jueves, febrero 06, 2020

afribuku Djaimilia Pereira de Almeida: "No solo es la raza o el género, queremos participar en la gran conversación de la literatura" : afribuku

afribuku Djaimilia Pereira de Almeida: "No solo es la raza o el género, queremos participar en la gran conversación de la literatura" : afribuku





El nombre de Djaimilia Pereira de Almeida apareció en la literatura hace unos años cuando publicó Esse Cabelo, ficción autobiográfica, clasificada en un subgénero que recibió el nombre de autoficción. Es una especie de novela-ensayo que despertó la atención de los lectores y de la crítica para la que parecía ser una voz innovadora de una generación que hablaba de raza, identidad, género, cuestionado clichés asociados a la condiciones de la negritud o de lo que es vivir en un mundo de extrañeza, ya sea en el lugar de donde nació, Angola, como en el que creció y vive, Portugal. Djaimilia fue entonces comparada a otras escritoras femeninas que surgieron en Estados Unidos, Inglaterra, en países de África como Nigeria o Etiopía; mujeres que escriben desafianado lo que se espera de ellas. 
A los 36 años, regresa, confirmando que ese libro no fue el acto solitario de una obra por construir, sino que ahora asume, de distancia de ese yo narrativo inicial y autobiográfico, para acercarse a la creación más pura. Está descubriendo lo que eso significa. Luanda, Lisboa Paraíso es un paso en esa dirección. Como telón de fondo hay una guerra, pobreza, los retornados de la guerra, los que se quedaron, los que sobreviven en territorio extraño, la enfermedad, la exclusión… Pero hay, entre todo lo anterior, dos hombres como protagonistas, un padre y un hijo, y la memoria de cada uno; un pasado que se quiere olvidar, alguien que decide que ya no será angoleño. Es una construcción de identidades condicionada por un presente que nunca se compadece de esa memoria, que no la respeta. En el nuevo libro de Djamilia Pereira de Almeida se olvida para sobrevivir. La escritora acaba también de ganar una beca de creación literaria. 
Esse Cabelo fue un libro muy bien considerado y la consagró como autora que abordaba cuestiones como raza, feminismo, identidad, a partir de una escritura autobiográfica. ¿Cómo se ve en cuanto al modo en que la situaron en la literatura?
No se puede controlar la manera en que se es recibido ni lo que los lectores hagan con lo que escribimos. Así que lidio con todas esas categorías, titulares sobre lecturas, lo que sea que fuere, con enorme curiosidad y también con alguna sorpresa. Lo que no ha ocurrido hasta ahora es que en ningún momento he sentido que no me estuvieran haciendo justicia. Tal vez no utilizaría todas esas categorías para describir lo que hice, pero la recibo con gran serenidad. 
Imaginemos que le dieran a elegir entre las categorías que le asignaron para que la identificasen.
Preferiría no elegir. Hay muchos aspectos de la historia de la literatura portuguesa que son importantes para mí. Es la tradición que conozco mejor y la que está en mi cabeza cuando estoy escribiendo. La literatura portuguesa, la lengua portuguesa. Pero la literatura portuguesa es algo muy vasto y todos esos titulares son lecturas a posteriori.  Además, los libros surgen en un cierto momento y la recepción tiene que ser percibida según los momentos históricos que estamos viviendo. Esse Cabelo apareció en un momento muy particular en que tenía sentido ser abrazado por una serie de causas. 
Llegó en un tiempo que lo recibió bien.

Exactamente. 
En esa amplitud histórica y geográfica de la literatura portuguesa hay espacios y temas que están, sin embargo, menos explorados, que son periféricos. Su escritura trata de esa experiencia.
Sí, me reconozco en esa descripción de que el género de historias que he estado contando hasta ahora es sobre la historia periférica, pero no me siento periférica con respecto a la lengua portuguesa en general, sobre todo como lectora. Es cierto que mi recorrido de vida es muy parecido al de personas que vinieron de África; algunas incluso nacieron aquí; pertenezco a ese conjunto de personas. Pero tuve un acceso privilegiado a la tradición literaria que muchas de esas personas no tienen.


Es natural que cuando empiezo a contar historias, vengan de un lugar de donde hasta ahora hayan llegado pocas historias, pero nunca es algo premeditado. Y tampoco sé si voy a continuar haciendo siempre lo mismo, porque me interesa también explorar el atrevimiento de que una persona que venga de una posición más periférica pueda contar relatos que no se ciñan a la periferia. Es colocar en la conversación a personas que tal vez ni siquiera llegarían a leer en los libros. Me interesa también, sin embargo, hablar de otras cosas desde un punto de vista menos periférico. Hace tres años, cuando hablamos, ya decía esto, que es necesario que empecemos a oír historias de personas de varias periferias.
Tengo mucha curiosidad por muchas historias. No solo por las de los afrodescendientes, sino por las de otras comunidades que viven en Portugal. Por ejemplo, estoy deseando que empecemos a escuchar historias de los asiáticos que viven en Portugal, o de las comunidades indias. No encaro todo esto como si de repente tuviésemos que acceder a todas esas identidades, sino que todos podamos participar en una conversación, que es una conversación muy antigua, a la que se le llama lengua portuguesa. 
¿De qué nombres, de esa tradición, se siente más cercana y hacen que tenga ese sentido de la pertenencia?
No me restrinjo a la literatura portuguesa, porque pude leer muchas otras cosas. Además los autores que más suelo retomar son sobre todo franceses. Pero de la literatura portuguesa me interesan muchas cosas que van desde Sá de Miranda hasta… no sé por dónde empezar (ríe), pero Raul Brandão, Fernando Pessoa, muchos poetas. A los 18 años, cuando empecé a pensar en lo que me gustaría escribir, hacer, cuando empecé que me gustaría escribir, hacer eso mi vida, leía a Manuel Gusmão. Soy una apasionada de los libros más que de los autores; por lo tanto, más que decir autores, conozco los libros que me marcaran. El libro de Manuel Gusmão se llama Teatros do Tempo [Caminho, 2001] y fue muy importante para mí. Durante cierto momento Álvaro de Campos. En otra fase, aún muy joven, Os Pescadores de Raul Brandão, fue muy importante para un cierto periodo y me acompañó a lo largo de muchos años. En este momento presente de mi vida, sigue siempre muy importante para lo que voy a hacer a continuación. 
Hace poco decía que ya no se acuerda del contenido de su nuevo libro. Acaba de salir. ¿Cómo se borra la memoria de esa forma?
No lo sé. Pero después de que el libro estuviera listo y publicado, normalmente no lo vuelvo a leer. Me cuesta bastante, me voy olvidando. En el momento en que el libro está listo me sé todo de memoria. Después lo cierro y me olvido. Leyendo ahora Esse Cabelo es toda una sorpresa ver que está ahí porque ya me olvidé. 
¿Volvió a ese libro?

