grillos) y sal de gusanitos de maguey para acompañar la copa de mezcal. Incluso sopas enchiladas a horas tardías. Los deliciosos sabores mexicanos son a la comida lo que los matices son a la vida. En un caso y en otro, si hay riqueza popular, todo se juega en los detalles, las especias, los picantes y las salsas. Riqueza, vital y gastronómica, que se estropea con su estandarización turística, aunque sea de un supuesto alto nivel. Y se estropea también con esta ansiedad típicamente industrial que lleva a comer todo el día y a pasarse el día entero hablando de comida. Rodeando además los alimentos de una patética ilustración especializada, con su pretendido alto vuelo. A veces, sencillamente, no sabemos cómo tapar el vacío. El metalenguaje culinario es ridículo, un triste sucedáneo de nuestra pobre relación con la potencia de los materiales terrenales. En este aspecto, los mejores restaurantes de Oaxaca son con frecuencia los más populares, fuera casi siempre de las guías. Y en el DF hay que decir que no es menos atractivo el Salón Victoria que el Nicos, aunque la fama se la lleve casi siempre el segundo.


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Es fundamental en la comida, como en el sexo, no pasarse el día pensando en ello, ni rodear los elementos rituales con una cultura masiva, industrial. Como la libertad o el erotismo, la buena comida nace de la necesidad, de una relación con los límites. Los alimentos se preparan en una cocina, y ésta (la de Teresa y Juana en Yalálag) condimenta sustancias que antes, en estado crudo, han rodeado al hombre y se han sudado en la suciedad de la tierra. Por paradójico que parezca, no hay buena mesa (la de Yira y Jonathan en San Francisco Tutla) sin una referencia de pobreza, sin trabajo, sudor y putrefacción terrenal. El sabor y el olor tienen que ver con materiales finitos, sustancias de equilibrio inestable que se pueden estropear. Convertir la comida en un espectáculo televisivo, con esos selfies en el caro restaurante de moda, es la señal de que entramos en la vía de la extinción. Extinción por imagen, podríamos decir, por sobreabundancia escénica; por alta exposición y maquillaje. La comida transgénica es, en este sentido, el equivalente gastronómico de tantas estrellas de cine estropeadas por el esplendor de lo idéntico, con el diseño exitoso de todos sus detalles. Bajo el dictado empresarial de lo homogéneo, como esas mazorcas de maíz iguales, al poco tiempo los humanos no tienen literalmente nada que decir, nada que vivir. ¿Qué emoción van a transmitir en las pantallas si ya no saben nada del infierno? A nuestra cultura urbana le cuesta entender que el choque con los límites, el fracaso, nos adelgaza y nos arma, manteniéndonos jóvenes. El éxito, por el contrario, encarna un peligro mórbido, la miseria de un envejecimiento por obesidad. El cáncer sólo concluye después una metástasis que ha empezado antes, en la expansión, sin sangre ni silencio, de los estilos radiantes de vida. También en esos platos cuyo perfil queda tan fotogénico en Facebook como el de los humanos casados con su propia imagen.


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Si el capitalismo es un gigantesco globo hinchado por la huida, lleno exactamente de la expansión de la nada (preferimos el nihilismo al algo sucio de la tierra), su norma es mantener el pánico a cualquier singularidad exterior, que será sentida como un potencial pinchazo. De ahí que todo el mundo, en un orbe de opulencia, se blinde. Porque es cierto, como recuerda un vivaz profesor español, que lo real siempre vuelve, que los espectros siempre regresarán. Es así que también el extra grande mexicano se defiende como puede del magma popular de la nación, de su mezcla y peligrosidad, del pequeño detalle indígena. El desarrollo exige separación, una distancia y desarraigo que es el combustible del despegue. De ahí que cada institución privada que se precie (urbanizaciones, universidades, empresas) levante un muro de barreras y guardias armados por todas partes, casi siempre con chalecos anti-bala. Como contrapartida, el gobierno, al menos en Oaxaca, ha hecho casi imposible la tenencia legal de armas, excepto un pequeño calibre que apenas sirve para cazar.


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Calle Madero, La Alameda, el Zócalo. Fuera de la amplia zona del centro, el crecimiento inorgánico de la capital ha integrado como barrios lo que antes eran pueblos: Condesa, Coyoacán, Roma, Polanco, Santa Fe. Esto por no hablar de los miles de casas de colores, en condiciones inciertas, que se extienden en las afueras. Todo es tan apasionante, sobre todo la obra en marcha que son las calles, que apenas se tiene que recurrir a la agobiante oferta programada, al turi-terrorismo de la visita guiada. Hasta buena parte de los museos pueden dejarse para los tiempos muertos, que casi nunca llegan. Ya el tráfico del DF es una expresión del peso de lo informal en México, de un empuje americano que difícilmente puede tener regulación al estilo europeo. Al volver, ya desde el avión, la geografía nocturna española (con luces geométricas incluso en los pueblos) señala que volvemos al imperio europeo del orden y la seguridad. Las serpientes luminosas indican que estamos muy lejos del brasero desparramado que es México. ¿La madre patria reniega entonces de sus hijos naturales, como si vinieran de fuera de cualquier matrimonio? Mientras tanto, los imponentes carros de potencia estadounidense corroen el espacio de los peatones en los pasos cebra. Incluso los peatones de primera clase, en las zonas caras, deben esquivar la presión con cuidado. Por no hablar de esos topes, sin señales visibles, que te pueden reventar el coche si circulas a 60 kilómetros por hora. Dan idea de lo salvaje que ha sido aquí la circulación, y del número de atropellos, antes de que los vecinos o las autoridades hayan decidido esa medida drástica. Topes tan terroristas como una circulación que, sencillamente, te puede impedir cruzar durante media hora interminable. La agresividad de la grúa, literalmente persiguiendo a los coches mal aparcados para engancharlos por debajo, recuerda otra vez que no estamos en la dulce e hipócrita Europa.


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La globalidad sigue siendo inmoral y una inmensa falacia. Bajo su retórica mundial, que impone una homogeneidad que ha venido de la niebla del norte, los hábitos locales continúan siendo escandalosamente persistentes. Fuera del DF, los microcosmos mexicanos, y un magma social explosivo, continúan siendo ajenos a la capital, y unos a otros. Por eso todos los centros estratégicos, de los restaurantes caros a los aeropuertos y las universidades privadas, se blindan con barreras y guardas de seguridad. Tal vez cada nación es una relación con el mito, el mito que le da forma al enigma de vivir en “este valle de lágrimas” (Rulfo). México llena como puede ese vacío, las dificultades que tiene para apoyarse en un pueblo, en los pueblos tan distintos de su tierra: la comida y el trabajo incesantes, el tamaño extra en tantas cosas, de la hamburguesa a los carros... La música atronadora o el aullido del fútbol llega hasta los mismos sanitarios, donde casi tienes que concentrarte para poder orinar en paz. En efecto, para algunas almas sensibles, la angustia podría consistir en este orden espectacular en el que la tristeza parece prohibida.


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Ya solamente el enjambre antropológico que se extiende a los pies de Monte Albán indica que, aun suponiendo una clase política normal (“¿Qué podría significar eso?”, dice con sorna Gibrán, uno de mis interlocutores en el DF), esta nación es muy difícil de gobernar. En Estados Unidos existió desde el comienzo, por el tipo de conquista y civilización, si no unas clases sociales homogéneas, sí una élite política implacable (que no se mezclaba) y una organización moderna que facilitaron el gobierno. En México, a pesar de ser desde el comienzo la joya de la corona española, el caso es muy distinto. Toda la historia mexicana está llena de tirones, de pronunciamientos, de contragolpes e inestabilidad. Cuando por fin se alcanza una estabilidad institucional, con el PRI (Partido Revolucionario Institucional) u otros, es al precio de una degeneración burocrática que alcanza el esperpento. Un poco como en España, la competencia entre la autoridad estatal y la federal, superpuesta a los distintos estados, es fuente de mil corrupciones. Mientras tanto, la enormidad del país, sus mil tensiones internas, la cercanía explosiva y un poco humillante de Estados Unidos, separa a México del conjunto de Latinoamérica. Dentro de ella, tal vez solamente Colombia o Brasil pueden compararse a México en cuanto a potencia geográfica, humana e industrial; en cuanto a tensiones internas y peso del liberalismo.

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Luchas en el estado de Guerrero, de Oaxaca, de Chiapas... Es normal que los militantes anómalos de Comité Invisible, prácticamente desconocidos en México, estén fascinados por casi todos los experimentos de revuelta que se incuban en el país. No sólo se debe a la dimisión o torpezas del Estado Federal tal proliferación subversiva. Pero los líderes campesinos de Yalálag sugieren, tal vez con razón, que parte de la contestación (también la de los maestros) se limita a reproducir, en el plano gremial y sindical, la sordera sectaria de todo lo político. Es como si los narcos solamente llevasen al extremo el sectarismo gremial o regional que caracteriza a la globalización mexicana. Tlacolula arriba, la carretera que parte de Oaxaca hacia los barrios de Yalálag, pasando por los pueblos mancomunados de Sierra Juárez, por Cuajimoloyas y Llano Grande, da idea de un abandono estatal que casi deja en pañales al nepotismo español. Sólo por ese índice no es extraña la desconfianza mexicana hacia todo lo estatal. Es como si ese maltrato sistemático del Estado, que ninguna de las revoluciones supo arreglar, explicase tanto el poder de los narcos en algunos estados del norte como el poder magnético de ese otro super-narco que es, para medio universo mexicano, la elitista democracia estadounidense.


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Un poco como en España, en México todo lo que venga del estado, incluido Octavio Paz, es visto con una lógica desconfianza. Es posible además que las dificultades para un enemigo exterior (Estados Unidos es demasiado fuerte; Centroamérica, débil; el sur del continente y España, lejanos) haya contribuido a mantener esta parcelación localista que recuerda un poco a la algarabía regional y local española, en parte de origen árabe. Aun suponiendo que, como en todas partes, los políticos no fuesen tan endogámicamente ineptos, la complejidad de la antigua Nueva España es muy difícil de gobernar. Haría falta la crueldad de un Cortés, o el estado fuerte de los vecinos del Norte, o el de un Putin, para sobreponerse a esa explosiva energía centrífuga mexicana. En todo caso, ¿permitiría la gran democracia del norte que México se hiciera realmente independiente, de alguna manera nacionalista, con un gobierno fuerte? La respuesta es más que dudosa. La hipótesis de una guerrilla narco alimentada por el mercado del norte, como un mini estado que le disputa permanente el poder al Estado Federal, es un ejemplo de que Washington está poco interesado en la fortaleza mexicana. Ni siquiera en la limitada medida que lo sea un Canadá, que además no tiene 20 millones de pobres dentro del imperio. Con Obama o con Donald Trump, Estados Unidos hará lo posible por estresar y endeudar a México, como lo ha hecho con medio mundo que no es angloparlante. ¿Por qué engañarnos, hoy, en cuanto a este aspecto terrible de la modernidad? Naturalmente, esto no le quita a los propios mexicanos, en los aciertos y en los errores, su responsabilidad.


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Es sabido que conforme crece el crimen organizado, casi automáticamente descienden los delitos menores. Cada mafia, sea estatal o antiestatal, reclama sus privilegios. En la medida en que crece el poder de los pequeños estados narco, decrece la delincuencia común. Y viceversa. No tiene sentido asaltar a viejecitas al anochecer cuando eso perturba un negocio mucho mayor. A diferencia de la apacible Suecia (engañosamente apacible, fíjense), todo el mapa mexicano, desde la historia a la geografía, facilita lo que un europeo llama inseguridad. Pero hay que decir quizás, a pesar de unas estadísticas pavorosas, que el problema en México, la primera línea de la violencia, igual que en España o Francia, no es la muerte violenta, con cadáveres descuartizados en primer plano. El drama moderno de la normalización, para el cual no existe nunca una suficiente definición, es el final a plazos, la muerte lenta sin cadáver. No hace falta leer a Foucault o a Baudrillard. Por cada cuerpo destrozado, de mujer u hombre, hay mil seres humanos vencidos en silencio. Este es un aspecto de la modernidad en el que algún día tendremos que entrar y, sobre el cual, el imperio informativo que nos sirve los cadáveres del desayuno diario no tiene nada que decir, pues tal imperio se mueve (en plena época digital) por esquemas groseramente analógicos. Análogos al espectáculo mundial que blanquea nuestro malestar. Ese tipo de condena democrática e industrial que tiene que ver con el desánimo gradual, con la sobreexplotación laboral privada y pública, y una depresión reptante que no tiene fácil diagnóstico. Tenemos constantemente en pantalla las muertes violentas, el cambio climático y el negocio del apocalipsis, para ocultar un arrasamiento de las interioridades que no tiene precedentes. El espectáculo del fin del mundo seguirá tapando, en México y en Canadá, la normalidad numérica de la extinción.