No. Pero cuando voy, cuando toca volver por cualquier razón, ya no me acuerdo de nada. Se borró. 
¿Es un mecanismo de defensa, miedo de enfrentarte al texto?
No. Creo que es necesario vaciar el espacio para ocuparlo con otras cosas. Cuando publico un libro siempre estoy nerviosa y enseguida empiezo a pensar en otras cosas. 
¿Ya ha empezado? 
Sí. Cuando más ansiosa me siento, escribir me ayuda mucho. En los momentos de mayor tensión me pongo a escribir. Normalmente, me pongo a escribir otra cosa y voy olvidando lo que quedó atrás. 
Este nuevo libro aporta un gran oralidad a la escritura, una oralidad casi antigua. ¿Está de acuerdo?
 Nunca había pensando en eso. Pero sí, no hice ninguna investigación. Quizá son coas que no sabía y emergen a medida que voy escribiendo, aparecen naturalmente; modos de hablar, pronuncias… Están en un subterráneo cualquiera y la imaginación abre una caja. Esta semana estuve pensnado en esto, cómo es esto de escribir un libro. Ahora que estoy dedicada a un texto que ocurre en otro período, en otro siglo, y estaba pensando que es como agarrar un plato de cristal o una jarra de vidrio, tirarlo al suelo y partirlo en mil pedazos. El momento de la escritura es como si muchos, muchos de esos pedazos de vidrio venidos de muchos lugares se constituyesen en un mosaico reconocible. Hay cosas que no sabía que sé, o que ya no me acuerdo que sabía, que las viví. Puede ser una mirada vista en no sé dónde, el aspecto de una casa que vi en algún lugar. Son pedazos que después toman forma…
¿Y sentido?
Sí.
Ha escrito un libro-ensayo, donde hay un yo asumidamente autobiográfico, y pasa a una novela con algunas cosas autobiográfica. Los dos se sitúan más o menos en la misma época, en comunidades más o menos semejantes, donde sale del yo ficcional. ¿Cómo ocurrió?
Sí. Lo que pasó entre un libro y otro fue que percibí que lo conseguía hacer. No escribí Esse Cabelo en tercera persona porque creo que aún no sabía cómo se hacía. Pasé tres años intentando percibir cómo se hacía porque sólo me interesaba hacer eso. 
¿Salir del yo?
Sí. Completamente. Ahora cada vez  me interesa menos y ya no tengo ningún interés en escribir desde el punto de vista del yo. Me interesa alejarme de mi propio punto de vista y plegarme hacia fuera, hacia el punto de vista de los demás y acercarme a otras figuras que no son yo. Yo y mi particularidad han dejado de interesarme. Lo que me interesa es pensar en cómo se cuenta un historia, cómo se hace un libro y, de proyecto en proyecto, trabajar esto. Es como si fuese un vector que antes apuntaba hacia mí y ahora pasa a apuntar en dirección contraria, en el sentido del mundo que hay ahí fuera. 