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Además, buena parte de la clase media mexicana, por no hablar de los 80 millones depobres, ni se enteran de los horrores que escandalizan al mundo de los medios. Ya la vida de esos pobres es suficientemente espectacular. Con frecuencia el mexicano medio, también los guanabí (I wanna be) que quieren medrar, están demasiado inundados de trabajo, de sol a luna, para ocuparse de las noticias. La información es una cosa de ricos, materia prima exterior, manipulada de cabo a cabo, para llenar vidas vaciadas por el nihilismo de la velocidad. Lo trágico es que la misma sociedad que necesita esa información facilita también los sucesos y las mafias que los producen. ¿Las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez, que tanto juego han dado en nuestra literatura de consumo, no tienen algo que ver con una forma elitista de diversión? Se decía en Bowling for Columbine: la información, desde el punto de vista objetivo y subjetivo, no sería nada sin una gobernanza basada en el entretenimiento. La humanidad elegida como esclava de la globalización, en Sevilla y en Puebla, ha de ver cada día a gentes a las que todavía les va mucho peor. También la violencia está en esa espantosa televisión que retransmite obscenidades sin fin, a espaldas del país real. También la violencia proviene del Estado, y no en los ocasionales demostraciones de fuerza, sino en la soberana indiferencia con la que trata a parte de la población. Si no fuese por eso, el poder expandido de los narcos (que a veces hacen el papel criminal, benéfico o justiciero del Estado) sería inexplicable.


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Un profesor de la Universidad Iberoamericana sugiere, medio en serio medio en broma, que la especulación de un contacto extraterrestre en las culturas precolombinas puede tener un trasfondo racista. A falta del radiante Estados Unidos, argumenta Francisco, tuvo que haber una ayuda externa: ¿cómo si no pudieron esos pueblos atrasados lograr una cultura y unas construcciones tan refinadas y monumentales? El caso es que, como tal vez ocurra en Perú y Bolivia, el peso de las comunidades indígenas es sentido con frecuencia como un lastre en el resto del México mestizo y más desarrollado, aunque esto no se formule explícitamente. A veces el físico de algunos campesinos podía ser directamente asiático, indonesio o japonés. Incluso podrían darse similitudes con la India en esta multitud oscura vestida con colores vivos, en sus minitaxis de tres ruedas, en las inmensas cuestas que llevan a algunos núcleos apartados. No sólo el Estado ignora mientras puede la diferencia cultural y los derechos de mixes, otomí y zapotecos, sino que probablemente subsiste un racismo multidireccional en la sociedad civil, no sólo de los mestizos blancos hacia la gente de color. Esto se junta a la justa queja moral de algunos líderes indígenas, conscientes del abandono creciente de la tierra, la voracidad del consumo en el mundo exterior, la caída de la natalidad entre ellos y la huida de los jóvenes.


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Solamente por el estado de algunas carreteras, a veces parece que los antiguos conquistadores españoles, con toda su crueldad, se tomaron algunas molestias que hoy el Estado mexicano se ahorra. Como ocurre en otros lugares de Latinoamérica, hay sitios remotos a donde sólo llega la lluvia y el sol, la televisión y algunos misioneros. Aún así, algunas culturas mesoamericanas subsisten muy bien organizadas, manteniendo un grado de independencia y dignidad incomparable al de otros núcleos indígenas en el mundo anglo. En diminutas parcelas castigadas por la sequía de este año, la cultura del maíz produce en el microcosmos de las milpas casi todo lo que necesita una familia: frijoles, calabaza, chile.... La gente ha aprendido a organizarse al margen del Estado, aparte incluso de los casos extremos. Por decirlo del todo, en las comunidades zapotecas de Yalálag se mantiene incluso el horario tradicional, una hora menos de lo que dicta el resto del Estado.




Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Entre sus libros últimos cabe destacar Votos de riqueza(Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011). Sobre el freno al pensamiento en Occidente y otras cuestiones afines, el autor ya ha dicho casi todo lo que tenía que decir en su último libro Sociedad y barbarie (Melusina, 2012). En FronteraD ha publicado, entre otros,Marx en red. (El origen de la religión verdadera), Cuarteto neoyorquino y El cuerpo de la desintegración, y mantiene el blog Crítica y barbarie.

domingo, septiembre 27, 2015

Pocos vieron esas raras fotos históricas.

Pocos vieron esas raras fotos históricas. De №8 los pelos de punta. | Agligator



La mujer judía en Austria está sentado en el banco con la inscripción "Sólo para Judios."

Fotos históricas que evidencian la infamia y la crueldad de los NAZIS
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Los niños juegan con un fajo de dinero en el período de hiperinflación. Alemania 1922.
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Y esta hermosa foto 
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zarista expediente de la policía secreta de Stalin en 1911.
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10.) Joseph Stalin (derecha) y su homólogo Félix Dudayev.
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11.) El hijo de Stalin Yakov Dzhugashvili capturado por los alemanes en 1941. Más tarde fue asesinado en los prisioneros de los campos.
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12.) Un soldado alemán comparte una comida con una mujer rusa con un niño.
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13.) Luchador podkurivaet usar el lanzallamas.
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14.) Los soldados soviéticos acompañaron al prisionero de guerra alemán después de la victoria en la batalla de Stalingrado.
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15.) 57.000 prisioneros alemanes marchando a Moscú después de la derrota de Belarús en 1944.
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16.) Los prisioneros de guerra alemanes, literalmente, embalados en estrecha campo de prisioneros corral.
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17.) Simone Ségouin 18 años viejo luchador resistencia francesa 1944.
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18.) Joseph Goebbels da la mano soldado muy joven, 1945.
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19.) La reacción de los soldados alemanes en la fotografía de los campos de concentración.
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Esta visión desde la esquina opuesta de la pantalla.
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20.) Las ruinas de Dresde después de la Segunda Guerra Mundial.
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21.) Los restos del cosmonauta soviético Vladimir Komarov después del desastre.
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22.) Fidel Castro fumando un cigarro durante una reunión en el Kremlin de 1963. En su mano relojes Rolex, dos piezas.
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23.) con Margaret Thatcher después de que soldados británicos después de la derrota de Argentina en la guerra de Malvinas.
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Escondiéndose en Montaigne, por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Escondiéndose en Montaigne | Babelia | EL PAÍS



Escondiéndose en Montaigne

Uno se esconde como puede en la vida privada y se retira a un silencio que está hecho en gran parte de las palabras luminosas y acogedoras de unos cuantos libros