Hace poco Zadie Smith contaba la dificultad de realizar el recorrido inverso, dejar la tercera persona y escribir en la primera, algo que solo aconteció en su último libro. 
Sí, me acuerdo de entrevistas antiguas de Zadie Smith en que decía que encontraba fútil escribir en primera persona. Para mí fue lo contrario, porque me gustaba escribir libros como los que me gusta leer y el tipo de historia que me gusta leer es de aventureros y marineros. 
Que resultan de la imaginación.
Sí. Hombres en alto mar, piratas. Hay un sentido de aventura que el punto de vista de la primera persona, la centrarse en nuestras propias angustias, no permite mucho. Sobre todo, me interesa contar historias y me interesa contarlas desde el punto de vista del número más variado de personas que yo aún desconozco. 
¿Cómo fue ese aprendizaje, por ejemplo, de construir personajes? 
A base de muchos intentos; intento y error. El libro no es muy largo, pero hubo mucho desperdicio… Para mí nunca es ningún desperdicio porque en todo ese camino no desecho nada, siempre voy a buscar otras cosas, acaba siempre por ser útil, tal y como se usan las sobras de la costura para hacer otras cosas. Pero hubo mucho, mucho material sobrante. Especialmente porque en este caso también intenté buscar una forma clara, más clara; frases más claras; buscar un cierto ritmo, un modo menos reflexivo de expresión. 
¿Alejarte más del ensayo?
Exactamente. Es intentar encontrar la forma adecuada de contar la naturaleza de las vidas de las que estaba hablando. Me interesaba más una escritura más terrenal. Quizá eso haya sido más difícil que la mera construcción de los personajes. Quizá lo más difícil haya sido es proceso de desaprendizaje necesario para expresarme de forma sencilla. En mi cabeza el libro siempre tuvo el aspecto de un equilibrio y, a partir de un cierto punto, escribí como si les estuviese contando a los personajes sus vidas, como si me preguntase: “¿Y entonces, cómo fueron nuestras vidas? Me interesaba contárselo de forma que ellos lo logran entender. Fue muy difícil porque tenía toda una serie de vicios y tics. 
¿Académicos?
Académicos y no solo, pero de los que tenía que distanciarme. Es necesaria mucha paciencia para eso – paciencia conmigo misma – para llegar ahí. 
El territorio de Luanda, Lisboa, Paraíso, sin embargo, es familiar. No fue para nada universo imaginario.
Aún no. Hasta un cierto mucho este es un mundo que conozco, pero también solo hasta cierto punto. No hubo un gran proceso de investigación. Sí que recogí muchos objetos y los personajes fueron construidos según esos objetos. 
Como la historia de una maleta encontrada en un mercado de antigüedades.  
Sí, allí está [apuntar hacia el otro lado de la casa]. Son objetos que encuentro en los mercados de antigüedades. Voy todos los domingos a esos mercados. Llevo muy poco dinero y voy buscando ese tipo de cosas. 
¿Qué le interesa en esa búsqueda? ¿Las historias? 
Sí, historias, pero sobre todo me gustan las antigüedades, pero no son cosas valiosas. Colecciono algunas cosas y eso es lo que más estimula mi imaginación. Empiezo a pensar: aquí hay un vaso, de quién fue ese vaso. Me da muchas ideas. Lo hago desde hace muchos años y nunca pensé en historias a partir de ahí. Fue sucediendo naturalmente. En un cierto momento me di cuenta de que estaba comprando objetos sin nexo entre ellos, cosas que no necesitaba para nada, auténtica basura, chatarra, y después empecé a mirar todo lo que tenía y pensaba: todo esto podría ser de una misma persona, podrían ser objetos de alguien en concreto. Era como una especie de ajuar de una persona que no conocía. 
Y empezó a atribuirle un dueño a ese ajuar. 
Exactamente. Eran artículos de hombre. Un cinturón, unas gafas de sol… Así fueron naciendo mis personajes. Después empecé a dibujar, unos dibujos sin interés, unos hombres; al principio fue todo así. Después les asigné un nombre y fueron naciendo. También tenía muchas imágenes. Fotografías importantes de la historia de la fotografía, que también me dan muchas ideas; ver libros de fotografía me ayudan mucho, a percibir matices, principios de personajes y principios de historias. Todo eso, sumado a las lecturas del momento, me ayudaron a concluir este libro.
Un libro en el que, como dijo, los protagonistas son hombres…
Fue totalmente espontáneo. No surgieron mujeres y , no sé por qué, pero últimamente cuando escribo, escribo sobre hombres y no al contrario…
¿Cómo planteó la estructura de este libro que se divide en dos partes? 
Esa división fue muy tardía. Quería ser capaz de escribir un libro que, desde la primera hasta la última línea, no tuviese capítulos, interrupciones, que fuera un texto continuo. Le doy mucha importancia a la disposición del texto, pero como no lo he conseguido aún, lo divido en capítulos. 
El libro salió hace relativamente poco, las reacciones aún están empezando a salir. ¿Cómo gestionas este momento?
Esta vez, como no hubo presentación oficial, estoy menos nerviosa. 
¿Fue decisión suya?
Sí. 
¿Por qué?
Nunca voy a las presentaciones de libros[se ríe]. No es mucho mi estilo, y como podía no hacerlo, decidí que mejor no. Al mismo tiempo fue un poco extraño. No hubo que concertar citas, de un día para otro el libro estaba en las librerías; todavía no lo he visto en ninguna librería, no voy a comprobarlo. 
¿Lee las críticas?
Sí, algunas sí. Pero tampoco las leo integralmente. No me interesa. Lo que siento es que lo que yo tenía que haber hecho ya lo hice. 
Pero le interesa que le lean.
Sí me interesa. Si hubiera habido una presentación tal vez me habría sentido nerviosa. Pero ahora estoy feliz porque lo terminé. Mi manera de lidiar con esta fase es ponerme a escribir. Es un periodo muy productivo a nivel literario para mí. Es una especie de abrigo con el que me visto. Soy lectora de algunas de esas personas y creo que su contribución es muy importante. Pero cuando se habla de escritores con un recorrido como el mío, en ocasiones ya deja de hablarse de literatura. Se pasa a hablar del lado social, político… Creo que es importante que nunca perdamos el punto de vista del aspecto literario. La contribución social y política es tan fuerte y perenne como ; la conversación: esa conversación antigua, la conversación de lo que se expresa en los libros. Me interesa participar en esa conversación. La contribución de todas esas personas es cuanto más subversivo que la inscripción en esa conversación y continuar más allá del momento en que las discusiones fuera de la literatura estaban ocurriendo. Los libros preservan el sentido de la discusión y mantienen entre sí una discusión propia que nos sobrepasa, que se prolonga más allá de nosotros y del momento que estamos viviendo.
No se siente representante de tipo de literatura concreta. 
No. Quizá sienta una gran responsabilidad. Pero es antes que nada, una gran responsabilidad en relación al propio trabajo lo que estoy haciendo y de respeto hacia los personajes de las cuales estoy hablando. Rindo cuentas a los personajes. Pero no me siento representante de ninguna literatura. Siento que estoy contribuyendo a una conversación, que es también una conversación política, social, etc. Pero cuando escribo no pienso en esto. Entiendo cómo se hace lo que me gustaría saber hacer. Y preservo un cierto disfrute haciendo esto. Escribir es la actividad que más me satisface. Es algo asociado a la felicidad. Si encima los libros sirven para que se cree debate, se llame la atención sobre ciertas cosas, si se leen para el beneficio de las personas, más feliz me quedo. Pero no es algo premeditado, porque si solo me concentrara en esto, me aterra que los libros acaben siendo malos. 
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* Esta entrevista fue publicada en el periódico Público y en Buala. Para leer el texto original en portugués, clic aquí.
*Traducción: Alejandro de los Santos.

miércoles, enero 22, 2020

Marcos Lorenzo: «Santiago é a cidade galega con máis emprego en actividades da cultura»

Marcos Lorenzo: «Santiago é a cidade galega con máis emprego en actividades da cultura»



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JOEL GÓMEZ

SANTIAGO / LA VOZ 


«Na economía local de Santiago a actividade cultural ten un peso determinante, moito máis que en calquera outra cidade galega», sintetiza Marcos Lorenzo, coordinador do posgrao de Xestión Cultural da USC. O ano pasado presentou o Informe anual da cultura en Santiago de Compostela 2018. Elaborou ese traballo con Sergio Lago, Ruth Sousa, Xaquín Loredo e Roberto García. Na actualización da información verificaron que no 2019 funcionaron 494 empresas culturais na cidade: «Utilizamos os criterios da Clasificación Nacional de Actividades Económicas. Entre todas empregaban a 2.307 persoas afiliadas á Seguridade Social, un dato que evidencia como Santiago é a cidade galega con máis emprego en actividades da cultura», afirma.


«A maioría dese colectivo, 1.022 persoas, exerce en actividades de programación e emisión da televisión, que é o maioritario con moita diferenza. Na continuación están as actividades de creación artística e espectáculos, con 313 afiliacións; as artes gráficas, 244; os servizos de información, que están a medrar moito nos últimos anos, con 240; e despois a edición, que atravesa unha crise evidente, con 223 empregos», acrecenta Marcos.
O grupo maioritario de empresas, por subsectores, é o de actividades de creación artística e espectáculos: «Constan 216, aínda que moitas delas son unipersoais. Despois están as empresas de artes gráficas e reprodución de soportes gravados, das que había 89; 70 máis de edición; 56 de actividades cinematográficas, de vídeo e de programas de televisión, gravación de son e edición musical; 32 bibliotecas, arquivos, museos e outras actividades culturais; 20 de servizos de información; e só 11 de actividades de programación e emisión de radio e televisión. Porén, estas 11 empregan a moita xente e teñen unha media de 93 persoas por empresa, e en contraste, nas de actividades de creación artística e espectáculos a media de empregados por empresa é 1,4», esclarece este estudoso.


O seu traballo conclúe que o PIB cultural é tamén moi elevado en Compostela. «Segundo datos do Instituto Galego de Estatística, o PIB comarcal do sector cultural é aquí do 5,2 %. Na continuación están as comarcas do Eume, co 3,9 %; Pontevedra e A Coruña, co 3,1 e 2,9 %; Tabeirós-Terra de Montes, o 2,6 %; Lugo, o 2,5 %; e se temos en conta o conxunto da comunidade galega, a cultura achega o 2 % do PIB».
Nunha valoración da traxectoria do sector cultural nas últimas décadas, Lorenzo verificou «un primeiro período que atinxiu as cotas máximas nos anos 2009, con 467 empresas, e no 2010, con 447 empresas; eses anos coincidiron no tempo co último Xacobeo, cando todas as Administracións invisten máis en cultura. Iso é moi importante, porque nesta relación o volume de empresas e emprego garda moita relación con diñeiro público investido. Despois viñeron un anos á baixa, e observamos unha recuperación desde o 2017, co máximo de empresas e emprego no ano pasado», afirma Lorenzo.


Estudaron tamén as debilidades e fortalezas, e defenden que falta coordinación e que se nota a ausencia «dun espazo de diálogo e intercambio de información, e que permitise aproveitar mellor potenciais sinerxías entre entidades e institucións, que moitas veces se solapan, traballando con orientación para un público semellante».
Marcos Lorenzo insiste no «acerto do Concello de Santiago ao encomendar este estudo da cultura no ano 2018, que confiamos que terá continuidade, para elaborar políticas culturais serias a partir dun diagnóstico e tendo datos e indicadores actuais. Xunto con outro estudo, do Concello de Barcelona, seguramente esta iniciativa de Santiago sexa a máis ambiciosa e positiva de España».

martes, enero 21, 2020

Javier Padilla presenta en Salamanca y León su libro “A finales de enero”, sobre la matanza de Atocha de 1977

Javier Padilla presenta en Salamanca y León su libro “A finales de enero”, sobre la matanza de Atocha de 1977 | Tam-Tam Press

 