 26 SEP 2015
La torre de Montaigne en Saint Michel-de-Montaigne. / ROMAIN CINTRACT













Cuando arrecia la bronca pública y la temperatura del delirio, entre nosotros siempre tan alta, va llegando al punto de ebullición, mi instinto es el de esconderme y el de retirarme. Uno se esconde como puede en la vida privada y se retira a un silencio que está hecho en gran parte de las palabras luminosas y acogedoras de unos cuantos libros, o más bien de las voces de quienes los escribieron, preservadas en ellos desde hace siglos. “El mundo está demasiado encima de nosotros”, decía Saul Bellow. El chantaje de la actualidad y el descrédito de todo lo que no sea nuevo o inmediato lo acosan a uno más insidiosamente que nunca. Por eso, y por supervivencia, por salud mental, cuando el estrépito es ya como un martillo neumático taladrando la acera bajo la ventana, yo busco para esconderme, de manera instintiva, las voces que más me acompañan y me serenan,como hacía Josep Pla cuando pasaba un día entero de invierno en la cama leyendo a Montaigne, que tenía sobre él un efecto a la vez tónico y sedante.
Vivió muy cerca de los horrores de su propia época y los interpretó a la luz de sus lecturas de los clásicos griegos y latinos
A Pla, Montaigne lo abrigaba contra el frío crudo y el tedio funeral de la posguerra franquista. A mí me alivia del espectáculo usual de la palabrería intoxicadora y del encono estéril, y de la extraña propensión española y antiespañola a echar leña al fuego y preferir lo peor a costa de lo razonable. Un dicho americano me viene a la memoria: to cut off your nose to spite your face: literalmente, cortarse uno la nariz para injuriarse la cara, o, en términos de la política española, hacer todo lo posible por perjudicar al otro, sabiendo o no queriendo saber que ese otro está tan entreverado a uno mismo que no es posible hacerle daño o prevalecer sobre él sin precipitar la propia ruina. Montaigne vivió muy de cerca los horrores de su propia época, desatados por la mezcla letal de la ambición política y el fanatismo religioso, y los interpretó a la luz de sus lecturas de los clásicos griegos y latinos, del estoicismo de Séneca, el epicureísmo de Lucrecio, la perspicacia histórica y psicológica de Plutarco. Ahora, el risueño cretinismo de los propagadores de la ignorancia ha puesto de moda la llamada “caducidad de los saberes”: en la Francia trastornada de mediados del siglo XVI, Montaigne reconoció en las obras de escritores romanos de más de mil quinientos años atrás el diagnóstico de las debilidades y las estupideces humanas que había presenciado él mismo: la facilidad del error, el éxito del engaño, lo incierto y variable de las inclinaciones y las capacidades humanas, la utilidad de la ironía, la necesidad de modelar la propia vida autónoma y el ejercicio soberano y escéptico de la razón. Viviendo en tiempos oscuros, Montaigne no concedía ningún crédito intelectual a la pesadumbre, y consideraba que uno de los indicios más seguros de la sabiduría era un disfrute constante de los placeres de la vida, más valiosos todavía por ser pasajeros e inseguros. Los profesionales de la ortodoxia, con independencia de las fantasías políticas o religiosas que los animaban a matarse entre sí, y de paso a cualquiera que se les cruzara por delante, tenían en común la convicción de que sólo existe una manera legítima de pensar y vivir, y que fuera de ella no cabe más que la condenación al fuego eterno, anticipado en ocasiones por el fuego terrenal de un auto de fe: Montaigne se complace en enumerar la variedad inaudita de las creencias y las costumbres en las sociedades no europeas, y hasta hace el elogio de la buena salud, el coraje, la dulzura de trato de los caníbales del Nuevo Mundo, que, al fin y al cabo, dice, mutilan y se comen a sus víctimas cuando ya están muertas, en vez de atormentarlas vivas, como prefieren los matarifes militares y los inquisidores europeos.
A Pla, Montaigne lo abrigaba contra el frío crudo y el tedio funeral de la posguerra franquista. A mí me alivia del espectáculo usual de la palabrería intoxicadora
Cuando vuelvo a Motaigne es raro que no vuelva también a Cervantes. Hay un aire común, una música semejante de naturalidad en el estilo, una observación cercana, meticulosa, escéptica, cordial. Cuando leo, en el Quijote de 1615, los capítulos que suceden en la casa del Caballero del Verde Gabán, me parece que estoy visitando una versión manchega y por lo tanto más modesta del castillo del señor de Montaigne, coronado por esa torre en la que él se retiraba a leer y a escribir, y en la que también habría ese silencio laborioso del que habla con admiración y probablemente con íntima envidia Cervantes, que casi nunca disfrutaría de comodidades semejantes: “El maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un convento de cartujos”. Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, lleva una vida que habría aprobado Montaigne: apartada en el sosiego de su casa y en la lectura —tiene “hasta seis docenas de libros”—, pero también activa, de una manera equilibrada, porque se ocupa de administrar su hacienda y se distrae con la caza menor, y disfruta de recibir invitados y de ofrecerles una comida “limpia, abundante y sabrosa”. Montaigne dice que la conversación es “el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu”, “más dulce que ninguna otra acción de nuestra vida”. Don Diego de Miranda, igual que sin duda lo era Cervantes, es un excelente conversador, y hasta Don Quijote, cuando se encuentra en su casa, habla con más conocimiento y lucidez que nunca, y hay momentos en los que sus reflexiones sobre la invención literaria, y sobre el uso noble y natural en ella de la propia lengua en lugar del latín, nos hacen pensar en la prosa de Montaigne.
Que en la política española predomine el monólogo mitinero y que todo diálogo sea un diálogo de sordos y un guirigay de insultos quizás tenga que ver con la falta de la tradición reflexiva y conversadora de Montaigne y Cervantes. En el siglo XVII hubo tentativas de traducción al español de los Ensayos, pero se quedaron en nada por la presión del integrismo religioso y político. Montaigne sólo llegó a nuestro idioma a finales del XIX, cuando ya llevaba varios siglos ejerciendo una influencia vivificadora en la cultura francesa y también en la inglesa, irradiando su espíritu de indagación y de irreverencia, su ejemplo de claridad expresiva. Una gran parte del pensamiento racional y democrático y la escritura crítica vienen de Montaigne, de manera semejante a como la tradición de la novela viene de Cervantes. En los Ensayos, como enDon Quijote, se examina la vida tal y como es, con plena conciencia de la dificultad del conocimiento, y de las fantasías que inventa la imaginación, y de la capacidad humana para ponerlas por encima de la realidad, y para cometer estupideces y atrocidades en su nombre, y para obstinarse en no ver lo que está delante de los ojos.
De la trastienda de uno mismo o la “arrière-boutique” en la que, según Montaigne, hay que saber esconderse a solas aprendió Virginia Woolf la idea de la habitación propia que una mujer necesita para escribir. Entre Montaigne y Cervantes, yo busco el camino para retirarme sin hosquedad ni misantropía y para estar presente con dignidad y con los ojos abiertos, y a ser posible sin angustia.

lunes, septiembre 21, 2015

Homenaje a Eduardo Galeano

Homenaje a Eduardo Galeano | lamarea.com



Homenaje a Eduardo Galeano, que ni vendió ni alquiló su escritura

El próximo 17 de septiembre en el Centro Social La Tabacalera de Madrid tendrá lugar un acto en recuerdo al escritor uruguayo fallecido el pasado mes de abril
04 septiembre 2015