La Fundación Jesús Pereda presenta el libro “A finales de enero” , de Javier Padilla, como parte de su programa Memorias de Atocha, en las ciudades de Salamanca y León acogen este acto los días 20 y 21 de enero. El autor estará acompañado por las profesoras Raquel Roncero y Beatriz García, respectivamente.
→ En Salamanca, la presentación tendrá lugar el día 20 de enero, a las 19’30 horas, en el Centro Documental de la Memoria Histórica (Plaza de los Bandos, 3). El autor estará acompañado por Manuel Melgar, director del Centro, por Ignacio Fernández, presidente de la Fundación Jesús Pereda, y por la profesora de historia y miembro de la Ejecutiva de CCOO de Salamanca Raquel Roncero.
→ En León, la presentación tendrá lugar el día 21 de enero, a las 19’30 horas, en el Salón de los Reyes del Ayuntamiento de León (Plaza de San Marcelo). El autor estará acompañado por Ignacio FernándezPresidente de la Fundación Jesús Pereda, y por la profesora del Área de Historia Contemporánea de la Universidad de León Beatriz García Prieto.
Durante la segunda quincena de este mes de enero, la Fundación Jesús Pereda de CCOO de Castilla y León lleva a cabo la segunda edición de su programa Memorias de Atocha. Mediante tres actos y en cuatro localidades de la comunidad autónoma, se recordará el atentado del 24 de enero de 1977 en el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha en Madrid, donde fueron asesinados por pistoleros de extrema derecha los abogados Javier Sauquillo, Luis Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y el sindicalista Ángel Rodríguez. Además, resultaron gravemente heridos Alejandro Ruiz-Huerta, Mª Dolores González, Luis Ramos y Miguel Sarabia. “Un libro, un coloquio y una película nos acercarán a aquella matanza y a sus significados”, señalan los organizadores.
En Salamanca y en León se presentará el libro “A finales de enero”, cuyo autor, Javier Padilla, redacta la crónica de varios sucesos trascendentales del final del franquismo y de la primera transición, que tienen como protagonistas a Enrique Ruano, Javier Sauquillo y Mª Dolores González. El primero fue asesinado por la policía en 1969; los otros dos estaban presentes en el despacho de Atocha en aquel enero de 1977. Los tres mantuvieron una estrecha relación de camaradería política en sus años universitarios y también una relación sentimental en momentos sucesivos. El libro mereció el pasado año el XXXI Premio Comillas de historia, biografía y memorias.
Su autor, Javier Padilla (Málaga 1992), es graduado en Derecho y Administración de Empresas por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Filosofía y Políticas Públicas por la London School of Economics. Ha firmado artículos en medios como Letras Libres, Politikon, Agenda Pública o El Periódico de Catalunya.

lunes, enero 13, 2020

La izquierda, ¿o no? Santiago Alba

La izquierda, ¿o no? | Opinión | EL PAÍS



Soy optimista: el modelo revolucionario clásico es ya inviable. Soy pesimista: el modelo revolucionario clásico es inviable



La izquierda, ¿o no?
RAQUEL MARÍN
Como bien explicaba el historiador Josep Fontana, fue la existencia de la URSS, dictadura imperial no socialista y no democrática, la que permitió que, a partir de 1945 y durante tres décadas, la pequeña Europa capitalista viviese algo parecido al socialismo y bastante próximo a la democracia. No es una casualidad, por tanto, que la derrota soviética en la Guerra Fría coincidiese con la del espíritu del 45, con la explosión neoliberal (mal llamada globalización) y, tras sucesivos vaivenes, con la contracción al mismo tiempo de los derechos sociales y de los tabiques (y deseos) democráticos. Casi treinta años después, y ahora en todo el mundo, la confusión entre capitalismo y mafia, la traumática reconversión del Este, el fracaso del “ciclo progresista latinoamericano”, la reversión trágica de las revoluciones árabes y el retorno del multimperialismo decimonónico han activado una galopante desdemocratización general o Weimar global, traducida en una radicalización —religiosa y laica, electoral y antropológica— muy desalentadora. Aunque sigue habiendo muchas, hoy hay menos guerras que en 1989, pero hay muchos más candidatos a la dictadura.
Establecer un paralelismo con el período de entreguerras del siglo pasado ha devenido casi un mantra. Hay dos semejanzas indudables. La primera es que los votantes del fascismo no votaban al “fascismo”, que solo existió como tal una vez vencido; era gente normal que no advertía el peligro que estaba convocando. La segunda es que, como entonces, la desdemocratización surgió de manera natural como una reacción defensiva frente al tsunami del Mercado sin bridas. En cuanto a las diferencias, las más profundas tienen que ver con la ecología y la tecnología, pero la más decisiva en términos políticos nos sitúa ya en otro mundo: porque mientras el indignado de 1930 podía dirigir su malestar tanto hacia la izquierda como hacia la derecha, hoy solo puede hacerlo hacia la derecha. Se piense lo que se piense de las izquierdas de 1930, ofrecían un proyecto, un refugio y una cultura. Ya no existe. La mitad marxista de la izquierda quedó fuera de juego tras la experiencia soviética; la mitad socialdemócrata tras su cooptación por las políticas neoliberales de los años ochenta y noventa, responsables ahora del retorno de Weimar. Si añadimos otro cuarto de kilo a esta unidad grande y confusa, lo ha dilapidado el llamado socialismo del siglo XXI, tan parecido en sus estertores a su renegado ancestro.
La izquierda ha elegido el campo de batalla en el que es más vulnerable, el del puro reconocimiento comunitario
¿Cómo valorar esta crisis sin precedentes de las izquierdas? Desde hace 15 años vengo resumiendo en una fórmula resultona la triple vertiente que, a mi juicio, debe asumir una política de cambio: revolucionaria en lo económico, porque el capitalismo no conoce límites, reformista en lo institucional, porque el derecho es un invento irrenunciable y mejorable, y conservadora en lo antropológico, porque el ser humano se rompe mucho antes que una rama seca. Pues bien, en la pugna realmente existente entre neoliberalismo y destropopulismo, el neoliberalismo se ha quedado con la revolución; el destropopulismo con el conservadurismo (Trump o Bolsonaro, por cierto, se han quedado con las dos cosas), y en cuanto al reformismo, valga decir la democracia, empieza a ser un significante demasiado lleno que nadie quiere ya disputar. La izquierda ha abandonado los tres frentes y, a cambio, ha elegido el campo de batalla en el que es más vulnerable: el del puro reconocimiento comunitario.