Homenaje a Eduardo Galeano, que ni vendió ni alquiló su escritura
El escritor uruguayo Eduardo Galeano. Fábio Rodrigues Pozzebom/Agência Brasil


Este jueves, Eduardo Galeano hubiera cumplido 75 años de edad. La editorial Siglo XXI de España, que ha publicado toda su obra y debería reeditar ahora alguno de sus libros menos conocidos, tiene previsto un homenaje al periodista y escritor uruguayo que tendrá lugar el próximo 17 de septiembre en Madrid, meses después de su llorado fallecimiento. El acto se celebrará en el centro social La Tabacalera, en la calle Embajadores.
Se contará para tal ocasión  con la lectura de sus textos o los recuerdos personales a cargo de amigos, conocidos y gente pública y anónima que formaron parte del universo literario y humano de Galeano. Entre ellos estarán el cineasta Fernando León de Aranoa, el escritor Marcos Ana, el actor Juan Diego Botto, los periodistas Iñaki Gabilondo, Vicente Romero o José Manuel Martín Medem. También habrá vídeos del propio Galeano, así como de gente que no podrá estar ese día, pero que quiere sumarse al homenaje, como es el caso del capitán de la selección de fútbol de Uruguay, Diego Godín.
La directora  de la editorial, Cristina Martínez, explica que “es un acto en el que se recordará a Galeano en todas las facetas que este enorme escritor abarcaba. Desde el mundo de la cultura, del fútbol, de la política, de la gente y sus historias. Se le recordará, sobre todo, a través de las palabras legadas por un escritor que ha marcado a generaciones con su pensamiento lúcido, comprometido, revelador”.
Acabo de terminar la lectura de la biografía de urgencia que sobre Eduardo Galeano escribió su colega argentino Fabián Kovacic. En Días y noches de amor y muerte, uno de los libros en los que Galeano repasa la memoria de sus amigos y compañeros perseguidos y asesinados por las dictaduras militares del Cono Sur, el autor reflexiona sobre lo que desde entonces fue su declaración de principios: “Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido. Ésa iba a ser mi manera de estar con los demás después de muerto y así no me iban a morir del todo las personas y las cosas que yo había querido”. Vivas siguen sus palabras y su nombre.
A pesar de la posible precipitación con la que el libro de Kovacic fue escrito -apareció al poco de la muerte del escritor y periodista-, su lectura es sumamente interesante pues nos participa detalles muy significativos de la vida y la evolución del pensamiento de su protagonista, así como las reiteradas veces en que estuvo amenazado de muerte, tanto en su país como en Argentina, debido a su comprometido trabajo profesional en publicaciones como Marcha y Crisis. Galeano fue militante socialista desde la adolescencia, cuando empezó a colaborar como dibujante en El Sol y de él se puede decir, tal como afirmó en una entrevista publicada en el semanario Búsqueda en 1987, que cumplió a lo largo de su existencia con el principio que movió su escritura: “Tengo fe en el oficio de escribir, la certeza de que es posible hacerlo sin venderse ni alquilarse”.
En la biografía se incluyen fragmentos magníficos de algunos discursos especialmente significativos pronunciados por Eduardo Galeano, como el que dio en Santiago de Chile en julio de 1988 con motivo del Encuentro Internacional del Arte, la Ciencia y la Cultura por la Democracia “Chile vive”, y con el que regresó a aquel país quince años después del golpe militar contra Salvador Allende: “Se multiplica la pobreza para multiplicar la riqueza. Se multiplican las armas que custodian esa riqueza, riqueza de poquitos que mantienen a raya la pobreza de todos los demás. Y también se multiplica mientras tanto la soledad. Nosotros decimos no a un sistema que no da de comer ni da de amar, que a muchos condena al hambre de comida y a muchos más condena al hambre de abrazos”. (Nosotros decimos no será luego el título de uno de sus libros).
Las últimas páginas del libro de Kovacic son especialmente emotivas. Evoca los paseos de Galeano por Montevideo, una ciudad que para el escritor seguía poseyendo la posibilidad de respirar y caminar, dos ejercicios suntuarios en las grandes ciudades inseguras y enfermas. Hasta última hora, Eduardo siguió escribiendo, pero sólo “cuando le picaba la mano” y siempre a mano, porque la mano es la extensión de todo el cuerpo “y es todo él el que escribe”, según decía. Cada mañana paseaba por la playa hacia su bar El Brasilero, en la ciudad vieja. Puede que dialogara en silencio con sus amigos muertos y compañeros de lucha: Raúl Sendic. Emilio Frugoni, Carlos Quijano, Juan Carlos Onetti, Paco Espínola, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh…
“Hasta que llega a su mesa en el bar, se pide su café y se alimenta de los saludos y los abrazos y piensa en los libros y en toda esa aventura que es la vida de un tipo que eligió como oficio ser un cazapalabras, para que la memoria de los otros se quede entre nosotros”.

martes, septiembre 08, 2015

El mundo a través de los pasillos: ENTEVISTA A ANTONIO DE LAS MORAS. Por Irene Álvarez

El mundo a través de los pasillos: ENTEVISTA A ANTONIO DE LAS MORAS. Por Irene Álvarez







 "yo digo lo que me da la gana y tú lo escribes"





ENTEVISTA A ANTONIO DE LAS MORAS.
Por Irene Álvarez

Todos conocemos al profesor de historia Antonio de las Moras profesionalmente,pero no conocemos como a llegado hasta aquí. La entrevista tuvo lugar en el seminario de Historía y las primeras palabras de Antonio fueron muy claras: "yo digo lo que me da la gana y tú lo escribes"



-EMATDLP:  ¿Dondé nació?

-ANTONIO:  En Santander.

-EMATDLP:  ¿Por que eligió benidorm como lugar de residencia?

-ANTONIO:  Porque es un asilo con balneario.

-EMATDLP:  ¿Como llegó a ser profesor de este instituto?

-ANTONIO:  Como todo el mundo, como funcionario.

-EMATDLP:  ¿Siempre quiso ser profesor de historia?

-ANTONIO:  No, yo no estudié historia.

-EMATDLP:  ¿Que es lo que verdaderamente quería ser?

-ANTONIO:  Artista.

-EMATDLP:  ¿Artista?,¿Por qué?

-ANTONIO:  Para vivir del cuento, del alambre, como hacen todos los artistas.

-EMATDLP:  ¿Entonces como sabe tanto sobre historia?

-ANTONIO:  Leyendo (Rie)

-EMATDLP:  ¿Comó consiguió este puesto si no había estudiado para ser lo que hoy es?

-ANTONIO:  Haciendo oposiciones como todo el mundo. Te examinan de la materia.

-EMATDLP:  ¿Cual es su ideología política?

-ANTONIO:  Ácrata.

-EMATDLP: ¿Que opina sobre la normativa de salidas para fumar?

-ANTONIO:  Estan nerviosos,es absurdo,veo bien que no dejen fumar en zonas cerradas pero en el patio....

-EMATDLP: ¿Que opina sobre la crisis económica que atravesamos en estos momentos?

-ANTONIO: Han dejado a los tiburones sueltos y estos nos dan bocados. Tenemos lo que nos merecemos.



El fulgor de las palabras, por JOSÉ-CARLOS MAINER

El fulgor de las palabras | Cultura | EL PAÍS

El fulgor de las palabras

El poeta Carlos Sahagún deja una obra poética escrita en carne viva





El poeta Carlos Sahagún.
Lo escribió al frente de su último y ya lejano libro de poemas (Primer y último oficio, 1979): “Y todo gira perezosamente, / todo es ceniza derramada a ciegas / alrededor del sueño. / Porque tu mundo es este: / por él avanzas como quien sostiene, / a vida o muerte, un cuerpo sobre el agua”. Veinte años antes, al final de “Cita en el mar” (Como si hubiera muerto un niño, 1960), hallamos el primer atisbo de esa imagen: “Te llevé con dulzura entre mis brazos. Hijo / mío. Salvajemente nos esperaba el mar”. Quien lea estos versos de Carlos Sahagún (Onil, Alicante, 1938-Madrid, 2015) puede tener la tentación de pensar en el hombre huraño, pesimista aunque lúcido, que dejó de escribir por falta de estímulos para hacerlo y porque estaba enfadado con casi todo. Pero el Sahagún verdadero era otro, no dejando de ser nunca aquel existente desazonado: era aquel conmovido y tenaz cirineo que “sostiene, a vida o muerte, un cuerpo sobre el agua” o que lleva hacia el mar de una vida incierta su propia infancia en brazos. Aquel cuerpo vencido o este niño significaban la inocencia y la felicidad, que había que poner a salvo. No sólo las suyas sino las de todos… Por ello Sahagún declaró su hostilidad intransigente a la guerra civil perdida, al silencio cómplice, a la injusticia consentida, a la prepotencia dulcificada por el compadreo.
Pero antes fue el poeta de la esperanza. Ganó el Premio Adonais de 1957 con un libro que escribió a los diecinueve años y que, no por casualidad, habló de las profecías del agua. En forma de manantial, de río, de nube, de lluvia en la noche, del mar al que se llega, del experimento vivido en el aula escolar de química, el agua es símbolo de lo mejor del ser humano. Se trata de un libro que habitan insolentemente niños pero también el hombre maduro que ha sido “familiar de los muertos más caídos, / espectador heroico de las cenizas”, y las muchedumbres que se reconocen “todos juntos / viendo crecer el trigo y caer la lluvia” y aquellas que “le llamaron posguerra a este trozo de río, / a este bancal de muertos”. A despecho de los tributos dulzones a la poética de una época, Profecías del agua es un libro que habla de una guerra perdida y que impone su sencillez vehemente y la asombrosa riqueza de sus imágenes, como sólo lo hizo entonces otro poeta veinteañero, Claudio Rodríguez. Poco después, Como si hubiera muerto un niño, el poemario que ganó el premio Juan Boscán en 1960, fue un paso más hacia su madurez: el niño gozoso pasa a ser ahora el que se ha perdido y “si no encuentra / el hilo del amor, dale la mano”. Y es también el retrato de un niño que nos reprocha en silencio porque “la vida es como un río grande. No debimos crecer”. Escrito dilatadamente entre 1961 y 1972, y publicado en 1973, Estar contigo fue un libro de amor que recapitulaba la incipiente madurez y el paso del tiempo, que es conocimiento, para llegar al tiempo de la historia: la miseria entrevista encuentra su nombre (“Visión de Almería”); la posguerra se muda en desesperanza cuando no hay “nada en el horizonte de color Normandía” (“Desembarco”), y el amor de adultos es ya cuestión de “nuestros cuerpos solidarios”.
Primer y último oficio (1979) fue un título veraz y premonitorio, aunque nadie pudo pensar que sería el postrero. Todas sus imágenes son poderosas; los versos, más cincelados y sonoros que nunca, pero la realidad es sombría: se habla de “la innoble luz de la memoria” y si “arde la memoria”, es para recordarnos que “lentamente / renace para lastimarnos / la adolescencia irreparable”. Todo se convierte en destierro y derrota, en noche insomne y arenas desoladas, que impregnan incluso los hermosos “Lugares” que describe la IV parte del libro. La tercera sección, “País natal”, incluye los más duros y sobrecogedores poemas que se han escrito sobre las condenas a muerte de “Septiembre 1975” y sobre la muerte de Franco (“su descenso al infierno, un largo epílogo / de ávidos bisturís y transfusiones. / Más no bajan con él los días aciagos…”).
Ojalá que, entre los primeros avisos de otro otoño (no menos lleno de signos de vergüenza), Carlos Sahagún, poeta, catedrático de literatura, ciudadano y rebelde, haya encontrado la paz que se negó a sí mismo y halle los lectores que nunca buscó para sus versos en carne viva.

José Carlos Mainer es catedrátrico emérito de Literatura española en la Universidad de Zaragoza.

lunes, septiembre 07, 2015

Marina Garcés: “La filosofía nace como arte callejero” | EL PAÍS Semanal | EL PAÍS

Marina Garcés: “La filosofía nace como arte callejero” | EL PAÍS Semanal | EL PAÍS





Defiende la filosofía como una forma de vida. Un arte que nace en la calle y que continúa sin interrupción en el espacio privado, la casa, un hecho al que han contribuido especialmente las mujeres. Madre de dos hijos, profesora en la Universidad de Zaragoza y ensayista, Marina Garcés sostiene que frente a las preguntas inaugurales de la filosofía –¿cómo vivir?, ¿cómo pensar?, ¿cómo actuar?– debemos dar respuestas y soluciones desde el compromiso común, pero también “mientras hacemos la comida, cuidamos a nuestros mayores, riendo, luchando, amando y contando cuentos”. Primera lección práctica. Esta entrevista se desarrolla en la cocina.