Soy optimista: el modelo revolucionario clásico es ya inviable. Soy pesimista: el modelo revolucionario clásico es inviable. El capitalismo no es un modo de producción —o no solo— sino una civilización, y las civilizaciones no se derrocan mediante revoluciones, sino que ceden a su propia decadencia interna o al impulso saludable de los bárbaros. La decadencia del capitalismo no augura ninguna “fase superior” del género humano, sino retrocesos, interdependencias feudales, violencias sin contratos, ecocidios apocalípticos. En cuanto a los bárbaros, tendrían que venir del exterior y el capitalismo ya no tiene exterior, salvo que confiemos, como cierta secta trotskista, en el desembarco liberador de extraterrestres.
La decadencia del capitalismo hace prever retrocesos, violencias sin contratos, ecocidios apocalípticos
Marx estaba convencido de que el capitalismo producía a su propio sepulturero, pero produce más bien sus propios adictos suicidas. Hoy no es apoyado por alienados a los que habría que revelar la verdad; todos la conocemos ya y, en plenitud de facultades y con toda lucidez, nos entregamos a sus delicias autodestructivas. ¿Cómo acabar con un sistema que ha sobrevivido a su propia transparencia? La vieja izquierda del largo siglo XIX y del corto siglo XX ha sido descarrilada por sus propios errores políticos, sí, pero también, o sobre todo, por la consistencia misma de un capitalismo que ha borrado todas las fronteras: entre cosas de comer, usar y mirar, entre gestión y política, entre trabajo y consumo, entre derecho y deseo. La única fuerza revolucionaria que hay hoy en el mundo es el neoliberalismo, con su producción de “hombres nuevos” y su destrucción de vínculos viejos. Así que la izquierda no debería estar pensando en una revolución imposible, de un plumazo y desde cero, sino en un cuidadoso desmantelamiento democrático, que es —por cierto— lo más transformador y revolucionario que se puede proponer en estos momentos: desmontar en vez de demoler, según sugiere el famoso aforismo de Lichtenberg. El programa social de la Democracia Cristiana europea de —pongamos— 1973 bastaría hoy para poner en pie de guerra al Ibex 35, al FMI y a los marines. Para volver atrás 40 años, ahora a escala global, hace falta mucha —mucha— compañía.
Frente a la revolución neoliberal y su contrapunto ultraderechista, la necesidad de un freno radical, previo a un posterior “desmontaje”, pasa por encontrar un punto —una meseta— de apoyo civilizatorio. En España, país desmemoriado donde nadie era ya ni de izquierdas ni de derechas, lo ofreció el 15-M, y Podemos —el partido que más rápidamente vio la luz y más rápidamente se cegó— supo explorar su indeterminación cuántica. ¿Qué hay de políticamente verdadero en el malestar de 2019? Una combinación de rebeldía, reformismo y conservadurismo; una —sí— rebeldía reformista conservadora a la que cabrean los clichés retóricos, que sospecha de las instituciones y que quiere recuperar las cortas distancias. Eso, si se recuerda bien, es lo que unió a millones de españoles en 2011 en la Puerta del Sol.
¿Por qué hoy suena a muchos españoles, votantes de Vox o aledaños, más rebelde el machismo, el racismo y el nacionalismo que su contrario? ¿Por qué se ganan votos pidiendo derogar leyes progresistas o reclamando reformas penales populistas y antidemocráticas? ¿Por qué el verbo “conservar” se relaciona con la identidad nacional-imperial más casposa y no con la vivienda, el puesto de trabajo, el planeta Tierra y sus límites y, en general, los vínculos “nupciales” de todo tipo? Frente a la revolución neoliberal y la rebeldía “franquista”, la izquierda ha entregado los tres campos de batalla. “La paciencia”, decía Galdós, “es el heroísmo disuelto en el tiempo”. Necesitaremos mucha paciencia para desmontar la civilización capitalista, pero ahora tenemos poco tiempo para frenar el batacazo civilizatorio. Urge —haré una propuesta descabellada— una alianza entre el capitalismo más pragmático, el marxismo más ilustrado, el feminismo más humanista, el ecologismo más realista y el papa Francisco. ¿Es eso de izquierdas? Tanto como un desfibrilador o un extintor de incendios.
Santiago Alba Rico es ensayista. Su último libro es Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral).