En su libro Un mundo común (Bellaterra, 2013) habla de la filosofía como un medio para la conquista de una vida compartida, frente al yo y la individualidad. ¿Qué le llevó a estudiarla en una época, los noventa, en que se consideraba una disciplina muerta y enterrada, como la historia y como tantas otras certezas? Era 1992, año de triunfalismo en Barcelona y en el conjunto de España. También eran los años de la globalización feliz. El mundo se había unido por fin en un mercado único. Se celebraba el fin de la historia, de las ideologías, y parecía que ya solo podíamos estar llamados a triunfar en la sociedad de la comunicación y del consumo. Yo, que estaba a punto de entrar en la carrera de Periodismo, tuve un presentimiento, un impulso, una inquietud que me apartó de todo aquello. Tomé la decisión como un acto solitario y me alejé de aquel ambiente de éxito para ingresar en una Facultad de gente rara, pasada de moda. Sin embargo, me encontré que las aulas rebosaban. Aquella decisión me salvó, fue como caer a mar abierto, y así empecé a encontrar otras alianzas: amigos, interlocutores, gente valiente. También encontré la aventura del pensamiento y el descubrimiento de la acción colectiva. La decisión de estudiar Filosofía me permitió pinchar la falsa burbuja del éxito.



Afirma que “el cuerpo del filósofo quiere dejarse tocar, es un cuerpo enamorado”. Ese nuevo romanticismo, ese amor como potencia de colaboración social, ¿es el retorno al ágora griego? Para mí, la filosofía es la declaración de un compromiso. Es una forma de interpelación y de encuentro que se inventa en las calles griegas y que no ha dejado de hablarnos. Aunque no lo parezca, la filosofía nace como un arte callejero. Es una relación con la sociedad, con el mundo natural y con la propia vida que implica que los otros también puedan pensar y rebatir nuestras ideas. Por eso la filosofía, aunque parezca elitista y extraña, es radicalmente igualitaria. Parte del hecho de que todos podemos pensar, aunque normalmente no lo hagamos. Y eso implica dejarse tocar por lo que otros han pensado. En este sentido, es una forma de amor. La palabra “filosofía” lleva en su raíz el impulso del deseo, philein. El deseo de saber no admite torres de marfil. Implica ir al encuentro del mundo.



Pero siempre se ha visto al filósofo como un ser apartado del mundo. Sí, incluso como torpe, como una figura que no funciona bien en la ciudad. Y es porque el compromiso de la filosofía es disfuncional. No acepta la normalidad ni el sentido común. Pregunta cuáles son los presupuestos de aquello que consideramos bueno, justo, aceptable. Para mí no hay mayor compromiso que hacernos estas preguntas y asumir sus consecuencias prácticas, tanto a nivel personal como colectivo.



Marina Garcés





Nació en Barcelona en 1973. Es ensayista y profesora titular de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha impulsado la Fundació Espai en Blanc de pensamiento crítico y colectivo. Autora de En las prisiones de lo posible (Bellaterra, 2002), Un mundo común (Bellaterra, 2013) y, lo más reciente, Filosofía inacabada (Galaxia Gutenberg). Como explica en esta conversación, si tuviera que elegir un libro para una vida de amor y compromiso sería el Tratado de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie.

¿Tiene algún sentido la filosofía en el espacio privado? ¿Es un traje que uno puede dejar en el colgador cuando entra en casa? La filosofía no es un abrigo, es la piel. No es un vestido, es la carne. No es un papel, es una forma de vida. Por tanto, no se deja ni en el ropero ni en el puesto de trabajo. Tampoco se deja en el espacio público. Hay que rectificar cierta idea de la filosofía tal como la entendieron los hombres griegos, que separaban el ágora, donde tenía lugar la vida política y la vida filosófica, y el oikos, la casa, donde tenía lugar la reproducción de la vida. Allí estaban las mujeres, los hijos, los viejos, la vida corporal y material… Pero allí no se pensaba. Hoy, sobre todo las mujeres, hemos acabado con esta separación. Se piensa y se transforma el mundo haciendo la comida, trabajando, cuidando a nuestros hijos y a nuestros viejos, riendo con los amigos, jugando y contando cuentos. Pensar no es un acto solemne.



Usted es madre de un niño y una niña. ¿La maternidad puede ser una dependencia positiva? Hay que distinguir dependencia de sumisión. La sumisión es una determinada manera de ejercer las relaciones de dependencia, pero hay formas de dependencia libre y recíproca que son las que sustentan nuestra vida. Todos hemos nacido del cuerpo de otros y hemos sido criados por las manos, palabras y mirada de otros. Vivimos en continuidad. Somos, por tanto, radicalmente interdependientes, pero la sociedad moderna ha creado la ficción de que podemos ser individuos autosuficientes. Nos hemos equivocado mucho confundiendo libertad con autosuficiencia y ahora la humanidad entera paga las consecuencias.



En su último ensayo, Filosofía inacabada (Galaxia Gutenberg), plantea una misión filosófica frente a la posible extinción de la vida humana en el planeta. Siempre podemos reaprender a ver el mundo, en esto consisten la filosofía, el arte y la poesía. Igual que somos interdependientes, estamos siempre retomando visiones, representaciones, ideas, legados culturales. Y el desafío es recibirlos libremente para poderlos transformar. No puede haber novedad sin receptividad. La novedad por la novedad es la tiranía del mercado. Lo que ha cambiado, quizá, es que actualmente estamos en condiciones de acabar con el planeta, o por lo menos con nuestra vida en el planeta. Este es el problema más serio de nuestro tiempo. Frente a él, defiendo que la filosofía tiene la misión de “inacabar” lo que amenaza con agotarse, abrir proyectos posibles en este mundo que se acaba.



Ada Colau, en Barcelona, y Manuela Carmena, en Madrid, acaban de ganar la alcaldía. Son dos mujeres que piensan que todavía es posible establecer nuevas relaciones entre igualdad y democracia. ¿Se lo cree? Las instituciones democráticas que conocemos no son garantía de igualdad social, como hemos comprobado en los últimos años con la crisis. Los países ricos, supuestamente democráticos, contribuyen a la desigualdad en el mundo y también vemos crecer en ellos nuevas formas de pobreza. ¿Es posible “una democracia real ya”, como lanzó a las calles el 15-M? Democracia real es inseparable de igualdad social. Los Ayuntamientos de ciudades como Madrid, Barcelona, Badalona, Valencia, Zaragoza, Cádiz… tienen ahora la oportunidad de iniciar un movimiento de transformación de las instituciones. El reto, para mí, es crear una red de contrapoder municipal desde el que trabajar tanto en la justicia social como en la transformación política.



¿Es el éxito de estas mujeres el primer efecto de superación de la gran ­desigualdad, en este caso una desigualdad existencial, que segrega a las personas por su género? Estamos viviendo una feminización de la política que tiene lugar a la vez que hay un rebrote muy fuerte del machismo en otros ámbitos de la sociedad. Fíjese que las profesiones se han ido feminizando a medida que han perdido poder: la medicina primaria, la vida académica precaria y ahora la política. ¿Dónde están los hombres que aspiran a mantener el poder? En los bancos, en los consejos de administración, en los palcos del fútbol, en los quirófanos… Hay que ir con cuidado y no dejarse engañar. Y, sobre todo, no hay que dejarse sacrificar, como si dijeran: ahora que la política está tan desprestigiada, hacedlo vosotras, que le daréis otro aire. Pero creo que hay que aprovechar la ocasión, vamos a cambiar la política, la medicina, la vida académica. Y eso quiere decir: vamos a cambiar las relaciones de poder. Es un nuevo estadio del feminismo, que no pasa solamente por reivindicar derechos.