domingo, enero 12, 2020

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo – El Cuaderno





DE RERUM NATURA

La esclavitud y el silencio (hipócrita) del mundo

/por Pedro Luis Menéndez/
De manera más o menos periódica aparecen en los medios de comunicación críticas muy directas al hecho de que las grandes corporaciones textiles confeccionan sus productos en países asiáticos (no sólo) con trabajadores que se encuentran en régimen de semiesclavitud, cuando no de esclavitud completa. Como no se suele cuestionar más de una marca o corporación de cada vez, he llegado a darle vueltas a la idea de que se trata de campañas que organizan unas firmas contra otras, por eso de morder un trozo más de mercado, porque la verdad es que se trata de un tipo de noticia que no produce el más mínimo efecto en nadie. Y menos que en nadie, en el consumidor.
Este sigue comprando exactamente los mismos productos textiles (estamos en rebajas, oiga) a los que es fiel o se puede permitir, estén fabricados donde estén fabricados, sin excusa alguna, porque no será que las etiquetas no informan claramente del lugar de elaboración, que sí lo hacen, y con detalle. Con el añadido paradójico de que la misma persona que puede poner el grito en el cielo (es decir, un clic en una red) a propósito de una marca determinada, calza o viste en ese momento exacto zapatos, pantalones o camiseta de otra marca que hace exactamente lo mismo que la anterior. Hasta se lo he llegado a preguntar a amigos a quienes les ha parecido mal (o fatal) que lo hiciera: ¿por qué pones a parir a la marca o al fabricante equis si vas vestido de y, que sigue la misma política de fabricación? Por supuesto, nunca he tenido respuesta, al menos aceptable.
La siguiente pregunta que suelo hacer, y que tampoco suele producir una respuesta apacible, se basa en que esto no sólo ocurre en el mundo textil, sino en casi todos los productos de consumo, muy en especial en los electrónicos. Hasta los más radicales (que son unos cuantos) de mis conocidos llevan con agrado (y en ocasiones con orgullo) un móvil de la marca zeta o hache ensamblado por unas delicadas manos de niña china o vietnamita, con minerales arrebatados a muy bajo coste a nuestros vecinos del sur, es decir, los africanos. Amigos que compran en local hasta la última manzana no hacen lo mismo con sus ordenadores, sus televisores, sus relojes, sus tabletas o sus robots de cocina.
Y si bien la hipocresía de Occidente no es un tema nuevo, los niveles a que estamos llegando en nuestra sociedad de consumo es posible que superen la idea más clásica de la propia esclavitud; sobre todo porque ahora se supone que rechazamos la esclavitud legal y moralmente. Cuando crecíamos en tribus, cuando éramos griegos o romanos, no nos caían los anillos por convertir en esclavos a nuestros enemigos apresados en combate, o a otros pueblos de los que obteníamos así una mano de obra barata, cómoda y reemplazable con cierta facilidad.
Después llegaron América y África y (aunque con voces críticas a las que hacíamos poco caso, o ninguno) seguimos enriqueciéndonos a partir de las toneladas y toneladas de seres humanos que comprábamos y vendíamos, incluso trasladándoles de continente. Con ello hicimos grandes fortunas, algunas de las cuales siguen hoy en la base de las riquezas acumuladas por familias europeas que proclaman en la actualidad, a través de sus últimos vástagos, que son personas hechas a sí mismas (en términos modernos, que siempre han sido unos felices emprendedores).
Todo esto funcionó sin demasiados sobresaltos hasta que en el siglo XIX nos volvimos muy dignos y decidimos acabar con la esclavitud (legal hasta el momento), y no digamos en el XX cuando firmamos todas las declaraciones de derechos humanos que nos pusieron delante. Todas, todos y lo que haga falta somos iguales y nadie podrá ser discriminado (menos aún explotado) por razón de sus diferencias. Como el papel lo aguanta todo, no ha habido ni un solo régimen totalitario en el siglo pasado que no dispusiera de mano de obra esclava, sean estos camboyanos, chinos, soviéticos, polacos, alemanes o republicanos españoles encantados de participar en la magna construcción de nuestro hermoso Valle de los Caídos (como todo el mundo sabe).
Eso son cosas del pasado, me dice (o grita) uno. «¿Por quién me toma usted?», pregunta otro. «¿Acaso no se da cuenta de que soy una persona progresista, comprometida con cien causas, por supuesto también con el medio ambiente?», casi me escupe un tercero. Al cuarto ya no le dejo hablar, solo le hago un gesto y soy yo quien pregunto: «¿le preocupan a usted las manos (y el cuerpo, y la vida entera) de las personas que han fabricado el aparato electrónico en el que está leyendo precisamente estas líneas?».
PD- No se sienta usted ofendido, pues claro que estoy incluido en la lista. Pero si no hablamos claro, no nos entendemos. Y ni así.

miércoles, diciembre 04, 2019

Rebentos de Galeusca, restras de españolidade

Rebentos de Galeusca, restras de españolidade | Ollaparo





Rebentos de Galeusca, restras de españolidade

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Será por acaso ou porque unha vez en anos non fai estragos. Porque, en principio, semella difícil disciplinar a tantos xurados distintos nun mesmo afán. Mas o certo e verdade é que neste ano 2019 de conflito entre o poder central e os seus axentes periféricos, nacións sen Estado que reivindican dereitos históricos constituíntes, os Premios Nacionais teñan ido a personalidades de territorios en disputa. O galego Xosé Manoel Núñez Seixas; o vasco José Irazu Garmendia (Bernardo Atxaga despois tomar os hábitos, Nacional de Narrativa no temperán 1989); e o catalán Joan Margarit i Consarnau, acadaran o louro nas modalidades de Ensaio, Letras e Miguel de Cervantes (tamén este é reincidente: o Nacional de Poesía obtívoo en 2008). Mesmo, e en parecida sincronía con esa lendaria fraternidade entre Galiza, Euskadi e Catalunya (Galeusca por acrónimo), nese podio tamén pode entrar Cristina Morales. O último Nacional de Literatura, que aínda que “charnega” de orixe granadina comulga coa luzada autodeterminacionista  (ao xeito  dunha activista QDS: “Que lle Dean ao Sistema”).
Como se pode ver, o curioso non é que desde a Villa y Corte volveuse a agasallar a autores galegos, vascos ou cataláns de recoñecido prestixio, talla intelectual e probada singularidade. Algúns son veteranos niso dos dons outorgados pola “Marca España”. O que realmente choca é que precisamente neste decisivo ano de colisión de identidades, o centralismo puxese de acordo aos seus académicos e asimilados en persoal para lembrar que nesas latitudes tamén existe talento, ética social e valores artísticos. E sobre todo que á hora do seu recoñecemento fíxoo por partida cuádrupla, para maior fartura. Sen que as posicións políticas ou ideolóxicas prosperasen até os seus últimos obxectivos censores. Talvez todo o contrario, o que nos levaría tamén a pensar mal, e ao peor atinar. Sería lamentabel que ao exercer o seu “dereito a decidir” os xurados respectivos tiveran acreditado que o vieiro mais curto para a disuasión identitaria é o afago con confeti e trompetería.
E se alguén o pretendeu, errou de cheo. Sen ir máis lonxe a Margarit faltoulle tempo para manifestar na primeira entrevista concedida após rebecer o premio que “España dame medo desde os Reis católicos”.Aínda que con presbicia historiográfica. A nación-Estado así denominada polo galardoado non apareceu con Isabel e Fernando, mas baixo o sinal liberal do cerimonial das Cortes de Cádiz, superando outros espazos políticos onde antes só cabían reinos e vasalaxe. E a vitriólica Morales, saltando á mesmiña corcova dos sobranceiros concesionarios espetou: “É unha alegría que haxa lume no canto de cafetarías abertas en Barcelona” Dito pola aguerrida escritora en plena sarracina dos indignados soberanistas.
En calquera caso estes desafíos quedan a anos luz do corte de mangas que propinou o artista plástico Santiago Sierra en 2010 ao saber que as autoridades do ramo se habían permitido elixirlle como trofeo estatal. Aquel desplante aínda figura na galería dos horrores do ministerio de Cultura, a súa outorgante oficial: «Un Estado que participa en guerras dementes aliñado cun imperio criminal. Un estado que doa alegremente o diñeiro común á banca. Un estado empeñado no desmonte do estado de benestar en beneficio dunha minoría internacional e local. O Estado son vostedes e os seus amigos. Por tanto, non me conten entre eles, pois eu son un artista serio Saúde e liberdade!» (sic). Aquilo superou todas as previsións e non se volveu a repetir. Non había nada que celebrar. O ano de marras, Moncloa, Zarzuela e os pretorianos do Réxime do 78 perpetraran un inmoral austericidio en orde descendente, da oligarquía responsable da crise á maioría social damnificada, e os fastos coroados levaban impresa o seu lutuosa efixie.
Ouvidas e asimiladas as experiencias anteriores, parece claro que, nestas lareiras, o devandito “de ben nado é ser agradecido” non é máis que un sofisma para a servidume voluntaria. Á marxe, certamente, e como preámbulo necesario, da cortesía que debe presidir todas as relacións humanas que de verdade o sexan. Dar e recibir, como gobernar e ser gobernado, é un elemento inapelable de calquera episodio que se fundamente sobre a equidade. A discriminación positiva que pode aniñar nese paxe de premios cara a xentes tradicionalmente situadas á marxe da notoriedade establecida non deixa de ser outra mostra máis da discriminación negativa hexemónica. A retórica dos 40 principais, mentres o pensamento teña dono, é e será sempre o escudo de blindaxe da pérfida realidade rampante. Por iso é polo que os Atxaga, Margarit, Seixas e Morales, mal que ben, supoñan un atallo cara á claridade fundante por razóns equivocadas.
Tampouco Núñez Seixas é confrade deste convento. No seu libro “Suspiros de España”, obra en que se xustificaba a concesión do Premio, destaca a incongruencia do nacionalismo español, ao querer erixirse no único Deus verdadeiro do santoral, mentres discute o pan e o sal a outros competidores. Simplemente porque ten un Estado detrás, e por iso o uso lexítimo da forza, o centralismo identifícase co patriotismo en exclusiva. Formulación que lle serviu ao autor, catedrático de Historia Contemporánea de Europa na Universidade Ludwig-Maximilian de Múnic, para pór de manifesto tamén a incoherencia de certa esquerda que critica aos nacionalismos periféricos, que di que España é unha nación, e que non é nacionalista”. Dacabalo regalado?
Bernardo Atxaga non é novo neste gremio, mas a súa modesta insolencia destaca entre a paspallada reinante. De feito, e nada máis coñecerse o premio, aproveitou os micrófonos de Radio Euskadi para referirse “ao caso Altsasu como un escándalo”, engadindo que “se escribise algo sería unha alegoría da inxustiza do que sucedeu aquí”.
Un fólego de ar fresco despois das toneladas de purpurina gastadas en promocionar a novela Patria de Fernando Aramburu, gabado como “fenómeno literario” por quen predican que ao fin da violencia en Euskadi deben seguir lustros de contrición e golpes de peito. Aínda que ninguén supera o botafumeiro de Javier Cercas, o último Planeta, o Grupo editorial que fichou ao ex comisario Villarejo para conspirar contra un empresario rival. Satélite da “monarquía republicana, o novo Gironella do “a por ellos!” desengata como narrador bregado en vernizar fascistas da vella escola e lambetar golpes trono da vixente.
O último ditirambo de Cercas a Fernando VI foi durante a concesión do premio de xornalismo Francisco Cerecedo o pasado 29 de novembro. Expresa acción de grazas, en presenza do Rei e a Raíña, “porque o día 3 de outubro de 2017, mentres un grupo de políticos felóns tentaban impornos á maioría de nós, polas bravas, un proxecto minoritario, inequivocamente antidemocrático e profundamente reaccionario [?] vostede díxonos, Señor, que non estabamos sós”. O discurso “Contra felones” foi publicado en lugar preferente polo diario El País, institución que encarna como ningunha outra o espírito de “pactum subiectionis” con que se argallou a Transición. Xornal de referencia hoxe presidido por Javier Monzón, ex magnate da industria armamentista imputado na trama Púnica. E así, de focho a fochanca imos como os patexos, e pasamos da España dos balcóns e as bandeiras aos beléns patrióticos, como o “nacemento” que exhibe en Madrid o alcalde popular Almeida coa rojigualda en bandoleira.
Rebentos Galeusca ou xustiza poética?

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