La filosofía nace como arte callejero. Implica que los otros puedan rebatirnos

¿Es la política un asunto estético? La política es un asunto de sensibilidad, y en ese sentido tiene que ver con la estética en el sentido más literal de la palabra. El peligro es la estetización de la política, que hoy pasa por formas muy banales de espectacularización. La política tiene que ver con la estética en el sentido de que solo se puede cambiar la política haciéndolo desde otra sensibilidad.



Propone la idea de anonimato, de liderazgos compartidos. ¿Lo entiende bien la sociedad? El proyecto de Podemos en Madrid no se hubiera entendido sin la autoridad “moral” de Manuela Carmena, o casos como el de José Mujica en Uruguay, incluso el del papa Francisco… El 15-M demostró algo que muchos defendíamos desde hacía tiempo: que los verdaderos cambios políticos los hace la gente anónima. La fuerza del anonimato no es la de la masa uniformizada. Es la de cada uno y cada una cuando estamos dispuestos a luchar juntos. Sin esto, los líderes no son nada. Y acaban siendo sacrificados. Ahora hay que ir con cuidado: si la gente anónima se retira de su desafío, no habrá verdaderos cambios políticos.



“La cultura ha sido apropiada por las marcas corporativas, por naciones, por ciudades-marca”, escribe. Propone desapropiarla. ¿Cómo hacerlo? La cultura no puede ser una esfera separada de la sociedad. No puede ser solamente una opción de ocio, ni un sector de la industria, ni un apartado del PIB. Hemos convertido la cultura en un recurso potentísimo del capitalismo a la vez que nos empobrecemos culturalmente. Desapropiar la cultura es sacarla de esta captura sectorial capitalista y entenderla como algo vivo que forma parte intrínseca de la vida humana. Para ello, creo que hay un sentido del servicio público al que no podemos renunciar, pero que no necesariamente significa estatalizar ni burocratizar la cultura.



Propondría un apagón institucional, o un eclipse, de museos, de teatros? Estamos inundados de opciones imposibles de digerir y, en cambio, hay muy poco espacio para hacer, crear, proponer. La cultura convertida en un menú es indigestión, como dice un amigo mío. Hay que dejar más espacios en blanco y, a la vez, cultivar (cultura es cultivo) desde abajo, desde la educación. No creo en una cultura consistente sin una buena educación. Tienen que encontrarse de nuevo en las aulas, en las calles, en las ciudades y pueblos.



Aboga por una educación expandida que pueda surgir en cualquier momento y lugar. Es un desplazamiento de la Universidad a la calle, ese “todos tenemos derecho a pensar”, que fue la pregunta ­inaugural de la filosofía. ¿Cómo lo pone en práctica desde su docencia en la Universidad de Zaragoza? Lo que me preocupa es cómo crear la situación para que nos asalten ideas que nos obliguen a pensar lo que nunca habíamos pensado. Cómo mantener encendido ese deseo de comprender qué es la filosofía y hacerlo circular dentro y fuera de la academia, en conexión. Y, sobre todo, cómo evitar que muera. Y tras bastantes años ya de experiencia, puedo decir que no es nada fácil. La Universidad se está convirtiendo en un espacio de circulación en el que no se espera hacer experiencia de nada, sino adquirir “competencias competitivas”. Esto no funciona en el caso de la filosofía. Y entonces lo que se crea es una extraña situación en la que nadie sabe muy bien qué hace allí. Hace un par de años les escribí una carta a mis estudiantes. Les decía: “Solo tenemos dos opciones: o huimos de aquí, como muchos ya están haciendo, o hacemos de nuestra extravagancia un desafío. (…) El rendimiento de lo que hacemos ahora no depende de vosotros. La riqueza, sí”.





VANESSA MONTERO

Usted ha comparado el éxito de la “marca Barcelona” con la explotación de los recursos naturales en Latinoamérica. La industria turística de una ciudad no sería muy diferente de la que rentabiliza una colonia para buscar, digamos, petróleo, madera. El turismo no es un fenómeno natural, es un hecho inducido que tiene una historia muy corta y que en el caso de una ciudad como Barcelona ha sido promovido por los sucesivos Ayuntamientos, especialmente desde 1992. Hay que hacer una crítica de cómo hemos llegado hasta aquí, una reorientación no solo de los efectos, sino también de la concepción de lo que creemos que es una ciudad y un territorio. Para mí, la industria turística funciona hoy como cualquier industria extractivista: es decir, que convierte todo lo que toca en un recurso que explotar de manera intensiva y destructora. Crea una riqueza empobrecedora. Me alarma ver cómo Barcelona está tan explotada como una mina o como un campo de soja.



¿Cuál es la gran diferencia entre la Barcelona de 2015, la de su abuelo, el poeta Tomás Garcés, y la de su padre, el arquitecto Jordi Garcés? Mi abuelo nació en 1901, hijo de la inmigración castellana que llegó a trabajar a Barcelona para construir la Exposición Universal de 1888. A los 20 años ya era un poeta catalán que gozó de reconocimiento y toda la vida participó activamente de la vida cultural catalana, a pesar del franquismo. Mi padre, como arquitecto, ha formado parte de esa generación que dio a Barcelona una identidad basada en cierto rigor cultural antes de que empezaran a llegar los edificios emblemáticos y los fichajes estrella. Yo vivo en Barcelona, pero mi trabajo está en la Universidad de Zaragoza. En un siglo, por tanto, llegada, consolidación y salida. Aunque en mi caso la salida de Barcelona sea intermitente, porque me puedo permitir ir y venir, me siento un poco parte de un tiempo histórico en el que Barcelona ya no acoge, sino que expulsa. Se ha convertido en una ciudad de paso. Y en muchos casos en una ciudad de salida. Me preocupa. Porque solo se enriquecen socialmente las ciudades que permiten llegar, no solo circular por ellas.



Recomiende un libro para una vida de amor y compromiso. El Tratado de la ­servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie. Está escrito en el siglo XVI por un joven francés que veía con ojos muy comprometidos la vida de su ciudad, Burdeos. Planteó dos cuestiones para mí imprescindibles: por qué obedecemos si podríamos dejar de hacerlo, y por qué nos maltratamos tanto si lo más natural es confraternizar unos con otros. Cómo vivir juntos sin dominarnos: esta es la cuestión imprescindible con la que nos interpela y no deja de inquietarnos, aún hoy, este libro.



elpaissemanal@elpais.es

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